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Full text of "José Artigas : jefe de los orientales y protector de los pueblos libros : su obra cívica : alegato historico"

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JOSÉ   ARTIGAS 


JOSÉ  ARTIGAS 

JEFE  DE  LOS  ORIENTJLES  Y  PROTECTOR  DE  LOS  PUEBLOS  LIBRES 


SU  OBRA  cívica 


ALEGATO  HISTÓRICO 


POR 


EDUARDO  ACEVEDO 


Tons/dio  I 


MONTOVIDEO 

1909 

EL  SIGLO   ILUSTRADO",  GREGORIO   V.    MARINO, 

i8  de  julio,    aa-  EDITOR. 


ARTIGAS 


(De  Blaiies). 


CAPÍTULO  I 


P  R  ^  I,  I  M  I  N  A  R  E  S 


Sumario: — Nuestras  deficiencias  históricas.  Una  iniciativa  de  la 
Universidad.  Los  archivos  públicos  saqueados.  El  centenario  de 
la  Revolución  de  Mayo  y  la  rehabilitación  de  Artigas.  Fuentes  de 
información  de  este  alegato  histórico.  Los  hechos,  los  documen- 
tos y  las  tradiciones.  Idólatras  ó  adversarios  frenéticos.  Los  es- 
pañoles, los  porteños  y  los  portugueses  atacan  á  Artigas  y  él 
contesta  á  todos  con  el  silencio.  Las  facciones  internas  y  su 
obra  destructora,  San  Martín  y  Bolívar  ultrajados  y  persegui- 
dos por  sus  conciudadanos.  Los  escritores  extranjeros  y  sus  in- 
formaciones incompletas  ó  fantásticas.  Vacíos  históricos  inevi- 
tables. El  lenguaje  agresivo  de  la  época  de  la  Revolución.  Por  qué 
á  Artigas  le  suprimimos  el  grado  de  general  y  el  nombre  de 
Gervasio. 


Nurstras  delloiencias  liisíórieaíi<¡. 

Refiere  el  doctor  Lnmaf!  («Colección  de  memorias  y 
documentos  para  la  historia  y  la  geografía  de  los  pueblos 
del  Río  de  la  Plata»)  que  don  Santiago  Vázquez  contra- 
jo el  compromiso  de  escribir  todos  los  recuerdos  de  las 
épocas  notables  en  que  le  había  tocado  actuar,  Pero  lle- 
garon, agrega,  las  angustias  del  mes  de  .'d:»ril  de  1S4G,  que 
sin  mínima  duda  le  precipitaron  al  sepulcro,  y  apenas 
pudo  ocuparse  de  los  apuntes  biográficos  de  su  hermano 
el  coronel  Ventura  Vázquez,  sin  dejarnos  una  sola  línea 
(le  sus  propias  memorias, 


6  JOSÉ    ARTTGAS 

«  Cada  día  esperaba  que  el  siguiente  sería  más  tranqui- 
lo, y  de  uno  á  otro  día  llegó  el  de  la  muerte,  j  el  sepulcro 
nos  ocultó  para  siempre  el  tesoro  de  noticias  y  de  explica- 
ciones históricas  que  encerraba  aquella  cabeza  privilegia- 
da. Inmensas  son  las  pérdidas  de  este  género  que  hemos 
sufrido,  que  sufrimos  con  frecuencia.  En  medio  de  la  tor- 
menta revolucionaria  que  aún  nos  sacude  tan  reciamente 
y  que  ha  despedazado  ó  consumido  los  archivos  públicos 
ó  particulares,  van  desapareciendo  también  uno  tras  otro 
los  actores  de  nuestras  grandes  épocas,  sin  haber  gozado 
de  la  tranquilidad  del  hogar  y  del  espíritu,  que  muchos  de 
ellos  esperaban  para  reducir  á  escritura  los  recuerdos,  los 
conocimientos  y  las  lecciones  de  que  eran  depositarios.  » 
Poco  hemos  adelantado  en  los  sesenta  años  transcurri- 
dos desde  la  época  en  que  escribía  don  Andrés  Lamas. 
La  tranquilidad  del  espíritu  continúa  siendo  el  supremo 
desiderátum  de  l)s  orientales.  Y  en  cuanto  á  reconstitu- 
ción de  archivos,  la  incurable  despreocupación  de  nuestra 
raza  ha  podido  más  que  todos  los  esfuerzos  encaminados 
á  promover  el  estudio  del  pasado. 

En  el  programa  de  ampliaciones  universitarias  del  pe- 
ríodo 1 904-1900,  en  que  desempeñamos  el  rectorado,  fi- 
guran como  resultado  concreto  de  esos  esfuerzos  la  crea- 
ción de  una  «Revista  Histórica»,  la  compra  de  archivos 
particulares  y  la  organización  de  tres  concursos,  con  pre- 
mios pecuniarios  de  importancia,  para  la  redacción  de  la 
historia  nacional. 

Quedó  incorporada  la  «Revista  Histórica»  á  la  ley  de 
presupuesto  general  de  gastos,  pero  no  así  el  resto  del 
plan,  aunque  aceptado  en  principio,  por  haber  tocado  á  su 
término  la  [)rogresista  presidencia  del  señor  Batlle  y  Or- 
dóñez,  que  no  escatimó  á  la  Universidad  nada  de  las  in- 
mensas cosas  que  le  pidieron  sus  autoridades,  y  que  ahí 
quedan,  para  su  eterno  elogio,  bajo  forma  de  escuelas  su- 
periores de  Agronomía  y  de  Veterinai-ia,  reforma  de  los 
estudios  de  Medicina,  creación  de  institutos  científicos 
de   Química,  Anatomía  y  Fisiología,  ampliación    conside- 


PRKC.LMIXAnES  7 

rabie  de  los  laboratorios  y  bibliotecas,  fundación  de  becas 
y  bolsas  de  viaje  para  alumnos  y  profesoi-es,  contratación 
de  numerosos  sabios  extranjeros,  adjudicación  de  fondos 
con  destino  á  la  reorganización  científica  de  todos  los  es- 
tudios, y  construcción  de  edificios  a})ropiados  para  la  Sec- 
ción de  Elnsenanza  Secundaria,  para  las  Facultades  de 
Derecho  y  de  Comercio,  para  la  Escuela  de  Agronomía 
y  para  la  «Granja  Modelo»,  de  Sayago. 

La  misma  ^< Revista  Histórica»  no  pudo  alcanzar  la  am- 
plitud de  su  plan  inicial.  Había,  efectivamente,  el  propósito 
de  organizar  comisiones  {)ara  la  revisión  y  copia  de  toda 
la  riquísima  documentación  relativa  á  nuestra  historia,  que 
se  encuentra  diseminada  en  los  archivos  públicos  y  parti- 
culares de  la  Argentina,  Brasil,  Paraguay,  Espaíia  é  In- 
glaterra. Se  habían  dado  también  instrucciones  para  la 
organización  de  una  biblioteca  de  historia  americana,  que 
ni  eso  siquiera  tenemos  ni  tendremos  mientras  no  se  pro- 
duzca otra  oleada  favorable  á  la  gran  causa  de  la  ense- 
ñanza. 

Escaso  tributo  puede  pedirse  á  nuestros  archivos  públi- 
cos. Han  sido  saqueados  en  diversas  épocas,  á  [)artir  de 
las  postrimerías  de  febrero  de  1815,  en  que  las  autorida- 
des delegadas  de  Buenos  Aires,  antes  de  abandonar  la  pla- 
za de  Montevideo  á  las  fuerzas  artiguistas,  embarcaron 
para  la  otra  orilla  lo  que  conceptuaron  de  interés,  y  en  se- 
guida abrieron  de  paren  par  los  depósitos  de  expedientes 
y  papeles,  para  que  el  populacho  robara  y  despedazara  el 
tesoro  de  informaciones  históricas  que  allí  había.  Invoca- 
mos el  testimonio  de  don  Pedro  Feliciano  Cavia,  secreta- 
rio de  la  gobernación  porteña  de  Montevideo,  en  lo  que  se 
refiere  al  embarque  («El  protector  nominal  de  los  pueblos 
libres,  don  José  Artigas»)  y  el  de  los  señores  Dámaso  La- 
irañaga  y  José  R.  Guerra  («Apuntes  históricos  >),  en  lo  que 
se  refiere  al  saqueo. 


JOSÉ    ARTIGAS 


lia  rehabilitación  de  Artigas. 

Se  aproxima,  entretanto,  el  centenario  de  la  indepen- 
dencia, y  el  más  acentuado  de  los  caracteres  de  ese  glorioso 
movimiento  cívico  continúa  bajo  la  máscara  de  bandido 
con  que  sus  ilustres  adversarios  resolvieron  exhibirlo  al 
público  apenas  intentó  hablar  de  constitución  política  y  de 
organización  autonómica  de  las  provincias,  contra  el  santo 
y  £eña  de  la  logia  que  concentraba  en  Buenos  Aires  todos 
los  resortes  del  poder. 

Cuando  el  doctor  Vicente  F.  López  hizo  el  proceso  de 
los  generales  San  Martín  y  Guido,  con  motivo  de  la  caída 
de  los  directorios  de  Pueyrredón  y  Rondeau  bajo  la  pre- 
sión del  huracán  artiguista  de  1820,  el  poeta  Carlos  Gui- 
do y  Spano  tomó  noblemente  la  defensa  de  su  padre 
(«Vindicación  histórica»),  invocando  la  ausencia  de  mo- 
numentos que  hablaran  en  su  favor.  Pero  no  creyó  nece- 
sario ocuparse  de  las  acusaciones  de  deslealtad  y  deserción 
dirigidas  contra  el  héroe  de  los  Andes.  «Que  él  se  defien  ■ 
da  en  su  caballo  de  bronce>^  se  limitó  á  decir. 

La  misma  excepción  podrían  oponer  los  panegiristas 
de  Artigas,  si  ya  estuviera  erigido  el  monumento  que  le 
votó  la  Cámara  de  Diputados  correspondiente  á  la  admi- 
nistración Berro,  en  29  de  junio  de  1802,  con  la  prevención 
de  que  no  podría  «pasar  fuerza  armada  á  la  vista  de  la  es- 
tatua del  protector  de  los  pueblos  libres,  sin  batir  marcha 
y  echar  armas  al  hombro >^.  Desde  su  caballo  de  bronce, 
el  portaestandarte  de  la  idea  republicana  y  de  la  confe- 
deración de  todas  las  provincias  del  antiguo  Virreinato  en 
una  nacionalidad  vigorosa  y  consciente  de  sus  derechos, 
se  encargaría  de  abatir  los  fuegos  de  sus  tenaces  detracto- 
res de  aquende  y  allende  el  Plata  y  de  conquistarse  mo- 
numento más  valioso  á  la  admiración   de  la  posteridad. 

'Nos  halhimos  muy  cerca  de  los  sucesos,  que  como  his 
montañas  sólo  á  la  distancia  se  disciernen >:-,  ha  dicho  el 
Mutor  de  «Vindicación  histórica>\  refiriéndose  á  la  actitud 


PRELIMINARES 


asumida  por  el  ejército  de  los  Ancles  al  buir  del  teatro  de 
la  guerra  civil  y  lanzarse  contra  los  realistas  del  Perú, 
cuando  el  Congreso  de  Tucumán  y  el  Directorio  caían  he- 
chos pedazos  bajo  los  golpes  de  maza   de  las    montoneras 


artiguistas. 

Sólo  por  efecto  de  esa  proximidad  y  de  prevenciones 
que  tardan  en  extinguirse,  continúa  el  jefe  de  los  orienta- 
les arrastrando  su  cruz,  sin  que  se  hagan  indiscutibles  los 
excepcionales  títulos  que  lo  recomiendan  á  la  justicia  his- 
tórica. 

Fuentes  de  información. 

No  pretendemos  escribir  la  biografía  de  Artigas,  ni 
tampoco  redactar  la  historia  del  decenio  1810-1820,  en 
que  su  figura  llena  casi  por  completo  el  escenario  político 
del  Río  de  la  Plata. 

Nuestro  plan  es  más  limitado,  pero  más  eficaz  para  la 
obra  de  reparación  histórica,  que  consideramos  urgente. 
Sólo  nos  proponemos  formular  un  alegato,  con  la  trans- 
cripción textual  de  todas  las  acusaciones  y  de  todos  los 
elogios  de  que  ha  sido  objeto  Artigas  y  el  examen  de  las 
pruebas  producidas. 

Para  realizar  nuestro  propósito,  hemos  tenido  que  po- 
ner á  contribución  varias  bibliotecas  particulares,  especial- 
mente las  de  los  señores  Luis  Mellan  Lafiuur,  Mauricio 
Llamas  y  Daniel  García  Acevedo,  y  los  archivos  y  las  bi- 
bliotecas oficiales  de  ambas  ciudades  del  Plata,  pudiendo 
así  extractar  las  siguientes  obras,  aparte  de  numerosos 
manuscritos  de  importancia: 

Annals  of  tlie  Congress  of  the  United  States:  año 
1818.  Archivo  General  de  la  Nación:  Partes  oficiales  y 
documentos  relativos  á  la  independencia  argentina.  Archi- 
vo de  Santa  Fe:  Testimonios  autenticados  acerca  de  Ar- 
tigas, existentes  en  la  Biblioteca  de  Montevideo.  Archivo 
de  Montevideo.  Archivos  del  general  Laguna  y  de  don 
Gabriel  A.  Pereira  existentes  en  la  Biblioteca    de    Monte- 


10  JOSÉ    AUTIGAS 

video.  Joao  Armitage,  «Historia  do  Brazil».  Lucas  Aya- 
rragaray,  «La  anarquía  argentina  y  el  caudillismo ^>.  Fran- 
cisco Acuña  de  Figueroa,  «Diario  histórico  del  sitio  de 
Montevideo».  Anales  del  Ateneo  de  Montevideo.  Juan  B. 
Alberdi,  obras  completas. 

British  and  Foreign  State  Papers,  años  3  817  á  1819. 
Francisco  Bauza,  «Historia  de  la  dominación  española  en 
el  Uruguay».  Brackenridge,  «Voyage  to  South  America». 
Francisco  A.  Berra,  «Bosquejo  histórico  de  la  República 
Oriental».  ídem,  «Estudio  histórico  acerca  de  la  Repú- 
blica Oriental».  Barros  Arana,  «Compendio  de  la  historia 
de  América». 

«Colección  de  datos  y  documentos  referentes  á  Misiones, 
como  parte  integrante  de  la  provincia  de  Corrientes,  hecha 
por  una  Comisión  nombrada  por  el  Gobierno  de  ella».  Car- 
los Calvo,  «Anales  históricos  de  la  revolución  de  la  Amé- 
rica latina».  Solano  Constancio,  «Historiado  Brazil».  Ca- 
via, «El  protector  nominal  de  los  pueblos  libres».  Carranza 
«Archivo  General  de  la  República  Argentina». 

General  Antonio  Díaz,  «Memorias  inéditas».  Coronel 
Antonio  Díaz,  «Galería  contemporánea».  Isidoro  De-Ma- 
ría, «Compendio  de  la  historia  de  la  República  Oriental». 
Ferdinand  Denis,  «Resume  de  l'histoire  de  Buenos  Aires, 
du  Paragua}'  et  des  provinces  de  la  Plata». 

Uladislao  Frías,  «Trabajos  legislativos  de  las  primeras 
Asand^leas  argentinas».  Clemente  Fregeiro,  «Documentos 
justificativos».  ídem,  «Éxodo  del  pueblo  oriental»,  publi- 
cado en  los  «Anales  del  Ateneo».  ídem,  «Bernardo  Mon- 
teagudo».  Dean  Funes,  «Ensayo  de  la  historia  civil  de 
Buenos  Aires,  Tucumán  y  Paraguay».  Dean  Funes,  «His- 
toria de  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata,  durante 
los  años  1810  á  1818».  Famin,  «Chile,  Paraguay,  Uru- 
guay, Buenos  Aires». 

«Gaceta  de  Buenos  Aires».  «Gaceta  de  Montevideo». 
Carlos  Guido  y  Spano,  «Vindicación  histórica».  Ignacio 
Garzón,   «Crónica  de  Córdoba». 

Urbano  de  Iriondo,  «Apuntes  para  la  historia  de  la 
provincia  de  Santa  Fe». 


PRELIMINARES  1  1 

Vizconde  de  San  Leopoldo,  «Aonaes  da  provincia  de 
San  Pedro».  Andrés  Lamas,  «Colección  de  memorias  y 
documentos  para  la  historia  y  la  geografía  de  los  pueblos 
del  Río  de  la  Plata».  Vicente  F.  López,  «Historia  de  la 
República  Argentina».  ídem,  «Refutación  á  las  comproba- 
ciones históricas».  ídem,  «Manual  de  la  historia  argenti- 
na». Dámaso  Larrañaga  y  José  R.  Guerra,  c  Apuntes  his- 
tóricos», publicados  en  «La  Semana»  de  1857.  Miguel 
Lobo,  <  Historia  General  de  las  antiguas  colonias  hispano- 
americanas». Larrazábal,  «Vida  y  correspondencia  del  li- 
bertador Bolívar».  Lazaga,  «Historia  de  López».  General 
La  Madrid,  «Origen  de  los  males  y  desgracias  de  las  Re- 
públicas del  Plata».  Lombroso,  «Le  crime  politique  et  les 
revolutions». 

Mitre,  «Historia  de  San  Martín».  ídem,  «Historia  de 
Belgrano».  ídem,  «Comprobaciones  y  Nuevas  comproba- 
ciones históricas».  General  Miller,  «Memorias».  Mariano 
Moreno,  «Escritos  publicados  por  el  Ateneo  de  Buenos 
Aires».  Benigno  Martínez,  «Historia  de  la  provincia  de 
Entre  Ríos».  ídem,  «Apuntes  históricos  sobre  la  provin- 
cia de  Entre  Ríos».  Mantilla,  «Patriotas  correntinos». 

Ignacio  Núñez,  «Noticias  históricas  de  la  República  Ar- 
gentina», ídem,  «Noticias  históricas,  políticas  y  estadísti- 
cas de  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata». 

Parish,  «Buenos  Aires  y  las  Provincias  Unidas  del  Río 
de  la  Plata».  Mariano  Pelliza,  «Historia  Argentina».  ídem, 
«Dorrego».  General  José  María  Paz,  «Memorias  postu- 
mas». José  Presas,  «Memorias  secretas  de  la  princesa  del 
Brasil».  A.  D.  de  Pascual,  «Apuntes  históricos  de  la  Re- 
pública Oriental».  Pereira  da  Silva,  «Historia  da  funda- 
cao  do  Imperio  Brazileiro»,  Palomeque,  «Orígenes  de  la 
diplomacia  argentina/^.  Antonio  Pereira,  «Las  invasiones 
inglesas».  ídem,  «Cosas  de  antaño».  ídem,  «El  general  Ar- 
tigas ante  la  historia»,  por  un  oriental.  Pradt,  «Les  six 
derniers  niois  de  rAmerique  et  du  Brésil».  Doctor  Pérez 
Castellano,  «El  Congreso  de  la  capilla  Maciel».  «El  Para- 
guay independiente».  Gabriel  A.  Pereira,  «Corresponden- 
cia confidencial  y  política», 


1  2  JOSÉ    ARTIGAS 

Vicente  G.  Quesada,  «La  provincia,  de  Corrientes». 

Reugger  y  Longchamp,  «Ensayo  histórico  sobre  la  re- 
volución del  Paraguay».  Rodney  and  Graham,  <;The  re- 
port  of  the  present  state  of  the  united  provinces  of 
South  America».  Carlos  María  Ramírez,  «Artigas».  ídem, 
«Juicio  crítico  del  Bosquejo  histórico  del  doctor  Berra». 
«La  Revista  de  Buenos  Aires»,  por  JSavarro  Viola  y  Que- 
sada. «La  Revista  del  Río  de  la  Plata»,  por  Lamas,  Ló- 
pez y  Gutiérrez.  «Revista  Trimensal  do  Instituto  Históri- 
co e  Geographico  Brazileiro».  Robertson,  «Letters  on 
South  America».  ídem,  «Letters  on  Paraguay».  «Revista 
Histórica  de  la  Universidad  de  Montevideo».  Ruiz  More- 
no, «Estudio  sobre  la  vida  del  general  Ramírez».  Ramos 
Mejía,  «El  federalismo  argentino». 

Juan  Manuel  de  la  Sota,  «Historia  del  territorio  orien- 
tal del  Uruguay».  ídem,  «Cuadros  históricos».  «Autobio- 
grafía de  don  Joaquín  Suárez».  Adolfo  Saldías,  «Historia 
de  la  Confederación  Argentina».  ídem,  «La  evolución  re- 
publicana durante  la  revolución  argentina».  Susviela,  '^^La 
Junta  de  1808». 

Mariano  Torrente,  «Historia  de  la  revolución  hispano- 
americana». 

Vicuña  Mackenna,  «El  ostracismo  de  los  Carreras». 

Carlos  A.  Washburn,  «Historia  del  Paraguay». 

Zinny,  «Historia  de  la  prensa  periódica  de  la  Repúbli- 
ca Oriental»,  «La  Gaceta  de  Buenos  Aires»,  «L?.  Gaceta 
Mercantil  de  Buenos  Aires»,  «Bibliografía  histórica  de  las 
Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata»,  «Historia  de  los 
gobernadores  del  Paraguay»,  «Efeméridografía». 

Hechos  y  (locunieiitos. 

«Así  como  la  filosofía  de  la  historia»,  dice  el  general 
Mitre  («Comprobaciones  históricas»),  «no  puede  escribirse 
sin  historia  á  que  se  aplique,  ésta  no  [)uede  escribirse  sin 
documentos  que  le  den  razón  de  ser,  porque  los  documen- 
tos, de  cualquier  género  que  sean,  constituyen  más  que  su 


PRELIMINARES  13 

protoplasma,  su  substancia  misma,  como  aquélla  constituye 
su  esencia:  ellos  son  lo  que  los  huesos,  que  dan  consisten- 
cia al  cuerpo  humano,  y  lo  que  los  músculos  al  organismo 
á  que  inq)riinen  movimiento  vital:  la  carne  que  los  viste  y 
la  forma  plástica  que  los  reviste,  esa  es  la  historia,  como  el 
sentido  general  6  abstracto  que  de  ella  se  desprende  es  su 
filosofía.  Un  zapatero,  valiéndose  de  una  comparación  ma- 
terial del  oficio,  diría  que  el  documento  es  á  la  historia  lo 
que  la  horma  al  zapato...  Y  cuando  decimos  documentos, 
no  nos  referimos  simplemente  á  textos  desautorizados  ó 
papeles  aislados,  sino  á  un  conjunto  de  ellos  que  formen  sis- 
tema, que  se  correlacionen  y  contrasten  entre  sí,  se  expli- 
quen ó  corrijan  los  unos  á  los  otros  y  presenten  los  linea- 
mientos  generales  del  gran  cuadro  que  el  dibujo  y  el  colo- 
rido com  [^lem  en  ta  rá  n  » . 

«Nuestra  historia»,  agrega  el  mismo  historiador,  («Nue- 
vas comprobaciones  históricas»)  «está  plagada  de  errores 
que  no  rece  nocen  otro  origen  que  la  murmuración  vulgar 
ele  los  contemporáneos,  que  ha  sido  acogida  por  la  tradi- 
ción ó  incorporada  á  ella  cjn  menoscabo  de  la  verdad». 

l^ira  el  doctor  Vicente  F.  López,  el  hecho  tiene  mayor 
importancia  que  el  docuvieiito  («Refutación  á  las  com- 
probaciones históricas»).  8u  obra  fundamental  se  inspira, 
sin  embargo,  en  la  doctrina  ele  que  la  tradición  es  la  fuen- 
te más  segura  de  las  informaciones  históricas  y  por  ella  se 
deja  guiar  en  narraciones  maravillosamente  escritas,  que 
sólo  tienen  el  defecto  ele  borrar  las  fronteras  entre  la  histo- 
ria y  la  novela. 

Sólo  en  un  punto  pusiéronse  de  acuerdo  los  ilustres 
contendientes:  (Carta  del  general  Mitre  al  doctor  López,  que 
el  último  inserta  en  su  «Manual  de  la  historia  argentina»): 
«Los  dos,  usted  y  yo,  hemos  tenido  la  misma  predilección 
por  las  grandes  figuras  y  las  mismas  repulsiones  por  los 
bárbaros  desorganizadores  como  Artigas,  á  ejuienes  hemos 
enterrado  históricamente. . 

Volviendo  á  las  divergencias  relativas  al  criterio  histó- 
ricO;  forzoso  es  convenir  que  en  esta  cuestión  como  en  tan- 


14  JOSÉ    ARTIGAS 

tas  otras,  la  verdad  es  la  resultante  de  las  doctrinas  extre- 
mas que  se  disputan  su  monopolio.  Los  hechos,  los  docu- 
mentos, las  tradiciones  comprobadas,  coristituyen  la  ma- 
teria y  la  esencia  de  la  historia,  y  el  historiador  tiene  que 
recurrir  á  esas  tres  fuentes  de  información  y  de  estudio.  Si 
hubiéramos  de  establecer  una  escala  descendente  de  impor- 
tancia, diríamos  que  el  hecho  histórico  tiene  la  primacía 
sobre  los  demás,  porque  lo  que  se  ha  ejecutado  en  el  des- 
envolvimiento individual  y  social,  es  la  exteriorización  más 
indiscutible  y  completa  del  hombre  ó  de  la  sociedad  de  que 
ese  hecho  emana.  En  segundo  término,  el  documento,  que 
en  algunos  casos  da  explicación  al  hecho,  poniendo  de  re- 
lieve alcances,  intenciones  ó  propósitos,  y  que  en  otros  su- 
ple al  Jiecho  mismo  y  llena  el  claro  de  lo  que  no  ha  podido 
ejecutarse  por  la  fatalidad  de  los  sucesos.  Y  en  último  lu- 
gar, las  tradiciones,  á  condición  de  que  los  hechos  ó  los 
documentos  les  den  base  cierta  ó  razonable,  sin  la  cual  el 
historiador  está  obligado  á  relegarlas  al  dominio  de  la  le- 
yenda. 

£1  luedio  ambiente. 

Para  comprender  á  César,  ha  escrito  Lamartine,  es  ne- 
cesario conocer  la  época  de  César. 

Se  trata  de  una  verdad  de  PerogruUo.  El  hombre  es 
obra  de  su  medio,  y  aun  cuando  pueda  alcanzar  á  modifi- 
carlo, y  á  veces  lo  modifica  fuudamentahnente,  de  la  índole 
del  escenario  en  que  actúa  resulta  la  explicación  más  aca- 
bada é  indiscutible  de  sus  hechos  propios  y  de  su  vida 
misma. 

Juzgándolo  así,  hemos  destinado  un  capítulo  á  la  fija- 
ción de  las  grandes  líneas  de  la  época  de  Artigas  en  toda 
la  América  del  Sud,  y  muy  principalmente  en  el  Río  de  la 
Plata,  limitándonos,  para  no  extender  el  cuadro,  á  hechos 
relativos  á  las  principales  acusaciones  formuladas  contra  el 
jefe  de  los  orientales:  derramamiento  de  sangre,  confisca- 
ciones de  propiedades  particulares  y  defraudación   de  reu- 


PRELIMINARES  1 5 

tas  aduaneras.  Bastará,  estamos  persuadidos,  la  sencilla 
comparación  del  personaje  y  de  su  medio  ambiente,  para 
que  la  figura  de  Artigas  se  agigante  sin  necesidad  de  co- 
mentario alguno. 

Artigas  y  su  obra  postuma. 

'< Distinguir,  hacer  sentir  en  la  vida  de  un  hombre  his- 
tórico» (dice  el  general  Mitre,  refiriéndose  á  Belgrano,  en 
sus  «Comprobaciones  histói'icas»)  <^su  acción  postuma  y  su 
acción  contemporáneíi,  penetrándolo  en  su  medio  y  dila- 
tándolo en  su  posteridad,  es  sin  (hida  una  de  las  grandes 
dificultades  nue  presenta  la  ciencia  histórica  y  que  sólo 
puede  vencerse,  vjdiéndonos  de  la  máxima  de  nuestro  crí- 
tico, varias  veces  repetida,  estudiando  con  cuidado  los  he- 
chos é  interpretándolos  según  el  ánimo  de  que  estuvieron 
poseídos  en  vida,  ¡inimados  de  un  espíritu  de  que  tal  vez 
ellos  mismos  no  U. vieron  plena  conciencia». 

Sólo  Artigas  queda  colocado  fuera  de  la  ley.  Su  acción 
postuma,  del  doble  punto  de  vista  de  la  consagración  del 
régimen  republicano  y  de  la  autonomía  de  las  provincias 
del  Río  de  la  Plata,  dentro  de  una  confederación  verdade- 
ramente amplia  y  racional,  permanece  todavía  negada  ó 
discutid;!,  gracias  á  la  ifdiumación  histórica  de  que  se  glo- 
rían el  general  Mitre  y  el  doctor  López  al  darse  la  mano 
en  medio  de  ardorosa  polémica. 

Cuando  todos  los  prohombres  de  la  Revolución  de  Ma- 
yo eran  centralislas  y  se  inclinaban  á  la  monarquía  por 
convicción  propia  ó  por  razones  de  circunstancias.  Artigas 
levantaba  el  estandarte  republicano  y  señalaba  á  sus  con- 
temporáneos con  mano  vigorosa  el  ejemplo  de  los  ameri- 
canos del  Norte  constituyendo  una  nacionalidad  fuerte  y 
descentrahzada  por  la  obra  exclusiva  del  sufragio  popular. 

Esa  bandera  fué  recogida  más  tarde  y  paseada  triunfan- 
te en  todo  el  amplio  territorio  argentino,  por  los  mismos 
que  la  habían  combatido  en  nombre  de  las  ideas  monár- 
quicas ó  de  las  ideas  unitarias.  Artigas,  «como  el  Cid,  ha- 


16  JOSÉ    ARTIGAS 

bía  gauado  después  de  muerto  su  gran  batalla  en  la  tierra 
donde  más  se  persiguió  su  noml)re^>,  valga  la  frase  de  Jo- 
sé G.  Busto  en  una  reunión  [)atriótica  celebrada  el  2G  de 
julio  de  189Ü  en  favor  del  monumento  que  debe  erigirse 
«al  servidor  de  la  democracia  y  apóstol  de  la   federación». 

Pero  en  la  hora  de  la  victoria  política,  la  gloria  de  hi 
iniciativa  y  de  la  persistencia  del  esfuerzo  quedó  olvidada, 
recrudeciendo  en  cambio  el  anatema  contra  <-el  bandido», 
contra  «el  encbalecador»,  contra  «el  contrabandista»,  con- 
tra «el  sanguinario  montonero  ajeno  á  toda  idea  noble  y 
á  todo  sentimiento  patriótico». 

Dos  únicos  nombres  tiene  inscriptos  en  letras  de  bron- 
ce la  pirámide  de  Mayo,  y  uno  de  ellos  es  el  de  Manuel 
Artigas,  el  heroico  oficial  de  la  insurrección  oriental  de 
1811,  caído  en  el  asalto  y  toma  de  San  José.  Se  quiso 
honrar  la  primera  sangre  derramada  por  el  pi'ogi'ama  de 
Mayo.  Nada  más  justo,  Pero  aguardan  igual  honor  la  bata- 
lla campal  de  las  Piedras,  la  primera  victoria  de  im|)ortan- 
cia  de  la  Revolución,  y  José  Artigas,  el  portaestandarte  de 
la  idea  republicana  federal  ya  definitivamente  incoi-porada 
á  la  organización  institucional  de  la    República  Argentina. 

Ai'li^'a>«$  lio  contesta  á  suíjs  acusadores. 

«La  mejor  prueba  de  la  grandeza  de  Salmerón»  (escri- 
bía ^<E1  Liberal»  de  Madrid  al  día  siguiente  de  la  muerte 
del  ilustre  estadista  español)  «está  en  estas  palabras:  no 
tuvo  sino  idólatras  ó  adversarios  frenéticos». 

Es  una  frase  que  refleja  exactamente  la  situación  de 
Artigas  en  el  Río  de  la  Plata.  El  jefe  de  .  los  orientales  y 
protector  de  los  pueblos  libres,  sólo  ha  despertado  efecti- 
vamente idolatrías  y  odios  intensos.  Nadie  le  ha  mirado 
con  frialdad.  Pero  ha  habido  una  gruesa  diferencia  en  fa- 
vorde  los  adversarios  fui'ibundos:  ellos  monopolizaban  ente- 
ramente el  talento,  la  ilustración,  la  prensa  periódica,  los 
folletos,  los  libros  y  las  mismas  tradiciones.  Y  como  si 
esas  armas  formidables  no  fueran   suficientes,  ocupaban  el 


PRELIMIN  iRES  1  7 

Cjobierno  y  daban  á  sus  fallos  y  acusaciones  el  carácter  ofi- 
cial y  repetable  que  más  eficazmente  podía  influir  en  su 
difusión  y  consagración  por  los  contemporáneos  y  la  pos- 
teridad. 

Tenía  que  luchar  Artigas  contra  la  inteligentísima  oli- 
garquía monarquista  que  actuó  casi  sin  solución  de  conti- 
nuidad al  frente  del  gobierno  de  las  Provincias  Unidas 
del  Río  de  la  Plata,  desde  su  ingreso  en  la  escena  política, 
basta  que  fué  desalojado  de  ella;  contra  los  españoles,  que 
ejercían  el  gobierno  de  Montevideo  y  que  después  de  per- 
derlo conservaron  todos  los  resortes  económicos  y  sociales 
que  podían  dar  autoridad  á  su  palabra;  contra  los  portu- 
gueses, que  se  habían  trazado  el  plan  de  conquista  de  la 
Provincia  Oriental  y  que  necesitaban  justificar  su  conduc- 
ta con  ayuda  de  propagandas  apasionadas.  Y  contra  todos 
ellos  luchó  durante  diez  años,  sin  clases  ilustradas  que  de- 
fendieran sus  principios  y  rechazaran  las  acusaciones  en- 
caminadas á  aislarlo  de  su  medio. 

Un  bandido,  un  asesino,  un  contrabandista,  no  podía  le- 
vantar otra  bandera  que  la  del  saqueo  y  del  asesinato,  y 
todos  los  adversarios  se  unían  en  el  propósito  común  de 
persuadir  por  medio  de  decretos,  folletos,  y  tradicio- 
nes, que  Artigas  vivía  en  un  antro  de  corrupción  y  de  san- 
gre, comiéndose  en  el  asador  á  los  porteños,  á  los  españo- 
les, á  los  portugueses  y  á  sus  propios  compatriotas  disi- 
dentes. 

Lejos  de  defenderse,  había  adoptado  la  regla  del  silen- 
cio, poseído  de  aquella  ciega  confianza  en  la  integridad  de 
su  conducta  con  que  Guizot  desafiaba  á  la  oposición  en  las 
Cámaras  francesas:  «por  más  que  hagáis,  no  elevaréis  vues- 
tras injurias  hasta  la  altura  de  mi  desdén». 

En  carta  al  general  Martín  Güemes  («El  N"acional  Ar- 
gentino» de  4  de  marzo  de  1860,  Archivo  Mitre;  y  «El  Si- 
glo» de  Montevideo  de  23  de  septiembre  de  1900),  decía 
Artigas: 

«El  orden  de  los  sucesos  tiene  más  que  calificado  mi 
carácter  y  mi  decisión  por  el  sistema  que  está  cimentado 

JOSÉ   ARTIGAS.— 2  T.    I. 


18  JOSÉ    ARTIGAS 

en  hechos  incontestables.  No  es  extraño  parta  de  ese  prin- 
cipio para  dirigir  á  usted  mis  insinuaciones,  cuando  á  hi 
distancia  se  desfiguran  los  sentimientos  y  la  malicia  no  ha 
dormitado  siquiera  para  hacer  vituperables  los  míos.  Pero 
el  tiempo  es  el  mejor  testigo  y  él  justificará  ciertamente  al 
jefe  de  los  orientales». 

Andrés  Artigas  le  refería  desde  Misiones  los  chismes 
que  corrían,  y  él  contestaba  en  oficio  de  27  de  agosto  de 
1815  (Bauza,  ■5, Historia  de  la  Dominación  Española»): 

«Deje  usted  que  hablen  y  prediquen  contra  raí.  Esto  ya 
sabe  que  existía  aún  entre  los  que  me  conocían,  cuanto  más 
entre  los  que  no  me  conocen.  Mis  operaciones  son  más  po- 
derosas que  sus  palabras,  y  á  pesar  de  suponerme  el  hom- 
bre más  criminal,  yo  no  haré  más  que  proporcionar  á  los 
hombres  los  medios  de  su  felicidad  y  desterrar  de  ellos 
aquella  ignorancia  que  les  hacía  sufrir  el  más  pesado  yugo 
de  la  tiranía.  Seamos  libres  y  seremos  felices». 

En  carta  dirigida  á  Rivera  el  17  de  diciembre  de  1814 
acerca  de  la  sublevación  del  regimiento  de  Blandengues  en 
Mercedes  (Bauza,  «Historia  de  la  Dominación  Española»), 
dice  Artigas  que  ha  derramado  lágrimas  con  motivo  de 
ese  suceso,  y  agrega: 

«Usted  no  ignora  que  mi  interés  es  el  de  todos  los  orien- 
tales, y  que  si  los  momentos  de  una  convulsión  fueran  bas- 
tantes á  sofocar  nuestros  deberes,  ya  antes  de  ahora  hubie- 
ra desechado  un  puesto  que  no  me  produce  sino  azares. 
Usted  no  lo  ignora:  pero  la  confianza  que  depositaron  en 
mí  los  paisanos  para  decidir  su  felicidad,  es  superior  en  mi 
concepto  á  los  contratiempos.  Ella  me  empeña  á  superar 
las  dificultades  y  tirar  el  carro  hasta  donde  (?)  me  alcan- 
cen las  fuerzas.  Tome  de  mí  un  ejemplo:  obre  y  calle,  que 
al  fin  nuestras  operaciones  se  regularán  por  el  cálculo  de 
los  prudentes». 

Fácil  es  comprender  en  estas  condiciones  por  qué  moti- 
vo la  personalidad  de  Artigas  ha  sido  execrada  durante  lar- 
gos años:  mientras  que  los  adversarios  descargaban  todas 
sus  baterías  con  el  tremendo  ardor  que  inspiran   las  gue- 


PRELIMINARES  19 

rras  intestinas,  el  jefe  de  los  orientales  seguía  en  silencio  la 
lucha  gigantesca,  lleno  de  fe  en  la  justicia  de  su  causa  y  en 
el  éxito  de  su  empuje. 

Si  hubiera  vencido,  en  el  triunfo  habría  encontrado  su 
instantánea  rehabilitación  histórica.  Pero,  cayó  rendido 
en  los  campos  de  batalla,  y  la  leyenda  del  ogro  cobró  nue- 
vos bríos  y  ya  pudo  repetirse  de  boca  en  boca,  sin  que 
nadie  arriesgara  una  réplica. 

Las  facciones  Internas  y  sn  obra  «lestructora. 

«¿A  quién  podemos  temer,  sino  ú  nosotros  mismos?»,  se 
preguntaba  el  deán  Funes  en  su  hermosa  oración  patrióti- 
ca del  25  de  mayo  de  181.4,  después  de  historiar  los  triun- 
fos de  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata,  entre 
los  que  se  destacaba  la  destrucción  de  la  escuadra  españo- 
la por  la  flotilla  del  almirante  Brown  en  las  costas  de  Mon- 
tevideo. 

La  frase,  llena  de  justificada  soberbia  contra  el  dominio 
español,  resulta  todavía  más  verdadera  dentro  del  estrecho 
y  agitado  teatro  de  la  política  interna,  donde  las  facciones 
absorbentes  que  vigorizaba  el  poder  público,  daban  la  ley  á 
todas  las  provincias  y  creaban  ó  destruían  reputaciones  á 
voluntad. 

Contra  San  Martin. 

Dice  el  doctor  López  («Historia  de  la  República  Argen- 
tina»), después  de  recordar  que  en  1814  San  Martín  inició 
gestiones  para  que  se  le  exonerase  del  mando  del  ejército  de 
Tucumán  y  se  le  adjudicase,  en  cambio,  la  obscura  gober- 
nación de  Mendoza: 

«Este  puesto  le  ofrecía  una  ocasión  para  salir  del  influ- 
jo de  las  facciones  argentinas  cuyos  hom.bres  y  confusos 
movimientos  le  inspiraban  profundo  tedio,  mucho  desalien- 
to y  más  que  tedio  y  desaliento,  muchísimo  temor,  porque 
no  había  nacido  para  esas  turbulentas  luchas,  ni  contaba 
con  medios  de  genio,  de  palabra  y  de  audacia  para  figurar 
y  predominar  sobre  ellas.  Sus  cualidades  y  sus  talentos  co- 


20  JOSÉ    ARTIGAS 

iTÍan  por  otros  senderos;  y  decían  algunos  que  en  su  tris- 
te desencanto  estaba  convencido  de  que  se  había  alucina- 
do desgraciadamente  dejándose  entusiasmar  en  Europa  por 
la  independencia  de  la  tierra  en  que  había  nacido ...  Algu- 
nas veces  nos  ha  diclio  el  doctor  Tagle  á  nosotros  mismos: 
«;San  Martín  nunca  le  tuvo  cariño  ni  afecto  [)ersonal  á  Bue- 
nos Aires:  nos  tenía  miedo  y  no  se  interesaba  por  nos- 
otros». 

Refiere  Mitre  («Historia  de  Sari  Martín»)  que  los  ene- 
migos del  héroe  de  los  Andes  decían:  «que  éste  se  encon- 
traba borracho  al  escribir  el  parte  de  la  victoria  de  Mav- 
píi.  Imbéciles!  estaba  borracho  de  gloria!  contestó  Vicuña 
Mackenna». 

Dos  cartas  muj''  sugestivas  transcribe  el  general  Mitre. 
Ambas  están  dirigidas  por  el  general  San  Martín  á  don 
Tomás  Godoy,  desde  aquella  obscura  goberiiaci(jn  de  Men- 
doza en  que  se  estaba  incubando  la  gloriosa  expedición  al 
Pacífico  (<s Historia  de  San  Martín»): 

«¿Con  que  los  cordobeses  están  muy  enfadados  conmigo? 
(le  dice  á  fines  de  1815).  ¡Paciencia!  Ya  había  yo  tenido  en 
esta  varias  cartas  en  que  manifestaban  sus  disgustos.  Lo 
particular  es  que  hayan  sido  escritas  por  sujetos  de  juicio 
y  luces;  pero  en  unos  términos  capaces  de  exaltar  otra  con- 
ciencia menos  tranquila  que  la  mía.  ¡Ay!  amigo.  ¡Y  cuánto 
cuesta  á  los  hombres  de  bien  la  libertad  de  su  país!  Bas- 
te de(;ir  á  usted  que  no  en  una  sino  en  tres  ó  cuatro  cartas 
se  dice  lo  siguiente:  Ustedes  tienen  en  esa  un  jefe  que  no 
lo  conocen:  él  es  ambicioso,  cruel,  ladrón  y  poco  seguro  en 
la  causa,  pues  hay  fundadas  sospechas  de  que  haya  sido 
enviado  j)or  los  españoles;  la  fuerza  que  con  tanta  rapidez 
está  levantando,  no  tiene  otro  objeto  que  oprimir  á  esa 
provincia,  [)ara  después  hacerlo  con  las  demás.  Usted  dn*á 
que  me  habré  incomodado.  Sí,  mi  amigo,  un  poco;  pero  des- 
pués que  llamé  la  reflexión  en  mi  ayuda,  hice  lo  (pie  Dió- 
genes:  zambullirme  en  una  tinaja  de  filosofía  y  decir:  todo 
esto  es  necesario  que  sufra  el  hombre  público  para  que 
esta  nave  llegue  á  puerto». 


PRELIMINARES  21 

«Las  dos  de  usted  de  29  de  enero  y  1 1  de  febrero ■>>,  (ex- 
presa San  Martín  á  Godoy  en  febrero  de  1816),  «las  recibí 
juntas  por  el  correo  pasado:  ellas  me  manifiestan  el  odio 
cordial  con  que  me  favorecen  los  diputados  de  Buenos 
Aires.  La  continuación  liace  maestros,  así  es  (pie  mi  cora- 
zón se  va  encalleciendo  á  los  tiros  de  la  maledicencia,  y 
para  ser  insensible  á  ellos,  me  he  aforrado  con  la  máxima 
de  Epicteto:  <'^iSi  Von  dit  mal  de  toí  et  qu'il  soit  véritahle 
Gorrige-toi;  si  ce  sont  dea  mensonges,  ris-en-^. 

Tenían  que  encontrar  y  encontraron  estas  diatribas  am- 
biente favorable  en  el  extranjero. 

«Cochrane»,  agrega  el  general  Mitre,  <  lia  insultado  y 
calumniado  á  San  Martín  en  vida  y  en  muerte,  llamándo- 
le ambicioso  vulgar,  tirano  sanguinario,  general  inepto,  hi- 
pócrita, ladrón,  borracho,  embustero,  egoísta  y  desertor  de 
sus  banderas,  tan  cobarde  como  fanfarrón.  San  Martín, 
protector  del  Perú,  apostrofó  á  Cochrane  por  medio  de  sus 
ministros  como  un  defraudador  asimilable  en  cierto  modo 
á  los  piratas,  un  detentador  de  los  intereses  públicos,  un 
traficante  con  la  fuerza  marítima  de  su  mando,  como  un 
verdadero  criminal  deshonrado  por  sus  liechos;  y  por  el 
órgano  autorizado  de  sus  diplomáticos  lo  ha  calificado  ante 
el  gobierno  de  Chile  como  el  hombre  más  perverso  que 
existiera  en  la  tierra». 

La  publicación  de  las  Memorias  del  almirante  Cochra- 
ne, dio  base  al  «Times»  de  Londres  de  13  de  enero  de 
1859,  para  concretar  el  siguiente  juicio: 

«El  bravo  almirante  prueba  que  San  Martín,  su  compa- 
ñero de  armas,  era  un  monstruo  extraordinario.  Decir  que 
era  embustero,  es  nada.  Con  la  gravedad  más  extraordina- 
ria decía  mentiras  de  una  absurdidad  palpable.  Era  al  mis- 
mo tiempo  cobarde  y  fanfarrón,  y  totalmente  incompetente, 
que  sin  embargo  siempre  consiguió  salir  bien  y  (pie  hizo 
peor  que  no  hacer  nada,  traicionando  todos  los  intereses 
menos  los  suyos». 

«Así  era  juzgado  diez  años  después  de  su  muerte,  por 
el  primer  diario  del  mundo,  el  primer  capitán  sudamerica- 


22  JOSÉ  ARTIGAS 

110  y  uno  (le  los  más  graneles  caracteres  de  la  revolución  de 
la  independencia  del  Nuevo  Mundo». 

Sin  la  obra  previa  de  las  facciones  internas,  que  habían 
despedazado  á  San  Martín,  ¿se  habría  atrevido  el  pensa- 
miento extranjero  á  incubar  tamañas  herejías? 

Continuemos  nuestro  extracto. 

Después  de  la  conferencia  de  Guayaquil  (Mitre,  «His- 
toria de  San  Martín»),  el  general  San  Martín  resolvió  eli- 
minarse del  Perú,  dirigiendo  con  tal  motivo  una  carta  á 
Bolívar  en  que  le  dejaba  el  teatro,  persuadido  de  que  de 
otro  modo  no  prestaría  su  cooperación  para  terminar  la 
hicha.  El  20  de  septiembre  de  1822  se  instaló  el  primer 
Congreso  constituyente  del  Perú,  y  San  Martín  se  despojó 
del  mando  y  se  embarcó  para  Chile,  donde  encontró  <  que 
su  nombre  era  execrado  como  el  de  un  verdugo >^. 

Cuando  llegó  á  Chile,  el  gobierno  de  O'Higgins  bambo- 
leaba. San  Martín  experimentó  allí  un  vómito  de  sangre, 
que  lo  postró  en  cama  dos  meses.  Al  separarse  del  Perú, 
cuyo  tesoro  le  acusaban  sus  enemigos  de  haber  robado, 
sacó  por  todo  caudal  120  onzas  de  oro.  Contaba  en  Chile 
para  subsistir  con  la  chacra  que  le  había  donado  el  Estado. 
El  gobierno  del  Perú,  noticioso  de  su  indigencia,  le  mandó 
dos  mil  pesos  á  cuenta  de  sueldos  y  con  esa  suma  pudo 
pasar  á  Mendoza.  Oh!  Quanto  e  triste!,  exclama  con  el 
poeta,  el  general  Mitre. 

A  principios  de  1823  llegó  á  Mendoza,  llevando  allí 
la  vida  de  un  pobre  chacarero.  En  carta  á  O'Higgins  de 
1.°  de  marzo  de  1823  le  decía:  «Se  me  asegura  que  el 
mismo  día  que  usted  dejó  el  mando,  se  envió  una  partida 
para  mi  aprehensión.  No  puedo  creer  semejante  procedi- 
miento; sin  embai-go,  desearía  saberlo  para  presentarme  en 
Santiago,  aunque  después  me  muriese,  y  responder  á  los 
cargos  que  quisieran  hacerme». 

De  Mendoza  [)asó  á  Buenos  Aires,  «donde  fué  recibido 
por  el  menosprecio  y  la  indiferencia  pública».  A  fines  de 
1823  tomó  á  su  hija  y  se  dirigió  silenciosamente  al  des- 
tierro. 


PRELIMINARES  23 

Cinco  años  después  emprendió  viaje  de  regreso,  arri- 
bando á  Buenos  Aires  el  12  de  febrero  de  182í),  ani- 
versario de  las  batallas  de  San  Lorenzo  y  Chacabuco.  Fué 
recibido  con  un  anuncio  en  la  prensa,  en  que  se  expresaba 
que  volvía  á  la  patriad  raíz  de  saber  que  se  había  hecho  la 
paz  con  el  Brasil! 

En  sus  «Nuevas  comprobaciones  históricas»,  da  Mitre 
esta  nota  final: 

«En  1841  la  memoria  de  San  Martín  estaba  obscure- 
cida en  Chile,  y  si  acaso  se  recordaba  era  con  odio  y  des- 
precio, como  por  muchos  años  lo  fué  en  la  tierra  de  su 
nacimiento,  que  lo  calificó  de  desertor  y  cobarde  en  los 
periódicos,  después  de  llamarlo  ebrio  y  ladrón  en  sus  pan- 
fletos». 

Repelido  por  el  ambiente  de  la  patria,  el  vencedor  de 
Chacabuco  se  fué  á  morir  á  Europa,  manteniendo  siempre 
viva  su  vieja  energía  contra  el  dominador  extranjero  y  su 
profunda  aversión  al   partidismo  local. 

Dígalo  la  cláusula  tercera  de  su  testamento  de  23  de 
enero  de  1844  (Saldías,  «Historia  de  la  Confederación 
Argentina»): 

«El  sable  que  me  ha  acompañado  en  la  guerra  de  la 
independencia  de  la  América  del  Sud,  le  será  entregado  al 
general  de  la  República  Argentina,  don  Juan  Manuel  de 
Rosas,  como  una  prueba  de  la  satisfacción  que  como  ar- 
gentino he  tenido  al  ver  la  firmeza  con  que  ha  sostenido 
el  honor  de  la  República  contra  las  injustas  pretensiones 
de  los  extranjeros  que  trataban  de  humillarla». 

Cuando  San  Martín  escribía  esa  cláusula,  ya  Rosas  es- 
taba nadando  en  su  mar  de  sangre  y  de  subversiones  ins- 
titucionales, y  estaban  proscriptos  de  Buenos  Aires  todos 
aquellos  ilusties  unitarios  que  habían  repelido  al  héroe  de 
los  Andes,  por  su  resistencia  á  embanderarse  en  la  guerra 
civil  y  á  sacrificar  energías  que  en  su  concepto  debían  re- 
servarse contra  el  usurpador  extranjero. 


24  JOSÉ    ARTIGAS 

Contra  Bolívar. 

Bolívar  es  otro  gran  proscripto  de  la  Revolución  ame- 
ricana. 

Vayan  estos  extractos  como  testimonios  indicativos  de 
su  consagración  á  la  causa  general  y  de  su  altruismo 
patriótico  (Larrazábal,  v<Vida  y  correspondencia  del  liber- 
tador Bolívar»): 

Dirigiéndose  al  general  Santa  Cruz: 

«Primero  el  suelo  nativo  que  nada,  general;  él  ha  forma- 
do con  sus  elementos  nuestro  ser;  nuestra  vida  no  es  otra 
cosa  que  la  herencia  de  nuestro  pobre  país;  allí  se  encuen- 
tran los  testigos  de  nuestro  nacimiento,  los  creadores  de 
nuestra  existencia  y  los  que  nos  han  dado  alma  por  la 
educación:  los  sepulcros  de  nuestros  padres  yacen  allí  y 
nos  reclaman  seguridad  y  reposo;  todo  nos  recuerda  un 
deber,  todo  nos  excita  á  sentimientos  tiernos  y  memorias 
deliciosas:  allí  fué  el  teatro  de  nuestra  inocencia,  de  nues- 
tros primeros  amores,  de  nuestras  primeras  sensaciones  y 
de  cuanto  nos  ha  formado.  ¿Qué  títulos  más  sagrados  al 
amor  y  á  la  consagración?  Sí,  general;  sirvamos  á  la  patria 
nativa,  y  después  de  este  deber  coloquemos  los  demás». 

«Quisiera  tener»,  dijo  en  otra  oportunidad,  «una  fortuna 
material  que  dar  á  cada  colombiano;  pero  no  tengo  nada. 
No  tengo  más  que  un  corazón  para  amarlos  y  una  espada 
para  defenderlos». 

Al  Congreso  constituyente  de  1830,  pidiéndole  que  ad- 
mita   su  renuncia: 

«Si  un  hombre  fuera  necesario  para  sostener  el  Estado, 
ese  Estado  no  debería  existir,  y  al  fin   no  existiría». 

Al  general  OTjeary,  reprobándole  la  idea  de  establecer 
un   trono  en  Colombia. 

«Yo  no  concibo  que  sea  posible  siquiera  establecer  un 
reino  en  un  país  que  es  constitucionalmente  democrático, 
porque  las  clases  inferiores  y  las  más  numerosas,  reclaman 
esta  prerrogativa  con  derechos  incontestables.  La  igualdad 
legal  es  indispensable  donde  hay  desigualdad  física,  para 
corregir  en  cierto  modo  la  injusticia  de  la  naturaleza». 


PRELIMINARES  25 

Al   general  Sucre,  después  de  la  victoria  de    Ayacucho: 

«Mientras  exista  Ayacucho  se  tendrá  presente  el  nom- 
bre del  general  Sucre:  él  durará  tanto  como  el  tiempo».  A 
la  vez  se  dirigía  á  los  colombianos  en  estos  términos:  «La 
América  del  Sud  está  cubierta  de  los  trofeos  de  nuestro 
valor;  pero  Aj^acucho,  semejante  al  Cliimborazo,  levanta 
su  cabeza  erguida  sobre  todos».  En  la  gran  revista  militar 
que  hubo  á  raíz  de  la  batalla  de  Junín,  los  dos  héroes  se 
saludaron  en  forma  memorable.  «Bajo  la  dirección  del 
libertador,  dijo  Sucre,  sólo  la  victoria  podemos  esperar». 
«Para  saber  que  debo  vencer,  contestó  Bolívar,  basta  co- 
nocer á  los  que  me  rodean». 

Véase  ahora  el  resultado  de  tanto  desprendimiento: 

El  gran  mariscal  de  Ayacucho,  víctima  de  las  faccio- 
nes internas,  murió  asesinado  el  4  de  junio  de  1830.  «Yo 
pienso»,  decía  Bolívar  en  carta  al  general  Flores,  «que  la 
mira  de  este  crimen  ha  sido  privará  la  patria  de  un  suce- 
sor mío». 

Ya  la  tormenta  estaba  desencadenada.  Varias  voces  se 
alzaron  en  el  Congreso  de  Venezuela  para  procesar  á  Bo- 
lívar y  pedir  su  expulsión,  como  condición  sine  qua  non 
para  entablar  relaciones  con  el  gobierno  de  Bogotá.  Y  así 
lo  votó  finalmente  el  Congreso,  declarando  que  mientras  el 
libertador  pisara  territorio  de  Colombia,  no  habría  tran- 
sacción posible. 

La  prensa  de  Venezuela,  desatada  ya  y  sin  reatos,  voci- 
feraba contra  «el  tirano»,  contra  «el  ambicioso»,  y  contra 
«el  hipócrita  insigne». 

Bolívar  tuvo  entonces  que  alejarse.  Su  despedida  á  los 
colombianos  de  10  de  diciembre  de  1830,  era  un  llamado 
á  la  concoi'dia  y  una  protesta  contra  las  facciones.  «He 
sido  víctima  de  mis  perseguidores,  que  me  han  conducido 
á  las  puertas  del  sepulcro»...  «Si  mi  muerte  contribuye  á 
(jue  cesen  K)s  paitidos  y  se  consolide  la  unión,  yo  bajaré 
tranquilo  al  se[)ulcro». 

No  sobrevivió  una  semana  á  esa  despedida.  Durante  su 
agonía,   martirizado  por  la   obsesión  de  las   persecuciones 


26  JOSÉ    AUTÍGA.S 

que  iniciaban  sus  compatriotas,  decía  al  fiel  sirviente  que 
velaba  su  lecho  de  muerte: 

«José,  vamonos,  que  de  aquí  nos  echan....  ¿dónde  ire- 
mos?» 

Contra  Artigas. 

Basta  de  grandes  injusticias.  Sólo  hemos  querido  signi- 
ficar que  si  las  facciones  internas  despedazaban  á  San 
Martín  y  á  Bolívar,  cuyas  ideas  políticas  coincidían  ente- 
ramente con  las  de  sus  compatriotas  del  gobierno  y  de  las 
clases  dirigentes,  ¿cómo  no  había  de  ser  estrangulado  Ar- 
tigas, el  apóstol  del  régimen  republicano  federal,  por  la 
oligarquía  monarquista  que  actuó  casi  sin  solución  de  con- 
tinuidad en  el  gobierno  de  las  Provincias  Unidas  del  Río 
déla  Plata,  desde  1810  hasta  1820? 

El  oomplemento  de  la  ignoraneia. 

A  la  tarea  destructora  de  las  facciones  internas,  hay  que 
agregar  en  todo  lo  que  se  refiere  á  los  períodos  culminan- 
tes de  la  Revolución  americana,  el  factor  de  la  ignorancia, 
que  llena  las  lagunas  de  sus  relatos  pseudo-históricos,  con 
invenciones  ó  fábulas,  cuando  no  con  el  veneno  de  })reven- 
ciones  que  tienen  su  raíz  en  el  antagonismo  de  ideas  fun- 
damentales. 

Habla  Pradt  («Les  six  derniers  mois  de  l'Amerique  et 
du  Brésil  >)  de  los  diarios  europeos  y  de  sus  infor- 
maciones  sobre   la  guerra  de  la  independencia  americana: 

«Si  se  va  á  creer  lo  que  ellos  dicen,  todos  los  que  pelean 
en  América  son  bandidos,  aventureros,  hombres  que  fal- 
tan al  honor  y  al  deber  y  que  comprometen  la  honra  de 
su  país». 

Ün  foUetinista  de  «El  Nacional»  de  Montevideo  se  en- 
cargó á  principios  de  abril  de  184-0,  de  agrupar  en  un  es- 
tudio muy  interesante  diversas  noticias  é  informaciones 
acerca  de  la  República  Oriental,  para  demostrar  lo  mucho 
que  debe  desconfiarse  de  los  libros  y  publicaciones  ex- 
tranjeras. He  aquí  algunos  casos  notables: 


PRELIMINARES  27 

a)  El  poeta  chileno  Matta  publicó  en  «El  Mercurio» 
de  Valparaíso  sus  impresiones  de  viaje.  Al  describir  las 
costas  de  Maldonado,  asegura  el  distinguido  viajero  que  él 
pudo  ver  á  mediodía  y  por  sus  propios  ojos,  tal  era  la  pro- 
ximidad de  la  tierra,  tres  islas,  que  eran  la  isla  de  Mal- 
donado,  la  isla  de  Pan  de  Azúcar  y  la  isla  de  las  Ani- 
mas! 

h)  Ante  la  Cámara  de  Diputados  de  Francia,  expresó 
Lamartine  (debates  de  1841)  que  en  Montevideo  «las  re- 
voluciones se  suceden  como  los  millones  de  insectos  que 
cría  el  suelo  y  que  nacen  y  mueren  en  un  día».  Podría 
decirse  en  este  caso,  que  simplemente  se  exagera  un  hecho 
patológico  cierto.  Pero  la  exageración  es  tan  enorme,  que 
ella  también  atraviesa  las  fronteras  de  la  fantasía  en  que 
escribía  el  poeta  Matta. 

c)  Cierto  libro,  afirma  que  los  caminos  de  la  Banda 
Oriental  están  llenos  de  animales  feroces,  y  para  satisfacer 
la  curiosidad  de  sus  lectores  los  enumera  prolijamente. 
En  la  lista,  figuran  los  leones,  los  tigres  y  los  cocodrilos. 

d)  Otro  libro  clasifica  en  estas  cuatro  categorías  á  los 
habitantes  de  la  Banda  Oriental,  que  va  definiendo  una 
por  una  para  que  la  confusión  no  sea  posible:  Montoneros, 
que  son  unos  hombres  llamados  así  porque  proceden  de 
unas  montañas  en  que  viven  y  de  donde  salen  para  efec- 
tuar sus  correrías  en  los  llanos;  gauchos,  que  son  unos 
nuevos  centauros;  peones,  como  así  se  llama  á  los  oriundos 
del  Paraguay,  que  vienen  á  ocuparse  de  los  trabajos  de 
campo;  y  finalmente,   indios. 

Don  Juan  Manuel  de  la  Sota  («Historia  del  teri'itorio 
oriental»)  defiende  á  los  charrúas  de  las  acusaciones  de 
canibalismo,  en  una  forma  que  conviene  reproducir,  por- 
que ella  también  denuncia  la  extrema  facilidad  con  que 
pasan  como  un  evangelio  las  informaciones  extranjeras  más 
graves. 

«Se  les  ha  atribuido,  dice,  el  ser  antropófagos  por  la 
muerte  de  Juan  Díaz  de  Solís,  á  quien  devoraron;  pero 
esto  no  prueba  que  fuera  un  hábito  en  ellos.  Ruy  Díaz 


28  JOSÉ    ARTIGAS 

de  Guzmán  en  su  «Argentina»,  dice  que  se  mantenían  de  la 
caza  y  de  la  pesca,  y  que  auiKjue  eran  terribles  en  las  contien- 
das, eran  humanos  con  los  vencidos:  igualmente  lo  refiere 
Centenera.  El  hecho  aislado  de  8olís  y  sus  compañeros,  no 
es  bastante  [)ara  clasificarlos  de  caribes.  Los  españoles  ci- 
vilizados y  en  el  pi'esente  siglo  de  ilustración,  sin  tener  tal 
hábito  acaban  de  efectuar  igual  atrocidad  en  la  persona 
del  general  O^Donnell,  y  esto  ha  sucedido  en  la  capital  de 
Cataluña». 

Y  agrega  el  autor  en  una  nota  ilustrativa  que  va  al 
pie:  «En  «El  Estandarte  Nacional»  de  esta  capital,  de 
21  de  abril  de  183G,  se  dio  á  luz  un  párrafo  de  carta 
de  un  corresponsal  al  3Ioniing  Cronicle  que  decía  así: 
«Nadie  habla  de  los  asesinos  del  día  4,  de  los  asesinos  de 
presos,  todavía  no  procesados.  Las  clases  más  elevadas,  las 
mismas  señoras,  consideran  un  acto  patriótico  el  comer  la 
carne  deO'Donnell.  Por  esto  veréis  que  las  clases  pobres  y 
no  educadas,  no  son  aquí  las  más  despreciables,  y  debo 
agregar  que  yo  mismo  vi  algunas  personas  comer  la  carne 
deO'Donnell  después  de  haberle  cortado  la  cabeza  y  los 
pies.  Confieso  que  la  pluma  inglesa  no  dejará  de  marcar 
con  el  sello  de  la  ignominia  á  los  caníbales  de  ambas  cla- 
ses, la  población  que  gobierna  y  la  que  se  educa». 

£1  lenguaje  de  la  época. 

Es  otro  elemento  de  juicio  que  obliga  á  destarar  mucho 
de  lo  que  acumulan  las  notas  y  publicaciones  de  la  época 
contra  los  adversai'ios  permanentes  ú  ocasionales  de  los 
gobiernos  de  Buenos  Aires. 

Léase  en  prueba  de  ello  el  editorial  de  «La  Gaceta  de 
Buenos  Aires»  de  6  de  septiembre  de  1810,  obra  de  la 
ilustrada  pluma  del  doctor  Mariano  Moreno,  á  quien  todos 
los  historiadores  argentinos  haman  el  numen  de  la  Revolu- 
ción de  Mayo.  Ocupándose  del  presidente  de  Charcas,  que 
acababa  de  desarmar  á  los  patricios  de  la  guarnición  de  la 
plaza  y  de  condenarlos  al  trabajo,  dice: 


PRELIMINARES  29 

«Este  vejamen  inaudito  ha  sido  un  desahogo  propio  del 
soez,  del  incivil,  del  indecente  viejo  Nieto.  Este  hombre  as- 
queroso, que  ha  dejado  en  todos  los  pueblos  de  la  carrera 
profundas  impresionaos  de  su  inmundicia,  se  distingue  en  la 
exaltación  por  una  petulancia  y  osadía  que  nada  tienen 
igual  sino  el  abatimiento  y  bajeza  con  que  se  conduce  en 
los  peligros. 

«Todos  reconocemos  á  un  mismo  monarca,  guardamos 
un  mismo  culto,  tenemos  unas  mismas  costumbres,  ob- 
servamos unas  mismas  leyes,  nos  unen  los  estrechos 
vínculos  de  la  sangre  y  de  todo  género  de  relaciones: 
¿por  qué,  pues,  prete/iden  los  dé-ípotas  dividirnos?  Si  su 
causa  es  justa,  ¿por  qué  temer  que  los  pueblos  la  examinen? 
Si  nuestras  pretensiones  son  injuriosas  á  los  demás  pue- 
blos, ¿por  qué  impiden  que  éstos  se  impongan  en  ellas? 
Abrase  la  comunicación,  déjese  votar  á  los  pueblos  libre- 
mente, consúltese  su  voluntad,  examínense  los  derechos  de 
la  América,  consúltese  por  medios  pacíficos  la  ruta  segura 
que  deben  seguir  en  las  desgracias  de  España,  y  entonces 
retiraremos  nuestras  tropas,  y  la  razón  libre  de  prestigios 
y  temores  será  el  único  juez  de  nuestras  controversias.  J^e- 
ro  si  las  hostilidades  de  los  mandones  continúan,  conti- 
nuará igualmente  la  expedición,  libertará  á  los  patriotas 
peruanos  de  la  opresión  que  padecen,  y  purgando  al  Perú 
de  algunos  monstruos  grandes  que  lo  infestan,  será  llama- 
da por  nuestros  hijos  la  expedición  deTeseo». 

Ni  general,  ni  Gervasio. 

Sorprenderá  á  muchos  el  título  de  este  alegato.  En  vez 
del  general  José  Gervasio  Artigas  de  casi  toda  nuestra 
documentación  contemporánea,  José  Artigas^  á  secas. 

Es  que  el  Gervasio,  aunque  incluido  en  la  partida  de 
bautismo  de  Artigas,  jamás  fué  usado  por  éste.  Millares 
de  oficios  y  cartas  publicados  en  ambas  márgenes  del 
Plata  ó  que  permanecen  inéditos  en  los  archivos  públicos 
y  particulares,  suscritos  por  Artigas  ó  relativos  á  él,  prue- 


30  JOSÉ    ARTIGAS 

ban  irrecusablemente  que  se  trata  de  una  agregación  pos- 
tuma, que  sólo  tiene  el  mérito  de  afear  el  nombre  del  per- 
sonaje. Apenas  en  dos  ó  tres  documentos  de  la  época  hemos 
visto  figurar  ambos  nombres. 

En  cuanto  al  generalato,  aunque  era  corrientemente 
usado  en  el  período  de  la  independencia,  por  diversas  cir- 
cunstancias carece  de  valor  y  hasta  de  significado  histó- 
rico. 

El  último  nombramiento  dado  por  la  Junta  Gubernativa 
de  Buenos  Aires,  es  el  de  coronel.  El  Cabildo  de  Monte- 
video le  confirió  el  de  «capitán  general  de  la  Provincia 
bajo  el  título  de  protector  y  patrono  de  la  libertad  de  los 
pueblos^>,  mediante  acuerdo  del  25  de  abril  de  1815.  Pero 
Artigas  no  aceptó  tal  distinción.  En  oficio  datado  en  Puri- 
ficación el  24  de  febrero  de  1816,  reprochándole  al  Cabildo 
su  afición  por  los  honores,  se  expresaba  en  estos  hermosos 
términos: 

«Los  títulos  son  los  fantasmas  de  los  Estados  y  sobra 
á  esa  ilustre  corporación  tener  la  gloria  de  sostener  su  li- 
bertad. Enseñemos  á  los  paisanos  á  ser  virtuosos.  Por  lo 
mismo,  he  conservado  hasta  el  presente  el  título  de  un 
simple  ciudadano,  sin  aceptar  la  honra  con  que  el  año  pa- 
sado me  distinguió  el  Cabildo  que  V.  S.  representa.  Día 
vendrá  en  que  los  hombres  se  penetren  de  sus  deberes  y 
sancionen  con  escrupulosidad  lo  más  interesante  al  bien 
de  la  provincia  y  honor  de  sus  conciudadanos». 

Por  otra  parte,  la  obra  de  Artigas  es  ante  todo  de 
ciudadano.  Fué  militar  porque  era  necesario  que  alguien 
mandara  los  ejércitos,  pero  su  tarea  es  fundamentalmente 
cívica,  de  propaganda  de  ideales,  de  elaboración  de  carac- 
teres y  de  formación  de  pueblos. 


CAPÍTULO  II 


El.  PROCESO  ARTIGUISTA. 

CARGOS  Y  ACUSACIONES. 


Sumario: — Cavia.  Por  qué  se  ocultó  bajo  el  anónimo.  Razones  deter- 
minantes (le  la  publicación  de  .su  libelo.  Sus  fuentes.  Rengger  y 
Longchamp.  Itinerario  del  viaje.  El  general  Miller.  Su  aleja 
miento  del  teatro  en  que  actuaba  Artigas.  Los  enchalecamientos 
y  su  única  tradición  en  el  Río  de  la  Plata.  Juicio  de  don  Ma- 
riano Torrente  acerca  de  Artigas.  Proclamas  acusatorias  del 
general  Vigodet.  Apreciaciones  de  los  escritores  portugueses 
Pereira  da  Silva,  Almirante  Sena  Pereira  y  Antonio  Deotloro 
de  Pascual.  Acusaciones  lanzadas  por  el  dictador  Francia. 
Un  diplomático  furibundo:  el  ministro  norteamericano  Wash- 
burn.  El  cónsul  francés  Famin  y  sus  juicios  sobre  Artigas. 
Apreciaciones  del  coronel  Antorno  Díaz  (hijo).  Los  historiado- 
res argentinos.  Mitre:  sus  juicios  sobre  Artigas  y  sobre  la  época 
de  su  actuación.  López:  confesión  de  su  parcialidad  apasiona- 
da. Berra  y  su  criterio  para  apreciar  á  Artigas.  El  federa 
lismo  y  Artigas  según  Ramos  Mejía.  El  juicio  de  Alejandro 
Dumas.  Locos  y  alcohnlistas:  Artigas  y  sus  subalternos  juzgados 
por  Lombioso.  ¿Qué  fundamento  tienen  las  acusaciones  for 
muladas  en  este  capítulo?  La  tradición  del  Río  de  la  Plata  y 
Artigas. 

Cavia  y  su  libelo.  '^ 

«Al  arma,  al  arma,  seres  racionales,  contra  este  nuevo 
caribe,  destructor  de  la  especie  humana». 

Así  termina  el  libelo  infamatorio  que  apareció  en  1818 
bajo   el  título  de  «El  protector  nominal  de  los  pueblos 


32  JOSÉ   ARTIGAS 

libres,  don  José   Artigas,   clasificado  por   el  amigo   del 
orden » . 

Constituye  el  eje  del  proceso  artigiiistn,  como  que 
todos  y  cada  uno  de  los  detractores  del  jefe  de  los  orien- 
tales, han  ido  á  buscar  allí  su  bagaje  histórico  y  hasta  su 
criterio  para  apreciar  los  sucesos. 

¿Por  qué  el  autor  se  ocult(5  bajo  el  anónimo,  en  vez  de 
prestigiar  el  libelo  con  su  firma?  Es  la  pregufita  que  aso- 
ma á  los  labios  en  presencia  de  la  enormidad  de  las  acu- 
saciones amontonadas  en  ese  folleto  famoso,  que  Artigas 
debió  conocer  en  lo  más  álgido  de  su  camp.aña  contra  los 
portugueses,  cuando  su  estudiado  plan  de  contestar  con  el 
silencio  las  oleadas  de  diatribas  que  salían  de  Buenos  Ai- 
res se  encontraba  justificado  más  que  nunca  por  gravísi- 
mos desastres  militares  que  absorbían  la  totalidad  de  su 
tiempo  y  todas  las  energías  de  su  espíritu. 

En  los  comienzos  del  segundo  sitio  de  Montevideo,  Ar- 
tigas exigió  y  obtuvo  como  condición  para  incorporar  sus 
fuerzas  á  las  de  Rondeau,  que  fueran  expulsados  de  la 
Banda  Oriental  don  Manuel  de  Sarratea,  su  secretario 
don  Pedro  Feliciano  Cavia  y  otras  personas  que  habían 
provocado  la  desorganización  del  campamento  oriental  del 
Ayuí,  causando  con  ello  agravios  personales  que  debían 
estallar  y  estallaron  en  el  momento  oportuno.  Cavia  era, 
además,  oficial  mayor  del  Ministerio  de  Gobierno  de  Puey- 
rredón  al  tiempo  de  la  aparición  del  folleto,  y  tanto  por 
la  importancia  del  empleo  como  por  estar  encabezando 
aquel  gobernante  la  campaña  combinada  de  portugueses  y 
argentinos  contra  Artigas,  la  ocultación  del  nombre  del  au- 
tor resultaba  impuesta  por  elementales  razones  de  habili- 
dad y  hasta  de  decoro  personal  y  político. 

Determinadas  las  razones  dL^anóin'mo,  ¿qué  se  proponía 
el  gobierno  argentino  al  procesar  públicamente  á  Artigas? 

La  aparición  del  folleto  de  Cavia  coincidió  con  la  llega- 
da al  puei-to  de  Buenos  Aires  de  la  fragata  norteamerica- 
na «Congress»,  en  que  venían  los  agentes  que  el  gobierno 
de  la  Unión  enviaba  para  saber  si  podía  ó  no  proceder  al 
reconocimiento  de   la  independencia   de  las  provincias  del 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  8.^ 

Río  (le  la  Plata,  que  estaba  gestiona udo  con  ahinco  el  di- 
rectorio de  Pueyrredón.  Había  un  interés  palpitante  en 
hundir  y  desautorizar  á  Artigas,  para  que  la  causa  de  las 
provincias  no  apareciera  diseminada  en  varias  manos,  como 
en  realidad  lo  estaba  y  como  verdaderamente  lo  compren- 
dieron los  estadistas  norteamericanos  en  el  debate  parla- 
mentario del  mismo  año  1818,  de  que  nos  ocuparemos  en  el 
subsiguiente  capítulo.  Tal  es  la  opinión  que  el  doctor  Ear- 
baojelata  emite  en  la  ■>< Revista  Histórica  de  hi  Universidad 
de  Montevideo». 

Son  otras,  sin  embargo,  las  circunstancias  que  invoca  el 
libelista,  al  prevenir  en  un  párrafo  de  su  opúsculo,  que 
acababa  de  enviarse  una  expedición  militar  á  Entre  Ríos 
para  desbaratar  la  influencia  artiguista;  que  el  jefe  de  los 
orientales  había  respondido  con  una  declaración  de  guerra; 
que  las  demás  provincias  sometidas  á  la  dirección  del  pro- 
tector, podían  contar  con  el  auxilio  militar  de  Buenos  Ai- 
res si  resolvían  imitar  á  Entre  Ríos.  Admitida  esta  expli- 
cación, que  también  es  muy  razonable,  el  opúsculo  resul- 
taría un  instrumento  de  circunstancias  para  destruir  el  po- 
der de  Artigas  en  las  provincias  argentinas. 

Afirma  Zinny  en  su  «Efeméridografía»>,  que  el  opúsculo 
fué  «formado  en  vista  de  los  documentos  de  los  archivos 
de  Montevideo,  que  el  señor  Cavia,  como  escribano  de  go- 
bierno que  había  sido,  tuvo  ocasión  de  hojear.  Esta  cir- 
cunstancia, agregada  á  la  de  haber  sido  contemporáneo  y 
compatriota  de  aquél,  hace  que  la  vida  licenciosa  del  céle- 
bre caudillo  haya  sido  descrita  por  Cavia  en  su  verdade- 
ra luz». 

Otros  escritores  argentinos  llaman  corrientemente  al  li- 
belista «distinguido  hijo  de  Montevideo». 

La  documentación  á  que  Zinny  se  refiere  debería  en- 
contrarse en  Buenos  Aires  ó  en  Montevideo.  Y  sin  em- 
bargo, en  ninguno  de  los  archivos  oficiales  del  Río  de  la 
Plata  existe  la  más  remota  prueba  de  las  acusaciones  for- 
muladas contra  el  jefe  de  los  orientales.  Salta  á  los  ojos 
por  otra  parte,  que   si   el  libelista   hubiera  tenido  testimo- 

JOSÉ  ARTIGAS.— 3  T.  I. 


34  JOSÉ    ARTIGAS 

ilios  en  qué  apoyarse,  no  se   hubiera  limitado  á   estampar 
simples  afirmaciones  su3'as. 

Kn  cuanto  á  la  nacionalidad,  Carlos  María  Ramírez 
la  ha  puesto  de  manifiesto  en  forma  concluyente  («Arti- 
gas»): 

«Tenemos  á  la  vista,  dice  el  doctor  Ramírez,  un  folleto  ti- 
tulado «Recurso  al  tribunal  supremo  de  la  opinión  públi- 
ca, que  le  dirige  el  ciudadano  argentino  don  Pedro  Feli- 
ciano Cavia,  residente  en  esta  Capital.— Montevideo.  «Im- 
prenta Oriental».  Año  1838». — Tiene  por  objeto  replicar  á 
un  párrafo  de  un  manifiesto  del  general  Santa  Cruz,  Presi- 
dente deBolivia,  el  cual  contestando  á  otro  manifiesto  de 
Rosas,  declaraba  que  si  en  1833  no  había  querido  recibir 
como  Encai-gado  de  Negocios  de  la  Confederación  Argen- 
tina al  señor  Cavia,  debíase  entibe  otras  razones  d  que 
eran  célebres  sus  inirígas,  conocido  sic  temple  insultante 
y  revoltoso,  etc.». 

«A  mediados  de  julio  de  1810»  (expresa  Cavia  en  dicho 
folleto)  «emigré  de  esta  ciudad  en  que  ya  estaba  avecindado, 
á  Buenos  Aires,  mi  patria Desempeñé  en  Buenos  Ai- 
res, desde  principios  del  año  1817  hasta  la  caída  del  Di- 
rectorio general  en  1819,  la  plaza  de  oficial  mayor  se- 
gundo del  Ministerio  de  Gobierno  y  Relaciones  Exterio- 
res». 

Años  después,  como  redactor  de  «La  Gaceta  Mercan- 
til» de  Buenos  Aires,  puso  Cavia  su  pluma  al  servicio  del 
gobierno  de  Rosas.  En  el  numero  correspondiente  al  27 
de  abril  de  1814,  escribió  bajo  su  firma  una  réplica  ú  ;<El 
Nacional»  de  Montevideo,  reveladora  de  su  temple  moral. 

«Es  en  estos  transportes  de  patriótica  exaltación»,  decía, 
«que  desearía  ver  en  mi  patria  un  vasto  cementerio  en  que 
ya  estuviesen  reunidos  los  restos  de  los  salvajes  unitarios 
que  existen  en  Montevideo  y  los  del  audaz  extranjero  que 
ha  prohijado  su  inicua  causa.  ¡Oh!  No  habrá  paz  en  estos 
bellos  países  mientras  no  llegue  aquel  caso,  y  que  el  tran- 
seúnte lea  en  la  portada  del  cementerio  magno:  aquí  yacen 
la  que  fué  secta  unitaria  y  sus  infames  coligados». 


CAÍRGOS  y  ACU.SACrONES  So 

A  lo  que  «El  Nacional»  de  8  de  mayo  de  1.844  con- 
testó: 

«Los  que  se  lian  linllado  en  Buenos  Aires  en  la  época 
en  que  Gavia  ha  sido  escritor  de  periódicos,  saben  que  ha 
recetado  de  estos  cementerios  magnos  á  todos  los  partidos 
en  que  ha  estado  dividida  la  población,  y  si  la  divina  Pro- 
videncia hubiera  accedido  á  sus  votos,  toda  la  población  de 
Buenos  Aires  estaría  ya  reunida  en  el  cementerio  maguo  ^>. 

Artigas  durante  el  coloniaje. 

La  inmensa  repercusión  que  ha  tenido  el  libelo  de  Ca- 
via, repetido  después  con  pequeñas  variantes  por  casi  to- 
dos los  historiadores,  nos  obliga  á  emprender  un  extracto 
circunstanciado  de  su  contenido. 

«¿Quién  es  este  hombre  turbulento  que  hace  tiempo 
está  fijando  la  atención  del  orbe  pensador?  ¿cuáles  son  los 
medios  deque  tan  fructuosamente  se  ha  valido  para  obtener 
y  conservar  sobre  algunos  pueblos  esa  influencia  que  al- 
gún día  pudo  creerse  establecida  aun  á  prueba  de  la  in- 
constancia de  las  cosas  humanas?  ¿Qué  resultados  ha  pro- 
ducido y  traerá  al  sistema  déla  América  esa  doctrina  anti- 
social que  predica  con  tanto  descaro?  Y  ¿qué  remedio  po- 
drá encontrarse  á  los  males  que  se  dejan  entrever,  si  fe- 
cundiza la  perniciosa  simiente  de  esas  máximas  esparcidas 
con  escándalo  en  el  feraz  territorio  de  las  Provincias  Uni- 
das?» 

Después  de  este  preámbulo,  que  denuncia  el  enorme 
prestigio  del  jefe  de  los  orientales,  vienen  seis  artículos  ó 
capítulos  de  acusaciones  furibundas. 

En  su  juventud,  empieza  diciendo  Cavia,  abandonó  la 
casa  paterna  y  se  internó  en  la  campaña,  donde  «bien 
pronto  se  hizo  famoso  por  crímenes  horribles.  Su  nom- 
bradía  no  tardó  en  proporcionarle  dignos  compañeros.  Des- 
colló entre  todos,  y  su  elevación  al  rango  de  caudillo  fué  el 
premio  de  sus  primeros  ensayos.  Capitán  de  bandidos,  jefe 
de  changadores  y  contrabandistas,  ocupó  todas  las  plazas 
en  el  rol  de  la  iniquidad». 


§6 


JOSÉ  ARTIGAS 


¿Cuál  es  la  documentación  del  libelista? 

Eu  los  archivos  de  Montevideo,  dice,  se  conservan  tes- 
timonios de  las  depredaciones,  de  las  resistencias  á  la  jus- 
ticia, asesinatos  y  maldades  de  toda  especie  de  la  gavilla 
de  bandoleros  que  acaudilló  Artigas  durante  los  16  ó  18 
años  de  que  consta  este  período  de  su  vida  licenciosa. 

Más  adelante,  habla  Cavia  de  las  juntas  de  guerra  que 
celebraron  las  autoridades  de  Montevideo  en  1810  para 
formular  su  campaña  contra  la  Junta  Gubernativa,  y  dice: 
«Las  actas  originales  deben  encontrarse  en  esta  capital 
entre  los  papeles  del  Archivo  de  la  Secretaría  de  Gobier- 
no de  Montevideo,  que  se  pasaron  aquí  el  año  1815  cuan- 
do se  evacuó  aquella  plaza».  Es  una  denuncia  que  se  for- 
mula con  pleno  conocimiento  de  causa,  puesto  que  Cavia 
desempeñó  la  secretaría  de  la  gobernación  porteña  consti- 
tuida en  Montevideo  después  de  la  rendición  de  Vigodet, 
según  resulta  de  la  documentación  del  Archivo  General  de 
la  Nación  Argentina.  (Consta  en  el  mismo  Archivo  que  en 
agosto  de  1814,  Cavia  pidió  y  obtuvo  autorización  del  Go- 
bierno de  Buenos  Aires,  para  suprimir  el  apellido  Sainz, 
que  hasta  entonces  había  usado.  Hacemos  notar  el  hecho, 
por  las  dudas  á  que  pudiera  dar  origen  el  cambio  operado 
en  la  firma). 

Quiere  decir,  pues,  que  el  terrible  detractor  de  Artigas, 
después  de  haber  tenido  á  la  mano  todo  el  archivo  orien- 
tal, como  secretario  de  la  administración  porteña  en  1814, 
se  encargó  de  conducir  lo  más  esencial  de  ese  archivo  á 
Buenos  Aires;  y  que  en  consecuencia,  si  él  no  ha  presenta- 
do pruebas  concretas,  ni  tampoco  las  exhiben  sus  conti- 
nuadores, es  sencillamente,  como  ya  lo  hemos  dicho,  por- 
que tales  pruebas  jamás  han  existido. 

Sigamos  la  narración  del  libelo. 

En  1797,  el  Virrey  interino  Olaguer  Feliú  propuso  á 
la  Corte  de  Madrid  la  creación  de  un  regimiento  de  blan- 
dengues de  la  frontera  de  Montevideo.  «Sin  temeridad 
puede  afirmarse  que  la  necesidad  de  escarmentar  á  don 
José  Artigas  y  sus  camaradas,  tenía  la  mayor  parte  en  el 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  87 

proyecto  de  organizar  aquella  fuerza».  Entonces  el  padre 
de  Artigas  demuestra  al  Virrey  que  su  hijo  podía  prestar 
grandes  servicios  en  el  regimiento  de  nueva  creación  y 
obtiene  el  mejor  éxito  en  sus  gestiones.  <-Don  José  Artigas, 
indultado  de  sus  delitos  y  elevado  á  la  clase  de  ayudante 
mayor  del  nuevo  cuerpo  que  quedó  creado  en  1799,  pre- 
senta á  la  sociedad  ese  contraste  que  nos  sorprende  cuando 
sobre  impunes  vemos  premiadas  las  maldades  de  un  crimi- 
nal famoso —  Artigas  se  dedica  en  su  nuevo  destino  á 
borrar  la  memoria  de  sus  excesos.  Obtiene  la  confianza  de 
las  autoridades  de  Montevideo  Desempeña  con  celo  y  acti- 
vidad cuantas  comisiones  le  confían.  Persigue  de  muerte  á 
los  que  antes  había  protegido  y  acompañado.  Limpia  la 
campiña  de  salteadores  ó  hace  todo  lo  posible  para  conse- 
guirlo. Sirve  su  empleo  con  honor.  Llena  sus  deberes». 

Aparte  de  este  merecido  elogio  á  los  servicios  de  Arti- 
gas, que  debían  ser  muy  saneados  cuando  de  tal  manera  se 
imponían  á  sus  más  encarnizados  enemigos,  la  leyenda  de 
la  incorporación  al  regimiento  de  blandengues,  apenas  re- 
sulta un  pobre  recurso  de  polémica  sin  base  y  sin  testimo- 
nios corroborantes  de  ninguna  especie.  Es  sencillamente 
absurdo  que  la  autoridad  española,  tan  celosa  en  todo  lo 
relativo  al  honor  de  la  milicia  de  línea,  y  tan  prevenida 
contra  los  criollos,  manchara  desde  su  origen  el  brillo  del 
Regimiento  de  Blandengues  otorgando  las  charreteras  de 
ayudante  mayor  á  un  bandido  famoso,  á  un  monstruo  in- 
comparable cargado  de  sangre  y  de  robos. 

Por  otra  parte.  Artigas  no  salvó  de  un  salto  la  distan- 
cia que  media  entre  la  condición  de  simple  paisano  y  la  de 
ayudante  mayor  de  línea.  Veremos  en  el  capítulo  siguien- 
te que  ingresó  como  soldado  raso  y  que  de  ese  modesto 
nivel  fué  subiendo  por  obra  de  sus  servicios.  Y  la  diferen- 
cia es  importantísima,  porque  lo  que  se  propuso  Cavia  fué 
demostrar  que  Artigas  había  canjeado  el  puesto  culminan- 
te y  productivo  de  jefe  de  bandidos,  por  el  más  culminante 
y  honroso  de  jefe  de  blandengues.  Pero  la  leyenda  se  de- 
rrumba, si  se  pretende  que  al  temiible  jefe  de  una  cuadrilla 


38  JOSÉ  ARTIGAS 

de  asesinos  que  administra  cuantiosos  intereses  de  contra- 
bando, se  le  haga  cambiar  de  rumbo  mediante  el  ofreci- 
miento de  una  plaza  de  soldado  raso! 

Estalla  por  fin  el  movimiento  revolucionario  de  mayo 
de  1810,  y  Artigas,  prosigue  Cavia,  continúa  al  servicio 
del  gobierno  español.  «El  brigadier  Muesas  es  enviado  á  la 
Colonia  por  el  pretendido  virrey  de  Buenos  Aires.  Entre 
sus  instrucciones  se  le  recomienda  estrechamente  que  con- 
sidere hasta  el  más  alto  grado  al  oficial  Artigas,  pues  de 
él  debía  esperarse  toda  clase  de  servicios.  No  sabemos  cier- 
tamente qué  motivo  tuvo  Muesas  para  tratar  un  día  con 
aspereza  á  don  José  Artigas,  llegando  hasta  el  extremo  de 
decirle  que  lo  pondría  en  la  Isla  de  San  Gabriel  con  una 
barra  de  grillos.  Pero  lo  cierto  es  que  le  hizo  esta  amenaza 
y  que  el  resentimiento  y  el  deseo  de  vengarse  afectó  de  tal 
manera  al  Protector,  que  por  despique  desertó  de  las  ban- 
deras españolas,  que  debiera  haber  abandonado  por  otros 
principios — por  la  justicia  de  la  causa  de  su  país  y  por  el 
honor  de  inscribirse  en  la  lista  de  sus  defensores :■>. 

Dos  notas  escribe  Cavia  al  pie  de  este  párrafo.  La  pri- 
mera, para  decir  que  algunos  atribuyen  el  incidente  con 
Muesas  á  la  insubordinación  ó  indisciplina  de  los  blanden- 
gues que  estaban  bajo  las  inmediatas  órdenes  de  Artigas. 
La  segunda,  para  afirmar  que  Artigas  confesó  ante  tres 
testigos  intachables  el  28  ó  29  de  enero  de  1813  en  su 
campamento  del  Paso  de  la  Arena,  que  el  incidente  con 
Muesas  fué  lo  único  que  lo  decidió  á  plegarse  á  la  revolu- 
ción; y  que  la  misma  declaración  ha  hecho  á  infinitas  per- 
sonas, cuyos  nombres  él  no  recordará,  de  lo  que  se  felicita 
el  autor,  porque  así  los  testigos  no  serán  víctimas  de  su 
saña. 

¡Siempre  destacándose  la  importancia  de  Artigas  en  el 
cuadro  sombrío  de  sus  acusadore.-í !  Para  que  el  Virrey  re- 
comendara altamente  á  un  oficial,  era  necesario  que  ese 
oficial  inspirase  las  mayores  consideraciones.  En  cuanto  á 
la  deserción,  todos  los  testimojiios  de  la  época  están  con- 
testes en  que  hubo  un  incidente  entre  el  brigadier  Muesas  y 


GAKGOf>¡   V  ACUSACIONES  80 

SU  ayudante  de  blandengues.  La  causa  fundamental  ha 
permanecido  ignorada.  Pero  todo  inclina  á  suponer  que 
emanaba  del  antagonismo  entre  la  dominación  española  y 
el  espíritu  de  independencia,  que  ya  habían  tenido  sus  cho- 
ques y  que  debían  tenerlos  de  nuevo  en  cualquier  momen- 
to, con  mayor  resonancia.  El  germen  de  la  autonomía  local 
arrojado  briosamente  por  la  Junta  Gubernativa  de  Mon- 
tevideo de  1808,  había  seguido  su  desarrollo,  dando  lugar 
al  año  siguiente  á  trabajos  activos  por  la  independencia 
oriental,  en  los  que  anduvieron  envueltos  los  Artigas,  el 
padre  Monterroso,  don  Joaquín  Suárez  y  otros  patriotas. 
¿Qué  extraño  es,  pues,  que  frente  al  foco  de  la  Revolución 
de  Mayo,  estallara  la  disidencia  ya  histórica  entre  Muesas 
y  Artigas,  y  adoptara  éste  la  resolución  de  cruzar  el  río 
Uruguay  para  escapar  á  la  garra  realista  y  ponerse  en  con- 
tacto con  la  Junta  de  Buenos  Aires? 

Ninguna  importancia  tiene  el  hecho  de  que  durante  los 
primeros  meses  del  movimiento  revolucionario,  siguiera 
Artigas  en  su  empleo  de  ayudante  de  blandengues.  La  fór- 
mula de  mayo,  no  era  de  rompimiento  con  España,  sino 
de  adhesión  plena  y  absoluta  á  la  Península.  Se  volteaba 
al  Virrey  á  nombre  de  Fernando  VII,  y  entonces  la  lucha 
platense  surgía  como  una  controversia  intestina  entre  dos 
partidos  divergentes  en  cuanto  á  sostener  al  Virrey,  pero 
perfectamente  armónicos  en  cuanto  á  mantener  la  integri- 
dad de  la  monarquía  española.  Rondeau  abandonó  el  Re- 
gimiento de  Blandengues  casi  en  los  mismos  días  que  Ar- 
tigas. San  Martín  y  Alvear  continuaron  en  la  Península 
incorporados  al  ejército  español,  hasta  un  año  después,  sin 
que  á  nadie  se  le  haya  ocurrido  decir  que  al  regresar  á 
Buenos  Aires  é  incorporarse  á  las  filas  de  la  patria  incu- 
rrieran en  el  delito  de  deserción  que  se  increpa  á  Artigas. 

De  la  supuesta  confesión  de  Artigas  en  el  Paso  de  la 
Arena,  ante  tres  testigos  intachables,  apenas  hay  para  qué 
ocuparse.  Es  absolutamente  inverosímil  el  dicho,  y  la  sos- 
pecha o'cce  de  punto  cuando  se  observa  que  todos  los  tes- 
timonios se    agrupan  á   la   sombra  del  anónimo.  Ocúltase 


40  JOSÉ  ARTIGAS 

Cavia  y  ocúltause  sus  testigos.  ¿Por  temor  al  desgraciado 
Artigas,  que  eu  los  momeutos  en  que  se  publicaba  el  libe- 
lo retrocedía  desesperadamente  ante  la  avalancha  portugue- 
sa? ¿O  simplemente  porque  el  embuste  era  inconciliable  con 
las  afirmaciones  concretas  y  abonadas   por  una  firma? 

Si  un  incidente  personal  hubiera  sido  la  causa  deter- 
minante de  la  incorporación  al  movimiento  revolucionario 
¿no  le  ofrecieron  á  Artigas  el  general  Vigodet  }'  el  Cabildo 
de  Montevideo  numerosas  oportunidades  para  volver  sobre 
sus  pasos  cubierto  de  galones  y  de  honores,  que  el  jefe  de 
los  orientales  rechazó  con  altivez,  aun  á  raíz  de  decretos 
furibundos  del  Gobierno  argentino  que  lo  dechu'aban  trai- 
dor y  ponían  á  precio  su  cabeza?  Hay  más  todavía.  De  to- 
dos los  actores  del  movimiento  revolucionario  del  Río  de 
la  Plata,  Artigas  es  el  único  que  desde  el  primer  momento 
proclama  como  condición  indecHnable  de  incorporación  á 
las  Provincias  Unidas,  la  declaratoria  categórica  de  la  in- 
dependencia de  España  Ahí  están  sus  famosas  Instruccio- 
nes de  1813,  acompañadas  y  seguidas  de  numerosos  actos 
de  encumbrados  coetáneos  de  Buenos  Aires  á  favor  del 
reconocimiento  del  trono  español  ó  del  sometimiento  á 
cualquier  otra  monarquía  del  Universo. 

El  sitio  (le  Montevideo. 

Estudia  en  seguida  Cavia  la  primer  campaña  de  Artigas 
y  los  actos  relacionados  con  el  sitio  de  Montevideo. 

«Su  presencia  física  en  la  jornada  délas  Piedras  (úni- 
ca en  que  ha  estado  en  todo  el  curso  de  hi  revolución;  pero 
solamente  con  presencial  física),  le  vile  el  grado  de  coronel. 
Elevado  á  este  rango  no  puede  digerir  alimento  tan  nutri- 
tivo. Se  engríe  y  ejercita  el  sufrimiento  del  general  Ron- 
deau...  Las  desgracias  de  nuestras  armasen  el  Desagua- 
dero, la  invasión  de  los  portugueses  en  la  Banda  Oriental, 
la  desorganización  en  todos  los  ramos  y  otras  concausas 
verdaderamente  lamentables,  hacen  necesaria  la  medida 
de  levantar  el  sitio    de    Montevideo.  Entonces  comienza  á 


CARGOS   Y  ACUSACIONES  41 

desplegar  su  carácter  díscolo...  Intriga,  seduce,  conmueve 
los  ánimos  de  los  orientales  para  que  se  opongan  á  ella. . . 
Por  fortuna  ha  llegado  á  nuestras  manos  im  diario  muy 
circunstanciado  que  llevaban  algunos  orientales  curio- 
sos. De  éi  resulta  que  el  8  de  octubre  de  1811,  por  su- 
gestiones de  Artigas  se  hizo  y  presentó  un  escrito  al  gene- 
ral, firmado  por  muchos  vecinos,  para  que  se  consultara  la 
voluntad  de  ellos  en  orden  á  levantar  el  sitio:  que  el  10 
del  mismo  se  celebró  una  junta  de  éstos  en  el  alojamiento 
de  Artigas  donde  se  dijeron  cosas  impertinentes  y  aun 
proposiciones  muy  avanzadas  sobre  la  medida  de  abando- 
nar el  asedio;  y  que  el  11  se  presentó  otro  escrito  al  dipu- 
tado del  Supremo  Poder  Ejecutivo  doctor  don  José  JuHán 
Pérez,  pidiendo  tener  aquella  campaña  un  representante  en 
el  Gobierno:  todo  esto  á  influjo  de  Aitigas  que  sacaba  la 
brasa  por  mano  ajena,  según  el  mismo  diario». 

La  tentativa  para  rebajar  la  gloriosa  actuación  de  Arti- 
gas en  la  batalla  de  las  Piedras,  el  primer  triunfo  impor  • 
tante  de  la  Revolución  de  Mayo  y  el  que  más  entonó  las 
energías  cívicas  de  la  época,  tiene  el  mérito  de  poner  de 
relieve  el  propósito  mezquino  del  libelista. 

Algo  igual  ocurre  con  la  gestión  de  Artigas  tendiente  á 
obtener  el  mantenimiento  del  sitio,  á  organizar  la  autono- 
mía de  la  provincia,  mediante  la  celebración  de  asambleas 
democráticas  de  importancia  y  á  conseguir  la  efectividad 
de  la  representación  de  la  Banda  Oriental  en  el  Gobierno 
de  Buenos  Aires.  Todo  esto  que  constituye  una  amplia 
base  de  gloria  cívica,  a[)enas  se  invoca  como  prueba  del  es- 
píritu díscolo  de  Artigas.  ¿Cómo  no  habían  de  moverse 
los  orientales  á  favor  del  mantenimiento  del  sitio,  cuando 
la  retirada  del  ejército  significaba  nada  menos  que  entre- 
gar á  las  venganzas  del  virrey  Elío  las  vidas  y  las  propie- 
dades de  todo  el  heroico  vecindcuúo  de  campaña  que  aca- 
baba de  levantarse  como  un  solo  hombre,  llevándose  por 
delante  en  Mercedes,  en  San  eTosé,  en  las  Piedras  y  en  la 
Colonia,  á  las  legiones  espjiñolas  humilladas  en  su  orgullo 
y  deseosas  de  revancha  ? 


42  J08É  ARTIGAS 

Refiere  el  libelo  los  incidentes  entre  Artigas  y  Sarratea 
y  cita  un  hecho  para  caracterizar  la  completa  subversión 
de  ideas  en  que  aquél  vivía.  En  septiembre  de  1812,  dice, 
fueron  fusilados  tres  blandengues  cerca  del  arroyo  de  la 
China,  previo  juzgamiento  en  forma,  por  deserción  y  estu- 
pro; y  Artigas  expresó  [)or  todo  comentario  que  Sarratea 
fusilaba  hombres  que  se  andaban  di  vertiendo.  «El  diver- 
tirse era  estuprar.  Esta  es  la  doctrina  de  Artigas».  Los 
hombres  pensadores  que  se  hallaban  cerca  del  Protector 
«calcularon  todos  los  males  que  debía  producir  su  doctri- 
na». Para  probarlo  transcribe  Cavia  «del  consabido  dia- 
rio-» una  página  correspondiente  al  11  de  junio  de  1812 
en  el  Ayuí,  en  que  se  dice  que  Artigas  desacredita  en  to- 
dos los  tonos  al  Gobierno;  que  quiere  dominar  á  los  orien- 
tales; que  ha  dejado  abandonado  el  país  á  los  portugueses; 
que  los  autores  de  asesinatos  horrorosos  se  pasean  en  el 
ejército  con  la  ropa  y  las  alhajas  de  los  degollados;  que 
Artigas  es  el  más  ambicioso  y  déspota  que  encierra  la 
América;  que  se  manifiesta  celoso  de  los  derechos  de  los 
orientales  para  tener  él  solo  la  preeminencia  de  mandarlos, 
y  que  finge  desprendimiento  á  fin  de  lograr  mejor  sus 
ideas.  «La  doctrina  de  nuestro  jefe  ha  de  traer  días  muy 
aciagos  á  la  patria»,  concluye  esta  página  del  diario.  Hace 
Cavia  referencia  á  otras  páginas  y  expresa  que  nada  ha 
faltado  al  cumplimiento  de  las  profecías  políticas  allí  con- 
signadas, porque  efectivamente  «hemos  visto  que  revolu- 
cionó las  provincias  de  Entre  Ríos  y  Corrientes,  que  pasó 
el  Paraná  y  llevó  la  sedición  á  Santa  Fe,  Córdoba  y  San- 
tiago del  Estero;  que  ha  volcanizado  los  ánimos  de  los  ha- 
bitantes de  estas  comarcas,  haciéndolos  teatro  horroroso 
de  devastación  y  de  muerte». 

Cualíjuiera  diría  que  el  autor  ha  estado  copiando  ó  ex- 
tractando documentos  que  tenía  por  delante.  Pues  no,  se- 
ñor. Se  trata  de  un  diario  jinónimo,  obra  de  unos  supues- 
tos oriciUales  curiosos,  á  quienes  se  recurre  para  fundar 
acusaciones  que  no  pueden  sostenerse  en  ningún  testimo- 
nio. Ya  se  habrían  encargado  el  propio  Cavia  y  los  conti- 


CARGO«  Y  ACUSACIONES  43 

mi.idores  de  su  campaña  contra  Artigas,  de  publicar  ínte- 
gro ese  diario,  si  hubiera  existido,  y  de  prestigiarlo  revelan- 
do el  nombre  de  los  autores! 

€ausas  «leí  prestigio  de  Artigas. 

Pasa  Cavia  en  revista  las  circunstancias  ú  que  debe  Ar- 
tigas <^su  funesto  ascendiente»: 

«Ha  establecido  como  ir.áxima  fundamental  que  en 
tiempos  de  revolución  ningún  delito  es  bastante  para  con- 
ducir un  hombre  al  cadalso,  y  que  se  debe  dejar  que  las 
maldades  suban  hasta  el  más  alto  punto,  porque  entonces 
ellas  mismas  bajando  por  su  propia  virtud,  harán  el  retro- 
ceso conveniente.  En  consecuencia,  era  protegido  ó  cuando 
menos  tolerado,  el  robo,  el  estupro,  el  asesinato,  el  incen- 
dio, los  crímenes  horribles  en  todo  género». 

Artigas  se  deshace  de  los  enemigos  de  su  doctrina,  man- 
dándolos asesinar  por  terceras  personas.  «Esta  es  la  mar- 
cha constante  que  ha  seguido  en  todos  los  pueblos  y  comar- 
cas donde  ha  llegado  á  tener  influenc'a.  Es  tan  pública  es- 
ta conducta  de  sus  satélites,  ajustada  á  sus  órdenes,  que  en 
todos  esos  desgraciados  lugares  es  refrán  muy  vulgar  con- 
vidar á  cualquier  persona  con  quien  se  quiere  tener  chan- 
zas, á  ir  á  descansar  al  monte  ó  al  potrero,  palabras  que 
generalmente  se  profieren  por  los  partidarios  de  Artigas, 
cuando  envían  á  algún  miserable  á  que  sea  degollado.  Sin 
embargo,  suelen  permitir  á  estos  desgraciados  que  recen 
un  credo  cimarrón,  como  ellos  dicen,  cuyas  palabras  ellos 
solamente  podrán  descifrar.  So  asegura  que  desde  algún 
tiempo  á  esta  parte  ya  está  más  simplificada  la  sentencia 
de  muerte,  pues  basta  una  sola  guiñada  de  ojo  para  condu- 
cir la  víctima  al  sacrificio.  A  vosotros  apelamos,  pueblos 
desgraciados,  donde  son  demasiado  notorias  estas  verda- 
des». 

«Otras  máximas  aparentemente  lisonjeras  secundaban 
también  los  planes  de  Artigas.  Por  ejemplo:  hacer  valer  la 
idea  de  que  todas  las  fracciones   del  Estado  tenían    dere- 


44  JOSÉ  AKTIGAS 

cho  á  disponer  por  sí  mismas  de  sus  destinos,  sin  que  para 
fijarlos  fuese  necesaria  la  concentración  del  poder,  ni  la 
reunión  de  la  representación  nacional.  Todo  esto  exalta  y 
halaga  mucho  á  los  hombres  en  la  infancia  de  la  libertad, 
y  es  necesario  ese  desengaño  que  sólo  se  adquiere  con  la 
experiencia,  para  que  lleguen  á  conocer  que  sus  delibera- 
ciones tumultuarias,  sin  método  ni  dirección,  son  contra- 
rias á  la  consecución  de  los  mismos  fines  que  tienen  por 
objeto». 

También  han  favorecido  al  caudillo  algunas  causas  fí- 
sicas, morales  y  políticas.  Para  ilustrar  las  primeras,  dice 
el  libelo  que  Artigas  siempre  ha  permanecido  en  campa- 
ña, por  aquello  de  que  «las  fieras  huyen  regularmente  de 
los  poblados»,  y  porque  la  abundancia  de  carne,  agua  y 
leña  en  la  Banda  Oriental  y  Entre  Ríos  le  permitía  ex- 
tender fácilmente  su  influencia.  Entre  las  causas  morales, 
menciona  <<el  terrorismo  adoptado  por  Artigas»,  el  apa- 
rente desprendimiento,  la  simplicidad  del  vestido,  y  la 
identidad  de  sentimientos,  usos  y  modales  con  muchas  de 
las  gentes  que  le  rodean.  Una  vez  estaba  en  su  campamen- 
to sentado  á  la  mesa  con  varios  jefes.  Pero  se  presenta  un 
paisano  y  entonces  da  la  espalda  á  todos,  toma  con  las 
manos  un  pedazo  de  carne  y  se  pone  á  platicar  con  el 
visitante.  También  menciona  el  odio  contra  Buenos  Ai- 
res, la  codicia  de  sus  secretarios,  los  más  de  ellos  hom- 
bres sin  arraigo  y  de  desorden;  la  naturaleza  de  su  ejército, 
especie  de  receptáculo  de  vagos  y  malvados,  y  la  licencia 
acordada  á  los  soldados  para  saciar  sus  pasiones.  Entre 
las  causas  políticas,  se  destacan  los  trastornos  ocurridos 
en  Buenos  Aires,  que  determinaban  á  unos  gobiernos  á 
lisonjear  á  Artigas,  simplemente  por  seguir  nuevos  planes 
y  reaccionar  contra  los  gobiernos  anteriores. 

Todas  estas  estupendas  afirmaciones,  tienen  como  úni- 
co apoyo  la  palabra  del  libelista  anónimo.  Lo  único  que 
resulta  evidente,  es  el  plan  de  desprestigiar  á  un  hombre 
que  está  en  la  cumbie  de  su  influencia  y  que  levanta,  por 
encima  de  las  ambiciones  imperialistas  de  la  oligarquía  de 
Buenos  Aires,  la  bandera  de  las  autonomías  locales. 


CAUGOS  Y  ACUSACIONES  45 


Resultados  del  sistema  de  libertad. 

Señala  Cavia  «los  resultados  del  funesto  sistema  de 
libertad  que  ha  producido  la  doctrina  de  don  José  Ar- 
tigas». 

El  caudillo  no  ha  parado  hasta  no  ver  segregada  la 
Banda  Oriental  del  resto  de  las  Provincias  Unidas,  por- 
que «estaba  decidido  á  ser  el  jefe  de  un  país  soberano  é 
independiente,  aunque  la  figura  que  hiciese  en  él  no  du- 
rase más  tiempo  que  la  escena  de  una  representación  có- 
mica. Corrióse  el  telón  y  se  acabó  la  farsa.  Ese  Estado  in- 
dependiente, debilitado  por  la  misma  naturaleza  de  su 
solíeranía,  fué  seguidamente  invadido  y  ocupado  por  el 
potentado  limítrofe».  Pero  no  es  creíble,  se  apresura  á 
agregar,  que  el  aislamiento  de  la  Banda  Oriental  haya 
sido  el  único  motivo  de  la  ocupación  portuguesa:  la  prin- 
cipal causa  debe  estar  en  la  doctrina  perniciosa  de  Arti- 
gas, que  la  Corte  deseaba  evitar  que  se  contagiase  á  su  te- 
rritorio. 

Del  examen  documentado  que  haremos  más  adelante, 
resultará  precisamente  todo  lo  contrario  de  lo  que  afirma 
el  acusador.  Artigas  jamás  quiso  la  independencia  de  la 
Banda  Oriental,  que  repetidas  veces  le  ofreció  el  Gobierno 
de  Buenos  Aires.  Y  en  cuanto  á  la  invasión  portuguesa, 
vino  guiada  por  la  propia  diplomacia  argentina  y  actuó 
después  de  acuerdo  con  los  ejércitos  de  Buenos  Aires. 

Por  qué  apareció  el  libelo. 

Refiere  Cavia  la  expedición  militar  enviada  por  Buenos 
Aires  á  Entre  Ríos;  dice  que  Artigas  ha  publicado  la  gue- 
rra, enviando  proclamas  incendiarias  al  seno  mismo  de  la 
capital,  y  agrega: 

«Que  la  virtuosa  conducta  del  pueblo  de  Entre  Ríos 
sirva  de  saludable  ejemplo  á  los  demás  pueblos  que  están 
aún  infatuados  con  la  falsa   doctrina    del   Protector.   Que 


46  JOSÉ  ARTIGAS 

cuenten  todos  con  la  misma  protección  del  gobierno,  pues 
consonante  con  sus  principios  no  podrjí  denegarla  á  los 
que  la  reclamen  con  igual  derecho  >^. 

Tiene  el  mérito  este  capítulo  de  iluminar  el  estado  del 
medio  ambiente  en  el  momento  en  que  el  oficial  mayor 
del  Ministerio  de  Gobierno  redacta])a  su  libelo  infama- 
torio. El  Director  Pueyrredón  había  lanzado  una  expedi- 
ción militar  contra  Entre  Ríos  para  destruir  el  poder  de 
Artigas  y  éste  se  preparaba  para  la  lucha.  Era  el  mo- 
mento indicado  para  formular  el  proceso  del  Protector  y 
también  para  estimular  á  los  caudillos  de  las  otras  pro- 
vincias sometidos  á  su  influencia  ú  recabar  el  apoyo  de 
Buenos  Aires. 

Cla^iíicaclón   de  Artigas. 

Establecidas  las  acusaciones,  era  necesario  clasificar  al 
jefe  de  los  orientales,  y  Cavia  emprende  la  tarea  en  esta 
forma: 

En  su  juventud  fué  un  facineroso;  cuando  entró  al  ser- 
vicio de  los  españoles  y  de  acuerdo  con  éstos  «degollaba 
ó  fusilaba  hombres  en  la  campaña  sin  proceso  ni  forma- 
lidad alguna,  con  sólo  la  calidad  que  á  él   le    constase  que 

eran  criminales En  los  primeros  meses   déla   gloriosa 

revolución  de  Améric<á,  fué  indolente  hacia  su  felicidad 
ó,  más    propiamente     híd^lando,    enemigo    implacable  de 

ella» Después  fué    «un  patriota  intruso,   accidental  y 

por  motivos  innobles»;  inobediente,  rebelde,  traidor,  de- 
sertor, turbulento,  seductor  de  los  pueblos,  anarquista, 
apóstol  de  la  mentira,  impostor,  hipócrita,  propagandista 
de  máximas  erróneas,  de  teorías  falsas,  de  principios  anti- 
sociales; destructor  de  los  pueblos,  en  vez  de  protector  de 
ellos;  dispensador  de  los  preceptos  5,  G  y  7  del  Decálogo; 
principio,  medio  y  fin  de  la  maldad;  inmoral,  corrompido, 
libertino,  promotor  de  la  guerra  civil,  renovador  y  conti- 
nuador de  ella;  terrorista  furioso;  hombre  despechado; 
autor  de  una  nueva  política  de   ignorancia,  de  prostitución, 


CARGOS  Y  AClTSACrONES  47 

(le  trastorno  universal;  ambicioso  sin  talento  ni  virtudes, 
sin  ninguna  de  esas  prendas  de  espíi'itu  de  que  jamás  ca- 
recen los  [)retend¡entes  grandes;  causa  de  las  lágrimas, 
consternación  y  miseria  de  tantas  viudas  tristes  y  huér- 
fanos inocentes,  que  piden  al  cielo  venganza  contra  el  mal- 
vado; implacable  en  sus  enconos,  inexorable  en  los  accesos 
de  su  furor,  insensible  al  grito  insinuante  de  la  humani- 
dad afligida;  nuevo  Atila  de  las  comarcas  desgraciadas 
que  ha  protegido;  lobo  devorador  y  sangriento  bajo  la  piel 
de  cordero;  origen  de  todos  los  desastres  del  país;  azote 
de  su  patria;  oprobio  del  siglo  XIX;  afrenta  del  género 
humano;  deshonor  de  la  América;  y  para  decirlo  de  una 
vez  hablando  en  otro  lenguaje,  plaga  terrible  de  aquellas 
que  envía  Dios  á  las  naciones  cuando  quiere  visitarlas  en 
su  furor. 

Termina  el  clasificador  con  una  incitación  general  con- 
tra el  monstruo  que  degrada  á  la  especie  humana,  contra 
la  doctrina  del  inicuo,  contra  el  tirano,  contra  el  vándalo, 
contra  el  protervo,  contra  el   déspota,  contra    el  perverso. 

Basta  y  sobra  esa  larga  lista  de  calificativos  furibundos 
para  liaccr  el  proceso  del  libelo,  ya  suficientemente  desau- 
torizado por  el  anónimo  que  lo  cubre.  Si  no  se  tratara  de 
una  publicación  resuelta  por  el  Directorio  de  Pueyrredón, 
como  arma  política  de  circunstancias,  y  realizada  por  el 
oficial  mayor  de  Gobierno,  habría  que  convenir  en  que  el 
libelista  estaba  sencillamente  hidrófobo  en  el  momento  de 
encararse  con  la  personalidad  de  Artigas. 

Agotado  ya  el  vocabulario  de  los  improperios  y  sin 
fuerzas  para  inventar  otros  denuestos,-  el  poderoso  oficial 
mayor  del  Ministerio  de  Pueyrredón  se  disfraza  de  cordero, 
entrega  el  cuello  á  la  cuchilla  de  Artigas,  que  jamás  ha- 
bía cortado  cabezas  y  que  sobre  todo  en  esos  momentos  á 
nadie  podía  amenazar,  á  causa  de  las  dolorosas  vicLorias 
de  los  portugueses,  y  se  decreta  una  estatua  y  el  homena- 
je de  la  posteridad  en  estos  términos: 

«El  clasificador  conoce  muy  bien  que  por  las  vías  de 
la  revolución  ó  por  otro  cualquier  accidente  puede  caer  en 


48  JOSÉ  ARTIGAS 

manos  del  clasificado.  Sabe  que  aumentaría  una  página 
al  nufvo  martirologio;  pero  al  menos  moriría  con  proceso 
y  con  formal  sentencia.  El  clasificador  la  ha  pronunciado 
contra  sí  mismo  en  esta  obra.  Para  un  tirano,  el  mayor 
crimen  es  tener  valor  para  echarle  al  rostro  sus  maldades. 
Sí,  hombre-fiera.  El  clasificador  podrá  morir  á  vuestras 
manos;  pero  la  patria  será  salva.  Ella  hará  honor  á  sus 
cenizas.  Mil  generaciones  dichosas  bendecirán  su  memoria, 
al  mismo  tiempo  que  execrarán  la  vuestra.» 

Una  nota  interesante  contiene  el  capítulo  que  extrac- 
tamos: 

«Algunas  personas  que  han  estado  cerca  de  Artigas 
aseguran  que  cuando  se  le  da  la  noticia  de  alguna  dego- 
llación que  se  ha  hecho  por  su  mandato,  se  enternece  y 
sensibiliza.  Seguramente  él  es  como  el  cocodrilo,  que  llora 
sobre  la  víctima  que  acaba  de  despedazar.» 

¿Qué  más  se  quiere  que  esta  confesión  de  los  humani- 
tarios sentimientos  de  Artigas,  desfigurada  por  los  insultos 
que  vomita  el  libelo? 

lias  tablas  de   sangre. 

La  última  parte  del  libelo  de  Cavia  se  titula  «Relación 
de  los  asesinatos  más  horrorosos  cometidos  en  la  Banda 
Oriental  y  provincias  de  Entre  Ríos  y  Corrientes  duran- 
te la  injluencia  de  Artigas  en  esos  países,  en  personas 
visibles  y  de  rango  conocido,  los  cuales  hfui  sido  autoriza- 
dos por  el  expresado  Artigas  en  el  mero  hecho  de  haberlos 
dejado  impunes». 

Ha  sido  comparada  á  las  tablas  de  sangre  con  que  Ri- 
vera Indarte  hizo  el  proceso  de  Rosas,  y  en  consecuencia 
es  útil  conocer  el  contenido  de  la  famosa   relación. 

«I  Año  1811.  Del  diario  consta  que  una  partida  que 
corría  el  campo  de  orden  de  Artigas,  dio  muerte  á  la  mu- 
jer de  Isidro  Mansilla,  vecino  de  Mercedes.  La  partida  en- 
tró á  robar  y  del  robo  resultaron  los  tiros  que  produjeron 
esa  muerte. 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  49 

2.  El  sargento  Maeliain,  de  las  gentes  de  Artigas,  de- 
golló al  portugués  Nieva,  hacendado  de  Paysandú.  Consta 
del  diario,  que  el  asesino  se  paseaba  con  la  ropa  y  prendas 
del  finado  en  medio  del  ejército. 

3  El  mismo  sargento  asesinó  á  Diego  González,  espa- 
ñol europeo  de  la  banda  occidental.  Del  diario  consta  que 
Macliain  fué  hecho  teniente  por  Artigas,  <.lo  que  quiere 
decir  que  el  asesinato  se  hizo  de  orden  de  éste  ó  que  ha 
merecido  su  aprobación», 

4.  Consta  del  diario  que  cuatro  soldados  de  la  gente  de 
Blas  Basualdo  asesinaron  y  robaron  á  López  y  Guederia- 
ga,  oficiales  de  milicias  de  Juquerí.  Consta  también  que 
las  dos  viudas  «compadecían  con  sus  justas  quejas  aún  á 
los  más  indiferentes,  menos  al  general  que  no  había  toma- 
do providencia  alguna,  á  pesar  que  los  asesinos  se  pasea- 
ban en  las  divisiones  con  la  ropa  y  el  apero  de  montar  de 
los  difuntos». 

5-  1812.  En  la  plaza  del  pueblo  Ya peyú  fueron  dego- 
llados un  teniente  coronel  portugués  y  ocho  soldados,  por 
algunos  indios  que  capitaneaba  el  ayudante  de  aquella 
subdelegación  llamado  Ramírez,  un  favorito  de  i^rtigas. 

6.  Don  José  Ignacio  Beláustegui  fué  asesinado  por  un 
soldado  blandengue  que  iba  de  partida  con  el  capitán  Fra- 
gata. Los  asesinos  fueron  juzgados  por  Sarratea,  siendo 
fusilado  el  soldado  en  septiembre.  Pertenecían  á  las  fuer- 
zas de  Artigas,  á  quien  los  reclamó  Sarratea  y  «se  puede 
creer  que  el  haberlos  entregado  Artigas  provino  de  que 
casi  se  hallaba  en  contacto  con  las  tropas  de  línea».  Arti- 
gas los  había  abrigado  sin  dar  cuenta  del  hecho. 

1'  El  asesinato  del  comaiidacte  de  una  de  las  divisiones 
de  Artigas,  teniente  coronel  Juan  Francisco  Vázquez,  por 
don  Fernando  Otorgues,  en  el  propio  campamento  de  Ar- 
tigas, en  Corrales,  cerca  de  su  tienda  de  campaña.  Sarratea 
reclamó  al  criminal,  pero  Artigas,  que  ya  estaba  lejos  del 
ejército,  se  negó  á  la  entrega. 

8.  El  asesinato  del  alférez  Agustín  Luxán  por  José  Ló- 
pez en  el  campamento  de  Artigas. 

JOSÉ    AKriGAS  — 4.  T-   I- 


50  JOSÉ    ARTIGAS 

9.  Año  1813.  El  teniente  del  ejército  de  Artigas  Ma- 
riano  Saudoval,  fué  apuñaleado  y  arrojado  vivo,  amarrado 
á  una  enorme  piedra,  al  Uruguay,  por  el  indio  Manduré  y 
un  Carrasco,  pariente  de  Artigas.  La  misma  suerte  hubo  de 
correr  don  Vicente  Fuente,  comisionado  de  Artigas.  «Lo 
gracioso  es  que  todos  los  referidos  individuos  estaban  tra- 
bajando juntos  por  los  intereses  del  Protector,  se  descompu- 
sieron entre  sí  y  la  diferencia  tuvo  aquel  resultado.  Ello 
prueba  el  estado  de  anarquía  y  desmoralización  á  que  este 
hombre  ha  reducido  el  país  orientaba. 

10  El  comandante  general  de  Entre  Ríos  don  Hilarión 
de  la  Quintana  encontró  en  el  Paso  del  Juquerí  Grande 
«tres  individuos  que  estaban  enchalecados,  cosidos  á  puña- 
ladas y  comidos  por  los  perros».  Fueron  asesinados  por  la 
partida  de  Pascual  Charrúa,  de  la  gente  de  Artigas  en  En- 
tre Ríos.  «No  pudo  conocerse  á  los  difuntos  por  el  estado 
en  que  ya  se  encontraron». 

IX.  El  vecino  de  Corrientes,  Benítez,  que  marchaba  de 
chasque  al  comandante  general  de  Entre  Ríos,  fué  desnu- 
dado por  las  partidas  de  Artigas,  luego  chucaado  y  arrojado 
en  un  arroyo,  entre  Curuzucuatiá  y  Mandizoví. 

12.  El  capitán  Alejandro  Quinteros,  el  teniente  Fran- 
cisco Delgado,  el  alférez  Basilio  Ibarra  y  el  sargento  Lu- 
cas, de  las  divisiones  de  Artigas,  fueron  asesinados  en  Man- 
dizoví, en  medio  de  los  alborotos    causados   por  Manduré. 

13-  Año  1814.  Cayetano  Correa,  hermano  político  del 
doctor  Francisco  Bruno  de  Rivarola  y  vecino  de  la  capilla 
de  Mercedes,  fué  sacado  de  su  casa  y  degollado  en  la  calle 
por  una  partida  de  Artigas. 

14-  El  sargento  mayor  Manuel  Pintos  Carneiro  (com- 
padre de  Artigas)  y  dos  oficiales  subalternos  Ribeiro  y 
Suárez,  fueron  degollados  en  el  Espinillo  de  mandato  de 
don  Gregorio  Aguiar,  ayudante  de  Artigas,  violándose  la 
capitulación  hecha  el  mismo  día  por  el  Barón  de  Holeni- 
berg.  en  que  se  había  establecido  que  los  prisioneros  serían 
conducidos  a  la  presencia  de  Artigas  y  juzgados  con  arre- 
glo á  las  ordenanzas,  si  tenían  delito. 


CARGOS  Y   ACUSACIOXES  51 

15-  E[  mismo  Barón  y  sus  oficiales  prisioneros  vieron 
tres  mujeres  blancas  degolladas  en  un  monte. 

i6.  El  teniente  correntino  Juan  Esquivel  fué  asesinado 
de  orden  de  Blas  Basualdo  cerca  de  los  Vateles,  jurisdic- 
ción de  Corrientes. 

17-  El  capitán  correntino  Genaro  Perugorria,  prisionero 
en  la  misma  acción  en  que  se  cometió  ese  asesinato,  fué 
conducido  al  campamento  de  la  sierra  de  Arerunguá  y  de- 
gollado á  presencia  de  Artigas,  sin  formalidad  alguna.  <  Se 
asegura  que  éste,  al  tiempo  de  la  degollación,  picó  su  caba- 
llo como  para  ir  á  estorbarla,  cuando  ya  no  había  remedio, 
como  quien  quisiera  presentar  á  su  gente  un  contraste  en- 
tre su  justicia  y  su  misericordia». 

i8.  El  coronel  Bernardo  Pérez  Planes,  gobernador  de 
las  Misiones  occidentales  del  Uruguay,  fué  asesinado  el  30 
de  marzo  en  la  plazuela  de  Beléri,  por  Valentín  Cabrera^ 
sargento  de  blandengues,  á  presencia  de  varias  personas, 
entre  las  que  figuraban  Pedro  López,  capitán  de  milicias 
orientales,  y  Marcos  Ramos,  alcalde  del  pueblo.  « Este  ase- 
sinato no  puede  menos  que  haber  sido  hecho  por  orden  de 
Artigas.  El  se  hallaba  en  el  mismo  pueblo  de  Belén  y  des- 
pués del  suceso  que  fué  tan  público,  dio  pase  al  matador 
para  la  división  de  don  Baltasar  Ojeda  que  estaba  un  poco 
distante,  como  quien  quería  quitar  de  la  vista  al  asesino 
para  que  la  espectacióu  pública  no  se  fijara  sobre  ambos. 
Planes,  por  sostener  la  causa  del  orden  fué  batido  el  lí> 
de  dicho  mes  en  Yapeyú  por  el  finado  don  Blas  Basualdo^ 
comandante  de  división  de  las  de  Artigas». 

19-  El  doctor  Cañas  fué  degollado  en  la  cárcel  de  San 
Roque,  donde   estaba    aprisionado  por   ser  antianarquista. 

20.  El  capitán  Cayetano  Martínez,  vecino  de  Corrien- 
tes, fué  asesinado  en  la  cárcel  de  ese  pueblo  por  «orden  de 
los  anarquistas  protegidos  por  Artigas»'. 

21  El  capitán  José  Ignacio  Añasco,  fué  «fusilado  por 
sus  principios  opuestos  á  los  del  Protector,  en  San  Roque 
ó  Curuzucuatiá». 

22.     Don  Bruno  Velasco,  mayordomo  de  la  estancia  de 


52  JOSÉ    ARTIGAS 

don  Manuel  Barquín,  fué  tomado  por  la  gente  de  Artigas 
cuando  ocupó  á  Entre  Ríos  y  colgado  en  una  palma,  don- 
de lo  obligaron  á  fumar  un  cigarro  y  tomar  un  mate  antes 
de  ultimarlo  á  balazos.  «Esto  es  tan  público  en  todo  En- 
tre Ríos,  que  lia  quedado  por  refrán  cuando  se  convida  á 
fumur  á  alguna  persona,  decirle  que  no  es  el  cigarro  de 
don  Bruno  el  que  se  le  ofrece». 

23.  Don  Benito  Rivadavia  fué  asesinado  en  el  mes  de 
diciembre  en  un  monte  junto  á  la  Bajada,  «por  una  parti- 
da que  lo  llevaba  ?.  presencia  de  Artigas».  Las  ropas  y  al- 
hajas «le    fueron  confiscadas».    Era   un   español  europeo, 

«defensor   acérrimo  de  nuestra  causa.»  « defensor  del 

«orden  y  esto  bastaba  para  que  debiera  morir  según  la  doc- 
trina del  Reformador». 

24.  El  Rvdo.  Padre  Pelliza,  de  la  Orden  de  los  Predi- 
cadores, «fué  fusilado  por  la  misma  causa,  de  mandato 
de  Artigas,  en  la  villa  de  Gualeguaychú,  por  el  famoso 
mulato  Mariano  Raya,  cabo  de  Artigas,  en  el  mismo  pue- 
blo». 

25  Don  Julián  Martínez,  oficial  de  Maldonado,  fué 
degollado  en  Minas  de  orden  de  Otorgues  para  robarle 
unos  efectos  de  Portugal,  los  cuales  fueron  hallados  en  la 
carreta  del  caudillo  artiguista  cuando  fué  batido  por  Do- 
rrego  en  Malbarajá. 

26.  El  capitán  Lucas  Ramírez  fué  degollado  de  orden 
de  Otorgues,  por  usai'  un  rebenque  que  fué  tomado  por  la 
gente  de  Dorrego  en  la  carreta  de  aquel  caudillo.  líl  capi- 
tán Ramírez  había  caído  prií:iioneio  de  Otorgues  y  en  el 
mismo  caso  se  encontraba  el  alférez  Gario  Aparicio,  que 
perdió  el  juicio  con  motivo  de  la  ejecución  de  su  compa- 
ñero. 

27.  El  teniente  José  Fontenela,  de  la  división  del  coro- 
nel Planes,  «fué  arrastrado  á  sangre  fría  á  la  cola  de  un 
caballo,  dándole  un  irabucazo  y  últimamente  concluido  á 
chuza». 

28.  El  capitán  preboste  y  comisionado  general  de  En- 
tre   Ríos  Teodoro  Rivarola,    fué   arrestado   en  el  Paraná, 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  53 

y  ciiaiulo  era  coiuIucrIo  á  la  pressiicla  de  Artigas,  fué 
degollado  por  los  misinos  que  lo  custodiaban. 

29.  Año  1815,  El  teniente  coronel  Carlos  Marcos 
Vargas,  fué  asesinado  por  orden  de  Otorgues  en  Canelones, 
sólo  porque  recogió  dos  caballos  parejeros  regalados  por 
el  capellán  de  Porongos  al  general  Alvear,  á  condición  de 
que  los  hiciera  buscar  y  sacar  del  poder  de  quien  los  tu- 
viera, en  virtud  de  que  Otorgues  los  había  tomado  sin  su 
autoridad. 

30'  El  capitán  Modesto  Lucero,  de  Entre  Ríos,  fué 
muerto  «por  un  paisano  de  la  gente  de  Artigas  en  el  Paso 
del  arroyo  del  Molino,  cerca  de  la  villa  del  Uruguay». 

31-  Año  181 G.  Don  Gabriel  González,  del  comercio 
de  Montevideo,  fué  asesinado  en  Las  Brujas,  por  la  parti- 
da de  Hilario  Pedraza,  de  las  divisiones  de  Artigas,  que 
andaba  recorriendo  la  campaña. 

32.  Año  1817.  Cuatro  portugueses  que  llegaron  á  las 
costas  de  Rocha,  á  causa  de  haber  naufragado  el  buque 
que  los  conducía  de  Río  de  Janeiro  al  Plata,  en  el  mes  de 
octubre,  fueron  degollados  por  una  partida  de  Artigas 
«contra  todas  las  leyes  de  las  naciones  y  de  la  humanidad. 
El  capitán  parece  haber  escapado  á  Montevideo  á  fuerza 
de  dinero.  En  esta  ciudad  se  halla  un  pasajero  que  venía 
en  dicho  buque». 

33-  <íNo  se  han  incluido  los  asesinatos  del  vecino  de 
Gualeguaychú  Juan  Castares,  año  1814,  y  del  dominico 
fray  Mariano  Ortiz,  asesinado  y  robado  á  fines  de  1816, 
en  la  costa  oriental  del  Paraná,  porque  hay  muchos  datos 
para  creer  que  Artigas  ni  su  gente  no  han  tenido  parte  en 
ellos.  Pero  el  Protector  debe  ser  siempre  reputado  por  cau- 
sa mediata  cuando  menos  de  estas  desgracias,  por  liaber 
desmoralizado  con  su  doctrina  la  opinión  pública.  Ni  se 
ha  referido  el  homicidio  ejecutado  en  la  persona  de  don 
Tomás  Arroyo,  vecino  respetable  del  partido  de  Las  Ví- 
boras, porque  ignoramos  el  año,  lugar  y  circunstancias  de 
su  desgracia,  aunque  es  notorio  que  fué  degollado  por  una 
partida  de  Artigas.  Tampoco  se  han  incluido   los  atroces 


54  JOSÉ    ARTIGAS 

hechos  cometidos  el  año  próximo  pasado  en  la  Colonia  y 
otros  pueblos  y  parajes  de  la  Banda  Oriental,  por  el  feroz 
Encarnación,  preboste  de  Artigas,  porque  ignoramos  los 
nombres  de  las  víctimas  y  demás  circunstancias;  pero  se 
sabe  de  voz  publica  que  pasan  de  cincuenta  los  que  dego- 
lló en  diversos  lugares.» 

¿  Qué  base  tienen  las  tablas  de  sangre  ? 

La  mejor  desautorización  de  los  cargos  lanzados  contra 
Artigas,  la  constituye  esa  relación  tejida  con  los  asesinatos 
reales  ó  supuestos  cometidos  desde  1811  hasta  18 J8  en  la 
Banda  Oriental  y  en  las  provincias  de  Entre  Ríos,  Co- 
rrientes y  Misiones,  cuatro  territorios  con  inmensos  desier- 
tos, casi  constantemente  asolados  por  la  guerra  que  inicia- 
ba Buenos  Aires  para  destruir  la  pi"eponderancia  de  Ar- 
tigas. 

A  cada  paso  invoca  la  Relación  el  diario,  en  forma  que 
haría  creer  en  la  existencia  de  un  documento  auténtico  de 
acusación.  Pero,  como  ya  lo  hemos  demostrado,  se  trata  de 
otra  relación  llevada  por  varios  orientales  curiosos,  cuyos 
nombres  el  libelista  se  guarda  muy  bien  de  referir,  senci- 
llamente porque  eso  constituía  un  recurso  de  polémica 
para  amontonar  cargos  contra  Artigas. 

Salvo  el  caso  de  Perugorria,  un  oficial  correntino  que 
fué  al  campamento  artiguista  en  busca  de  elementos  mili- 
tares para  asegurar  la  paz  de  su  provincia  natal,  y  que  lle- 
gado allí  seaüó  al  Gobierno  de  Buenos  Aires,  incurriendo 
en  un  acto  de  traición  militar  que  las  circunstancias  de  la 
^poca  obligaban  excepcionalmente  á  castigar,  todos  los  de- 
más hechos  de  la  relación  son  de  carácter  común;  y  aun 
suponiéndolos  ciertos,  es  absurdo  cargárselos  á  Artigas, 
que  ni  siquiera  podía  ocuparse  de  la  organización  de  sus 
policías,  porque  el  Gobierno  de  Buenos  Aires  lo  hostiliza- 
ba en  todas  partes  y  en  todos  los  momentos  con  revolu- 
ciones é  invasiones  de  las  que  más  contribuyen  al  fomen- 
to de  la  criminalidad  en  la  campaña. 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  55 

Con  todos  los  progre  sos  de  la  civilizacióu,  con  todos  los 
medios  preventivos  y  represivos  de  que  disponen  las  auto- 
ridades de  Buenos  Aires,  sería  tarea  llana  hoy  en  día  for- 
mar tablas  de  sangre  inmensamente  más  ricas  que  las  de 
Cavia,  en  cup.lquiera  de  las  provincias  comprendidas  en  la 
dilatada  zona  artiguista. 

¡Qué  poderoso  influjo  el  de  Artigas  para  desviar  y  ven- 
cer la  tendencia  al  desorden,  ingénita  en  el  paisanaje  de  la 
época,  en  medio  de  ardorosas  luchas  contra  las  invasiones 
porteñas  y  portuguesas  que  lo  acosaban  sin  descanso,  y  que 
á  otro  de  sentimientos  menos  fuertes  lo  hubieran  arrastra- 
do al  camino  de  las  represalias  y  venganzas! 

Las  acusaciones  de  la  época. 

En  184G  apareció  en  Montevideo  un  opúsculo  sensa- 
cional del  general  La  Madrid,  contra  varios  hombres  des- 
collantes de  la  revolución  argentina.  De  los  documentos 
publicados,  resultaba  que  esos  personajes  se  habían  pues- 
to al  habla  en  1820  con  una  comisión  del  rey  de  España 
para  restituir  á  su  dependencia  las  provincias  del  Río  de 
la  Plata.  No  pudo  menos  de  ocuparse  la  prensa  de  la  épo- 
ca deesa  publicación.  Y  «El  Comercio  del  Plata»  redac- 
tado á  la  sazón  por  Florencio  Várela,  dijo  para  desautori- 
zar los  documentos  que  exhibía  el  general  La  Madrid,  estas 
palabras,  que  pueden  y  deben  con  mayor  motivo  aplicarse 
al  libelo  que  Cavia  lanzó  contra  Artigas,  sin  tener  el  cora- 
je de  suscribirlo: 

«Los  que  han  hojeado  un  poco  los  papeles  de  1819  y 
1820  («El  Comercio  del  Plata»  de  16  de  noviembre  de 
1846)  saben  que  nada  era  más  común  en  aquella  época 
<:le  anarquía  y  de  disolución  social  que  esas  apasionadas 
acusaciones  de  los  hombres  y  de  las  provincias,  las  unas 
contra  las  otras Cien  documentos  de  esa  clase  presen- 
taríamos sin  dificultad,  contrarios  los  unos  á  los  otros;  pero 
el  que  en  ellos  se  propusiere  buscar  la  verdad  de  los  he- 
chos y  de  sus  causas — estudiar  la  historia — se  mostraría 
tan  incapaz  de  escribirla  como  de  comprenderla». 


56  JOSÉ    ARTIGAS 


Renj^ger  y  Lion¿;;clinin|>. 

Estos  dos  naturalistas  suizos  escribieron  un  opúsculo 
titulado  «Ensayo  histórico  sobre  la  revolución  del  Para- 
guay», en  el  que  reproducen  la  parte  sustancial  del  libelo 
infamatorio  de  Cavia. 

Salieron  de  Europa  los  autores  en  mayo  de  1818.  Dos 
meses  después,  llegaron  á  Buenos  Aires  y  resolvieron  ra- 
dicarse en  el  Paraguay,  con  el  doble  propósito  de  ejercer 
la  medicina  y  realizar  estudios  de  historia  natural.  En 
agosto,  remontaron  el  Paraná  hasta  Corrientes,  reconocien- 
do «los  desastrosos  efectos  del  gobierno  de  Artigas»  y  en 
mayo  de  1819,  obtuvieron  permiso  para  seguir  al  Paraguay. 
«De  esta  época,  pues,  datan  los  acontecimientos  de  que  he- 
mos sido  testigos  oculares;  la  narración  de  los  que  preceden, 
es  el  resultado  de  informes  que  durante  mi  residencia  en 
aquel  país  he  adquirido  de  personas  las  más  fidedignas». 
Quedaron  radicados  los  dos  naturalistas  en  la  Asunción 
desde  julio  de  1819  hasta  mayo  de  1825,  en  que  el  dic- 
tador Francia  les  franqueó  el  pasaporte  para  Buenos  Aires, 
donde  estuvieron  algunos  meses.  De  Buenos  Aires  mar- 
charon directa m.ente  al  Brasil  y  luego  á  Europa.. 

Este  itinerario  que  reproducimos  del  propio  opúscula 
de  los  señores  Rengger  y  Longchamp,  demuestra  tres  co- 
sas: que  los  autores  no  estuvieron  en  la  Banda  Oriental,  ni 
en  ninguna  de  las  regiones  sometidas  al  protectorado  de 
x^rtigas,  salvo  la  ciudad  de  Corrientes;  que  sus  fuentes  de 
información  política  tenían  que  ser  los  focos  antiartiguistas 
de  Buenos  Aires  y  Asunción;  que  por  la  índole  de  sus  es- 
tudios no  pudieron  ocuparse  de  investigaciones  históricas. 
Agregaremos,  que  el  arribo  de  los  dos  naturalistas  suizos  á 
Buenos  Aires,  coincide  con  la  aparición  del  libelo  de  Cavia, 
toda  una  publicación  oficial  emanada  del  propio  Ministerio 
del  Gobierno  de  Pueyrredón,  que  debía  tomarse  como  un 
evangelio  por  viajeros  que  no  estaban  ni  podían  estar  in- 
teriorizados en  las  disensiones  intestinas  de  que  esa  publi- 
cación surgía. 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  57 

Florencio  Várela  emprendió  una  tradnceión  del  opús- 
culo de  Rengger  y  Longeliamp  en  1828,  con  destino  á  las 
columnas  de  «El  Tiempo».  La  obra  fué  reimpresa  en  184G, 
adicionada  de  un  prólogo,  en  que  el  propio  traductor  ad- 
vierte que  ella  «no  está  exenta  de  inexactitudes  y  aún  de 
graves  errores».  Déla  misma  opinión  es  el  general  Mitre 
(prefacio  de  la  «Historiado  Belgrano»),  al  ocuparse  de  las 
apreciaciones  sobre  la  campaña  militar  del  Paraguay.  «Los 
graves  errores  de  dos  escritores  extranjeros»  (dice,  hablando 
del  «Ensayo  histórico»  de  Rengger  y  Longchamp,  en  la 
parte  relativa  á  esta  campaña),  «dieron  felizmente  oca- 
sión al  doctor  don  Pedro  Somellera  de  escribir  en  forma 
de  notas,  una  refutación  á  sus  asertos». 

Vaya  un  ejemplo  revelador  del  criterio  histórico  de  es- 
tos naturalistas: 

A  su  llegada  á  la  Asunción,  fueron  presentados  al  dic- 
tador Francia,  quien  los  recibió  vestido  con  el  uniforme 
de  brigadier  español,  y  ante  espectáculo  tan  nuevo,  no  pu- 
dieron menos  de  recordar  que  acababan  <^de  ver  medio  des- 
nudos á  Artigas  y  sus  subalternos». 

Si  se  compara  esta  apreciación  del  escritor  que  vertía 
de  ver  medio  desnudo  á  Artigas,  con  el  itinerario  del 
viaje  ya  extractado,  quedará  de  relieve  la  increíble  ligereza 
ó  más  bien  dicho,  la  falsedad  del  pretendido  testigo  ocular. 
Para  que  Rengger  y  Longchamp,  dice  Carlos  M.  Ramírez 
(^Artigas»),  hubiesen  podido  ver  á  Artigas  medio  desnudo, 
no  habiendo  salido  de  la  ciudad  de  Corrientes,  sería  me- 
nester que  el  personaje  hubiera  estado  allí  alguna  vez,  de 
septiembre  de  1818  á  mayo  de  1819;  pero  las  memorias 
y  documentos  ofi(;iales  de  esa  época,  atestiguan  que  Arti- 
gas se  batía  con  Rentos  Manuel  Ribeiro  en  julio  de  1818, 
en  el  Queguay  Chico,  hoy  departamento  de  Paysandú,  y 
que  de  allí  se  retiró  á  las  nacientes  del  río  Negro,  hoy 
departamento  de  Tacuarembó,  invadiendo  más  tarde  el  te- 
rritorio de  Río  Grande,  sin  salir  de  las  márgenes  del  río 
Uruguay,  has^.a  principios  de  1820. 

Pasemos  al  proceso  que  instruyen  contra  Artigas. 


58  JOSÉ    ARTIGAS 

«Este  hombre  cuya  vida  entera  es  un  tejido  de  horro- 
res, fué  hi  causa  principal  de  Iíis  desgracias  que  han  opri- 
mido por  diez  años  á  las  provincias  de  la  Confederación 
del  Río  de  la  Plata.  Aunque  hijo  de  una  familia  decente  de 
Montevideo,  Artigas  pasó  su  vida  entre  los  contrabandis- 
tas y  salteadores.  El  gobierno  español,  con  el  objeto  de  des- 
truir estas  gavillas,  tomó  el  partido  de  nombrarlo  teniente 
de  cazadores  y  en  calidad  de  tal  persiguió  á  sus  antiguos 
camaradas.  En  la  Revolución  se  hizo  patriota  y  se  distiu» 
guió  en  la  guerra  contra  los  españoles  y  en  el  sitio  de  Mon- 
tevideo. Elegido  jefe  de  la  Banda  Oriental,  encendió  el  fue- 
go devorador  de  la  guerra  civil.  Atacó  á  Buenos  Aires, 
invadió  el  Entre  Ríos,  sublevó  á  Santa  Fe,  armó  á  los  in- 
dios salvajes  del  Gran  Chaco  y  desoló  al  Paraguay  con  ac- 
tos inauditos  de  crueldad.  Sus  banderas  eran  el  refusrio  de 
la  escoria  de  la  especie  humana;  salteadores,  asesinos,  pira- 
tas, ladrones,  desertores,  todos  eran  bien  recibidos;  así  es 
que  la  carnicería  y  la  desolación  señalaban  la  marcha  de 
sus  tropas.  Provocó  á  los  brasileños,  que  no  deseaban  otra 
cosa  que  la  guerra;  y  en  fin,  el  resultado  de  nueve  años  de 
su  gobierno  fué  la  ruina  completa  de  la  Banda  Oriental, 
país  tan  floreciente  en  otro  tiempo,  la  devastación  de  las 
otras  provincias  y  la  desmoralización  de  todo  un  pueblo, 
sin  hacer  mérito  de  las  consecuencias  más  remotas  de  este 
régimen  desastroso,  entre  las  que  puede  contarse  la  guerra 
actual  de  la  República  Argentina  con  el  Brasil.  En  obse- 
quio de  la  verdad,  debo  decir  sin  embargo,  que  Artigas, 
abandonado  á  sí  mismo,  jamás  habría  llevado  tan  adelante 
su  ferocidad;  pero  estaba  rodeado  de  facinerosos  de  quie- 
nes en  parte  dependía.  El  más  infame  de  todos  era  un  frai- 
le llamado  Monterroso,  que  ejercía  las  funciones  de  su  se- 
cretario y  consejero  priv^ado  y  sofocaba  en  su  alma  todo 
sentimiento  de  humanidad.  ¿Y  qué  podrá  decirse  de  aque- 
llos hombres  que,  espectadores  tranquilos,  fomentaron  de 
lejos  sus  turbulencias,  únicamente  por  satisfacer  su  avari- 
cia? Algunos  negociantes  de  Buenos  Aires,  franceses,  in- 
gleses y  americanos  del  Norte,   cooperaron  eficazmente  á 


CARGOS  Y   ACUSACIONES  O 9 

todos  aquellos  desastres,  proveyendo  á  Artigas  de  armas  y 
muniííiones  de  guerra  y  fundaron  su  fortuna  en  la  destruc- 
ción de  más  de  veinte  mil  familias  >. 

Menciona  luego  el  folleto  los  conflictos  comerciales  ocu- 
rridos entre  Artigas  y  Francia.  Trató  el  primero  de  entrar 
en  arreglos,  pero  el  segundo  exigió  como  paso  previo  que 
las  cosas  volvieran  á  su  anterior  estado.  Entonces  sublevó 
Artigas  á  los  indios  de  las  Misiones  de  Entre  Ríos  perte- 
necientes al  Paraguay  y  arrojó  de  ellas  á  las  tropas  de 
Francia,  las  cuales  quemaron  todas  las  poblaciones  para 
que  el  enemigo  no  pudiera  subsistir  en  aquel  territorio. 
Así  se  consumó  la  destrucción  de  los  quince  pueblos  más 
florecientes  de  las  antiguas  misiones  de  los  jesuítas.  Arti- 
gas, agregan  los  autores,  estableció  una  fiscalización  fluvial 
que  detenía  á  los  barcos  procedentes  de  la  Asunción,  ]:>a- 
ra  cobrarles  una  suma  de  dinero  y  confiscar  sus  armas. 

Nada  más  contiene  el  proceso,  y  su  comentario  queda 
hecho  en  consecuencia  en  el  curso  de  este  alegato.  Rengger 
y  Longchamp,  en  efecto,  se  limitan  á  reproducir  el  libelo 
de  Cavia,  sin  tomarse  el  trabajo  de  verificar  su  exactitud, 
y  cuando  se  separan  de  su  guía  y  quieren  hablar  como  tes- 
tigos, incurren  en  el  grave  pecado  de  referir  que  vieron  co- 
sas que  estaban  fuera  de  su  vista. 

Memorias  <lel  g'eueral  ]^9iller. 

Guillermo  Miller  llegó  de  Inglaterra  á  Buenos  Aires  en 
septiembre  de  1817.  El  director  Pueyrredón  le  confirió  el 
empleo  de  capitán  del  ejército  de  los  Andes.  Antes  de  mar- 
char para  su  destino,  realizó  una  excursión  exploradora  á 
la  Patagonia  y  á  las  Pampas.  En  enero  de  1818,  salió  de 
Buenos  Aires  con  rumbo  á  Mendoza  y  de  allí  cruzó  á  Chi- 
le, donde  continuó  toda  la  campaña,  sin  solución  de  conti- 
nuidad, bajo  las  órdenes  de  San  Martín  y  de  Bolívar,  has- 
ta la  batalla  de  Ayacucho.  Recién  en  octubre  de  1825 
gestionó  su  licencia  y  se  embarcó  para  Europa  con  un  cer- 
tificado del  libertador  Bolívar,  haciendo  constar  que  «el  ge- 


ÜO  JOSÉ    ARTIGAS 

ncral  Millcr  fue  du  los  piiir.cros  quo  empreiicüeroii  l;i  li- 
bertad del  Perú  y  es  de  los  últimos  que  la  ha  visto  triiinfar^>. 
En  uso  de  esa  licencia  «el  general  Miller  llegó  á  Biieíios 
Aires  el  G  de  enero  de  IS2G,  día  en  que  precisamente  ha- 
cía ocho  años  que  había  salido  de  aquella  ciudad  para  reu- 
nirse al  ejército  de  los  Andes  que  se  hallaba  en  Chile». 

Estos  datos  y  transcripciones  que  extraemos  de  las  pro- 
pias memorias  de  Miller  y  de  las  notas  que  ellas  registran, 
prueban  irrecusablemente  que  el  autor  sólo  estuvo,  y  eso 
mismo  accidentalmente,  en  Buenos  Aires  y  Mendoza,  y 
que  todo  el  resto  de  su  tiempo  lo  pasó  incorporado  al  ejér- 
cito de  los  Andes.  ¿Qué  podía  conocer  acerca  de  Artigas, 
fuera  de  lo  que  le  dijeran  el  libelo  de  Cavia  y  el  ambiente 
de  la  oligarquía  porteña  á   que  debía  su  encumbramiento? 

He  aquí  el  contenido  de  las  memorias,  en  la  parte  que 
concierne  á  la  Banda  Oriental: 

«La  brillante  aunque  pequeña  acción  de  las  Piedras 
ocurrió  en  1811,  en  la  cual  cerca  de  mil  soldados  y  mari- 
neros que  salieron  de  Montevideo,  fueron  obligados  á  reti- 
rarse con  grandes  pérdidas,  por  doscientos  gauchos  mal 
montados  y  armados  con  espadas  anchas  y  picas  de  aborda- 
je, que  á  las  órdenes  de  Artigas  se  batieron  gloriosa  y  de- 
nodadamente. ArtÍ2;as  se  había  mantenido  adicto  á  la  cau- 
sa  española  hasta  poco  antes  de  esta  acción,  que  se  pasó  á 
los  patriotas  en  consecuencia  de  una  disputa  con  el  gober- 
nador de  Montevideo». 

Después  de  este  preámbulo,  formula  el  proceso  del  ven- 
cedor de  las  Piedras: 

Los  españoles  y  portugueses,  por  una  fatalidad  singular, 
parecían  destinados  á  ser  vecinos  y  rivales  en  el  antiguo  y 
nuevo  continente.  La  posesión  del  Brasil  facilitó  á  los  por- 
tugueses á  favor  del  inmenso  y  poco  poblado  territorio  de 
la  Banda  Oriental,  los  medios  de  organizar  un  sistema  de 
contrabando  que  aniquiló  casi  el  comercio  legítimo  y  regu- 
lar. El  carácter  atrevido  de  los  agentes  empleados  en  este 
trato  ilícito,  su  conocimiento  local  del  país  que  sólo  ellos 
habían  atravesado  y  la  sinuosidad  de  las  costas  de  la  parte 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  61 

orieutal  del  Río  de  la  Plata,  hicieron  uulos  cuantos  esfuer- 
zos empleó  el  gobierno  español  para  contener  los  ruinosos 
progresos  de  a(|uel  nial.  Llegó  á  tal  punto  la  insolencia  de 
estos  arrojados  bandoleros,  que  hacían  sus  contratos  espa- 
da en  mano  y  asesinaban  á  veces  á  la  misma  persona  con 
quien  acababan  de  terminar  alguna  transacción  comercial. 
Un  mili  tan  grave  sólo  podía  curarse  con  remedios  des- 
esperados, y  los  que  el  gobierno  español  empleó  fueron  tan 
extraordinarios  como  eficaces.  Eligió  entre  estos  contraban- 
distas al  más  atrevido  para  someter  á  sus  compañeros,  y  la 
elección  recayó  en  don  Fernando  José  de  Artigas  qwe 
después  tuvo  tan  ilustre  parte  en  la  Revolución. 

«  A.rtigas  nació  en  Montevideo:  su  padre  don  Martín  Ar- 
tigas era  un  rico  hacendado  de  las  inmediaciones  de  aque- 
lla ciudad;  pero  la  falta  de  medios  de  educación  que  enton- 
ces había  en  todas  las  colonias  españolas  debido  á  la  ma- 
quiavélica política  de  su  gobierno,  redujo  los  conocimien- 
tos literarios  del  joven  Artigas  á  leer  y  escribir;  y  sus  ocu- 
paciones ordinarias  á  montar  á  caballo,  cuidar  de  los  gana- 
dos de  su  padre  y  comerciar  en  cueros,  no  sólo  con  los  ha- 
bitantes de  Montevideo,  sino  con  los  contrabandistas.  El 
ejercicio  constante  de  esas  ocupaciones  y  su  trato  frecuen- 
te con  los  forasteros  de  más  baja  condición,  le  hicieron  ad- 
quirir unas  maneras  licenciosas  y  una  inclinación  á  vivir  de 
un  modo  independiente  y  bullicioso,  que  muy  pronto  lo  in- 
dujeron á  emanciparse  no  sólo  de  la  autoridad  paterna,  si- 
no del  poder  de  las  autoridades.  En  unión  con  los  hombres 
más  atrevidos,  principió  á  hacer  algunas  incursiones  y  rapi- 
ñas, hasta  que  al  fin,  asociándose  absolutamente  con  los 
l)andidos,  llegó  á  ser  el  terror  de  todo  el  país.  Superando 
á  sus  compañeros  en  el  conocimiento  de  las  sendas  secretas, 
de  los  sitios  ocultos  y,  en  una  palabra,  de  los  arcanos 
de  aquellas  llanuras,  no  menos  que  en  fuerza  corporal,  en 
montar  á  caballo  y  en  valor  así  como  en  talento,  vio  pron- 
to adquirir  el  ascendiente  que  en  tales  circunstancias  dan 
estas  cualidades,  únicos  títulos  para  mandar. 

<-El  nombre  de   Artigas  infundía  terror  no    solamente  á 


62  JOSÉ    ARTIGAS 

la  gente  del  país,  sino  á  las  autoridades  españolas,  y 
luego  lo  inspiró  también  á  todo  el  cuerpo  de  contrabandis- 
tas, fuesen  de  origen  español  ó  portugués.  Estos  merodea- 
dores tan  feroces  y  atrevidos  como  eran,  contemplaban  con 
entusiasmo  y  admiración  la  sagacidad  con  que  su  jefe  con- 
cebía sus  planes  y  la  tenacidad  con  que  los  ejecutaba  á  la 
cabeza  desús  muchachos,  como  él  los  llamaba,  y  de  tiem- 
po en  tiempo  vencía  á  los  oficiales  de  justicia  y  dispersaba 
á  las  partidas  de  milicias  enviadas  á  prenderle.  Se  dice  que 
una  ocasión,  siendo  perseguido  en  los  llanos  y  considerando 
su  retirada  ya  impracticable  por  el  estado  de  cansancio  de 
sus  caballos,  mató  una  parte  de  ellos  y  formando  con  sus 
cuerpos  un  parapeto,  mantuvo  un  fuego  tan  vivo  y  acerta- 
do detrás  de  él,  que  obligó  á  retirarse  con  pérdidas  conside- 
rables á  sus  perseguidores. 

«Los  procedimientos  judiciales  de  este  nuevo  preboste 
marcial,  no  tenían  el  carácter  de  las  fórmulas  pulidas  de 
nuestros  tribunales  de  justicia.  La  notoriedad  del  crimen 
era  razón  bastante  para  imponer  en  el  acto  la  pena  al  delin- 
cuente, sin  más  ceremonia  ó  preparación  religiosa  que  el 
credo  ó  símbolo  de  fe  mutilado  ó  mal  repetido  á  que  llaman 
credo  cÍ7narrón.  Pero  cuando  eran  muchos  los  criminales 
y  se  creía  que  no  era  conveniente  gastar  pólvora,  acostum- 
braba á  liarlos  en  cueros  frescos  de  vaca,  dejándolos  con 
solo  la  cabeza  defuera,  de  modo  que  á  proporción  que  los 
cueros  se  iban  secando,  el  espacio  dejado  para  el  cuerpo  se 
iba  disminuyendo  hasta  que  el  desgraciado  paciente  ex- 
piraba en  la  agonía  másdolorosay  enla  desesperación.  Este 
modo  de  encarcelar  y  atormentar  á  los  criminales,  lo  lla- 
maban cnchípar:  su  extrema  barbarie  apenas  pierde  nada 
de  su  horrible  aspecto  con  la  disculpa  de  que  no  tenían 
cárceles  ni  quién  guardara  á  los  criminales  en  aquellos  de- 
siertos, y  que  los  hábitos  feroces  y  sanguinarios  de  aquellos 
perversos  requerían  tales  ejemplos. 

«Artigas  era  bien  proporcionado  y  de  una  estatura  regu- 
lar, de  aspecto  dulce  y  que  expresaba  amabilidad;  era  al- 
go calvo  y  de  tez  blanca,  la  cual  no  habían  obscurecido  ni  el 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  Ü3 

sol  ni  la  intemperie.  El  Deán  Funes  le  pinta  como  un  hom- 
bre que  reunía  á  una  extrema  sensibilidad,  la  apariencia  de 
la  frialdad;  á  una  urbanidad  insinuante,  una  gravedad  de- 
cente; una  franqueza  atrevida  á  la  cortesía;  un  patriotismo 
exaltado  á  una  fidelidad  á  veces  sospechosa;  el  lenguaje 
de  paz  á  una  inclinación  natural  á  la  discordia;  y  un  gran- 
de amor  á  la  independencia,  á  ideas  extravagantes  en  el 
modo  de  obtenerla. 

«El  Virrey  de  Buenos  Aires  ofreció  á  Artigas  una  am- 
nistía por  lo  pasado  y  le  dio  esperanzas  de  destino  honroso 
si  se  hacía  cargo  de  poner  fin  al  comercio  clandestino  y  de- 
predaciones de  los  contrabandistas  poi'tugueses,  y  limpiaba 
el  país  de  bandoleros .  Jamás  el  perdón  de  un  criminal  pro- 
dujo más  señalado  é  inmediato  beneficio.  Este  hombre  ac- 
tivo é  infatigable  aplicó  todo  el  poder  de  su  alma  y  de  su 
persona  tan  eficazmente  al  encargo  de  exterminar  absolu- 
tamente las  bandas  de  vagamundos,  ladrones  y  contraban- 
distas que  recorrían  el  país,  que  en  un  corto  período  la  au- 
toridad del  gobierno  se  vio  respetada  y  la  propiedad  indi- 
vidual asegurada  á  un  grado  tal,  que  nunca  en  tiempos  an- 
teriores había  existido,  ni  aún  en  las  épocas  de  mayor  quie- 
tud y  prosperidad. 

«Tal  era  la  destreza  de  Artigas  en  el  manejo  de  su  ca- 
ballo y  en  el  uso  de  sus  armas  de  fuego;  tan  formidable  era 
su  fuerza,  y  tal  la  impetuosidad  de  su  ataque,  que  el  más 
atrevido  forajido  desfallecía  á  su  vista  y  se  rendía  á  su 
grito  aterrador.  Los  efectos  provechosos  que  su  conducta 
había  producido,  reclamaban  y  obtuvieron  la  debida  re- 
compensa de  aquellos  á  quienes  tan  eficazmente  había  ser- 
vido; y  á  instancias  de  los  propietarios  del  país  fué  nom- 
brado guarda  general  de  la  campaña,  acompañando  á  es- 
te nombramiento  un  sueldo  proporcionado  á  su  persona  y 
á  los  servicios  que  hal)ía  prestado.  Desde  esta  época  se  hi- 
zo Artigas  un  enemigo  irreconciliable  de  los  contrabandis- 
tas brasileños». 

Más  tarde.  Artigas  «buscó  asilo  en  el  Paraguay,  donde 
el  doctor  Francia  lo  puso  en  rígida  vigilancia  y  murió  en  la 
Oaudelaria  en  el  año  182ü,  á  los  sesenta  años». 


64  JOSÉ    ARTIGAS 


Ii09  enchalecamientos  y  el  general  Millei\ 

¿Qué  fe  puede  inspirar  á  todo  este  cúmulo  de  acusacio- 
nes sin  un  solo  testimonio  que  les  dé  base  ó  las  haga  si- 
<]uiera  verosímiles? 

Las  memorias  de  Mi  11er  se  limitan  á  reproducir  con 
algunas  variantes  el  libelo  infamatorio  de  Cavia.  Entre 
esas  variantes,  figuran  los  enchalecamientos,  que  el  pro- 
pio Cavia  en  medio  de  todo  el  torrente  de  iuííultos  que 
lanzaba  su  hidrofobia  antiartiguista,  no  se  atrevió  á  mencio- 
nar, sin  duda  alguna  porque  temía  que  apurándolas  invec- 
tivas su  libelo  rebasara  ya  el  límite  de  la  paciencia  y  fuera 
arrojado  como  cosa  asquerosa,  sin  producir  el  efecto  que  el 
gobierno  buscaba  con  su  publicación.  Tuvo  que  contentarse 
el  oficial  mayor  del  Directorio  de  Pueyrredón,  con  incluir  en 
su  Relación  de  crímenes  el  caso  de  tres  individuos  enchale- 
cados y  cosidos  á  puñaladas  por  la  partida  artiguista  de  Pas- 
cual Charrúa.  Pero  ¡cómo  se  habría  frotado  las  manos  el 
audaz  libelista,  si  hubiera  encontrado  en  la  le3'enda  ó  en  las 
invenciones  corrientes  el  caso  de  los  enchalecamientos  que 
Miller  agrega  de  motu  propio,  impulsado  acaso  por  una 
confusión  deplorable! 

En  su  «Historia  de  la  prensa  periódica  de  la  República 
Oriental»,  <vdice  Zinny  citando  á  «El  Oriental»,  diario  que 
se  publicaba  en  1829: 

Allmcerse  la  relación  délos  autores  del  pronunciamien- 
to de  la  Banda  Oriental  y  de  Entre  Ríos  en  1811,  se  in- 
cluye en  ella  al  capitán  Jorge  Pacheco,  padre  del  general 
Pacheco  y  Obes,  agregándose  que  á  él  «se  atribuye  haber 
inventado  el  cruel  castigo  de  enchalecamiento  ejercido  con- 
tra los  españoles  en  los  primeros  años  de  la  Revolución. 
Don  Jorge  declaraba  que  había  abrazado  la  carrera  mili- 
tar para  exterminar  á  los  ladrones,  persiguiéndolos  á  muer- 
te, tantos  que  cuantos  agarraba,  cuando  se  hallaba  sin  pri- 
siones ni  cárcel  segura  en  qué  custodiarlos,  los  enchaleca- 
ba, los  retobaba  y  los  encoletaba  para  que  no  se  escí»pa- 
sen » . 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  65 

Tal  es  la  única  tradición  sobre  enchalecamientos,  que 
existe  en  el  Río  de  la  Plata,  Y  esa  tradición  no  es  relati- 
va á  actos  de  sangre,  sino  á  simples  medidas  de  seguridad, 
como  también  lo  reconoce  don  Antonio  Díaz  (hijo)  en  su 
«Galería  contemporáneas,  al  ocuparse  de  los  enchaleca- 
mientos atribuidos  á  Pacheco. 

Artigas,  segíín  Mi  11er,  obtuvo  la  victoria  de  las  Piedras 
al  frente  de  doscientos  c/auchos  provistos  de  picas  de 
abordaje!  ¿Qué  le  hubiera  costado  al  autor  de  las  memo- 
rias consultar  en  «La  G^iceta  de  Buenos  Aires»  los  partes 
oficiales,  para  no  incurrir  en  errores  tan    garrafales? 

Y  el  fallecimiento  del  jefe  de  los  orientales,  en  la  Can- 
delaria, en  1826,  á  los  sesenta  años  de  edad,  cuando  era 
tan  notorio  que  Artigas  estaba  secuestrado  por  el  dictador 
Francia  á  un  centenar  de  leguas  de  ese  punto  y  en  toda  la 
plenitud  de  su  vida,  como  que  recién  falleció  en  1850,  ¿no 
denuncia,  hasta  por  el  lujo  de  los  detalles,  el  más  profundo 
menosprecio  por  las  investigaciones  históricas? 

l¡os  ai'i'Iiivos  espaíioles  y  Ariig'as. 

En  su  «Historia  de  la  revolución  hispano-americana», 
impresa  en  Madrid  en  1829,  dice  don  Mariano  Torrente, 
estableciendo  las  fuentes  de  información  de  su  celebrada 
obra: 

«No  consultando  yo  sino  el  bien  que  podúi  resultar  á 
nuestra  monarquía  de  la  publicación  de  esta  obra,  me  he 
dedicado  á  leer  de  ocho  años  á  esta  parte  todas  las  que  han 
salido  á  luz  en  pro  y  en  contra  de  dicha  rebelión;  me  he 
insinuado  con  los  mismos  jefes  independientes  que  residían 
en  Francia  é  Inglaterra,  para  saber  todas  las  ocurrencias 
de  aquellos  países,  para  oir  sus  discursos  y  objeciones  y 
finalmente  para  recoger  cuantos  datos  podían  servirme  de 
guía  en  tan  importante  empresa.  Apenas  llegué  á  España 
contraje  relaciones  con  muchos  de  los  jefes  que  han  capi- 
taneado los  ejércitos  realistas  en  América,  y  no  he  cesado 
-de  reunir  apuntes,  hacer  extractos  y  finalmente  de  enrique- 


JOSE   ARTIGAS— y 


66  JOSÉ    ARTIGAS 

cerme  con  cuantos  conocimientos  han  estado  al  alcance  de 
un  hombre  curioso  é  indagador.  La  mayor  parte  de  Ios- 
acontecimientos  más  interesantes  los  he  oído  y  discutido 
con  individuos  de  ambos  partidos  y  los  he  visto  en  obras^ 
y  escritos  de  unos  y  otros,  que  es  el  modo  más  seguro  de 
formar  un  juicio  con  todos  los  caracteres  de  la  verdad.  He 
consultado  y  tengo  á  la  mano  las  obras  de  Humboldt,  del 
abate  Pradt,  de  White  Blanco,  del  doctor  Funes,  de  Mr. 
Brackenridge,  de  los  señores  Robinson  y  Ward,  los  mani- 
fiestos de  Iturbide  y  de  Riba  Agüero  y  una  porción  consi- 
derable de  publicaciones  sueltas  de  los  insurgentes,  perió- 
dicos y  otros  documentos.  Por  lo  que  respecta  á  los  espa- 
ñoles, he  recogido  preciosos  documentos  é  interesantes 
noticias  verbales  de  la  mayor  parte  de  los  generales,  inten- 
dentes, oidores  y  otros  jefes  y  empleados  que  han  figurado 
en  aquella  escena:  he  consultado  los  archivos  públicos  y 
privados,  tenido  presente  asimismo  varios  tratados  publi- 
cados por  los  señores  Cancelada,  Urquinaona,  don  José 
Domingo  Díaz,  don  Juan  Martín  de  Martiniena  y  otros; 
debiendo  hacer  honorífica  mención  en  otro  lugar  de  un 
manuscrito  del  doctor  Nabamuel,  que  refiere  aunque  su- 
cintamente los  principales  acontecimientos  de  Buenos  Ai- 
res, Perú,  Chile  y  Quito  desde  el  año  1806  hasta  1818.  y 
de  otro  del  R.  P.  Martínez,  que  extiende  la  historia  de  Chile 
hasta  1820.  En  una  palabra,  no  he  perdonado  diligencia 
alguna  para  dar  á  esta  historia  todo  el  grado  de  autentici- 
dad é  interés  que  debe  apetecer  se  ;>. 

El  mismo  historiador,  ocupándose  de  algunas  de  las  crí- 
ticas provocadas  por  los  primeros  tomos  de  su  obra,  se  ex- 
presa así: 

«¿Pero  no  ofrece  mayores  garantías  de  exactitud  y  ver- 
dad la  presente  composición  literaria,  para  la  cual  no  sólo 
hemos  consultado  cuanto  se  ha  escrito  en  América  y  en 
Europa  y  cuantos  materiales  han  sacado  de  aquellos  países 
los  principales  jefes  militares  y  políticos,  sino  que  hemos 
tenido  frecuentes  y  largas  conferencias  con  la  mayor  parte 
de  ellos,  y  que  puede  decirse  hemos  establecido  en  nuestro 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  G7 

trilniniil  crítico  una  especie  de  juicio  contradictorio  para 
hallar  la  pura  verdad  en  medio  de  la  horrible  divergencia 
de  opiniones  y  del  furor  de  los  partidos?» 

Así  se  escribe  la  historia  seria  y  concienzuda,  consultan- 
do todos  los  documentos,  revisando  todos  los  archivos,  ha- 
blando y  discutiendo  con  los  propios  actores  en  los  sucesos 
que  se  trata  de  narrar. 

Pues  bien:  ¿qué  le  dijeron  al  historiador  los  riquísimos 
archivaos  de  ICspaña  y  los  militares  y  altos  funcionarios  á 
quienes  Artigas  arrinconó  en  Montevideo  con  la  insurrec- 
ción de  la  campaña  oriental  en  1811  y  la  victoria  resonan- 
te de  las  Piedras? 

Habla  Torrente  de  los  pastores  de  las  Pampas,  «esagen- 
te tan  robusta  y  nervuda  como  inquieta  y  bulliciosa  desde 
que  impolíticamente  se  la  amaestró  en  el  arte  de  la  guerra; 
esos  hombres  feroces  que  ya  en  los  primeros  años  de  la 
revolución  argentina  hicieron  ver  á  las  órdenes  del  atrevi- 
do, revoltoso  y  esforzado  Artigas,  el  desprecio  con  que  mi- 
raban el  centro  del  poder  de  aquella  república». 

Las  disensiones  entre  Rondeau  y  Artigas  durante  el 
segundo  sitio,  dan  base  á  Torrente  para  ocuparse  nueva- 
mente del  jefe  de  los  orientales.  «Este  genio  atrevido  y 
violento  se  creía  con  derecho  para  no  obedecer  más  que  á 
su  capricho;  sus  anteriores  hazañas  le  habían  dado  una  gran 
nombradía  entre  aquellos  naturales;  particularmente  entre 
la  gente  de  campo  más  feroz  y  guerrera,  á  la  que  dirigía 
con  el  simple  impulso  de  su   voluntad». 

Ya  veremos,  en  cambio,  los  términos  en  que  habla  de 
los  héroes  de  Mayo.  Al  secretario  de  la  Junta  Gubernati- 
va, con  ocasión  del  informe  que  extractaremos  en  otro  ca- 
pítulo, le  llama  «el  atroz  Moreno»  y  «el  Robespierre  ame- 
ricano». 

lias  acusaciones  «le  Vigoílet. 

La  «Gaceta  de  Montevideo»,  reparte  con  igual  solicitud 
sus  epítetos  entre  el  gobierno  de  Buenos    Aires   y   el  jefe 


68  JOSÉ    ARTIGAS 

de  los  orientales.  A  Artigas  le  llaina  «asoíador  de  su  país 
y  perseguidor  de  la  inocencia  y  de  la  virtud»,  atacándole 
además  por  haberse  llevado,  con  ocasión  del  levantamiento 
del  primer  sitio,  crecidísimos  intereses  del  vecindario  (16 
de  enero  de  1812).  Al  gobierno  de  Buenos  Aires  le  llama 
«antropófago»  por  su  mandato  de  que  «perezca  irremisi- 
blemente el  español  que  conspire  directa  ó  indirectamente 
contraía  patria»  (26  de  julio  de  1812). 

Con  idéntico  criterio  procede  Vigodet  en  dos  proclamas 
que  registra  la  misma  «Gaceta  de  Montevideo».  En  Li  de 
16  de  enero  de  181  2,  dice  el  gobernador  español:  «es  seguro 
que  casi  no  se  hallará  ejemplo  de  ferocidad  y  barbarie  que 
pueda  compararse  á  la  conducta  de  Artigas  y  del  tropel 
que  le  sigue».  Y  dirigiéndose  á  los  habitantes,  expresa  que 
él  «no  podía  sufrir  por  más  tiempo  que  Artigas  continua- 
se con  una  barbarie  inaudita  vejándoos  hasta  el  extremo  y 
destruyendo  vuestras  posesiones  hasta  dejar  asolado  todo 
el  país,  sin  que  quedara  arbitrio  á  vuestra  industria  para 
reparar  sus  daños  en  largo  tiempo».  En  una  nueva  procla- 
ma del  lo  de  septiembre  del  mismo  año,  se  encara  Vigo- 
det con  el  gobierno  de  Buenos  Aires  y  le  dice  sencillamente 
«gavilla  de  ladrones,  oprobio  de  nuestra  sangre». 

Vale  la  pena  de  agregar,  como  dato  ilustrativo  de  las 
divergencias  de  criterio  en  un  momento  histórico  en  que 
todavía  no  se  habían  desatado  las  furias  de  la  oligarquía 
porteña,  que  en  la  «Gaceta  de  Montevideo»  de  1."  de  mar- 
zo de  1812  «un  militar  ingenuo»  polemiza  con  la  «Ga- 
ceta de  Buenos  Aires»,  con  ocasión  del  artículo  publicado 
en  el  número  del  10  de  enero  acerca  del  «valiente  Artigas 
y  su  ejército  más  glorioso  que  el  de  los  atenienses  bajo  las 
órdenes  del  bravo  Temístocles».  En  opinión  del  articulista 
de  la  «Gaceta  de  Montevideo»,  «Artigas  obra  como  un 
facineroso  y  su  tropel  es  un  ejército  de  ladrones  y  delin- 
cuentes detestables  que  han  cometido  y  cometen  los  horro- 
res más  tremendos  en  todos  los  parajes  que  han  tenido  la 
desgracia  de  sufrirlos». 

Las  frases  agresivas  contra    Artigas,  lanzadas  en  medio 


CARGOS  Y   ACUSACIONES  69 

de  la  lucha  y  sin  concretar  cargos,  salvo  el  relativo  á  la 
emigración  de  la  campaña  ¿i  raíz  del  levantamiento  del 
primer  sitio,  de  que  nos  ocuparemos  más  adelante,  r.i 
constituyen  un  proceso,  ni  pueden  tomarse  como  testimo- 
nio adverso  al  jefe  de  los  orientales. 

I^os  escriíores  pai'tus;aeses. 

Pereira  da  Silva  («Historia  da  fundaciio  do  Imperio  Bra- 
ziieiro»)  traza  los  siguientes  rasgos  de  Artigas,  copiando  ser- 
vilmente el  libelo  de  Cavia,  porque  le  era  necesario  justifi- 
car de  algún  modo  la  invasión  portuguesa  de  1816,  enca- 
minada á  la  conquista  de  la  Banda  Oriental: 

«No  había  ley  para  él  ni  para  sus  partidarios.  Robaba 
propiedades,  asesinaba  á  los  infelices  que  no  merecían  sus 
afectos,  brutalizaba  los  espíritus  é  imperaba  en  Monte- 
video y  en  toda  la  provincia,  que  abatida  y  humillada 
caía  de  rodillas  ante  su  órdenes  ó  deseos. ...  Era  un  cau- 
dillo completo,  propio  tan  sólo  para  dominar  salvajes. 
Ninguna  instrucción,  uingún  rasgo  de  civilización,  ninguna 
idea  de  progreso  lo  caracterizaban.  Animábase  é  inspirá- 
base apenas  por  la  viveza  natural,  por  la  ambición  desme- 
dida de  dominio  físico  y  brutal  y  por  la  persuasión  de 
que  el  poder  se  apuntala  en  la  fuerza  y  no  en  la  moralidad 
y  en  la  inteligencia.  Salido  de  la  clase  de  contrabandistas, 
rodeado  de  pueblos  bárbaros,  de  gentíos  ignorantes,  de  fa- 
cinerosos sedientos  de  robos,  de  crímenes  y  de  sangre,  que 
debían  estar  en  galeras,  y  que  tenían  que  rechazar  cual- 
quier jefe  algo  educado  de  los  que  al  frente  de  una  nación 
ó  de  una  sociedad  se  proponen  la  misión  de  encaminarla 
á  su  prosperidad,  gobernaba  Artigas  con  los  instintos  del 
déspota  y  ejecutaba  los  actos  que  le  parecían  convenir  á 
sus  intereses,  sin  qué  le  importasen  nada  las  leyes,  ni  las 
instituciones,  ni  la  regularidad  de  la  administración,  ni  los 
derechos  ajenos.  Destituido  del  tino  y  perspicacia  del  doc- 
tor Francia  que  regía  en  el  Paraguay  y  que  cerrándose  al 
contacto  del  mundo  no  incomodaba  ni  perturbaba  la  tran- 


70  JOSÉ    ARTIGAS 

quilidad  y  la  paz  de  los  vecinos,  sólo  trataba  de  guerrear 
y  de  extender  su  influencia  y  el  teatro  de  sus  acciones  y 
prepotencias  más  allá  de  las  provincias  que  le  estaban  so- 
metidas. Esparcía  el  terror  por  las  fronteras  y  por  los  pue- 
blos limítrofes  y  amenazábalos  á  cada  momento  con  inva- 
siones y  combates». 

En  cambio,  el  almirante  Sena  Pereira,  autor  de  las  <  Me- 
morias y  reflexiones  sobre  el  Río  de  la  Plata  extraídas  del 
Diario  de  un  oficial  de  la  marina  brasileña»  (colección  La- 
mas), hablando  del  jefe  de  los  orientales  y  del  gobierno  de 
Buenos  Aires,  dice  que  las  dificultades  crecían  «  á  conse- 
cuencia del  carácter  de  aquel  guerrero  que  un  contemporá- 
neo suyo  describe  de  un  modo  que  bien  lo  caracteriza. 
El  general  Artigas,  dice  él,  es  un  hombre  singular  cpie  reúne 
una  sensibilidad  extrema  á  una  indiferencia  al  parecer  fría; 
una  sencillez  insinuante  á  una  gravedad  respetuosa;  un 
lenguaje  de  paz  á  una  inclinación  innata  por  la  guerra  y  la 
discordia;  en  fin,  un  amor  vávo  por  la  independencia  de  la 
patiia  á  un  extravío  clásico  de  su  verdadera  dirección  .» 

Después  de  reproducir  estas  palaljras  del  Deán  Funes, 
agrega  el  almirante  Sena  Pereira,  en  su  calidad  de  actor  en 
la  lucha  contra  Artigas  y  de  testigo  directo  de  los  sucesos: 
«  Es  cierto  que  así  dispuesto,  el  retrato  tiene  la  mayor  seme- 
janza ». 

Otro  escritor  brasileño,  Antonio  Deodoro  de  Pascual 
(«Apuntes  para  la  historia  de  la  República  Oriental»),  vuel- 
ve á  recoger  las  acusaciones  del  libelo  de  Cavia  y  se  ocupa 
en  estos  términos  del  jefe  de  los  orientales: 

«  Artigas  convirtióse,  merced  á  los  españoles,  de  contra- 
bandista en  oficial  de  carabineros  de  costas  y  fronteras.  Al 
abrirse  la  época  de  la  Revolución,  se  declaró  patriota  y  dis- 
tinguióse por  su  crueldad  contra  los  españoles,  bien  así  co- 
mo por  su  valor  en  el  primer  asedio  de  Montevideo.  Hecho 
después  por  su  propia  voluntad  jefe  del  territorio  oriental, 
encendió  el  fuego  destructor  de  la  guerra  civil  en  donde 
quiera:  atacó  las  tropas  bonaerenses;  invadió  la  provincia  de 
Entre  Ríos;  hizo  que  Santa  Fe  se  sublevase  contra  Buenos 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  71 

Aires;  aniKj  los  indios  del  Grau  Chaco  Gaalambé;  llevó  sus 
devastaciones  hasta  el  Paraguay  cometiendo  las  más  inau- 
ditas crueldades.  Bijo  sus  banderas  hallaron  guarida  y 
protección  las  heces  de  la  especie  humana;  cuanto  asesino, 
pirata,  salteador,  desertor  y  vago  se  le  presentaba,  era  muy 
bien  acogido  por  él;  de  suerte  que  por  donde  quiera  que  pa- 
saba dejaban  sus  tropas  las  huellas  más  profundas  de  deso- 
lación, exterminio  y  ferocidad.  Motivó  con  sus  demasías  la 
guerra  contra  el  Brasil;  en  una  palabra,  el  resultado  de  los 
nueve  años  de  su  dominio,  fué  la  completa  ruina  del  Estado 
Oriental  que  en  aquella  época  era  uno  de  los  más  flore- 
cientes ;>. 

Artigas,  agrega  más  adelante,  fué  el  az  ote  de  su  país.  Su 
proceder  con  los  españoles  en  el  Hervidero  «fué  lo  más 
atroz  que  puede  caber  en  humana  mente».  Entre  sus  con- 
sejeros estaba  Barreiro,  que  mandó  «asesinar  secretamente 
á  diversos  individuos,  especialmente  españoles  peninsulares, 
como  lo  demuestran  los  documentos  y  escritos  existentes 
de  la  época.  Muchos  españoles  habrían  sido  desterrados  y 
enviados  al  Hervidero,  é  infahblemente  llegado  á  ser  vícti- 
mas del  implacable  odio  de  Barreiro,  si  Artigas  no  se  hu- 
biera negado  sendas  veces  á  consumar  estas  hecatombes 
cuando  se  dejaba  guiar  por  sus  movimientos  de  hombre  en 
intervalos  lúcidos.  Don  Miguel  Barreiro  en  sus  últimos 
años  mostró  arrepentimiento,  y  mientras  fué  miembro  de 
la  administración  de  notables,  practicó  actos  de  virtud  y 
dio  pruebas  de  buenas  cualidades». 

¿Dónde  están  los  documentos  de  la  época  que  acreditan 
los  cargos  contra  Artigas  y  contra  su  secretario  don  Mi- 
guel Barreiro,  un  miserable  asesino,  que  luego  se  arrepiente 
y  consigue  destacarse  por  su  virtud?  Es  inútil  buscarlos. 
Como  los  documentos  todos  del  proceso  artiguista,  sólo 
existen  en  la  fantasía  calumniadora  de  sus  audaces  for- 
jadores. 

El  doctor  Mellan  Lafinur,  en  su  opúsculo  «Las  charrete- 
ras de  Oribe»,  se  expresa  así  acerca  del  historiador  brasile- 
ño de  que  acabamos  de  ocuparnos  : 


72  JOSÉ    ARTIGAS 

« Adadns  Calpe  es  el  anagrama  de  A.  D.  Pascual  (Anto- 
nio Deodoro  de  Pascual).  Era  un  empleado  subalterno  de 
uno  de  los  ministerios  de!  Brasil.  Pretendía  ser  el  inventor 
de  un  método  de  soñar  que  con  toda  economía  proporciona- 
ba placeres  por  que  tantos  individuos  se  desviven,  según  lo 
afirma  el  literato  don  Juan  Valera  en  su  obra  «Apuntes 
sobre  un  nuevo  arte  de  escribir  novelas». 

Un  proceso  del  <líctailoi'  Francia. 

La  «Revista  Histórica  de  la  Universidad  de  Montevi- 
deo» ha  publicado  dos  documentos  del  dictador  Francia,  re- 
lacionados con  Artigas. 

El  primero  de  ellos,  es  un  oficio  dirigido  al  comandante 
de  Fuerte  Borbón  el  12  de  mayo  de  1821.  en  que  el  dicta- 
dor desvirtúa  algunas  aprensiones  de  los  portugueses  acerca 
del  asilo  concedido  el  año  anterior  al  jefe  de  los  orientales 
por  pura  humanidad  ó  caridad». 

Lo  que  pasa  en  cuanto  á  Artigas  es  que  en  su  último 
combate  con  los  portugueses  en  Tacuarembó,  quedó  muy 
derrotado.  Viendo  esto  uno  de  sus  comandantes,  a  saber  el 
porteño  Ramírez  á  quien  de  pobre  peón  él  lo  había  le- 
vantado y  hecho  gente,  en  cuyo  poder  no  habiéndolo  acom- 
pañado en  aquella  guerra  había  dejado  á  guardar  más  de 
cincuenta  mil  pesos  oro,  se  alzó  con  estos  dineros  y  con 
ellos  mismos  sublevó  y  aumentó  algunas  tropas  y  gente  ar- 
mada con  que  había  quedado.  Artigas  reducido  á  la  últi- 
ma fatalidad,  vino  como  fugitivo  al  Paso  de  Itapuá  y  me 
hizo  decir  que  le  permitiese  pasar  el  resto  de  sus  días  en 
algún  punto  de  la  República,  por  verse  perseguido  aun 
de  los  suyos,  y  que  si  no  le  concedía  este  refugio  iría  á  me- 
terse en  los  montes.  Era  un  acto  no  sólo  de  humanidad,  sino 
aun  honroso  para  la  República  el  conceder  un  asilo  á  un  je- 
fe desgraciado  que  se  entregaba.  Así  mandé  un  oficial  con 
veinte  húsares  para  que  lo  trajesen  y  aquí  se  le  tuvo  recluso 
algún  tiempo  en  el  convento  de  Mercedes,  sin  permitirle 
comunicación  con  gentes  de  afuera,  ni  haber  jamás  podido 
hablar  conmigo  aunque  él  lo  deseaba». 


« 
« 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  73 

Agrega  Francin,  que  Artigas  fué  uiaiulado  luego  á  Cu- 
ruguatí  con  los  dos  sirvientes  que  trajo;  que  le  hizo  dar  un 
asistente;  que  las  partidas  de  indios  que  con  sus  familias 
pasaron  á  territoi'io  paraguayo,  fueron  distribuidas  en  los 
pueblos  de  Misiones  y  cercanías  de  Asunción  «para  que  en 
esta  conformidad  olviden  la  vida  de  bandidos  que  han  te- 
nido anteriormente^>,  que  los  portugueses  «han  tenido  tam- 
bién sus  inteligencias  y  comunicaciones  con  el  bandido  Ra- 
mírez»; y  concluye: 

«Al  Craveiro  que  le  dijo  que  Artigas  estaba  aquí  bien 
guardadito,  le  hubiese  usted  dicho  que  Bonaparte,  que  fué 
emperador  de  los  franceses,  estaba  igualmente  bien  guarda- 
dito  en  poder  de  los  ingleses,  adonde  se  refugió  en  su  úl- 
tima desgracia,  y  aunque  estaba  en  guerra  con  ellos  y  los 
ingleses  fueron  sus  mayores  enemigos,  lo  recibieron  y  lo 
mantienen  hasta  ahora  asistido  generosamente  en  la  Isla 
de  Santa  Elena». 

El  otro  documento,  es  un  sumario  instruido  al  coronel 
Manuel  Cabanas  por  consi)iración  contra  el  dictador  Fran- 
cia. Figuran  las  declaraciones  prestadas  por  Juan  Crisósto- 
mo  Villalba  y  Francisco  Antonio  Aldao  el  21  de  abril  de 
1821  ante  el  comandante  del  cuartel  de  la  Asunción  don 
Ramón  Bargas.  Expresa  Villalba  que  él  acompañó  en  ca- 
lidad de  paje  á  Francisco  Antonio  i\.ldao  hasta  la  ciudad 
de  Santa  Fe;  que  estando  en  el  puerto  de  la  Bajada  del  Pa- 
raná, Aldao  fué  hasta  el  punto  en  que  se  encontraba  José 
Artigas  en  busca  de  licencia  para  su  transporte;  que  al  regre- 
sar trajo  unos  pliegos  que  fueron  acomodados  en  la  maleta; 
que  luego  emprendieron  viaje  á  la  cordillera  en  dirección  á 
la  casa  del  mismo  Aldao;  que  en  el  camino  Aldao  refi- 
rió al  declarante  que  el  pliego  era  dirigido  por  José  Artigas 
á  Manuel  Cabanas,  residente  en  la  cordillera,  y  le  agregó 
que  ellos  llevarían  la  respuesta  y  que  entonces  Artigas  pa- 
saría al  Paraguay  con  el  objeto  de  ocupar  el  territorio  y 
llevarse  la  cabeza  del  dictador  Francia;  que  por  el  servicio 
prestado,  Aldao  y  el  declarante  conducirían  al  Paraguay 
el   ganado    que   quisieran,   recomendándosele  respecto  de 


74  JOSÉ    ARTIGAS 

todo  esto,  el  mayor  secreto;  que  llegados  á  la  casa  de  Aldao, 
éste  salió  solo  en  dirección  á  lo  de  Cabanas,  según  se  lo 
manifestó  á  su  mujer,  para  comprar  alguna  ropa  que  nece- 
sitaba; que  á  los  dos  días  regresó  Aldao  y  ya  no  volvió  á 
hablarse  más    del   pliego. 

En  su  declaración,  expresa  Aldao:  que  es  cierto  todo  lo 
que  afirma  Villalba;  que  el  declarante  entregó  el  pliego  á 
Cabanas,  después  de  oir  misa  en  un  rancho,  sin  hablar  más 
porque  llegaron  otras  personas;  que  al  día  siguiente  se  en- 
contraron en  un  baile  dado  en  casa  del  cura  de  la  misma 
capilla,  j  que  entonces  Cabanas  le  dijo:  «Me  ha  pedido  Ar- 
tigas una  cosa  imposible^  pues  rae  pide  á  que  prevenga 
gente  en  la  cordillera,  cuando  ustedes  de  la  cordillera  no  tie- 
nen otra  propiedad  que  esconderse,  solamente  bajando  ha- 
cia Tebicuarí  se  puede  encontrar  gente.  También  me  en- 
carga que  yo  escriba  á  Fulgencio  Yegros  para  que  pon- 
ga éste  en  la  costa  del  Paraná  á  Artigas  la  gente  y  que  nos- 
otros habremos  de  ser  los  gobernadores:  ahora  pocas 
gracias,  añadió  Manuel  Cabanas»,  y  concluyendo  con  esto, 
volvió  al  baile.  Agrega  el  declarante  que  en  marzo  de  1815 
encontrándose  en  Santa  Fe  en  casa  del  comandante  de  esa 
plaza  don  Francisco  Candióte,  llegó  allí  José  Artigas  y  le 
dijo  que  debía  llevarle  un  pliego  para  Fulgencio  Yegros  á 
quien  no  conocía  el  declarante,  por  cuya  razón  resolvió  diri- 
girlo á  Cabanas;  que  á  la  mañana  siguiente  Candióte  le  en- 
tregó un  pliego  cerrado,  diciéndole  que  contenía  un  oficio  de 
Artigas  á  Cabanas  para  que  éste  escribiera  á  Fulgencio  Ye- 
gros, en  demanda  de  gente  con  destino  á  tomar  el  Paraguay. 

Dos  autos  del  dictador  Francia  cierran  el  sumario,  res- 
pectivamente del  8  y  del  12  de  agosto  de  1833. 

Hace  constar  el  primero  que  Manuel  Cabanas,  muerto 
sin  herederos,  ha  traicionado  á  la  patria  y  al  gobierno 
«manteniendo  correspondencia  con  el  malvado  caudillo  de 
bandidos  y  perturbador  de  la  pública  tranquilidad  José 
Artigas,  por  cuya  prevención  se  encargó  de  reunir  y  apron- 
tarle gente  de  auxilio  cuando  viniese  según  sus  ridículos 
ofrecimientos  á    tomar  la  República,   llevar  la    cabeza  del 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  75 

dictador  y  ponerlo  á  él  y  otros  eii  el  gobierno*  ...  «com- 
probándose con  tan  infames  procedimientos  que  era  un  ver- 
dadero enemigo  de  la  patria  y  que  resuelto  á  auxiliar  al 
caporal  de  ladrones  y  salteadores  Artigas,  estaba  dispuesto 
á  quedarle  vilmente  subordinado  y  tenerle  sometida  la  Re- 
pública» . . .  que  cuando  Artigas  «se  vino,  arruinado  y  perse- 
guido de  muerte  aún  de  los  suyos  por  consecuencia  y  efec- 
to natural  de  sus  desórdenes,  locuras  y  desatinados  proce- 
dimientos, á  implorar  la  clemencia  y  amparo  del  mismo  dic- 
tador cuya  cabeza  había  ofrecido  llevar,  el  que  reventando 
de  generosidad  sin  embargo  de  que  el  elevado  y  bárbaro 
malévolo  no  era  acreedor  á  la  compasión,  no  solamente  lo 
admitió  sino  que  ha  gastado  liberalmente  centenares  de 
pesos  en  socorrerlo,  mantenerlo  y  vestirlo,  habiendo  veni- 
do desnudo,  sin  más  vestuario  ni  equipaje  que  una  cha- 
queta colorada  y  una  alforja;»  ...  «En  virtud  de  todo  esto 
se  declaran  confiscados  y  aplicados  á  gastos  públicos  y  ser- 
vicios del  Estado  todos  los  bienes  que  aparecieren  corres- 
ponder al  citado  Manuel  Cabanas  . . .  rompiéndose  igualmen- 
te el  título  de  coronel  de  que  se  ha  mostrado  indigno». 

El  otro  auto  de  Francia  previene:  que  se  ponga  testimo- 
nio del  decreto  anterior  y  de  las  declaraciones  de  Villalba 
y  de  Aldao,  á  fin  de  tomarse  las  providencias  que  corres- 
pondan para  ¿u  cumplimiento. 

¿Qué  fe  puede  merecer  el  testimonio  del  dictador  Fran- 
cia, viciado  por  circunstancias  morales  y  políticas  que  crea- 
ban un  medio  ambiente  de  profundas  subversiones,  en  que 
el  carácter,  las  doctrinas  y  las  altiveces  de  Artigas  debían 
inspirar  las  más  grandes  aprensiones  y  sobresaltos? 

Cuentan  los  naturalistas  Eengger  y  Longchamp,  ('^^  Ensa- 
yo histórico  sobre  la  revolución  del  Paraguay-)  que  una 
vez  que  el  doctor  Rengger  iba  á  practicar  la  autopsia  de  un 
paraguavo,  le  pidió  Francia  que  aprovechara  esa  oportu- 
nidad para  observar  bien  si  sus  compatriotas  tenían  en  el 
pescuezo  algún  hueso  de  más,  que  les  impidiese  levantar 
la  cabeza  y  hablar  en  alta  voz. 

Pero,  ¿cómo  no   habían  de  bajarla  si  á  diario  ocurrían 


7G  JOSÉ  ARTIGAS 

incidentes  como  este  otro  que  tambiéti  refieren  los  mismos 
natnralistas?: 

Una  ninjer  del  pneblo,  que  no  sabía  de  qué  medios 
valerse  para  hablar  con  Francia,  se  acercó  á  las  ven- 
tanas del  dictador.  Fué  aprisionada,  y  la  misma  suerte 
corrió  el  marido;  y  para  evitar  la  repetición  del  hecho  dié- 
ronse  órdenes  terminantes  al  centinela:  si  alguno  de  los  pa- 
seantes miraba  con  atención  la  fachada  de  la  casa,  debía 
hacérsele  fuego,  con  la  prevención  de  que  si  al  segundo  tiro 
eri'aba,  el  propio  tirador  sufriría  la  última  pena.  Desde 
ese  momento,  nadie  volvió  á  transitar  por  allí  sin  bajar  la 
vista  al  suelo.  Fué  revocada  posteriormente  la  orden,  á 
consecuencia  de  haberse  hecho  efectiva  sobre  un  paseante 
que  alzó  los  ojos  al  enfrentarse  á  la  morada  presidencial. 

En  su  opúsculo  «Cosas  de  antaño»,  transcribe  don  An- 
tonio Pereira  el  relato  de  una  entrevista  de  Robertson  con 
el  dictador  del  Paraguay.  En  medio  de  la  conversación^ 
un  soldado  anunció  que  el  ministro  de  Hacienda  hacía 
dos  horas  que  aguardaba  en  antesalas  para  la  celebración 
de  una  audiencia.  «Que  aguarde  no  más»,  fué  la  respues- 
ta de  Francia.  Cuando  se  retiraba  Robertson,  se  acei'có  el 
ministro  de  Hacienda,  sombrero  en  mano,  para  preguntar- 
le si  quería  ocuparse  de  sus  asuntos.  «¡Llévenlo  al  cuerpa 
de  guardia!  ¿  no  le  he  dicho  que  aguarde?»,  replicó  Francia. 
Y  el  pobre  ministro  fué  llevado  en  arresto  y  allí  quedó 
toda  la  noche! 

Bastan  estos  antecedentes  para  comprender  el  profundo 
antagonismo  que  debía  existir  entre  Artigas  y  Francia  y 
las  enormes  aprensiones  con  que  el  dictador  debía  mirar  á 
su  huésped. 

Pero  hay  algo  que  demuestra  además  que  el  insultante 
decreto  de  18B3  constituía  un  simple  pretexto  para  confis- 
car la  fortuna  del  coronel  Cabanas.  Si  en  1822  se  hubieran 
prestado  declaraciones  efectivas  contra  Artigas,  ni  el  fallo 
se  hubiera  hecho  aguardar  once  años,  ni  Artigas  hubiera 
podido  conservar  su  vida,  ó  por  lo  menos  su  tratamiento. 
Cuando  se  recorre  por  primera  vez  el  furibundo  decreto  con- 
tra el  jefe  de  los  orientales,  parece  que  lógicamente  se  mar- 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  77 

clia  á  una  pena  digna  del  delito  imputado  y  de  la  subver- 
sión dictatorial  en  que  estaba  el  Paraguay  en  esos  momen- 
tos. Y  sin  embargo,  toda  la  saña  recae  sobre  los  bienes  del 
coronel  Cabanas,  prueba  evidente  de  que  el  sumario  era 
una  farsa  exigida  por  la  confiscación. 

Un  «liploinátieo  furibundo. 

El  señor  Carlos  A.  Wasliburn,  ministro  residente  de  los 
Estados  Unidos  en  la  Asunción  desde  ISGl  hasta  1SG8, 
reproduce  («Historia  del  Paraguay»)  todos  los  epítetos  in- 
sultantes de  los  libelos  de  Cavia  y  de  Miller  y  enriquece 
el  vocabulario  antiartiguista  con  nuevos  y  deprimentes 
vocablos: 

«En  1817,  antes  que  Francia  fuese  elegido  dictador 
perpetuo,  se  encontró  amenazado  por  sus  vecinos  del  Sud: 
desde  1814  había  estado  alarmado  por  los  salteadores  ar- 
mados que  saqueaban  y  puede  decirse  dominaban  las  pro- 
vincias de  Corrientes  y  de  Entre  Ríos.  El  jefe  de  estas  ban- 
das de  asesinos,  cuyo  nombre  durante  unos  seis  años  fué 
el  terror  de  toda  persona  decente,  era  José  de  Artigas,  tipo 
famoso  de  su  época  y  cuya  influencia  en  favor  del  mal  era 
mayoi  que  la  de  cualquier  otro  hombre  en  Sud  América». 

«Nació  en  ó  cerca  de  Montevideo  por  el  año  de  17  OS... 
Fué  criado  ó  se  le  dejó  criar  como  un  gaucho,  sin  recibir 
otra  educación  que  la  de  saber  montará  caballo,  domar  po- 
tros, tirar  el  lazo  y  marcar  y  carnear  la  hacienda.. .  Tenía 
todas  las  crueldades  de  un  jefe  de  bandidos,  y  el  estado  so- 
cial de  la  Banda  Oriental  en  a(]uella  época  era  tal  que  los 
bandidos  abundaban,  gente  vagabunda  é  inquieta  cuyo  ca- 
rácter entonces  como  ahora  está  expresado  en  esta  sola  pa- 
labra (/ancho:  hombre  sin  ningún  interés  en  el  país  y  sin 
deseos  de  tenerlo...  Hasta  se  dice  que  en  su  juventud  él 
no  había  aprenditlo  á  leer  ni  escribir  y  que  sólo  después 
que  se  convirtió  en  jefe  importante,  se  contrajo  á  este  des- 
agradable trabajo  ...  Era  tan  ignorante  como  el  caballo  que 
montaba,  de  lo  que  era  el  mundo  más  allá  de  las  llanuras 


78  JOvSÉ    ARTIGAS 

que  intentaba  gobernar. . .  Tenía  gran  fuerza  física  y  mu- 
cho aguante,  así  que  muy  luego  fué  jefe  de  todos  los  crimi- 
nales de  las  vecinas  comarcas  y  de  todos  aquellos  gauchos 
que  encontraban  muy  monótona  ó  poco  productiva  la  vi- 
da de  la  estancia. ..  Muy  luego  llegó  á  tener  número  sufi- 
ciente de  ellos  para  despreciar  la  ley  y  desafiar  á  sus  agen- 
tes. El  y  sus  compañeros  viajaban  por  donde  querían,  to- 
mando cuanto  se  les  antojaba:  al  que  voluntariamente  ó  sin 
quejarse  les  entregaba  lo  que  necesitaban,  no  lo  molesta- 
ban más,  pero  al  que  protestaba  ó  apelaba  á  la  autoridad,. 
le  arriaban  sus  haciendas  á  otros  puntos  distantes  y  él  y  su 
familia  desaparecían». 

'^Este  bandido  comenzó  su  cai'rera  hacia  1808,  unos  sie- 
te años  antes  que  Montevideo  se  independizara,  pero  asf 
como  la  cloaca  de  la  calle  recoge  todo  lo  que  es  inmundo 
é  inútil  aumentando  su  corriente  á  medida  que  avan/a  en- 
tre la  populosa  ciudad,  así  Artigas  á  medida  que  progresa- 
ba en  su  carrera  criminal,  juntaba  á  su  alrededor  todo  lo 
vil  de  la  sociedad:  expatriados,  asesinos,  ladrones  y  todos 
aquellos  gauchos  para  quienes  era  peligroso  estar  cerca  de 
las  poblaciones,  todos  se  juntaban  á  su  bandera,  pues  que 
él  podía  protegerlos  y  salvarlos  de  los  castigos  que  debían 
por  sus  crímenes.  Sus  fuerzas  todas  vivían  del  robo  ejecu- 
tado ya  en  forma  de  las  contribuciones  que  le  pagaban  los 
que  le  temían,  para  protegerse  de  sus  depredaciones,  ó  ya 
por  medio  del  saqueo  directo  sobre  aquellos  que  no  podían 
ó  no  querían  entrar  en  tratos  con  él.  Al  principio  sus  ope- 
raciones fueron  en  menor  escala  y  no  aspiraba  ni  preten- 
día ser  más  que  un  ladrón  de  hacienda  vacuna  y  caballar. . . 
El  gobernador  de  Montevideo  mandó  las  fuerzas  que  pudo 
juntar  contra  este  caco  moderno,  pero  las  tropas  eran  in- 
variablemente derrotadas . . .  No  pudiendo  someter  á  Arti- 
gas cuyas  fuerzas  aumentaban  constantemente  y  en  pro- 
porción á  ellas  se  extendía  el  radio  de  sus  devastaciones, 
trató  de  entenderse  con  el  jefe  gaucho:  le  propuso  darle 
una  comisión  del  Key  para  el  sostenimiento  de  la  ley,  ha- 
ciéndolo capitán  de  caballería  ó  como  entonces  la  llamaban 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  79 

de  un  cuerpo  de  blandengues.  Artigas  aceptó  la  propuesta 
y  entró  en  Montevideo  con  su  banda  de  asesinos.  Bandi- 
dos y  asesinos  corao  eran,  estaban  sin  embargo  implícita- 
mente sujetos  á  él;  entre  su  gente  nadie  ponía  en  duda  su 
autoridad:  su  palabra  era  la  ley.  Ahora  sus  hombres  fueron 
pagados  con  regularidad  y  ampliamente  llenadas  sus  nece- 
sidades: su  jefe  les  mandó  que  dejaran  de  asesinar  y  robar 
y  que  sirvieran  como  de  poücía  general  para  sostener  la 
ley  y  el  orden  en  el  país.» 

«Por  esta  época  estalló  la  revolución  en  Buenos  Aires 
y  en  seguida  la  guerra  con  España.  Artigas,  cansado  ya 
de  la  inercia  y  habiéndosele  ya  pasado  el  atractivo  de  la 
novedad  de  la  vida  civilizada,  quiso  tomar  parte  en  la  gue- 
rra...» Al  principio  sirvió  con  el  Rey,  luego  desertó  y 
pasó  á  servir  con  Alvear;  pero  «era  un  gaucho  ignorante  y 
su  presencia  en  el  ejército  era  una  ofensa  á  los  jefes  revo- 
lucionarios de  Buenos  Aires  que  eran  hombres  educa- 
dos» y  desertó  de  las  fuerzas  que  sitiaban  á  Montevideo .. . 
«Artigas  como  Francia,  tenía  un  odio  mortal  á  los  españo- 
les, y  siempre  que  alguno  de  ellos  cayera  en  su  poder,  su 
delirio  era  atormentarlo  con  los  medios  de  la  más  inaudita 
crueldad.  Una  de  sus  ideas  más  felices  era  hacerlos  coser 
dentro  de  un  cuero  de  buey  recién  carneado  y  en  seguida  ex- 
ponerlos al  sol  abrasador  hasta  que  la  muerte  los  libraba 
de  su  tormento.» 

Después  de  todas  estas  diatribas  bebidas  en  Cavia  y  en 
abunos  de  sus  repetidores  como  Miller,  se  ocupa  el  minis- 
tro Washburn  del  asilo  pedido  por  Artigas  á  Francia. 

«En  vez  de  hacerlo  fusilar  inmediatamente,  lo  mandó  á 
Curugiiatí . . .  dándole  una  pensión  de  treinta  pesos  al 
mes...  Qué  pasaporte  tenía  Artigas  que  pudo  valerle  los 
favores  de  Francia,  no  se  sabe,  y  es  probable  que  las  cre- 
denciales que  le  aseguraron  la  clemencia  del  dictador,  se- 
ría su  fama  de  haber  degollado  más  gente  que  cualquiera 
de  sus  contemporáneos.» 

Llenada  esta  primera  parte  de  la  tarea,  descarga  el  mi- 
nistro  Washburn  el  resto  de  su    lenguaje  feroz    contra  la 


80  JOSÉ    ARTIGAS 

patria  de  Artigas,  a  la  que  fustiga  en  estos   textuales  tér- 
minos: 

<' Cuando  faltan  héroes  de  verdadera  talla,  la  gente  ensal- 
za caracteres  dudosos  ó  positivamente  viciosos.  El  ppqueño 
Estado  de  la  Banda  Oriental  ó  República  del  Uruguay,  to- 
davía no  ha  tenido  más  que  un  hombre  cuya  reputación  se 
haya  extendido  más  allá  de  Sud  Améiica,  y  este  hombre  es 
el  gran  ladrón  Artigas.  Cualquier  otro  nombre  de  algún 
otro  oriental  que  yo  podría  mencionar,  estoy  seguro  que  se- 
ría desconocido  de  cualquier  europeo  ó  americano,  y  no 
arriesgo  nada  afirmando  que  ningún  lector  de  este  libro  ha- 
brá oído  hablar  de  otro  montevideano  que  no  sea  de  Arti- 
gas. No  obstante  esta  falta  de  hombres  superiores,  y  pro- 
bablemente por  esta  misma  causa,  ha  sido  uno  de  los  países 
más  turbulentos  y  barulleros  de  Sud  América.  En  verdad, 
lio  tiene  derecho  á  una  existencia  nacional  independiente.... 
Es  la  región  favorita  del  inmigrante  europeo  y  con  un  go- 
bierno honrado  y  estable,  sería  en  pocos  años  uno  de  los 
países  más  prósperos  y  poderosos  del  mundo...  Es  una  lás- 
tima que  después  de  la  expulsión  de  los  españoles  esta  lin- 
da provincia  no  se  haya  agregado  permanentemente  á  la 
Confederación  Argentina  ó  si  se  quiere  al  Brasil...  Cuando 
Artigas  con  su  ejército  de  ladrones  apareció  como  una  man- 
cha, primero  traicionando  á  su  propio  país  y  pasándose  á 
Buenos  Aires  y  luego  desertando  de  sus  nuevos  amigos  y 
estableciéndose  como  salteador,  diezuiando  las  provincias 
interiores,  la  unión  que  probablemente  se  habría  efectuado 
así  que  fueran  arrojadas  las  autoridades  españolas  de  Mon- 
tevideo, se  postergó  hasta  mejor  oportunidad  y  no  se  efectuó 
nunca.  Por  haber  sido  instrumento  de  esa  mala  obra,  cuyos 
resultados  ni  preveía  ni  deseaba,  fué  considerado  después 
de  su  muerte  por  los  montevideanos  como  el  defensor  de  su 
independencia...  Se  nombró  una  comisión  de  ciudadanos 
de  mayor  influencia  y  espectabilidad  para  que  fuesen  al 
Paraguay,  desenterrasen  los  restos  del  gran  :;sesino  y  los 
llevasen  á  Montevideo...  Una  tumba  magnífica  se  erigió 
sobre  sus  restos,  y  el  que  visita  el  cementerio  de  Montevi- 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  81 

deo,  ciiüiido  mire  el  iiiuiuiinento  de  mármol,  bien  puede 
preguntarse  qué  espera  á  una  nación  ó  á  una  raza  que  de 
tal  manera  deifica  á  un  monstruo  de  la  degradación  liuma- 
na...  Nominalmente  la  Banda  Oriental  ha  conservado  su 
independencia...  los  orientales  están  tan  conformes  con  ella 
como  si  les  hubiera  traído  bendiciones  en  lugar  de  calami- 
dades, que  todavía  honran  á  Artigas  como  á  un  liéroe  na- 
cional... Yo  mismo  he  conocido  uno  de  ellos,  excelente 
sujeto,  caballero  cortés  y  bien  educado,  joven  respetado  por 
su  gobierno  y  que  ocupaba  el  puesto  de  secretario  de  la 
Legífción  del  Paraguay,  carácter  afable  y  de  porte  distin- 
guido, y  lo  he  visto  ir  en  peregrinación  hasta  la  antigua  re- 
sidencia de  aquella  peste  de  la  humanidad,  y  traer  como 
una  reliquia  sagrada  un  ladrillo  ó  una  teja  de  la  casa  en 
que  había  habitado.  Cuan¿lo  á  tales  hombres  se  honra, 
¡quién  no  desearía  el  refugio  de  la  obscuridad !^> 

¿Qué  testimonios  invoca  el  ministro  Washburn  para  in- 
sultar tan  torpemente  al  jefe  de  los  orientales  y  á  la  Repú- 
blica del  Uruguay? 

Absolutamente  ninguno,  fuera  de  los  que  resultan  de  la 
lectura  de  su  obra:  una  crasa  ignorancia  de  la  historia  de 
la  independencia;  un  desconocimiento  más  craso  del  des- 
arrollo déla  civilización  sudamericana;  un  desprecio  incon- 
cebible por  el  Río  de  la  Plata;  y  un  apetito  inmoderado  de 
fantasías,  que  tiene) i  el  mérito  de  provocar  la  avidez  de  los 
lectores,  sin  el  trabajo  previo  de  estudios  prolijos  y  serios 
cual  corresponderían  al  representante  diplomático  de  un 
gran  país. 

Sólo  por  nuestra  incurable  decidía,  ha  podido  y  puede 
esa  montaña  de  epítetos  y  apreciaciones  insudantes  depri- 
mir á  la  República  Oriental  en  el  exterior,  á  la  sombra  de 
la  prestigiosa  diplomacia  norteamericana,  sin  una  sola  ré- 
plica ó  gestión  tendiente  á  contener  la  enormidad  del  mal. 

Es  interesante  agregar  que  cuando  el  ministro  Wash- 
burn, falto  de  sus  ponzoñosas  guías  históricas,  busca  testi- 
monios más  serios,  se  encuentra  obligado  á  dejar  escapar 
frases  de  elogio  de  las  altas  condiciones  morales  del  jefe 
de  los  orientales: 

JOSÉ   ARTIGAS— 6.  T.  I. 


82  JOSÉ    ARTIGAS 

«En  sus  últimos  anos,  después  de  lu  muerte  del  dicta- 
dor, el  Protector  dejó  sus  cultivados  campos,  testigos  desús 
obras  de  caridad  nunca  oídas  en  el  Paraguay,  y  se  fué 
á  Ibiraí,  donde  pasó  sus  últimos  días».  Y  como  arrepentido 
de  ese  elogio  agrega:  «En  su  juventud  su  vida  había  sido 
la  de  una  bestia  feroz  que  robaba  y  asesinaba  por  placer:  en 
sus  últimos  años,  era  la  misma  bestia  sin  garras  y  sin 
dientes». 

Un  cóiií!<ul  (le  la  lui^iua  escuela. 

El  señor  César  Famin,  cónsul  de  Fi'ancia  en  Lisboa, 
publicó  en  187G  un  estudio  titulado  «Chili,  Paraguai,  Uru- 
guai,  Buenos  Aires»,  que  forma  parte  de  la  obra  «L'Uni- 
vers  Pittoresque-v  que  comprende  otros  estudios  sobre  la 
Patagonia  por  Federico  Lacroix. 

Véase  en  qué  términos  se  ocupa  de  Artigas: 
«Nacido  en  Montevideo  de  una  familia  distinguida,  ma- 
nifestó desde  su  juventud  los  peores  instintos.  La  vida  nó- 
made de  los  criadores  de  ganado,  su  existencia  salvaje,  todo 
lo  de  ellos,  hasta  su  propia  ferocidad,  habían  seducido  á 
este  espíritu  fogoso.  Quiso  durante  muchos  años  participar 
de  su  género  de  vida;  después  se  unió  á  una  banda  de 
contrabandistas  y  asesinos,  de  la  cual  llegó  á  ser  el 
miembro  más  activo,  más  emprendedor  y  más  cruel... 
Asoló  sin  piedad  la  Banda  Oi'iental.  el  Entre  Ríos 
y  el  Paraguay,  destruyendo  las  sementeras,  arreba- 
tando las  mujeres  y  los  animales,  degollando  á  los 
hombres,  saqueando  los  templos  y  sumiendo  en  el  duelo  á 
más  de  veinte  mil  familias.  Las  cosas  llegaron  á  tal  extre- 
mo, que  el  Gobiei'uo  creyó  del  caso  crear  en  Buenos  x\ires 
un  cuerpo  provincial,  cuya  única  misión  era  oponerse  á  la 
banda  de  Artigas;  pero  este  medio  resultó  insuficiente  y 
fué  necesario  tratar  con  ese  bandido  de  potencia  á  potencia. 
Su  propio  padre  intervino  como  mediador.  Se  convino  en 
que  José  Aitigas  j  sus  compañeros  serían  amnistiados, 
que  ellos  recibirían  una  iiidi*mnización  anual   ó  que  serían 


CARGOS   Y  ACUSACIONES  83 

incoi'porados  en  el  ejército  y  que  su  jefe  tendría  el  grado 
de  teniente.  Esta  convención  fué  ejecutada  fielmente  por 
ambas  partes  t. . . .  Estallada  la  insurrección,  Artigas  desertó 
de  sus  banderas  y  ganó  la  batalla  de  las  Piedras ...  «Era 
sobre  todo  á  la  cabeza  de  sus  guerrillas  que  á  él  le  gusta- 
ba combatir»,  y  «este  género  de  guerra  conforme  á  sus  pri- 
meras ideas,  despertó  sus  hábitos  de  bandidaje  y  despotis- 
mo... El  general  Rondeau,  que  mandaba  el  ejército  sitiador 
de  Montevideo,  convocó  un  congreso  con  el  objeto  de  proce- 
<ler  al  nombramiento  de  un  gobierno  provincial,  y  Artigas 
exigió  á  los  electores  que  fueran  á  su  propio  campamento  á 
recibir  órdenes.  Estos  rehusaron  obedecer,  surgiendo  enton- 
ces una  violenta  colisión,  á  consecuencia  de  la  cual  Arti- 
gas abandonó  el  ejército,  con  todos  los  antiguos  cómplices 
de  sus  crímenes,  los  contrabandistas,  los  ladrones,  los  vaga- 
bundos y  todos  aquellos,  en  una  palabra,  que  tenían  un  in- 
terés cualquiera  en  sustraerse  á  la  acción  de  las  leyes.  En- 
tre los  asesinos  de  que  estaba  rodeado,  se  destacaba  por  su 
ferocidad  un  monje  llamado  M o n terroso». 

Habla  el  autor,  de  los  trabajos  monárquicos  en  favor  del 
príncipe  De  Luca  y  dice: 

«Existía,  en  efecto,  un  partido  en  favor  de  la  monarquía 
constitucional.  Pueyrredón  era  su  jefe.  Artigas  y  su  banda 
sostenían  á  los  republicanos.  Hubo  entre  los  partilarios  de 
ambas  opiniones  un  encuentro  serio  en  Cepeda,  que  termi- 
nó con  la  derrota  de  los  monarquistas  y  la  entrada  de  Ar- 
tigas en  Buenos  Aires.  Pero  este  jefe  de  bandidos  no  gozó 
mucho  tiempo  de  su  triunfo;  Ramírez,  el  más  l)ravo  de 
sus  generales,  su  discípulo  y  su  amigo,  se  insurreccionó  á  su 
turno,  lo  batió  en  diversas  acciones  y  obligó  á  asilarse  en 
el  Paraguay ->. 

La  relación  del  cónsul  de  Francia  en  Lisboa,  redactada 
naturalmente  á  base  de  los  insultos  de  Cavia  y  sus  repeti- 
dores, es  una  nueva  prueba  de  la  increíble  facilidad  con 
que  los  escritores  europeos  se  ocupan  de  cosas  que  no  co- 
nocen ni  por  el  forro,  para  llenar  páginas  con  narraciones 
llamativas  y  sobre  todo    remuneradoras.   Y  es  una  nueva 


84  JOSÉ    ARTIGAS 

prueba  también  de  la  necesidad  de  que  el  Gobierno  Orien- 
tal suministre  fuentes  exactas  de  información,  mediante  li- 
bros y  folletos  que  prestigien  al  país  y  que  contrarresten  la 
acción  deprimente  de  las  únicas  obras  históricas  que  circu- 
lan fuera  de  nuestras  fronteras,  y  que  por  diversas  causas 
que  iremos  analizando,  tienen  que  ser  y  son  de  una  injusti- 
cia abrumadora  para  los  liombres  y  las  cosas  de  esta  tierra. 

Juicio  «le  un  viajero. 

Jurien  de  la  Graviere,  que  visitó  el  Río  de  la  Plata  en 
1820,  dice  al  comparar  la  situación  de  las   dos  Bandas: 

«Mientras  que  la  guerra  civil  desolaba  la  margen  dere- 
cha del  río,  en  Montevideo  se  gozaba  de  una  tranc[uilidad 
relativa.  Sólo  el  general  Artigas  hacía  frente  á  la  guerra 
con  un  ejercito  de  bandidos  y  asesinos  á  quienes  alistaba 
por  medio  de  la  violencia.  Era  para  alejar  á  este  bandido 
tan  temible,  que  durante  el  directorio  de  Pueyrredóu, 
había  consentido  el  Gobierno  de  Buenos  Aires  la  ocupación 
de  la  provincia  de  Montevideo  por  los  portugueses-). 
(«Souvenirs  d'un  amiral».  Revue  dedeux  Mondes^  18G0). 

Continúa  la  repetición  «le  Cavia. 

En  su  <' Galería  contemporánea >\  el  señor  Antonio  Díaz 
(hijo)    se   ocupa  en  los  siguientes  términos  de   Artigas: 

'<No  habiendo  sufrido  ni  él  ni  sus  padres,  nacidos  en 
tranquilo  vasallaje,  la  persecución  ni  las  humillaciones  con 
que  la  tiranía  oprime  á  las  almas  elevadas,  se  consideró 
obligado  á  mirar  con  odio  el  absolutismo  monárquico  y  á 
encavarse  resueltamente  con  él,  convirtiéndose  después  él 
mismo  en  déspota  á  nombre  de  la  libertad  y  el  derecho, 
cuya  simpática  bandera  llegó  á  levantar...  Errante  de  la 
casa  paterna,  coligado  á  bandas  de  malhechores  y  contra- 
bandistas, cada  hora  de  su  juventud  fué  un  combate  libra- 
do contra  la  sociedad:  cada  combate  una  lección  en  la  gran 
escuela  en  la  que  iba  á   descollar  más  tarde,  renniendo  en 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  85 

los  antros  de  su  alma  todos  los  instintos,  todas  las  pasio- 
nes que  debían  retemplarla  para  combatir  á  sus  señores. 
Y  así  se  vio,  que  mientras  los  más  poderosos  colonos  ame- 
ricanos, acataban  humildes  la  servidumbre  de  la  metnSpo- 
li,  no  pensando  en  el  egoísmo  de  su  presente  más  que  en 
la  regularidad  material  de  la  vida.  Artigas,  pobre  y  desco- 
nocido, luchaba  hostilizando,  según  él  creía  que  debía  ha- 
cerlo, á  sus  opresores,  fortificando  su  espíritu  y  preparán- 
dolo para  el  gran  combate  que  debía  librar  en  las  comar- 
cas uruguayas.  Colocado  más  tarde  este  hombre  por  la 
fortuua  ó  por  su  audacia  á  la  cabeza  de  un  pueblo  que 
despertó  á  la  libertad,  se  encontró  sin  las  condiciones  para 
encaminarlo  en  la  senda  de  la  paz  y  del  progreso;  porque 
aunque  le  rodearon  hombres  bien  intencionados  é  inteli- 
gentes, no  supo  elegir  entre  éstos,  ó  más  bien  dicho  no  qui- 
so gobernar  con  su  consejo,  siguiendo  los  impulsos  de  su 
voluntad  y  obedeciendo  al  imperio  desús  primitivas  ira- 
presiones. 

«Nació  Artigas  por  el  año  1758...  Muy  joven,  empezó 
á  rebelarse  contra  la  obediencia  de  sus  padres,  y  abando- 
nando finalmente  el  hogar  se  entregó  á  la  vida  de  la  cam- 
paña, á  cuyos  trabajos  tenía  notable  inclinación  aunque 
eran  completamente  contrarios  á  su  origen.  Las  rudas  fati- 
gas de  esa  vida  fortalecieron  su  temperamento,  á  la  vez 
que  adquirió  las  costumbres  bárbaras  de  los  gauchos,  (es 
decir,  de  los  hombres  nómades,  sin  ocupación  y  sin  hogar) 
que  tenían  por  punto  de  reunión  los  bosques.  Resultó  en- 
tonces lo  que  tenía  que  suceder:  la  subordinación  era  con- 
traria á  los  hábitos  de  Artigas,  y  un  día  incurrió  en  el  dis- 
gusto del  general  Muesas  por  una  falta  en  el  servicio,  y 
tratado  agriamente  por  éste,  desertó  de  las  filas  españolas, 
presentándose  en  Buenos  Aires  ya  en  la  clase  de  ayudan- 
te mayor  con  grado  de  capitán.  El  Gobierno  Argentino  que 
se  encontraba  en  el  caso  de  utilizar  todos  los  elementos 
conducentes  á  sus  fines,  recibió  al  oficial  que  llamaba  á 
las  puertas  de  la  patria  y  le  confirió  el  empleo  de  teniente 
■coronel  de  blandengues  con  destino  á  formar  una   expedí- 


8G  JOSÉ    ARTIGAS 

ción  que  debía  marchar  sobre  Montevideo;  pero  en  ese  in- 
terregno dieron  el  grito  de  libertad  Viera  y  Benavides  en 
las  inmediaciones  de  Mercedes.-- 

Está  hecha  la  relación,  como  se  ve,  á  base  del  libelo  de 
Cavia.  En  algunos  puntos  sin  end^argo,  adopta  deci- 
didamente el  autor  de  la  «Galería  contemporánea»  hi  de- 
fensa del  jefe  de  los  orientales. 

Así,  por  ejemplo,  reconoce  en  Artigas  «su  sentido  recta 
en  materia  de  hacienda,  su  tendencia  á  las  reformas  y  cier- 
to respeto  á  la  inviolabilidad  del  derecho  natural,  que  él 
muy  pocas  veces  agredió  abiertamente». 

Artjg'as  y  el  Oobieriio  Argentino,  según  Mitre. 

Habla  el  general  Mitre  de  la  situación  política  en  mar- 
zo de  1812  («Historia  de  Belgrano»): 

«Resuelto  el  Gobierno  patriota  á  hacer  un  esfuerzo  su- 
premo para  apoderarse  de  Montevideo,  había  puesto  sobre 
la  costa  occidental  del  Uruguay  un  ejército  de  cerca  de 
seis  mil  hombres,  de  los  cuales  apenas  tres  mil  podían  re- 
putarse soldados.  El  resto  pertenecía  á  las  bandas  indisci- 
plinadas y  mal  armadas  que  acaudillaba  don  José  Artigas, 
celebre  ya yor  algunos  hechoa  de  armas  y  por  su  presti- 
yio  entre  las  masas  poptdares». 

El  aspecto  del  escenario  político  al  finalizar  el  año  1814, 
sugiere  al  autor  de  la  «Historia  de  Belgrano»,  estas  obser- 
vaciones: 

«El  famoso  don  José  Artigas,  caudillo  déla  democracia 
semibárbara,  que  se  había  separado  del  sitio  de  Montevi- 
deo desconociendo  la  autoridad  nacional  mientras  los  pa- 
triotas estrechaban  aquel  lialiiarte  de  la  dominación  espa- 
ñola, había  conseguido  insun-eccionar  contra  el  gobierno 
general  los  territorios  de  Entre  Ríos  y  Corrientes,  elevados 
ya  al  rango  de  provincias.  Desmoralizadas  con  el  ejemplo 
del  Paraguay  y  halagadas  con  las  ideas  de  una  mal  enten- 
dida federación,  que  estimulaba  poderosamente  las  ambi- 
ciones locales  y  les  prometía   las  ventajas   de  la  indepen- 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  87 

dencia  sin  los  sacrificios  que  ella  exigía,  aquellas  provincias 
se  habían  puesto  bnjo  la  protección  de  Artigas.  Santa  Fe 
y  Cój'doba  estaban  próximas  á  seguir  el  ejemplo.  Las  de- 
más provincias  profundamente  conmovidas  por  el  odio  á  I 
Buenos  Aires  y  al  gobierno  central,  cooperaban  indirecta- 
mente á  los  progresos  del  terrible  caudillo,  cebando  así  la 
fiera  que  debía  devorarlos.  No  era  una  revolución  social^ 
aunque  fuera  un  sistema  precursor  de  ella:  era  una  disolu- 
ción sin  plan,  sin  objeto,  operada  por  los  instintos  brutales 
de  las  multitudes,  reunidas  bajo  el  pendón  de  la  guerra  ci- 
vil, armadas  de  la  espada  de  Caín  y  de  la  tea  de  la  discor- 
dia. Era  una  tercera  entidad  que  se  levantaba,  enemiga 
igualmente  de  los  realistas  y  de  los  patriotás,!dispuesta  á 
luchar  indistintamente  con   todo  lo  que  se  opusiera    a    su  \ 

expansión.  Hasta  entonces  este  elemento  había  marchado 
aunado  á  la  Revolución;  pero,  elemento  heterogéneo  á  ella, 
se  separó  al  fin,  afectando  formas  propias  que  le  hicieron 
aparecer  como  la  subdivisión  del  gran  partido  revolucio- 
nario. La  Revolución  que  lo  llevaba  en  su  seno,  sólo  había 
servido  para  desenvolverlo,  ó  más  bien  ponerlo  de  relieve. 
Al  frente  de  este  elemento  se  })usieron  caudillos  oscuros, 
caracteres  viriles  fortalecidos  en  las  fatigas  campestres, 
acostumbrados  aldesordenyá  la  sangre,  sin  nociones  mora- 
les, rebeldes  á  la  disciplina  civil,  que  acaudillaron  aquellos 
instintos  enérgicos  y  brutales  que  rayaban  en  el  fanatismo. 
Artigas  fué  su  encarnación:  imagen  y  semejanza  de  la  de- 
mocracia semibárbara,  el  pueblo  adoró  en  él  su  propia  he- 
chura y  muchas  inteligencias  se  prostituyeron  á  ella.  Tal 
fué  el  progenitor  de  los  caudillos  de  la  federación  del  Río 
de  la  Plata Todos  marchaban  á  la  independencia  y  que- 
rían la  libertad;  pero  diferían  en  cuanto  á  los  medios  de 
alcanzar  una  y  otra,  sin  que  se  hubiesen  fijado  las  ideas 
respecto  de  la  forma  de  gobierno  que  debería  adoptarse 
después  de  declarada  la  independencia.  Las  masas  insu- 
rreccionadas querían  la  federación;  pero  la  federación  de 
los  tiempos  primitivos,  sin  más  ley  ni  regla  que  la  de  los 
caudillos  que  habían  elevado.  Los  hombres  que  en  presen- 


88  JOSÉ  ARTIGAS 

cia  de  la  anarquía,  aspiraban  á  fundar  la  libertad  sobre  el 
orden,  creían  que  la  forma  monárquica  constitucional  era 
la  única  que  podía  dar  estabilidad  á  la  Revolución,  conju- 
rando la  tempestad  que  la  amenazaba —  Los  demócratas, 
fieles  á  los  principios  proclamados  por  Moreno  desde  los 
primeros  días  de  la  Revolución,  preferían  la  libertad  borras- 
cosa á  las  ventajas  de  una  paz  comprada  á  costa  de  la 
<lignidad  humana». 

Al  comenzar  el  año  1815  la  situación  del  Directorio  se 
agrava;  las  fuerzas  militares  niegan  obediencia  á  Alvear; 
el  Cabildo  de  Buenos  Aires  pide  su  apoyo  á  Artigas,  que 
«n  esos  momentos  consolidaba  su  dominio  federal  en  En- 
tre Ríos,  Corrientes,  Santa  Fe^  y  Córdoba.  Véase  cómo  se 
expresa  Mitre  estudiando  dichos  sucesos: 

«Esta  federación,  sin  más  base  que  la  fuerza  y  sin  más 
TÍnculo  que  el  de  los  instintos  comunes  de  las  masas  agi- 
tadas, no  era  en  realidad  sino  una  liga  de  mandones,  due- 
ños de  vidas  y  haciendas,  que  explotaban  las  aspiraciones 
de  las  multitudes,  sometidos  más  ó  menos  estos  mismos  á 
la  dominación  despótica  y  absoluta  de  Artigas,  según  era 
menor  ó  mayor  la  distancia  á  que  se  hallaban  del  aduar  del 
nuevo  Atila.  Tal  era  el  movimiento  vandálico  que  el  Ca- 
bildo de  la  capital  llamaba  en  apoyo  de  la  libertad  y  que 
la  mayoría  del  pueblo  de  Buenos  Aires,  que  sufría  con 
impaciencia  la  dominación  de  Alvear,  no  rechazaba». 

Artigas  atravesó  el  Paraná  con  sus  tropas,  ocupó  á  San- 
ta Fe  y  emprendió  su  marcha  sobre  la  capital.  El  ejército 
-de  Alvear  que  había  salido  á  su  encuentro,  al  llegar  á 
Pontezuelas  se  sublevó  al  mando  del  coronel  Ignacio  Alva- 
rez  y  confraternizó  con  Artigas,  estallando  acto  continuo 
una  revolución  en  Buenos  Aires,  de  la  que  resultó  la  caí- 
da de  Alvear  y  de  la  Asamblea...  «Esta  revolución  que 
fué  verdaderamente  popular...  manchó  su  triunfo  con  ac- 
tos de  insólida  crueldad  y  cobardía;  inmoló  una  víctima 
inocente  (el  comandante  Paillardel);  capituló  con  el  caudillo 
Artigas;  mandó  quemar  con  gran  solemnidad  los  bandos  y 
proclamas  expedidos  contra  él,  declarándole  ilustre  y  bene- 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  89 

mérito  jefe  de  la  libertad,  y  le  entregó  aherrojados  para 
que  dispusiese  de  ellos  á  su  antojo,  á  aquellos  de  sus  ene- 
migos que  más  se  habían  hecho  notar  por  su  adhesi(5n  al 
Gobierno  micional  (los  coroneles  Ventura  Vázquez,  Matías 
Balbastro  y  Juan  Fernández,  los  comandantes  K-aiiión  La- 
rrea, Antonio  Paillar:"'el  y  los  sargentos  mayores  Antonio 
Díaz  y  Juan  Zufriateguy).  Artigas  tuvo  la  nobleza  de  re- 
chazar el  horrible  presente  de  carne  humana  que  se  le 
brindaba,  diciendo  que  no  era  el  verdugo  de  Buenos  Aires». 

Examina  en  seguida  el  general  Mitre  los  primeros  efec- 
tos del  cambio  producid  j  en  Buenos  Aires  y  se  pronuncia 
en  los  términos  que  extractamos: 

La  revolución  que  dio  en  tierra  con  Alvear,  capituló 
con  la  anarquía  y  el  caudillaje;  nombró  un  director  que  no 
era  obedecido  por  nadie;  y  por  un  artículo  de  la  nueva 
Constitución  (el  Estatuto  Provisional),  dejó  á  las  provin- 
cias la  facultad  de  nombrar  sus  gobernadores  y  regirse  por 
su  régimen  municipal,  «siendo  este  el  paso  más  atrevido 
que  hasta  entonces  se  hubiese  dado  en  el  sentido  de  la  des- 
centralización». Se  estableció  así  una  federación  de  hecho, 
resumiendo  cada  provincia  su  gobierno  local,  como  la  capi- 
tal había  resumido  el  suyo.  El  caudillaje  de  Artigas,  ó  sea 
el  artiguismo  locaHzado  en  la  Banda  Oriental  obtuvo  carta 
de  ciudadanín.  Dueño  de  Entre  Ríos  y  Corrientes,  sintió 
dilatarse  su  esfera  de  acción  disolvente.  Santa  Fe  levantó 
de  nuevo  la  bandera  tricolor  artigueña,  reivindicando  su 
independencia  que  la  capital  reconoció  de  hecho  en  la  im- 
potencia de  someterla.  Córdoba  ari-ió  la  bandera  nacional 
que  quemó  en  la  plaza  pública  y  enarboló  la  de  Artigas, 
Un  ejército  al  mando  del  general  Díaz  Vélez  penetró  en 
Santa  Fe;  pero  el  país  se  levantó  en  masa  y  los  santafeci- 
nos  quedaron  otra  vez  dueños  de  su  territorio.  «Cualquiera 
que  fuese  la  causa  que  defendiese  Santa  Fe,  no  puede  ne- 
garse admiración  á  una  provincia  pequeña,  casi  desierta, 
pobre,  sin  tropas  disciphnadas  y  mal  armadas,  que  con  tanta 
virilidad  sostenía  su  independencia  local  contra  un  enemi- 
go relativamente  poderoso,  tomando  parte  en  la  lucha  la 
población  en  masa,  sin  excluir  niños  ni  mujeres». 


90  JOSÉ   ARTIGAS 

Eii  Córdol);!  g'ohcrnnl);!  Jo^á  Javier  Díaz,  un  decidido 
artigiiista.  El  director  lo  destituyó,  violando  el  Estatuto 
Provisional  que  dejaba  á  las  provincias  el  nombramiento 
de  sus  gobernadores.  Pero  Díaz  desconoció  su  autoridad 
iniciándose  una  lucha  entre  él  y  el  imevo  gobernador,  con 
una  serie  de  complicaciones  que  terminaron  con  el  triunfo 
del  último  auxiliado  por  las  fuerzas  de  Belgrano  y  el  fusi- 
lamiento de  varios  prisioneros  españoles  que  se  habían 
sublevado  en  connivencia  con  la  fracción  vencida. 

En  diciembre  de  J  8 1  G  estalló  otro  movimiento  federa- 
lista en  Santiago  del  Estero,  encabezado  por  el  comandante 
Borges,  que  también  fué  vencido  j^or  las  tropas  de  Belgra- 
no. Borges  acababa  de  dar  pruebas  de  que  era  un  verdadero 
patriota,  puesto  que  aun  después  de  sublevado  había  dejado 
pasar  libremente  un  convoy  de  armas  que  iba  para  el  ejército  y 
otro  de  caudales  que  iba  para  Buenos  Aires,  sin  permitir  que 
se  tomase  un  peso  ni  un  arma,  á  pesar  de  que  carecía  de 
todo.  «Pero  los  tiempos  eran  duros,  y  el  general  Belgrano 
era  inexorable  en  materia  de  disciplina,  siendo  Borges  un 
militar  sujeto  a  su  dura  ley.  El  1."  de  enero  de  1S17  á  las 
nueve  de  la  mañana  fué  fusilado  al  pie  de  un  frondoso  al- 
garrobo, atado  á  una  silla  de  baqueta,  protestando  contra 
la  injusticia  de  su  sentencia  y  la  inobservancia  de  las  for- 
mas». 

Caracterizando  el  monarquismo  del  Congreso  de  Tucu- 
nián  }'■  el  fedei-alismo  de  Artigas,  se  expresa  el  general  Mi- 
tre en  los  términos  que  extractamos  á  continuación: 

Belgrano  se  puso  en  contacto  con  los  diputados,  observó 
que  casi  todo  el  Congreso  era  monarquista,  y  se  puso  á  tra- 
bajar simultáneamente  á  favor  de  la  declaración  de  la  in- 
dependencia y  de  la  restauración  de  la  monarquía  de  los 
incas.  En  la  misma  corriente  de  ideas  estaba  San  Martín, 
pensando  como  Belgrano  que  faltaban  elementos  sociales  y 
materiales  para  constituir  una  república  y  que  con  un  mo- 
narca era  más  fácil  consolidar  el  orden,  fundar  la  indepen- 
dencia y  asegurar  la  libertad,  conquistando  á  la  vez  alian- 
zas poderosas  y  neutralizando    los  antagonismos  existentes 


CAllGOS  Y  ACUSACIONES  91 

en  el  Perú.  En  nna  sesión  secreta  del  Congreso  de  Tucumjln 
á  que  fué  invitado  especialmente  para  comunicarlas  impresio- 
nes recogidas  en  Europa  acerca  del  movimiento  de  las  colo- 
nias de!  Río  de  la  Plata,  expresó  el  vencedor  de  Salta  y 
Tucumán  que  en  su  concepto  la  forma  republicana  ofrecía 
grandes  resistencias  y  que  la  forma  más  propia  sería  una 
monarquía  templada,  ^sllamando  la  dinastía  de  los  incas,. 
por  la  justicia  que  en  sí  envuelve  la  restitución  de  esta  ca- 
sa tan  inicuamente  despojada  del  trono*.  Después  habló  de 
la  necesidad  de  declarar  la  independencia.  El  auditorio  que- 
dó convencido.  Según  la  afirmación  de  Belgrano,  todos 
aceptaron  sus  ideas. 

Entretanto,  los  partidos  se  agitaban  en  Buenos  Aires, 
levantando  imo  de  ellos  abiertamente  el  estandarte  federal. 
«El  partido  federal,  que  había  tenido  su  origen  en  el  odio 
á  la  capital,  representaba  más  bien  que  un  orden  de  ideas, 
un  sistema  de  hostilidad  C3iitra  Buenos  Aires.  A  pesar  de 
esto,  nunca  dejó  de  contar  sus  prosélitos  en  la  capital,  pues 
hasta  el  mismo  Artiiías  los  tenía». 

Llega  el  turno  de  la  invasión  portuguesa,  y  el  general 
Mitre  estudia  el  nuevo  factor  en  los  términos  que  vamos  á 
extractar: 

Mientras  el  mundo  se  agitaba  con  motivo  de  las  cuestio- 
nes del  Río  de  la  Plata,  «y  la  diplomacia  argentina  oscila- 
ba en  el  vacío  persiguiendo  un  fantasma  coronado,  los 
orientales  continuaban  combatiendo  por  su  independencia  >. 
Mandaba  la  línea  sitiadora  de  Montevideo  el  comandan- 
te don  Fructuoso  Rivera  y  con  él  se  puso  en  comunicación 
el  director  Pueyrredón  suministrándole  algunos  auxilios  en 
febrero  de  1817.  Pero  Rivera  tuvo  que  acudir  en  ayuda  de 
Artigas  con  motivo  de  la  derrota  del  Catalán,  y  la  línea  si- 
tiadora quedó  á  cargo  del  «siniestramente  famoso  don  Fer- 
nando de  Otorgués^^.  Al  abrir  negociaciones  con  Rivera  y 
Otorgues,  que  no  tuvieron  resultado,  se  proponía  el  direc- 
tor Pueyrredón  ^<no  tanto  robustecer  el  poder  de  los  orien- 
tales, cuanto  debilitar  el  de  Artigas  que  consideraba  peli- 
groso para  la  paz  de  las  Provincias  Unidas  .. .  Así  es  que  á 


92  JOSÉ  ARTIGAS 

la  yez  que  promovía  insurrecciones  en  el  Entre  Ríos  para 
sustraer  á  su  dominación  este  territorio,  procuraba  poner  á 
sus  principales  tenientes  en  pugna  con  él,  fomentando  al 
mismo  tiempo  la  deserción  en  sus  filas». 

Formula  con  tal  motivo  el  general  Mitre  el  sio;uiente 
juicio  acerca  de  los  caudillos  federales: 

«Artigas  era  un  anarquista  anti nacionalista,  cuya  ten- 
dencia era  desligar  á  la  Banda  Oriental  y  los  territorios 
que  le  obedecían,  de  la  comunidad  argentina,  formando 
causa  común  con  el  Paraguay,  y  que  prefería  perder  su  país 
entregándolo  vencido  al  extranjero  antes  que  reconciliarse 
con  las  Provincias  Unidas.  Ramírez  por  el  contrario,  aun- 
que federalista,  se  reconocía  miembro  de  la  familia  argen- 
tina, aspiraba  á  influir  en  sus  destinos  y  miraba  con  odio 
al  Paraguay >;. 

Ante  las  victorias  de  los  portugueses  en  181G  y  1817 
y  la  entrada  de  Lecor  en  Montevideo,  dice  el  general  Mi- 
tre: 

«A  pesar  de  tantos  y  tan  severos  reveses,  los  orientales 
no  desmayaban  en  su  heroico  empeño.  Defendían  su  suelo 
patrio  y  su  independencia  contra  la  agresión  injusta  de  un 
poder  extraño,  que  tomando  por  pretexto  la  anarquía  de 
un  limítrofe,  sólo  era  movido  por  su  ambición  y  su  codi- 
cia. Artigas  acaudillando  esta  valerosa  resistencia  se  habría 
levantado  ante  la  historia  si  hubiera  poseído  alguna  de  las 
calidades  del  patriota  ó  del  guerrero.  Pero  desprovisto  de 
toda  virtud  cívica,  de  toda  inteligencia  política  y  militar  y 
hasta  del  instinto  animal  de  la  propia  conservación,  había 
preferido  que  su  patria  se  perdiera  antes  que  reconciliarse 
con  sus  hermanos...  No  por  tantas  y  tan  fáciles  victorias 
los  portugueses  se  habían  adueñado  del  país. . .  Sólo  eran 
dueños  del  terreno  que  pisaban...  Don  Frutos  Rivera,  re- 
hecho de  su  última  derrota  y  reforzado  con  las  tropas 
salvadas  de  Montevideo,  retiró  todas  las  subsistencias  al 
rededor  de  la  plaza  y  estableció  un  bloqueo  formal,  redu- 
ciendo á  Lecor  al  recinto  de  las  murallas. ..»  Los  ejércitos 
portugueses   de  Montevideo  y  del  Cuareim  quedaban   in- 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  9.3 

terceptcidos  y  todo  el  interior  del  país  estaba  en  poder  de 
sus  defensores.  Tales  resultados  después  de  tantos  contras- 
tes dan  idea  de  las  ventajas  que  se  habrían  obtenido  si  las 
tropas  de  Buenos  Aires  hubieran  ocupado  y  mantenido  la 
plaza  de  Montevideo  y  si  Artigas  hubiese  seguido  un  plan 
de  campaña  más  juicioso...  «Estas  peripecias  de  la  Banda 
Oriental  repercutían  dolorosamente  en  el  corazón  de  los 
argentinos,  embravecían  las  resistencias  anárquicas  del  li- 
toral contra  el  gobierno  general  y  daban  pábulo  á  la  opo- 
sición que  fermentaba  en  Buenos  Aires». 

Prodúcese  finalmente  la  derrota  de  Artigas  en  Tacua- 
rembó y  éste  se  dirige  á  Corrientes  al  frente  de  300  ó  400 
hombres,  «abandonando  para  siempre  á  su  patria,  á  la  que 
dejó  en  poder  del  extranjero  cuya  invasión  había  provo- 
cado con  su  política  brutal». 

Tales  son  las  conclusiones  del  autor  de  la  «Historia  de 
Belgrano». 

Por  el  momento,  sólo  diremos  que  el  general  Mitre  con 
ser  el  más  concienzudo  de  los  historiadores  argentinos  y  el 
más  apegado  á  las  piuebas  escritas,  no  invoca,  acaso  por 
primera  vez,  los  documentos  en  apoyo  desús  acusaciones 
contra  Artigas,  aún  cuando  tenía  abiertos  de  par  en  par  los 
riquísimos  archivos  de  Buenos  Aires.  Bastará  saber  que 
cuando  escribió  su  «Historia  de  San  Martín»,  del  Archivo 
General  de  la  Nación  pasaron  á  su  mesa  de  trabajo  más 
de  diez  mil  documentos.  Y  los  documentos  fueron  utiliza- 
dos tan  completamente,  que  ha  podido  decirse  sin  exagera- 
ción que  en  dicho  archivo  está  comprobada  cada  línea  de 
la  historia  del  héroe  de  los  Andes.  ¿Por  qué  no  procedió 
del  mismo  modo  con  el  jefe  de  los  orientales?  La  explica- 
ción es  sencilla  y  la  hemos  podido  comprobar  nosotros  mis- 
mos en  los  archivos:  porque  invariablemente  los  documen- 
tos son  favorables  al  jefe  de  los  orientales.  De  ahí,  el  silen- 
cio persistente  de  los  historiadores  argentinos! 


94  JOSÉ  ARTIGAS 


El  doctor  Tjópez  j  sus  faeutes  liistóricas. 

En  su  «Historia  de  la  República  Argentina»,  al  iniciar  el 
proceso  contra  Artigas,  dicelealiuente  á  sus  lectores  el  doc- 
tor Vicente  Fidel  López: 

«Es  una  regla  elemental  de  historia  no  dar  asenso  á  las 
apreciaciones  que  proceden  de  ánimos  prevenidos  contra  los 
hombres  de  quienes  se  trata;  y  nosotros  no  tenemos  la 
menor  intención  de  negar  que  execramos  la  persona,  los 
hechos  y  la  memoria  de  este  funestísimo  personaje  de  la 
nuestra». 

Con  esa  enorme  dosis  de  execración,  ya  se  puede  imagi- 
nar la  magnitud  del  proceso  en  manos  de  un  historiador 
que  en  su  polémica  con  el  general  Mitre  desconocía  la  im- 
portancia de  los  documentos,  para  atenerse  á  los  hechos,  y 
que  cuando  escribía  historia  se  dejaba  guiar  exclusivamen- 
te por  las  tradiciones  de  su  familia  y  de  su  círculo  impreg- 
nados de  feroz  antiartiguismo. 

Tres  obras  históricas  ha  escrito  el  doctor  López  y  las 
tres  rivalizan  en  materia  de  improperios  contra  el  jefe  de 
los  orientales. 

En  «La  Revolución  Argentina»,  publicada  en  la  Revis- 
ta del  Río  de  la  Plata,  se  contienen  estas  apreciaciones 
furibundas  al  hablar  de  Artigas: 

<s Plantando  su  tienda  en  las  cuchillas,  en  las  márgenes 
incultas  y  solitarias  de  los  ríos  interiores,  merodeaba  en  las 
fronteras  portuguesas  y  se  movía  con  bandas  desordena- 
das, á  las  órdenes  de  forajidos,  que  bajo  de  él  goberna- 
ban las  campiñas  con  el  robo,  el  estupro  y  los  asesuiatos  .  .. 
ISo  había  término  medio  entre  no  ser  soldado  suyo  y  ser 
su  enemigo:  y  el  degüello  unido  al  sarcasmo  era  la  ley  dia- 
ria de  aquellos  campos.  (Véase  el  folleto  del  señor  Cavia). 
En  el  Hervidero,  cerca  del  Salto,  había  establecido  un 
campamento  que  había  bautizado  con  el  nombre  de  « Li 
Purificación»,  alusivo  á  las  aflicciones  de  degüello,  cepas, 
¿izotes,  chalecos  de  cuero  con  que  él  y  sus  tenientes  debían 


CARGOS   Y  ACUSACIONES  95 

purificar  la  tierra  de  porteñ(3S  y  aporteñados.  Tenía  siempre 
consigo  una  cancillería  de  corrompidos  bajo  la  dirección  de 
Monterroso,  fraile  apóstata,  con  talentos  degradados  y  de 
pasiones  serviles.  Favorecido  por  el  localismo  y  por  la 
situación  inculta  de  las  provincias  argentinas  del  litoral,  ha- 
bía logrado  insurreccionarlas,  á  nombre  y  con  el  influjo  de 
la  palabra  federación,  que  en  él  no  era  otra  cosa  que  un  tí- 
tulo deceptorio  del  vandalaje,  y  había  logrado  hacer  de  su 
campamento  un  centro  político  y  diplomático,  si  es  posible 
decirlo,  de  todas  las  fuerzas  anárquicas  y  disolventes  que 
se  habían  desatado  en  las  gentes  de  los  campos.  Pero  su 
misma  doctrina  debía  matarlo  en  breve,  como  lo  mató  á 
Rosas.  No  se  puede  jugar  impunemente  con  la  verdad. 
Una  vez  que  los  pueblos  sintieron  que  cada  uno  era  y  de- 
bía ser  soberano  en  su  territorio,  tuvieron  un  sentimiento 
independiente  y  un  caudillo  propio  cada  uno:  así  es  que  el 
falso  apóstol  que  quería  servir  al  más  hermoso  de  los  go- 
biernos con  el  crimen  y  con  la  barbarie,  tenía  que  ser  de- 
rrocado y  anulado  por  su  mismo  [)r¡ncipio». 

Después  de  estos  párrafos,  cita  el  doctor  López  varias 
páginas  del  folleto  de  Cavia,  á  quien  llama  «/¿//o  muy  dis- 
tinguido   de  Montevideo». 

Todo  el  proceso  es,  como  se  ve,  á  base  del  libelo  infa- 
matorio que  en  1818  el  Directorio  de  Pueyrredón  encargó 
á  su  oficial  mayor  de  Gobierno,  con  el  doble  propósito  de 
promover  la  reacción  antiartiguista,  que  se  iniciaba  mediante 
una  expedición  militar  á  Entre  Ríos,  y  de  explicar  á  los 
comisionados  del  presidente  Monroe  la  causa  de  la  lucha 
contra  el  jefe  de  los  orientales,  á  quien  era  necesario  ex- 
hibir como  una  fiera  fuera  de  la  ley.  El  autor  del  libelo,  le- 
jos de  ser  distinguido  hijo  de  Montevideo,  como  se  le  titu- 
la para  acreditar  su  imparcialidad,  procedía,  según  su  pro- 
pia confesión,  de  Buenos  Aires,  y  por  sus  vinculaciones 
estrechísimas  con  Sarratea,  Alvear  y  Pueyrredón  y  por  su 
expulsión  de  la  Banda  Oriental  en  los  comienzos  del  se- 
gundo sitio,  era  un  im[)lacable  enemigo  personal  y  político 
de  Artigas,  á  la  vez  que  un  instrumento  de  calumnias  que 
alternativamente  manejaban  todos  los  partidos  argentinos. 


96  JOSÉ    ARTIGAS 

La  segunda  obra  tlel  doctor  López  «La  Historia  de  la 
Kepública  Argentina»,  continúa  la  serie  de  denuestos  é 
improperios  en  la  forma  que  extractamos: 

Entre  los  comandantes  y  jefes  del  gauchaje,  ninguno  ins- 
piraba tanta  coufianzn  á  los  españoles  por  su  conocida 
afición  á  la  causa  del  Rey,  como  un  cierto  José  Artigas^ 
que  desde  las  desavenencias  de  Elío  con  Liniers  se  había 
mostrado  siempre  pronto  á  tomar  las  armas  contra  las 
autoridades  de  la  orilla  occidental,  ya  fuesen  virreyes  ó  go- 
biernos republicanos.  Artigas  era  un  bárbaro  de  los  más 
bien  dotados  que  ha  producido  alguna  vez  la  vida  del  de- 
sierto, conbiuada  con  el  genio  del  mal.  Lleno  de  los  talen- 
tos y  de  la  previsión  que  distinguen  á  los  políticos  del  ge- 
nio perverso.  Artigas  tenía  en  las  cavei'nas  del  cerebro  ese 
fuego  rojo  y  voraz  que  al  decir  de  los  poetas,  ilumina  las 
tinieblas  infernales  donde  Dios,  según  los  teólogos,  ha  pro- 
hibido que  se  oigan  siquiera  las  inspiraciones  de  su  bondad 
infinita.  Para  él  no  había  patria  ni  había  humanidad.  No 
había  sino  Artigas.  No  había  ley  ni  orden  civil:  no  había 
sino  la  voluntad  de  Artigas.  Sus  caprichos  eran  tremendos, 
pej'O  nunca  absurdos  ni  torpes,  porque  la  habilidad  y  la  as- 
tucia dominaban  todos  sus  actos.  Y  de  cierto  oue  si  alojuna 
vez  hubiera  sido  posible  que  lo  que  es  malo  é  irreconcilia- 
ble con  la  civihzación  dejara  de  estrellarse  y  de  romperse 
contra  la  fuerza  de  las  cosas,  Artigas  habría  conseguida 
barbarizar  las  dos  orillas  del  Río  de  la  Plata  y  fundar 
(si  es  que  eso  es  fundar)  una  agrupación  execrable  de  tri- 
bus beduinas^  que  al  fin  y  al  cabo  hubiera  provocado  la  ac- 
ción de  los  poderes  europeos  contra  ese  salvajismo  intolera- 
ble apoderado  de  las  márgeties  de  nuestros  ríos  al  lado 
del  Brasil  y  al  frente  de  Europa. 

Abaíidonó  la  casa  paterna  en  un  completo  estado  de  ig- 
norancia y  sin  que  hubiera  sido  posible  darle  ni  aun  los 
grados  inferiores  de  su  cultura  intelectual;  se  destacó  en 
las  corridas  y  volteadas  de  ganados  alzados,  en  el  saqueo 
de  estancias,  en  el  contrabando  de  cueros;  enchalecaba  á 
los  que  no  le  inspiraban  confianza;    y  era    el  terror  del  te- 


CARGOS  Y  Aí^USACIONES  97 

iTitorio.  Por  fin,  los  propietnrios  de  campañn,  desesperados 
de  que  los  Poderes  púljlicos  pudieran  vencer  el  desorden 
encabezado  por  Artigas,  concibieron  la  idea  de  negociar 
la  paz  con  éste  y  á  ese  fin  pidieron  y  obtuvieron  que  el  Vi- 
rrey nombrase  á  Artigas  capitán  de  blandengues  con  80 
hombres  y  un  sueldo  de  trescientos  duros  mensuales  á 
cargo  de  los  solicitantes. 

En  1809  Elío  encontró  á  Artigas  bien  dispuesto  á  ser- 
virlo en  el  caso  de  quel^iniers  marchara  sobre  ]\Iontevideo. 
Y  en  1811  lo  encontraba  igualmente  fiel  á  la  ban- 
dera española.  Fué  en  consecuencia  á  la  Colonia  bajo  las 
órdenes  de  Muesas.  Pero  sus  capitanejos  cometían  toda  cla- 
se de  atentados,  sin  que  Aitigas  contuviera  esos  excesos, 
hasta  que  el  conflicto  estalló,  por  haber  exigido  Muesas  la 
entrega  de  un  delincuente.  Artigas  cruzó  el  río  y  se  presen- 
tó á  la  Junta  de  Buenos  Aires, 

Cuando  Artigas  se  asiló  en  Buenos  Aires  hacía  más  de 
un  mes  que  el  coronel  Martín  Rodríguez,  comandante  de 
Entre  Ríos  y  de  las  costas  del  líruguay,  se  ponía  de  acuer- 
do con  los  hombres  influyentes  de  aquel  vecindario  para 
insurreccionarlos  contra  los  españoles.  Poco  después  uno 
de  esos  vecinos,  don  Bartolomé  Zapata,  se  apoderaba  de 
Gualeguay  y  de  Gualeguaychíí  y  la  guarnición  española  del 
arroyo  de  la  China  se  trasladaba  á  Paysandú,  abandonan- 
do á  Zapata  toda  la  costa  entrerriana.  Don  Ramón  Fer- 
nández, teniente  y  secuaz  de  Artigas,  que  comandaba  en 
Soriano  las  fuerzas  españolas,  se  insurreccionaba,  arrastrado 
por  el  vecindario  y  por  las  insinuaciones  del  caudillo  pró- 
fugo. Benavides,  enemigo  de  Artigas,  tomaba  á  Mercedes 
y  sublevaba  á  varios  vecindarios.  Sorprendida  la  Junta 
Gubernativa  con  esta  explosión  tan  repentina  del  senti- 
miento popular,  que  no  había  previsto  si?io  como  una  leja- 
na esperanza  y  que  sin  saber  cómo,  veía  realizada  antes  de 
tiempo,  se  agitaba  entre  la  urgencia  con  que  era  menester  en- 
viar tropas  y  medios  en  su  ayuda  y  con  la  falta  de  prepa- 
ración en  que  se  hallaba  para  dirigir  su  acción.  Las  fuerzas 
de  Belgrano  regresaban  entonces  de  su  desgraciada  expe- 


JOSE   ARTIGAS.— í 


98  JOSÉ  AKTIGAS 

dición  al  Parnguay.  y  de  ellas  echó  manos  la  Junta.  Belgra- 
no  despachó  al  capitán  de  su  ejército  Manuel  Artigas  con 
cincuenta  hombi'es,  y  ese  oficial  asaltó  y  tomó  á  San  José, 
recibiendo  allí  una  herida  de  la  que  murió  en  seguida.  ¿Có- 
mo es  que  José  Artigas  no  aparecía  entretanto?  Es  que 
Benavides,  su  rival  y  enemigo,  se  le  había  adelantado  y  él 
trataba  de  ganarse  la  buena  voluntad  de  la  Junta  Guber- 
nativa para  formar  parte  de  la  expedición  de  Belgrano. 

«ICs  característico  de  esta  clase  de  hipócritas,  sombríos  y 
péifidos,  el  estilo  lleno  de  adulaciones  con  que  Artigas  ha- 
blaba de  Buenos  Aires  á  sus  secuaces  de  la  Bnnda  Oriental, 
para  que  supieran  que  él  era  el  jefe  preferido  })or  la  Junta 
Gubernativa  sobre  los  demás  caudillos  que  habían  tomado 
las  armase,  <-. Vuestro  heroico  entusiasmado  patriotismo 
ocupa  el  primer  lugar  de  las  elevadas  atenciones  de  la 
Excma.  Junta  de  Buenos  Aires  que  tan  dig ñámente  nos 
regenta Esta  legión  de  valientes  patriotas  que  acompa- 
ñados de  vosoti'os  van  d  sacar  d  sus  hermanos  de  la  opre- 
sión en   que  gimen Os  recomiendo   d   nombre   déla 

iJxcma.  Junta  vuestra  protectora  y  en  el  de  nuestro  ama- 
do jefe,  una  unión  fraternal  y  un  ciego  obedecimiento  á  las 
superiores  órdenes  de  los  jefes  que  os  vienen  á  preparar  lau- 
reles inmortales»... .  «He  ahí  al  hombre  de  cuerpo  entero, 
pintado  por  sí  mismo,  con  todos  los  dobleces  y  las  perfidias 
que  lo  constituían  moralmente.  Acababa  de  traicionar  su 
propia  causa  y  á  Elío;  intrigaba  con  la  eJunta  de  Buenos 
Aires  para  prevalecer  sobre  sus  émulos  y  para  perderlos, 
como  lo  vamos  á  ver;  y  se  preparaba  á  traicionar  también 
á  sus  nuevos  protectores  en  pro  de  su  ambición  unos  días 
después,  cuando  se  viese  asegurado  en  el  teatro  de  la  bar- 
barie que  había  sido  la  escuela  de  su  vida  y  la  única  reli- 
gión de  su  alma». 

Así  habla  el  autor  de  «La  Historia  de  la  República  Ar- 
gentina», al  exhibir  el  único  testimonio  que  ha  encontrado 
contra  el  jefe  de  los  orientales,  pues  todo  lo  demás  del  pro- 
ceso que  hemos  transcrito,  se  reduce  á  palabras  furibun- 
das, efecto  de  la   execración  contra  el  personaje  confesa- 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  í)í) 

díi  honradamente  por  el  doctor  López  en  su  obra  anterior. 
Y  ese  rini(;o  testimonio,  si  algo  prueba,  es  que  Artigas  entró 
á  la  Revolución,  dispuesto  á  servir  lealmente  á  la  Junta 
Gubernativa,  y  que  habría  perseverado  en  su  propósito,  si 
la  política  absorbente  del  Gobierno  de  Buenos  Aires  no  se 
hubiera  encai'gado  de  cavar  abismos  que  fatalmente  tenían 
que  ensangrentar  al  país,  como  en  efecto  lo  ensangrentaron. 

La  tercera  obra  del  doctor  López,  es  su  <^  Manual  de  la 
Historia  Argentina»,  y  en  esta  nueva  obra  destinada  á  la 
enseñanza  secundaria,  el  autor  rebasa  todos  los  niveles  en 
materia  de  diatribas,  para  hacer  más  execrable  todavía  la 
memoria  del  jefe  de  los  orientales.  Oigámosle: 

Cuando  Rondeau  se  retiró  á  Buenos  Aires,  una  parte 
de  las  tropas  regulares  continuó  al  mando  de  Artigas:  los 
cuerpos  de  Soler,  Terrada,  French  y  Nicolás  Vedia  entre 
los  argentinos,  y  los  de  Ventura  Vázquez,  Vargas  y  Vie- 
ra entre  los  orientales.  Todos  esos  jefes  habían  solicitado 
al  Gobierno  la  separación  de  Artigas,  diciendo  que  el  cam- 
pamento del  Ayuí  era  un  foco  de  corrupción,  de  bárbaros 
amotinados,  que  los  niños  morían  por  docenas  á  la  intem- 
perie, por  inanición  y  miseria,  que  los  asesinatos  y  robos 
eran  de  orden  común,  que  las  tropas  regladas  que  ellos 
mandaban  se  desmoralizaban  á  prisa  y  desertaban  al  otro 
campamento  donde  los  desertores  eran  abrigados  y  prote- 
gidos descaradamente.  Una  vez  que  Sarratea  se  hizo  car- 
go del  ejército,  dispuso  que  los  cuerpos  argentinos  forma- 
sen la  vanguardia  de  las  tropas  que  debían  marchar  á 
Montevideo.  Protestó  Artigas,  pero  los  cuerpos  levantaron 
campamento.  Sarratea  ordenó  entonces  á  Artigas  que  se 
pusiera  en  marcha,  pero  el  caudillo  «se  negó  á  obedecer  y 
contestó  que  antes  de  contribuir  á  una  campaña  dirigida 
por  sus  enemigos,  les  haría  una  guerra  á  muerte.  Al  ver 
esto  los  jefes  orientales  encabezados  por  Vázquez  y  Bau- 
za sacaron  sus  tropas  del  campamento  de  Artigas  y  se 
unieron  al  de  Sarratea,  con  toda  la  oficialidad  que  se  com- 
ponía de  jóvenes  cultos  pertenecientes  á  las  primeras  fa- 
mihas  de  Montevideo». 


loo  JOSÉ    ARTIGAS 

Ocúpase  el  autor  de  la  elección  de  diputados  ú  la  Asam- 
blea General  Constituyente  que  se  había  ordenado  por 
plebiscito  de  8  de  octubre  de  1812,  y  dice: 

«Todas  las  provincias  practicaron  satisfactoriamente  las 
elecciones,  designando  los  hombres  más  distiíiguidos  del 
país,  menos  la  Banda  Oriental,  donde  Artigas  como  lo  va- 
mos á  ver  perturbó  los  actos  electorales,  rompió  con  Ron- 
deau,  pactó  la  más  infame  traición  con  los  jefes  de  la  plaza 
y  comenzó  aquella  guerra  bárbara  y  desastrosa  contra  el 
orden  social  y  contra  los  principios  cultos  de  gobierno, 
que  duró  seis  años  largos  con  el  nombre  de  montonera  del 

litoral No  quería  elegir  diputados    sino  introducir  á  la 

Asamblea  agentes  sumisos  que  anarquizaran  y  protesta- 
ran para  justificar  la  situación  de  rebelde  desorganiza- 
dor en  que  estaba  resuelto  á  ponerse —  Reunió  en  su  cam- 
pamento diez  individuos,  y  de  su  propia  autoridad  los  de- 
claró electores:  cinco  por  la  campaña  y  cinco  por  los  gru- 
pos de  gauchos  armados  que  formaban  su  división.  Por 
toda  credenciíd  le  dio  á  cada  diputado  una  carta  privada 
firmada  por  los  diez  electores,  á  cuyo  pie  él  como  jefe  su- 
premo de  los  orientales  certific5  que  aquellos  diez  indivi- 
duos habían  sido  electores  y  habían  hecho  en  su  presencia 
la  elección  del  diputado  tal,  que  iba  munido  de  esta  ad- 
mirable credencial.  Además,  á  cada  diputado  le  entregó 
un  pliego  de  prescripciones  firmadas  por  los  diez  electores 
en  el  que  se  les  ordenaba  que  reclamasen  para  la  Provin- 
cia Oriental  la  independencia  de  su  gobernador,  la  de  las 
autoridades  que  éste  nombrase  y  la  obligación  del  gober- 
nador de  Buenos  Aires  de  poner  bajo  esta  autoridad  local 
todos  los  recursos,  dinero  y  armas  que  necesitase  para  su 
defensa  y  para  la  continuación  de  la  guerra  contra  los 
enemigos.  A  este  antojo  bárbaro  y  cínico  á  todas  luces  es 
á  lo  que  el  caudillo  llamaba  y  sus  panegiristas  llaman 
ahora  iniciativa  federal  de  Artigas:  como  si  hubiese  algún 
bandolero  alzado  contra  las  leyes  sociales,  que  no  haya 
sido  sectario  de  esta  clase  de  federación  sui  géneris  de 
uno  contra  todos  en  lugar  déla  verdadera  de  todos  en  uno. 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  101 

La  Asamblea,  como  era  natural,  declaró  nulos  los  poderes 
délos  diputados  de  Artigas». 

Pasa  en  revista  la  nueva  elección  de  diputados,  el  Con- 
greso de  la  Capilla  de  Maciel  y  las  protestas  á  que  dio  lu- 
gar, y  dice  que  á  raíz  de  las  derrotas  sufridas  por  Belgra- 
no  en  Vilcapugio  y  Ayouma  y  tres  días  después  de  la  lle- 
gada á  Montevideo  de  dos  ó  tres  mil  hombres  (10  de 
enero  de  1814),  Artigas  aprovechó  la  ocasión  «para  con- 
sumar la  pérdida  del  ejército  patriota.  El  19  le  avisa  al 
gobernador  de  la  plaza  que  en  la  noche  del  20  va  á  dejar 
abandonado  el  costado  que  guardaba  y  á  retirarse  alzado  á 
la  campaña».  El  2Ü  por  la  noche  estaba  consumada  la 
traición.  «Por  fortuna  Vigodet  creyó  que  aquel  anuncio 
era  una  celada  y  se  abstuvo  de  darle  fe». 

«No  ha  faltado  quien  haya  (|uerido  levantarle  una  esta- 
tua a  este  liéroe;  pero  el  proyecto  ha  escollado  en  la  difi- 
cultad de  darle  un  traje.  ¿De  militar?  La  cosa  era  absurda 
porque  nunca  vistió  sino  poncho,  sombrero  de  paja  y  ha- 
rapos; y  de  enjaezarlo  en  su  traje  natural,  la  figura  real  y 
el  heroísmo  se  habrían  devorado  entre  sí». 

Bajo  el  epígrafe  de  «La  lección  moral»,  se  diiige  luego 
el  doctor  López  á  \í\  juventud  de  su  patria: 

«Hemos  querido  una  vez  por  todas  poner  en  manos  de 
la  juventud  culta,  con  todos  sus  detalles  y  su  filiación  cro- 
nológica, los  procederes  de  Artigas  cotno  argentino  desde 
1810  á  1813.  Quedan,  pues,  señalados  y  comprobados  los 
hechos  con  que  el  criterio  social  y  sano  puede  pronunciar 
su  juicio.  Lo  que  va  á  seguir  no  es  ya  otra  cosa  que  una 
serie  de  atentados  propios  de  una  ira  despechada,  de  una 
conciencia  sin  freno,  de  un  alma  demente,  obcecada  y  de 
una  ferocidad  personal  que  la  psicología  histórica  señala 
como  una  degradación  característica  y  fatal  á  que  han  sido 
arrastrados  todos  aquellos  que  renegando  del  orden  social 
y  de  la  religión  de  las  leyes,  se  envuelven  en  los  delirios  de 
la  omnipotencia.  Caen  en  la  demencia,  se  convierten  en 
monstruos,  dejando  [)oluta  la  historia  de  los  })ueblos  donde 
han  surgido . . .  Después  de  esa  infame  traición  delante  de 


102  JOSÉ    ARTIGAS 

las  murallas  enemigas  y  de  la  fuga  á  las  selvas,  Artigas 
quedó  devuelto  al  destino  con  que  había  nacido,  á  la  pro- 
fesión que  había  elegido  al  entrar  á  la  vida,  contrabandista, 
montaraz,  bandido  fuera  de  la  ley  común  de  las  gentes, 
outlau,  como  con  tanta  propiedad  llaman  los  ingleses  á  es- 
ta clase  de  seres  siniestros.  La  terminación  de  su  carrera 
era,  pues,  cuestión  de  tiempo;  porque  en  los  mismos  exce- 
sos de  su  dominación  y  del  movimiento  desorganizador 
que  había  provocado,  tenía  que  encontrar  los  cómplices 
vueltos  en  enemigos  que  habían  de  acabar  con  él:  manus 
ejus  contra  omnes,  manus  omníuní  contra  eum.  Pero  ahora 
es  el  momento  de  reflexionar,  que  los  hombres  cultos  y  de 
principios  que  al  entrar  en  una  revolución  necesaria,  en 
vista  de  la  mejora  social  del  país  que  aman,  echan  mano 
de  malvados  ó  de  locos  desequilibrados  por  las  pasiones 
del  momento,  son  los  verdaderos  responsables  de  las  des- 
gracias y  del  desaliento  que  desmoralizan  y  corrompen  á 
los  pueblos ->>. 

La  contienda  entre  Artigas  y  la  oligarquía  porteña,  no 
podía  tener  por  causa,  según  el  doctor  López,  divergencias 
de  principios  políticos.  El  odio  á  los  porteños  y  á  sus  auto- 
ridades reconoce  otro  origen. 

En  la  capital  del  virreinato  gobernaban  las  autoridades 
policiales  que  ejercían  su  jurisdicción  en  los  territorios  lito- 
rales y  principalmente  en  el  de  la  Banda  Oriental,  en  cu- 
yas orillas  había  estancias  de  vecinos  pacíficos  á  quienes 
la  policía  colonial  tenía  que  proteger.  Con  ese  fin  recorría 
el  territorio  un  preboste  con  una  partida  armada  en  perse- 
cución de  malhechores  y  contrabandistas,  «y  ya  se  puede 
comprender  que  este  preboste  no  hacía  causas  de  procedi- 
mientos, con  pruebas  y  defensas,  sino  que  agarraba  y  con 
averiguaciones  sumarias  ó  pruebas  de  reincidencia  ahorca- 
ba en  los  árboles  más  robustos  para  no  gastar  pólvora.  Be- 
guía  atravesando  por  donde  bien  le  parecía  para  volver 
otra  vez  después  de  algún  tiempo,  sin  amnieiar  sus  visitas, 
por  supuesto.  Y  como  el  j)unto  de  partida,  centro  ó  auto- 
ridad de  esta  justicia  <gutíticiera»  que  se  llamaba  entonces 


CAKGOS   V   ACUSACIONES  103 

la  justicia  del  Re}^  residía  y  partía  de  Buenos  Aires  que 
era  el  puerto  por  antonomasia,  las  hordas  del  gauchaje 
oriental  y  litoral  pagaban  con  un  odio  natural  á  los  porte- 
ños las  hazañas  de  la  justicia  colonial:  nada  más  natural, 
nada  más  justo,  y  nada  más  injusto  también  si  se  quiere, 
pues  pagaban  justos  por  pecadores.  Las  actuales  consecuen- 
cias son  fenómenos  de  atavismo». 

Estudia  el  doctor  López  «la  acefalía  de  los  territorios 
federales»,  ó  sea  la  falta  de  agrupaciones  urbanas  numero- 
sas y  fuertes  sobre  la  soinibai'barie  de  las  pam|)as  centra- 
les y  de  las  selvas  uruguayas,  y  dice: 

«Ai'tigas  tenía,  pues,  pronto  y  preparado  el  teatro  del 
drama  vergonzoso  y  sanguinario  que  iba  á  manchar  las 
páginas  de  nuestra  revolución  y  dejar  enfermo  —  jsabe 
Dios  por  cuánto  tienqx)!  —  el  oi'ganismo  social  y  político 
de  los  pueblos  del  Rúj  de  la  Plata  á  una  y  otra  banda.  Al 
proclamar  su  insurrección  debajo  de  las  murallas  de  Mon- 
tevideo y  al  oído  de  los  enemigos  de  la  patria,  soltó  un  ala- 
rido salvaje  que  transcurrió  por  las  selvas  uruguayas;  y  un 
enjambre  de  montoneras  bravias  respondió  cubriendo  to- 
das aquellas  campañas  sin  más  bandera  que  el  saqueo  y  el 
desorden.  Débil  cada  grupo  por  falta  de  una  entidad  for- 
mada que  los  agrupase  á  todos,  se  unieron  á  Artigas  por 
lo  pronto,  mientras  que  en  el  seno  de  cada  cohesión  pro- 
vincial, se  preparaban  á  predominar  futuras  entidades  que 
con  la  misma  bandera  habían  de  alzarse  muy  pronto  y  dar 
en  tierra  con  él». 

Después  de  la  batalla  de  Guayabos,  el  Directorio  resol- 
vió solucionar  la  cuestión  de  la  Banda  Oriental  sobre  la 
base  de  la  independencia  y  mandó  con  ese  objeto  á  su  mi- 
nistro de  Gobierno  don  Nicolás  Herrera.  «Pero  Artigas  se 
negó,  declarando  que  él  se  tenía  por  jefe  supremo  de  los 
pueblos  libres,  es  decir,  de  Entre  Ríos,  CoiTÍentes,  Santa  Fe 
y  Córdoba,  y  que  hasta  no  triunfar  y  ocupar  la  ca[)ital  co- 
mo tal,  no  dejaría  las  armas.  Lo  que  quiere  decir  que  no 
era  sino  un  caudillo  argentino,  alzado  contra  el  Gobierno 
nacional;  y   de  ninguna  manera  un  promotor   ó    defensor 


104  JOSÉ    ARTIGAS 

de  la  independencia  oriental,  como  lo  quieren  presentar  al- 
gunos con  evidente  falsedad  y  mala  fe;  y  esto  prueba  tam- 
bién que  cuando  el  Gobierno  argentino  hizo  acuerdos  con 
el  Gobierno  portugués  para  exterminar  á  este  caudillo,  no 
lo  hizo  contra  un  oriental,  ni  contra  los  intereses  orientales, 
sino  contra  un  bandolero  argentino  que  le  hacía  la  guerni; 
y  que  por  consiguiente,  el  Gobierno  estuvo  en  su  pleno  de- 
recho para  obrar  así». 

La  «locuiuentaeióii  del  doctor  López. 

¿La  prueba  de  todas  estas  enormidades  que  amontona 
el  doctor  López? 

«Es  menester»,  dice  el  autor  en  una  nota  de  su  «Ma- 
nual», «poner  en  manos  de  la  juventud  culta,  liberal  é  in- 
clinada á  moralizar  nuestras  ideas  políticas,  el  detalle  pro- 
lijo de  las  fechorías  de  este  caudillo  siniestro,  tal  como  está 
documentado  por  escritores  honorables  y  verídicos:  F.  Be- 
rra, «Bosquejo  histórico»;  Genenil  Nicolás  Vedia,  «Memo- 
rias»; B.  Mitre,  «Historia  de  Belgrano»;  V.  F.  López, 
« Historia  Argentina  » . 

Hemos  examinado  algunas  de  esas  fuentes,  sin  encon- 
trar el  más  remoto  asomo  de  documentación.  Y  más 
adelante,  tendremos  oportunidad  de  examinar  las  res- 
tantes, con  el  mismo  resultado  negativo  en  materia  de 
pruebas. 

Es  tan  corriente  la  costumbre  de  reducir  la  documenta- 
ción contra  Artigas  á  la  simple  afirmación  de  sus  detrac- 
tores, que  el  doctor  López  dice,  por  ejenq)lo,  como  la  cosa 
más  llana  del  mundo,  que  Vedia,  French,  Soler,  Vázquez, 
Viera,  Vargas  y  otros  jefes  solicitaron  del  Gobierno  su  se- 
paración del  ejército  de  Artigas,  invocando  que  el  campa- 
mento del  Ayuí  era  un  foco  de  corrupción,  de  bárbaros 
amotinados,  de  asesinatos  y  de  robos.  Si  tales  gestiones  se 
hubieran  deducido,  nada  más  fácil  que  fundar  su  prueba 
en  la  riquísima   docuniculación  del  Archivo  de  la  Nación 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  105 

Argentinn,  que  por  su  abundancia  de  piezas  justificativas 
es  una  oficina  que  honra  mucho  á  Buenos  Aires.  Pero  no 
han  producido  esas  pruebas,  sencillamente  porque  ellas  no 
existen,  ni  han  existido  jamás 

Hablando  de  Montei'roso,  uno  de  los  inteligentísimos 
secretarios  de  Artigas,  dice  el  doctor  López  en  su  «Re- 
volución Argentina»,  que  «cuando  quiso  entrar  á  vivir 
en  Montevideo,  recién  libertado  del  Brasil,  el  escándalo 
de  sus  habitantes  llegó  á  su  colmo,  y  arrojado  de  allí 
por  la  autoridad,  tuvo  que  ir  á  morir  en  un  rincón  agreste 
y  sohtario  del  valle  de  Elquí,  al  sur  de  Chile,  donde  lo  he 
visto  el  año  1842,  con  una  familia  que  allí  se  había  dado 
él  mismo». 

En  su  obra  «Artigas»,  ha  [)ublicado  Carlos  María  Ra- 
mírez tres  documentos  que  prueban  la  absoluta  falsedad  de 
estas  afirmaciones  del  doctor  López.  Vamos  á  transcribir- 
los, por  su  inmensa  importancia  para  probar  el  criterio  fan- 
tasista  de  los  adversarios  del  jefe  de  los  orientales. 

«Después  de  la  derrota  de  Ramírez  (1821)  Monterroso 
emigró  efectivamente  á  Chile  donde  hizo  fortuna  con  la  ex- 
I)lotación  de  una  mina.  En  ngosto  de  1834  se  presentó  en 
Montevideo  procedente  de  Valparaíso  y  con  el  nombre  su- 
puesto de  Luis  Feí-rol  y  en  calidad  de  particular,  por  cuya 
razón  fué  arrestado,  decía  el  jefe  de  policía  don  Luis  Lamas 
en  oficio  dirigido  á  don  Lucas  Obes,  INlinistro  de  Gobier- 
no, que  existe  en  el  Archivo  público  y  del  cual  tenemos 
copia,  así  como  de  los  que  en  seguida  vamos  á  citar.  Por 
orden  del  Gobierno,  fué  encerrado  Monterroso  en  el  con- 
vento de  San  Francisco.  Se  escapó  de  allí  á  los  pocos  días, 
y  el  1  O  de  septiembre,  después  de  tenérsele  encerrado  en  la 
Ciudadehí,  fué  embarcado  en  un  buque  que  salía  para  ul- 
tra nuir». 

Interpelado  acerca  de  esto  por  la  Curia,  dictó  el  Go- 
bierno la  siguiente  resolución: 

«Pásese  nota  al  señor  Provisor,  indicándole  que  el  Go- 
bierno al  adoptar  la  medida  que  él  ha  debido  conocer,  ha 
tenido  en  vista  llenar  un   deber  que  le  acuerdan  las  facul- 


106  JOSÉ    ARTIGAR 

tades  constitucionales  y  el  carácter  amenazador  de  los  crí- 
menes que  acechan  la  tranquilidad  y  la  paz  de  la  Repúbli- 
ca, uniéndose  á  estas  consideraciones  otras  no  menos  alar- 
mantes que  procedían  de  la  conducta  observada  por  aquel 
religioso  y  las  sospechas  vehementes  de  que  la  menor  vi- 
gilancia por  parte  de  la  autoridad,  le  ofrecían  un  nuevo  es- 
tímulo para  desplegar  su  genio  y  las  inclinaciones  que  le 
unen  á  la  persona  y  á  la  causa  de  la  anarquía». 

En  el  oficio  en  que  comunicaba  á  la  Curia  esta  resolu- 
ción, decía  don  Lucas  Obes: 

'-^Por  tanto  y  con  la  delación  positiva  de  que  al  abrigo 
de  la  libertad  en  que  el  prelado  de  San  Francisco  había 
dejado  al  apóstata  de  esa  misma  orden  y  apóstol  de  esa 
misma  anarquía  fray  José  Gervasio  Monterroso,  habría 
llegado  éste  á  combinar  su  fuga  á  la  campaña,  el  Gobierno 
á  quien  de  antemano  constaban  los  esfuerzos  hechos  por  el 
caudillo  Lavalleja  para  unir  á  su  bando  á  un  hombre  tan 
digno  de  encabezarlo  como  él  mismo,  resolvió,  etc.», 

«Sucedía  esto  bajo  el  Gobierno  de  Rivera.  Monterroso 
fué  á  Roma,  obtuvo  del  Papa  su  secularización,  es  decir  su 
transformación  de  religioso  regular  en  religioso  seglar,  pa- 
sando de  fraile  á  simple  sacerdote  ó  presbítero,  y  regresó  a 
Montevideo  en  diciembre  de  1836,  cuando  ya  gobernaba 
don  Manuel  Oribe  y  estaba  en  auge  el  círculo  lavallejista. 
A  su  llegada,  ignorándose  la  circunstancia  de  la  seculari- 
zación conseguida,  intimóle  el  Gobierno  por  medio  de  la 
policía,  que  se  retirase  á  vivir  en  el  claustro  de  San  Fran- 
cisco, con  arreglo  á  los  votos  de  su  instituto  ó  recabase  su 
pasaporte  para  salir  del  territorio  del  Estado.  Días  después, 
en  oficio  de  4  de  enero  de  1837,  el  vicario  Larrañaga  es- 
cribía al  Ministro  de  Gobierno  doctor  don  Francisco 
Llambí: 

«Últimamente  ha  presentado  á  este  Vicariato  Apostólico 
el  presbítero  don  José  Gervasio  Monterroso  el  documento 
de  su  secularización  expedido  y  ejecutado  ya  en  la  forma 
necesaria,  circunstancia  que  me  apresuro  á  comunicar  á 
V.  E.  rogándole  se  sirva  elevarla  á  la  noticia  del  Superior 


GARGOS   Y  ACUSACIONES  107 

Gobierno,  quien  no  dudo  participará  en  ello  de  la  más  viva 
complacencia  y  suma  satisfacción  que  yo  experimento  en 
un  asunto  que  tanto  ha  ejercitado  su  alto  celo  y  llamado 
justamente  la  espectación  publica.» 

«Monterroso  murió  tranquilamente  en  Montevideo,  su 
ciudad  natal,  en  marzo  de  18.^8,  según  lo  justifica  la  si- 
guiente partida  parroquial:  «Rafael  Yéregui,  cura  párroco 
de  la  Catedral  Basílica  de  la  Purísima  Concepción  y  de 
los  Santos  Apóstoles  Felipe  y  Santiago  de  Montevideo, 
certifico  que  en  el  Libro  décimo  de  defunciones,  al  folio 
cincuenta  y  tres  se  halla  la  partida  del  tenor  siguiente:  En 
diez  de  marzo  de  mil  ochocientos  treinta  y  ocho  se  enterró 
en  el  cementerio  de  esta  capital  el  cadáver  del  presbítero 
don  Gervasio  Monterroso,  natural  de  esta  ciudad,  hijo  le- 
gítimo de  don  Marcos  y  doña  Juana  Bermúdez,  edad  60 
años  y  por  verdad  lo  firmé  como  teniente  cura. — Francis- 
co de  Lara. — Es  copia  fiel  del  original  á  que  me  refiero. 
— Montevideo,  diciembre  3  de  1884. — Rafael  Yéregui». 

Quiere  decir,  pues,  que  Monterroso  fué  expulsado  de 
Montevideo  en  1834,  única  y  exclusivamente  por  sus  vin- 
culaciones con  Lavalleja,  que  en  esos  momentos  conspira- 
ba contra  la  presidencia  de  Rivera. 

Y  quiere  decir  también,  que  cuando  el  doctor  López  vio 
á  Monterroso  al  Sur  de  Chile  y  al  frente  de  una  familia, 
hacía  ya  cuatro  años  que  el  famoso  fraile  descansaba  en 
un  sepulcro  del  Cementerio  Central  de  Montevideo! 

El  doctor  Berra  y  su  criterio  histórico. 

En  dos  de  sus  obras  se  ocupa  el  doctor  Francisco  A. 
Berra,  de  x\rtigas  y  de  su  actuación  en  la  política  del  Río 
de  la  Plata:  el  «  Bosquejo  Histórico»  y  el  «Estudio  histó- 
rico acerca  de  la  República  Oriental».  Y  dos  ejemplos 
muy  interesantes  vamos  á  invocar  contra  la  veracidad  de 
su  afirmaciones. 

Habla  el  «Bosquejo  Histórico»  de  la  administración  de 
Otorgues  en  1815  y  de  su  bando  contra  los  europeos; 


108  JOSÉ  ARTIGAÍS 

«Este  caudillo  predilecto  de  Artigas,  iustituyó  una  Jun- 
ta de  vigilancia  compuesta  de  crimiiiales  con  el  fin  de 
perseguir  á  los  españoles  y  á  las  personas  que  se  juzgase 
afectas  á  la  causa  de  Buenos  Aires.» 

He  aquí  los  nombres  de  esos  criminales,  según  una 
circular  oficial  que  transcribe  don  Isidoro  De -María 
(«Compendio  de  la  Historia >):  Juan  María  Pérez,  pre- 
sidente; Gerónimo  Pío  Bianchi  y  Lorenzo  Justiniano  Pé- 
rez, vocales.  El  doctor  Lucas  José  Obes,  era  asesor  de  esa 
Junta. 

Los  cuatro  figuraban  á  la  cabeza  de  la  sociabilidad 
uruguaya  y  algunos  de  ellos  han  tenido  relieve  memorable 
por  su  actuación  y  sus  servicios  á  la  patria.  Pero  el  proce- 
so á  Otorgues  requería  que  fueran  bandidos  los  hombres 
de  quienes  él  se  servía,  y  como  bandidos  tenía  que  exhibir- 
los ante  la  historia  el  doctor  Berra. 

Historiando  la  misión  confiada  por  Pueyrredón  al  co- 
ronel Vedia  en  18 1 G,  dice  el  doctor  Berra  en  su  «Bosque- 
jo Histórico»  que  el  comisionado,  después  de  entrevistarse 
con  el  general  Lecor,  se  dirigió  al  campamento  de  Arti- 
gas. Y  no  satisfecho  con  eso,  suministra  el  doctor  Berra 
los  detalles  de  la  entrevista  en  estos  términos: 

«Vedia  se  trasladó  en  seguida  al  campamento  de  Arti- 
gas, le  exhortó  á  que  entrase  en  negociaciones  de  reconci- 
liación con  el  Gobierno  de  las  Provincias  Unidas,  asegu- 
rándole que  este  era  el  camino  por  el  cual  todo  el  Río  de  la 
Plata  correría  á  rechazar  al  invasor,  pero  que  en  caso  con- 
trario la  Banda  Oriental  se  vería  sola  frente  á  los  aconte- 
cimientos. Artigas,  que  tenía  noticias  del  desastre  de  India 
Muerta,  que  había  sido  vencido  en  toda  la  extensa  línea 
de  su  defensa,  que  no  podía  esperar  ya  los  favores  de  la 
fortuna,  contestó  que  no  permitiría  que  nadie  mandase  en 
jefe  sino  él,  y  que  en  cuanto  á  arreglos  con  los  porteños, 
ya  sabía  Barreiro  lo  que  había  que  hacer.» 

Pues  bien,  el  general  Mitre  («Historia  de  Belgrano»), 
relatando  la  entrevista  de  Vedia  con  Lecor,  sobre  la  base 
de  autógrafos  existentes  en    su  archivo  y  con  la  autoridad 


CARGOR  Y  ACUSACIONES  109 

que  le  daba  su  estroclio  parentesco  con  el  co  misionado  ar- 
gentino, dice  lo  siguiente  que  basta  y  sobra  para  pulveri- 
zar el  párrafo  que   antecede: 

«Después  de  algunas  demoras  calculadas,  el  coronel  Ve- 
dia  fué  despachado  al  fin,  entregándole  Lecor  por  despedida 
un  estado  de  las  fuerzas  de  mar  y  tierra  que  estaban  á  sus 
órdenes,  ú.  fin  de  que  lo  comunicase  á  su  Gobierno.  A  pre- 
texto de  falta  de  caballos,  se  le  obligó  indirectamente  á  em- 
barcarse en  Maldonado.  El  objeto  era  ocultar  las  marchas 
del  ejército  portugués  y  posesionarse  de  Montevideo  antes 
que  el  comisionado  argentino  pudiese  dar  cuenta  de  su  comi- 
sión en  Buenos  Aires,  á  donde  llegó  el  7  de  diciembre». 

Para  hacer  más  grave  la  actitud  de  Artigas,  era  necesa- 
rio inventar  una  entrevista  y  la  entrevista  fué  inventada 
con  verdadero  lujo  de  detalles. 

Vengamos  ahora  al  extracto  del  «Bosquejo»  en  la  parte 
relativa  al  jefe  de  los  orientales. 

Artigas  nació  en  Montevideo  el  año  1758  y  tenía  cua- 
renta y  cuatro  años  cuando  el  Gobierno  español  resolvió 
utilizarlo  para  perseguir  a  los  contrabandistas  y  bandole- 
ros. Era  el  más  afamado  entre  los  malhechores.  Enviado 
por  su  padre  á  una  estancia,  desertó  de  ella  y  se  mezcló 
con  los  salvajes  y  contrabandistas,  de  cuyos  vicios  se  infil- 
tró, capitanenndo  al  principio  una  pequeña  banda.  Con- 
cuerdan  los  testimonios  de  la  época  en  que  no  tardó  en 
atraerse  la  atención  de  los  otros  contrabandistas  por  el 
atrevimiento  de  sus  empresas.  Los  contrabandistas  mejor 
templados  prefirieron  ponerse  bajo  sus  órdenes.  El  nombre 
de  Artigas  sonó  en  todas  partes,  como  el  de  un  contraban- 
dista invencible.  El  Gobierno  se  propuso  emplearlo  para 
combatir  á  sus  propios  colegas.  Pasando  por  encima  de  las 
leyes  que  castigaban  se verísi  mámente  estos  delitos,  las  au- 
toridades le  ofrecieron  el  perdón  y  un  señalado  puesto  en 
el  ejército,  en  cambio  de  que  persiguiera  á  los  malhechores 
de  campaña.  Artigas,  halagado  por  la  propuesta  la  aceptó, 
y  valiéndose  de  las  crueldades  que  le  habían  dado  sombría 
reputación  de  contrabandista,  se  lanzó  contra  sus  colegas  y 


lio  JOSÉ    ARTIGAS 

camarades.  Suprimió  toda  formalidad  judicial,  bastándole 
el  eonocimieuto  per.soiuil  de  los  individuos  á  quienes  per- 
seguíii,  {)ara  ordenar  su  muerte.  La  más  usada  de  todas  las 
formas  de  producir  la  muerte,  era  la  de  encliipar,  ó  sea  en- 
volver al  culpable  en  un  cuero  fresco  y  exponerlo  al  sol, 
hasta  que  la  contracción  del  cuero  producía  la  muerte.  Por 
tales  medios,  Artigas  sembró  el  espanto  entre  los  bandidos 
y  tranquilizó  la  campaña. 

Confeccionado  el  retrato  á  base  de  Cavia  y  de  Miller,  la 
obra  del  jefe  de  los  orientales  tenía  que  ser  para  el  doctor 
Berra  materia  de  incesante  «execración  histórica».  Y  así 
fué  efectivamente,  como  lo  demuestra  la  relación  de  los 
períodos  culminantes  de  su  vida  que  extractamos  en  se- 
guida: 

Después  de  la  retirada  del  ejército  portugués,  el  presi- 
dente del  triunvirato,  don  Manuel  de  Sarratea,  tomó  á  su 
cargo  la  organización  del  ejército  que  debía  destinarse  á 
reanudar  las  operaciones  de  la  Banda  Oriental  contra  los 
españoles.  Así  que  llegó  al  Ayuí,  se  hizo  reconocer  como 
general  en  jefe  y  le  arrebató  á  Artigas  todas  sus  tropas 
regulares.  Artigas,  despechado  quedó  en  actitud  de  rebelde, 
y  cuando  el  ejército  de  Sarratea  marchó  al  Estado  Orien- 
tal, él  lo  hostilizó  de  todos  modos,  exigiendo  que  fuese  de- 
puesto y  reemplazado  por  otro  jefe.  Artigas  llegó  á  mante- 
ner comunicaciones  reservadas  con  Vigodet.  Tardaba  el 
Gobierno  en  resolver  el  conflicto  y  entonces  Rondeau  y 
otros  jefes  pidieron  á  Sarratea  que  renunciase,  á  lo  que 
accedió.  Inmediatamente  Artigas  se  unió  á  la  línea  sitia- 
dora. Pero  el  conflicto  debía  reproducirse.  «Habiendo  pro- 
cedido los  pueblos  de  la  provincia  á  elegir  diputados  para 
la  Asamblea  General  Constituyente  que  se  reunió  en  Bue- 
nos Aires  en  enero  de  este  año  (1813)  pretendió  Artigas, 
instigado  por  sus  amigos  los  federales  de  Buenos  Aires, 
que  el  pueblo  se  sometiese  á  su  voluntad  en  la  elección  y 
que  los  diputados  obedeciesen  en  el  desempeño  de  su  co- 
metido á  las  instrucciones  que  él  les  diera.  Como  nadie 
había  autorizado  á  Artigas   para   ejercer   actos   políticos, 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  11  1 

pues  era  un  simple  jefe  militar  de  la  milicia  uruguaya,  y 
menos  podía  arrogarse  la  soberanía  que  por  derecho  per- 
tenecía al  pueblo,  no  le  obedeció  éste,  sino  que  obró  con 
libertad,  según  su  pro[)ia  opinión  El  despecho  de  Artigas 
fué  tan  grande  y  su  modo  de  manifestarlo  tan  opuesto  á  la 
razón,  que  desertó  del  sitio  en  la  noche  del  2  t  de  enero  de 
1814,  dejando  descubierta  el  ala  izquierda  de  la  línea». 

Hablando  de  los  federalistns  de  Buenos  Aires  y  de  Ar- 
tigas: 

«Interesados  en  darle  dirección,  se  apresuraron  á  ofre- 
cer su  amistad  al  que  habínn  instituido  jefe  de  los  orienta- 
les y  á  influir  en  su  ánimo  por  medio  de  cartas  y  de  emi- 
sarios, que  le  trasmitían,  ya  ideas  generales  relativas  á  la 
federación,  ya  consejos  particulares  respecto  de  lo  que  ha- 
bía de  hacer  en  cada  caso.  Artigas  no  podía  darse  cuenta 
de  lo  que  significaban  muchas  de  las  doctrinas  abstractas, 
más  ó  menos  fragmentarias  y  no  siempre  correctas  que  se 
quería  inculcarle,  pero  tomó  de  ellas  las  expresiones  «fe- 
deración:>,  «causa  de  los  pueblos»,  «libertad»,  «despotis- 
mo» y  otras  análogas,  les  atribuyó  la  acepción  extraña  que 
le  sugirieron  su  modo  de  ser  y  sus  hábitos,  y  se  formó  un 
concepto  disparatado  del  papel  que  tenía  que  desempeñar». 

La  ignorancia  de  Artigas  «era  crasísima,  al  extremo  de 
no  poder  escribir  ni  redactar  una  carta  de  pocos  renglones. 
Servíase  de  terceros  para  toda  su  correspondencia  y  como 
éstos  cambiaban  á  menudo,  resultaba  variado  el  estilo,  el 
sentido  y  el  tono  de  sus  comunicaciones». 

Por  lo  demás,  se  a})resura  á  anticipar  el  doctor  Berra, 
la  tendencia  de  los  salvajes  y  bárbaros  es  descentralista, 
individualista.  Los  mismos  níícleos  civilizados  tendían  á 
la  descentralización,  acostumbrados  por  los  Cabildos.  Bue- 
nos Aires  participaba  de  esta  tendencia  y  á  la  vez  de  la 
centralista  en  su  calidad  de  cabeza  del  movimiento  revo- 
lucionario. 

Artigas  concentró  en  su  persona  todos  los  poderes.  Ni 
siquiera  tenía  ministros.  Intervenía  personalmente  en  to- 
dos los  detalles  de  hacienda.    .<  No  pocas    veces   condenaba 


112 


JOSÉ    ARTIGAS 


á  muerte  en  su  propio  campamento,  sin  forma  de  juicio 
como  lo  hizo  con  don  José  Pedro  Gorria  (jefe  de  una  fuer- 
za correntina  que  cayó  prisionera  en  una  acción  de  gueri-a), 
en  su  cuartel  general  á  los  dos  meses  de  tenerlo  preso;^. 
Su  centralismo  fué  tan  riguroso  que  privó  á  los  Cabildos 
de  toda  autonomía.  El  Cabildo  de  Montevideo,  que  ei-a  el 
más  importante,  recibió  terribles  reconvenciones  y  amena- 
zas por  no  acertar  á  cumplir  sus  órdenes  y  tuvo  una  vez 
que  enviar  comisionados  [)ara  aplacar  al  iracundo  geneíal. 
Jamás  reconoció  la  sobeninía  popular  y  él  se  tuvo  siempre 
por  único  soberano  de  su  provincia.  Sólo  concibió  la  for- 
ma de  gobierno  propia  de  las  tribu.^  salvajes  y  no  admitió 
otra  soberanía  que  la  admitida  en  los  estados  salvajes,  en 
que  el  pueblo  nada  significa  y  el  autócrata  todo  lo  puede. 
El  régimen  de  Artigas  puede  considera)'se  como  tipo  de 
absolutismo  personal.  Se  mostró  irritado  con  el  Cabildo 
porque  no  le  mandaba  bastantes  europeos  á  Purificación; 
pero  cuando  Barreiro  le  dio  cuenta  de  las  atrocidades  é  irre- 
gularidades de  Otorgues  y  de  la  complicidad  de  algunas 
personas  civiles  en  el  mal  manejo  de  los  fondos  públicos, 
«castiojó  á  estos  últimos  confiscando  sus  bienes  v  reducién- 
dolos  á  prisión  ó  haciéndolos  matar»,  y  nada  hizo  contra 
Otorgues  sino  convencerlo  de  que  estaba  en  error. 

T^a  «Ii^camentaeió»  «lol  doctor  Berra. 

En  su  «Estudio  histórico  acerca  déla  República  Orien- 
tal del  Uruguay»,  agrega  el  doctor  Berra,  que  los  secuaces 
de  Artigas  recibían  órdenes  de  confinar  á  Purificación 
á  los  españoles  europeos,  y  que  esas  órdenes  dieron  lugar  á 
numerosas  ejecuciones;  que  Rivei'a  al  referirse  en  sus  Me- 
morias á  la  fundación  del  pueblo  del  Hervidero,  expresa 
con  marcada  intención  que  los  españoles  podrían  descifrar 
el  nombre;  que  Artigas  en  1811  y  posteriormente  al  des- 
ocupar el  Hervidero,  arrastró  á  toda  la  población  á  la  cos- 
ta entrerriana,  castigando  con  la  muerte  la  desobediencia; 
y  que  al  invadir  el  territorio  de  Río  Grande  en  1819, 
llevó  todo  á  sangre  y  fuego. 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  113 

Había  llegado  la  oportunidad  de  documentar  esas  y  to- 
das las  demás  crueldades  de  Artigas,  negadas  terminan- 
temente por  Carlos  María  Ramírez.  Y  el  doctor  Berra 
sale  del  apuro,  citando  sus  fuentes,  para  demostrar  que  no 
se  ha  ceñido  al  folleto  de  Cavia,  por  más  que  reconozca  que 
«es  de  un  valor  histórico  indisputable».  He  aquí  las  fuen- 
tes principales  del  autor: 

El  general  Miller,  que  «tuvo  ocasión  para  conocer  de 
cerca  á  Artigas  >,  refiere  que  éste  en  su  juventud  se  eman- 
cipó de  la  autoridad  paterna  y  de  la  autoridad  pública  y 
que  «asociándose  absolutamente  con  los  bandidos  llegó  á 
ser  el  terror  de  todo  el  país»;  que  fué  jefe  de  contraban- 
distas españoles  y  portugueses;  que  después  entró  al  ser- 
vicio de  los  españoles,  bastándole  la  notoriedad  del  crimen 
para  ejecutar  ai  delincuente;  que  cuando  los  criminales 
eran  muchos  y  creía  conveniente  no  gastar  pólvora,  acos- 
tumbraba á  liarlos  en  cueros  frescos  y  á  dejarlos  morir  allí 
en  medio  de  la  mayor    desesperación. 

Los  señores  Rengger  y  Lonchamp,  vinieron  al  Río  de 
la  Plata  á  mediados  de  1818  y  se  dirigieron  al  Paraguay 
con  el  propósito  de  realizar  exploraciones  científicas.  Y 
ellos  dicen  que  la  vida  de  Artigas  es  un  tejido  de  horro- 
res, como  contrabandista  y  salteador;  que  el  gobierno  es- 
pañol lo  tomó  á  su  servicio  y  lo  convirtió  en  perseguidor 
de  sus  camaradas;  que  más  tarde  encendió  la  guerra  civil 
y  provocó  á  los  brasileños;  que  estaba  rodeado  de  facine- 
rosos, etc. 

Entre  los  orientales  que  se  han  ocupado  de  Artigas, figu- 
ran el  doctor  Juan  Carlos  Gómez  y  el  doctor  Pérez  Gomar, 
que  han  emitido  juicios  bien  desfavorables,  y  el  general 
Nicolás  Vedia  «uno  de  los  que  se  amotinaron  en  el  Ce- 
rrito  con  Artigas  contra  el  general  en  jefe  del  ejército  pa- 
triota que  sitiaba  la  plaza    de  Montevideo  en  1813». 

El  «viejo  oriental»  que  es  «un  conocido»,  dice  que  Ar- 
tigas fué  un  malvado  que  mientras  estuvo  al  servicio  de 
los  españoles  fusilaba  y  degollaba  criminales  «sin  forma 
de  causa»;  que  era  un  hombre  criminal   y  corrompido:  un 

JOSÉ  ARTIGAS— 8  r.  I. 


114  JOSÉ    ARTIGAS 

terrorista,  autor  de  una  política  prostituida;  que  «la  indi- 
fereneia  con  que  recibía  la  noticia  de  los  degüellos  hechos^ 
por  su  orden  ó  no,  era  pasmosa». 

El  señor  Cavia,  «que  es  uno  de  los  orientales  más  dis- 
tinguidos de  su  tiempo^>,  al  ocuparse  de  la  entrada  de  Arti- 
gas al  servicio  del  Gobierno  español,  dice:  <^En  ese  tiempo 
era  voz  pública  en  Montevideo  que  Artigas  de  acuer- 
do con  los  mandatarios  españoles,  degollaba  ó  fusilaba 
hombres  de  la  campaña,  sin  proceso  ni  formalidad  alguna, 
con  solo  la  calidad  queá  él  le  constase  que  eran  criminales. 
No  salimos  garantes  de  la  realidad  de  estas  noticias,  aun- 
que encontramos  mucha  analogía  entre  semejantes  hechos 
y  los  que  á  nuestra  vista  ha  cometido  posteriormente  el  Pro- 
tector». 

El  Cabildo  que  desde  1816  tenía  Montevideo,  compues- 
to de  los  señores  Juan  José  Duran,  Juan  de  Medina,  Felipe 
García,  Agustín  Estrada,  Joaquín  Suárez,  Santiago  Sie- 
rra, Juan  Francisco  Giró,  Lorenzo  J.  Pérez,  José  Trápani 
y  Gerónimo  Pío  Bianchi,  se  reunió  el  mismo  día  de  la  des- 
ocupación de  Montevideo  por  las  fuerzas  artiguistas  (19 
de  enero  de  1817)  y  en  dicha  reunión  habló  así  el  síndico 
procurador  general:  «Qué  medios  deberían  adoptarse  des- 
pués del  abandono  hecho  por  la  fuerza  armada  que  oprimía 
esta  plaza  y  vecindario  que  había  siempre  representado  los 
deseos  por  la  paz  y  tranquilidad  constantemente  manifesta- 
dos por  el  pueblo  y  quehastaahora  se. vio  forzado  á  sopor- 
tarla. Pero  que  viéndose  ahora  ya  libre  de  aquella  opresión, 
se  hallaban  en  el  caso  de  declarar  y  demostrar  públicamen- 
te que  la  violencia  había  sido  el  motivo  de  tolerar  y  obe- 
decer á  don  José  Artigas».  Oída  la  exposición  del  síndico, 
declaró  el  Cabildo  «que  habiendo  desaparecido  el  tiempo 
en  que  su  autoridad  estaba  ultrajada,  sus  notas  despreciadas 
y  estrechado  á  obrar  de  la  manera  que  la  fuerza  armada 
disponía,  vejados  aún  de  la  misma  soldadesca  y  precisados 
á  dar  algunos  pasos  que  en  otras  circunstancias  hubieran 
excusado,  debían  desplegar  los  verdaderos  sentimientos  de 
que  estaban  animados,  pidiendo  y  admitiendo  la  protección 
de  las  armas  de  S.  M.  F.  que  marchaban  sobre  esta  plaza». 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  115 

De  acuerdo  con  su  nueva  orientación,  el  Cabildo  pasó  en 
el  acto  la  siguiente  nota  al  general  Lecor,  y  designó  para 
efectuar  la  entrega  al  alguacil  mayor  don  Agustín  Estrada 
y  al  vicario  Larra  naga: 

«El  Cabildo  de  esta  ciudad  de  Montevideo  acaba  de 
reasumir  la  autoridad  pública  y  militar  en  ella,  desde  que 
la  tropa  de  su  guarnición  la  desamparó,  marchando  á  otros 
destinos.  La  municipalidad,  pues,  se  halla  á  la  cabeza  de  un 
pueblo  pacífico  y  absolutamente  tranquilo,  que  lejos  de  de- 
fenderse con  el  uso  de  la  fuerza,  sólo  desea  se  abrevien  los 
momentos  de  verse  resguardado  y  seguro  bajo  la  protec- 
ción de  las  armas  portuguesas.  Al  efecto  dirige  el  Calbildoá 
V.  E.  la  presente  diputación,  premunida  de  amplios  pode- 
res para  que  acordando  con  V.  E.  la  forma  y  modo  con 
que  debe  ocupar  esta  plaza,  y  ratificadas  las  condiciones 
por  esta  municipalidad,  pase  V.  E.  á  ocuparla  con  la  fuerza 
de  su  mando  para  satisfacción  común.  Aunque  el  Cabildo 
no  ha  sido  enterado  oficialmente  de  la  intimación  hecha  al 
Gobierno  sobre  el  motivo  de  la  guerra,  ha  llegado  no  obstan- 
te á  sus  oídos  que  el  objeto  de  S.  M.  F,  se  reduce  al  esta- 
blecimiento del  orden  público  para  seguridad  individual  de 
todos  los  orientales  de  esta  provincia,  el  pleno  goce  de  sus 
propiedades  y  posesiones  rurales  y  urbanas,  sus  estableci- 
mientos científicos  laudables,  usos  y  costumbres.  Si  á  este 
beneficio  se  agrega  el  de  libertar  de  contribuciones  á  un 
vecindario  empol)recido  y  exhausto,  consideraría  esta  ciu- 
dad colmada  su  fortuna  á  la  sombra  de  tan  alto  protector. 
Tales  podrían  ser  las  bases  de  las  favorables  condiciones 
que  espera  esta  pacífica  ciutlad  se  le  dispensen.» 

Y  el  31  del  mismo  mes  se  dirigió  todavía  el  Cabildo  al 
monarca  portugués  diciendole:  «que  en  los  momentos  de 
su  agonía,  cuando  la  opresión,  el  terror  y  la  anarquía  en  es- 
trecha federación  con  todas  las  pasiones  de  una  facción  co- 
rrompida, iban  á  descargar  el  último  golpe  sobre  su  existen- 
cia política,  había  interpuesto  S.  M.  su  brazo  poderoso, 
ahuyentó  al  asesino,  y  los  pueblos  se  hallaron  rodeados  de 
un  ejército  que  les  asegura  la  paz,  el  reposo  y  la  protección 


lio  JOSÉ    ARTIGAS 

constante  de  un  cetro  que  para  ser  grande  no  necesitaba  de 
nuevas  conquistas». 

Años  después,  en  su  primera  proclama,  decía  Lavalleja 
que  su  única  aspiración  era  preservar  al  pueblo  «de  la  ho- 
rrible plaga  de  la  anarquía  j  fundar  el  imperio  de  la  ley». 
En  una  segunda  proclama  expresaban  Lavalleja  y  Rivera 
«que  la  experiencia  liabía  manifestado  desgraciadamente 
en  otras  épocas,  que  en  la  revolución  las  pasiones  se  des- 
enfrenan y  los  malv^ados  se  aprovechan  de  estos  momentos 
para  cometer  los  delitos  de  deserción,  liomicidio,  estupro  y 
latrocinio».  Finalmente  la  Junta  de  Representantes  en  su 
manifiesto  de  9  de  abril  de  1827  declaraba:  «que  ya  era 
tiempo  de  que  los  orientales  se  presentasen  ante  el  mundo 
de  un  modo  digno  y  que  así  como  desgi'aciadamente  fueron 
el  escandido  de  los  pueblos,  sirvieran  ahora  de  ejemplo  á 
aquellos  que  entonces  eran  tan  desgraciados  como  ellos  lo 
habían  sido...  Si  la  anarquía  nos  hizo  gemir  bajo  el  yugo 
de  la  tiranía  doméstica,  si  ella  despobló  nuestra  tierra  y 
sirvió  de  pretexto  á  un  extranjero  astuto  que  nos  hizo 
arrastrar  sus  cadenas  por  diez  años,  ios  principios  de  orden 
que  hoy  practicamos  contribuirán  sin  duda  á  constituir  el 
país  y  cerrar  para  siempre  la  revolución». 

Tales  son  las  grandes  fuentes  históricas  del  doctor  Berra: 
los  naturalistas  Rengger  y  Longchamp  y  el  general  Miller 
que  hablan  de  hechos  que  no  pudieron  conocer  absoluta- 
mente y  que  repiten  el  contenido  del  libelo  de  Cavia;  el  gene- 
ral Vedia,un  adversario  decidido  de  Artigas,  que  sólo  acusa 
á  éste  de  haber  empleado  la  violencia  para  promover  la 
emigración  de  la  población  de  la  campaña  á  raíz  del  levan- 
tamiento del  primer  sitio,  sin  pei'juicio  de  asegurar  en  otro 
párrafo  que  leeremos  más  adelante,  que  el  movimiento  mi- 
gratorio fué  espontáneo;  el  «distinguido  hijo  de  Montevi- 
deo» don  Feliciano  Cavia,  oriundo  de  Buenos  Aires  y  ofi- 
cial mayor  de  ministerio  durante  el  Directorio  de  Pueyrre- 
dón,  el  grande adversaiio  de  Artigas  cuando  apareció  el  libelo 
infamatorio  «de autoridad  indiscutible»  según  el  doctor  Be- 
rra; el  Cabildo  de  1 8 1 G,  que  al  disponerse  á  recibir  bajo  palio 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  117 

al  general  Lecor,  tenía  naturalmente  que  cargarle  la  mano 
al  jefe  de  los  orientales  (conste,  sin  embargo,  que  de  ese 
Ajuntamietito,  no  formaba  ya  parte  don  Joaíjuín  Suárez). 
También  invoca  una  memoria  que  se  atribuye  al  general 
Rivera,  pero  que  no  puede  ser  obra  suya,  según  lo  veremos 
más  adelante. 
¡Y  nada  más! 

El  fe<lci-aIisino  según  Kainos    Mejía. 

El  señor  Francisco  Ramos  Mejía  (c<El  Federalismo  Ar- 
gentino ),  trata  de  arrancar  á  Artigas  del  puesto  culminante 
que  ocupa  en  el  escenario  del  Río  de  la  Plata  como  porta- 
estandarte del  federalismo,  y  para  conseguirlo  lanza  contra 
el  jefe  de  los  orientales  todas  las  diatribas  de  que  rebosan 
el  libelo  de  Cavia  y  las  obras  del  doctor   López. 

Abre  el  autor  el  primer  capítulo  de  su  obra,  preguntan- 
do cuáles  son  los  factores  del  federalismo  argentino: 

«¿Habrá  sido  la  palabra  y  la  idea  lanzada  por  el  horren- 
do dictador  del  Paraguay  en  la  convención  de  1811;  habrá 
sido  debida  á  la  acción  del  bandolero  de  la  Banda  Orien- 
tal en  Entre  Ríos  y  Santa  Fe,  ó  pura  y  simplemente  el 
efecto  del  capricho  vanidoso  y  pedante  de  un  viejo  canóni- 
go? Un  sentimiento  tan  vivaz  y  activo,  que  ha  sobrevivido 
á  todos  nuestros  dolores  y  á  todas  nuestras  amarguras;  que 
á  pesar  de  haber  sembrado  la  desolación  y  la  ruina  en  la 
República  ha  resistido  á  todas  las  aprensiones  y  repugnan- 
cias que  tales  efectos  suscitaban,  y  acabado  por  con- 
vertirse en  la  fórmula  definitiva  de  su  constitución 
política,  tiene  que  haber  respondido  á  algo  más  que  eso 
que  se  dice.  La  palabra  del  tirano  del  Paraguay  escrita  en 
un  papel  que  por  lo  escaso  de  los  medios  de  publicidad  de 
entonces,  debió  quedar  casi  inédita,  no  pudo  conmover 
tan  hondamente  el  sentimiento  popular.  No  pudo  conmo- 
verlo las  proclamas  y  la  acción  del  enchalecador  de  Puri- 
ficación sugestionado  por  un  fraile  apóstata  y  montaraz, 
caudillo  con  prestigio  en  las  masas  bárbaras  del   Uruguay 


]  1  8  JOSÉ    ARTIGAS 

únicamente.  Para  que  un  hombre  se  convierta  en  el  cau- 
dillo de  su  pueblo,  le  inspire  el  hálito  vivificador  de  sus 
ideas  y  lo  someta  al  influjo  omnipotente  de  su  acción  y  de 
su  mente,  imponiéndole  así  el  sello  impresivo  de  una  per- 
sonalidad vigorosa,  se  requiere  ser  algo  más  que  un  obscu- 
ro caudillo  de  pastores.  Sin  altura  moral,  sin  inteligencia 
amplia  y  vigorosa,  sin  el  hábito  de  la  meditación  y  del  es- 
tudio que  disciplinan  y  vigoi'izan  el  espíritu  y  enriquecen 
la  imaginación;  sin  calidades  personales  que  lo  hicieran 
atractivo,  ¿cómo  podía  haber  determinado  un  movimiento 
político  tan  estupendo  la  repugnante  personalidad  de  Arti- 
gas? Artigas  no  fué  sino  una  de  las  tantas  manifestaciones 
del  federalismo  argentino,  aunque  en  su  forma  más  bárbara 
y  barbarizadora;  sustraerle  á  la  explicación  general  para  co- 
locarle en  una  posición  exterior  y  anterior  á  ese  fenómeno 
singularísimo,  elevándolo  así  hasta  la  categoría  de  creador 
de  uno  de  los  movimientos  sociales  más  complicados, 
es  demostrar  no  sólo  falta  de  criterio  histórico  y  sociológi- 
co, sino  del  más  trivial  don  de  observación.  Toda  la  estruc- 
tura íntima  de  un  pueblo  alterada  de  improviso  y  funda- 
mentalmente con  violación  de  la  ley  de  evolución  por  un 
obscuro  caudillejo!  Comprendo  el  luteranismo  en  religión, 
el  bonapartismo  en  política,  el  byronismo  en  literatura; 
pero  el  artiguismo  como  síntesis  del  federalismo  argenti- 
no. . .  ¡bah!,  es  demasiado  grotesca  la  superchería  para  enga- 
ñar á  los  que  no  necesitamos  crearnos  una  tradición  na- 
cional». 

«Al  revés  de  lo  que  ha  sucedido  en  los  Estados  Unidos 
de  Norte  América,  donde  el  federalismo  nació  en  la  colo- 
nia, entre  nosotros  el  federalismo  ha  nacido  en  la  madre 
patria...  Pero  compréndase  bien  que  hablamos  de  tenden- 
cias, de  espíritu  federativo,  no  de  instituciones»...  «La  Es- 
paña apareció  en  la  historia  como  un  conjunto  hetero- 
géneo de  pueblos  distintos  é  independientes  entre  sí,  conti- 
nuó como  una  reunión  de  estados  y  terminó  en  una  fe- 
deración de  monarquías. . .  La  repugnancia  á  la  unidad,  la 
tendencia  al  aislamiento  y  al  individualismo,  el  desdén  por  las 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  119 

alianzas,  son  los  caracteres  típicos  con  que  nos  describen 
€sos  pueblos  todos  los  historiadores  y  geógrafos  extranjeros 
y  españoles  desde  Estrabón  hasta  Lafuente. . .  Este  pueblo 
particularista  por  temperamento,  altivo  y  mal  sufrido,  debía 
al  reproducirse  imprimir  sus  cualidades  étnicas,  políticas  y 
sociales  á  aquellos  á  quienes  diera  nacimiento.  Los  semejan- 
tes entre  sí  engendran  sus  semejantes,  y  la  obra  lenta  y 
continuadamente  elaborada  durante  veinte  ó  más  siglos 
no  podía  alterarse  de  improviso  al  ser  trasladado  ese  pue- 
blo á  otros  climas  y  otras  tierras,  siempre  que  se  mantuvie- 
ra pura  y  exclusivamente  sometido  á  sus  propias  tenden- 
cias é  idiosincrasias...  Fué  precisamente  lo  que  sucedió  á 
lo  menos  en  la  hoy  República  Ai-gentina. . .  Los  conquista- 
dores cuando  fundaban  sus  ciudades  se  encontraban  entre- 
gados á  sí  mismos,  sin  que  el  gobierno  de  España  intervinie- 
ra para  nada,  sin  que  ni  siquiera  tuviera  noticia  de  lo  que 
hacían  y  sin  que  los  rodeara  otro  pueblo  que  ellos  mismos. 
Eran  los  conquistadores  los  que  dictaban  las  leyes  consti- 
tucionales y  administrativas  de  las  nuevas  poblaciones  y 
los  que  las  dotaban  de  magistrados  y  empleados  públicos». 
La  Revolución  de  Mayo  fué  un  movimiento  de  carácter 
esencialmente  municipal...  La  federación  argentina  no  es 
sino  el  desenvolvimiento  natural  del  comunalismo  colo- 
nial... Las  catorce  provincias  argentinas  no  son  sino  las 
catorce  ciudades  cabildos  de  la  parte  del  virreinato  que  hoy 
ocupa  la  Argentina ...  La  individualidad  délas  ciudades 
se  acentúa  todnvía  después  de  la  Revolución  de  Mayo,  en 
la  conducta  de  los  cabildos  y  en  las  diputaciones  á  los  con- 
gresos. A  medida  que  va  desapareciendo  el  peligro  común 
y  que  se  acentúa  la  debilidad  de  los  gobiernos  nacionales,  las 
ciudades  se  separan,  se  emancipan  unas  de  otras,  arrastran- 
do cada  una  un  pedazo  de  tierra  más  ó  menos  extenso.  El 
origen  de  las  provincias  argentinas  es  puramente  comunal. 
Lo  que  con  mal  nombre  se  ha  llamado  anarquía,  artiguis- 
mo,  etc.,  y  que  en  sus  manifestaciones  más  inorgánicas  en 
Entre  Ríos  y  Corrientes  y  más  tarde  en  La  Rioja  con 
'Quiroga,  no  es  sino  una  exageración  convulsiva  del  federa- 


120  JOSÉ    ARTIGAS 

lismo,  debido  ni  estado  del  país,  no  nació,  pues,  en  la  Re- 
pública Argentina  en  las  masas  semibárbaras  de  la  cam- 
paña, sino  en  las  ciudades,  en  las  comunas  urbanas  del 
territorio.  Aquéllas  siguieron  el  movimiento  que  se  les  im- 
primía, como  habrían  seguido  cualquier  otro  si  se  hubieran 
hallado  sometidas  á  su  acción...  Este  movimiento  de  se- 
gregación de  las  ciutlades  argentinas  que  más  tarde  consti- 
tuyeron la  federación  argentina,  no  fué,  pues,  un  movi- 
miento puramente  anárquico  producido  por  las  masas  cam- 
pesinas, ni  un  fenómeno  de  la  anarquía  espontánea  de  que 
habla  Taine,  hija  del  estado  de  desgobierno  en  que  cayó  el 
país  después  de  1810,  ni  el  efecto  de  una  nota  paraguaya,, 
ni  la  obra  del  bandido  transplatino,  sino  el  resultado  de  una 
evolución  orgánica  que  vino  operándose  desde  los  orígenes 
remotos  del  país  argentino  y  hecha  visible  en  un  momento 
oportuno. 

Los  principios  y  doctrinas  constitucionales  á  que  res- 
ponde ese  fenómeno,  fueron  proclamados  en  plena  revolu- 
ción por  Mariano  Moreno,  quien  en  «La  Gaceta»  del  13  de 
noviembre  de  1810  se  expresaba  así: 

«La  disolución  de  la  Junta  central  restituyó  á  los  pue- 
blos la  plenitud  de  los  poderes  que  nadie  sino  ellos  mis- 
mos podían  ejercer,  desde  que  el  cautiverio  del  rey  dejó 
acéfalo  el  reino  y  sueltos  los  vínculos  que  lo  constituían 
centro  y  cabeza  del  cuerpo  social.  En  esta  dispersión  no 
sólo  cada  pueblo  reasumió  la  autoridad  que  de  consuno 
habían  conferido  al  monarca,  sino  que  cada  hombre  debió 
considerarse  en  el  estado  anterior  al  pacto  social  de  que  de- 
rivan las  obligaciones  que  ligan  al  rey  con  los  vasallos 

Cada  provincia»  (habla  el  autor  del  levantamiento  de  Espa- 
ña) «se  concentró  en  sí  misma  y  no  aspirando  á  dar  á  su 
soberanía  mayores  términos  de  los  que  el  tiempo  y  la  natu- 
raleza habían  fijado  á  las  relaciones  interiores  de  los  com- 
provincianos, resultaron  tantas  representaciones  supremas 
é  independientes  cuantas  Juntas  provinciales  se  habían  eri- 
gido. Ninguna  de  ellas  solicitó  dominar  á  las  otras,  ningu- 
na creyó  menguada  su   representación  por  no  haber  concu- 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  121 

rrido  el  consentimiento  de  las  demás,  y  todas  pudieron  ha- 
ber continuado  legítimamente  sin  unirse  entre  sí  mismas. 
Es  verdad  que  al  poco  tiempo  resultó  la  Junta  central  co- 
mo representante  de  todas;  pero  prescindiendo  de  las  gra- 
ves dudas  que  ofrece  la  legitimidad  de  su  instalación,  ella 
fué  obra  del  unánime  consentimiento  de  las  demás  Juntas; 
alguna  de  ellas  continuó  sin  tacha  de  crimen  en  su  primi- 
tiva independencia,  y  las  que  se  asociaron  cedieron  á  la  ne- 
cesidad de  concentrar  sus  fuerzas  para  resistir  á  un  enemiga 
poderoso  que  instaba  con  pi'eferencia:  sin  embargo,  la  nece- 
sidad no  es  una  obligación,  y  sin  los  peligros  de  la  vecindad 
del  enemigo,  pudieron  las  Juntas  sustituir  por  sí  mismas,  en 
sus  r<^spectivas  provincias,  la  representación  soberana  que 
con  la  ausencia  del  rey  había  desaparecido  del  reino». 

En  «La  Gaceta»  del  28  de  noviembre,  el  doctor  Mo- 
reno después  de  insistir  en  «que  disueltos  los  vínculos  que 
ligaban  á  los  [)ueblos  con  el  monarca,  cada  provincia  era  due- 
ña de  sí  misma,  por  cuanto  el  pacto  social  no  establecía 
relaciones  entre  ellas  directamente  sino  entre  el  rey  y  los 
pueblos,»  agregaba:  «Si  consideramos  el  diverso  oi'igen  de 
los  estados  que  formaban  la  monarquía  española,  no  descu- 
briremos un  solo  título  por  donde  deban  continuar  unidos, 
faltando  el  rey  que  era  el  centro  de  su  anterior  unidad. 
Las  leyes  deludías  declararon  que  la  América  era  una  par- 
te ó  accesión  de  la  corona  de  Castilla,  de  la  que  jamás  pu- 
diera dividirse:  yo  no  alcanzo  los  principios  legítimos  de  esa 
decisión;  pero  la  i'endición  de  Castilla  al  yugo  de  un  usur- 
pador dividió  nuestras  provincias  de  aquel  reino,  nues- 
tros pueblos  entraron  felizmente  al  goce  de  unos  derechos 
que  desde  la  conquista  habían  estado  sofocados;  estos  de- 
rechos se  derivan  esencialmente  de  la  calidad  de  [)ueblos 
y  cada  uno  tiene  los  suyos  enteramente  iguales  y  diferentes 
de  los  demás». 

«El  federalismo  argentino,  aunque  ha  querido  personi- 
ficarse en  Ramírez,  López  y  sobre  todo  en  Artigas,  fué  la 
obra  armónica  y  colectiva  del  pueblo  argentino  todo  y  no 
el  resultado  de  la  acción  de  un    malvado  sin  altura,  y  fué 


122  JOSÉ    ARTIGAS 

por  esto  que  después  de  luchar  contra  fuerzas  poderosas 
que  trataban  de  contrarrestarle,  triunfó  al  fin  y  se  convirtió 
en  hecho  definitivo  y  constante...  En  cuanto  al  artiguis- 
mo  propio,  el  único  que  reconocemos,  no  fué  sino  una  for- 
ma, la  más  bárbara  y  ominosa  si  se  quiere,  del  federalismo 
argentino  de  que  estuvieron  poseídos  Ramírez,  López, 
Araoz,  Bustos,  Güemes  y  las  demás  provincias  donde  no 
imperó  caudillo  y  que  produjo  sucesivamente  el  fracciona- 
miento de  las  provincias  mismas  entre  sí.  Llamar  por  con- 
siguiente artiguistas  á  Ramírez  y  á  López  porque  obraron 
á  veces  de  concierto  con  aquél  y  calificar  de  artiguisnio  to- 
do movimiento  provincial  antiuuitario,  es — cuando  no  fuera 
ya  un  error  de  concepto, — hacer  de  iVrtigas  un  ser  excepcio- 
nal, pues  se  le  constituye  en  iniciador  de  uno  de  los  movi- 
mientos más  curiosos  y  originales  de  la  historia  argenti- 
na... Si  Santa  Fe,  si  Entre  Ríos,  si  Córdoba  se  vincularon 
alguna  vez  con  Artigas,  no  fué  porque  reconocieran  en  él  un 
jefe  ni  el  representante  de  un  ideal,  sino  porque  aliándose 
á  él  facilitaban  el  triunfo  de  sus  propias  ideas.  Fueron  alia- 
das de  Artigas,  no  subordinadas,  y  si  al  principio  adopta- 
ron una  posición  inferior  á  su  respecto,  es  porque  así  les 
convenía.  La  prueba  está  en  que  lo  abandonaron  y  aun  lo 
combatieron  cuando  no  lo  necesitaron.  Córdoba  por  ejem- 
plo, no  conoció  á  Artigas  sino  de  nombre,  y  sin  embargo, 
sin  que  nadie  trabajara  para  ello,  su  nombre  se  hizo  popu- 
lar y  todas  las  miradas  se  dirigieron  hacia  el  choti-protec- 
tor.  ¿Por  qué?  Porque  vieron  lo  que  sucedía  en  Entre  Ríos 
y  Santa  Fe  donde  las  impolíticas  y  mal  combinadas  expe- 
diciones ordenadas  por  el  Gobierno  central  no  hacían  sino 
revolver  las  poblaciones  con  evidente  perjuicio  para  la  paz 
pública ...  Y  si  este  efecto  producían  en  Córdoba  de  refle- 
jo, ¡cuál  produciría  en  las  que  las  padecían!...  Sin  esta  po- 
lítica malhadada,  probablemente  Artigas  no  habría  pasado 
de  un  revolvedor  de  la  Banda  Oriental  del  Uruguay.» 

Vamos  á  terminar  este  extracto,  cuyos  puntos  capitales 
tendremos  oportunidad  de  examinar  más  adelante.  ¡Bárba- 
ro, bandido,  enchalecador !  Pierden  su  serenidad  de  juicio 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  123 

los  historiadores  argentinos  ante  la  actuación  indiscutible 
j  siempre  preponderante  de  Artigas  en  la  evolución  del  ré- 
gimen republicano  federal  del  Río  de  la  Plata.  ¿Cómo  re- 
conocer que  era  un  sembrador  de  ideas  y  nada  menos  que 
de  las  ideas  que  habían  de  servir  de  base  á  la  reorganiza- 
ción definitiva  de  la  República  Argentina?  Tal  es  la  grave 
obsesión,  y  para  destruirla,  recurre  el  doctor  Ramos  Me- 
jía  al  particularismo  español,  al  carácter  municipal  de  la 
Revolución  de  Mayo  y  á  la  defensa  hecha  por  Mariano 
Moreno  de  la  doctrina  federal  desde  las  columnas  de  «La 
Gaceta». 

Sería  absurdo,  ciertamente,  reivindicar  para  Artigas  la 
idea  de  la  república  federal,  cuando  su  gran  mérito  consis- 
te sólo  en  haberse  inspirado  en  el  ejemplo  de  Xorte  Amé- 
rica, cuya  historia,  ignorada  de  los  proceres  de  Mayo,  se 
conocía  bien  en  Montevideo.  Para  reducir  su  influencia 
se  halóla  de  la  herencia  española.  Sin  desconocerla  ¿  en 
nada  la  habían  modificado  la  larga  siesta  colonial  de 
trescientos  años,  en  que  el  criollo  era  simplemente  una 
cosa?  En  cuanto  al  carácter  de  la  Revolución  de  Mayo, 
¿puede  olvidarse  acaso  que  sus  promotores  eran  monar- 
quistas y  que  la  idea  monárquica  continuó  arrastrando 
las  voluntades  hasta  en  el  seno  mismo  del  Congreso  de  Tu- 
cumán.ai  día  siguiente  de  la  declaratoria  de  la  independen- 
cia? De  la  propaganda  de  Mariano  Moreno  nos  ocupa- 
remos en  otro  capítulo.  Ella  es  tan  ajena  al  movimiento  fe- 
deral ai-gentino,  como  la  tendencia  particularista  española, 
atrofiada  por  falta  de  ejercicio  en  una  larga  serie  de  gene- 
raciones. 

Lleva  sello  artiguista  el  federalismo  hoy  triunfante  en 
la  Argentina,  y  es  eso  lo  que  resultará  evidente  una  vez 
que  desaparezcan  los  prejuicios  que  una  tradición  de  odios 
feroces   mantiene  contra  el  jefe  de  los  orientales  ! 

La  palabra  de  Alejandro  Dumas. 

También  se  ocupa  en  su  «Nueva  Troya»  Alejandro  Du- 
inas  del  jefe  de  los    orientales,    repitiendo    la  información 


124  JOSÉ    ARTIGAS 

que  debió  darle  el  general  Pacheco  y  Obes,  valga  el  testi- 
monio de  Juan  Bautista  Alberdi,  confirmado  por  la  mar- 
cada simpatía  del  novelista  al  padre  de  su  informante. 

Traza  el  cuadro  de  la  fundación  de  Montevideo   y    del 
exterminio  de  los  indios  charrúas: 

Eu  los  últimos  combates,  unidas  las  mujeres  y  sus  hi- 
jos á  los  combatientes,  como  los  antiguos  Teutones,  caye- 
ron todos  sin  retroceder  un  paso.  El  viajero  ve  aún  hoy 
al  })ie  del  Aceguá  blanquear  los  restos  de  los  últimos  cha- 
rrúas...  El  nuevo  Mario  vencedor  de  aquellos  Teutones,^ 
era  el  comandante  de  campaña  Jorge  Pacheco,  padre  del 
general  Pacheco  y  Obes,  comisionado  ante  el  Gobierno 
francés...  Pero  el  comandante  de  campaña  estaba  destina- 
do á  combatir  otros  gallardos  enemigos,  menos  fáciles  que 
los  indios:  eran  los  contrabandistas  del  Brasil  que  recibían 
su  herencia  de  venganza  de  los  salvajes  exterminados. . . 
Bajo  el  sistema  prohibitivo  implantado  por  el  Gobierno  es- 
pañol, surgía  una  guerra  obstinada  entre  el  comandante 
de  campaña  y  los  contrabandistas,  que  unas  veces  por  en- 
gaño y  otras  por  fuerza  introducían  géneros  y  tabacos  en 
el  territorio  de  Montevideo.  La  lucha  fué  larga,  desespera- 
da, mortal.  Cuando  don  Jorge  Pacheco,  hombre  de  fuerza 
hercúlea,  de  figura  gigantesca  y  singular  perspicacia,  creía 
que  estaban  alejados  de  la  ciudad,  aparecieron  nuevamente 
más  vigorosos,  más  diestros,  más  compactos,  bajo  la  direc- 
ción de  una  voluntad  única,  potente,  valerosa.  ¿  Cuál  era 
la  causa  de  aquel  recrudecimiento  del  enemigo?  Los  espías 
mandados  por  Pacheco  regresaron  con  un  solo  nombre: 
Artigas ! . . .  Era  éste  un  joven  de  veinte  á  veinticinco  años, 
de  corazón  como  un  viejo  español,  diestro  como  un  cha- 
rrúa, despierto  como  un  gaucho.  De  las  tres  razas  tenía  el 
espíritu...  La  lucha  fué  singularísima.  Por  una  parte  la 
destreza  délos  contrabandistas,  llenos  de  juventud  y  vigor; 
por  la  otra,  la  energía  del  viejo  Pacheco.  Duró  la  contienda 
cuatro  ó  cinco  años.  Artigas  siempre  batido,  pero  no  ven- 
cido, adquiría  nuevo  vigor  al  reanudar  el  ataque. . .  Final- 
mente el  hombre  de  la  ciudad  cedió.   A  semejanza  de  un 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  ]  25 

íiDtigLio  romano  que  sacrificaba  su  orgullo  en  el  altar  de  la 
patria,  entregó  sus  poderes  al  Gobierno  español  y  propuso 
en  su  lugar  á  Artigas  en  el  carácter  de  jefe  de  la  campaña, 
como  el  único  que  podría  contener  el  contrabando.  Aceptó 
el  Gobierno  español.  Como  un  bandido  romano  que  después 
de  la  sumisión  al  Papa,  pasea  admirado  la  ciudad,  de  la 
que  poco  antes  era  el  terror,  así  Artigas  entró  triunfante  á 
Montevideo  á  continuar  la  obra  de  exterminio  que  dejaba 
su  predecesor. . .  Este  hombre  hermoso,  valiente  y  fortí- 
simo  corresponde  al  apogeo  de  una  de  las  tres  razas  que 
dominaron  en  jNIontevideo.  Don  Jorge  Pacheco  era  el  tipo 
de  aquel  valor  caballeresco  del  viejo  mundo,  que  había 
atravesado  los  mares  con  Colón,  Pizarro  y  Vasco  de  Ga- 
ma... Artigas  representaba  el  partido  nacional  y  tenía  par- 
te del  portugués  y  parte  del  españcl.  Fué  saludado  con 
alegría  por  todos,  y  en  el  ejercicio  de  su  cargo  desapare- 
cieron los  contrabandistas. . .  Su  simpatía  por  la  revolu- 
ción le  colocó  más  tarde  á  la  cabeza  del  movimiento  de  la 
campaña. 

Habla  el  autor  del  sitio  de  Montevideo: 

Después  de  veinte  meses  de  sitio  y  de  tres  años  de  unión 
de  los  hombres  de  Buenos  Ai  res  con  los  de  Montevideo, 
la  disparidad  de  usos  y  costumbres  y  casi  de  sangre  trans- 
formóse en  odio  inveterado.  Entonces  Artigas  se  retiró 
como  Aquiles  á  su  propia  tienda.  O  mejor  dicho,  llevándo- 
sela con  él,  buscó  asilo  en  aquellas  inmensas  llanuras 
bien  conocidas  por  el  joven  contrabandista. 

Llega  el  turno  del  gobierno  artiguista  de  1815: 

En  Montevideo  sucedió  entonces  el  imperio  de  los  hom- 
bres descalzos,  de  amplios  calzoncillos,  de  chiripá  escocés, 
de  pesado  ponelio,  de  sombrero  caído  sobre  la  oreja  y  su  • 
jeto  por  el  barbijo.  Escenas  inauditas,  singulares,  á  veces 
terribles,  entristecieron  á  la  ciudad,  reduciendo  á  las  pri- 
meras clases  de  la  sociedad  á  la  más  absoluta  impotencia. 
Artigas  fué  sin  tanta  ferocidad  y  con  mayor  valor  lo  que  es 
Rozas  actualmente. 


126  JOgÉ    ARTIGAS 


¡Locos  y  aIeoholista««! 

Como  nota  final  de  esta  ja  larga  revista,  vamos  á  trans- 
cribir una  piígina  de  la  obra  de  C.  Lombroso,  «Le  crime 
politique  et  les  revolutions».  Apoyándose  en  afirmaciones 
del  señor  Ramos  Mejía,  el  gran  criminalista  italiano  distri- 
buye á  los  artignistas  entre  los  locos  políticos  y  los  alcoho- 
listas.  Era  lo  lógico:  después  de  calificarlos  de  bandidos,  ha- 
bía que  declararlos  borrachos  y  locos,  para  acabar  de  hun- 
dirlos en  el  concepto  público. 

«Es  este  (el  alcoholismo)  uno  de  los  grandes  factores  es- 
timulantes, aún  cuando  ciertas  ferocidades  alcohólicas,  que 
se  observan  en  las  revoluciones  políticas,  debieran  clasifi- 
carse entre  las  anomalías  psíquicas;  puesto  que  tienen  la 
misma  fisonomía  que  las  que  la  siquiatría  señala  como  pro- 
pias de  la  epilepsia  alcohólica,  en  la  cual  la  semiimpoteu- 
cia  y  la  lubricidad  encuentran  nuevos  excitantes  en  la  cóle- 
ra y  en  el  espectáculo  de  las  torturas,  y  el  hombre  no  se 
contenta  con  ser  cruel,  sino  que  se  hace  cínico  y  es  arras- 
trado poi'  1?  excitación  momentánea  y  por  la  impulsividad 
alcohólica  á  los  actos  más  incoherentes.  No  deja  de  obser- 
varse esto  en  los  jefes  de  revolución  y  frecuentemente  tra- 
tan ellos  de  utilizarlo  en  provecho  personal:  es  así  como  en 
la  Argentina  don  Juan  Manuel  Rozas,  alcohoiista,  encon- 
traba una  ayuda  eficaz  á  su  política  en  las  explosiones  del 
furor  popular,  por  efecto  de  los  abusos  alcohólicos;  y  es  así 
también  como  en  Buenos  Aires  fueron  armas  políticas  en 
manos  de  Quiroga,  de  Francia,  de  Artigas  }'  de  sus  feroces 
satélites,  entre  los  cuales  un  gran  número  como  Blasito  y 

Otorgues   resultaron   víctimas   del  dclirium  tremens.> 

«Los  locos  políticos»  (previene  más  adelante  el  autor)  <  son 
tan  peligrosos  como  los  criminales  natos;  obran  aisladamen- 
te, bajo  la  impulsión  de  sugestiones  maniáticas  ó  de  aluci- 
naciones en  los  regicidas,  etc.;  ó  bien  su  impulsividad  mór- 
bida y  su  aparente  genio  les  atraen  admiradores  y  les  colo- 
can á  la  cabeza  de  las  revoluciones.  La  seguridad  social 
exige  su  internación  en  manicomios  criminales». 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  127 

Sólo  podría  presentarse  como  prueba  de  estas  afirmacio- 
nes transmitidas  por  el  encono  del  partidismo  ríoplatense 
al  criminalista  italiano,  una  cuenta  de  gastos  de  la  admi- 
nistración Otorgues,  con  un  centenar  de  pesos  por  concepto 
devino  y  ginebra  (De-María,  «Compendio  de  la  Historia»). 
Pero  la  partida  podía  referirse  y  se  refería  seguramente  á 
consumos  de  toda  la  guarnición  de  Montevideo.  Es  bueno 
agregar  que  cuando  se  autorizaba  ese  gasto,  estaba  el  coro- 
nel Otorgues  bajo  la  presión  de  los  sufrimientos  morales 
que  le  habían  causado  los  jefes  porteños  al  violar  á  su  hija, 
aprehendida  por  las  fuerzas  de  Dorrego  á  raíz  de  una 
acción  de  guerra! 

¿C^ué  t'undaiuento  tienen  la!>«  acusaeione!^? 

Hemos  presentado  uno  por  uno  á  todos  los  detractores 
de  Artigas,  con  la  transcripción  literal  de  sus  acusaciones  y 
de  sus  fuentes. 

Era  necesario  abordar  esa  tarea  fatigante.  Una  nueva  di- 
sertación acerca  de  Artigas,  habría  simplemente  arrojado 
leña  á  la  hoguera  de  las  pasiones  y  de  las  controversias, 
que  se  mantiene  encendida  desde  el  comienzo  mismo  de  la 
insurrección  oriental  de  1811.  En  cambio,  con  la  trans- 
cripción textual  del  proceso,  queda  ya  clausurado  el  debate, 
mientras  no  se  produzcan  nuevos  testimonios. 

Lo  dice  Cavia;  lo  demuestran  Rengger  y  Longchamp; 
lo  prueban  las  memorias  de  Miller;  lo  afirma  el  doctor 
López,  fundado  en  las  más  respetables  tradiciones;  lo  ha 
puesto  fuera  de  toda  controversia  la  documentación  del  ge- 
neral Mitre:  así  se  razona  corrientemente,  para  demostrar 
que  el  jefe  de  los  orientales  y  sus  subalternos  fueron  unos 
miserables  instrumentos  de  opresión  y  de  sangre,  unos  bár- 
baros que  acaudillaban  legiones  de  salteadores,  unos  ambi- 
ciosos incapaces  de  todo  arranque  de  patriotismo,  unos  ce- 
rebros toscos  que  mal  podían  comprender  las  nobles  ideas 
con  que  sus  tinterillos  solían  exhibirlos  para  irrisión  de 
propios  y  extraños.  Con  cada  historiador  que  subía  á  la  es- 


128  JOSÉ    ARTIGAS 

ceua,  quedaba  naturalmente  alargada  la  serie  de  los  testi- 
monios. El  último  podía  invocar  6  invocaba  á  todos  sus 
predecesores,  al  repetirlos  servilmente  á  su  turno. 

Pero  después  de  haber  hecho  desfilar  uno  por  uno  á  to- 
dos los  autores,  demostrando  que  de  Cavia  abajo  nadie  ha 
exhibido  una  sola  prueba,  ¿puede  acaso  mantenerse  tan  ab- 
surdo procedimiento  de  acusación,  cuando  ni  en  los  archi- 
vos de  Montevideo,  ni  en  los  de  Buenos  Aires  se  encuentra 
tampoco  un  solo  testimonio  á  favor  del  proceso  de  sangre 
y  de  ignominia  que  la  pasión  y  el  interés  de  círculo  han 
contribuido  á  formar  al  jefe  de  los  orientales? 

Artigas  estuvo  permanentemente  rodeado  de  enemigos 
en  íLus  gigantescas  luchas  contra  portugueses,  españoles  y 
porteños,  y  en  su  propaganda  ardorosa  á  favor  de  la  decla- 
ratoria de  la  independencia,  cuando  los  proceres  de  Mayo 
proclamaban  obstinadamente  la  fórmula  de  Fernando  Vil, 
y  á  favor  de  la  autonomía  federal,  cuando  esos  mismos  pro- 
ceres se  inclinaban  al  monarquismo  y  á  la  vieja  centrali- 
zación de  los  virreyes. 

Tienen,  pues,  una  explicación  lógica  las  frases  sangrien- 
tas acumuladas  contra  él.  Pero  del  examen  que  hemos  he- 
cho, resulta  que  fuera  de  esas  frases  sangrientas,  nada  más 
contienen,  ni  los  historiadores  ni  los  testimonios  de  la  épo- 
ca. El  libelista  Cavia,  que  como  secretario  de  Sarratea  en 
1812  y  de  Rodríguez  Peña  en  1814,  tuvo  todos  los  archi- 
vos orientales  á  la  mano  y  hasta  se  encargó  del  transporte 
oficial  de  los  más  interesantes  á  Buenos  Aires,  ¿qué  clase 
de  pruebas  invoca  en  el  célebre  opúsculo  que  redactó  desde 
su  bufete  de  oficial  mayor  de  gobierno  del  Directorio  de 
Pueyrredón?  Simplemente,  un  manuscrito  fantástico,  que 
el  autor  denomina  «diario  de  uaos  curiosos  orientales». 
Los  demás  detractores  de  Artigas  repiten  á  Cavia,  y  cuan- 
do agregan  algo  es  para  denunciar  igual  ausencia  absoluta 
de  fuentes  de  información,  ó  para  dar  salida  á  la  pasión 
partidista.  De  lo  primero,  ofrece  ejemplo  palpitante  el  ge- 
neral INÍiller,  al  atribuir  á  Artigas,  por  obra  de  su  "testi- 
monio personal,  la  práctica  de  los  enchalecamientos,  siendo 


CARGOS  Y  ACUSACIONES  129 

así  que  el  testigo  permaneció  durante  todo  el  tiempo  de  su 
estadía  en  América  en  el  ejército  del  Perú  bajo  las  órdenes 
de  San  Martín  y  de  Bolívar,  De  lo  segundo,  ofrece  ejemplo 
no  menos  significativo  don  Juan  Manuel  de  la  Sota,  al  for- 
mular el  proceso  de  Otorgues  con  la  crudeza  que  tendremos 
oportunidad  de  indicar  más  adelante.  No  contento  con  exhi- 
birá Gay  cabalgando  sobre  godos,  pone  en  boca  de  Artigas 
y  de  sus  subalternos  la  sangrienta  expresión  «tocar  el  vio- 
lín  y  el  violón»,  fruto  exclusivo  de  la  dictadura  de  Rosas, 
pero  que  era  necesario  retrotraer  en  holocausto  á  entu- 
siasmos alvearistas. 

Recuerda  Lucio  Vicente  López  en  un  apéndice  de  la 
«Historia  de  la  República  Argentina»  de  su  ilustre  padre,  la 
frase  «más  malo  que  Artigas»,  consagrada  por  la  tradición, 
cuando  quiere  mentar  la  fama  de  un  bandido  ó  la  indómi- 
ta naturaleza  de  un  potro,  y  agrega:  el  criterio  histórico 
que  se  funda  sobre  un  documento,  sobre  mil  documentos, 
cuando  el  espíritu  crítico  no  se  levanta  más  allá  de  la  su- 
perficie impalpable  de  los  caracteres,  es  un  criterio  estrecho. 
Con  documentos  pueden  ser  rehabilitados  Rosas,  Francia, 
Latorre  y  Santos.  Y  si  el  documento  es  necesario  para  pro- 
bar los  crímenes,  ¿dónde  están  los  que  comprueban  la  tra- 
dición de  sangre  y  de  pillaje  de  esos  monstruos?  . . .  Contra 
Artigas,  concluye  el  doctor  López,  está  hi  tradición  y  la 
lista  nominal  de  crímenes  publicada  por  Cavia. 

Tal  es  el  invariable  bagaje  de  los  detractores  de  Arti- 
gas: la  tradición. 

Hemos  transcripto  ajiteriormente  el  juicio  del  general 
Mitre  en  su  polémica  con  el  doctor  López  («Nuevas  compro- 
baciones históricas»),  que  es  decisivo  á  ese  respecto:  «Nues- 
tra historia  está  plagada  de  errores  que  no  reconocen  otro 
origen  que  la  murmuración  vulgar  de  los  contemporáneos, 
que  ha  sido  acogida  por  la  tradición  é  incorporada  á  ella 
con  menoscabo  de  lu  verdad». 

Pero  no  necesitamos  invocar  ese  valioso  juicio,  sencilla- 
mente porque  no  es   exacto  que  la  tradición  del  Río   de  la 

JOSÉ   ARriGAS— 9.  T.  I, 


130  JOSÉ  ARTIGAS 

Plata  sea  autiartiguista.  En  el  próximo  capítulo,  repro- 
duciremos el  testimonio  decisivo  de  respetables  contem- 
poráneos, que  en  todo  sentido  valen  más,  muchísimo  más, 
que  el  libelista  Cavia,  que  se  envolvía  en  el  anónimo  para 
copiar  documentos  anónimos,  doble  delito  que  quita  toda 
autoridad  á  su  proceso. 

Las  verdaderas  tradiciones  de  sangre  no  escapan  jamás 
á  la  documentación  de  los  contemporáneos.  Y  lo  demues- 
tran inequívocamente  las  mismas  que  se  citan  en  el  párra- 
fo de  acusación  que  acabamos  de  repi'oducir  de  la  obra  del 
doc*;or  López.  No  constarán  todas  ellas,  aunque  sí  algunas, 
en  documentos  oficiales.  Pero  constan  invariablemente  en 
el  testimonio  de  los  que  han  sido  testigos  presenciales,  y 
ese  testimonio  es  el  documento  histórico  por  excelencia, 
bien  distinto  por  cierto  de  la  murmuración  vulgar  que  con- 
dena el  general  Mitre  y  que  Cavia  supo  tan  bien  explotar, 
en  desempeño  de  una  comisión  oficial  de  Puejrredón. 

Dos  veces  ha  sido  procesado  Artigas:  la  primera  por  la 
oligarquía  porteña  de  que  Cavia  fué  portavoz  en  1818;  y 
la  segunda  por  los  historiadores  argentinos  posteriores  á  la 
reorganización  institucional  de  su  país.  Hasta  principios  de 
1820,  era  Artigas  el  más  formidable  de  los  adversarios, 
por  su  actuación  política  al  frente  de  las  provincias  que  le 
obedecían  y  por  sus  avanzadas  ideas  constitucionales.  Des- 
pués de  proscripto,  triunfaron  sus  ideales  de  ciudadano  y 
entonces  resultó  intolerable  para  el  sentimiento  nacional 
argentino  que  los  sucesos  se  encargaran  de  dar  la  razón  á 
Artigas,  y  fué  iniciado  con  bríos  el  proceso  postumo,  más 
pobre  que  el  primero,  como  que  éste  tenía  Cavia  y  aquél 
ha  tenido  que  contentarse  con  la  cita  de  Cavia. 

Vamos  á  invocar  ahora  el  testimonio  de  los  panegiristas 
de  Artigas.  Se  verá  que  la  tradición  documentada,  no  ^da 
murmuración  vulgar  de  los  contemporáneos»,  es  grande- 
mente favorable  al  jefe  de  los  orientales  y  protector  de  los^ 
pueblos  libres. 


CAPITULO  III 


BI/  PROCESO  ARTIGUISTA. 

DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES. 

Sumario: — Los  primeros  años  de  Artigas.  Su  foja  de  servicios  du- 
rante el  coloniaje.  El  testimonio  de  las  autoridades  españolas. 
Artigas  al  servicio  de  Azara.  La  palabra  del  general  Nicolás  de 
Vedia.  Juicio  de  Mariano  Moreno  acerca  de  Artigas.  Las  condi- 
ciones personales  de  Artigas  juzgadas  por  don  Joaquín  Suárez, 
don  Dámaso  Larrañaga,  el  coronel  Cáceres  y  el  brigadier  gene- 
ral Antonio  Díaz.  Opiniones  del  historiador  español  Torrente. 
El  Artigas  de  la  leyenda  y  el  Artigas  de  la  historia,  según 
Alberdi.  Opinión  de  don  Santiago  Vázquez.  El  testimonio  de 
los  hermanos  Robertson.  Durante  el  gobierno  de  Andresito  en 
Corrientes,  sólo  se  cometió  un  delito.  Hermosa  lección  de  hu- 
manidad que  da  Andresito  á  los  gobernantes  de  Buenos  Aires. 
La  entrevista  de  Robertson  con  Artigas  en  Purificación.  Opi- 
nión de  los  comisionados  norteamericanos  Bland  y  Rodney 
acerca  de  Artigas  y  sus  tendencias  políticas.  Artigas  y  Pueyrre- 
dón  juzgados  en  el  Congreso  norteamericano  de  1818  Opinio- 
nes de  don  Carlos  Anaya,  del  coronel  Juan  José  de  Aguiar,  del 
historiador  don  Juan  Manuel  de  la  Sota,  de  don  Francisco  Acu- 
ña deFigueroa,  del  doctor  José  Valentín  Gómez,  de  los  constitu- 
yentes don  Francisco  Solano  Antuña,  don  Antonino  D.  Costa  y 
don  Ramón  Massini.  Opinión  de  la  Junta  del  Paraguay.  El  elo- 
gio de  Artigas  formulaao  por  las  autoridades  argentinas,  á  raíz 
del  decreto  que  puso  á  precio  su  cabeza.  La  justicia  artiguista  en 
la  Banda  Oriental  y  en  el  campamento  del  Ayuí,  según  los 
archivos  orientales  y  argentinos.  La    vida  de  los    prisioneros  era 


1.^2  JOSÉ    ARTIGAS 

sagrada  para  Artigas.  El  elogio  de  Artigas  formulado  por  la 
prensa  del  partido  unitario,  que  pide  su  repatriación  á  raíz  de  la 
nuierte  de  Francia.  Artigas  juzgado  por  don  Juan  Francisco 
¡Seguí.  Homenaje  á  Artigas  en  1894.  Pensamientos  de  ,)osé  Pe- 
dro Ramírez,  Juan  Carlos  Blanco,  Domingo  Aramburú,  Fran- 
cisco Bauza  y  Eduardo  Acevedo  Díaz.  Los  subalternos  de  Arti- 
gas. Otorgues,  sus  acusadores  y  sus  defensores.  La  foja  de  ser- 
vicios de  Culta  y  de  Pedro  Amigo.  Una  carta  de  Monterroso. 
Balance  de  las  acusaciones  y  de  los  descargos. 

TjOH  antepasados  «le  Artigas. 

«Belgrano»,  lia  diclio  Albei'di  en  sus  escritos  postumos, 
«vivió  cincuenta  años.  Nacido  en  Buenos  Aires  en  1770, 
murió  allí  mismo  en  1820.  Solamente  los  diez  últimos  años 
de  su  vida  pertenecen  á  la  historia  política  de  su  país,  pues 
antes  de  1810,  ni  el  país  ni  el  hombre  tuvieron  vida  públi- 
ca. Las  colonias,  como  las  vírgenes,  vivían  para  su  claus- 
tro^>. 

Eso  quiere  decir  que  es  inútil  echarse  á  buscar  antece- 
dentes relativos  á  la  vida  de  Artigas,  antes  de  su  incorpora- 
ción al  movimiento  activo  del  coloniaje  y  de  la  indepen- 
dencia. 

Hasta  hace  pocos  años,  eran  materia  de  debate  por  la 
prensa  el  departamento  y  el  año  de  su  nacimiento.  La  con- 
troversia quedó  terminada  con  la  publicación  de  una  par- 
tida de  bautismo  extraída  del  registro  de  la  Catedral  de 
Montevideo,  haciendo  constar  que  el  «día  diez  y  nueve  de 
junio  de  mil  setecientos  sesenta  y  cuatro  ?iació  José  Gerva- 
sio, hijo  legítimo  de  don  Martín  José  Artigas  y  doña  Fran- 
cisca Antonia  Arnal,  vecinos  de  esta  ciudad  de  Montevideo, 
y  yo  el  doctor  Pedro  García  lo  bauticé,  puse  óleo  y  crisma 
en  la  iglesia  parroquial  de  dicha  ciudad  el  veintiuno  del  ex- 
presado mes  y  año.  Fué  su  padrino  don  Nicolás  Zamora». 

Era  también  corriente  hasta  hace  pocos  años,  una  ver- 
sión del  libelo  inl'amatorio  de  Cavia,  que  establecía  la  exis- 
tencia de  un  divorcio  perfecto  entre  Artigas  y  sus  padres. 
La   versión  quedó  enterrada  al  encontrarse   en   el   archiva 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  loo 

del  Juzgado  de  lo  Civil  de  I/'"  turno  el  testamento  otor- 
gado el  4  de  noviembre  de  180G  por  don  Martín  José  Ar- 
tigas, en  cuyo  documento  figuran  como  albaceas  los  hijos 
del  testador  «Martina  Antonia  Artigas  y  el  teniente  de 
blandengues  José  Artigas».  Podemos  agregar  que  en  el  ar- 
chivo del  mismo  Juzgado,  obra  una  escritura  pública  del 
escribano  don  Pedro  Feliciano  Sííinz  de  Cavia,  de  13  de 
agosto  de  1805,  por  la  cual  don  Martín  José  Artigas  otor- 
ga consentimiento  á  su  hijo  José  Artigas  para  contraer 
matrimonio  con  la  señorita  Rosalía  Villagrán. 

De  los  datos  que  registran  la  «Revista  del  Archivo  Ge- 
neral Administrativo»  y  la  obra  de  jNIaeso  «Artigas  y  su 
época»,  resulta  que  el  abuelo  del  procer,  Juan  Antonio  Ar- 
tigas, aragonés,  su  esposa  Ignacia  Carrasco  y  sus  cuatro 
hijos,  formaban  parte  de  las  siete  familias  extraídas  de  Bue- 
nos Aii'es  para  fundar  á  Montevideo.  En  la  repartición  de 
bienes,  correspondió  al  jefe  de  la  familia,  un  solar  en  la  ca- 
lle Washington  enti-e  Pérez  Castellano  y  Maciel,  donde  na- 
ció el  jefe  de  los  orientales.  En  el  primer  Cabildo  de  Mon- 
tevideo, don  Juan  Antonio  Artigas  fué  nombrado  alcalde 
de  la  Santa  Hermandad.  Su  hijo  don  Martín  José,  padre 
de  José  Artigas,  desempeñó  de  1758  á  179ü  siete  distin- 
tos cargos  en  el  Cabildo  de  Montevideo. 

De  un  estudio  del  doctor  Barbagelata  («Revista  Históri- 
ca de  la  Universidad  de  Montevideo»)  reproducimos  estos 
datos  complementarios: 

Don  Juan  Antonio  Artigas  empezó  su  carrera  militar  en 
la  guerra  de  sucesión  que  agitó  durante  doce  años  á  la  Pe- 
nínsula y  tomó  parte  en  batallas  y  acciones  de  importan- 
cia (expediente  archivado  en  la  Escribanía  de  Gobierno  y 
Hacienda).  En  el  año  1716,  se  embarcó  para  Buenos  Aires 
y  allí  contrajo  matrimonio  con  doña  Ignacia  Javiera  Ca- 
rrasco, sin  abandonar  la  carrera  militar,  como  lo  prueba  el 
hecho  de  haber  ingresado  en  la  compañía  de  milicias  del 
capitán  Martín  José  Echauri,  á  quien  acompañó  en  la  pri- 
mera expedición  enviada  á  las  costas  de  Rocha  para  des- 
alojar al  contrabandista  francés  Esteban  Moreau,  así  como 


134  JOSÉ    ARTIGAS 

«n  los  reconocimientos  realizados  en  Montevideo  cuando 
este  puerto  fué  ocupado  por  los  portugueses.  Una  vez  fun- 
dada lá  población  de  Montevideo,  continuó  en  ella  su  ca- 
rrera como  capitán  de  una  compañía  de  milicias  á  caballo 
é  inició  en  1730  excursiones  al  interior  en  defensa  de  los 
propietarios,  contra  los  indígenas  y  malhechores.  Cuando 
la  primera  insurrección  de  los  minuanes,  ordenó  Zabala  el 
envío  de  comisionados  para  inclinar  á  los  indios  á  un  arre- 
glo. Nadie  se  atrevía  á  acercarse  á  los  caciques  enfurecidos, 
y  entonces  el  Cabildo  confía  esa  tarea  á  Artigas,  quien  se 
eocamina  á  las  tolderías  y  vuelve  con  los  comisionados  de 
los  indios,  según  resulta  de  las  actas  del  Cabil;lo.  En  segui- 
da se  dirige  á  Maldonado  para  impedir  un  desembarco  de 
los  portugueses;  actúa  en  los  combates  contra  la  segunda 
rebelión  minuana;  asiste  en  17ü2  á  la  toma  de  la  Colonia; 
y  marcha  á  la  frontera  á  vigilar  á  los  portugueses  y  prote- 
ger al  ejército  de  Zeballos  contra  una  sorpresa.  Tenía  don 
Juan  Antonio  Artigas  un  establecimiento  de  campo  en  Ca- 
supá,  á  cuya  explotación  consagraba  sus  períodos  de  des- 
canso militar.  Entre  sus  hijos,  se  distinguió  Martín  José 
Artigas  hasta  conquistar  el  empleo  de  capitán  de  milicias, 
que  era  el  cargo  más  alto  á  que  podían  aspirar  los  criollos 
de  entonces.  El  virrey  Vertiz  en  su  expedición  á  Río  Gran- 
de, construyó  el  fortín  de  Santa  Tecla  y  dejó  allí  dos  des- 
tacamentos, uno  de  ellos  al  mando  de  Martín  José  Artigas. 
En  177(3  el  capitán  portugués  Pintos  Bandeira  al  frente 
de  seiscientos  hombres  bloqueó  el  fortín.  Los  dos  destaca- 
mentos que  estaban  á  cargo  de  Artigas  y  de  Luis  Ramírez 
se  sostuvieron  durante  27  días  y  rechazaron  cinco  asaltos 
furiosos  de  los  sitiadores,  hasta  que  agotados  los  víveres  y 
las  municiones  tuvieron  que  capitular  y  salieron  el  26  de 
marzo  del  fortín  con  todos  los  honores  de  la  guerra:  la 
guarnición  armada  y  los  cañones  con  la  mecha  encendida, 
según  la  declaración  de  Larrañaga  y  Guerra. 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  135 


Primeros  servicio!^  de    Artigas. 

Vengamos  ahora  á  José  Artigas.  En  el  mismo  estudio 
del  doctor  Barbagelatn,  que  acabamos  de  extractar,  se  re- 
producen varios  documentos  oficiales  que  constituyen  un 
rajante  desmentido  al  libelo  infamatorio  de  Cavia. 

El  gobernador  Ruiz  Huidobro  lo  nombra  oficial  del 
Resguardo,  con  jurisdicción  desde  el  Cordón  hasta  el  Peña- 
rol,  y  en  el  desempeño  de  sus  funciones  ocurre  un  incidente 
que  da  idea  de  las  prácticas  de  Artigas  en  materia  de 
arrestos.  Un  sargento  de  milicias  apalea  á  su  mujer,  y  la 
víctima  se  refugia  en  casa  de  un  alférez,  donde  pasa  á  re- 
clamarla el  apaleador.  Como  la  mujer  se  negara  á  salir,  el 
marido  hace  varios  disparos  y  Artigas  manda  cuatro  hom- 
bres para  arrestarlo.  El  sargento,  lejos  de  intimidarse,  se 
prepara  á  la  resistencia,  y  entonces  Artigas  se  retira  con 
su  gente  y  relata  el  hecho  á  Ruiz  Huidobro  en  un  oficio 
que  concluye  así:  <^ el  sargento  que  mandé,  me  hizo  chas- 
que diciéndome  que  lo  prendería  matándolo.  Yo  le  contes- 
té que  se  retirase.  Esto  supuesto,  podrá  V.  S.  mandarme 
avisar,  si  para  prenderlo  hace  armas  según  intenta,  si  po- 
dré tirarle;  pues  quiero  dar  parte  á  V.  S.,  por  si  tiene  la 
aprehensión  de  dicho  sargento  mal  resultado  no  se  hagan 
cargos  contra  mí».  (Parte  de  Artigas  á  Ruiz  Huidobro,  de 
f)  de  junio  de  1806,  archivo  de  don  Isidoro  De-Ma- 
ría). 

José  Artigas  se  destacó  mucho  en  la  persecución  de  los 
contrabandistas  y  malhechores  durante  el  año  1797,  al 
frente  de  una  partida  de  cien  hombres,  con  la  que  recu- 
peró una  numerosa  hacienda  que  aquéllos  arrastraban  al 
Brasil.  Apresó  varios  contrabandos  y  tomó  al  portugués 
Mariano  Chaves,  autor  de  un  asesinato  en  Soriano.  Del 
parte  que  pasó  Artigasen  octubre  de  1797,  que  obra  en 
•el  expediente  seguido  á  Chaves  por  contrabando  resulta: 
^ue  la  avanzada  de  Artigas  al  mando   del    sargento    Ma- 


136  JOSÉ    ARTIGAS 

iiuel  Vargas  se  trab(5  en  pelea  con  Chaves  y  sn  gente  en 
la  costa  del  Hospital;  que  (.-ha ves  hizo  tres  bajas  á  las 
fuerzas  que  lo  perseguían;  que  Artigas  se  unió  entonces  á 
su  subalterno,  con  lo  cual  la  gente  de  Chaves  abandonó 
su  factura  y  se  internó  en  el  monte  cercano  acosada  por 
sus  perseguidores,  que  se  fraccionaron  para  facilitar  su  ta- 
rea; que  el  grupo  encabezado  personalmente  por  Artigas 
chocó  con  el  criminal;  que  Chaves  se  preparaba  á  la  de- 
fensa, mas  al  reconocer  á  Artigas  tiró  sus  armas  y  huyó 
á  la  espesura  de  la  sierra,  seguido  por  el  jefe,  que  le  daba 
la  voz  de  preso;  que  el  bandido  gritó  entonces  «no  me  tire, 
estoy  rendido»;  que  Artigas  envió  inmediatamente  el  preso 
á  Montevideo,  donde  fué  juzgado,  actuando  como  escriba- 
no don  Manuel  José  Sáinz  de  Cavia.  (Archivo  del  Juzga- 
do Nacional  de  Hacienda). 

Antes  de  la  creación  del  Regimiento  de  Blandengues, 
la  campaña  era  teatro  de  toda  clase  de  tropelías.  Las  co- 
sechas se  perdían  por  falta  de  brazos  para  recogerlas. 
Cansados  de  tanto  desorden,  se  presentaron  los  vecinos 
al  Cabildo  en  1795.  En  su  representación  de  28  de  mayo 
atribuyen  el  desquicio  a  que  los  destacamentos  de  tropas  que 
habían  reemplazado  á  las  primitivas  milicias  en  la  policía 
rural,  no  tenían  condiciones  para  la  tarea.  «Su  poca  pe- 
ricia en  el  manejo  del  caballo,  puede  ser  motivo  de  que 
más  apetezcan  el  descanso  á  la  molestia  que  les  ocasiona- 
ría andar  una  docena  de  leguas  para  perseguir  á  media 
docena  de  malhechores.  Lo  que  podemos  asegurar  es  que 
son  casi  inofensivos  y  que  jamás  vemos  que  se  conduzca 
un  solo  arrestado.  No  falta  quien  crea  que  las  partidas 
abrigan  á  los  bandoleros  y  que  á  la  sombra  de  ellas  y 
por  su  mediación  van  al  can^.po  para  enriquecerse  y  que 
muchos  se  hicieron  ricos  de  esta  manera».  Terminan  pi- 
diendo el  restablecimiento  de  los  destacamentos  de  gente 
veterana  de  milicias,  dirigidas  por  jefes  de  buena  fe,  celo 
é  inteligencia,  «puesto  que  cuando  éstos  recorrían  el  campo 
había  muchísimos  menos  crímenes  y  en  la  Cindadela  de 
esta  ciudad  no  pocos  reos  conducidos  por   aquellas   partí- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  1;)7 

das».  Fué  pasada  la  representación  á  informe  del  síndico 
procurador  don  Manuel  Nieto,  quien  aceptando  sus  funda- 
mentos, aconsejó  la  formación  de  un  cuerpo  de  blanden- 
gues, semejante  al  que  ya  existía  del  otro  lado  del  Plata, 
«pues  así  como  en  Buenos  Aires  su  destino  principal  es 
contener  á  los  indios,  fuese  aquí  el  de  evitar  los  delitos 
que  representan  los  hacendados Los  blandengues,  gen- 
te toda  de  campo,  acostumbrada  á  sus  fatigas  y  á  las  del 
caballo,  serían  mucho  más  á  propósito  para  celarlos  desór- 
denes de  esta  campaña  que  la  tropa  veterana».  (Solicitud 
de  los  hacendados,  Archivo  Administrativo). 

El  célebre  naturalista  don  Félix  de  Azara  estaba  con- 
vencido de  que  mientras  no  se  poblara  la  frontera  conti- 
nuaría la  incesante  usurpación  brasileña  y  se  perderían 
indefectiblemente  las  Misiones.  Propuso  en  1800  al  mar- 
qués de  Aviles  fundaí-  en  la  frontera  varios  pueblos,  sobre 
hi  base  de  un  grupo  de  familias  destinadas  á  la  costa  pa- 
tagónica, que  se  habían  quedado  aquí  y  que  absorbían  al 
año  cincuenta  mil  pesos  en  su  manutención.  Aceptó  el  vi- 
rrey, y  Azara  fué  nombrado  comandante  general  de  la 
campaña  en  todo  lo  relativo  á  poblaciones.  Para  auxiliar 
á  Azara  en  su  obra,  puso  el  virrey  á  sus  órdenes  al  tenien- 
te Rafael  Gascón  y  al  ayudante  José  Artigas  «en  quie- 
nes respectivamente  concurren  (son  palabras  del  virrey) 
las  cualidades  que  al  efecto  se  requieren,  sin  perjuicio  de 
los  demás  que  dicho  señor  comisionado  considere  oportu- 
nos para  los  distintos  fines  de  su  mandato  y  comisión». 
Fundó  Azara  en  la  costa  de  Yaguarí,  sobre  la  guardia  de 
Batoví,  el  pueblo  de  San  Gabriel,  confiando  á  Artigas  la 
tarea  de  proceder  al  reparto  de  tierras,  asesorado  por  el 
piloto  de  la  real  armada  Francisco  Mas  y  Coruela.  Arti- 
gas fraccionó  en  chacras  y  estancias  los  campos  compren- 
didos entre  la  frontera  y  el  Monte  Grande,  después  de 
desalojar  á  los  portugueses  que  los  detentaban  y  previa 
entrega  de  su  lote  á  cada  poblador,  pasó  los  antecedentes 
á  Azara  para  la  expedición  de  títulos,  segíin  todo  consta 
en  la  Memoria  del  mismo  Azara  y  Libro  de  empadrona- 
miento existente  en   el  Juzgado  Nacional  de    Hacienda. 


138  JOSÉ    ARTIGAS 

En  el  período  comprendido  de  1792  á  179G,  consta 
que  A.i-tigas  estuvo  procesado.  ¿Por  qué  causa?  Es  lo  que 
se  ignora.  La  única  noticia  encontrada  hasta  ahora,  es  una 
frase  incidental  de  una  nota  del  marqués  de  Aviles,  según 
la  cual  Artigas  se  acogió  al  indulto  concedido  por  Carlos 
IV  el  22  de  diciembre  de  1795  en  celebridad  del  ajuste  de 
paz  con  los  franceses,  extendido  á  las  colonias  recién  en 
septiembre  de  179ü.  No  están  comprendidos  en  dicho  in- 
dulto <dos  reos  de  lesa  majestad  divina  ó  humana,  de  ale- 
vosías, de  homicidios  de  sacerdotes,  y  el  que  no  haya  sido 
casual  ó  en  justa  y  propia  defensa;  los  dehtos  de  fabricar 
moneda  falsa,  de  incendiario,  de  extracción  de  cosas  prohi- 
bidas del  reino,  de  blasfemia,  de  hurto,  de  cohecho  y  ba- 
ratería, de  falsedad,  de  resistencia  á  la  justicia,  desafío,  de 
lenocinio,  ui  de  las  penas  correccionales  que  se  imponen 
por  la  prudencia  de  los  jueces  para  la  enmienda  y  reforma 
de  las  costumbres»  (bando  existente  en  el  Archivo  Gene- 
ral Argentino).  Si  Artigas  hubiera  sido  procesado  por  al- 
guna causa  grave,  Cavia  lo  hubiera  revelado.  Su  silencio 
acerca  de  este  caso  concreto,  prueba  que  el  proceso  debía 
ser  por  algo  de  muy  poca  monta. 

A  estos  antecedentes  tan  importantes  de  la  «Revista 
Histórica  de  la  Universidad»  vamos  á  agregar  el  honroso 
testimonio  que  los  apoderados  del  cuerpo  de  hacendados 
del  Río  de  la  Plata  expidieron  á  Artigas  el  18  de  febrero 
de  1810  con  relación  á  servicios  que  abarcan  un  período 
de  ocho  años  (Maeso  «Artigas  y  su  época»): 

«Los  apoderados  que  fuimos  del  cuerpo  de  hacendados 
del  Río  de  la  Plata  en  los  de  1802  hasta  el  de  1810  y  que 
suscribimos,  declaramos  y  decimos:  que  hallándose  en 
aquel  tiempo  sembrada  la  campaña  de  un  número  crecido 
de  hombres  malvados  de  toda  casta,  que  la  desolaban  é  in- 
fundían en  los  laboriosos  y  útiles  estancieros  un  terror 
pánico,  ejercitando  impunemente  robos  en  las  haciendas  y 
otros  atroces  delitos,  solicitamos  de  la  superioridad  se  sir- 
viese en  remedio  de  nuestros  males  nombrar  al  teniente  de 
blandengues  don  José  de  Artigas,  para  que  mandando  una 


DESCARGOS  Y  JUSTIFrCACrONES  139 

partida  de  hombres  de  armas,  se  constituyera  á  la  campaña 
en  persecución  de  los  perversos;  y  adhiriendo  el  superior 
jefe  excelentísimo  señor  marqués  de  Sobremonte  á  nuestra 
instancia,  marchó  Artigas  á  dar  principio  á  su  importante 
comisión.  Se  portó  en  ella  con  tal  eficacia,  celo  y  conduc- 
ta, que  haciendo  prisiones  de  los  bandidos  y  aterrorizando 
á  los  que  no  cayeron  en  sus  manos  por  medio  de  la  fuga, 
experimentamos  dentro  de  breve  tiempo  los  buenos  efectos 
á  que  aspirábamos,  viendo  sustituida  en  lugar  de  la  timi- 
dez y  sobresalto  la  quietud  de  espíritu  y  seguridad  de  nues- 
tras haciendas.  En  vista  de  un  servicio  tan  recomendable 
y  no  pudiendo  ni  debiendo  desentendemos  de  tal  recono- 
cimiento, en  remuneración,  acordamos  por  nosotros  y  á 
nombre  de  nuestros  representados  hacer  á  don  José  Arti- 
gas en  manifestación  de  justo  reconocimiento  el  donativo  ó 
gratificación  por  una  sola  vez  de  quinientos  pesos  del  fon- 
do de  hacendados  y  de  nuestro  cargo  en  aquellos  años,  cu- 
ya deliberación  de  oferta  mereció  ser  aprobada  del  señor 
excelentísimo,  mandando  se  verifique  el  entero  pago.  Las 
sucesivas  fatales  ocurrencias  en  esta  plaza  y  su  toma  por 
el  inglés,  fueron  capaces  de  entorpecerlo,  y  que  no  tuviese 
efecto  hasta  ahora;  mas  como  en  la  actualidad  cesó  ya 
nuestro  apoderamientoy  por  consiguiente  no  existe  en  nues- 
tro poder  caudal  alguno  correspondiente  al  expresado  cuer- 
po no  siendo  debido  deje  de  cubrirse  y  satisfacer  al  dicho 
don  José  Artigas  la  suma  referida,  y  á  fin  de  que  haga  la 
instancia  que  le  compete  contra  el  fondo  que  han  recibido 
los  imevos  apoderados,  en  obsequio  de  la  verdad  y  por  el 
derecho  que  le  asiste  para  el  cobro  de  los  prenotados  qui- 
nientos pesos,  le  despachamos  el  presente  documento  en 
Montevideo  á  18  de  febrero  de  1810.  — Bííguel  Zamora  — 
Lorenzo  Uliharri  — Antonio  Pereyra-». 

«Haciendo  prisiones  de  los  bandidos  y  aterrorizando  á 
los  que  no  cayeron  en  sus  manos  por  medio  de  la  fuga-^>: 
es  así  como  se  operó  la  rápida  transformación  de  que  ha- 
blan los  hacendados;  y  es  así  también  como  se  condujo  Ar- 
tigas, según   los  pocos  sumarios  de  la  época  colonial  que 


140  JOSÉ    ARTIGAS 

existen  en  los  archivos  Je  Montevideo,  después  del  snqiieo 
que  iniciaron  los  delegados  del  gobierno  de  Buenos  Aires 
eu  febrero  de  1815,  valga  la  confesión  de  Cavia  en  su  libe- 
lo infamatorio  y  la  respetabilísima  declaración  de  los  se- 
ñores Dámaso  Larrañaga  y  José  R.  Guerra  en  sus  apuntes 
históricos. 

Ing^resa  Artigas  en  la  carrera  iiiilitai*. 

En  el  Archivo  General  de  la  Nación  Argentina,  existe 
una  solicitud  de  retiro  presentada  por  Artigas  al  Rey  de 
España,  el  24  de  octubre  de  1808,  en  la  que  el  peticio- 
nario hace  la  relación  de  sus  servicios  como  «ayudante 
mayor  del  cuerpo  de  caballería  de  blandengues  de  la  fron- 
tera de  Montevideo».  Vamos  á  extractar  su  contenido,  que 
en  lo  substancial  ya  ha  sido  dado  á  la  publicidad  por  el 
doctor  Barbagelata  en  la  «Revista  Histórica  de  la  Uni- 
versidad de  Montevideo»: 

«Sirvo  á  V.  M.»,dice  Artigas,  «desde  la  creación  de  este 
cuerpo,  habiendo  empezado  de  soldado,  en  cuya  clase  tuve 
el  honor  de  que  vuestro  virrey  interino  de  estas  provincias 
don  Antonio  Olaguer  Feliii  me  comisionó  por  los  muchos 
conocimientos  que  tenía  de  estos  campos  para  salir  á  reclu- 
tar  gente  para  la  formación  del  expresado  cuerpo  y  desde  4 
de  marzo  del  año  97  hasta  24  de  abril  del  mismo  conduje 
á  disposición  del  señor  gobernador  de  Montevideo  cincuen- 
ta hombres». 

Fué  enviado  por  el  mismo  virrey  á  la  costa  del  Chuy 
para  observar  á  los  portugueses  que  acopiaban  tropas.  Y 
allí  permaneció,  hasta  que  recibió  órdenes  para  perseguir  y 
aprender  á  los  ladrones,  vagabundos  ó  indios  infieles  que  per- 
turbaban la  campaña.  Desempeñó  la  nueva  comisión  desde  el 
10  de  julio  de  1797  hasta  el  2  de  marzo  de  1798,  con  toda 
eficacia,  pues  aprehendió  prisioneros,  decomisó  contraban- 
dos y  mandó  treinta  reclutas,  recibiendo  del  virrey  los  des- 
pachos de  capitán  de  milicias  del  regimiento  de  caballería 
de  Montevideo. 


DESCARGOS   Y  JCSTIFIC ACIONES  141 

«Reunida  la  gente  precisa  para  la  creación  del  cuerpo  de 
blandengues  en  el  cuartel  de  Maldonado,  se  me  mandó  re- 
tirar á  él  y  se  me  nombró  por  ayudante  mayor  del  expresa- 
do cuerpo». 

Para  contener  las  incursiones  de  los  indios,  salió  luego 
una  partida  de  120  hombres  á  las  órdenes  del  capitán  del 
cuerpo  de  blandengues  Francisco  Aldao.  Tenía  Artigas  la 
dirección  de  las  partidas  descubridoras.  Pero  murió  Aldao 
y  entonces  Artigas  recibió  el  mando  de  todas  las  fuei-zas  y 
con  ellas  apresó  y  mató  indios,  persiguió  contrabandistas  é 
interceptó  mercaderías,  desde  el  3  de  octubre  de  1798  has- 
ta el  3  de  mayo  de  1799,  en  que  regresó  á  Maldonado.  En 
«ñero  de  1800,  recibió  instrucciones  del  comandante  gene- 
ral de  campaña  marqués  de  Sobremonte,  para  recorrer  los 
pueblos  de  Santo  Domingo  <le  Soriano  y  Víboras  y  perse- 
guir desertores,  vagos  y  ladrones.  Hizo  varios  arrestos  é  in- 
terceptó algunos  contrabandos. 

«Tratando  vuestro  virrey  el  marqués  de  Aviles  de  poblar 
la  frontera,  detallar  suertes  de  estancia  á  sus  moradores  y 
tranquilizar  la  campaña,  nombró  la  superioridad  por  co- 
mandante general  de  poblaciones,  fronteras  y  campañas  al 
capitán  de  navio  don  Félix  de  Azara,  y  este  jefe  me  pidió 
por  su  ayudante,  en  cuya  comisión  serví  hasta  la  declara- 
ción de  guerra  con  los  portugueses,  destinando  por  mi  di- 
rección los  terrenos  á  cada  poblador  y  confiándome  este 
jefe  varias  comisiones.  Declarado  el  rompimiento,  pasé  con 
el  coronel  don  Nicolás  de  la  Quintana  á  la  parte  de  Misio- 
nes por  la  costa  del  arroyo  de  Santa  María,  para  impedir 
las  irrupciones  que  los  enemigos  intentaban  hacer  por 
aquella    parte  contra  los    pueblos  de  aquel  departamento». 

En  seguida  fué  incor^jorado  á  la  división  á  cargo  del  co- 
ronel don  Bernardo  Lpcoeq  en  marcha  á  las  Misiones,  con- 
fiándosele  la  dirección  de  la  ruta  y  la  conservación  de  la 
artillería.  Realizada  la  paz,  quedó  el  coronel  Lecocq  en  el 
departamento  de  Misiones  y  obtuvo  que  Artigas  fuer^i  nom- 
brado ayudante  suyo. 

«Las  continuas  fatigas  de  esta  vida  rural  por  espacio  de 


142  JOSÉ    ARTIGAS 

seis  años  y  más»,  concluj^e  la  nota,  «las  iuclemencias  de  las 
rígidas  estaciones,  los  cuidados  que  me  han  rodeado  en 
estas  comisiones  por  el  mejor  desempeño,  han  aniquilada 
mi  salud  en  los  términos  que  indican  las  adjuntas  certifi- 
caciones de  los  facultativos,  por  lo  cual  hallándome  impo- 
sibilitado de  continuar  en  el  servicio,  con  harto  dolor  mío, 
suplico  á  la  R.  P.  de  V.  M.  me  conceda  el  retiro  en  clase 
de  agregado  á  la  plaza  de  Montevideo  y  con  el  sueldo  que 
por  reglamento  se  señala». 

Al  pie  de  esta  representación,  obra  un  informe  expedido 
por  el  jefe  del  regimiento  de  blandengues,  don  Cayetano 
Ramírez  Arellano,  datado  en  Maldonado  el  9  de  enero  de 
1804.  Establece  dicho  jefe  que  Artigas  empezó  á  servir 
desde  el  10  de  marzo  de  1797  «en  que  tuvo  su  ingreso  en 
el  cuerpo  de  mi  cargo  en  clase  de  soldado  hasta  el  27  de 
octubre  del  mismo  año  que  pasó  á  capitán  de  milicias  del 
regimiento  de  caballería  de  Montevideo,  en  el  que  existió 
hasta  2  de  marzo  de  1  798  que  volvió  á  tener  su  entrada 
en  el  antedicho  cuerpo,  por  habérsele  conferido  el  empleo 
de  ayudante  mayor».  x\grega  el  jefe  informante  que  Arti- 
gas salió  á  campaña,  pero  que  nada  le  comunicó  para  ano- 
tarlo en  su  foja  de  servicios  y  q<ie  en  consecuencia  no  pue- 
de acreditar  la  verdad  de  lo  que  él  expone  en  su  solicitud. 

Fué  denegada  la  gestión  de  retiro,  según  lo  declara  .4.r- 
tigas  en  una  segunda  representación  al  Rey,  que  también 
obra  en  el  Archivo  General  de  la  Nación  Argentina.  Está 
datada  la  nueva  nota  en  Tacuarembó  Chico  el  20  de  mar- 
zo de  1805.  Artigas  pide  en  ella  su  licencia  absoluta,  in- 
vocando la  imposibilidad  de  seguir  en  el  servicio,  según  lo 
acredita  un  certificado  médico  que  adjunta. 

Repite  que  sentó  plaza  de  soldado  en  el  cuerpo  de  blan- 
dengues y  que  obtuvo  la  comisión  de  reclutar  gente  para 
las  compañías  que  debían  levantarse:  «reuniendo  para  ellas 
el  número  de  doscientos  y  más  hombres  sin  dispendio  algu- 
no de  vuestro  real  ei'ario,  habiéndosele  comisionado  en  la 
misma  clase  con  el  mando  de  varias  partidas  dirigidas  al 
cuidado  de  las  campañas  y  fronteras  del   río  Santa  María 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  143 

para  perseguir  los  ladrones,  contrabandistas  é  infieles,  en 
cuyo  desempeño  consiguió  no  sólo  aprehender  individuos 
sino  también  quitarles  más  de  dos  mil  caballos,  cuyo  ma- 
yor número  quedó  á  favor  de  la  real  hacienda,  obligando 
por  sus  servicios  á  los  jefes  á  que  le  distinguiesen  con  el 
grado  de  capitán  de  milicias  y  seguidamente  el  de  ayudante 
mayor  de  blandengues  que  obtuvo  pasado  apenas  el  año 
de  la  creación  del  referido  cuerpo,  en  el  cual  empleo  ha 
hecho  cinco  considerables  campañas  en  las  que  ha  deshe- 
cho y  destrozado  diferentes  cuadrillas  de  individuos  infieles,^ 
con  aprehensión  igualmente  de  ladrones,  contrabandistas  y 
numerosas  caballadas  á  favor  de  V.  M.,  siendo  de  notoria 
utilidad  el  servicio  que  hizo  en  la  exi^edición  del  brigadier 
don  Félix  de  Azara  a  situar  la  poblaciones  y  villas  de  Ba- 
toví  en  la  frontera  de  Santa  María,  por  la  dirección  que  le 
prestaron  sus  prácticos  conocimientos,  como  todo  debe 
constar  en  su  antedicha  instancia;  á  cuyos  documentos  es 
necesario  que  se  refiera  para  hacer  este  recurso  desde  la 
campaña,  en  más  de  cien  leguas  de  distancia  de  la  plaza  de 
Montevideo,  acompañando  al  comandante  principal  en  la 
expedición  de  su  mando,  sin  embargo  de  los  graves  padeci- 
mientos que  sufre  el  exponente,  por  haberle  significado  ser- 
le precisa  su  persona:  é  igualmente  la  presente  campaña  á 
que  fué  comisionado  por  el  actual  virrey  marqués  de  So- 
bremonte,  entonces  subinspector  interino». 

Estos  valiosos  antecedentes  históricos,  á  la  vez  que  acla- 
ran un  período  de  tiempo  acerca  del  cual  han  divagado 
largamente  los  historiadores  argentinos,  destruyen  por  su 
base  la  leyenda  de  la  metamorfosis  del  monstruo  que  destila- 
ba sangre  y  contrabandos  en  jefe  de  blandengues,  inventa- 
da por  Cavia  y  repetida  por  todos  los  historiadores  argen- 
tinos y  orientales  que  han  bebido  inspiraciones  en  su  libe- 
lo infamatorio.  Artigas  declara  al  rey  que  en  1797  ingre- 
só en  el  regimiento  de  blandengues  como  soldado  raso,  y 
su  declaración  está  abonada  por  el  testimonio  del  jefe  del 
regimiento.  Como  lo  hemos  dicho  en  el  capítulo  anterior,  la 
leyenda  podía  ser  explotada,  mientras  se  admitía  que   Ar- 


144  JOSÉ    ARTIGAS 

tigas,  pesando  bien  las  cosas,  había  cambiado  su  posición 
de  caudillo  de  asesinos  y  contrabandistas,  por  las  honrosas 
charreteras  de  jefe  de  blandengues.  Pero  resulta  sencilla- 
mente absurda,  una  vez  probado  que  el  jete  de  los  orien- 
tales ingresó  en  el  servicio  real  como  soldado  raso  y  nada 
más  que  como  soldado  raso. 


Tareas  «le  los  blandengues. 

Eran  duras  las  tareas  de  los  blandengues  y  se  explica  la 
insistencia  de  Artigas  en  obtener  una  licencia  para  reponer 
sus  energías  físicas  y  atender  á  la  vez  sus  asuntos  persona- 
les. Para  demostrarlo,  vamos  á  extractar  dos  representacio- 
nes de  los  apoderados  del  gremio  de  hacendados  de  la 
Banda  Oriental  al  virrey  de  Buenos  Aires. 

La  primera,  que  fué  presentada  el  .']  de  agosto  de  1803 
(Fregeiro,  «Documentos  justificativos»),  es  relativa  á  los 
portugueses. 

«Sus  frecuentes  incursiones»,  dice,  <vla  asiduidad,  el  des- 
pecho con  que  se  han  manejado  contra  nuestra  campaña  y 
haciendas  después  de  la  publicación  de  la  paz,  no  dejan  ar- 
bitrio para  dudar  que  ha  llegado  el  tiempo  de  alcanzar  ellos 
con  sus  obras  á  satisfacer  sus  conocidos  deseos.  En  efecto, 
han  extendido  su  mano  los  portugueses  en  más  de  diez  y 
seis  mil  leguas  superficiales  de  tierra  comprendidas  entre  el 
Ibicuy  Glande  y  el  Cerro  de  las  Palomas,  ayudados  por 
una  parte  de  la  perfidia  é  infracciones  á  los  diplomas  de  la 
paz  y  por  otra  parte  del  abandono  que  por  nuestra  parte 
se  ha  hecho  de  las  fronteras  y  territorios  interiores.  Así, 
estos  usurpadores  llevan  adelante  sus  miras,  no  hallando 
un  poder  que  contenga  sus  arrojados  proyectos:  habitan 
nuestras  posesiones;  ocupan  nuestros  campos;  corren,  ma- 
tan y  benefician  nuestros  ganados  y  nuestras  iiaciendas,  sin 
temor,  sin  cuidado  y  sin  oposición —  En  todos  tiempos 
ha  sido  un  axioma  indisputable  el  que  estos  limítrofes  ha- 
rían ofrenda  de  su  física  existencia  por  hacerse  dueños  de 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACrONES  145 

nuestros  preciosos  y  fértiles  campos.  Nadie  lo  ha  dudado; 
y  lo  que  jamás  pudieron  conseguir,  logran  hoy  sin  tropiezo 
y  sin  oposición ....  Los  requerimientos,  los  partes,  los  cla- 
mores de  estos  hacendados  son  continuos,  y  sería  infalible 
hi  ruina  de  todos  los  que  pueblan  y  ocupan  los  feraces  di- 
latados campos  que  corren  desde  las  fronteras  hasta  río 
Negro,  si  la  benéfica  mano  de  V.  E.  no  contiene  los  proce- 
dimientos arbitrarios,  pérfidos  y  dolosos  de  los  portugueses 
limítrofes,  sucediendo  por  forzosa  consecuencia  que  el  flo- 
recimiento, el  pingüe  y  fuerte  comercio  de  los  frutos  del 
país,  toque  su  última  decadencia». 

Concluyen  los  peticionarios  solicitando  que  el  virrey 
expida  '--las  providencias  convenientes  para  contener  y  es- 
<iarmentar  la  conducta  delincuente  de  los  atrevidos  portu- 
gueses, desalojarlos  de  los  campos  y  posesiones  que  nos  han 
usurpado  después  de  la  declaración  de  la  paz,  y  restituir  á 
los  hacendados  españoles  el  goce  y  posesión  de  sus  propie- 
dades». 

La  segunda  representación  del  gremio  de  hacendados,  es 
de  22  de  agosto  de  1 804  (Fregeiro,  «Documentos  justificati- 
vos»). Se  refiere  á  providencias  ya  adoptadas  por  el  virrey, 
en  que  Artigas  tiene  actuación  principalísima. 

«Al  fin  preindicado»,  dice,  «se  expidieron  órdenes  por 
V.  E.  dirigidas  al  coronel  don  Tomás  de  Rocamora,  se  sa- 
caron del  cuartel  de  Maldonado  y  esta  plaza  una  parte  de 
las  poccis  tropas  de  la  guarnición,  se  abrieron  los  almacenes 
de  artillería  y  con  tan  loables  y  activos  auxilios  se  compu- 
so esa  partida  que  al  mando  del  ayudante  don  José  Arti- 
gas hoy  nos  da  mérito  á  poner  en  manos  de  V.  E.  este  pe- 
dimento  Al  mes  poco  más  de  la  salida  que  anunciamos 

hizo  el  ayudante  Artigas,  comisionado  por  V.  E.  para  re- 
primir á  los  portugueses  y  defender  las  caballadas  de  las 
manos  enemigas  de  los  indios  gentiles  minuanes,  aún  sin 
alejarse  mucho  de  nuestras  estancias,  y  casi  sobre  la  expe- 
dición encargada  á  Rocamora,  sorprendió  Artigas  tres  sol- 
dados voluntarios  portugueses,  un  vecino  que  aunque  espa- 
ñol depende  de  aquella   dominación  y  dos  indios  también 

JOSÉ   ARTIGAS.— 10  T.  1. 


146  JOSÉ    ARTIGAS 

del  mismo  vasallaje,  todos  separados  un  día  ó  dos  antes 
del  grueso  de  más  de  ciento  veinte  hombres  que  salieron 
del  pueblo  de  San  Nicolás,  que  está  por  el  gobierno  lusita- 
no, á  correr  y  llevar  los  [ganados  de  nuestros  campos  por 
disposición,  orden  y  mandato  del  sai'gento  mayor  Saldaña, 
comandante  portugués  en  los  siete  pueblos  guaraníes  que 
nos  tomaron  en  la  última  guerra ^^>.  Hablan  luego  los  hacen- 
dados de  las  declaraciones  prestadas  por  esos  prisioneros; 
dicen  que  tal  conquista  ó  fraudulento  arrebato  se  produjo 
después  de  firmado  el  tratado  de  Badajoz;  declaran  que  el 
sargento  mayor  Saldaña  ha  distribuido  á  los  portugueses  los 
campos  comprendidos  desde  Santa  María  hasta  las  puntas 
del  río  Negro  y  desde  el  Ibicuy  hasta  el  Jarao;  y  concluyen 
solicitando  que  se  inicien  gestiones  para  la  devolución  de 
los  pueblos  de  Misiones  y  de  todos  los  demás  terrenos  usur- 
pados. 

La  autobiografía  del  general  Rondeau  (Lamas,  «Colec- 
ción de  memorias  y  documentos»),  da  idea  también  déla 
índole  de  los  servicios  del  regimiento  de  blandengues  de 
Montevideo: 

Como  alférez  y  teniente  del  cuerpo  de  blandengues,  di- 
ce Rondeau.  «estuve  siempre  en  campaña,  empleado  en  co- 
misiones concernientes  á  la  tranquilidad  pública,  ya  en  per- 
secución de  los  bárbaros  charrúas  y  minuanes,  con  los  que 
tuve  varias  acciones,  una  al  mando  del  capitán  don  José 
Pacheco,  como  consta  del  documento  número  1  que  en 
tiempo  muy  posterior  ha  venido  á  mis  manos  por  casuali- 
dad, y  otras  mandando  yo  en  jefe  las  partidas  que  opei'a- 
ban  contra  aquéllos,  sierjdo  simultáneas  estas  operaciones 
con  las  de  perseguir  ladrones  cuatreros  que  infestaban  la 
campaña,  lo  mismo  que  á  los  contrabandistas,  tráfico  que 
era  más  ejercitado  por  los  brasileños  que  por  los  naturales 
del  país,  y  aquéllos  como  más  diestros  en  el  uso  de  las  ar- 
mas de  fuego  oponían  una  resistencia  vigorosa  á  las  parti- 
das de  tropas  que  se  les  acercaban,  atrincherándose  con  las 
cargas  que  llevaban  si  eran  atacados  en  campo  raso  ó  de- 
fendiendo sus  intereses  desde  las  cejas  de  los  montes,  si  te- 
nían tiempo  de  llegar  á  ellos». 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  147 

Artigas  en  las  invasiones  inglesas. 

Fué  de  corta  duración  la  licencia  gestionada  por  Artigas. 
Pronto  quedó  reincorporado  al  servicio.  Cuando  se  produ- 
jeron las  invasiones  inglesas,  ya  estaba  en  activo  tren  de 
lucha  y  pudo  actuar  con  brillo  y  con  honor  en  los  memo- 
rables combates  de  la  reconquista  de  Buenos  Aires  y  de 
la  defensa  de  Montevideo. 

Existe  en  el  Archivo  Administrativo  de  Montevideo  una 
riquísima  documentación  oficial,  bajo  el  título  de  «Expe- 
diente formado  por  el  caballero  síndico  procurador  gene- 
ral, donde  se  encuentran  aglomerados  los  servicios  y  méri- 
tos contraídos  por  este  vecindario  en  la  reconquista  de  la 
capital  de  Buenos  Aires  en  agosto  12  de  1806».  El  síndi- 
co procurador  pidió  autorización  en  1808  para  formar  el 
expediente,  y  el  Cabildo  se  la  concedió,  mandándole  fran- 
quear todos  los  documentos  que  fueran  necesarios  al  objeto 
que  se  proponía. 

Figuran  en  dicho  expediente  una  relación  de  servicios 
firmada  por  Artigas  el  10  de  junio  de  1808,  que  es  rela- 
tiva á  la  reconquista  de  Buenos  Aires,  y  un  informe  del  co- 
mandante del  regimiento  de  blandengues  don  Cayetano 
Ramírez  de  Arellano  de  24  de  febrero  del  mismo  año,  que 
es  relativo  á  los  combates  contra  los  ingleses  en  los  alrede- 
dores de  Montevideo  y  en  el  asalto  á  las  murallas  y  toma 
de  la  plaza. 

En  su  foja  de  servicios  como  ayudante  mayor  del  cuerpo 
de  veteranos  de  caballería  de  blandengues  de  la  frontera 
de  Montevideo,  dice  Artigas: 

«Que  hallándome  enfermo  en  esta  plaza,  supe  se  prepa- 
raba en  ella  de  sus  tropas  y  vecindario  una  expedición  al 
mando  del  capitán  de  navio  don  Santiago  Liniers,  actual- 
mente virrey  de  estas  provincias,  para  reconquistar  del  po- 
der de  los  enemigos  la  capital  de  Buenos  Aires,  con  cuyo 
motivo  me  presenté  al  señor  gobernador  don  Pascual  Ruiz: 
Huidobro  á  efecto  de  que  me  permitiese  ser  uno  de  los  de 


148  JOSÉ    ARTIGAS 

dicha  expedición,  ya  que  no  podía  ir  con  el  cuerpo  de  que 
d-^pendo,  por  hallarse  éste  ea  aquella  época  cubriendo  los 
varios  puntos  de  la  campaña,  lo  que  se  sirvió  concederme 
dicho  señor,  ordenándome  quedase  yo  en  esta  ciudad  para 
conducir  por  tierra  un  pliego  (como  lo  verifiqué)  para  el  ci- 
tado señor  Santiago  Liniers,  destinándome  después  este 
señor  al  ejército  nuestro  que  se  hallaba  en  los  corrales  de 
Miserere,  desde  donde  pasamos  á  atacar  el  Retiro,  en  don- 
de advertí  que  la  tropa,  milicias  y  demás  gente  de  que  se 
compone  la  citada  expedición  y  á  un  número  de  aquel 
pueblo  que  se  juntó  á  él  en  aquel  paraje,  se  portaron  con 
el  mayor  espíritu  y  valor;  rendidos  los  enemigos  á  discre- 
ción, regresé  de  aquella  á  esta  [)laza,  con  la  noticia  por  ser 
la  comisión  á  que  me  dirigía  el  nominado  señor  goberna- 
dor, que  es  cuan.to  puedo  decir  bajo  mi  palabra  de  honor 
en  obsequio  á  la  verdad,  que  es  justicia». 

Al  regresar  de  su  heroica  comisión,  Artigas  estuvo  á  pun- 
to de  perecer  en  el  río  Uruguay,  según  lo  acredita  el  si- 
guiente oficio  del  gobernador  Ruiz  Huidobro  á  don  Ven- 
tura Gómez,  datado  en  Montevideo  el  15  de  agosto  de  1806 
(Archivo  Administrativo,  reproducido  por  Bauza,  «Histo- 
ria de  la  dominación  española»): 

«El  ayudante  mayor  de  blandengues  don  José  Artigas 
acaba  de  regresar  de  Buenos  Aires  en  una  comisión  inte- 
resante del  real  servicio  á  que  fué  destinado  por  mí  y  en  la 
que  estuvo  para  perecer  en  el  río,  por  haber  naufragado  el 
bote  que  lo  conducía,  en  cuyo  caso  perdió  la  maleta  de  su 
ropa,  apero,  poncho  y  cuanto  traía,  por  cuya  pérdida  y  los 
gastos  que  ha  ocasionado  la  misma  comisión,  estimo  de 
justicia  se  le  abone  por  la  real  Tesorería  del  cargr)  de  usted 
800  pesos  corrientes  y  se  lo  aviso  para  su  debido  cumpli- 
miento á  la  mayor  brevedad». 

El  comandante  del  regimiento  de  blandengues  don  Ca- 
yetano Ramírez  de  Arellano,  describe  en  esta  forma  la 
actuación  importantísima  de  sus  fuerzas  en  los  combates 
de  Montevideo: 

«Que  habiéndome  retirado  á  esta  plaza  des  le  el    Cerro 


DESCARGOS  Y  JÜSTIFÍCACIOXES  140 

Largo  por  disposición  superior  con  una  porción  de  tropas 
del  cuerpo  de  mí  cargo,  fui  destinado  al  campamento  de 
Punta  Carreta,  para  observar  las  operaciones  del  enemigo 
que  estaba  posesionado  de  la  plaza  de  Maldonado  y  su 
puerto,  en  donde  un  destacamento  del  propio  cuerpo  com- 
puesto de  un  capitán,  un  alférez  y  ciento  veinte  hombres 
fué  rechazado  y  derrotado  por  los  enemigos  el  día  29  de 
octubre  de  1806  en  que  tomaron  aquel  punto,  en  donde 
murieron  ocho  hombres  y  fueron  heridos  de  gravedad  ca- 
torce, quedando  muchos  prisioneros;  después  abandonaron 
los  enemigos  aquel  puerto,  reembarcándose  en  la  escuadra 
que  se  presentó  el  lü  de  enero  de  1807  en  la  ensenada  de 
la  Basura  ó  Pla3^a  del  Buceo,  donde  verificó  el  desembarco 
de  sus  tropas,  á  cuya  sazón  se  hallaban  las  de  mi  cuerpo 
y  de  otros  que  se  destinaron  á  evitar  el  desembarco  que  no 
fué  posible  por  el  continuo  fuego  de  los  buques  que  lo  pro- 
tegía, y  en  la  tarde  del  mismo  día  se  reunió  á  las  tropas 
que  salieron  de  la  plaza  á  órdenes  del  señor  virrey,  y  des- 
de el  saladero  que  llaman  de  Magariños  se  empezó  á  hacer 
fuego  de  cañón  á  los  enemigos,  con  lo  que  se  contuvieron 
sin  pasar  adelante,  pero  habiéndose  retirado  nuestras  tro- 
pas de  infantería  y  dragones  á  un  saladero  de  la  costa,  me 
posesioné  para  observar  al  enemigo  é  inmediato  á  ellos  en 
el  saladero  de  Zamora,  desde  donde  salían  partidas  de  ob- 
servación, hasta  el  día  19  al  amanecer  en  que  los  enemigos 
emprendieron  su  marcha  para  esta  plaza,  é  inmediatamen- 
te salí  con  toda  mi  tropa  y  la  de  los  regimientos  de  mili- 
cias de  Córdoba  y  Paraguay  con  cuatro  cañones,  para  con- 
tener al  enemigo  que  traía  fuerzas  muy  superiores,  y  á 
pesar  de  ser  las  nuestras  muy  reducidas  se  emprendió  el 
fuego  de  una  y  otra  parte  llegando  al  extremo  de  atacar- 
nos con  bayoneta,  por  cuya  razón  se  dispersó  nuestra  tro- 
pa, quedando  entre  muertos  y  heridos  de  los  de  mi  cuerpo 
de  veinte  á  veinticuatro  hombres,  y  nos  retiramos  al  mata- 
dero de  Silva  donde  se  hallaba  toda  la  tropa  de  la  plaza 
con  el  señor  virrey,  con  quien  nos  reunimos  y  fuimos  ata- 
cados por  los  enemigos;  que  no  pudiendo  resistirlos  se  man- 


150  JOSÉ    ARTIGAS 

dó  retirarnos  con  dirección  á  la  plaza,  siguiéndonos  el  ene- 
migo con  fuerza  de  artillería  y  fusilería,  que  cesó  luego  que 
avanzaron  y  se  posesionaron  del  paraje  que  llaman  el 
Cristo,  y  nuestro  ejército  quedó  á  la  inmediación  del  Mi- 
guelete,  hasta  que  á  la  tarde  del  mismo  día  nos  retiramos 
á  la  plaza,  de  donde  salimos  el  siguiente  día  20  por  la  ma- 
ñana en  busca  de  los  enemigos  que  se  hallaban  embosca- 
dos en  las  quintas,  casas  y  cercos  del  Cordón,  por  lo  que 
no  pudieron  ser  vistos  por  nuestras  avanzadas,  causa  por 
qué  nos  cercaron  con  sus  fuegos  de  cañón  y  fusil  por  de- 
recha, izquierda  y  frente  en  parajes  ventajosos  que  nos  de- 
rrotaron y  nos  desunieron,  obligando  á  todo  nuestro  ejér- 
cito á  la  retirada  con  mucho  desorden  por  no  poder  resis- 
tir á  tan  superiores  fuerzas,  quedando  muertos  en  aquella 
acción  unos  treinta  hombres  de  mi  cuerpo,  varios  heridos 
y  algunos  prisioneros;  retirados  ya  á  esta  plaza  se  mantu- 
vo la  tropa  todas  las  noches  y  algunos  días  destinada  en 
la  muralla,  sufriendo  el  más  vigoroso  fuego  de  mar  y  tie- 
rra que  hacía  el  enemigo  sin  intermisión  de  día  y  de  no- 
che, hasta  que  habiéndose  aproximado  como  á  medio  tiro 
de  cañón  de  la  plaza,  empezó  á  batir  en  brecha,  que  con- 
siguió abrir  el  portón  de  San  Juan,  continuando  su  fuego 
hasta  las  tres  de  la  mañana  del  día  3  de  febrero  del  citado 
1807  que  avanzó  el  enemigo,  forzando  la  brecha  y  atacan- 
do dentro  de  la  plaza  por  derecha  é  izquierda,  en  cuya  ac- 
ción hubo  de  mi  cuerpo  bastante  número  de  muertos  y  de 
heridos,  el  cual  no  se  puede  expresar  con  certeza,  porque 
se  ignora  el  de  los  prisioneros  que  llevaron  á  Londres, 
excepto  algunos  que  pudieron  profugar  y  otros  que  como 
yo  desembarcaron  en  esta  plaza  por  enfermos;  en  esta  ac- 
ción y  las  demás  que  tuvieron  nuestras  tropas  y  todo  el  ve- 
cindario de  esta  ciudad,  á  pesar  de  su  escaso  número  y  tan 
superior  el  del  enemigo,  hizo  la  más  vigorosa  y  obstinada 
defensa  en  todos  los  puntos  á  que  fueron  dcíti nados,  sa- 
crificando sus  vidas  é  intereses,  como  es  público- y  notorio, 
por  la  religión,  el  rey  v  la  patria,  obrando  con  el  mayor 
honor  y  en  cuyo  obsequio  murieron  muchos  en  la  acción, 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIO:!^ES  151 

^quedando  otros  in titiles  por  haber  perdido  brazos,  piernas 
y  otras  heridas  incurables. 

«Del  citado  mi  cuerpo  concurrieron  á  la  acción  conmi- 
go los  capitanes  don  Bartolomé  Riergo,  don  Carlos  Ma- 
ciel,  don  Felipe  Cardozo,  el  ayudante  mayor  don  José  Ar- 
tigas, los  alféreces  don  Pedro  Martínez,  don  José  Manuel 
de  Victorica,  y  los  cadetes  don  Juan  Corbera,  graduado  de 
alférez  don  Roque  Gómez  de  la  Fuente,  don  Prudencio 
-Zufriategui,  don  Juan  Manuel  Pagóla  que  murió  la  noche 
del  ataque,  habiéndose  portado  todos  con  el  mayor  enarde- 
cimiento, sin  perdonar  instante  de  fatiga,  animando  á  las 
tropas  sin  embargo  de  que  no  lo  necesitaban  por  el  ardor 
-con  que  se  arrojaban  al  fuego  de  los  enemigos.» 

En  presencia  de  estos  documentos  que  acreditan  los 
grandes  }'  continuados  servicios  del  ayudante  mayor  de 
blandengues  dentro  del  organismo  del  Virreinato,  tienen 
explicación  las  opiniones  favorabilísimas  que  desde  los  co- 
mienzos del  movimiento  revolucionario  de  1810  inspiró 
Artigas  á  los  hombres  espectables  de  su  época  y  de  las  que 
han  dejado  constancia  algunos  de  ellos  en  piezas  históricas 
de  positivo  valor. 

Teí^tinioiiio  de  las  autoridades  españolas. 

En  un  oficio  del  subinspector  Sobremonte  al  marqués 
<le  Aviles,  datado  en  Montevideo  el  8  de  octubre  de  1800 
(Bauza,  ■;;  Historia  déla  dominación  española»)  se  comuni- 
ca la  salida  de  una  expedición  de  trescientos  blandengues 
para  combatir  á  los  charrúas,  contrabandistas  portugueses 
y  bandidos,  con  este  agregado  que  denuncia  el  elevado 
concepto  en  que  era  tenido  Artigas: 

«Me  parecía  muy  del  caso  para  dirigir  á  éstas  (se  refie- 
re á  las  fuerzas)  el  ayudante  mayor  de  blandengues  don 
José  Artigas  por  su  mucha  práctica  de  los  terrenos  y  co- 
nocimientos de  la  campaña;  pero  como  está  á  las  órdenes 
■del  capitán  de  navio  don  Félix  de  Azara,  sólo  lo  hago  pre- 
sente á  V.  E.  para  que  se  sirva  resolver  lo  que  fuere  de 
:su  superior  agrado.» 


102  JOSÉ    ARTIGAS 

Mientras  así  se  le  echaba  de  menos  en  Montevideo  pant 
el  desempeño  de  una  importante  comisión  mditar.  Artigas 
defendía  en  las  Misiones  Orientales  la  integridad  del  domi- 
nio español  contra  los  avances  de  los  portugueses,  á  la  vez 
que  cultivaba  su  espíritu  al  lado  del  gran  naturalista,  cuya 
tarea,  dice  el  general  Mitre  (introducción  á  los  «Viajes  á 
los  pueblos  del  Paraguay»,  -Revista  del  Río  de  la  Plata) 
no  se  limitó  á  estudiar  la  zoología  y  la  ornitología  do  las 
comarcas  que  recorría.  «Soldado  por  su  carrera  y  matemá- 
tico por  sus  estudios,  después  de  hacerse  naturalista  por  in- 
clinación, se  hizo  geógrafo,  historiador,  economista,  geólogo, 
botánico  y  filósofo,  para  llenar  la  actividad  de  su  vida,  su- 
pliendo por  la  observación  la  deficiencia  de  sus  conocimien- 
tos científicos  y  acertando,  por  la  labor  constante  y  la  pa- 
ciencia, á  criar  métodos  nuevos  que  debían  ser  la  guía  de 
la  ciencia.  El  fué  el  primero  que  se  ocupó  con  sana  crítica 
de  la  historia  primitiva  del  Río  de  la  Plata,  estudiándola  á 
la  luz  de  documentos  originales  y  de  los  testimonios  indes- 
tructibles de  la  naturaleza,  ensanchando  sus  horizontes  y 
conmoviendo  los  cimientos  convencionales  en  (juese  funda- 
ba. Él  fué  el  primero  que  dio  base  científica  á  la  geografía 
del  Río  de  la  Plata,  á  cuya  historia  está  perdurablemente 
vinculado  su  nombre.  El  fué  el  primero  que  hizo  conocer 
al  mundo,  bajo  diversos  aspectos,  las  regiones  bañadas  por 
el  Plata,  el  Uruguay,  el  Paraná  y  el  Pai'aguay.  llamando 
sobre  ellas  la  atención  de  propios  y   extraños». 

A  fines  de  1801,  tuvo  Artigas  que  retirarse  de  las  posi- 
ciones avanzadas  que  ocupaba,  en  cumplimiento  de  órdenes 
de  Azara,  provocadas  por  una  nueva  invasión  portuguesa 
que  se  adueñó  definitivamente  de  las  Misiones. 

En  una  exposición  sobre  el  estado  de  Montevideo  y  sn 
campaña,  redactada  el  4  de  agOí^to  de  1811  por  don  Rafael 
Zufriateguy,  diputado  al  Congreso  Nacional  reunido  en  Cá- 
diz, se  hace  el  estudio  de  la  situación  del  Río  de  la  Plata  y 
de  las  condiciones  de  Artigas  en  términos  altamente  favora- 
bles. Después  de  establecer  el  referido  diputado  que  Montevi- 
deo está  reducido  á  su  recinto  y  sin   esperanzas  de  protec- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  153 

eióii  tle  las  provincias  del  Virreinato  (Archivo  Nacional,  re- 
producido por  Bauza  en  su  «Historia  de  la  dominación  es- 
pañola»), agrega: 

«Su  vasta  y  hermosa  campaña  hoy  día  se  halla  en  insu- 
rrección por  haber  apurado  sus  recursos  aquella  escandalosa 
Junta  y  puesto  en  movimiento  los  resortes  de  una  secreta 
intriga  para  introducir  la  división,  la  discordia  y  sedición 
por  conducto  ya  de  algunas  tropas  que  han  pasado  y  ocu- 
pado varios  pueblos  de  poca  consideración  de  la  Banda 
Oriental,  ya  por  el  de  algunos  mal  contentos  que  encierra 
Montevideo  y  su  campaña,  adictos  á  ella;  y  por  último, 
más  poderoso  por  el  de  la  mayor  parte  de  los  oficiales  de  al- 
gunos cuerpos  de  la  guarnición,  de  quienes  absolutamente 
no  puede  hacerse  la  más  leve  confianza  para  emprender 
ataque  alguno  por  pequeño  que  fuese  (no  obstante  que  los 
hay,  aunque  pocos,  muy  firmes  y  leales);  así  lo  ha  acredita- 
do la  experiencia  de  estos  últimos  días  con  cinco  oficiales 
de  blandengues  que  por  el  mes  de  marzo  próximo  pasado 
han  desertado  para  la  capital;  habiendo  causado  más  asom- 
bro esta  deserción  en  dos  capitanes  de  dichos  cuerpos  lla- 
mados don  José  Artigas,  natural  de  Montevideo,  y  don  José 
Rondeau,  natural  de  Buenos  Aires,  cuyo  individuo  acababa 
de  llegar  de  la  península  y  era  perteneciente  á  los  prisio- 
neros en  la  pérdida  de  aquella  plaza. 

«Estos  dos  sujetos  en  todos  tiempos  se  habían  merecido 
la  mayor  confianza  y  estimación  de  todo  el  pueblo  y  jefes 
en  general  por  su  exactísimo  desempeño  en  toda  clase  de 
servicios;  pero  muy  particularmente  el  don  José  Artigas 
para  comisiones  de  la  campaña  por  sus  dilatados  conoci- 
mientos en  la  persecución  de  vagos,  ladrones,  contrabandis- 
tas é  indios  charrúas  y  minuanes  que  la  infestan  y  causan 
males  irreparables  é  igualmente  para  contener  á  los  portu- 
gueses que  en  tiempo  de  paz  acostumbraban  á  usurpar 
nuestros  ganados  y  á  avanzar  impunemente  sus  estableci- 
mientos dentro  de  nuestra  línea.  Cuando  de  Montevideo  pa- 
samos algunas  tropas  á  la  Colonia  del  Sacramento  para 
atender  desde  este  destino  á  las  necesidades  de  toda  aque- 


154  JOSÉ    ARTIGAS 

lia  caivipaña  perturbada  por  algunas  partidas  de  insurgen- 
tes; en  este  tiempo  en  que  se  consideraban  dichos  capitanes 
más  necesarios,  desaparecieron  de  aquel  punto  en  consorcio 
del  cura  párroco  y  de  otro  oficial  subalterno  de  los  del  nú- 
mero precitado,  llamado  Ortiguera;  siendo  estos  individuos 
naturales  de  la  capital.  A  los  pocos  días  de  este  suceso  se 
tuvo  la  noticia  de  que  otro  nombrado  Sierra,  hijo  de  Mon- 
tevideo, había  iguahnente  fugado  llevándose  consigo  nueve 
soldados  de  su  mismo  cuerpo». 

Se  ocupa  en  seguida  la  exposición  del  movimiento  insu- 
rreccional encabezado  por  Ramón  Fernández  que  al  frente 
de  '< trescientos  hombres  vagos  y  mal  contentos»,  reahza  «el 
saqueo,  robo,  arresto  y  seguridad  de  todos  los  europeos»  de 
Mercedes  y  Soriano.  Indica  la  necesidad  de  enviar  tropas 
á  Montevideo  en  número  de  dos  mil  infantes  y  quinientos 
de  caballería;  de  mantener  á  Elío  en  el  virreinato  por  sus 
condiciones  personales  de  primer  orden;  de  enviar  un  re- 
puesto de  tres  mil  fusiles;  y  de  establecer  en  Montevideo 
un  gobierno  intendente  con  jurisdicción  sobre  el  vasto  te- 
rritorio de  la  parte  oriental  y  septentrional. 

De  esa  exposición,  envió  copia  Zufriateguy  al  Cabildo  de 
Montevideo,  comunicándole  á  la  vez  que  durante  dos  días 
consecutivos  el  Congreso  español  se  había  ocupado  del 
asunto  y  que  él  había  sido  autorizado  para  conferenciar  con 
la  Regencia,  como  efectivamente  lo  había  hecho,  aunque 
sin  resultado,  á  causa  de  la  carencia  absoluta  de  numerario 
para  hacer  frente  al  envío  de  tropas. 

En  su  «Historia  Argentina»  expresa  el  señor  Pelliza 
que  viendo  Fernando  VII  que  eran  inútiles  sus  esfuerzos 
para  reconquistar  por  medio  de  manifiestos  y  procesos  sus 
colonias  independizadas,  resolvió  emprender  la  reconquista 
militar  sobre  la  base  de  un  plan  propuesto  en  junio  de  1818 
por  el  mariscal  de  campo  don  Gregorio  Laguna. 

De  acuerdo  con  el  plan  de  ese  mariscal,  que  el  historia- 
<lor  argentino  reproduce,  debía  prepararse  una  expedición 
de  veinte  mil  hombres  con  mucho  sigilo  y  dándose  á  en- 
tender que  se  expedicionaria  á  otros  puntos,  para  caer  de 


DESCARGOS  Y  JÜSTIFrCACIONES  155 

improviso  sobre  Buenos  iVires.  Luego  de  establecer  minu- 
ciosamente el  plan,  los  puntos  de  desembarco  y  las  prime- 
ras medidas  para  asegurar  la  reconquista,  prescribe  la  si- 
guiente instrucción  al  general  expedicionario: 

«Será  uno  de  los  primeros  cuididos  del  general  atraerse 
á  su  partido  al  guerrillero  don  José  Artigas,  el  que  se  ha- 
lla hoy  separado  de  los  insurgentes  y  en  guerra  con  ellos  y 
con  los  portugueses.  Este  Artigas  era  el  día  de  la  rev^olución 
ayudante  mayor  de  un  regimiento  de  caballería  y  tomó  el 
partido  de  los  insurgentes;  después  el  rey,  conociendo  el 
mérito  de  este  oficial  lo  indultó  v  ascendió  al  gi'ado  de  bri- 
gadier,  cuyo  despacho  bien  sea  por  la  [)Oca  finura  ó  mal 
modo  con  que  los  generales  se  han  portado  con  él,  ó  porque 
no  supieron  atraerlo  con  dulzura,  no  ha  querido  admitir  te- 
meroso de  que  sea  un  engaño  para  cogerlo  y  fusilarlo:  he 
aquí  uno  de  los  puntos  más  esenciales  para  la  reconquista 
y  eu  el  que  el  genei-al  debe  emplear  su  talento  para  ganár- 
selo, y  ninguna  ocasión  mejor  que  la  presente  en  que  se  ha- 
lla separado  del  gobierno  principal  de  Buenos  Aires.  Este 
partidario  domina  toda  la  indiatla,  es  dueño  de  sus  corazo- 
nes y  en  seiscientas  leguas  de  circunferencia  no  ha}'^  más 
voz  que  la  suya;  es  tan  práctico  en  toda  la  campaña, 
que  sin  batirse  con  nuestro  ejército  puede  hacerlo  perecer 
retiranc^o  en  una  noche  todas  las  caballadas  y  ganados  á 
distancias  considerables,  sin  que  lo  pueda  evitar  el  general; 
por  esto  repito  que  conviene  ganárselo,  colmarlo  de  benefi- 
cios, graduaciones  y  mando,  pues  haciéndolo  así  no  sola- 
mente le  sobrará  todo  á  nuestro  ejército,  sino  que  con  su 
ayuda  se  conseguirá  la  destrucción  de  todos  los  rebeldes 
de  aquel  hemisferio.  Conseguida  que  sea  la  reconciliación 
de  este  sujeto  y  puesto  en  posesión  del  mando,  el  general 
nombrará  dos  acompañantes  para  que  lo  ayuden  á  llevar 
las  riendas  del  gobierno,  bajo  el  honroso  pretexto  de  no  po- 
der él  sufrir  tan  pesada  carga». 

El  plan  del  mariscal  Laguna  fué  aceptado  por  el  rey  y 
se  ordenó  la  preparación  en  el  puerto  de  Cádiz  de  una  ar- 
mada de  seis  fragatas,  diez  corbetas,  treinta  cañoneras,  dos- 


156  JOSÉ    ARTIGAS 

cientos  transportes-,  noventa  y  cuatro  piezas  de  artilleríar 
con  mil  trescientos  soldados  de  esa  arma,  dos  mil  ochocien- 
tos soldados  de  caballeiía  y  diez  y  nueve  mil  seiscientos 
soldados  de  infantería.  A  fines  de  septiembre  de  1819  la 
escuadra  estaba  lista  para  hacerse  ala  mar.  Para  el  coman- 
do de  las  fuerzas,  el  rey  se  había  fijado  en  el  general  Mo- 
rillo, jefe  de  la  expedición  enviada  á  Venezuela  en  1815. 
Pero  Morillo  que  estaba  en  Colombia,  sólo  pudo  efec- 
tuar el  viaje  en  diciembre.  El  mariscal  Laguna  que  ha- 
bía fijado  el  mes  de  octubre  para  la  partida,  como  medio 
de  evitarle  á  la  escuádralos  pamperos  y  sus  terribles  tempo- 
rales, aconsejó  en  vista  de  tan  sensible  demora  el  cambio 
de  rumbo  á  Lima  y  Porto  Belo,  sin  mayor  éxito,  porque 
los  sucesos  se  encargaron  de  desbaratar  la  empresa,  como 
más  adelante  veremos. 

Tiene  este  documento  oficial  del  gobierno  español  con- 
siderable importancia  para  probar  dos  cosas:  el  elevado 
concepto  en  que  era  tenido  Artigas  por  sus  más  encarni- 
zados adversarios,  y  su  rechazo  noble  y  patriótico  de  la  alta 
jerarquía  militar  que  le  habían  ofrecido  los  españoles,  en 
los  propios  momentos  en  que  las  disidencias  con  el  gobier- 
no argentino  parecían  justificar  todas  las  alianzas  y  esta- 
ban además  sobre  el  tapete  transacciones  deplorables  so- 
bre la  base  de  la  creación  de  un  trono  en  el  Río  de  la 
Plata. 

Opinión  del  historiador  Torrente. 

Hemos  indicado  en  el  capítulo  anteriorlas  fuentes  de  in- 
formación del  historiador  Torrente:  los  archivos  de  España 
y  las  relaciones  de  todos  los  hombres  espectables  del  Río 
de  la  Plata  al  servicio  de  la  metrópoli.  Esas  fuentes  his- 
tóricas, formadas  por  los  más  decididos  adversarios  de  Ar- 
tigas, dan  excepcional  valor  á  las  palabras  de  la  «Historia 
de  la  Revolución  Hispano-Americana»,  que  vamos  á 
reproducir. 

Se  ocupa  del  resultado  adverso  de  las  gestiones  del  vi- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  157 

rrey  Elío  en  181 1,  para  hacerse  reconocer  por  la  Junta  re- 
volucionaria: 

«A  su  consecuencia  declaró  el  general  Elío  la  guerra  á 
Buenos  Aires  condenando  por  rebelde  la  Junta  que  aquella 
€Íudad  había  establecido.  Dirigió  sus  primeras  tentativas 
contra  los  orientales  que  se  mantenían  en  insurrección;  pero 
el  éxito  de  aquella  expedición  correspondió  tan  tristemente 
á  sus  esfuerzos,  que  aumentado  el  número  de  los  desconten- 
tos, caj^eron  en  poder  de  éstos  los  pueblos  de  Mercedes,  So- 
riano,  Gualeguay,  Gualeguaychú  y  otros  y  se  le  desertaron 
varios  oficiales  de  valor  y  prestigio  cuales  fueron  Ron- 
deau,  Artigas,  Ortiguera,  Sierra  y  Fernandez.  Estos 
primeros  golpes  paralizaron  las  operaciones  del  nuevo  virrey 
y  dieron  alguna  tregua  a  la  agitación  y  alarma  de  la  capi- 
tal, hasta  que  principiaron  muy  pronto  sus  discordias  ci- 
viles >? . 

Deelarftcióii  «leí  genoral  Vedia 

Habla  el  general  Nicolás  de  Vedia  (Lamas,  «Colección 
de  memorias  y  documentos  para  la  historia»)  de  la  instala- 
ción de  la  Junta  Gubernativa  de  Mayo  de  1810  y  délos 
oficiales  don  José  Artigas  y  don  José  Rondeau: 

«Estos  dos  oficiales  gozaban  ya  de  opinión  por  los  ser- 
vicios considerables  que  habían  prestado  en  este  territorio, 
ya  en  persecución  de  contrabandistas  y  malhechores,  ya  en 
la  guerra  contra  los  portugueses  en  1802  y  también  contra 
los  ingleses  en  1807.  El  que  esto  escribe,  se  hallaba  en 
Buenos  Aires  en  los  momentos  de  la  Revolución  y  fué  de 
los  más  activos  y  acalorados  autores  de  aquel  sacudimien- 
to político  que  será  memorable  en  los  fastos  de  la  América; 
y  desde  el  primer  día  en  que  la  patria  formó  su  gobierno  y 
se  segregó  de  la  odiosa  dominación  española,  aseguró  reite- 
radas veces  que  Rondeau  y  Artigas  abandonarían  las  ban- 
deras enemigas  de  la  América  y  se  incorporarían  á  las  de 
la  patria.  Su  pronóstico  se  verificó  después  de  corridos  po- 
cos meses.    Primero   llegó  Artigas  á  Buenos  Aires,  donde 


158  JOSÉ    ARTIGAS 

fué  bien  recibido  de  todos,  especiahiiente  del  gobierno  que 
lo  condecoró,  le  dio  dinero  y  armas  para  trasladarse  á  la 
Banda  Oriental,  para  levantar  una  fuerza  contra  los  españo- 
les. No  tardó  en  seguirle  Rondeau,  que  mereció  igual  aco- 
gimiento y  la  misma  comisión  que  Artigas,  pero  dejando 
una  opinión  más  favorable  en  el  gobierno  por  su  capaci- 
dad y  moderación. 

<^  Artigas,  como  que  había  salido  algún  tiempo  antes  que 
Hondean,  tuvo  lugar  para  reunir  un  cuerpo  crecido  de  pa- 
triotas orientales,  con  los  cuales  y  la  infantería  de  Buenos  Ai- 
res que  el  gobierno  le  había  enviado,  consiguió  hacer  ren- 
dir las  armas  en  el  pueblo  de  las  Piedras  á  setecientos  sol- 
dados veteranos  que  el  gobierno  de  Montevideo  había  he- 
cho salir  á  la  campaña,  creyendo  que  esto  bastaría  para 
contener  la  sublevación  en  masa  que  se  verificaba  en  ella, 
con  un  entusiasmo  que  manifestaba  bien  el  odio  que  sus 
moradores  tenían  á  los  godos,  epíteto  que  desde  el  princi- 
pio de  nuestra  Revolución  y  aun  antes  se  adoptó  para  ca- 
racterizar y  hacer  más  aborrecible  el  nombre  español.  Ce- 
lebróse en  Buenos  Aires  la  llamada  acción  de  las  Piedras 
con  transportes  del  mayor  entusiasmo.  Este  suceso  no  me- 
nos brillante  que  ventajoso  para  todas  las  operaciones  que 
le  habían  de  suceder,  consoló  los  ánimos  no  poco  afectados 
con  el  mal  éxito  que  habían  tenido  nuestras  armas  en  el 
Paraguay  y  la  desastrosa  derrota  de  nuestro  ejército  en  el 
Desaguadero.  En  esta  ocasión  se  vio  el  gobierno  en  la  ne- 
cesidad de  poner  un  jefe  á  la  cabeza  de  las  fuerzas  que  se 
reunían  en  esta  Banda  Oriental,  para  que  sitiasen  á  Mon- 
tevideo. No  se  creyó  prudente  confiar  el  mando  á  Bel- 
grano,  por  falta  de  conocimientos  suficientes  en  la  guerra. 
A  don  José  Artigas  «no  se  le  consideró  capaz  para  la  mis- 
ma empresa».  Y  la  elección  recayó  en  Rondeau  «por  la 
opinión'  de  instruido,  valiente,  aguerrido,  moderado  de  que 
había  gozado  desde  los  primeros  días  de  su  carrera». 

« La  preferencia  que  el  gobierno  patrio  dispensó  á 
Rondeau  resintió  á  Artigas;  éste  se  consideró  ofendido  y 
no  dejaba  de  tener  razón;  ambos  habían  principiado  su  ca- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  159 

rrera  militar  eu  el  año  de  1800,  á  la  creación  del  regimieu- 
to  de  blandengues  de  esta  Banda;  pero  Rondeau  entró  de 
cadete  y  Artigas  en  el  empleo  de  ayudante  mayor.  Este  fué 
á  Buenos  Aires  antes  que  Rondeau;  por  consiguiente  prin- 
cipió primero  á  servir  á  la  patria  y  además  había  ya  hecho 
el  servicio  brillante  de  la  acción  de  las  Piedras  y  sublevado 
el  país  contra  nuestros  implacables  enemigos.  Su  opinión 
entonces  no  era  mala  y  gozaba  sobre  los  habitantes  de  la 
campaña  un  prestigio  incomparablemente  mayor  que  Ron- 
deau y  que  se  había  fortalecido  con  el  resultado  feliz  de 
aquella  empresa.  Pero  á  pesar  de  su  justo  resentimiento 
(si  no  justo,  al  menos  natural).  Artigas  concurrió  con  sus 
fuerzas  al  primer  sitio  bajo  las  órdenes  de  Rondeau,  pero 
no  pudo  dejar  de  dar  muestras  de  su  encono  y  de  lo  poco 
conforme  que  estaba  con  el  lugar  subalterno  que  se  le  ha- 
cía ocupar,  lo  que  desde  luego  llegó  al  conocimiento  del 
gobierno  que  puso  en  ejercicio  muchos  medios  para  des- 
hacerse de  un  jefe  que  invadía  su  política  y  se  consideraba 
independiente  al  frente  de  una  crecida  población  que  le  te- 
nía por  su  verdadero  caudillo». 

El  sitio  llevaba  cosa  de  medio  año  cuando  se  internó 
una  fuerte  división  portuguesa.  El  gobierno  patrio  se  en- 
tendió entonces  con  el  gobernador  de  Montevideo  y  el 
ejército  se  embarcó  para  Buenos  Aires  en  el  Sauce,  con 
excepción  de  una  división  de  500  hombres  al  mando  de 
Vedia,  que  se  dirigió  al  Real  de  San  Carlos,  donde  tuvo 
que  sostener  diversos  incidentes  con  el  comandante  militar 
de  la  Colonia  é  intimar  con  la  artillería  la  entrega  de  di- 
versas embarcaciones,  en  las  que  al  fin  se  fueron  todos  los 
soldados  ^<y  más  de  300  personas  de  todos  sexos  que  huían 
de  los  godos  como  ellos  se  explicaban,  cuatro  piezas  volan- 
tes con  sus  trenes  y  también  algunos  rodados  y  lechos  de 
carretas  de  varios  particulares». 

Posteriormente,  trató  el  gobierno  de  reanudar  el  sitio 
de  Montevideo  y  convocó  una  gran  junta,  dándose  en  se- 
guida las  órdenes  necesarias  para  la  salida  de  las  tropas. 

«Antes  de  llegar  á  Montevideo,  el  ejército  se  detuvo  eu 


ICO  JOSÉ    ARTIGAS 

«1  Salto  Chico  del  Uruguay,  distante  una  legua  del  acampa- 
mento del  coronel  don  José  Artigas:  acampamento  que 
constaba  de  catorce  mil  personas.  Estaba  allí  toda  la  Ban- 
da Oriental,  porque  es  de  saber  que  al  alzamiento  del  pri- 
mer sitio,  Artigas  arrastró  con  todos  los  habitantes  de  la 
campaña...  sus  comandantes  amenazaban  con  la  muerte  á 
los  que  eran  morosos  y  no  fueron  pocos  los  que  sufrieron 
la  crueldad  de  los  satélites  de  Artigas.  Este  hombre  inflexi- 
ble parece  que  se  complacía  en  la  sangre  que  hacía  derra- 
mar y  en  verse  seguido  de  tan  numerosa  población». 

Transcribe  el  general  Vedia  un  oficio  suyo  á  Sarratea 
aconsejándole  el  envío  de  un  cuerpo  de  ejército  á  la  Ban- 
da Oriental  «bajo  la  conducta  del  coronel  don  José  Ron- 
deau,  á  cuyo  cargo  debe  entregarse  el  absoluto  mando  de 
todas  las  milicias  que  se  reúnan  y  hubiese  reunidas,  sin  la 
menor  intervención  del  coronel  Artigas,  que  ni  por  sus 
conocimientos,  inteligencia  militar,  ni  firmeza  ha  dado  una 
prueba  capaz  de  inclinar  la  razón  á  concederle  parte  algu- 
na en  esta  nueva  medida  de  cosas». 

Formalizado  el  sitio,  Artigas  exigió  la  expulsión  de  Sa- 
rratea y  de  los  más  allegados  á  su  círculo  y  surgió  en- 
tonces en  la  línea  sitiadora  el  movimiento  militar  que  en- 
cabezaron Rondeau  y  Vedia  y  que  condujo  á  esa  expul- 
sión. Justificando  la  necesidad  de  entenderse  con  Artigas, 
dice  Vedia: 

«El  suceso  de  las  Piedras  y  la  facilidad  con  que  se  ha- 
bía hecho  seguir  de  los  habitantes  de  una  inmensa  cam- 
paña, habían  contribuido  á  vigorizar  su  fama Tratá- 
bamos de  hacer  toda  clase  de  sacrificios  para  que  se  veri- 
ficase la  toma  de  una  plaza  que  podía  impedir  con  el 
tiempo  los  progresos  de  nuestras  armas  y  además  le  con- 
servábamos á  la  patria  un  ejército  que  estaba  en  trance 
de  liquidarse  si  no  nos  conformábamos  con  la  petición  de 
un  jefe  que  era  el  ídolo  y  el  dueño  de  la  tierra  que  pisá- 
bamos». 

Tales  son  los  juicios  que  acerca  del  jefe  de  los  orienta- 
les, contiene  la  memoria  del  general  Vedia.    Hay  en  ellos 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACrONES  161 

elogios  considerables,  matizados  con  censuras  inspiradas 
por  una  evidente  mala  voluntad  al  personaje  y  acaso  tam- 
bién por  el  deseo  de  halagar  á  Sarratea,  á  quien  le  dice 
Vedia  que  Artigas  carece  de  conocimientos,  de  inteligencia 
militar  y  de  carácter,  aun  cuando  reconoce  categórica- 
mente en  la  misma  memoria  que  el  referido  oficial,  que  ya 
había  prestado  servicios  considerables  en  1810  y  vigori- 
zado su  fama  durante  el  primer  sitio,  era  el  ídolo  de  la  tierra 
que  pisaba.  Lo  mismo  ocurre  con  la  emigración  producida 
á  raíz  del  levantamiento  del  primer  sitio:  en  un  párrafo 
de  la  memoria,  dice  el  general  Vedia  que  el  movimiento 
fué  espontáneo,  y  en  otro  que  fué  obra  de  la  violencia, 
aun  cuando  él  se  encarga  de  probar  la  exactitud  de  su 
])rimera  afirmación,  en  la  referencia  al  embarque  de  fa- 
milias por  el  puerto  de  la  Colonia  á  la  sombra  de  las  pro- 
pias tropas  de  Buenos  Aires. 

Son  contradicciones  que  se  explican.  El  general  Vedia 
estuvo  permanentemente  al  servicio  de  los  gobiernos  de 
Buenos  Aires  que  más  se  destacaron  en  la  lucha  contra 
Artigas.  Fué  el  asesor  del  presidente  Sarratea  en  1812. 
Y  cuando  se  produjo  en  1810  la  invasión  portuguesa  que 
había  gestionado  la  diplomacia  argentina,  se  prestó  á  ser- 
vir de  intermediai'io  en  la  farsa  organizada  por  el  Directo- 
rio de  Pueyrredón  ante  Lecor,  para  persuadir  á  la  patrióti- 
ca oposición  del  pueblo  de  Buenos  Aires  que  algo  se  ha- 
cía en  obsequio  á  la  integridad  de  las  Provincias  Unidas 
del  Río  de  la  Plata.  ¿Cómo  podía  entonces  mirai"  con  sim- 
patía al  jefe  de  los  orientales?  Las  fi'ases  de  elogio  de  su 
memoria,  sólo  han  podido  ser  arrancadas  al  ambiente  en 
que  actuaba,  por  las  excepcionales  calidades  de  un  adversa- 
rio, á  quien  era  de  orden  atacar  despiadadamente  desde 
Buenos  Aires. 

Te<!«tinionio  del  doctor  Mariano  Moreno. 

La  Junta  gubernativa  de  Buenos  Aires  confió  á  su  se- 
cretario el  doctor  Mariano  Moreno,  por  acuerdo   de  18  de 

JOSÉ    ARTIGAS  — 11.  T.  I. 


102  JOSÉ    ARTIGAS 

julio  de  J  810,  la  elaboración  del  plan  qne  debía  ponerse 
en  práctica  para  consolidar  la  libertad  é  inde[)endencia  de 
las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata.  El  resultado 
de  ios  estudios,  consta  en  un  informe  de  30  de  agosto  del 
mismo  año  (tomo  primero  de  la  biblioteca  del  Ateneo  de 
Buenos  Aires).  Se  compone  ese  importantísimo  documen- 
to de  varios  parágrafos  ó  temas,  distribuidos  en  numero- 
sas cláusulas.  Es  relativo  el  segundo  tema  del  dictamen, 
al  medio  más  adecuado  para  obtener  la  sublevación  de  la 
Banda  Oriental  j  la  rendición  de  Montevideo.  Sus  con- 
clusiones están  formuladas  en  veinte  cláusulas,  de  las  que 
sólo  vamos  á  transcribir  aliora  las  referentes  á  Artigas  y 
otros  jefes  orientales. 

Dice  la  cláusula  I."":  cs Sería  muy  del  caso  atraerse  á  dos 
sujetos  por  cualquier  interés  y  promesas,  asi  por  sus  co- 
nocimientos que  nos  consta  son  muy  extensos  en  la  cam- 
paña, como  por  sus  talentos,  opiriión,  concepto  y  res- 
peto: como  son  los  del  capitán  de  dragones  don  José  Ron- 
deau  y  los  del  capitán  de  blandengues  don  José  Artigas, 
quienes  puesta  la  campaña  en  este  tono  y  concediéndose- 
les facultades  amplias,  concesiones,  gracias  y  prerrogati- 
vas, liarán  en  poco  tiempo  progresos  tan  rá[)idos,  que  an- 
tes de  seis  meses  podría  tratarse  de  formalizar  el  sitio  de 
la  plaza». 

La  cláusula  1 1 .'',  refiriéndose  á  otra  que  señala  la  nece- 
sidad de  mandar  jefes  y  oficiales  instruidos  de  Buenos  Ai- 
res, pai"a  adelantar  terreno  bacia  la  plaza  de  Montevideo, 
agrega:  «Ya  en  este  caso  ningunos  podrán  ser  más  útiles 
para  los  adelantann'entos  de  esta  empresa  que  don  José 
Rondeau  por  sus  conocimientos  militares  adquiridos  en 
Europa,  como  por  las  demás  circunstancias  expresadas,  y 
éste  para  general  en  jefe  de  toda  la  infantería:  y  para  la  ca- 
ballería, don  José  Artigas,  por  las  mismas  circunstancias 
que  obtiene  con  relación  á  la  campaña;  y  verificándose  es- 
tas ideas,  luego  inmediatamente  debe  de  mandarse  de  esta 
capital  el  numero  de  tres  á  cuatro  mil  bombres  de  tropa 
reglada,  con  la  correspondiente   plana   mayor  de  oficiales 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  163 

piíra  el  ejército,  de  más  conocimientos,  talento  y  adhesión 
á  la  patria». 

Otra  cláusula,  la  9.^,  aconseja  el  envío  á  los  pueblos  del 
Uruguay  de  una  fuerza  de  quinientos  á  seiscientos  hom- 
bres, para  que  vayan  organizando  escuadrones  de  caballe- 
ría y  cuerpos  de  infantería  <.< teniéndose  presente  el  haber- 
se atraído  ya  á  nuestro  partido  y  honrádolos  con  los  pri- 
meros cargos  á  un  Valdenegro,  á  un  Baltasar  Vargas,  á 
los  hermanos  y  primos-  de  Artigas,  á  un  Benavides,  á  un 
Vázquez  de  San  José  y  á  un  Baltasar  Ojeda,  etc.,  sujetos 
que  por  lo  conocido  de  sus  vicios,  son  capaces  para  todo, 
que  es  lo  que  conviene  en  las  circunstancias,  por  los  ta- 
lentos y  opinión  popular  que  han  adquirido  por  sus  he- 
chos temerarios». 

Tres  extremos  muy  interesantes  comprueba  este  infor- 
me: la  elevada  opinión  que  al  doctor  Mariano  Moreno  ins- 
piraba Artigas,  á  raíz  del  movimiento  de  mayo  de  1810; 
la  notoria  adhesión  de  ese  oficial  á  la  causa  de  la  patria;  y 
el  estado  de  latente  insurrección  de  la  campaña  oriental, 
que  ya  daba  base  al  secretario  de  la  Junta  gubernativa  para 
gestionar  la  participación  de  diversos  oficiales,  á  quienes  de- 
prime, porque  en  la  depresión  está  inspirado  el  resto  de 
este  famoso  infoi'me  que  los  historiadores  no  han  tomado 
en  cuenta  todavía,  á  pesar  de  su  enorme  importancia  para 
caracterizar  el  movimiento  de  mayo,  como  lo  veremos  des- 
pués. 

Declaración  «le  don  Joaquín  Suárez. 

En  <'La  Tribuna  Popular»  del  25  de  agosto  de  1881,  pu- 
blicó el  doctor  Alberto  Paloraeque  la  autobiografía  de  don 
Joaquín  Suárez,  uno  de  los  patriarcas  del  Río  de  la  Plata 
por  sus  virtudes  personales  y  sus  eminentes  servicios  cí- 
vicos. 

Figura  entre  los  primeros  factores  del  movimiento  de  la 
Independencia^  como  que  ya  en  1809  recorría  la  campaña 
oriental  en  busca  de  adhesiones    al  movimiento    revolucio- 


1G4  JOHÉ    ARTIGAS 

nario  que  habían  contribuido  :t  preparar  las  invasiones  in- 
glesas y  la  Junta  gubernativa  de  1808.  Tuvo  actuación  prin- 
cipal en  la  batalla  de  las  Piedras,  como  capitán  de  mili- 
cias; siguió  al  ejército  de  Artigas  desjniés  del  levantamiento 
del  primir  sitio;  tomó  parte  en  los  combates  con  los  portu- 
gueses; cruzó  el  río  Uruguay;  marchó  al  campamento  del 
Ayní  en  la  provincia  de  Corrientes;  concurrió  al  segundo 
sitio  de  Montevideo;  formó  parte  del  cabildo  del  primor  go- 
bierno patrio;  y  estaba  en  este  último  puesto  cuando  se 
produjo  la  invasión  portuguesa  de  1810.  No  quiso  quedar- 
se con  los  demás  cabildantes  para  recibir  bajo  palio  al  ge- 
neral Lecor,  y  se  incorporó  á  las  fuerzas  de  Barreiro,  cuan- 
do éstas  desocuparon  la  plaza,  para  continuar  la  lucha  en  el 
interior  de  la  campaña.  En  el  ejército  artiguista,  desempe- 
ñó la  Comisaría  General  de  Guerra  hasta  fines  del  año 
1818,  en  que  resolvió  retirarse  á  su  casa,  previa  rendición 
de  cuentas  de  su  empleo,  á  cuyo  efecto  hizo  un  viaje  al  cam- 
pamento de  Artigas. 

Todos  estos  antecedentes  que  extraemos  de  la  autobio- 
grafía, contribuyen  á  dar  excepcional  importancia  al  juicio 
que  don  Joaquín  Suárez  formula  en  estos  textuales  tér- 
minos: 

«Después  de  esa  entrevista  y  haber  satisfecho  al  gene- 
ral y  despedirme  de  él  para  no  verlo  más.  debo  declr.nir 
que  el  genei"al  Artigas  lia  sido  el  primea'  patrioia  orien- 
tal, amigo  á  quien  he  hecho  mis  observaciones,  puedo  de- 
cir que  ha  sido  el  único  á  quien  ha  oído.  Si  cometió  algu- 
nos errores,  no  ha  sido  por  ambición  miserable,  sino  por 
llegar  á  ver  á  su  patria  independiente.  En  ede  sentido  ha 
obrado  siempre  como  hombre  honrado;  janids  faltó  d  fui 
palabra:  710  era  sanguinario  y  sí  muy  sensible  con  los 
desfjraciados». 

J^on  Pal)lo  Nin  y  González,  hijo  político  de  don  Joa- 
quín Suárez,  en  carta  dirigida  en  1885  al  doctor  Carlos 
JNIaría  Ramírez  ('^Artigas»),  escribe  las  siguientes  palabras 
confirmando  plenamente  los  extremos  de  la    autobiografía: 

«Sudrcz  veneraba  la  memoria  de  Artigas^  y  como  tes- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFrCACIONES  105 

t'unonío  taiKjihle,  el  único    retrato  que   tenía  en  sit  dor- 
mitorio, era  el  siti/o». 

Oeclarai'ión  «le  don  I>áina!SO  Larraña^a. 

LaiTañíiga  es  sin  disputa  alguna  el  más  virtuoso  y  el  más 
sabio  de  todos  los  hombres  que  actuaron  en  el  Río  de  la 
Plata  durante  el  período  de  la  Independencia.  Como  vicario 
de  Montevideo,  ha  dejado  una  tradición  moral  honi'osísima, 
Como  sabio,  rayó  á  consideralile  altura  por  la  variedad  de 
facetas  de  su  inteligencia  y  la  originalidad  de  sus  estudios. 
Hemos  recorrido  las  memorias  manuscritas  que  obran  en 
el  archivo  de  don  iVndrés  L-amas,  acerca  de  geología,  cli- 
matología, zoología,  botánica,  libertad  de  imprenta,  biblio- 
tecas públicas,  gramáticas  de  lenguas  indígenas  y  viajes. 
Constituyen  todo  un  tesoro  de  observaciones  personales, 
que  se  está  perdiendo  bajóla  influencia  del  polvo  y  déla 
humedad  en  el  cuarto  de  íítiles  de  limpieza  de  un  estable- 
cimiento público  del  Río  de  la  Plata. 

Las  condiciones  de  su  andjiente,  predisponían  á  Larra- 
ñaga  contra  Artigas,  y  vamos  á  ex[)l¡car  el  motivo,  ponjue 
así  resultará  más  valiosa  su  declaración  contundente  á  fa- 
vor del  jefe  de  los  orientales. 

El  25  de  mayo  de  181  ü,  hubo  una  hei'aiosa  fiesta  en 
Montevideo,  con  motivo  de  la  inauguración  de  la  bibliote- 
ca pública,  fundada  por  Larrañaga  sobre  la  base  de  un  le- 
gado constituido  por  otro  presbítero  ilustre,  el  doctor  Pérez 
Castellano.  En  la  oración  inaugural  de  Larrañaü;a,  se  hacía 
el  elogio  de  Artigas  y  de  su  delegado  Barreiro  en  estos 
términos: 

«A  vista,  pues,  de  tamañas  ventajas  y  de  tan  copiosos 
beneficios,  como  os  va  á  proporcionar  esta  pública  bibliote- 
ca, viendo  cumplidos  mis  deseos^,  mi  alma  inundada  de  un 
júbilo  inefable,  no  puede  contenerse  sin  exclamar  por  últi- 
mo: que  sea  eterna  la  gratitud  á  cuantos  han  tenido  parte 
en  este  público  establecimiento!  Gloria  inmortal  y  loor  per- 
petuo al  celo  patriótico  del  jefe  de  los  orientales,  que  esca- 


166  JOSÉ    ARTIGAS 

sea  aun  lo  necesario  en  su  propia  persona,  para  tener 
que  expender  con  profusión  en  estableciniientos  tan  úti- 
les como  este  á  sus  paisanos!  Es  acreedor  á  nuestro  reco- 
nocimiento el  joven  y  digno  representante,  que  como  tan 
amante  de  las  ciencias,  jamás,  aún  en  los  más  grandes  apu- 
ros del  erario,  se  ha  dejado  de  prestar  á  todas  aquellas  ero- 
gaciones que  le  proponíamos  como  necesarias.  Sean,  por  úl- 
timo, muy  respetables  las  cenizas  del  venerable  anciano 
nuestro  compatriota  el  finado  doctor  don  José  Manuel 
Pérez  y  Castellano,  el  primer  presbítero  y  doctor  de  nues- 
tro país.  Y  mientras  las  bendiciones  de  este  pueblo  agra- 
decido recaen  sobre  tan  benéficos  ciudadanos,  nosotros  to- 
dos, con  tan  nuevos  y  nobles  motivos,  continuemos  nuestros 
regocijos». 

Pocos  meses  después,  se  producía  la  invasión  portuguesa, 
y  el  general  Lecor  penetraba  en  Montevideo  bajo  palio.  El 
vicario  Larrañaga  que  había  actuado  como  intermediario 
entre  el  Cabildo  y  el  jefe  invasor,  quedó  incorporado  al  nue- 
vo régimen  y  marchó  en  seguida  á  Río  Janeiro,  como  de- 
legado del  municipio,  para  agradecer  al  rey  la  invasión  y 
rendirle  pleito  homenaje.  Andando  el  tiempo,  concurrió 
con  su  voto  á  la  decisión  del  Congreso  que  incorporó  la 
Provincia  Oriental  al  reino  de  Portugal,  con  el  nombre  d(.' 
Provincia  Cisplatina. 

Tan  profundo  cambio  de  orientación,  debía  obscurecer 
el  criterio  de  Larrañaga  con  i'elación  á  Artigas,  aun  sin  es- 
píritu preconcebido.  ¡Es  tan  humano  justificar  la  propia  con- 
ducta! Y  sin  embargo,  las  dos  páginas  que  ha  dejado  La- 
rrañaga acerca  del  jefe  de  los  orientales  y  de  su  actuación, 
son  dos  grandes  y  valiosos  testimonios  contra  tod-os  y  cada 
uno  de  sus  detractores,  de  Cavia  abajo. 

Corresponde  la  primera  página  á  los  apuntes  históricos 
de  don  Dámaso  Larrañaga  y  don  José  Raymundo  Guerra, 
insertos  en  «La  Semana  •  de  septienibre  de  1857.  El  cola- 
borador de  Larrañaga,  figura  también  entre  los  que  se  in- 
corporaron á  la  administración  ¡portuguesa.  En  los  «Cua- 
dros HistóricovS"  de  don  Juan  Manuel  de  la  Sota,  se  regis- 


DESCARGOS   Y  .irsTIFICACrOXER  107 

tra  una  de  las  actas  del  Cabildo  de  Montevideo  de  enero  de 
1824,  firmada  por  don  José  R.  Guerra  en  el  carácter  de 
síndico  procurador. 

En  e\  parágrafo  relativo  al  año  1S16,  se  ocupan  los  au- 
tores «del  nuevo  arreglo  de  campaña  para  la  repaitición  y 
población  de  nuestros  campos^);  dicen  que  el  Cabildo  miró 
con  frialdad  este  provecto  porque  dejaba  el  re])arto  de  tie- 
rras á  los  comandantes  de  campaña  y  privaba  á  los  españo- 
les de  sus  antiguas  posesiones;  lamentan  la  falta  de  datos 
acerca  de  los  sucesos  ocurridos  durante  este  año  y  el  ante- 
rior en  las  provincias  de  Entre  Ríos,  Corrientes  y  Santa 
Fe;  expresan  que  «parece  que  Artigas  tentó  negociaciones 
con  los  paraguayos  y  éstos  lejos  de  admitirlas  tuvieron  al- 
gunos encuentros  con  los  orientales,  apoderándose  última- 
mente del  pueblo  de  Candelar¡a^>;  y  terminan  con  este  jui- 
cio de  un  valor  histórico  enorme: 

«Artigas /¿a¿/íi  sido  constituido  caudillo  supremo  por 
la  aclamación  de  los  pueblos  orientcdes  (entiéndase  como 
se  quiera  esta  aclamación,  que  en  las  revoluciones  de  todos 
los  países  del  mundo  han  tenido  siempre  iguales  síntomas); 
y  cuando  por  adversidad  ó  por  contradicciones  llegaba  á 
considerar  crítica  su  situación,  ocuriía  al  efugio  de  manifes- 
tar que  renunciaba  su  autoridad  en  manos  del  pueblo  y 
que  ellos  libremente  eligieran  personas  más  á  propósito  pa- 
ra ejercerla.  En  estas  demostraciones  de  desprendimiento, 
podía  muy  bien  obrar  el  arte,  mas  siempre  correspondió  un 
raisiro  resultado:  quedaba  reelecto  y  cada  vez  más  afian- 
zado en  la  representación  superior  y  en  el  afecto  y  con- 
fianza de  sus  gentes. 

«Su  sistema  constante  de  mantener  la  independencia  de 
esta  Banda  Oriental,  le  hizo  partidario  de  la  independencia 
particular  de  cada  una  de  las  demás  provincias  y  de  la  fe- 
deración de  todas;  y  así  como  Buenos  Aires  había  afectado 
de  ponerlas  en  libertad  de  mandatarios  españoles  para  su- 
jetarlas á  su  privativa  dominación,  Artigas  concibió  el  de- 
signio de  constituirse  protector  de  la  independencia  de  los 
pueblos  libres,  para   que  Buenos  Aires  á   título  de  capital 


168  JOSÉ  ARTIGAS 

universal  no  los  dominara  á  todos.  Este  sistema  no  podía 
menos  que  ser  agradable  á  las  provincias  y  mucho  más 
cuando  se  veían  llenas  de  mandatarios  bonaerenses  todas 
ellas.  De  donde  dimanó  que  habiendo  sido  el  Entre  Ríos  y 
casi  toda  la  Banda  Oriental  parte  de  la  provincia  de  Bue- 
nos Aires  en  la  demarcación  antigua,  se  desagregaron  con 
tanto  ahinco,  deseando  hacer  lo  mismo  todos  los  territorios 
de  Santa  Fe  en  la  orilla  occidental. 

«Ello  es  que  esta  máquina  supo  conducirla  Artigas 
C071  tanta  sagacidad  y  destreza,  que  á  pesar  de  ser  muy 
reducidos  y  escasos  sus  medios  y  recursos  disponibles,  ha 
puesto  en  consternación  y  ha  contrabalanceado  el  poder  de 
Buenos  Aires  no  una  vez  sola. 

«Se  han  escrito  de  Artigas ^:>or  esta  razón  cosas  que  ho- 
rrorizan, tratando  de  describirlo  por  meras  anécdotas,  pero 
no  se  puede  dudar  que  este  caudillo  montaraz,  ecónomo  de 
papel  y  aislado  en  el  peculiar  consejo  de  su  mente,  es  extra- 
ordinario y  original  en  todos  respectos:  á  lo  menos  debe 
decirse  así  en  honor  de  las  armas  que  no  desdeñan  medirse 
con  las  suyas  i-. 

Po'tenece  la  otra  página,  al  diario  que  escribió  Larraña- 
ga  con  motivo  de  su  viaje  al  campamento  de  Purificación 
el  31  de  mayo  de  1815,  para  solucionar  un  incidente  en- 
tre Artigas  y  el  Cabildo  de  Montevideo  sobre  estableci- 
miento de  una  contribución  proyectada  por  el  último.  Del 
expresado  documento,  que  se  conserva  en  el  archivo  del 
doctor  Lamas,  copiamos  la  descripción  de  la  entrevista  con 
Artigas.  Es  un  precioso  cuadro  físico  y  moral,  en  que  el 
personaje  descripto  aparece  todo  entero  á  la  admiración  de 
la  posteridad: 

«A  las  cuatro  de  la  tarde  llegó  el  general,  el  señor  don 
José  Artigas,  acompañado  de  un  ayudante  y  una  pequeña 
escolta.  Nos  recibió  sin  la  menor  etiqueta. 

«En  nada  parecía  un  general:  su  traje  era  de  paisano  y 
muy  sencillo:  pantalón  y  chaqueta  azul  sin  viv'OS  ni  vueltas, 
zapato  y  media  blanca  de  algodón,  sombrero  redondo  con 
gorro  blanco  y  un  ('a[):)te  de  bayetón  eran  todas  sus  galas, 


DESCARGOS   Y  JUSTIFICACIONES  169 

y  aíiii  todo  esto  pobre  y  viejo.  Es  hombre  de  una  estatura 
regular  y  robusto,  de  color  bastante  blanco,  de  muy  buenas 
facciones,  con  la  nariz  algo  aguileña,  pelo  negro  y  con  po- 
cas canas;  aparenta  tener  unos  cuarenta  y  ocho  años. 

«Su  conversación  tiene  atractivos,  hablii  quedo  y  pausa- 
do; no  es  fácil  sorprenderlo  con  largos  razonamientos,  pues 
reduce  la  dificultad  á  pocas  palabras  y  lleno  de  mucha  ex- 
periencia tiene  una  previsión  y  un  tino  extraordinarios. 

s< Conoce  mucho  el  corazón  humano,  principalmente  el 
de  nuestros  paisanos,  y  así  no  hay  quien  le  iguale  en  el  ar- 
te de  manejarlos.  Todos  le  rodean  y  todos  le  siguen  con 
amor,  no  obstante  que  viven  desnudos  y  llenos  de  miseria 
á  su  lado,  no  por  faltarle  recursos,  sino  por  no  oprimir  á 
los  pueblos  con  contribuciones,  prefiriendo  dejar  el  mando 
al  ver  que  no  se  cumplían  sus  disposiciones  en  esta  parte 
y  cue  ha  sido  uno  de  los  principales  motivos  de  nuestra 
misión. 

«Nuestras  sesiones  duraron  hasta  la  hora  de  la  cena. 
Esta  fué  correspondiente  al  tren  y  boato  de  nuestro  gene- 
ral: un  poco  de  asado  de  vaca,  caldo,  un  guiso  de  carne, 
pan  ordinario  y  vino  servido  en  una  taza  por  falta  de  vasos 
de  vidrio,  cuatro  cucharas  de  hierro  estañado,  sin  tenedo- 
res ni  cuchillos,  sino  los  que  cada  uno  traía,  dos  ó  tres  pla- 
tos de  loza,  una  fuente  de  peltre  cuyos  bordes  estaban  des- 
pegados, por  asiento  tres  sillas  y  la  petaca,  quedando  los 
demás  en  pie.» 

I>ecIaraoión  del  coronel  Ramón  Cáceres. 

Dos  documentos  de  subido  valor  histórico  para  nuestro 
alegato,  figuran  en  el  Archivo  del  general  Mitre:  una  me- 
moria original  del  coronel  Cáceres  acerca  de  la  actuación 
de  Artigas  y  un  interrogatorio  que  el  general  Mitre  hizo 
absolver  al  autor  en  el  año  1856,  con  el  propósito  de  es- 
clarecer algunos  puntos  que  la  memoria  había  omitido 
ó  sobre  los  cuales  no  se  había  pronunciado  con  suficiente 
claridad. 


170  JOSÉ    ARTIGAS 

En  la  absolución  de  ese  interrogatorio,  declara  el  coronel 
Cáceres  que  después  de  la  derrota  de  Tacuarembó  y  del  pa- 
saje de  los  orientales  á  la  margen  occidental  del  Uruguay 
y  del  rompimiento  con  los  entrerrianos,  él  entró  á  servir 
con  el  general  Ramírez  y  formó  parte  de  la  división  que 
empujó  á  Artigas  basta  la  Candelaria,  a  cuyo  punto  llegó 
la  fuerza  perseguidora  dos  horas  después  que  el  jefe  de  los 
orientales  había  puesto  el  pie  en  territorio  paraguayo,  aco- 
giéndose al  asilo  del  dictador  Francia.  Cáceres,  contra  la 
opinión  de  Artigas,  consideraba  que  el  general  Ramírez 
obraba  de  buena  fe.  De  ahí  la  disidencia  y  la  resolución 
de  pasarse  al  ejército  entrerriano.  Sea  de  ello  lo  que  fuere, 
el  hecho  es  que  el  coronel  Cáceres,  de  soldado  de  Artigas, 
se  tornó  en  adversario  y  en  un  adversario  tan  decidido  que 
marchó  al  frente  de  las  fuerzas  perseguidoras  hasta  la  fron- 
tera misma  de  las  selvas  paraguayas. 

Oigamos  ahora  la  declaración  del  testigo,  tal  como  apa- 
rece en  la  memoria  del  Archivo  Mitre: 

Habla  de  los  militares  orientales,  de  los  desórdenes  im- 
putados á  algunos  de  ellos  y  de  las  condiciones  morales  y 
cívicas  de  Artigas: 

«No  se  crea  que  pretendo  ocultar  algunos  desórdenes  que 
empañan  la  historia  gloriosa  de  aquellos  tiempos.  Ni  todos 
los  jefes  de  Artigas  eran  como  Otorgues  y  Encarnación: 
tenía  á  Latorre,  á  Aguiar,  á  don  Frutos,  á  Ferrera,  á  Mon- 
dragón,  á  Balta  Ojeda,  á  Hilario  Pintos  y  á  otros  muchos 
hombres  de  orden,  enemigos  de  los  ladrones  y  que  no  tole- 
raban el  menor  desacato  al  vecindario.  Quizá  Artigas  igno- 
raba muchas  cosas  de  las  que  hicieron  los  primeros  y  tal 
vez  los  toleraba  por  necesidad,  pues  precisaba  de  hombres 
que  le  habían  dado  tantas  pruebas  de  adhesión  y  que  te- 
nían algún  partido  en  el  gauchaje  del  país. 

<^Muchas  veces  le  oí  lamentarse  de  que  pocos  hijos  de 
familias  distinguidas  del  país  quisieron  militar  bajo  sus 
órdenes,  tal  vez  por  no  pasar  trabajos  y  sufrir  algunas  pri- 
vaciones; que  esto  le  obligaba  á  valerse  de  los  gauchos,  en 
quienes  encontraba  más  resignación,  constancia  y  conse- 
cuencia. 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  171 

«En  fin,  Artigas  era  hombre  de  bien,  patriota  y  des- 
interesado, muy  humano]  y  si  no  constituyó  el  piiís  fué 
porque  no  tuvo  tiempo,  pues  incesantemente  estuvo  ocu- 
pado en  la  guerra  que  le  promovían  de  Buenos  Aires,  ó 
quizá  también  por  falta  de  buenos  consejeros,  pues  Monte- 
rroso  que  era  quien  le  dirigía,  á  pesar  de  tener  un  buen 
talento,  no  tenía  muy  bien  organizada  la  cabeza. 

«Se  acordaba  con  lágrimas  en  los  ojos  de  Valdenegro 
y  de  Ventura  Vázquez;  decía  que  eran  hombres  que  hubie- 
ran sido  muy  íítiles  al  país,  si  no  hubieran  sido  venales  y 
ambiciosos.» 

El  cuadro  de  las  inconcebibles  miserias  del  soldado  ai- 
tiguista,  en  lo  más  álgido  de  la  lucha  contra  los  portugue- 
ses, y  del  prestigio  fabuloso  del  jefe  de  los  orientales,  está 
trazado  por  el  coronel  Cáceres  en  rasgos  salientes: 

«Es  muy  justo  recordar  aquí  la  miseria  de  que  se  ha- 
llaban cercados  nuestros  soldados  y  al  mismo  tiempo  su 
admirable  constancia,  su  incomparable  entusiasmo;  el  año 
18  estaba  el  ejército  campado  en  los  potreros  del  Queguay, 
yo  era  ayudante  mayor  de  blandengues,  el  batallón  tenía 
600  plazas,  los  soldados  no  tenían  más  vestuario  que  un 
chiripacito  para  cubrir  las  partes,  las  fornituras  las  usaban 
á  la  raíz  de  las  carnes;  el  invierno  fué  riguroso,  los  soldados 
se  amanecían  en  sus  ranchos  haciendo  fuego,  y  cuando  se 
tocaba  la  diana,  que  era  una  hora  antes  del  día,  salían  á 
formar  arrastrando  cada  uno  un  cuero  de  vaca  para  tapar- 
se, de  suerte  que  parecían  unos  pavos  inflados  en  la  for- 
mación; luego  que  aclaraba  se  pasaba  lista  y  cuando  se  man- 
daba retirar  las  compañías  á  sus  cuarteles,  quedaban  tan- 
tos cueros  en  la  línea  cuantos  eran  los  hondjres  que  ha- 
bían estado  formados  en  ella:  sin  ernbaryo,  estos  hombres 
eran  tan  constantes  y  tan  entusiastas,  que  el  que  salva- 
ba de  tan  frecuentes  derrotas  jvocuí'aba  luego  d  Arti- 
yaspara  incorporarse  y  continuar  en  el  servicio.  ¡Glo- 
ria eterna  á  aquellos  denodados  patriotas!  > 

Refiere  el  coronel  Cáceres  los  hechos  posteiiores  á  la 
batalla  de  Tacuarembó: 


172  JOSÉ    ARTIGAS 

Artigas  se  dirigió  á  Corrientes,  doiule  convocó  las  mi- 
licias de  esa  provincia  y  del  territorio  de  Misiones.  El  ge- 
neral Ramírez  le  escribió  que  se  fuera  al  Par(]ue  de  Entre 
Ríos,  en  Jacinta,  que  estaba  á  cargo  de  López  Jord^ín. 
Don  Gregorio  Aguiar  que  era  enemigo  mortal  de  Ramírez, 
le  hizo  entrar  en  sospechas  de  una  celada.  También  esti- 
mulaba las  prevenciones  de  Artigas  el  hecho  de  haber  in- 
tervenido en  los  tratados  del  Pilar  dos  adversarios  á  quie- 
nes él  había  ex[)ulsado  de  la  Banda  Orientah  Sarratea  y 
Carrera.  En  consecuencia  quedó  resuelta  la  invasión  al 
Entre  Ríos  y  resuelta  tambié::  la  lucha  contra  Ramírez. 

Y  traza  finalmente,  con  su  autoridad  de  testigo  ocular, 
el  cuadro  final  de  la  lucha,  en  que  el  prestigio  del  jefe  de 
los  orientales,  que  superaba  todos  los  niveles  conocidos, 
produce  escenas  que  constituj^en  el  más  grande  de  los  triun- 
fos á  que  puede  aspirar  el  apóstol  de  una  ¡dea: 

Ramírez,  victorioso,  «^persiguió  á  Artigas  al  trote  y  al 
galope  por  Corrientes,  por  Misiones,  ¡)or  todas  i>aitcs,  has- 
ta que  lo  obligó  á  refugiarse  en  el  Paraguay,  en  donde  pasó 
por  Candelaria  con  poco  más  de  100  hombres. 

<■;  A  esta  persecución  incesante  debió  Ramírez  la  destruc- 
ción de  Artigas,  pues  era  tal  el  pn'sl¡<jlo  de  este  Itombre, 
(jue  d  pesar  ele  sus  continuas  derrotas,  en  su  tránsito  por 
Corrientes  y  Misiones  salían  los  indios  (¿pedirle  la  ben- 
dición y  seguían  con  sus  familias  é  hijos  en  p]'ocesión 
detrás  dcjl  abandonando  sus  hogares. 

«En  Avalos  se  escapó  Artigas  con  12  hombres,  cesó 
Ramírez  de  perseguirlo  porque  ignoraba  su  dirección  y  no 
se  le  creía  ya  capaz  de  hacer  resistencia,  y  á  los  ocho  días 
supimos  que  había  reunido  más  de  novecientos  y  estaba 
sitiando  el  Cambay  sobre  la  costa  del  Uruguay,  que  era 
una  fortificación  que  había  hecho  Sití,  que  ya  estaba  en- 
tonces á  las  órdenes  de  Ramírez  y  éste  despachó  entonces 
una  división  á  las  órdenes  del  comandante  don  Joaquín 
Píriz,  que  fué  la  que  derrotó  á  Artigas  en  el  Cambay  por 
última  vez  y  lo  persiguió  hasta  la  Candelaria». 


DESCAKGOP   Y  .TüRTIFIC ACIONES  1  78 


I>eelaraolón  del  jieiieral  Antonio  Díaz. 

En  su  «Gnlei'ía  contemponniea»,ei  señor  Antonio  Díaz 
(hijo),  transcribe  Jns  sigiiieiites  palabrns  de  don  Andrés  La- 
mas relativas  á  la  revolución  de  1815  («Colección  de  me- 
morias y  documentos  para  la  historia»):  «Los  princip^des 
partidarios  de  Alvear  estaban  presos  y  de  entre  ellos  se 
eligieron  seis  de  los  jefes  —algunos  oi-ientales — que  más 
habínn  incurrido  en  el  odio  de  Artigas  y  se  remitieron  es- 
poníáneamente  á  su  venganza,  cargados  de  cadenas  y  con 
un  proceso  que  cohonestase  lo  que  le  plugiera  hacer  de  sus 
personas». 

Y  agrega  que  el  brigadier  general  Díaz,  escribió  bajo  su 
firma  esta  anotaeión: 

«Los  jefes  de  que  habla  el  señor  Lamas  no  eran  seis,  sino 
siete;  á  saber:  don  Ventura  Vázquez,  coronel  del  Regimien- 
to de  Granaderos  de  Lifantería;  don  J.  Santos  Fernández, 
coronel  del  Regimiento  de  Infantería  N."  3;  don  Matías 
Balbastro,  coronel  del  Regimiento  de  Infantería  N."  8;  don 
Ramón  Larrea,  comandante  del  Escuadrón  Escolta  del  Go- 
bierno; don  Juan  Zufriateguy,  mayor  del  mismo;  don  An- 
tonio Pailardel,  comandante  de  Zapadores,  y  don  Antonio 
Díaz,  mayor  comandante  de  los  Húsares-Guías  del  Ejérci- 
to. En  cuanto  á  lo  que  dice  de  haberse  escogido  los  que  más 
habían  incurrido  en  el  odio  de  Artigas,  el  autor  estaba  mal 
informado.  De  los  siete  jefes  que  fuimos  remitidos  en  ca- 
denas, el  general  Artigas  no  conocía  más  que  á  Vázquez  y 
á  Díaz,  y  á  nadie  tenía  tal  odio,  sino  prevención  á  uno  de 
ellos,  el  coronel  Vázípiez,  porque  en  el  año  1812  lo  había 
abandonado  en  el  Ayuí,  yéndose  con  el  regimiento  níím.  4 
al  campamento  de  Sarratea  y  por  orden  de  éste  que  era 
general  en  jefe  del  ejército  de  Buenos  Aires.  A  los  otros 
cinco  jefes  ni  los  conocía,  ni  tenía  motivo  de  odiarlos,  por- 
que no  le  habían  hecho  mal  alguno  y  además  era  amigo  de 
confianza  desde  el  año  1812  por  razones  que  se  dicen  en 
las  memorias  hashi  hoy  inéditas,  del  referido  mayor  Díaz, 


1  74  JOSÉ    ARTIGAS 

hoy  general  de  la  República,  que  es  quien  escribe  esta  nota 
para  rectificar  la  equivocación  ó  inexactos  informes  del  se- 
ñor Lamas». 

En  poder  del  señor  Antonio  Díaz  (hijo),  se  encuentran 
las  memorias  del  general  Díaz,  Algunos  capítulos  fueron 
publicados  por  el  señor  Eduardo  Acevedo  Díaz  en  las  co- 
lumnas de  «El  ISacional»  de  Montevideo,  entre  ellos  el  re- 
lativo á  los  siete  jefes  engrillados  (número  del  28  de  agos- 
to de  1898).  Pero  la  parte  principal  se  conserva  todavía 
inédita. 

Vamos  á  extractar  ante  todo  ese  capítulo,  porque  su  con- 
tenido á  la  vez  que  confirma  el  profundo  distanciamiento 
político  entre  Artigas  y  el  autor  de  las  meinoi'ias,  constitu- 
ye la  más  viva  demostración  del  espíritu  humanitario  del 
jefe  de  los  orientales. 

El  general  Alvear,  dice  el  general  Díaz,  no  tuvo  noticias 
del  movimiento  revolucionario  de  Fontezuelas  hasta  el  1 1 
de  abril  y  resolvió  marchar  con  su  ejército  á  sofocarlo. 
Pero  las  sublevaciones  se  producían  en  todas  partes,  y  en 
consecuencia,  el  general  resolvió  marchar  á  la  capital. 

«Al  anochecer  del  día  16  el  ejército  se  detuvo  entre  los 
arroyos  Belgrano  y  Maldonado,  y  viendo  el  general  Alvear 
que  todo  estaba  perdido,  hizo  una  capitulación  por  medio 
del  cónsul  inglés  Mr.  Steples,  para  salir  del  país  con  su 
familia  y  del  lord  Persey,  comandante  de  la  fragata  de 
S.  M.  B.  «Hotstoor».  En  consecuencia  se  embai-có  en  la 
tarde  de  ese  mismo  día  en  Las  Conchas  para  ir  á  dicha 
frqgata,  desde  la  cual  se  fué  pocos  días  después  para  Río 
Janeiro. 

«Luego  que  los  nuevos  gobernantes  se  apoderaron  del 
mando,  hicieron  del  poder  un  uso  cruel  é  innoble,  nunca 
conocido  antes  de  esa  época  en  los  pueblos  del  Río  de  la 
Plata.  El  primer  paso  que  dieron  fué  prender  y  poner  gri- 
llos á  una  porción  de  personas  notables  de  la  administra- 
ción derrocada,  comprendiendo  en  esa  medida  los  ministros 
de  Estado,  muchos  diputados  de  la  Asamblea,  empleados 
civiles  y  jefes  del  ejército  que   se    hallaban  en   el  campa- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  175 

mentó  de  los  Olivos,  enteramente  extraños  á  la  causa  ó 
pretextos  tle  aquel  movimiento,  y  cuyos  empleos  fueron  in- 
mediatamente provistos  con  jefes  del  })artido  dominante. 
Sobre  tales  antecedentes,  se  nombraron  una  comisión  civil 
y  otra  militar  para  juzgar  los  presos,  acusados  en  globo  del 
delito  de  facción,  ó  más  bien  por  liaber  sido  adictos  al  go- 
bierno legal  ó  amigos  personales  del  Supremo  Director. 
Antes  de  ese  apareuí^e  juicio,  se  pensó  en  fusilar  á  diez  de 
ellos,  y  se  bizo  un  examen  [)ráctico  de  la  opinión  pública, 
ejecutando  sin  forma  alguna  al  teniente  coronel  don  En)i- 
que  Pallardel;  pero  aunque  este  jefe  era  extranjero  y  sin 
relaciones  en  el  país,  el  pueblo  miró  ese  paso  con  sumo  dis- 
gusto y  los  actores  desistieron  de  aquella  idea  para  dar  á 
su  venganza  una  apariencia  jurídica,  poniéndose  á  rescate 
la  vida  de  alguno  de  los  presos  por  dinero,  sin  perjuicio  de 
sufrir  la  pena  de  destierro. 

«Los  proceres  de  la  revolución  de  abril  que  no  eran 
menos  enemigos  de  Artigas  que  los  anteriores  gobernantes, 
atemorizados  con  las  dificultades  y  peligros  de  la  nueva  si- 
tuación, adoptaron  una  política  de  paz  y  pusieron  en  práctica 
los  medios  que  creyeron  propios  para  conseguir  una  recon- 
ciliación con  aquel  jefe.  La  guerra  había  tomado  un  carác- 
ter terrible:  los  combatientes  estaban  poseídos  del  furor  que 
anima  siempre  á  los  que  perteneciendo  á  una  misma  causa 
se  dividen  y  luchan  por  el  triunfo  de  sus  opiniones  inme- 
diatas ó  por  la  venganza  de  sus  agravios.  La  cuestión  que 
había  dado  origen  á  las  primeras  desavenencias,  quedó  olvi- 
dada, para  hacer  lugar  á  los  odios  personales  y  á  las  más 
sangrientas  injurias  y  recriminaciones.  El  gobierno  de 
Buenos  Aires  á  quien  Artigas  negaba  la  facultad  de  impo- 
ner á  la  Provincia  Oriental  gobernantes  de  su  elección,  tra- 
taba á  ese  jefe  como  refractario,  al  principio  de  la  cuestión, 
pero  después  como  rebelde.  Con  tales  antecedentes,  la  gue- 
rra se  hacía  ejerciendo  por  una  y  otra  parte  crueles  repre- 
salias, negándose  muchas  veces  entre  hermanos  el  cuartel 
que  ambos  partidos  concedían  siempre  al  enemigo  común. 

«En  esas  circunstancias  y  bajo  tales  auspicios,  resolvió  el 


176  JOSÉ   AKTIGAS 

nuevo  gobierno  enviar  un  parlamento  al  general  Artigas 
con  dos  comisionados  encargados  de  hacerle  proposiciones 
de  paz  sobre  la  base  del  reconocimiento  de  la  independen- 
cia de  la  Provicia  Oriental:  habiendo  hecho  antes  quemar 
públicamente  en  la  plaza  de  la  Victoria,  por  mano  del  ver- 
dugo, la  proclama  del  Cabildo  del  5  de  abril  y  demás 
decretos  l'ulminatorios  contra  él;  y  á  fin,  sin  duda,  de 
hacerlo  más  propicio,  le  enviaron  con  dichos  comisionados 
siete  jefes  encadenados,  escogidos  entre  los  que  estaban 
presos  desde  el  día  de  la  revolución,  pertenecientes  al  ejér- 
cito que  se  destinaba  al  Perú,  pura  que  los  fusilase  ó  toma- 
se en  ellos  venganza  del  modo  que  quisiese  como  adictos  al 
gobierno  legal  que  acababa  de  ser  derrocado.  Esas  víctimas 
destinadas  al  sacrificio  enin  don  Ventura  Vázquez,  coronel 
del  regimiento  de  infantería;  don  Juan  S.  Fernández,  coro- 
nel del  regimiento  núm.  23;  don  Matías  Balbastro,  coronel 
del  regimiento  núm.  8;  don  Ramón  Larrea,  comandante  del 
batallón  escoltíi;  don  eTuan  Zufriateguy,  mayor  del  mis- 
mo cuerpo;  don  Antonio  Pallardel,  comandante  de  Za- 
pndores;  y  don  Antonio  Díaz,  autor  de  estas  Memorias, 
mayor  de  húsares  y  comandante  de  las  guías  del  Ejér- 
cito. 

«El  general  Artigas,  asondorado  de  un  proceder  tan  indig- 
no de  la  autoridad  de  un  pueblo  civilizado,  rechazó  el  horrible 
presente  declarando  que  no  tenía  motivo  alguno  para  qui- 
tarnos la  vida,  pues  que  como  militares  habíamos  cumpli- 
do con  nuestro  deber  haciéndole  la  guerra  que  el  gobierno 
le  había  declarado,  siendo  éste  el  único  responsable  de 
ella  y  de  los  medios  inicuos  de  que  se  había  valido  pnra 
aniquilarlo;  y  finalmente  que  si  aquellos  jefes  habían  dado 
algún  motivo  á  los  que  gobernaban  en  Buenos  Aires  para 
matarlos,  él  no  era  e!   verdugo  de  los  porteños. 

«Este  rasgo  de  un  caudillo  reputado  sangriento  por  es- 
tos mismos  hombres  que  querían  hacerlo  instrumento  de  su 
odio,  merece  que  demos  un  paso  retrospectivo  á  fin  de  de- 
tallar este  hecho  en  todos  sus  episodios,  en  el  cual  se  desta- 
ca á  grandes  rasgos  el  proceder  del  jefe  de  los  orientales». 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  177 

Entre  los  autores  del  movimiento  revolucionario  de  abril, 
«se  recurrió  á  la  máxima  de  que  en  tales  circunstancias  el 
verdadero  orden  de  juicios  era  no  observar  ninguno,  sacrifi- 
cando la  rutina  ordinaria  de  las  formas  judiciarias  y  tenién- 
dose la  voz  pública  ó  notoriedad  vulgar  por  suficiente 
prueba  moral  para  pronunciar  sentencia  de  condenación». 
Era  ese  el  parecer  del  asesor  general  del  gobierno  acerca  de 
la  sentencia  pronunciada  por  la  comisión  civil.  Los  bienes 
de  los  presos  fueron  embargados  y  saqueados  en  gran  parte, 
sin  perjuicio  de  la  pena  de  destierro  y  de  la  remisión  de  en- 
cadenados á   Artigas. 

«Nosotros  fuimos  una  de  esas  víctimas  destinadas  al  sa- 
crificio, habiendo  sido  antes  condenados  á  muerte  sin  for- 
ma de  proceso,  y  sorteadas  nuestras  vidas  al  dado,  estando 
pronto  el  cadalso  y  preparada  la  tropa  para  asistir  á  la  eje- 
cución del  teniente  coronel  de  ingenieros  don  Enrique  Pai- 
llardel,  nuestro  compañero  y  amigo,  quien  tan  inocente 
como  nosotros,  pero  menos  favorecido  por  la  suerte  mar- 
chó al  suplicio.  En  cuanto  á  nosotros,  fué  convertida  nues- 
tra pena  por  la  de  destierro  perpetuo  á  países  extranjeros, 
siendo  revocada  inmediatamente  esa  misma  sentencia,  para 
mandarnos  atados  á  disposición  de  un  jefe  enemigo.» 

El  general  Díaz  hace  luego  el  relato  circunstanciado  de  su 
arresto  por  los  revolucionarios  de  Fontezuela,  de  la  conde- 
na á  muerte  que  se  le  impuso  juntamente  con  Paillardel, 
de  los  grillos  que  se  le  remacharon  y  finalmente  del  en- 
vío de  los  siete  jefes  á  Paysandú,  donde  á  los  tres  días  fue- 
ron visitados  en  su  prisión  por  el  general  Artigas,  que  iba 
acompañado  de  don  Andrés  Latorre  y  don  Gregorio 
Aguiar.  Artigas  estaba  resentido  con  el  coronel  Ventura 
Víízquez  que  había  abandonado  su  campamento  con  el 
batallón  que  mandaba,  para  servir  al  gobierno  de  Buenos 
Aires.  Después  de   mirarlos  á   todos,  habió  así: 

«Siento,  señores,  ver  con  esos  grillos  á  hombres  que  han 
peleado  y  pasado  trabajo  por  la  causa.  El  gobierno  de  Bue- 
nos Aires  me  los  manda  á  ustedes  para  que  los  fusile;  pe- 
ro yo  no  veo  los  motivos.  Aquí  me  dice  (señalando  un  pa- 

josÉ  ARTIGAS— 12.  r.  I. 


178  JOSÉ    ARTIGAS 

peí  que  tenía  en  la  mauo)  que  ustedes  me  lian  hecho  la 
guerra,  pero  yo  sé  que  ustedes  no  son  los  que  tienen  la  culpa, 
sino  los  que  me  la  han  declarado  y  que  me  llaman  traidor 
y  asesino  en  los  bandos  y  en  las  gacetas.  Si  es  que  ustedes 
me  han  heclio  la  guerra,  lo  mismo  hacen  mis  jefes  y  mis 
oficiales  obedeciendo  lo  que  les  mando,  como  ustedes  ha- 
brán obedecido  lo  que  sus  superiores  les  mandaron;  y  si 
hay  otras  causas  yo  no  tengo  que  ver  con  eso,  ni  soy  verdu- 
go del  gobierno  de  Buenos  Aires». 

Artigas  les  dio  todas  las  comodidades  deseables,  asisten- 
tes, fuego  y  ropa,  y  les  manifestó  que  de  buena  gana  les  haría 
quitar  los  grillos,  si  no  estuvieran  como  estaban  á  la  orden 
de  los  diputados  de  Buenos  Aires;  pero  que  luego  de  arre- 
glada la  paz  con  éstos,  algo  podría  realizar  en  su  obsequio. 
Después  de  conversar  con  todos  y  de  conocer  la  foja  de 
servicios  de  los  que  veía  por  primera  vez,  como  el  coronel 
Balbastro,  se  quedó  un  rato  pensativo  y  dijo  con  una  son- 
risa de  desprecio: 

«Vaya,  que  ni  entre  infieles  se  verá  una  cosa  igual!» 
Fracasaron  las   negociaciones  de  paz  y  entonces  los  pre- 
sos fueron  embarcados  para  Buenos  Aires,  donde  el  gobier- 
no les  impuso  la  pena  de  destierro. 

En  la  parte  todavía  inédita  de  las  memorias  del  general 
Díaz,  se  registran  diversos  juicios  y  apreciaciones  que 
también  podemos  extractar,  gracias  a  la  amabilidad  del  se- 
ñor Antonio  Díaz  (hijo)  que  nos  ha  proporcionado  los  tes- 
timonios respectivos. 

Se  refiere  la  memoria  á  desórdenes  tolerados: 
«El  general  Artigas  cometió  grandes  faltas:  consintió 
en  silencio  grandes  desórdenes,  crímenes  aislados  y  muchos 
inmediatos  á  su  persona;  los  consintió  por  la  imposibilidad 
de  contenerlos,  por  la  necesidad  política  de  tolerarlos,  dada 
la  condición  de  los  elementos  en  que  apoyaba  su  poder  y 
el  sacudimiento  extraordinario  que  sufrió  en  aquella  época 
lo  que  él  quería  organizar  como  pueblo  libre  en  medio  del 
desenfreno  y  la  licencia  excesiva.  Sin  embargo,  sacó  á  Otor- 
gues del  cacicazgo  de  Montevideo  y  á  Encarnación  del  de 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  179 

la  Colonia,  reeraplazáudolos  por  el  coronel  Fructuoso  Ri- 
vera y  el  caj)itán  Juan  A.  Lavalleja,  hombres  que  no  eran 
sanguinarios  y  de  orden  hasta  lo  posible». 
Acerca  de  las  disidencias  con  Buenos  Aires: 
«El  origen  de  los  errores  políticos  del  general  Artigas 
empezó  el  año  12  en  el  Ayuí;  poi'que  no  quería  reconocer  y 
nunca  reconoció  en  efecto  la  supremacía  ejercida  por  el 
gobierno  de  Buenos  Aires  sobre  los  demás  gobiernos  del 
antiguo  Virreinato,  mientras  un  congreso  formado  por  la 
representación  de  todas  ellos  no  deliberase  sobre  la  forma 
de  gobierno  y  diese  una  constitución  al  Estado;  y  puesto  que 
no  dejaba  de  reconocer  la  necesidad  de  una  autoridad  cen- 
tral que  dirigiese  los  negocios  generales,  quería  que  esa  au- 
toridad considerase  á  cada  una  de  las  provincias  en  el  go- 
ce de  una  independencia  correlativa  como  los  estados  con- 
federados. Así  lo  exigía  como  base  de  todo  arreglo  en  el 
proyecto  de  un  tratado  con  el  cual  contestó  á  las  proposi- 
ciones que  con  el  presente  del  intentado  sacrificio  de  nues- 
tras vidas,  acompañó  el  gobierno  revolucionario  del  año  15. 
Quería  Artigas  que  fuese  reconocida  la  convención  de  la 
Provincia  Oriental  del  Uruguay,  establecida  en  el  acta  del 
Congreso  de  5  de  abril  de  1813,  en  la  cual  se  constataba 
que  la  Banda  Oriental  del  Uruguay  entra  en  el  rol  para  for- 
mar el  Estado  denominado  Provincias  Unidas  del  Río  de  la 
Plata;  que  su  [)acto  con  las  demás  provincias  es  el  de  una 
alianza  ofensiva  y  defensiva;  que  toda  provincia  tiene  igual 
dignidad  é  iguales  privilegios  y  derechos  y  cada  una  debe 
renunciar  al  propósito  de  subyugar  á  la  otra;  que  la  Banda 
Oriental  del  Uruguay  está  en  el  pleno  goce  de  su  libertad  y 
derecho,  pero  queda  sujeta  desde  este  momento  á  la  consti- 
tución que  emane  del  Congreso  General  de  la  Nación  y  á 
sus  disposiciones  consiguientes,  teniendo  por  base  la  liber- 
tad. 

«Por  consiguiente,  conociendo  en  principio  el  carácter  po- 
lítico y  atribuciones  del  gobierno  nombrado  por  el  Cabildo 
de  Buenos  Aires  en  mayo  de  1810  y  los  que  le  habían 
sucedido  hasta  el  de  la   actualidad,  por   ser   para  él  iguales 


180  JOSÉ    ARTIGAS 

en  la  esencia,  no  le  concedía  la  facultad  de  nombrar  un  go- 
bernador y  capitán  general  para  la  Provincia  Oriental,  co- 
mo lo  babía  becbo  en  la  persona  de  Sarratea  (natural  de 
Buenos  Aires),  el  que  además  de  aquella  investidura  tenía 
la  de  general  en  jefe  del  ejército  de  operaciones;  y  como 
uua  coní^ecuencia  de  ese  argumento  quería  el  general  Arti- 
gas que  las  tropas  del  gobierno  de  Buenos  Aires  mandadas  en 
aquella  ocasión  y  las  que  mandase  en  lo  sucesivo  para  sos- 
tener la  guerra,  en  defensa  de  la  causa  común,  se  considera- 
sen como  auxiliares,  sometiéndose  en  cuanto  á  las  operacio- 
nes bélicas  al  general  en  jefe  que  el  gobierno  de  Buenos 
Aires  nombrase. 

«Tales  fueron  los  primeros  pasos  de  la  independencia 
del  pueblo  oriental,  pues  sosteniéndose  Artigas  constante- 
mente contra  toda  dominación,  en  medio  de  la  más  espan- 
tosa anarquía,  no  sólo  dio  pruebas  de  patriotismo,  sino  que 
triunfó  al  fin  de  la  resistencia  del  gobierno  de  Buenos  Aires, 
que  acabó  por  reconocer  la  independencia  de  la  Provincia 
Oriental  y  por  solicitar  reiteradas  veces  una  reconciliación 
con  él  sobre  esa  3^  otras  concesiones  importantes,  olvidando 
las  repetidas  injurias  y  los  epítetos  de  bandido,  asesino,  de- 
gollador con  que  frecuentemente  lo  clasificaba». 

El  juicio  final  está  concretado  así  en  las  memorias  del 
general  Díaz: 

i-  Tratándose  de  Artujas  se  debe  decir  que  entre  ¡o  viu- 
cho  quesería  necesario  escribir  sobre  el  notable  caudillo 
para  justificarlo  ante  la  historia,  debería  tenerse  eti 
cuenta  que  los  gobiernos  de  Rueños  Aires  fueron  causa 
de  sus  desaciertos,  cuando  pudieron  utilizar  al  hombre 
en  provecho  de  la  política  americana,  ere  ando  uno  de 
sus  más  varoniles  y  poderosos  defensores-^. 

Tales  son  las  declaraciones  del  general  Díaz,  entusiasta 
sostenedor  del  gobierno  de  Alvear  derrumbado  por  el  movi- 
miento artiguista  de  1815.  Se  trata  de  un  adversario  defi- 
nido del  jefe  de  los  orientales  y  su  testimonio  no  es  ni  pue- 
de ser  absolutamente  imparcial.  Cuando  el  Cabildo  de 
Buenos  Aires  incluyó  al  entonces  mayor  Díaz  en  la  remesa 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  181 

de  los  siete  candidntos  al  banquillo,  es  porque  existían  an- 
tagonismos personales  y  políticos  que  no  debían  proporcio- 
narle defensas  en  el  campamento  de  Purificación. 

Esa  condición  de  adversario,  aunque  no  obscurece  el  cri- 
terio del  testigo  en  hechos  fundamentales,  actúa  en  alguno 
que  otro  detalle  del  cuadro  y  puede  y  debe,  por  lo  tanto, 
reducir  á  su  verdadero  valor  las  frases  que  desliza  la  me- 
moria contra  el  jefe  de  los  orientales  y  contra  algunos  de 
los  subalternos. 

Juicio  <le  Albcrdi. 

Extractamos  estos  hermosos  párrafos  de  las  «Obras 
Completas»  de  Juan  Bautista  Alberdi: 

«Artigas  quería  que  Montevideo  perteneciese  á  las  Pro- 
vincias Unidas  del  Río  de  la  Plata  con  sólo  algunas  limi- 
taciones del  poder  central.  Desde  1814  en  que  se  tomó 
aquella  plaza  á  los  españoles,  despidió  del  suelo  oriental  á 
las  fueizas  de  Buenos  Aires  que  se  retiraron  trayendo  la 
artillería  y  parque  de  esa  provincia;  medida  de  guerra  pru- 
dente tal  vez,  que  dejó  no  obstante  desazonado  el  espíritu 
local.  A  fines  de  181 G  envió  Artigas  á  su  secretario  Ba- 
rreiro  con  proposiciones  al  gobierno  de  Buenos  Aires,  en 
que  ofrecía  agregar  la  Provincia  Oriental  al  Estado  de  las 
Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata  bajo  el  sistema  fe- 
deral. Artigas  propuso  eso  después  de  haber  triunfado  de 
sus  adversarios  bonaerenses  en  la  Banda  Oriental,  siendo 
Dorrego  el  último  de  los  derrotados.  Artigas  decía  que  no 
quería  salir  del  poder  de  los  españoles  para  entrar  en  po- 
der de  los  de  Buenos  Aires.  El  director  Pueyrredón,  si- 
guiendo el  parecer  de  un  círculo  secreto  que  dirigía  la  po- 
lítica contra  España,  desechó  la  proposición  de  Artigas,  el 
cual  no  tardó  en  suscitar  las  resistencias  de  Entre  Ríos  y 
Santa  Fe,  dirigidas  á  disputar  á  Buenos  Aires  el  derecho 
de  dar  gobierno  á  las  provincias  interiores.  Capitán  de 
blandengues  de  un  cuerpo  veterano,  hijo  de  una  de  las 
principales  familias  de  Montevideo,   Artigas  fué   presenta- 


182  JOSÉ  ARTIGAS 

do  sin  embargo  como  un  malhechor.  Si  mereció  este  dic- 
tado por  sus  violencias,  á  la  historia  le  toca  darse  cuenta 
del  principio  ó  tendencia  que  le  puso  en  acción:  los  exce- 
sos suelen  acompañar  á  todas  las  causas  buenas  ó  malas, 
porque  son  hijos  de  la  lucha. . ..  Averiguad  de  Artigas  al 
señor  Herrera  y  Obes,  al  benemérito  argentino  don  Gre- 
gorio Gómez,  y  os  dirán  poco  más  ó  menos  lo  que  acabáis 
de  leer.  Alejandro  Dumas  en  su  «Nueva  Troya»  ha  reha- 
bilitado el  carácter  histórico  de  Artigas,  con  buenos  datos 
que  le  suministró  el  general    Pacheco  y  Obes». 

El  gran  publicista  volvió  á  ocuparse  de  Artigas  en  una 
ardorosa  polémica  con  el  general  Mitre  («Escritos  Postu- 
mos»). De  ella  vamos  á  transcribir  algunos  párrafos  ma- 
gistrales. 

í<Hay  dos  modos  de  escribir  la  historia:  ó  según  la  tra- 
dición y  la  leyenda  popular,  que  es  de  ordinario  la  histo- 
ria forjada  por  la  vanidad,  una  especie  de  mitología  polí- 
tica con  base  histórica,  ó  según  los  documentos,  que  es  la 
verdadera  historia,  pero  que  pocos  se  atreven  á  escribir, 
de  miedo  de  lastimar  la  vanidad  del  país  con  la  verdad: 
una  en  que  no  se  ven  sino  los  hombres,  que  son  el  brazo 
ó  instrumento  de  una  ley  ó  fuerza  natural  de  progreso  y 
los  toma  á  ellos  mismos  como  causa  motora  de  los  hechos 
históricos;  otra  que  va  hasta  la  investigación  de  esas  le- 
yes, fuerzas  ó  intereses  en  que  reside  la  verdadera  causa 
que  produce  los  hechos». . . . 

«Pero  los  documentos,  que  se  sienten  documentos  de 
libertad,  se  muestran  con  frecuencia  indisciplinados  y  ti- 
rando hacia  la  deinocracia  bárbara  sacuden  la  autoridad 
del  excelentísimo  autor  y  aclaman  á  Artigas,  á  Güeraes,  á 
las  provincias  sometidas  y  humilladas  en  nombre  de  la  pa- 
tria, poniendo  en  derrota  al  general  historiador». 

«Artigas  fué  oficial  de  blandengues  bajo  el  rey.  En  se- 
guida militó  por  la  Revolución  bajo  Belgrano.  ¿Dónde  y 
cuándo  se  acostumbró  al  desorden,  á  la  sangre  y  á  la  in- 
disciplina civil?  Aparecido  el  año  14  ¿cómo  pudo  contraer 
€SOs  hábitos  en  solo  dos  años? 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  183 

«Artigas  figura  entre  los  primeros  que  clan  el  grito  de 
libertad  y  es  el  brazo  fuerte  que  sustrae  la  Banda  Oinental 
al  poder  español.  ¿Qué  quiere  en  seguida?  Lo  mismo  que 
Buenos  Aires  ha  concedido  al  doctor  Francia,  jefe  del 
Paraguay,  sin  haber  hecho  lo  que  la  Banda  Oriental  y 
Artigas  por  la  libertad:  la  autonomía  de  la  provincia,  en 
virtud  del  nuevo  principio  proclamado  por  Moreno  sobre 
la  soberanía  inmediata  del  pueblo.  ¿Qué  hace  Bivenos  Ai- 
res? Lo  pone  fuera  de  la  ley.  De  ahí  la  lucha,  y  al  favor 
de  ella  la  patria  arrancada  por  Artigas  á  los  españoles 
cae  de  nuevo  en  manos  de  los  portugueses.  Colocad  en  el 
puesto  de  Artigas  al  más  noble  corazón  del  mundo,  y  su 
nobleza  misma  lo  hará  feroz  al  verse  sin  patria,  bajo  tres 
enemigos  que  se  disputan  su  dominación.  En  efecto,  ¿qué 
quiere  Artigas?  Ni  portugueses,  ni  españoles,  ni  porte- 
ños. ¿Era  eso  un  crimen?  Eso  es  lo  que  hoy  existe,  ins- 
pirado más  tarde  por  la  libre  Inglaterra  y  sostenido  hoy 
por  todo  el  mundo  culto.  No  es  ese  el  único  triunfo  de 
civilización  de  los  caudillos.  Las  Misiones,  provincia  ar- 
gentina, poblada  por  los  jesuítas  }"  célebre  por  su  organi- 
zación comunista,  es  hoy  un  montón  de  ruinas,  ¿(^uién 
las  pilló,  incendió  y  devastó?  ¿Artigas?  No:  los  portugue- 
ses en  hostilidad  á  Artigas  que  defendía  á  Misiones.  Pues 
Artigas  pasa  por  el  caudillo  bárbaro,  y  los  autores  de  ese 
crimen  representan  la  civilización,  porque  fué  perpetrado 
<;on  orden  y  según  la  disciplina    militar 

«Se  sabe  que  hay  dos  Artigas:  el  de  la  leyenda,  creado 
por  el  odio  á  Buenos  Aires,  y  el  de  la  verdad  histórica. 
Si  Mitre  tiene  derecho  á  ofenderse  de  ser  comparado  con 
el  primero,  el  segundo  lo  tendrá  para  verse  comparado  con 
Mitre.  Este  último  Artigas  es  un  héroe  y  Mitre  aun  na- 
ciendo con  su  coraje  habría  necesitado  su  época  para  ser 
lo  que  fué.  Los  que  ultrajan  á  Artigas  en  Buenos  Aires, 
no  saben  que  lo  cantan  cada  vez  que  se  descubren  para  en- 
tonar sus  himnos  á  las  glorias  de  San  José,  la  Colonia  y 
las  Piedras,  tres  victorias  de  la  independencia  obtenidas 
por  Artigas Artigas,   como  Moreno,  creó    la    biblioteca 


184  JOSÉ    AHTIGAS 

de  Montevideo.  Él  fundó  la  prensa  que  un  día,  en  manos 
de  Várela,  Indarte,  etc.,  ardió  eouio  un  volcán  de  liljertad 
que  redujo  á  cenizas  al  dictador  de  Buenos  x\ires —  Ar- 
tigas despreció  los  galones  de  oro  que  le  brindaron  todos 
sus  enemigos,  los  de  Buenos  Aires,  los  portugueses,  los  es- 
pañoles: no  quiso  ser  sino  oriental»  . 

Referencias  de  don  Santiago  Vázquez. 

Extractamos  á  continuación  algunos  de  los  rasgos  bio- 
gráficos del  coronel  Ventura  Vázquez,  escritos  por  su  her- 
mano don  Santiago  Vázquez  (Lamas,  «Colección  de  memo- 
rias y  documentos  para  la  historia»),  relacionados  con  juicios 
y  apreciaciones  que  interesa  conocer: 

Don  Ventura  Vázquez  se  comprometió  fuertemente  en 
la  reacción  intentada  por  el  coronel  Murguiondo  en  1810 
para  incorporar  la  Provincia  de  Montevideo  al  nuevo  go- 
bierno de  Buenos  Aires,  y  fué  arrestado  á  consecuencia  de 
haberse  malogrado  el  movimiento.  Acompañó  á  Belgrano 
en  su  campaña  del  Paraguay,  como  antes  h-ibía  estado  en  la 
plaza  de  Montevideo  en  el  asalto  de  sus  murallas  por  los 
ingleses.  Cuando  Artigas  fué  nombrado  jefe  de  división 
para  promover  la  insurrección  de  la  B;.nda  Oriental,  pidió 
tropas  de  línea  y  se  le  enviaron  dos  compañías  de  patricios 
al  mando  de  los  oficiales  Benito  Alvarez  y  Ventura  Váz- 
quez, cuyas  dos  compañías  incorporadas  á  las  milicias 
orientales  asistieron  á  diversos  encuentros  victoriosos  hasta 
San  José,  <' donde  se  hallaba  una  fuerte  división  española 
al  mando  del  teniente  coronel  Bustamante,  dispuesta  á  re- 
sistir dentro  del  pueblo  apoyada  por  los  edificios  y  cercos; 
la  división  Artigas  penetró  en  la  población  y  rindió  á  los 
enemigos,  fugando  una  parte  de  ellos  á  Montevideo  y  que- 
dando otros  prisioneros.  De  Saii  José  marchó  atrevidamen- 
te la  expedición  victoriosa  hasta  las  Piedras,  donde  se  ha- 
llaba un  ejército  español  al  mando  del  coronel  don  José 
Posadas.  Allí  tuvo  lugar  la  célebre  batalla  y  victoria  del 
18  de  mayo  de  1811,  en  que  las  compañías   de  Alvarez  y 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  185 

Vázquez   jugaron  uu  rol    decisivo.   Vázquez  fué   premiado 
con    el  grado    de   teniente  coronel    por   esta  acción». 

En  el  campamento  del  Ayuí  sobre  el  Uruguay,  fué  en- 
cargado por  Artigas  de  la  reorganización  y  disciplina  del 
regimiento  de  blandengues,  siendo  nombrado  con  aproba- 
ción del  gobierno  teniente  coronel  del  mencionado  cuerpo, 

«Poco  después  empezó  á  asomarla  insubordinación  y  des- 
obediencia de  Artigas  á  las  autoridades  de  la  capital:  las 
tropas  que  de  allí  se  enviaron  nuevamente,  habían  acampa- 
do como  á  una  legua  de  distancia  del  Ayuí,  donde  se  halla- 
ban las  de  aquel  caudillo:  las  de  Buenos  Aires  tenían  á  su 
frente  á  don  Manuel  Sarratea,  miembro  de  aquel  gobierna 
y  su  representante  bajo  la  denominación  de  capiti'n  gene- 
ral: este  jefe  dio  orden  á  Vázquez  para  que  marchara  con 
su  regimiento  á  incorporarse  á  las  fuerzas  del  cuartel  gene- 
ral, lo  que  verificó  bizarramente  arrostrando  los  riesgos  que 
amenazaban  el  carácter  y  poder  de  Artigas:  este  aconteci- 
miento notable  y  decisivo  tuvo  una  grande  influencia  en  las 
divisiones  de  milicias  del  Ayuí,  que  imitaron  la  conducta 
de  los  blandengues».  El  regimiento  quedó  convertido  desde 
ese  momento  en  el  batallón  de  línea  número  4. 

Cuando  Rondeau  se  adelantó  a  poner  el  segundo  sitio, 
pidió  refuerzos  á  Sarratea  y  éste  ordenó  la  marcha  del 
batallón  de  Vázquez  que  en  once  días  caminó  desde  el 
Uruguay  hasta  el  Miguelete,  sin  hacerse  uso  del  caballa 
por  el  jefe,  que  daba  así  el  ejemplo  á  la  tropa.  El  día  de  la 
batalla  del  Cerrito,  todas  las  fuerzas  bloqueadoras  fueron 
sorprendidas  con  excepción  del  batallón  de  Vázquez  que 
estaba  formado  y  se  batió  en  retirada  y  con  orden,  dando 
tiempo  á  que  se  rehiciera  el  batallón  numero  6  y  montara  el 
regimiento  de  dragones,  con  lo  cual  la  victoria  fué  comple- 
ta, siendo  Vázquez  ascendido  á  coronel. 

Caído  Alvear,  el  coronel  Vázquez  fué  arrestado  y  engri- 
llacío  y  sometido  á  una  comisión  militar  encargada  de  juz- 
gar á  los  presos,  en  cuya  clase  se  encontraban  casi  todas 
las  notabilidades  de  la  administración  derrocada. 

«Parece  que  hubo  en   los  proceres  de  aquel  movimienta 


ISG  JOSÉ    ARTIGAS 

disposición  (le  dar  la  muerte  á  todos  los  presos:  mas  el  en- 
sayo de  la  bárbara  ejecucióu  del  teniente  coronel  Paillar- 
del  produjo  profunda  impresión  y  disgusto  en  el  pueblo  y 
entonces  hubo  de  abandonarse  la  idea.  En  cambio  se  adoptó 
otro  que  no  tiene  ejemplo  en  la  revolución  de  estos  países: 
se  escogieron  seis  jefes  de  aquellos  que  más  especialmente 
se  habían  comprometido  contra  Artigas  (entonces  ya  inde- 
pendiente y  actuando  sobre  el  Uruguay,  dominando  el  terri- 
torio que  hoy  ocupa  la  República  Uruguaya),  por  sostener 
la  unidad  nacional  y  al  gobierno  de  Buenos  Aires,  y  resol- 
vió enviarlos  á  la  venganza  de  Artigas,  acompañados  con 
un  proceso  ridículo  que  pudiera  ser  pretexto  para  su  muer- 
te: no  quiso  aquel  jefe  ser  verdugo  de  sus  compatriotas  y 
los  devolvió  al  gobierno  de  Buenos  Aires:  era  entonces  di- 
rector supremo  el  general  don  Ignacio  Alvarez:  entre  esos 
jefes  era  el  principal  el  coronel  Vázquez:  juzgado  por  la  co- 
misión militar  se  pronunció  una  sentencia  que  se  halla  en- 
tre los  papeles  de  la  época». 

«El  coronel  Vázquez  desde  1812  se  incorporó  á  la  socie- 
dad secreta  denominada  de  Lautaro  y  por  este  medio  se  ha- 
lló colocado  en  el  partido  de  Alvear». 

Al  extracto  que  antecede,  vamos  á  agregar  un  párrafo 
muy  significativo  del  discurso  que  don  Santiago  Vázquez 
pronunció  en  la  sesión  del  4  de  octubre  de  1825,  del  Con- 
greso General  Constituyente  de  las  Provincias  Unidas: 

«Tan  luego  como  la  voz  de  libertad  resonó  en  la  Pro- 
vincia Oriental  se  sintió  el  entusiasmo  en  todos  los  ángulos 
de  ella.  El  gobierno  nacional  mandó  un  ejército  á  libertar- 
la: la  suerte  de  las  armas  le  forzó  á  retirarlo:  los  habitantes 
todos,  comprometidas  sus  personas  y  fortunas,  se  vieron, 
puede  decirse,  abandonados.  Tal  fué  el  rigor  de  su  destino! 
En  esa  época  un  caudillo  quedó  encargado  de  prepararles 
un  asilo  y  una  esperanza.  Todos  los  que  estaban  en  aptitud 
para  marchar  fuera  de  la  provincia  y  todos  los  que  aunque 
hubiesen  de  pasar  por  encima  de  grandes  obstáculos,  tenían 
bastante  alma  y  firmeza  para  liacerlo,  siguieron  la  direc- 
ción del  caudillo.  Ya  se  ve  de  qué  prestigio  iba   cercado,  y 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  1  87 

cómo  eii  la  nngustia  de  los  que  emigiabnü  pesaba  sobre  el 
gobierno  su  desgracia  y  las  que  arrastraba.  Era  el  liouibre 
de  la  época!» 

Don  Santiago  Vázquez  era  amigo  político  y  confidente 
de  Alvear  y  por  añadidura  periodista  de  Pueyrredón,  como 
lo  demostraremos  más  adela íite.  Los  rasgos  biográficos  del 
coronel  Ventura  Vázquez,  atribuyen  á  éste  la  misma  filia- 
ción política,  con  la  circunstancia  agravante  de  estar  incor- 
porado á  la  logia  Lautaro,  que  era  el  eje  de  la  oligarquía 
porteña  en  la  lucha  contra  Artigas.  Nada  más  se  requiere 
para  demostrar  que  el  testimonio  de  don  Santiago  Vázquez 
€S  también  el  testimonio  de  un  grande  adversario  del  jefe 
de  los  orientales. 


Testimonio  «le  Roberlsou 

Dos  obras  históricas  han  escrito  los  hermanos  J.  P.  y 
AV.  P.  Robertson:  «Letters  on  South  America»  y  «Letters 
on  Paraguay». 

Se  radicaron  esos  escritores  en  las  Provincias  Unidas  del 
Río  de  la  Plata,  con  propósitos  exclusivamente  mercantiles. 
En  Corrientes  estaba  el  asiento  de  sus  negocios  y  desde  allí 
partían  las  remesas  de  mercaderías  en  todas  direcciones.  Da- 
das las  circunstancias  de  la  época  y  especialmente  la  falta 
de  población,  la  extrema  deficiencia  de  las  policías  y  los 
hábitos  de  las  campañas,  el  robo  tenía  que  estar  y  estaba  á 
la  orden  del  día  y  más  de  una  vez  tuvieron  los  hermanos 
Robertson  que  lanzar  sus  quejas  y  sus  protestas  contra  los 
subalternos  de  Artigas  en  Corrientes  y  en  Entre  Ríos  y  de 
una  manera  general  contra  los  «artigúenos»,  que  en  el  leu  - 
guaje  de  estos  historiadores  eran  todos  los  que  vivían  en  las 
zonas  sometidas  al  protectorado  de  Artigas.  El  estallido  de 
los  iute)"eses  heridos,  toma  por  eso  con  frecuencia  el  primer 
puesto  en  las  dos  obras  de  que  nos  ocupamos.  Y  sin  embar- 
go, vamos  á  ver  que  más  de  una  vez  el  elogio  considerable 
al  jefe  de  los  orientales,  y  á  sus  subalternos,  se  abre  camino 


188  JOSÉ    ARTIGAS 

ú  través  de  esos  intereses,  no  obstante  la  mareada  tendeneia 
á  escribir  cosas  llamativas  y  espeluznantes. 

Empezaremos  por  «Letters  on  South  America». 

El  gobierno  nrliguísta  en  Corrientes. 

Habla  uno  de  los  autores  de  «la  provincia  de  Corrien- 
tes, que  reconocía  á  la  sazón  la  suprema  autoridad  de  S.  E. 
el  Protector  don  José  Artigas»: 

«Desembarqué  en  Corrientes  el  año  de  1815  con  un 
gran  capital  y  me  encontré  con  el  mismo  estado  de  anar- 
quía que  había  causado  la  ocupación  de  la  ciudad  por  la 
banda  rapaz  de  Artigas,  á  pesar  de  que  ya  estaba  abandona- 
da la  plaza  . . .  Los  grandes  propietarios  agrícolas  habían  si- 
do arruinados  en  su  mayor  parte  y  el  resto  vivía  Í7i  térro- 
rem  bajo  el  despotismo  de  Artigas.  Y  razón  había  para 
ello.  Arrojaba  á  los  dueños  de  sus  estancias  y  se  llevaba  los 
ganados  á  la  Banda  Oriental». 

Traza  el  cuadro  de  los  constantes  saqueos,  del  abandono 
de  los  intereses  ganaderos  y  de  las  violencias  de  todo  géne- 
ro que  se  cometían  en  la  ciudad: 

«Cierto  es  que  Artigas  no  autorizaba  esos  crímenes,  pe- 
ro los  toleraba.  En  cualquier  eventualidad  estaba  seguro  de 
reunir  bajo  su  mando  á  esos  bandoleros  dispersos  y  llevar- 
los en  temible  y  cerrada  falange,  marchando  cinco  y  veinte 
leguas  por  día,  á  cualquier  punto  de  la  provincia  ó  contra 
cualquier  fuerza  enemiga  que  deseara  atacar.  Realizado  su 
propósito,  y  á  fin  de  evitarse  los  gastos  de  manutención  y 
de  satisfacer  á  la  vez  instintos  vagabundos  y  hábitos  de  pi- 
llaje, Artigas  licenciaba  sus  tropas  y  el  país  se  tornaba  de 
nuevo  en  escenario  de  terror  y  de  desolación». 

Describe  con  lujo  de  detalles  al  irlandés  Pedro  Campbell, 
un  soldado  de  Berresford,  que  cuando  las  tropas  inglesas 
abandonaron  el  Río  de  la  Plata,  se  dirigió  á  Corrientes  y 
llegó  á  ser  la  influencia  más  importante  después  de  Artigas, 
según  el  testimonio  del  gobernador  IMéndez: 

«Cuando  le  conocí  era  temido  de  los  gauchos,  admirado 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  189 

por  los  estancieros  y  respetado  por  todos  los  habitantes  de 
la  Provincia.  Siendo  hombre  de  la  confianza  de  Artigas,  te- 
nía aparte  de  sus  condiciones  personales,  el  favor  de  la  pro- 
tección ilimitada  de  tan  poderoso  caudillo,  y  por  lo  tanto 
era  temible  como  enemigo  y  valiosísima  su  amistad  en 
tiempos  azarosos». 

Acerca  de  los  sucesos  de  la  Banda  Oriental: 

Belgrano  fué  reemplazado  por  Rondeau,  quien  «logró  in- 
fundir al  ejército  marcial  entusiasmo,  merced  á  la  coopera- 
ción de  algunos  jefes  y  en  especial  de  su  segundo  José  Ar- 
tigas. Elío  hizo  á  Artigas  secretas  y  degradantes  propues- 
tas que  fueron  rechazadas  por  éste  con  indignación,  alcan- 
zando poco  después  sobre  el  ejército  realista  muy  superior 
en  número,  la  famosa  batalla  de  las  Piedras  que  entregó  á 
los  patriotas  toda  la  Banda  Oriental  con  excepción  de  la 
plaza  fuerte  de  Montevideo». 

Para  pintar  el  estado  de  Corrientes,  refiere  Robertson 
el  incidente  que  pasamos  á  extractar: 

Los  «soldados  artigúenos  ó  bandidos»  recorrían  las  ca- 
lles de  Corrientes  difundiendo  el  terror  en  todas  partes.  De- 
tenían sable  en  mano  á  todos  los  que  iban  bien  vestidos 
para  exigirles  dinero.  Una  vez  que  M.'"  Postlethewaite  iba 
á  caballo,  fué  detenido  p-^r  dos  de  esos  bribones  que  salían 
de  una  pulpería  donde  habían  bebido  abundantemente. 
Pidiéronle  dos  pesos,  y  como  el  interpelado  contestara  que 
nada  tenía,  desenvainaron  sus  sables.  La  víctima  apuró  su 
caballo  hasta  llegar  á  un  muro  en  que  pudo  recostarse  y  or- 
ganizar su  defensa.  Llegaron  felizmente  varias  personas  y 
fueron  aprehendidos  los  asaltantes.  Informado  el  comandan- 
te de  que  se  trataba  de  un  inglés  que  conocía  al  Pi'otector 
Artigas,  temió  que  las  responsabilidades  cayeran  sobre  él, 
y  en  el  acto  montó  á  caballo  para  instruir  un  sumario  y 
castigar  á  los  dos  agresoi'es. 

Cómo  se  realizaban  los  saqueos  «artigúenos»  en  Co- 
rrientes: 

Un  chacarero  que  los  asaltantes  encontraron  en  el  cami- 
no fué  obligado   á   tomar  parte  en  el  negocio.    Preguntó  el 


190  JOSÉ    ARTIGAS 

pobre  hombre  qué  era  un  saqueo.  Y  le  dijeron  que  él  lo 
vería  por  sí  mismo.  Llegados  á  la  ciudad,  entraban  en  las 
casas  de  negocio  y  tomaban  sin  resistencia  alguna  de  sus 
dueños  las  mercaderías  que  querían.  Cuando  el  chacarero 
iba  á  dirigirse  á  su  casa,  uno  de  la  partida  le  entregó  su  lote 
consistente  en  un  sombrero,  un  corte  de  paño  y  dos  ó  tres 
pesos  en  moneda.  No  padiendo  entonces  contenerse,  dijo  á 
su  familia:  cosa  linda  había  sido  un  saqueo! 

Habla  de  los  sucesos  de  1815: 

El  gobernador  de  Santa  Fe,  Candiotti,  llamó  en  su  auxi- 
lio á  Artigas,  para  luchar  contra  los  porteños.  Artigas 
marchó  en  efecto,  y  los  de  Buenos  Aires  fueron  vencidos  y 
huyeron,  dando  ese  triunfo  lugar  á  que  todos  los  pueblos 
«declararan  por  aclamación  á  Artigas  Supremo  y  Excelen- 
tísimo Protector  de  las  Provincias  del  Río  de  la  Plata». 

Sobre  las  disidencias  con  Artigas,  emanadas  de  la  in- 
tervención de  Buenos  Aires  en  los  asuntos  de  la  Banda 
Oriental: 

«El  éxito  y  la  popularidad  de  Artigas  en  las  provincias 
eran  tan  marcados,  que  cuando  llegó  la  oportunidad  de  dis- 
cutir un  tratado  propuesto  por  el  director  Balcarce,  aquél 
se  encontró  en  situación  de  imponer  sus  términos  á  los  por- 
teños». 

Un  caso  de  persecución  á  los  extranjeros: 

Habiendo  el  gobernador  de  Corrientes,  Méndez,  resuelto 
secundar  á  Artigas  en  sus  operaciones  de  guerra,  el  Protec- 
tor delegó  el  poder  político  de  la  provincia  en  la,  municipa- 
Hdad,  bajo  la  presidencia  del  primer  alcalde  Cabral.  Artigas 
era  adversario  decidido  de  los  españoles  europeos  y  dictó 
un  cruel  decreto  ordenando  su  remisión  á  Purificación.  Al 
publicarlo,  Cabral  generalizó  la  orden  á  todos  los  europeos, 
y  eso  dio  lugar  á  que  la  pequeña  colonia  inglesa  se  reunie- 
ra en  son  de  protesta  contra  la  medida.  La  discusión  se  agrió 
mucho  y  Cabral  habló  de  encadenar  á  los  inglese*  que  de- 
bían marchar  á  Purificación.  Pero  el  que  llevaba  la  voz,  di- 
jo que  protestaba  en  nombre  del  gobierno  británico  y  anun- 
ció además  su  propósito  de  reclamar  ante  el  Protector  Arti- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  191 

gas.  Esta  actitud  produjo  su  efecto  y  la  medida  quedó  en 
suspenso  á  la  espera  de  la  decisión  superior.  Cuando  Arti- 
gas tuvo  conocimiento  de  lo  ocurrido,  dijo  que  sólo  un  bu- 
rro como  el  alcalde  de  Corrientes  podía  extender  á  los  in- 
gleses una  orden  que  sólo  se  refería  á  los  españoles  euro- 
peos. 

A  mediados  de  1819,  se  produjo  en  Corrientes  una  in- 
vasión de  indios  al  mando  de  Andresito  Artigas,  y  para  des- 
cribirla, cede  Robertson  la  palabra  á  Miss  Postlethewaite, 
que  estaba  allí  con  su  familia  en  esos  momentos.  Oigamos 
al  testigo  ocular: 

Francisco  Bedoya  ocupó  á  Corrientes  con  sus  tropas  y 
se  declaró  á  favor  de  Buenos  Aires  en  unión  de  los  cabil- 
dantes y  de  muchos  habitantes  respetables. 

Andresito  recibió  orden  del  Protector  de  marchar  sobre 
la  ciudad  al  frente  de  700  indios  guaycuriies.  Gran  alarma 
produjo  en  el  vecindario  la  noticia  de  la  aproximación  de 
esa  fuerza.  Todos  los  que  podían  llevarse  sus  propiedades 
resolvieron  emigrar,  y  dos  hombres  murieron  de  susto.  De- 
cíase que  los  indios  imponían  la  muerte  á  los  hombres,  á 
las  mujeres  y  á  los  niños.  <^Pero  esto  resultó  completamen- 
te falso». 

Algunas  semanas  antes.  Bedoya  había  masacrado  á  los 
habitantes  de  un  pueblecito  de  indios,  por  haberse  rehusado 
á  tomar  las  armas  contra  Artigas,  y  creían  los  correntinos 
que  los  indios  recurrirían  á  las  represalias.  Constaba  el  pue- 
blecito destruido  por  Bedoya  de  treinta  familias  y  de  ellas 
sólo  se  salvaron  tres  individuos,  uno  de  los  cuales  era  una 
mujer  que  había  presenciado  la  muerte  de  su  marido  y  de 
sus  hijos  y  que  fué  conducida  á  Corrientes  con  uno  ó  dos 
balazos  y  varias  heridas  de  sable. 

El  padre  de  Miss  Postlethewaite  dirigió  una  carta  á  An- 
dresito preguntándole  si  su  familia  sería  respetada  en  el  ca- 
so de  permanecer  en  la  ciudad.  Contestó  el  interpelado  en 
términos  muy  atentos,  que  nada  debían  temer,  que  no  ha- 
bía motivos  para  alarmas  y  que  le  hiciera  el  favor  de  po- 
nerlo á  los  pies  de  su  señora  y  de  sus  hijas. 


192  JOSÉ    ARTIGAS 

La  familia  dePostlethewaitefué  ala  plaza  publica á  pre- 
senciar Id  entrada  de  las  tropas  que  «marchaban  con  mucho 
orden»  en  dirección  á  los  cuarteles.  Los  oficiales  asistieron 
luego  á  una  misa  en  la  iglesia  de  San  Francisco. 

Era  muy  meritoria  la  conducta  de  los  indios,  faltos  de 
ropa  y  de  alimentos  y  llenos  de  sufrimientos.  Habían  te- 
nido que  nutrirse  con  trozos  de  cueros  secos  puestos  en 
íigua  y  sus  vestidos  se  componían  de  simples  harapos. 

Figuraba  en  la  columna  una  compañía  de  200  niños  in- 
dios que  los  correntinos  habían  tomado  como  esclavos  y 
que  acababan  de  ser  rescatados.  Cuando  Andresito  em- 
prendió ese  rescate,  arrancó  también  de  cada  una  de  las 
casas  en  que  los  tenían  como  esclavos  un  número  igual 
de  niños  de  las  familias  á  cuyo  servicio  estaban.  Después 
de  una  semana  de  cautiverio,  hizo  reunir  á  todas  las  ma- 
dres correntinas,  que  estaban  en  una  situación  desesperan- 
te, les  habló  de  la  crueUlad  y  de  la  injusticia  con  que  trata- 
ban á  los  pobres  indios,  y  sacando  partido  de  las  angustias 
que  ellas  acababan  de  pasar,  les  dijo:  <^  Llévense  á  sus  hijos, 
pero  recuerden  en  adelante  que  las  madres  indias  tienen 
también  un  corazón». 

El  jefe  y  sus  oficiales  fueron  á  casa  de  Postlethewaite  con 
el  vivo  deseo  de  ponerse  á  los  pies  de  la  señora  y  de  las  se- 
ñoritas. La  familia  experimentaba  naturalmente  cierta  in- 
quietud, pero  tanto  Andresito,  como  sus  oficiales  y  la  tropa, 
los  trataron  durante  su  estadía  en  Corrientes  con  las  mayo- 
res muesti'as  de  respeto. 

Al  día  siguiente  de  la  ocupación  de  la  plaza,  los  cabil- 
dantes fueron  llevados  á  bordo  en  calidad  de  prisioneros  y 
con  cadenas,  pero  recobraron  en  seguida  su  libertad  por 
interposición  de  Mr.  Postlethewaite. 

Se  impuso  una  contribución  á  la  ciudad  para  vestir  á  los 
soldados,  y  obtenido  esto,  Andresito  organizó  dos  ó  tres 
funciones  en  obsequio  á  los  principales  vecinos.  Consistían 
las  funciones  en  dramas  religiosos.  Era  uno  de  ellos  «La 
tentación  de  San  Ignacio».  Los  bailarines  formaban  pala- 
bras,  coustituj'endo   cada  figura   una  letra.  No  habiendo 


DESCARGOS  Y  JÜSTIFICACIOXES  193 

asistido  las  familias  correntinas  á  la  representación,  indagó 
la  causa  Andresito.  Y  cuando  supo  que  era  por  que  les  abu- 
rrían los  bailes  de  los  indios,  resolvió  vengarse.  Convocó  á 
los  correntinos,  y  una  vez  reunidos,  obligó  a  los  hombres  á 
limpiar  la  plaza  y  á  las  mujeres  á  bailar  con  los  indios. 

Andresito  era  un  hombre  de  muy  buen  corazón  y  «mu- 
cho más  instruido  de  lo  que  podía  suponerse».  Tenía  la 
desgracia  de  estar  dominado  por  un  hombre  de  malísimas 
condiciones,  su  secretario  Mexías,  un  español  procedente 
del  Perú.  Una  vez  lo  embriagó,  consiguiendo  por  ese  me- 
dio arrancarle  una  orden  por  la  que  se  obligaba  á  Mr.  Pos- 
tlethewaite  al  pago  de  una  contribución  dentro  de  las  vein- 
ticuatro horas.  Pasado  el  primer  momento,  pidió  perdón  á 
Mr.  Postlethewaite  por  haber  sido  compelido  á  dictar  esa 
orden.  Andresito  bebía  mucho  vino. 

Era  tan  grande  la  penuria  de  la  tropa,  que  en  más  de 
una  ocasión  hubo  que  detener  delante  de  los  cuarteles  á 
los  jinetes  para  destinar  el  caballo  á  la  alimentación  de  los 
soldados.  La  gente  del  almirante  Campbell  estuvo  una  vez 
cuatro  días  sin  más  alimento  que  un  bizcocho  por  cabeza. 
Andresito  se  jactaba  de  escatimar  todos  sus  recursos  a  las 
tropas,  mientras  no  hubieran  probado  que  podían  quedar 
tres  ó  cuatro  días  sin  probar  alimento.  Los  soldados  lleva- 
ban largas  tiras  de  cuero  de  un  anfibio  del  Paraná,  el  ca  > 
piguara,  y  de  ellas  sacaban  cada  día  un  pedazo  para  resistir 
á  la  muerte  por  inanición. 

Durante  el  período  de  siete  meses  de  permanencia  de  es- 
tas fuerzas  en  Corrientes  «sólo  se  cometió  un  robo».  Un 
hombre  entró  á  una  tienda  y  exigió  «un  pañuelo  para  la 
patria».  Interpuso  sus  quejase!  tendero  y  Andresito  hizo  re- 
correr todos  los  cuarteles,  hasta  encontrar  el  delincuente, 
que  fué  publicamente  azotado  en  la  plaza. 

Por  regla  general  el  jefe  no  castigaba  á  los  soldados,  sino 
á  los  oficiales,  «alegando  que  si  los  últimos  cumplían  su 
deber,  los  primeros  no  dejarían  de  cumplir  los  suyos». 

No  llevaba  espada  Andresito.  Perdió  la  suya  en  un  en- 

JOSK    AltriGAS  — 13.  T.  I. 


194  JOSÉ    ARTIGAS 

trevero  con  los  portugueses  y  había  jurado  desde  ese  mo- 
mento no  cargar  otra  hasta  conquistarla  él  mismo  de  ma- 
nera honrosa. 

Mr.  Postlethewaite  le  ofreció  una  comida  de  cuarenta  cu- 
biertos. A  los  brindis,  el  secretario  Mexías,  desobedeciendo 
órdenes  de  su  general,  rompió  el  vaso  en  que  acababa  de 
brindar.  Otros  le  imitaron.  Andresito  se  puso  de  pie  para 
prohibir  que  siguieran  en  ese  camino  y  habiendo  hecho 
Mexías  muestras  de  desobediencia,  le  dijo:  «si  quiebras  otra 
copa,  yo  te  quebraré  el  alma»,  con  lo  cual  el  orden  quedó 
restablecido.  Este  Mexías  invitó  una  vez  en  Goya  á  varias 
personas  á  un  banquete,  en  que  sólo  se  sirvió  carne  de  ca- 
ballo. Fué  asesinado  mientras  recorría  la  campaña  en  cum- 
plimiento de  instrucciones  de  Artigas  y  hay  quien  dice  que 
la  carta  del  Protector  era  una  treta. 

Andresito  fué  derrotado  por  los  portugueses  y  murió  en 
Río  Janeiro.  Los  guaraníes  quedaron  aniquilados.  Consti- 
tuían una  raza  enérgica,  bondadosa  y  bien  dispuesta.  Mu- 
chos de  ellos  sabían  leer  y  escribir  y  poseían  el  conocimien- 
to de  uno  y  hasta  de  tres  instrumentos  de  música. 

Cierto  día  se  publicó  un  bando,  ordenando  la  concurren- 
cia de  todos  los  correntinos  á  la  plaza.  Mr.  Postlethewaite 
recibió  en  esas  circunstancias  el  sablazo  de  un  oficial  indio, 
que  lo  había  confundido  con  un  corren  tino.  Al  reconocer 
su  error,  el  oficial  se  hincó  de  rodillas  implorando  el  per- 
dón del  ofendido,  pero  como  el  hecho  había  sido  público, 
llegó  á  conocimiento  de  Andresito,  quien  hizo  encadenar 
al  transgresor  y  lo  mantuvo  arrestado  durante  varios  días 
á  pesar  de  las  gestiones  de  Postlethewaite  para  salvarle. 

El  gobierno  artigait^ta  según  Robertíson. 

Tal  es  el  contenido  de  «Letters  on  South  America»,  en 
la  parte  que  se  relaciona  con  Artigas  y  sus  subalternos. 

En  la  amplia  zona  de  la  influencia  artiguista,  realizá- 
banse actos  de  violencia,  que  Artigas  no  autorizaba,  aunque 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  195 

se  veía  en  el  caso  de  tolerar.  Eso  aseguran  los  hermanos 
Robertson.  Pero  cuando  los  autores  citan  casos  concretos  y 
salen  de  las  acusaciones  vagas  y  generales,  se  ven  obliga- 
dos á  rendir  pleito  homenaje  á  la  justicia  artiguista.  Dos 
soldados  ebrios  se  echan  encima  de  un  transeúnte  y  éste 
se  defiende  hasta  que  llegan  otras  personas  que  aprehenden 
á  los  asaltantes,  y  se  instaura  un  sumario  para  su  castigo. 
El  alcalde  Cabral  comete  una  barrabasada  con  los  indeses: 
pero  apenas  sabe  de  boca  de  éstos  mismos  que  se  formu- 
lará una  protesta  ante  el  Protector,  se  detiene  y  vuelve  so- 
bre sus  pasos.  Un  oficial  da  un  sablazo  por  equivocación,  y 
al  darse  cuenta  de  su  error,  se  hinca  de  rodillas  en  deman- 
da de  perdón.  Durante  los  siete  meses  del  gobierno  de  An- 
dresito  en  Cori'ientes,  ocurre  un  solo  robo,  el  robo  de  un 
pañuelo,  y  ese  robo  es  perseguido  y  castigado.  En  cuanto  á 
hechos  de  sangre,  mientras  las  fuerzas  que  respondían  á 
Buenos  Aires  degollaban  una  aldea  de  indios  y  esclaviza- 
ban á  centenares  de  niños,  el  general  artiguista  daba  una 
admirable  lección  de  humanidad  á  las  madres  correntinas 
para  demostrarles  que  las  pobres  indias  tenían  también  co- 
razón y  debían  ser  respetadas. 

¿Qué  prueba  más  palmaria  se  quiere  de  la  perfecta  co- 
rrección de  las  fuerzas  artiguistas,  que  esos  hechos  que  na- 
rran testigos  oculares  y  que  se  producen  allá  en  Corrientes, 
lejos,  muy  lejos  de  la  mirada  de  Artigas,  que  sin  embargo 
alcanzaba  á  dominar  en  toda  la  amplia  zona  de  su  protec- 
torado, gracias  al  legendario  prestigio  que  según  el  testimo- 
nio de  Robertson  erigía  á  Artigas  en  protector  por  efecto 
de   la  aclamación  popular? 

Veamos  ahora  el  contenido  de  la  otra  obra  de  los  herma- 
nos Robertson:  «Letters  on  Paraguay». 

Una  entrevista  de  Robertson  con  Artigas. 

«Artigas  era  el  hombre  más  extraordinario,  después  de 
Francia,  entre  todos  los  que  figuran  en  los  anales  de  las  re- 
públicas del  Río  de  la  Plata. 


lOG  JOSÉ  ARTIGAS 

«Descendía  de  una  familia  respetable,  pero  por  su  régi- 
men de  vida  apenas  era  el  mejor  gaucho  de  la  Banda  Orien- 
tal. Carecía  completamente  de  educación,  y  si  no  me  equi- 
voco aprendió  á  leer  y  escribir  en  el  ultimo  período  de  su 
vida.  Pero  era  intrépido,  sagaz,  arriesgado  é  incansable.  Ja- 
más tuvo  rival  en  los  ejercicios  atléticos  y  en  todas  las  fae- 
nas de  los  gauchos.  Era  el  terror  y  la  admiración  de  los  ve- 
cindarios. Adquirió  una  influencia  inmensa  sobre  los  gau- 
chos y  con  su  espíritu  turbulento  que  despreciaba  ios 
trabajos  pacíficos  del  campo,  arrastró  á  los  más  resueltos  y 
vagabundos  de  esos  hombres  y  se  dedicó  al  negocio  de  con- 
trabando. Marchaba  frecuentemente  con  su  cuadrilla  por 
los  caminos  más  escarpados,  á  través  de  montes  aparente- 
mente impenetrables,  hasta  el  limítrofe  territorio  del  Brasil, 
y  desde  allí  traía  sus  mercaderías  coutrabandeadas  y  los  ga- 
nados robados  para  negociarlos  en  la  Banda  Oriental.  To- 
dos los  esfuerzos  del  gobernador  de  Montevideo  para  cap- 
turar al  astuto  contrabandista  fueron  ineficaces,  producién- 
dose alguna  vez  la  derrota  de  las  fuerzas  mandadas  en  su 
pei'secución.  El  país  perteneció  á  Artigas  desde  ese  momen- 
to, llegando  su  solo  nombre  á  constituir  un  verdadero  terror. 
Pero  era  un  hombre  estrictamente  aferrado  á  la  disciplina. 
Kespetaba  la  propiedad  de  los  que  no  estaban  en  lucha  con 
él  y  sólo  atacaba  á  los  que  ponían  tropiezos  al  ejercicio  de 
su  tráfico  ilícito.  Era  el  Robin  Hood  de  Sud  América, . .  El 
gobierno  de  Montevideo  que  observaba  que  el  poder  de  Ar- 
tigas iba  en  aumento,  procuró  atraerlo  á  la  causa  del  rey,  y 
Artigas  que  estaba  fatigado  de  su  vida  de  merodeo,  escu- 
chó las  propuestas  que  se  le  hacían.  De  acuerdo  con  el  con- 
venio á  que  se  ari'ibó,  pudo  dirigirse  á  Montevideo  con  el 
empleo  real  de  capitán  de  blandengues  ó  milicias  montadas. 
Su  cuadrilla  de  contrabandistas  se  transformó  en  compañía 
de  soldados,  y  desde  ese  momento  mantuvo  en  todos  los 
distritos  rurales  un  orden  y  una  tranquilidad  de  que  jamás 
se  había  gozado.  En  esta  situación,  encontró  á  Artigas  la 
revolución  de  Buenos  Aires.  Por  los  años  1811  y  1812 
desertó  del  servicio  del  rey  en  la  Banda  Oriental  y  se  unió 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  107 

á  los  patriotas.  Fué  recibido  como  un  gran  contingente  pa- 
ra la  causa  y  cuando  el  sitio  de  Montevideo  en  181ÍJ,  Arti- 
gas sirvió  bajo  las  órdenes  de  Alvear  con  el  rango  de  coro- 
nel. Un  nuevo  y  más  amplio  campo  se  abría  naturalmente 
á  la  vista  de  este  jefe  ambicioso  y  sin  principios.  Su  espíri- 
tu soberbio  y  dominante  no  podía  tolerar  por  mucho  tiem- 
po un  mando  inferior  bajo  las  órdenes  de  un  general  de 
Buenos  Aires,  y  empezó  á  mirará  sus  paisanos  como  legí- 
timos subditos,  una  vez  que  hasta  la  autoridad  del  rey  de 
España  era  desconocida.  Los  jefes  más  cultos  y  civilizados 
de  Buenos  Aires,  lo  consideraban  como  un  sujeto  semibár- 
baro y  lo  trataban  sin  el  respeto  á  que  el  se  consideraba 
acreedor  por  su  rango.  Luego  de  corromper  a  las  tropas  de 
su  mando,  compuestas  de  orientales  y  que  se  le  plegaron 
como  un  solo  hombre,  llevó  á  cabo  su  plan  con  su  sagaci- 
dad habitual,  y  aprovechando  la  obscuridad  de  la  noche, 
abandonó  silenciosamente  el  sitio  al  frente  de  800  soldados». 

Después  de  reproducir  así  tan  servilmente  el  libelo  infa- 
matorio de  Cavia,  se  ocupan  los  hermanos  Robertson  en  el 
mismo  tono  del  estado  de  las  provincias  argentinas. 

«Los  artigúenos,  nombre  que  se  daba  á  la  tropa  y  á  los 
demás  que  seguían  a  Artigas,  habían  tomado  completa  po- 
sesión de  toda  la  margen  Este  de  los  ríos  de  la  Plata  y  del 
Paraná,  desde  los  confines  de  Montevideo  hasta  Corrientes. 
El  más  espantoso  desorden  y  anarquía  reinaba  en  todos 
esos  vastos  dominios.  El  nombre  de  artigueño  era  consi- 
derado en  realidad  como  sinónimo  de  ladrón  y  de  asesino». 

Hablan  del  bando  del  director  Posadas  que  puso  a  pre- 
cio la  cabeza  de  Artigas,  proclamado  en  la  plaza  pública 
de  Santa  Fe  al  toque  de  tambor  y  por  un  escribano  que 
actuaba  como  heraldo: 

«Pero  allí  la  medida  fué  condenada  generalmente  y  con 
justicia  como  impolítica  y  como  impotente  á  la  vez.  Al  mos- 
trar los  sentimientos  vengativos  de  los  porteños,  sólo  sirvió 
para  aumentar  la  popularidad  del  Protector». 

Entran  luego  los  autores  á  formular  la  expresión  de  agra- 
vios en  la  parte  que  les  es  personal,  y  describen  el  saqueo 


198  JOSÉ    ARTIGAS 

de  que  fueron  víctimas  y  todas  sus  ulterioridades  eu  los  tér- 
minos que  pascamos  á  extractar: 

Los  soldados  de  Artigas  se  apoderaron  del  barco  en  que 
iba  Robertson,  remontando  el  río  Paraná,  con  una  partida 
•de  mercaderías.  El  comerciante  fué  bajado  á  tierra  y  atado 
á  un  árbol  y  sus  mercaderías  fueron  saqueadas. 

Era  costumbre  entre  los  artiguistas,  que  el  soldado  que 
Jiabía  cometido  mayores  excesos,  adquiría  el  derecho  de  pe- 
dir favores  á  sus  jefes.  Uno  de  esos  soldados  obtuvo  en 
consecuencia  que  no  fusilaran  á  Robertson  y  que  le  quita- 
ran sus  ligaduras. 

Interpuesto  el  reclamo  ante  el  capitán  Peicj^  comandan- 
te de  la  escuadrilla  británica  en  el  Río  de  la  Plata,  fué  des- 
pachada en  el  acto  una  lancha  al  cuartel  general  de  Artigas 
en  Paysandú,  con  el  siguiente  oficio  del  capitán  inglés: 
«Excelentísimo  Protector:  Un  subdito  británico,  M.  J.  P. 
JRobertson,  navegando  con  mi  autorización  y  la  de  los  pode- 
res constituidos  de  este  país,  ratificada  por  su  propio  subor- 
dinado el  gobernador  Candiotti,  ha  sido  aprisionado,  tratado 
con  inhumanidad  y  finalmente  puesto  en  prisión  por  gente 
que  actúa  bajo  su  autoridad.  Reclamo  y  pido  como  medida 
previa,  que  sea  puesto  en  libertad  sin  demora  y  se  le  en- 
treguen las  mercaderías  de  su  pertenencia,  y  si  mi  pedido 
no  fuere  atendido,  haré  represalias  sobre  propiedades  que 
estén  bajo  su  bandera.  Tengo  el  honor  de  ser,  etc.  -  Jocelyn 
Percyy>. 

La  intimación  produjo  su  efecto.  Dos  horas  después  de 
recibido  el  proceso  por  Artigas,  en  el  que  no  había  pruebas 
de  criminalidad,  se  expedían  óixlenes  devolviendo  á  Ro- 
bertson su  libertad  y  sus  mercaderías,  con  amplias  satisfac- 
ciones personales. 

Expresa  Robertson  que  apenas  se  encontró  libre,  buscó 
con  empeño  al  soldado  artiguista  á  quien  debía  la  vida  y  la 
libertad,  pero  que  ese  sujeto  no  atribuía  importancia  á  su 
acción  y  que  costó  bastante  trabajo  arrancarlo  al  seno  de  sus 
compañeros  de  juego  para  regalarle  una  suma  de  dinero. 

Sólo  una  parte  de  las  mercaderías  fué  recuperada,  y  en- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  109 

tonces  decidió  Robertson  emjirender  vinje  á  Pnrifieneióri  y 
hablnr  directamente  con  Artigas,  aprovechando  así  «la  opor- 
tunidad deponerse  en  relación  con  un  hombre  que  se  había 
«levado  á  tan  singular  altura  de  celebridad  y  cuya  palabra  era 
en  ese  momento  ley  en  todo  el  ancho  y  en  todo  el  largo  del 
íintiguo  Virreinato  de  Buenos  Aires,  con  la  sola  excepción  del 
Paraguay  y  de  la  ciudad  de  Buenos  Aires,  manteniendo  á 
€sta  misma  ciudad  en  continuas  alarmas,  mediante  correrías 
de  sus  destacamentos  que  se  llevaban  los  ganados  y  se  apro- 
ximaban á  menudo  á  los  suburbios  de  la  población,. 

Llevaba  una  carta  del  capitán  Percy,  pidiendo  en  términos 
corteses  la  devolución  de  las  propiedades  no  devueltas  toda- 
vía. Era  también  conductor  de  otra  carta  de  un  amigo 
personal  de  Artigas. 

Véase  cómo  describe  Robertson  el  cuartel  general  de 
Purificación: 

«  Y  allí  (les  ruego  que  no  pongan  en  duda  mi  palabra) 
¿qué  les  parece  vi?  El  excelentísimo  señor  Protector  de  la 
mitad  del  nuevo  mundo,  estaba  sentado  en  una  cabeza  de 
buey,  junto  á  un  fogón  encendido  en  el  suelo  fangoso  de  su 
rancho,  comiendo  carne  del  asador  y  bebiendo  ginebra  en 
un  cuerno  de  vaca!  Lo  rodeaba  una  docena  de  oficiales  an- 
drajosos, en  posición  parecida  y  ocupados  en  la  misma  tarea 
que  su  jefe.  Todos  fumaban  y  charlaban  ruidosamente. 

«El  Protector  estaba  dictando  á  dos  secretjirios  que 
ocupaban  en  torno  de  una  mesa  de  pino  las  dos  únicas  si- 
llas que  había  en  toda  la  choza,  y  esas  mismas  con  el 
asiento  de  esterilla  roto. 

cPara  completar  la  singular  incongruencia  de  la  escena, 
el  piso  del  departamento  de  la  choza  (que  era  grande  y 
hermosa)  en  que  estaban  reunidos  el  general,  su  estado  ma- 
yor y  sus  secretarios,  se  encontraba  sembrado  de  ostentosos 
sobres  de  todas  las  provincias  (distantes  algunas  de  ellas 
1,500  millas  de  ese  centro  de  operaciones)  dirigidas  á 
«Su  Excelencia  el  Protector ^>. 

<  En  la  puerta  estaban  los  caballos  jadeantes  de  los  co- 
rreos que  llegaban  cada  media  hora,  y  los  caballos  de  re- 
fresco de  los  correos  que  salían  con  igual  frecuencia. 


200  JOSÉ    ARTIGAS 

«De  todos  los  campamentos  llegaban  á  galope  soldados,, 
edecanes,  exploradores.  Tcdos  ellos  se  dirigían  á  Su  Exce- 
lencia el  Protector,  y  Su  Excelencia  el  Protector,  sentado  en 
su  cabeza  de  buey,  fumaba,  comía,  bebía,  dictaba,  conversaba 
y  despacbaba  sucesivamente  todos  los  asuntos  que  le  lleva- 
ban á  su  conocimiento,  con  utia  calma  distinta  de  la  non- 
chalanee,  que  me  mostraba  de  una  manera  práctica  la  ver- 
dad del  axioma  «vamos  despacio,  que  estoy  de  prisa». 
Pienso  que  si  los  negocios  del  mundo  entero  bubieran  pe- 
sado sobre  sus  bombros,  habría  procedido  de  igual  manera. 
Parecía  un  hombre  abstraído  del  bullicio,  y  era  de  este  solo 
punto  de  vista,  si  me  es  permitida  la  alusión,  semejante  al 
más  grande  de  los  generales  de  nuestros  tiempos. 

«Además  de  la  carta  del  capitán  Percy,  tenía  otra  de 
presentación  de  un  amigo  particular  de  Artigas,  que  entre- 
gué en  primer  témino,  considerando  que  era  el  mejor  modo 
de  iniciar  mi  asunto.  Como  aquélla  envolvía  un  reclamo,  su- 
puse naturalmente  que  sería  la  menos  agradable. 

«Al  leer  mi  carta  de  introducción,  Su  Excelencia  se  le- 
vantó de  su  asiento  y  me  recibió  no  sólo  con  cordialidad 
sino  tandjién,  lo  que  me  sorprendió  más,  con  modales  com- 
parativamente de  un  caballero  y  de  un  hombre  realmente 
bien  educado.  Habló  conmio-o  alegremente  acerca  de  sus^ 
apartamentos  oficiales,  y  como  mis  corvas  y  mis  piernas  no 
estaban  acostumbradas  aponerse  encuclillas,  me  pidió  que 
me  sentara  en  el  canto  de  un  catre  de  cuero  que  estaba  en 
un  rincón  del  cuarto  y  que  hizo  acercar  al  fuego.  Sin  ma- 
yores preámbulos,  puso  en  mis  manos  su  propio  cuchillo  con 
un  pedazo  de  carne  de  vaca  bien  asada.  Me  pidió  que  co- 
miera, me  hizo  beber  y  por  último  me  dio  un  cigarro. 

«Iniciada  mi  conversación,  la  interrumpió  la  llegada  de 
un  gaucho,  y  antes  que  hubieran  transcurrido  cinco  minu- 
tos, ya  el  general  i^rtigas  estaba  nuevamente  dictando  á 
sus  secretarios,  engolfado  en  un  mundo  de  negocios,  al 
mismo  tiempo  que  me  presentaba  excusas  por  lo  que  ha- 
bía ocurrido  eu  Bajada  y  condenaba  á  sus  autores  y  m& 
decía  qwe  inmediatamente  de  recibir  las  justas  quejas  del 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  201 

capitán  Percy,  había  dado  órdenes  para  que  me  pusieran  eii 
libertad. 

«Era  aquel  un  ambiente,  en  que  simultáneamente  se 
conversaba,  se  escribía,  se  comía  y  se  bebía,  en  razón  de  que 
no  había  cuartos  distintos  para  realizar  separadamente  ca- 
da tarea. 

«El  trabajo  del  Protector  se  prolongaba  desde  la  maña- 
na liasta  la  noche,  lo  mismo  que  su  comida,  porque  así  que 
un  correo  llegaba,  era  despachado  otro,  y  así  que  un  oficial 
se  alejaba  del  fuego  donde  estaba  el  asador  con  la  carne, 
otro  tomaba  su  sitio. 

«Al  obscurecer.  Su  Excelencia  me  previno  que  iba  á 
inspeccionar  su  campamento  y  me  invitó  á  acompañarle. 
En  un  instante,  él  y  su  estado  mayor  aparecieron  monta- 
dos. Los  caballos  en  que  venían,  quedaban  día  y  noche 
ensillados  y  enfrenados  cerca  del  rancho  del  Protector. 
Del  mismo  modo,  los  caballos  de  la  tropa  permanecían 
alrededor  de  cada  vivac.  Con  cinco  minutos  de  aviso,  to- 
das las  fuerzas  podían  ponerse  en  movimiento,  avanzando' 
sobre  el  enemigo  ó  retirándose  con  una  velocidad  de  veinte 
millas  por  hora.  Una  marcha  forzada  de  25  leguas  (75 
millas)  en  una  noche,  no  era  nada  para  Artigas,  y  á  ello  se 
atribuyen  muchos  de  los  éxitos  prodigiosos  y  casi  increí- 
bles que  obtuvo  y    las  victorias  que  ganó. 

«Héteme  ahora  á  caballo,  marchando  á  su  derecha,  en 
medio  del  campo.  Como  extranjero  y  forastero,  me  dio  la 
preferencia  sobre  los  oficiales  que  constituían  su  séquito  y 
que  eran  alrededor  de  veinte.  No  se  vaya  á  suponer,  sin 
embargo,  que  si  hablo  de  séquito,  es  porque  descubriera 
algún  signo  de  superioridad  de  su  parte  ó  de  subordinación 
en  los  que  le  seguían.  Ellos  se  reían,  se  dirigían  recíproca- 
mente chanzas,  daban  gritos  de  aclamación  y  confundían 
sus  sentimientos  de  perfecta  familiaridad.  Se  llamaban 
unos  á  otros  por  sus  nombres  de  pila,  sin  darse  el  trata- 
miento de  capitán  ó  don,  pero  todos  al  dirigirse  a  iVrtigas 
lo  hacían  con  evidente  afecto  y  á  la  vez  con  el  nombre 
familiar  de  «mi  general». 


202  JOSÉ    ARTIGAS 

«Había  alrededor  de  1,500  secuaces,  andrajosos,  en  el 
campamento.  Actuaban  al  mismo  tiempo  como  soldados 
de  caballería  y  de  infantería.  Eran  principalmente  indios 
procedentes  de  los  destruidos  establecimientos  dé  los  je- 
suítas, jinetes  admirables  y  endurecidos  para  toda  espe- 
cie de  privación  y  de  fatiga.  Las  escarpadas  cuchillas  y  las 
fértiles  llanuras  de  la  Banda  Oriental  y  de  Entre  Ríos 
suministraban  numerosas  tropas  para  su  abasto  y  abun- 
dantes pastos  para  sus  caballos.  Nada  más  necesitaban 
ellos.  Un  miserable  saco,  un  poncho  recogido  en  la  cintu- 
ra como  las  enagüitas  de  los  escoceses  montañeses,  y  otro 
poncho  que  caía  de  los  hombros,  completaban  juntamente 
con  una  gorra  de  cuartel,  un  par  de  botas  de  potro,  gran- 
des espuelas,  un  sable,  un  trabuco  y  un  cuchillo,  el  vestua- 
rio del  artigueño. 

«El  campamento  se  componía  de  hileras  de  tiendas  de 
cuero  y  chozas  de  barro.  Estas  últimas  y  una  docena  de 
«cottages»  de  un  confort  bastante  mejor,  constituían  lo 
que  se  llamaba  «Villa  de  la  Purificación». 

Debe  explicarse,  agrega  Robertson,  por  qué  razón  Artigas, 
sin  haber  cruzado  á  la  margen  occidental  del  Paraná,  ejercía 
jurisdicción  en  casi  todo  el  territorio  comprendido  entre  di- 
cho río  y  la  base  Este  de  los  Andes.  Apenas  estallada  la 
revolución,  los  habitantes  de  Buenos  Aires  se  manifestaron 
resueltos  a  adueñarse  de  las  ciudades  y  provincias  del  inte- 
rior. Todos  los  gobernadores  y  muchos  de  los  principales 
empleados,  eran  oriundos  de  ese  punto;  la  guarnición  de  las 
ciudades  se  componía  de  tropas  que  también  procedían  de 
allí.  El  sentimiento  de  superioridad  y  de  arrogancia  de  los 
porteños,  disgustó  á  los  habitantes  del  interior,  que  veían 
en  sus  soberbios  conciudadanos  una  especie  de  sustitutos  de 
h\s  antiguas  autoridades  españolas.  No  bien  los  ejércitos 
de  Buenos  Aires  sufrieron  contrastes  en  el  Perú,  en  el  Pa- 
raguay y  en  la  Banda  Oriental,  las  ciudades  del  interior 
reaccionaron  contra  su  sumisión,  eligieron  gobernadores 
por  sí  mismas  y  para  robustecer  su  poder,  solicitaron  el 
auxilio  de  Artigas,  el  más  poderoso  y   el  más    popular   de 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  203 

los  jefes  insubordinados.  Estaban  así  habilitadas  para  ha- 
cer causa  común  contra  Buenos  Aires.  Cada  pequeña  ciu- 
dad conquistó  su  goce  de  independencia,  á  expensas  natu- 
ralmente de  todo  orden  y  de  toda  ley.  Los  recursos  del 
país  se  hicieron  cada  día  menos  importantes  para  realizar 
un  plan  de  prosperidad  permanente  y  sólida;  y  á  la  vez 
que  el  rencor  de  los  feudos  y  el  odio  partidista  estrecha- 
ban día  por  día  las  comunicaciones  entre  las  distintas  par- 
tes de  la  familia  americana,  el  pueblo  sufría  el  proceso  de 
disgregación,  que  es  consecuencia  de  la  guerra  civil.  El  co- 
mercio estaba  casi  paralizado  por  la  inseguridad  de  las  per- 
sonas y  de  la  propiedad. 

«Habiendo  pasado  ya  varias  horas  con  el  general  Ar- 
tigas, le  entregué  la  carta  del  capitán  Percy,  y  con  palabras 
tan  moderadas  como  lo  permitía  la  explicación  de  mi  caso, 
inicié  el  reclamo  de  indemnización. 

«Ya  ve  usted,  me  contestó  el  general  Artigas  con  gran 
calma  y  espontaneidad,  de  qué  manera  vivimos  aquí.  Es 
lo  más  que  podemos  hacer  en  estos  duros  tieinpos  para 
conseguir  carne,  aguardiente  y  tabaco.  Pagarle  á  usted 
6,000  pesos  ahora,  es  algo  tan  fuera  de  mis  alcances,  como 
pagarle  60,000  ó  600,000  pesos.  Mire  usted,  dijo,  y  le- 
vantando la  tapa  de  una  vieja  caja  militar,  señaló  una  ba- 
lija  de  lona  que  había  en  el  fondo:  aquí  está  todo  mi  te- 
soro, que  llega  á  300  pesos;  y  antes  de  la  llegada  de  la 
próxima  remesa,  debo  ser  tan  cuidadoso  del  dinero,  como 
lo  es  usted». 

«Ante  esas  palabras,  haciendo  una  virtud  de  la  necesi- 
dad, cedí  á  él  voluntariamente  lo  que  por  la  fuerza  no 
hubiera  podido  recuperar,  y  apoyándome  en  mi  generosi- 
dad obtuve  del  excelentísimo  Protector  en  prenda  de  su 
gratitud  y  buenos  deseos,  algunos  privilegios  mercantiles 
de  importancia,  relacionados  con  un  establecimiento  que 
había  formado  en  Corrientes.  Tales  privilegios  recupera- 
ron con  creces  mis  pérdidas. 

«Con  mutuas  expresiones  de  reconocimiento  nos  despe- 
dimos. El  general  insistió  en  darme  una  escolta   de  dos  de 


204  JOSÉ  ARTIGAS 

SUS  propios  asistentes  y  im  pasapoite  para  las  fronteras 
del  Paraguay,  que  me  procuraba  todo  lo  que  pudiera  nece- 
sitar, caballos,  manutención,  viviendas,  en  el  trayecto  de 
Purificación  á  Corrientes». 

El  juicio  personal  de  Roberts^jn  y  la  leyenda. 

Los  hermanos  Robertson  re])roducen  con  fruición  el  li- 
belo de  Cavia  sobre  la  turbulenta  juventud  de  Artigas. 
Habían  sido  saqueados,  y  para  el  pintoresco  relato  del  sa- 
queo, venía  admirablemente  la  leyenda  del  terrible  contra- 
bandista y  de  los  asesinos  y  ladrones  que  habían  consti- 
tuido su  séquito. 

En  todo  lo  que  ellos  no  pudieron  conocer  de  cerca,  por- 
que su  viaje  á  las  Provincias  Unidas  data  del  año  1815, 
se  atienen  al  relato  del  oficial  mayor  de  gobierno  de  Puey- 
rredón,  que  era  la  versión  oficial  y  más  respetable  para 
extranjeros  que  apenas  conocían  el  país   de  nombre. 

Cada  vez,  en  cambio,  que  refieren  hechos  personales,  se 
ven  obligados,  contra  todo  el  deseo  de  seguir  explotando  los 
factores  de  violencia  para  arrastrar  la  atención  de  los  lec- 
tores, á  rendir  justicia  á  Artigas  y  á  reconocer  sus  altas 
cualidades  y  el  prestigio  incomparable  que  ellas  le  asegu- 
raron siempre. 

Una  embarcación  es  detenida  y  secuestrada.  Entablado 
el  reclamo.  Artigas  pide  el  sumario,  y  no  encontrando  mé- 
rito para  el  secuestro,  ordena  la  libertad  del  comerciante  y 
el  reintegro  de  sus  intereses.  ¿Qué  más  se  quiere  de  la  jus- 
ticia de  la  época,  que  en  otra  de  las  provincias  sometidas 
á  la  influencia  civilizadora  de  Buenos  Aires  se  encargaba 
ella  misma  de  aprobar  y  consagrar  el  saqueo  de  las  embar- 
caciones, según  lo  veremos  más  adelante? 

La  entrevista  de  Purificación,  no  obstante  la  exagera- 
ción de  detalles  grotescos  con  que  ha  querido  amenizarla 
el  narrador,  es  todo  un  categórico  desmentido  á  la  leyenda 
de  barbarie  de  Artigas.  ¿Que  estaba  sentado  en  una  cabeza 
de  vaca,  comiendo  en  el  asador?  Podrá  ser  un  espectácula 


DESCARGOS   Y  JUSTIFICACrONES  205 

risible  para  un  extranjero  ajeno  á  las  costumbres  de  cam- 
pamento. Pero  lo  que  verdaderamente  vale  en  la  boca  de 
un  detractor  de  Artigas,  como  Robertson,  es  la  prueba 
irrecusable  que  suministra  de  la  intelectualidad  del  jefe  de 
los  orientales,  cuando  establece  que  despachaba  personal- 
mente todos  los  asuntos  del  vasto  y  complicado  mecanis- 
mo de  las  provincias  sometidas  á  su  autoridad  y  protec- 
ción, trabajando  el  día  entero,  desde  la  mañana  hasta  la 
noche,  en  resolver  negocios  y  en  leer  y  contestar  oficios  de 
todas  partes,  con  dos  secretarios  á  quienes  dictaba  incesan- 
temente. La  leyenda  de  que  apenas  sabía  poner  su  nombre 
al  pie  de  oficios  que  hilvanaban  sus  secretarios,  resulta 
desautorizada  así  terminantemente,  por  un  testigo  ocular, 
que  aun  cuando  desearía  deprimir  al  personaje,  se  ve  com- 
pelido  á  subscribir  los  más  grandes  elogios  á  su  inteligen- 
cia, al  equilibrio  de  sus  facultades  y  á  su  enorme  consa- 
gración intelectual. 

Refiriéndose  al  general  San  Martín,  dice  su  biógrafo  el 
general  Mitre:  que  «era  hombre  de  poca  cultura»;  que  «ni 
ortografía  tenía-:;;  que  era  indiscutible  su  mediocridad  «del 
punto  de  vista  déla  inteligenciay  la  cultura».  Pero  se  apre- 
sura á  agregar  con  Macaulay,  que  también  Cromwell  de- 
cía tonteras  y  hacía  gi-andes  cosas,  porque  no  es  la  inteli- 
gencia, sino  la  voluntad,  el  atributo  esencial  de  los  hombres 
de  acción  y  de  pensamiento.  Aunque  el  personaje  del  cam- 
pamento de  Purificación,  tal  como  lo  describe  Robertson, 
está  muy  arriba  intelectualmente  del  nivel  de  mediocridad 
á  que  se  refiere  Mitre,  la  profunda  observación  de  Macau- 
lay le  es  hasta  cierto  punto  aplicable,  porque  efectivamente 
la  voluntad  fué  siempre  el  atributo  descollante  en  toda  su 
larga  y  ardorosa  campaña. 

El  respeto  afectuoso  de  los  jefes  y  oficiales  de  que  habla 
Robertson,  desmiente  otra  tradición  que  ha  recogido  Vicu- 
ña Mac-Kenna  en  el  siguiente  pasaje  («El  ostracismo  de  los 
Carrera»):  «Carrera  comía  con  frecuencia  en  la  mesa  del 
general  Lecor  y  aun  asistía  á  sus  bailes  ....  En  cuanto  á  su 
defección  política,  de  lo  que  también  le  hicieron  una  vulgar 


206  JOSÉ    ARTIGAS 

acusación,  estas  solas  palabras  bastarán  á  desmentirlo:  «Si 
es  cierto  que  vienen  fuerzas  españolas  á  refrescar  aquí  (de- 
cía á  doña  Mercedes  el  24  de  julio  de  1817)  pronto  estaré 

con  Artigas  y  de  ahí  á   Chile» Había  en  efecto  hecho 

una  visita  anticipada  á  aquel  terrible  caudillo,  á  quien  en- 
contró despachando  su  gobierno  dentro  de  una  carreta  y  ro- 
deado de  enjambres  de  gauchos  salvajes  que  daban  al  Pro- 
tector Supremo,  como  se  apellidaba  José  Artigas,  el  reve- 
rente tratamiento  de  Pepe  y  el  tií,  ambos  peculiarísimos 
del  gaucho». 

Dictamen  de  Bland. 

A  principios  del  año  1818,  fondeó  en  el  puerto  de  Bue- 
nos Aires  la  fragata  de  guerra  norteamericana  «Congress». 
Traía  una  comisión  oficial  enviada  por  el  presidente  Mon- 
roe,  encargada  de  estudiar  la  condición  de  las  Provincias 
Unidas  del  Río  de  la  Plata,  como  paso  previo  al  reconoci- 
miento de  su  independencia,  que  gestionaba  empeñosamen- 
te el  Directorio  de  Pueyrredón.  La  componían  cuatro  hom- 
bres de  inteligencia  superior:  Bland,  Rodney,  Graham  y  Brac- 
kenridge,  actuando  este  último  como  secretario.  Cada  uno 
de  los  comisionados  presentó  un  informe  por  separado  y  el 
secretario  escribió  sus  impresiones  de  viaje. 

El  informe  de  Teodorich  Bland  á  Mr.  Adams,  que  era  á 
la  sazón  ministro  de  Estado  del  presidente  Monroe,  fué  pu- 
blicado íntegramente  en  «British  and  Foreign  State  Pa- 
pers»,  correspondiente  al  ejercicio  1818-1819.  (Biblioteca 
del  Muiisterio  de  Relaciones  Exteriores  de  la  República 
Argentina). 

Es  un  estudio  concienzudo  de  la  época  y  muy  especial- 
mente de  la  lucha  entre  Artigas,  propagandista  de  la  idea 
federal,  y  el  gobierno  de  Buenos  Aires  defensor  del  centra- 
lismo absorbente  y  de  la  anulación  délas  autonomías  locales. 

Empieza  Bland  por  fustigar  el  servilismo  de  la  prensa: 

«En  Buenos  Aires,  jamás  se  ha  concedido  ni  por  un  so- 
lo día  á  la  prensa  verdadera  y  amplia  libertad.  Sólo  se  pu- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  207 

blka  allí  lo  que  halag;i  á  los  poderes  existentes.  El  material 
procedente  del  extranjero,  únicamente  se  inserta  en  los  dia- 
rios después  de  tijereteado  y  remodelado  al  paladar  del  par- 
tido gobernante.  Se  lian  hecho  algunos  esfuerzos  para  discutir 
temas  políticos  con  severidad  y  para  censurar  la  conducta 
política  de  ciertos  hombi-es;  pero  con  el  resultado  de  que,  sin 
juicio  alguno,  hayan  sido  los  autores  desterrados  ó  aprisio- 
nados. La  prensa  de  Buenos  Aires  es  un  instrumento  servil, 
que  ni  tiene  ni  merece  respeto,  ni  ejerce  influencia  alguna. 
La  opinión  pública  recibe  su  rumbo  y  da  su  impulso,  no  por 
este  instrumento  excelente  en  sí  mismo  pero  prostituido 
aquí,  sino  por  medio  de  libros  y  diarios  que  se  leen  en  pri- 
vado y  de  conversaciones  y  discusiones  particulares,  que 
han  actuado  eficazmente,  permitiendo  arrancar  de  su  pues- 
to á  un  primer  magistrado  y  arrojar  á  un  perverso  dictador 
al  destierro,  en  el  preciso  momento  en  que  aquel  cobarde 
centinela  del  público  daba  rondas  gritando  que  todo  iba 
bien». 

Entra  luego  al  fondo  de  la  controversia  entre  Artigas  y 
el  gobierno  de  Buenos  Aires: 

«Buscando  las  causas  de  las  desgraciadas  diferencias  y 
hostilidades  entre  los  partidos  patriotas  y  previa  separación 
de  todo  lo  que  se  reduce  ú  simples  vituperios  y  agrias  in- 
vectivas, resulta  que  aquéllas  son  de  importancia  vital,  que 
tienen  por  objeto  principios  que  afectan  considerablemente 
al  bienestar  del  pueblo  y  que  han  emanado  de  criterios  muy 
racionales  acerca  de  la  forma  de  gobierno  más  conveniente 
al  país  y  más  apropiada  para  promover  y  asegurar  el  inte- 
rés general  á  la  vez  que  el  interés  particular. 

«El  pueblo  de  esta  parte  de  la  América  española,  tiene 
fijas  sus  miradas,  desde  el  comienzo  de  sus  luchas,  en  el 
ejemplo  y  en  los  preceptos  de  los  Estados  Unidos,  en  la 
orientación  de  su  revolución  y  en  la  organización  de  sus 
instituciones  políticas.  Sin  entrar,  por  regla  general,  en  pro- 
fundos argumentos  ó  serios  estudios,  para  los  cuales  no  es- 
tán preparados  por  su  educación  y  hábitos  anteriores,  apre- 
cian su  situación  en  block  y  se  dan  cuenta  de  que  al  remo- 


208  JOSÉ    ARTIGAS 

verse  las  instituciones  coloniales,  han  quedado  sin  ninguno 
■de  los  resortes  del  gobierno  civil.  Contemplando  la  inmen- 
sa extensión  de  su  país,  lo  han  encontrado  distribuido  en 
provincias  y  jurisdicciones  y  en  esa  forma  gobernado.  Han 
dirigido  entonces  sus  miradas  á  los  Estados  Unidos  y  han 
visto  6  creído  ver  muchas  analogías  y  una  prosperidad  que 
demostraba  que  todo  lo  que  contemplaban  podía  ser  imita- 
do. Sea  que  tales  sugestiones  emanaran  de  un  juicio  com- 
parativo, ó  sea  que  reconocieran  otra  causa  cualquiera,  es  lo 
cierto  que  la  idea  de  la  conveniencia  de  gobiernos  propios, 
semejantes  á  los  de  los  Estados  Unidos,  con  magistrados 
electos  por  el  pueblo  y  de  su  propio  seno,  se  ha  generaliza- 
do y  ha  sido  abrazada  calurosamente  por  una  gran  parte 
de  los  patriotas.  Sin  embargo,  los  partidarios  de  este  siste- 
ma de  confederación  y  representación,  sea  cual  fuere  su  im- 
portancia numérica,  y  la  energía  de  sus  razonamientos,  han 
sido  y  continúan  siendo  la  parte  más  débil  del  punto  de 
vista  del  poder  ejecutivo.  No  han  tenido  los  medios  ni  ja- 
más se  les  ha  permitido  poner  en  práctica  sus  principios. 
Por  otra  parte,  tenían  que  dirigirse  á  un  pueblo  para  el 
cual  todo  el  campo  de  la  política  constituía  una  novedad, 
y  eso  mismo  sin  prensa  para  dar  estabilidad  y  difusión  á  su 
prédica. 

xEn  oposición  á  estos  principios  y  á  este  partido,  se  le- 
vantó una  facción  en  Buenos  Aires,  que  preocupada  de  los 
intereses  y  del  progreso  de  su  ciudad,  quería  establecer  un 
gobierno  centralista,  provisto  de  un  magistrado  supremo 
con  análogos  poderes  á  los  del  ex  virrey,  pero  algo  conte- 
nidos y  fiscalizados  mediante  el  restablecimiento  de  las 
instituciones  civiles  y  políticas  del  coloniaje,  modificadas 
por  las  exigencias  del  nuevo  estado  de  cosas.  La  necesidad 
de  estar  constantemente  armado  y  preparado  para  hacer 
frente  á  la  metrópoli,  inclinó  al  pueblo  á  prestar  obediencia 
á  los  leaders  militares  del  momento.  De  ahí  que  resultara 
toda  una  revolución  la  conquista  del  mando  del  ejército  y 
de  la  fortaleza  de  Buenos  Aires.  En  manos  del  gobierno 
supremo,  estaban  todas  las  reutas  públicas,  porque  era  Bue- 


DESCARGOS  Y  JlISTíFICACrONES  2()9 

nos  Aires  el  único  punto  de  recaudación  de  derechos  de 
Aduana,  y  todas  las  fuerzas,  y  el  mando  absoluto  del  Esta- 
do, cuyos  intereses  jx)dían  ser  dirigidos  y  administrados  al 
paladar  del  gobernante,  de  conformidad  á  los  reglamentos 
de  las  instituciones  coloniales. 

«El  partido  popular  de  la  oposición,  que  proclama  el  go- 
bierno de  los  Estados  y  el  sistema  representativo,  jamás 
ha  tenido  hasta  ahora  ni  los  procedimientos  ni  los  medios 
para  poderse  reunir  y  expresar  sus  anhelos  ó  cuando  menos 
hacer  demostración  de  su  numero  y  de  su  poder. 

«En  octubre  de  1812,  cuando  Sarratea  mandaba  en  je- 
fe en  Montevideo  y  ArUgas  estaba  frente  á  la  misma  plaza, 
al  mando  de  las  fuerzas  de  la  Banda  Oriental,  dio  origen 
á  una  agitada  controversia  ese  gran  principio  de  los  Estados 
separados  ó  gobiernos  provinciales,  combinada  según  to- 
das las  probabilidades  con  razones  de  carácter  local  y  perso- 
nal. Sarratea,  viendo  que  Artigas  era  refractario  y  no  po- 
día ser  influenciado  por  seducciones,  amenazas  ó  medios 
persuasivos,  resolvió  proceder  á  su  arresto.  Artigas,  que  des- 
cubrió sus  planes,  huyó  á  la  campaña,  y  en  un  corto  lapso 
de  tiempo  todos  los  orientales  le  siguieron,  y  en  virtud  de 
ello  fué  abandonada  momentáneamente  la  prosecución  del 
sitio  de  Montevideo. 

«El  partido  gobernante  de  Buenos  Aires,  dándose  cuen- 
ta de  la  popularidad  de  la  causa  de  Artigas  y  de  su  poder, 
procuró  con  ansiedad  extrema  atraérselo  ó  por  lo  menos 
conciliarse  con  él.  Ante  la  exigencia  de  Artigas  que  creía  ó 
afectaba  creer  en  aquel  momento  que  la  controversia  era 
puramente  personal,  Sarratea  y  algunos  otros  subalternos 
fueron  removidos  del  ejército  y  reemplazados  por  Rondeau 
y  otros  oficiales  cuyas  opiniones  eran  desconocidas  y  por 
eso  mismo  parecían  menos  desagradables  al  jefe  de  los  orien- 
tales. 

«Pero  Artigas  resuiudó  bien  pronto  la  controversia  y 
puso  á  prueba  los  planes  del  gobierno  de  Buenos  Aires, 
exigiendo  que  la  Banda  Oriental  fuera  considerada  y  trata- 
da como  un  Estado,   con   su  gobierno  propio,  y  que  por  lo 

JOSÉ  ARTIGAS.  — 14  '  T.  1. 


210  JOSÉ    ARTIGAS 

tanto  se  le  permitiera  administrar  sus  asuntos  por  sí  misma 
y  estar  representada  en  debida  forma  y  proporción  en  el 
Congreso  General.  Fué  considerado  esto  por  Buenos  Aires 
como  una  violación  abierta  de  la  organización  del  país  y 
como  la  más  irracional,  criminal  y  declarada  rebelión  con- 
tra el  único  gobierno  legítimo  de  las  Provincias  Unidas,  cu- 
yo gobierno  según  su  doctrina  extendíase  á  todo  el  territo- 
lio  del  antiguo  Virreinato,  dentro  del  cual  la  ciudad  de  Bue- 
nos Aires  había  sido  siempre  y  de  derecho  lo  era  entonces 
y  debía  continuar  siéndolo,  la  capital  de  que  emanase  toda 
la  autoiidad. 

«Artigas  combatió  y  denunció  esto  como  manifestación 
de  un  espíritu  de  injusta  y  arbitraria  dominación  de  parte 
de  Buenos  Aires,  al  cual  no  podía  ni  quería  someterse.  Los 
partidos  se  exaltaron,  la  razón  quedó  obscurecida,  la  to- 
lerancia destei'j'ada  y  el  debate  fué  trasladado  del  terreno 
de  los  argiunentos  al  campo  de  batalla.  Artigas,  no  que- 
riendo llevar  las  cosas  á  sus  últimos  extremos,  por  pruden- 
cia ó  por  un  sentimiento  de  la  inferioridad  de  sus  fuerzas, 
base  mantenido  hasta  ahora  en  la  defensiva,  limitándose  al 
territorio  de  la  Banda  Oriental  y  al  de  Entre  Ríos  asocia- 
do á  su  causa.  Se  asegura  que  en  esta  controversia,  van  ya 
librados  quince  ó  diez  y  seis  combates  reñidos,  y  que  en 
todos  ellos  Buenos  Aires  ha  sido  derrotado  con  grandes 
))ér(.lidas.  En  el  último  combate  librado  á  principios  de 
abril  cerca  de  Santa  Fe,  costado  nordeste  del  río  Paraguay, 
el  ejército  de  Buenos  Aires  que  se  componía  de  1,900 
hombres,  fué  aniquilado  de  un  solo  golpe,  pues  tuvo  800 
muertos  en  el  campo  de  batalla  y  el  resto  quedó  dispersa- 
do. La  noticia  se  recibió  en  Buenos  Aires  con  doloroso  si- 
lencio; la  prensa  no  pronunció  una  sola  palabra  acerca  del 
desastre;  pero  todos  parecían  lamentar  la  política  que  había 
causado  ó  vuelto  inevitable  ese  suceso. 

«Hasta  el  año  1814,  la  provincia  de  Santa  Fe  y  el  dis- 
trito del  país  llamado  Entre  Ríos,  tenían  un  representante 
en  el  Congreso  de  Buenos  Aires.  Posteriormente  se  retiró 
d(!  la  unión  y  entró  al  partido  de  Artigas  y  del  pueblo  de 


DESCARGOS  Y  JÜSTlPlCACrONES  2  I  ! 

la  Baílela  Oriental.  Atribuyó  el  gobierno  de  Buenos  Aires 
este  cambio  en  la  organización  del  país,  á  las  intrigas  y  se- 
ductores principios  de  Artigas.  Pero  aún  cuando  Artigas 
hubiera  maquinado  con  el  pueblo  de  Santa  Fe,  la  conducta 
de  Buenos  Aires,  secundó  poderosamente  sus  planes.  Si  ob- 
servamos la  situación  de  los  pueblos  de  la  unión  y  las  di- 
versas vías  de  comunicación  que  los  ligan  por  tierra  ó  por 
agua,  resaltará  la  ventajosa  posición  de  Santa  Fe,  como 
puerto  de  entrada  y  depósito  para  todo  el  país  hacia  los 
rumbos  Oeste  y  Norte.  Con  tales  ventajas  había  empezado 
á  funcionar  y  el  comercio  afluía  allí.  Pero  Buenos  Aires  se 
interpuso  y  declaró  que  ningún  tráfico  podía  hacerse  por 
Santa  Fe,  sin  haber  seguido  la  vía  de  la  misma  ciudad  de 
Buenos  Aires.  Tan  odioso  é  injusto  monopolio  debía  suble- 
var el  espíritu  del  pueblo  y  constituía,  una  prueba  de  la 
verdad  de  los  principios  sostenidos  por  Artigas.  Por  lo 
tanto,  resolvió  desligarse  de  Buenos  Aires  y  actualmente  fi- 
gura como  aliado  de  Artigas». 

Acerca  del  gobierno  de  Artigas: 

«El  gobierno  del  pueblo  de  la  Banda  Oriental  y  de  En- 
tre Ríos,  desde  su  alianza,  ha  quedado  completamente  en 
las  manos  de  Artigas,  quien  rige  á  su  voluntad,  á  manera 
de  monarca  absoluto,  aunque  sin  séquito,  ó  como  simple 
cacique  indio.  No  se  ve  ningún  organismo  constitucional, 
ni  se  trata  de  crearlo.  La  justicia  díctase  á  voluntad  ó  es 
administrada  de  acuerdo  con  el  mandato  del  jefe». 

Habla  de  la  marcha  futura  de  la  Revolución: 

«Un  punto  difícil  de  determinar  es  el  relativo  á  la  orien- 
tación futura  de  la  Revolución.  Hay  una  cosa,  sin  embargo, 
(]ue  resulta  clara,  á  menos  que  las  actuales  disensiones  ci- 
viles desapai'ezcan  y  que  las  provincias  combatientes  sean 
pacificadas  y  se  reconcilien:  que  serán  totalmente  destrui- 
das ó  por  lo  menos  muy  debilitadas,  aplazándose  muchos, 
si  no  todos,  los  beneficios  y  ventajas  que  de  la  Revolución 
obtendrían  así  las  provincias  como  las  naciones  e.x;tranjeras. 

La  gran  conquista  que  se  proponen  obtener  de  la  Revo- 
lución, es  el  establecimiento  del  sistema  de  gobierno  repre- 


212  JOSÉ    ARTIGAS 

sentativo,  con  todas  sus  instituciones  benéficas  y  protecto- 
ras. Pero  sus  jefes  militares  no  pueden  sufrir  que  el  siste- 
ma sea  implantado,  ni  que  tenga  un  solo  día  de  aplicación 
tranquila  que  le  permita  arraigarse.  Las  insignificantes 
elecciones  de  Cabildo  constituyen  una  prueba  de  los  deseos 
del  pueblo  y  de  sus  desengaños.  Los  jefes,  (todos  y  cada 
uno  de  ellos)  alegan  que  durante  la  efervescencia  de  una 
revolución,  las  elecciones  populares  son  peligrosas  y  que  la 
sumisión  á  un  i)oder  fuerte  y  enérgico  es  necesaria  en  se- 
mejantes épocas.  Y  con  el  pretexto  de  las  perturbaciones  y 
necesidades  de  los  tiempos,  todos  ellos  se  niegan  á  permitir 
al  pueblo  una  sola  experiencia  de  elección  popular  general 
y  genuina. 

«Artigas,  en  la  situación  en  que  se  encuentra,  arrastra- 
do primero  en  una  dirección,  después  en  otra,  atacado  por 
los  portugueses  y  por  los  patriotas  de  Buenos  Aires,  y  en 
guardia  siempre  ante  la  posibilidad  de  un  ataque  imprevis- 
to de  España,  tiene  á  toda  la  población  de  la  Banda  Orien- 
tal sometida  al  imperio  de  su  voluntad  y  se  encuentra  fa- 
cultado, gracias  á  ese  pretexto  plausible,  para  gobernar  á 
todos  con  la  arbitrariedad  de  un  cacique  indio». 

Se  ocupa  finalmente  el  autor  de  la  invasión  portuguesa: 
«El  ejército  portugués  bajo  el  mando  del  general  Lecor 
ocupa  actualmente  la  ciudad  de  Montevideo  y  tres  ó  cuatro 
millas  en  torno  de  ella.  El  gobierno  de  Buenos  Aires  y  el 
rey  de  Portugal  están  ahora  en  paz.  Aparentemente  existen 
relaciones  perfectamente  amistosas  entre  Montevideo  y 
Buenos  Aires.  En  cambio,  existen  ahora  y  siempre  han 
existido  las  más  vivas  hostilidades  entre  Artigas  y  los  por- 
tugueses. Diríase  que  Artigas  y  sus  gauchos  defienden  va- 
lerosamente sus  hogares,  sus  derechos  y  su  patria;  y  que  el 
rey  de  Portugal,  aprovechándose  de  la  debilidad  y  de  las 
dificultades  que  rodean  á  su  pariente  Fernando  VII,  tiene 
el  propósito  de  agrandar  sus  dominios  mediante  la  anexión 
de  una  parte  de  la  provincia  al  Brasil  >. 


DESCARGOS  Y  .H'STíFfCA("[OXF,S  21o 


El  cuadro  de  la  época  8c;;'úii  Blaiid. 

Tales  son  los  páiTafos  del  informe  de  Bhiiid,  relativos  á 
Artigas  y  Ji  sus  contiendas  con  el  gobierno  de  Buenos  Ai- 
res. Ellos  arrojan  viva  luz  sobre  el  cuadro  de  la  época  y 
tienen  considerable  valor  histórico,  como  síntesis  de  las  ob- 
servaciones personales  de  un  testigo  inteligentísimo  y  abso- 
lutamente imparcial,  al  que  asediaban  [)or  todos  latios  los 
calumniadores  y  perseguidores  del  jefe  de  los  orientales, 
jiara  enrolarlo  en  sus  filas  y  vincularlo  á  sus  anatemas.  El 
libelo  infamatoiio  de  Cavia,  era  vomitado  en  esos  momentos 
por  la  imprenta  oficial.  El  Deán  Funes  escribía  con  desti- 
no á  los  comisionados  norteamericanos  «La  Historia  de  las 
Provincias  Unidas  del  Río  déla  Plata.  Años  181Gá  1818», 
también  con  criterio  profundamente  antiartiguista.  Pero 
Blaud,  elevándose  á  la  altura  de  su  talento  y  de  la  imparcia- 
lidad de  su  cargo,  formula  el  proceso  de  la  prensa  de 
Buenos  Aires  por  el  servilismo  de  sus  apreciaciones,  de- 
muestra que  allí  es  desterrado  todo  el  que  se  pronuncia 
contra  la  autoridad  y  contra  sus  hombres  dirigentes;  y 
cuando  entra  con  el  escalpelo  á  estudiar  las  causas  del 
histórico  antagonismo  entre  Artigas  y  Buenos  Aires,  pre- 
viene que  es  necesario  separar  todos  los  vituperios  y  re- 
criminaciones con  que  aparecen  mezcladas  las  causas  verda- 
deras y  fundamentales  de  ese  antagonismo.  El  libelo  de 
Cavia,  queda  entei'rado  con  esas  palabras  y  también  queda 
enterrado  el  opúsculo  del  Deán  Funes,  que  los  comisiona- 
dos adjuntaron  al  gobierno  norteamericano  como  elemento 
de  estudio  de  las  cuestiones  del  Río  de  la  Plata. 

Cortada  así  la  parte  pútrida,  el  eminente  observador  pu- 
do ver  con  absoluta  claridad  que  la  causa  única  de  los  an- 
tagonismos y  de  la  guerra  era  de  índole  constitucional;  que 
mientras  que  Artigas  con  la  vista  fija  en  el  ejem[)lo  de 
Norte  América,  quería  elecciones  [)opulares,  autonomía  en  las 
provincias  y  régimen  federal,  el  círculo  imperante  en  Bue- 
nos Aires  rechazaba  las  prisneras  como  peligrosas  y  conde- 


214  JOSÉ    ARTIGAS 

nal)a  las  demás  como  opuestas  al  desarrollo  y  al  poder  de 
la  capital.  Pudo  ver  también  que  si  Artigas  no  ponía  en 
práctica  el  régimen  político  que  inscribía  en  sus  programas, 
debíase  sencillamente  á  que  su  partido  no  estaba  en  el  po- 
der ni  tenía  la  prensa  de  su  lado,  y  que  si  en  los  territorios 
de  su  dependencia  inmediata  no  regía  constitución  alguna, 
era  porque  las  exigencias  de  la  defensa  nacional  lo  tironea- 
ban en  todas  direcciones,  frente  al  triple  peligro  de  la  inva- 
sión española,  de  la  invasión  portuguesa  y  de  la  absorción 
porteña.  Otra  cosa  llamó  la  atención  del  eminente  observa- 
dor, según  lo  revelan  los  párrafos  transcriptos:  la  conniven- 
cia de  Buenos  Aires  con  los  portugueses  para  anonadar  á 
Artigas. 

Dictamen  de  Bodney. 

Del  informe  del  segundo  de  los  comisionados  norteame- 
ricanos de  1818,  insertos  en  la  obra  «The  Reports  on  tlie 
present  state  of  tlie  united  provinces  on  South  America ^> 
(Biblioteca  Mitre),  reproducimos  los  siguientes  párrafos: 

«No  ha  tenido  solución  todavía  la  controversia  con  Ar- 
tigas, el  jefe  de  los  orientales.  Este  hecho;  ciertos  celos  por 
la  influencia  preponderante  de  la  ciudad  de  Buenos  Aires 
en  los  asuntos  generales  de  las  provincias;  la  conducta  del 
mismo  gobierno  con  relación  á  los  portugueses;  y  los  altos 
derechos  de  aduana,  que  según  entiendo  han  sido  rebajados 
después,  parecían  ser  las  causas  principales  del  conflicto,  al 
tiempo  de  mi  partida. 

«El  general  Artigas  (que  tiene  el  carácter  de  jefe  de  los 
orientales  y  que  ha  asumido  también  el  de  protector  de 
Entre  Ríos  y  Santa  Fe)  estuvo  primitivamente  al  servicio 
real,  como  capitán  de  un  cuerpo  provincial.  Continuó  por 
algún  tiempo  en  su  empleo  después  de  estallada  la  Revo- 
lución cu  Buenos  Aires.  Pero  en  el  año  1811,  resultándole 
ofensiva, según  se  ha  dicho,  la  conducta  del  comandante  es- 
pañol de  la  Colonia,  abandonó  la  causa  real  y  entró  al  ser- 
vicio de  los  patriota'^.  Por  el  año  1813,  durante  el  sitio  de 


DESCARÓOS  Y  .irSTIFICACIONES  215 

Montevideo,  tuvo  desinteligeneias  con  Sarrateii,  eouiandaii- 
te  en  jefe  de  Buenos  Aires.  Destituido  Sarratea  del  coman- 
do del  ejército,  se  distanció  de  Rondeau  con  el  cual  se  le 
suponía  nuis  vinculado,  y  finalmente  se  retiró  del  sitio  de 
Montevideo,  antes  de  (jue  éste  fuera  terminado  por  Alvear. 
A  causa  de  ello,  Posadas  lo  trató  como  desertor  y  en  una 
proclama  ofreció  recompensas  por  su  aprehensión  y  puso  á 
precio  su  cabeza.  El  general  Artigas  no  olvidó  ni  perdonó 
eso  jamás. 

«Durante  el  subsiguiente  Directorio  de  Alvear,  fué  indu- 
cido el  gobierno  de  Buenos  Aires  á  dirigir  otra  proclama 
contra  el  general  Artigas.  Pero  sobrevino  la  destitución  de 
Alvear  y  el  pueblo  de  Buenos  Aires  se  esforzó  en  expiar 
su  conducta,  quemando  con  muestras  de  ignominia  la  degra- 
dante proclama.  Se  le  dirigió  á  la  vez  al  general  una  nota 
conciliadora,  que  dio  lugar  auna  contestación  satisfactoria, 
que  fué  el  paso  previo  á  un  infructuoso  esfuerzo  de  reconci- 
liación realizado  por  el  director  interino  coronel  Alvarez,  su- 
cesor de  Alvear.  Figui-a  en  el  apéndice  la  correspondencia 
cambiada  en  tal  oportunidad.  Otras  tentativas  de  reconci- 
liación fracasaron,  no  obstante  los  cambios  habidos  en  el 
Directorio  de  Buenos  Aires.  En  una  ocasión,  fué  propuesta 
la  independencia  de  la  Banda  Orientab  de  Buenos  Aires, 
con  la  sola  obligación  de  enviar  diputados  al  Congreso  Ge- 
neral, para  concentrar  medidas  contra  el  enemigo  común. 
Otra  vez,  cuando  el  ejército  portugués  se  aproximaba  á  las 
fronteras  de  la  Banda  Oriental,  intentó  Pueyrredón  reconci- 
liarla y  unirla  á  la  defensa  común.  Fueron  ofrecidos  y  en 
parte  suministrados,  amplios  subsidios  de  armas  y  municio- 
nes de  guerra;  pero  también  fracasó  este  esfuerzo. 

«Para  dar  una  idea  acabada  del  asunto,  acompaño  una 
traducción  de  la  expresiva  carta  del  general  Artigas  al  se- 
ñor Pueyrredón. 

«Es  justo  agregar  que  el  general  Artigas  es  considerado 
por  personas  dignas  de  crédito,  como  ui]  amigo  firme  de  la 
independencia  del  país. 

«No  debe  pedírseme  una  opinión  definitiva  en  tan  deli- 


21G  JOSÉ    ARTIGAS 

cjida  cuestión,  porque  mi  posición  no  me  permitía  abarcar 
la  totalidad  de  los  hechos.  Tampoco  he  tenido  la  satisfac- 
ción de  celebrar  una  entrevista  personal  con  el  general  Ar- 
tigas, que  es  incuestionablemente  un  hombre  de  talentos 
poco  comunes  y  excepcionales. 

«Pero  si  tuviera  que  arriesgar  una  conjetura,  creo  que  no 
es  improbable  que  en  esta  como  en  la  mayoría  de  las 
disputas  de  familia,  existan  faltas  de  ambos  lados.  Es  de  la- 
mentarse que  se  encuentren  en  abierta  liostilidad.  La  gue- 
rra prosigue  con  gran  animosidad.  En  dos  recientes  encuen- 
tros, las  tropas  de  Buenos  Aires  han  sido  derrotadas  con 
grandes  pérdidas.  Hay  quien  afirma  que  los  habitantes  de 
la  zona  oriental,  esperan  ansiosos  la  reconciliación,  pero 
que  el  pueblo  de  la  campaña  prefiere  la  situación  presente.» 

Como  se  ve  Rodney,  aun  cuando  no  penetra  á  fondo  en 
las  causas  del  conflicto,  hace  también  el  elogio  de  Ar- 
tigas, al  proclamar  que  las  personas  dignas  de  fe  lo  consi- 
deran como  un  amigo  firme  de  la  independencia  del  país  y 
al  declarar  que  sin  duda  de  ninguna  especie  se  trata  de  un 
hombre  de  excepcionales  talentos. 

Dictamen  «le  Orabam. 

En  la  misma  obra  «The  rejiorts  on  tlie  present  state  of 
the  united  provinces  on  Bouth  America»,  se  registra  el 
informe  del  tercer  comisionado  norteamericano,  Graham, 
al  que  pertenecen  los  párrafos  que  se  leerán  á  continuación: 

«El  general  Artigas  y  sus  partidarios  sostienen  que  la 
intención  del  gobierno  de  Buenos  Aires  es  dominarlos  y 
obligarlos  á  someterse  á  un  estado  de  cosas  que  les  arreba- 
te los  privilegios  del  self-goveniment  que  se  consideran 
con  derecho  á  reclamar. 

«Dicen  ellos  que  están  deseosos  de  unirse  al  pueblo  de 
la  margen  occidental  del  río,  pero  no  en  forma  de  quedar 
sujetos  á  lo  que  llaman  la  tiranía  de  la  ciudad  de  Buenos 
Aires. 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  217 

«Opinan  otros,  al  contrario,  que  se  trata  simplemente  de 
un  pretexto  y  que  el  objeto  real  del  general  Artigas  y  algu- 
nos de  sus  principales  oficiales  es  impedirla  unión  á  todo 
trance  y  conservar  el  poder  (|ue  han  adquirido  mediante 
una  falsa  excitación  al  pueblo  que  lo  sigue.  Agregan  los  que 
así  opinan,  que  ellos  quieren  y  desean  colocar  dichas  pro- 
vincias en  el  mismo  pie  que  las  otras;  que  los  más  respe- 
tables habitantes  lo  sal)en  y  aspiran  ansiosamente  á  la 
unión,  pero  que  no  pueden  expresar  con  libertad  sus  sen- 
timientos por  temor  al  general  Artigas,  cuyo  poder  no  está 
contenido  por  ley  alguna.  Fundan  en  esto  la  necesidad  y  la 
procedencia  de  auxilios  para  que  las  provincias  puedan  re- 
sistirlo. En  el  presente  año,  se  han  enviado  ejércitos  á  esas 
provincias,  pero  no  habiéndoseles  incorporado  muchos  ha- 
bitantes, han  sido  derrotados  con  grandes  pérdidas. 

«Esta  guerra  es  muy  dolorosa.  Es  una  fuente  de  grandes 
desgracias  y  á  la  vez  de  extraordinaria  irritación  de  ambas 
partes.  Independientemente  de  otras  causas  de  recrimina- 
ción, cada  una  acusa  á  la  otra  de  haber  traído  el  actual  es- 
tado de  cosas  y  de  crear  una  situación  que  amenaza  poner 
la  más  importante  y  valiosa  porción  del  país  en  manos  de 
un  poder  extranjero,  que  ha  invadido  con  un  ejército  com- 
puesto de  fuerzas  regulares  y  bien  provistas  y  que  gradual- 
mente va  tomando  posesión  de  puntos  estratégicos,  de  los 
que  será  difícil  arrancarlo,  aún  uniendo  todos  los  elemen- 
tos. Que  se  arribará  á  la  unión,  es  á  mi  parecer  indudable, 
salvo  sucesos  desastrosos  para  la  causa  de  la  Revolución. 
Hay  efectivamente  un  interés  recíproco  en  favor  de  esa 
uni5n.  Pero  se  requiere  para  realizarla  mayor  moderación 
y  discreción  de  la  que  en  estos  momentos  puede  esperarse 
de  los  irritados  sentimientos  de  los  principales  personajes 
de  ambos  bandos.» 

Graham,  limita,  pues,  su  tarea  á  exponer  los  términos 
del  conflicto,  sin  acusar  ni  defender  á  Artigas,  ni  á  Puey- 
rredón. 

En  el  apéndice  de  la  obra  que  contiene  los  informes  de 
Kodney  y  de  Graham,  figuran  varios  documentos  notables 


218  JOí^É    ARTIGAS 

de  la  época:  la  historia  de  1810  á  1818  escrita  por  el  Deán 
Funes;  los  autecedentes  de  las  negociaciones  de  paz  entre  el 
director  Alvarez  y  Artigasen  1815;  y  la  famosa  nota  de 
13  de  noviembre  de  1817,  en  que  el  jefe  de  los  orientales 
hace  el  proceso  de  las  connivencias  del  gobierno  argentino 
con  los  portugueses,  y  encarándose  con  el  director  Pueyrre- 
dón,  le  dice:  .  ¿Hasta  cuándo  pretende  V.  E.  apurar  nuestros 
sufrimientos?  Ocho  años  de  revolución,  de  afanes,  de  peli- 
gros, de  contrastes  y  miserias,  debieran  haber  sido  suficiente 
prueba  á  justificar  mi  decisión  y  rectificar  el  juicio  de  ese 
gobierno.  Ha  reconocido  él  en  varias  épocas  la  lealtad  y 
dignidad  del  pueblo  oriental  y  él  debe  de  reconocer  mi  deli- 
cadeza por  el  respeto  á  sus  sagrados  dei-echos,  y  ¿V.  E.  se 
atreve  á  profanarlos?  ¿V.  E.  está  empeñado  en  provocar  mi 
extrema  moderación?  » 

En  cuanto  á  Brackenridge,  limítase  su  obra  «Voyage  to 
South  America»,  en  lo  relativo  al  conflicto  del  Río  de  la 
Plata,  á  transcribir  íntegramente  los  informes  de  Rodney  y 
de  Graham,  sin  aportar  ningún  dato  propio  al  debate. 

Artigas  eii  el  Congreso  norteamericano. 

Los  informes  de  los  comisionados  norteamericanos,  jun- 
tamente con  los  apéndices  ilustrativos  que  contienen  las  no- 
tas de  Artigas,  las  negociaciones  de  1815  y  la  historia  del 
Deán  Funes,  fueron  pasadas  por  el  presidente  Monroe  al 
Congreso  de  los  Estados  Unidos  y  están  transcriptas  en  el 
diario  de  sesiones  del  propio  año  1818,  en  que  los  comisio- 
nados dieron  término  á  su  tarea.  El  Congreso  norteamericano 
había  iniciado  desde  los  comienzos  del  año  un  ardoroso  de- 
bate, en  que  Artigas  y  Pueyrredón  merecieron  apreciacio- 
nes que  conviene  conocer  por  la  elevada  cátedra  política 
en  que  fueron  pronunciadas. 

Del  expresado  diario  de  sesiones,  «Aunáis  of  tUe  Con- 
gress  of  the  United  States  -  1 8 18 v,  (Biblioteca  del  Minis- 
terio de  Relaciones  Exteriores  de  la  República  Argentina) 
vamos  á  reproducir  los  párrafos  relativos  á  nuestro  tema. 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  219 

En  la  sesión  del  24  de  marzo  de  1818,  se  leyó  un  men- 
saje del  ministro  Adams  del  2  del  mismo  mes,  solicitando 
autorización  para  asignar  una  retribución  á  los  miembros 
de  la  comisión  enviada  al  Río  de  la  Plata.  En  la  sesión  del 
día  siguiente,  fué  iniciado  el  debate  acerca  del  reconocimien- 
to de  la  independencia  do  las  Provincias  Unidas,  que  figu- 
raba en  la  orden  del  día  de  esa  sesión  y  que  siguió  figuran- 
do en  la  de  las  sesiones  subsiguientes  del  mismo  mes  de 
marzo.  Destacáronse  dos  oradores:  Poindexter,  por  Mississi- 
pí,  que  hizo  el  proceso  del  director  Pueyrredón;  y  Smith, 
por  Maryland,  que  hizo  el  elogio  caluroso  de  Artigas. 

Habla  Mr.  Poindexter: 

<-PueyiTedón  el  director  supremo,  es  un  jefe  militar  que 
gobierna  á  sus  miserables  subditos  con  una  vara  de  hierro. 
Hace  la  ley  y  la  define,  y  promulga  sus  decretos  con  la 
punta  de  las  bayonetas.  La  propiedad  depende  de  los  ca- 
prichos de  su  voluntad  y  aún  el  sagrado  de  la  correspon- 
dencia privada  es  violado  bajo  la  severa  administració.:;  de 
este  arbitrario  y  suspicaz  gobernante.» 

Oigamos  ahora  á  Mr.  Smith: 

«Si  agregáramos  fuerza  material  al  reconocimiento  diplo- 
mático, entonces  comprendería  su  utilidad;  si  mandáramos 
una  flota  y  un  ejército  en  su  ayuda,  como  la  Francia  lo  hi- 
zo cuando  reconoció  la  independencia  de  nuestro  pueblo, 
prestaríamos  un  servicio  real  y  efectivo;  pero  si  majidáse- 
nios  esas  fuerzas,  ¿qué  se  presentaría  ante  los  ojos  de  nues- 
tros oficiales? 

«Según  un  diario  recientemente  llegado,  el  Directorio  Eje- 
cutivo de  La  Plata  guerrea  en  estos  momentos,  aliado  al  rey 
de  Portugal,  contra  Artigas  que  es  el  jefe  de  la  Banda 
Oriental  y  que  parece  ser  en  verdad  «un  republicano»,  un 
hombre  de  escasa  educación,  pero  de  fuerte  mente  y  gran 
comprensión,  valiente,  activo,  inteligente,  consagrado  á  su 
país,  que  posee  la  completa  confianza  del  pueblo  de  que  es 
jefe.  El  general  ha  encerrado  constan*:emente  á  los  portu- 
gueses en  Montevideo.  Ellos  no  han  podido  desalojarlo  y 
han  sido  vencidos  cada  vez  que  han  pretendido  salir  de  sus 


220  J08É    ARTIGAR 

fortalezas.  Los  oficiales  del  real  gobierno  de  Portugal  han 
obtenido  la  ayuda  del  Director  de  La  Plata,  ¿con  qué  objeto? 
Para  desalojar  y  destruir  al  republicano  general  Artigas. 

«Permítaseme  leer  un  artículo  del  diai'io  recientemente 
llegado.  Hablando  de  Buenos  Aires  hace  esta  relación:  <^El 
actual  gobierno  reina  con  una  vara  de  acero.  El  destierro 
está  á  la  orden  del  día.  Pero  necesita  de  toda  la  vigilancia 
de  que  puede  disponer,  para  contener  la  llama  que  surge  en 
estos  momentos  y  que  estallará  con  una  violencia  sin  prece- 
dentes en  este  país».  Agrega:  «El  ataque  llevado  por  este 
pueblo  (de  La  Plata)  contra  el  general  Artigas  ha  tenido 
su  compensación  merecida:  en  el  primer  combate  ha  expe- 
rimentado una  pérdida  de  trescientos  muertos  y  cuarenta  y 
siete  prisioneros  y  una  pieza,  de  artillería.  Artigas  es  un 
hombre  valiente,  inteligente,  de  corta  educación,  pero  de  sa- 
no y  sólido  criterio,  adorado  por  su  ejército  y  el  pueblo  de 
su  provincia,  y  yo  creo  que  es  el  íínico  republicano  verda- 
dero que  existe  en  el  país.  Se  halla  actualmente  luchando 
contra  los  esfuerzos  combinados  del  rey  de  Portugal  y  de 
este  gobierno  (La  Plata).  ¡Cuánto  debe  sufrir  un  republica- 
no al  ver  que  la  gente  clama  contra  todas  las  monarquías 
y  al  mismo  tiempo  ayuda  á  una  testa  coronada  á  establecer 
su  tiránica  dominación  sobre  un  pueblo  libre!. v 

«Señor  Presidente:  yo  no  puedo  garantir  la  verdad  de 
esta  información;  pero  encuentro  en  ella  tan  notables  mues- 
tras de  autenticidad,  que  no  vacilo  en  darle  crédito  y  en 
afirmar  que  ella  debe  inclinarnos  á  la  duda  y  á  rechazar  to- 
do acto  que  importe  imniscuirnos  en  la  guerra  mientras  no 
esteraos  mejor  informados.  Nosotros  tendremos  noticias 
completas  cuando  regresen  nuestros  comisionados.  Son  en- 
teramente adictos  á  la  causa  patriótica  y  debemos  aguardar 
su  informe. 

«Sabe  el  Presidente  que  cuando  el  Portugal  descubrió 
el  Brasil,  pretendió  derecho  hasta  el  Río  de  la  Plata;  (pie 
cuando  dicho  [)aís  cayó  bajo  la  dominación  de  Felipe,  rey  de 
España,  éste  fundó  á  Montevideo,  y  que  al  ser  arrancada 
la  corona  de  Portugal  de  España  por  el  duque  de  Bra- 
ganza,  la  Banda  Oriental  quedó  bajo  el  dominio  español. 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  221 

«El  rey  de  Portngnl  se  ha  aprovechado  de  la  actual  con- 
dición de  Esparin:  ha  tomíido  posesión  de  Montevideo  en 
virtud  de  su  título  y  está  deseoso  de  conquistar  toda  In 
Banda  Oriental.  Artigas  ha  contenido  con  éxito  hasta  ahora 
esa  conquista.  El  rey  de  Portugal  [)arece  que  es  impotente 
para  realizar  su  plan  y  ha  conseguido  ya  la  ayuda  del  Su- 
premo Directorio  de  La  Plata,  y  las  tropas  republicanas  de 
La  Plata  híicen  la  guerra  como  aliadas  del  rey  de  Portugal 
y  del  Brasil  pai'a  vencer  al  valiente  y  bizarro  (brave  and 
gallant)  i-epubiicano  general  Artigas». 

Al  finalizar  el  mismo  año  1818,  el  presidente  Monroe, 
como  lo  hemos  dicho  ya,  pasó  al  Congreso  todos  y  cada 
uno  de  los  informes  y  documentos  que  recibió  de  sus  co- 
misionados en  el  Río  déla  Plata,  y  el  debate  acerca  del  re- 
conocimiento de  la  independencia  continuó  todavía,  aunque 
sin  recíier  ya  sobre  los  hombres  que  actuaban  en  el  escena- 
rio político. 

La  fliploniafia  argentina  osi  Norte  América. 

Como  antecedente  y  complemento  á  la  vez  de  los  infor- 
mes de  los  comisionados  norteamericanos  de  1818  y  del 
debate  parlamentan©  acerca  del  reconocimiento  de  la  inde- 
pendencia del  Río  de  la  Plata,  vamos  á  extractar  algunos 
documentos  de  la  obra  del  doctor  Alberto  Palomeque 
«Orígenes  de  la  diplomacia  argentina»,  en  la  que  también 
se  hace  mención  circunstanciada  de  esos  informes  y  de  ese 
debate. 

En  nota  del  ministro  de  Norte  América  en  Madrid, 
Alexander  H.  Everett,  de  1826,  se  dice  con  referencia  á 
Pueyrredón  que  <  fué  unánimemente  execrado  por  todo  el 
continente  americano,  y  que  á  fin  de  escapar  á  una  muerte 
ignominiosa  fué  obligado  á  esconderse  en  algún  rincón  obs- 
curo, donde  seguramente  ha  muerto  de  dolor  y  de  vergüen- 
za. Tal  es  la  historia  del  único  considerable  apóstata  que 
ha  sido  hasta  ahora  arrebatado  á  la  causa  de  la  independen- 
cia de  América». 


222  JOSÉ    ARTIGAS 

El  ministro  argentino  Aguirre,  en  nota  al  ministro  de 
Estado  Adanis,  de  20  do  diciembre  de  1817,  expresa  que 
en  una  conferencia  anterior  se  lia  hecho  hincapié  <'en  la 
ocu[)ación  de  Montevideo  por  las  tropas  portuguesas»;  y 
ngrega  refiriéndose  á  planes  de  absorción  de  ia  Banda 
Oriental  por  las  cortes  de  Portugal  y  de  España,  que  «uno 
de  nuestros  más  distinguidos  jefes,  ayudado  con  recursos 
amplios  está  ahora  empeñado  en  rechazarlos».  (En  opinión 
del  doctor  Palomeque,  el  distinguido  jefe  de  que  habla  el 
diplomático  argentino,  eia  el  general  Rivera,  á  quien  en 
esos  momentos  se  le  consideraba  unido  á  la  causa  de  Bue- 
nos Aires). 

El  ministro  de  Estado  Adams  adjuntó  el  25  de  marzo 
de  1819  á  la  Cámara  de  Representantes  los  antecedentes 
sobre  la  misión  Aguirre.  Refiriéndose  en  su  oficio  al  luodo 
de  practicar  el  reconocimiento  de  la  independencia  del  Río 
de  la  Plata,  dice  que  el  agente  Aguirre  le  había  manifesta- 
do que  el  territorio  cuyo  reconocimiento  deseaba  obtener 
era  el  que  antes  de  la  Revolución  había  pertenecido  al  Vi- 
rreinato de  La  Plata;  y  agrega:  «Se  le  preguntó  por  qué  no 
incluía  á  Montevideo  y  el  territorio  ocupado  por  los  portu- 
gueses, desde  que  la  Banda  Oriental  entendíase  estaba  bajo 
el  gobierno  del  general  Artigas  y  algunas  provincias  aun 
bajo  la  posesión  indisputable  del  gobierno  español.  Dijo 
que  lo  hacía;  pero  observó  que  Artigas,  aunque  en  hostili- 
dad con  el  gobierno  de  Buenos  Aires,  sostenía  sin  embargo 
la  causa  de  la  independencia  contra  España  y  que  los  por- 
tugueses no  podían  finalmente  mantener  su  posesión  en 
Montevideo ...  La  observación  hecha  al  señor  Aguirre  de 
que  si  Buenos  Aires  debía  ser  reconocido  como  indepen- 
diente, otras  de  las  provincias  contendoras  querrían  quizá 
pedir  lo  mismo,  tuvo  particular  referencia  á  la  Banda 
Oriental.» 

Como  se  ve,  el  debate  entre  Artigas  y  el  gobierno  de 
Buenos  Aires  tuvo  honda  repercusión  en  Norte  América, 
en  donde  la  conducta  y  principios  políticos  del  jefe  de  los 
orientales  fueron  debidamente  apreciados  y  dieron  lugar  á 
juicios  comparativos  del  más  alto  valor  histórico. 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  223 

En  opinión  del  doctor  Pidomeqne,  á  la  pro[)aganda  del 
general  José  Mignel  Carrera,  debíanse  las  referencias  elo- 
giosas á  Artigas.  Pero  aun  cuando  en  el  debate  sonó  el 
i'onibre  de  un  sobrino  dcil  militar  chileno,  como  lo  recuer- 
da el  doctor  Palome(|ue,  no  tenían  ni  podían  tener  ese  ori- 
gen marcadamente  antiartiguista  los  juicios  favorables  que  se 
pronunciaban  en  el  seno  del  Congreso.  El  gobierno  norte- 
americano tenía  en  el  Río  de  la  Plata  un  agente  consular 
que  estaba  en  contacto  con  Artigas  y  que  debía  natural- 
mente comunicar  á  su  ministro  todas  las  informaciones 
tendientes  á  facilitar  el  estudio  de    las  cuestiones  del  Plata. 

En  la  importantísima  publicación  inglesa  «British  and 
Foreign  state  papers»,  volumen  correspondiente  al  año 
]S17-181S  (Biblioteca  del  Ministerio  de  Relaciones  Exte- 
riores de  la  Re[)úb[ica  Argentina)  se  registra  el  siguiente 
oficio  de  Artigas  al  presidente  Monroe,  datado  en  Purifica- 
ción el  l.^'de  septiembre  de  1817,  que  también  ha  repro- 
ducido el  tloctor  Palomeque  en  su  obra: 

«Excelentísimo  Señor:  Ya  tuve  el  honor  de  comunicar 
privadamente  con  Mr.  Thomas  Llojd  Halvey,  cónsul  de 
los  Estados  Unidos  cuestas  proviticias,  y  debo  felicitarme 
de  un  suceso  tan  agradable.  Le  he  ofrecido  todos  mis  res- 
petos y  servicios  y  aprovecho  esta  oportunidad  favorable 
para  presentar  á  V.  E.  mis  más  cordiales  respetos.  Los 
diversos  sucesos  de  la  Revolución  no  me  han  permitido 
hasta  ahora  combinar  este  deber  con  mis  deseos.  Ruego  á 
V.  E.  quiera  ace[)tarlos,  ya  que  tengo  la  honra  de  ofrecer- 
los con  la  misma  sinceridad  con  que  lucho  para  promover 
el  bienestar  público  y  la  gloria  de  la  República.  A  su  sos- 
tén se  dirigen  todos  mis  esfuerzos  y  los  de  millares  de  mis 
conciudadanos.  Que  el  cielo  escuche  nuestros  votos.  Si  así 
fuere,  renovaré  á  V.  E.,  aún  más  calurosamente,  mis  consi- 
deraciones». 

Otros  te»$timoiiio!^  de  coutcniporáncos. 

Don  Carlos  Auaya,  uno  de  los  personajes  de  la  indepen- 
dencia, que  en  la  época  subsiguiente  de  organización  cons- 


224  JOSÉ    ARTIGAS 

titucionnl  prestó  al  país  servicios  eminentes,  se  expresa  así 
en  carta  ;1  don  Gabriel  A.  Pereyra,  datada  en  Montevideo 
el  12  de  marzo  de  1825  («Correspondencia  confidencial  y 
política  del  señor  Gabriel  A.  Pereyra»): 

«Siempre  he  tenido  la  más  pura  fe  en  la  independencia  y 
libertad  de  nuestro  territorio,  y  creo  aunque  los  reveses  de 
la  fortuna  y  la  variabilidad  de  la  guerra  han  entregado  este 
rico  patrimonio  al  extranjero,  día  llegará  en  que  se  sacudi- 
rán el  yugo  ominoso  los  orientales  y  que  la  patria  de  Ar- 
tigas, del  inmortal  Artigas,  de  esa  víctima  sacrificada 
por  el  gobierno  de  Buenos  Aires,  por  las  ambiciones  y 
por  las  maldades  que  rigen  su  política  para  con  estos 
desgraciados  países,  ocupará  el  rango  de  pueblo  libre  é  in- 
dependiente entre  las  demás  repúblicas  americanas». 

El  coronel  Juan  José  de  Aguiar,  uno  de  los  oficiales  de 
la  independencia,  en  carta  dirigida  á  don  Gabriel  A.  Perey- 
ra en  noviembre  de  185G  («Correspondiente  confidencial  y 
política  del  señor  Gabriel  A.  Pereyra»),  acompaña  impreso 
el  discurso  que  pronunció  con  motivo  de  la  traslación  délos 
restos  del  jefe  de  los  orientales  al  cementerio  de  Montevideo, 
y  advierte  que  sus  informes  han  sido  «obtenidos  por  datos 
presenciales  y  por  algunos  documentos  auténticos  que  le 
cabe  la  satisfacción  de  poner  bajo  la  guardia  protectora  de 
V.  E.,  y  son  los  despachos  de  ayudante  mayor  y  capitán  de 
blandengues  dados  por  el  gobierno  español  al  expresado 
general;  una  nota  honrosa  que  le  dirigió  el  gobernador  de 
esta  plaza  don  Pascual  Ruiz  Huidobro;  otra  en  que  los  apo- 
derados del  cuerpo  de  hacendados  del  Kío  de  la  Plata, 
agradeciéndole  sus  servicios  en  campaña  certifican  haberle 
designado  una  remuneración;  y  finalmente  una  misiva  del 
Excelentísimo  Cabildo  gobernador  de  esta  ciudad  ofrecién- 
dole recursos  á  su  esposa;  con  más  tres  cartas  de  familia 
firmadas  de  puño  y  letra  del  mismo  general  que  revelan  el 
patriotismo  más  elevado.» 

En  su  discurso  establece  el  coronel  Juan  José  Aguiar, 
que  Artigas  prestó  importantes  servicios  á  la  monarquía 
española  como  capitán  de  milicias  y  ayudante  de  blanden- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICAÍJIONEM  22;") 

gues  á  fines  del  siglo  pasado  y  á  j)i¡iie¡|)ios  del  presente. 
«Elegido  por  el  euerpo  de  liaeendados  del  país  para  de- 
fender sus  intereses  y  ganados  de  nn  enjambre  de  salteado- 
res que  asolaban  nuestros  campos  llevando  el  espanto  y  la 
desolación  hasta  perderse  en  los  bosques  y  fronteras  del 
Brasil,  en  cuya  persecución  y  escarmiento  desplegó  tanto 
valor,  actividad  y  [)er¡cia  que  consiguió  en  muy  breve  estable- 
cer el  sosiego  de  la  campaña  y  la  seguridad  de  las  familias, 
mereciendo  el  aplauso  del  gobierno  y  sin  remuneración  al- 
guna». El  año  181 1  reunió  «en  torno  suyo,  siendo  ya  capi- 
tán, un  puñado  de  valientes  decididos  y  dio  el  grito  de  in- 
dependencia á  que  respondió  el  gobierno  de  las  Provincias 
del  Río  de  la  Plata  con  todo  género  de  auxilios,  y  al  frente 
en  las  Piedras  de  un  ejercito  poderoso,  fuerte  y  aguerrido, 
realizaba  el  primei"  paso  de  tan  memorable  empresa,  que 
sólo  un  hombre  extraordinario  y  de  prestigio  pudo  inten- 
tar y  conseguir. ..  La  calidad  de  este  acto,  señores. que  mu- 
cho regrandece  el  concurso  de  tan  buenos  ciudadanos  y  de- 
más personas  atraídas  por  la  fama  de  esta  pompa  fúnebre, 
es  una  expresión  solemne  é  imperecedera  de  duelo  y  de 
respeto  á  la  memoria  del  oriental  ilustre  y  de  reconoci- 
miento á  sus  servicios,  que  algún  día  deben  formar  la  le- 
yenda más  grande  y  edificante  de  entusiasmo  y  naciona- 
lismo en  la  relación  histórica  de  la  revolución  de  esta  par- 
te de  la  América  del  Sud». 

Don  Juan  Manuel  de  la  Sota,  que  en  las  contiendas  de 
Artigas  con  el  gobierno  de  Buenos  Aires,  estuvo  perma- 
nentemente al  servicio  de  este  último  y  que  en  consecuen- 
cia era  decidido  adversario  político  del  jefe  de  los  orienta- 
les, al  describir  el  movimiento  insurreccional  de  la  Banda 
Oriental  en  1811,  se  expresa  así  («Cuadros  Plistóricos»): 
«Una  emigración  considerable  de  personas  distinguidas  se 
había  trasladado  á  Buenos  Aires,  y  entre  ellos  los  oficia- 
les del  ejército  don  José  Rondeau  y  don  José  Artigas, 
quienes  después  de  haber  ofrecido  sus  respetos  á  la  autori- 
dad, regresaron  condecorados  con  los  grados  de  tenientes  co- 
roneles y  encargados  del  mando  de  la  tropa». 

JOSÉ  ARTIGAS— 15.  r.  I. 


226  J08É    ARTIGAS 

Habla  Acuña  de  Figueroa  («Diario  histórico  del  sitio  de 
Montevideo»)  del  decreto  de  Posadas  contra  Artigas: 

«Hasta  el  infame  precio,  se  ofrece  al  que  inhumano,  en 
su  ilustre  enemigo,  perpetrase  el  traidor  asesinato  >>,  Y  refi- 
riéndose á  la  espectativa  causada  por  el  anuncio  de  que  sal- 
dría una  comisión  cerca  de  Artigas  para  reconciliarlo  con 
la  plaza,  dice:  «Aun  los  más  entusiastas,  que  el  apodo  supie- 
ron merecer  de  empecinados,  á  Artigas  á  quien  antes  de- 
nostaban, hoy  pretenden  poner  por  héroe  y  santo».  El 
autor,  según  él  mismo  lo  declara,  cuando  escribía  su  obra 
residía  dentro  de  las  murallas  de  Montevideo  y  pertenecía 
al  partido  realista  contra  el  cual  batallaba  ardorosamente  el 
jefe  de  los  orientales. 

El  doctor  José  Valentín  Gómez,  grande  adversario  de 
Artigas,  en  un  memorándum  diplomático  que  presentó  al 
gobierno  de  Río  Janeiro  en  15  de  septiembre  de  1823, 
describe  en  estos  términos  la  insurrección  de  la  Banda 
Oriental,  á  raíz  del  movimiento  de  mayo  de    1810: 

«Los  pueblos  de  la  campaña  se  convulsionaron  en  dife- 
rentes puntos,  y  sacudiendo  la  fuerza  que  los  oprimía,  ocu- 
rrieron luego  á  ponerse  bajo  la  obediencia  del  gobierno  ge- 
neral. Con  ese  mismo  objeto  emigraron  de  aquella  Banda 
los  sujetos  más  distinguidos,  y  entre  ellos  los  oficiales  de 
ejército  don  José  Rondeau  y  don  José  de  Artigas,  que  des- 
pués de  haber  ofrecido  sus  respetos  a  la  autoridad,  regre- 
saron condecorados  con  los  grados  de  tenientes  coroneles  y 
encargados  del  mando  de  las  tropas  que  ya  estaban  en 
marcha  para  aquel  punto  y  debían  ser  engrosadas  con  los 
restos  del  ejército  del  Paraguay.  Luego  que  estas  fuerzas 
atravesaron  el  Uruguay,  se  les  incorporaron  las  divisiones 
de  patriotas  voluntarios  que  se  habían  levantado  en  el  país 
y  se  pusieron  bajo  las  órdenes  del  general  en  jefe.  El  ejér- 
cito marchó  sin  mayor  oposición,  y  la  victoria  de  las  Piedras 
que  obtuvo  su  vanguardia  al  mando  del  teniente  coronel 
Artigas,  le  hizo  dueño  de  toda  la  campaña  hasta  los  mismos 
muros  de  Montevideo». 

Pertenece  el  siguiente  párrafo  á  un   oficio  de  la  Junta 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  227 

del  Paraguay  al  gobierno  de  Buenos  Aires,  de  29  de  enero 
de  1812  (Archivo  Mitre),  relativo  á  la  invasión  portuguesa  y 
á  una  comunicación  de  Artigas,  quien  «ignora  si  serán  los 
mil  doscientos  que  vienen  de  Maldonado,  pero  que  un  pu- 
ñado tan  despreciable  jamás  sería  capaz  de  perturbarlo  ni 
ponerlo  en  cotejo  con  sus  legiones  dispuestas  á  disputar  la 
corona  del  triunfo  á  todo  trance....  Asilo  creemos  indudable- 
mente según  el  crédito  y  opinión  de  ese  gran  general,  sus 
vastos  conocimientos  militares  y  acertadas  disposiciones  que 
ha  tomado  en  todas  las  empresas  con  gloriosa  representa- 
ción, tanto  más  cuanto  lleguen  á  aumentar  sus  fuerzas  con 
el  regimiento  que  le  despacha  V.  E.» 

La  defensa  de  Artigas  por  ios  constituyentes. 

En  abril  de  1858,  el  senador  don  Dionisio  Coronel  pre- 
sentó á  la  Cámara  de  que  formaba  parte  un  proyecto  por 
el  cual  se  daba  el  nombre  de  «Villa  de  Artigas»  al  pueblo 
fronterizo  conocido  hasta  entonces  con  la  denominación  de 
«Arredondo». 

He  aquí  el  dictamen  con  que  lo  patrocinó  hi  Comisión 
de  Legislación,  compuesta  de  los  señores  Antonio  Luis  Pe- 
reyra  y  Francisco  Solano  de  Antuña: 

«El  proyecto  de  ley  presentado  por  el  señor  senador  de 
Cerro  Largo  para  erigir  en  villa,  con  el  título  de  «Artigas», 
eí  pueblo  que  espontáneamente  se  formó  bajo  la  denomi- 
nación de  «Arredondo»,  es  muy  digno  de  la  adopción  de  la 
Cámara.  Situado  en  nuestra  frontera,  sobre  la  margen  del 
Yaguarón,  ha  empezado  á  ser  un  punto  comercial  impor- 
tante, y  lo  será  mucho  más,  después  que  esté  dotado  de  un 
templo  y  de  los  demás  edificios  indispensables  para  las 
oficinas  públicas.  La  denominación  que  se  dé  de  Artigas 
á  aquella  villa,  será  un  monumento  de  gratitud  á  la  me- 
moria del  primer  jefe  de  los  orientales,  que  levantó  la  en- 
seña de  la  libertad  y  que  nos  abrió  la  senda  que  debía  con- 
ducirnos á  la  perfecta  independencia  de  este  país  y  á  su 
constitución.  Facilitando  el  Poder  Ejecutivo  la  traslación 


228  JOSÉ    ARTIGAS 

de  nuevos  pobladores  á  aquel  pueblo  fronterizo,  prosperará 
pronto;  y  será  de  suma  utilidad  para  la  República,  si  se  po- 
ne un  especial  cuidado  en  que  sus  vecinos  sean,  en  su  ma- 
yor parte,  de  origen  y  lengua  española.  De  otro  modo,  cree 
la  Comisión  informante  que  nunca  recuperaremos  el  fruto 
de  nuestros  esfuerzos  en  la  fundación  de  pueblos  sobre  la 
frontera  del  Brasil». 

En  la  sesión  del  2 1  del  mismo  mes  de  abril,  abordó  el 
Senado  el  estudio  de  este  asunto  en  los  siguientes  términos 
que  reproducimos  del  acta  oficial: 

El  señor  Francisco  Solano  Antuña: 

«Que  el  nuevo  nombre  dado  al  pueblo  de  Arredondo, 
merecería  probablemente  la  aprobación  de  ambas  Cámaras, 
porque  el  general  Artigas  babía  sido  el  primero  de  ¡os 
orientales  en  sostener  los  derechos  de  su  país,  y  que  la  su- 
presión del  nombre  actual  de  Arredondo  no  agraviaba  á 
nadie.» 

El  señor  Antonino  Doyningo  Costa: 

«Adoptó  la  idea  con  tanto  mayor  gusto,  cuanto  que  po- 
dría decir  algunas  palabras,  en  obsequio  á  la  memoria  del 
general.  En  efecto:  el  señor  senador  demostró  que  los  he- 
chos que  tanto  aquí  como  en  Europa  se  atribuían  al  gene- 
ral, en  nada  absolutamente  le  pertenecían,  no  sólo  porque 
era  falso  arrancasen  de  él,  ó  fueren  órdenes  suyas,  sino 
también  porque  eran  contrarios  á  su  carácter  franco  y  hu- 
mano de  que  dio  muchas  pruebas.  Entre  otras  cosas,  se  ha 
dicho  que  enchalecaba  á  los  hombres  con  cueros  frescos, 
dejándolos  al  sol,  para  que  el  cuero  secándose  oprimiese  el 
cuerpo  y  brazos.  Yo  desmiento  estos  hechos:  yo  desafío  á 
que  se  me  cite  un  solo  ejemplo.  Los  que  le  han  atribuido  una 
atrocidad  semejante,  no  han  conocido  de  cerca  al  general 
Artigas,  ni  conocen  la  historia  de  nuestro  país.  El  señor 
senador  se  extendió  en  este  sentido,  y  finalmente  concluyó 
pidiendo  que  constasen  en  el  acta  sus  reflexiones,  para  que 
se  viera  que  aún  existe  un  anciano  oriental  testigo  de  todo 
lo  ocurrido,  que  puede  desmentir  esos  hechos,  falsa  ó  ma- 
liciosamente propalados.» 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACrONES  229 

El  seño?'  Ramón  3Iasini: 

«Habló  en  el  mismo  sentido;  y  concluyó  diciendo  que 
él  creía  que  el  Senado  se  honraría  disponiendo  que  los 
restos  del  general,  que  existían  en  la  república  del  Para- 
guay, fueran  traídos  al  país  y  se  colocaran  en  un  monumen- 
to á  su  memoria;  y  que  por  su  parte  ofrecía  al  Senado  una 
espada  del  general,  para  que  fuera  colocada,  si  se  creía  bien, 
en  la  sala  de  sus  sesiones,  con  una  inscripción.  Los  señores 
Antuña  y  Costa  apoyaron  ambas  ideas,  expresando  el  pri- 
mero que  debieran  presentarse  en  forma  de  proyecto.» 

El  señor  José  Benito  Lamas: 

«Que  como  había  varias  personas  del  apellido  Artigas, 
creía  oportuno  indicar  que  la  Capilla  que  había  de  edificarse 
en  el  pueblo,  tuviera  por  Patrono  al  Patriarca  San  José,  con- 
memorando   así  el  nombre  del  general  don  José  Artigas.» 

Con  motivo  de  la  enmienda  á  que  dio  lugar  esta  indica- 
ción, volvió  el  proyecto  á  estudio.  En  la  sesión  del  3t)  de 
abril,  el  señor  Antuña  dijo: 

«Que  la  Comisión  de  Legislación  á  la  cual  pertenecía, 
cumpliendo  con  el  deber  de  presentar  el  artículo  5.°  del 
proyecto  que  señala  límites  á  la  villa  de  Artigas,  en  una 
forma  conveniente  á  llenar  los  conceptos  emitidos  en  la 
set-ión  anterior,  era  ella  de  parecer,  que  el  dicho  artículo  se 
sancionara  con  estas  palabras:  «Y  tendrá  por  Patrono  al 
Patriarca  San  José,  para  perpetuar  la  memoria  del  ilustre 
general  don  José  Artigas». . . .  «Fué  apoyado,  y  puesto  en 
discusión  particular,  el  señor  Masini  fué  de  opinión  que  se 
empleara  otra  palabra  que  la  de  ilustre.  El  señor  Antuña 
conformándose,  propuso  que  se  subrogara  con  la  de  bene- 
mérito, y  la  Cámara  procediendo  á  votar,  aprobó  el  artícu- 
lo 5."  con  esa  adición.» 

A  mediados  de  junio  del  mismo  año  se  ocupó  del  asunto 
la  Cámara  de  Diputados,  sancionando  sin  debate  un  dicta- 
men de  la  Comisión  de  Legislación,  compuesta  de  los  seño- 
res Eduardo  A  cevedo,  Cándido  Joanicó  y  Salvador  Tort, 
que  mantenía  el  cambio  de  denominación  del  pueblo  Arre- 
dondo, pero  ehminaba  la  adición  relativa  á   la   Capilla,  sin 


230  JOSÉ    ARTIGAS 

expresar  las  causas.  Tuvo  que  volver  el  proyecto  al  Senado, 
que  se  conformó  con  la  eliminación,  después  de  un  dicta- 
men de  los  señores  Pereyra  y  Antuña,  en  el  que  se  hacía 
constar  que  aunque  tenían  presente  el  objeto  que  se  había 
buscado  al  introducir  el  artículo  eliminado,  no  les  parecía 
que  la  disidencia  debiera  dar  lugar  á  la  reunión  de  la  Asam- 
blea General. 

No  hubo,  pues,  una  sola  nota  de  protesta  en  la  memo- 
rable Asamblea,  elegida  á  raíz  de  la  terminación  de  la  Gue- 
rra Grande,  contra  el  homenaje  tributado  á  Artigas.  Y  en 
cambio,  cuatro  legisladores,  los  señores  Francisco  Solano 
Antuña,  Ramón  Masini,  Antonino  Domingo  Costa  y  José 
Benito  Lamas,  contemporáneos  de  Artigasy  todos  ellos  de 
altas  condiciones  morales  é  intelectuales,  desmintieron  en  ab- 
soluto la  tradición  de  sangre  y  declararon  que  el  jefe  de  los 
orientales  era  de  probados  sentimientos  humanitarios. 

La  opinión  de  las  autoridades  arji^entinas. 

Es  conocido  el  bárbaro  decreto  que  el  director  Posadas 
y  su  secretario  el  doctor  Nicolás  de  Herrera,  lanzaron  con- 
tra Artigas  el  1 1  de  febrero  de  1814.  Pero  conviene  resu- 
mir su  contenido,  para  apreciar  mejor  la  plena  y  absoluta 
rehabilitación  que  las  mismas  autoridades  argentinas  se  en- 
cargaron de  formular  pocos  meses  después  en  desagravio 
del  jefe  de  los  orientales. 

<.La  incarregibilidad  del  coronel  Artigas  en  su  conduc- 
ta hostil  y  escandalosa,  me  constituye  por  desgracia  en  la 
penosa  situación  de  usar  contra  él  del  rigor  y  de  la  severi- 
dad   Prófugo  de  Montevideo   se  presentó  en  esta  capital 

implorando  la  protección  del  gobierno  y  en  el  mismo  ins- 
tante se  le  condecoró  con  el   grado  de  teniente  coronel 

A  la  noticia  de  la  victoria  de  las  Piedras,  se  le  confirió  el 
empleo  de  coronel. .. .  Apenas  se  vio  elevado  á  un  rango 
que  no  merecía,  empezó  á  manifestar  una  insubordinación 
reprensible,  cuyos  funestos  resultados  ])udo  contener  la  pa- 
ciente moderación  del    general   Rondeau. ...   La   combina- 


DESCARGOS  Y  .TÜSTIFrCACIONES  231 

ción  de  las  circunstancias  hizo  necesaria  entonces  la  retira- 
da de  nuestras  tropas Las  milicias  siguieron  á  don  José 

Artigas  al  interior  de  la  campaña  para  ponerse  en    actitud 

de  observar    los   movimientos    del    ejército    portugués 

Fingiendo  una  ciega  subordinación  y  dependencia  al  go- 
bierno de  esta  capital,  pidió  toda  clase  de  auxilios,  que  se 
le  remitieron  sin  tardanza Imprudente  en  sus  proyec- 
tos, precipitó  sus  operaciones  y  atacando  un  destacamento 
portugués  en  la  villa  de  Belén  contra  las  terminantes 
órdenes  que  se  le  habían  comunicado,  comprometió  á  la 
patria  á  sostener  una  nueva  guerra  en  la  crisis  más  peli- 
grosa    Abiertas  las    hostilidades,    fué  necesario   enviar 

tropas,  armamentos  y  un  general  más  experto  que  dirigie- 
ra la  campaña..  ..  Desde  entonces  empezó  Artigas  á  ma- 
nifestar en  el  disgusto  con  que  recibió  la  noticia  de  la  mar- 
cha de  nuestras  divisiones,  la  perversidad  de  sus  desig- 
nios   El  escribió    al   Paraguay   ofreciendo    pasarse  con 

su  gente  á  la  dependencia  de  aquel  gobierno  para  unirse 
contra  esta  capital;  exaltó  la  rivalidad  y  los  celos  de  los 
orientales,  desobedeció  las  órdenes  del  gobierno  y  de  su 
representante,  y  finalmente  llegó  su  audacia  hasta  el  punto 
de  hostilizar  nuestras  tropas,  paralizar  sus  marchas,  cortar 
los  víveres,  permitir  su  extracción  á  los  sitiados,  admitir 
emisarios  de  Vigodet Mucho  tiempo  hace  que  los  va- 
lientes orientales  estarían  borrados  de  la  lista  de  los  hom- 
bres libres,  si  el  general  Sarratea  haciendo  un  sacrificio  á 
las  circunstancias,  no  hubiera  pasado  por  la  humillación 
de  abandonar  el  mando  y  el  territoiio. . . .  Felizmente  y  en 
la  necesidad  de  suscribir  los  caprichos  de  aquel  bandido, 
pudo  persuadirse  por  los  hombres  buenos  que  el  mando 
del  ejército  y  la  dirección  del  sitio  recayese  en  el  coronel 
Kondeau El  eco  de  la  concordia  resonó  por  todas  par- 
tes en  aquel  día  venturoso.. ..  Los  orientales  colocados  en 
medio  de  los  regimientos  de  la  capital,  reconocieron  la  so- 
beranía de  los  pueblos  en  la  augusta  asamblea  de  sus  re- 
presentantes, jurando  fidelidad  y  obediencia  al  gobierno 
de  las  Provincias  Unidas Pero  Artigas,  perjuro,  ingra- 


282  JOSÉ    ARTIGAS 

to,  insensible  á  las  desgracias  de  sus  hermanos  y  al  inte- 
rés sagrado  de  la  patria,  abrigaba  en  su  seno  los  más  pér- 
fidos designios, . ..  Como  la  presencia  del  general  en  jefe 
era  nn  estorbo  á  sus  miras  ambiciosas,  combinó  el  modo 
de  sustraerse  á  las  leyes  del  orden  y  de  la  justa  dependen- 
cia, cometiendo  el  más  enorme  de    los   delitos Infiel  á 

sus  juramentos  y  después  de  varias  ocultas  entrevistas  con 
los  emisarios  de  la  plaza,  abandona  cobardemente  las  ban- 
deras   Apenas  se  aleja  de   las  murallas  de  Montevideo, 

y;\  einpieza  á  desplegar  su  carácter  sanguinario  y  opre- 
sor..  ..  El  saqueo  de  los  pueblos  del  tránsito,  el  asesinato, 
In  violencia  y  toda  clase  de  horrores,  anunciaban  la  presen- 
cia funesta  del  malvado  enemigo  de  la  humanidad  y  de  su 
patria». 

Rematando  este  proceso,  el  decreto  declara  á  Artigas 
«infame,  privado  de  sus  empleos,  fuera  de  la  ley  y  enemi- 
go de  la  patria»;  dice  que  ^^como  traidor  á  la  patria  será 
perseguido  y  muerto  en  caso  de  resistencia»;  ofrece  una 
compensación  de  «seis  mil  pesos  al  que  entregue  la  perso- 
na de  don  José  Artigas  vivo  ó  muerto»;  y  previene  que 
todos  los  comandantes,  oficiales,  sargentos  y  soldados  que 
siguen  á  Artigas  y  no  se  presenten  dentro  de  los  diez  díjs 
serán  «declarados  traidores  y  enemigos  de  la  patria»;  y 
aquellos  que  fueren  aprehendidos  con  las  armas  en  la  mano 
«serán  juzgados  por  una  comisión  militar  y  fusilados  den- 
tro de  veinticuatro  horas». 

De  las  acusaciones  formuladas,  tendremos  oportunidad 
de  ocuparnos  en  otro  capítulo  de  este  alegato.  Entonces  ve- 
remos que  lo  único  que  hacía  Artigas  era  bregar  por  el  re- 
conocimiento de  los  derechos  de  la  población  oriental, 
cruelmente  sacrificados  cuando  el  levantamiento  del  pri- 
mer sitio;  que  las  disensiones  con  Sarratea  emanaban  del 
plan  d\?  coíitrari'estar  el  prestigio  ci'eciente  del  vencedor  de 
las  Piedras;  que  el  rum[)¡niiento  de  las  hostilidades  con  los 
portugueses,  fué  la  obra  de  los  portugueses  mismos;  y  fi- 
nalmente, (jue  el  al)ai]don()  d(j  la  línea  del  segundo  sitio,  fué 
la  consecuencia  de  la  [)lena  y  tibsoluta  absorción  del  terri- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  233 

torio  oriental  por  la  oligarquía  ele  Buenos  Aires,  empeña- 
da en  reivindicar  los  privilegios  y  prerrogativas  del  cadu- 
cado virreinato. 

Por  el  momento,  nos  bastai-á  decir  que  entre  los  docu- 
mentos del  A.rchivo  General  de  la  Nación  Argentina,  figu- 
ra otro  decreto  del  propio  director  Posadas,  dictado  el  1 7 
de  agosto  de  1814,  por  el  cual  se  desagravia  al  jefe  délos 
orientales  en  estos  textuales  términos: 

«Resultando  de  la  correspondencia  interceptada  en  Mon- 
tevideo que  don  José  Artigas  no  ha  tenido  parte  en  la 
coalición  de  algunos  oficiales  de  la  Banda  Oriental  con  los 
jefes  de  la  plaza,  y  atendiendo  á  su  conducta  posterior  al 
decreto  de  su  proscripción  y  á  lo  convenido  con  el  general 
don  Carlos  Alvear,  lie  venido  en  declararlo,  oído  previa- 
mente mi  Consejo  de  Estado,  buen  servidor  de  la  patria, 
reponerlo  en  su  grado  de  coronel  del  Regimiento  de  Blan- 
dengues, con  todos  sus  honores  y  prerrogativas  y  conferir- 
le el  empleo  de  comandante  general  de  la  campaña  orien- 
tal de  Montevideo,  sin  que  las  resoluciones  anteriores  pue- 
dan perjudicar  su  opinión  y  mérito.  Comuniqúese  este  de- 
creto á  todas  las  provincias  por  mi  Secretario  de  Estado 
y  Gobierno  y  publíquese  en  «La  Gaceta  Ministerial». — 
Gervasio  Antonio  Posadas -k 

Don  Nicolás  Rodríguez  Peña,  encargado  del  gobierno 
de  Montevideo  por  el  director  Posadas,  había  dirigido 
días  antes  á  Artigas  este  honroso  oficio  (28  de  julio  de 
1814),  que  también  obra  original  en  el  Archivo  de  la 
Nación  Argentina: 

«Por  la  primera  vez  tengo  el  placer  de  dirigirme  á  V.  S. 
movido  de  las  circunstancias  felices  que  merecen  nuestras 
mutuas  felicitaciones,  estimulado  además  por  la  afección 
con  que  siempre  he  mirado  su  persona.  Los  intereses  de  la 
patria  por  que  V.  S.  ha  ti'abajado  con  tanto  desvelo  y  el 
carácter  en  que  nos  hallamos,  hacen  necesaria  la  apertura 
de  nuestras  relaciones  que  por  mi  parte  ejecuto  por  medio 
de  esta  carta.  Para  continuarlas  y  realizar  los  grandes  re- 
sultados  que  el   mundo  espera  de  la   feliz  concordia   que 


234  JOSÉ    ARTIGAS 

acaba  de  ajustarse,  espero  las  noticias  de  V.  S.  sobre  el  pa- 
raje en  que  debe  fijarse,  como  ignalniente  las  luces  y  datos 
necesarios  sobre  el  plan  de  arreglo  para  que  de  este  modo 
no  carezcan  nuestras  combinaciones  de  la  unidad  precisa  y 
puedan  de  una  vez  lograrse  nuestros  dignos  deseos  por  la 
prosperidad  general  y  la  conservación  de  la  armonía.  Mucbo 
es  lo  que  la  patria  espera  de  nosotros  en  este  precioso  mo- 
mento, y  V.  S.,  que  tanto  se  esfuerza  en  restablecer  los  días 
de  dulzura  y  de  vida  que  nos  piden  nuestros  hermanos,  va 
á  tener  una  parte  la  más  distinguida  en  este  negocio.» 

Bajo  la  presión  del  Directorio,  lanzó  el  Cabildo  de  Buenos 
Aires  á  principios  del  año  siguiente  la  virulenta  proclama 
contra  Artigas  que  se  leerá  en  otro  capítulo  de  este  alegato. 
Derrumbado  Alvear,  el  propio  Cabildo  de  Buenos  Aires 
dirigió  una  segunda  proclama  al  pueblo  el  30  de  abril  de 
1815  (Antonio  Pereyra  «El  genera)  Artigas  ante  la  histo- 
ria, por  un  Oriental^)),  haciendo  la  apología  del  personaje  en 
estos  términos: 

«Empeñado  el  tirano  en  alarmar  al  pueblo  contra  el  que 
únicamente  suponía  invasor  injusto  de  nuestra  provincia, 
precisó  con  amenazas  á  esta  corporación  á  autorizar  con  su 
firma  la  infame  proclama  del  5  del  corriente.  Ella  no  es 
más  que  un  tejido  de  imputaciones  las  mas  execrables  con- 
tra el  ilustre  y  benemérito  jefe  de  los  orientales  don  José 
Artigas.  Sólo  vuestros  representantes  saben,  con  cuánto 
pesar  dieron  un  paso  que  tanto  ultrajó  el  mérito  de  aquel 
héroe  y  la  pureza  de  sus  intenciones.  El  acuerdo  secreto 
que  celebró  el  Ayuntamiento  es  un  monumento  que  hará  la 
apología  de  su  conducta;  y  aunque  la  confianza  con  que 
empezó  y  contiiuió  sus  relaciones  con  aquel  jefe  lo  since- 
ran suficientemente  para  con  vosotros,  no  obstante  cree  de 
veras  protestar  la  violencia  con  que  le  arrancó  la  tiranía 
aquella  atroz  declaración.  El  Cabildo  espera  de  la  confianza 
que  os  merece  que  esta  solemne  declaratoria  desvanecerá  las 
funestas  impresiones  que  pudo  ocasionar  en  vosotros  un 
procedimiento  forzado.  Ciudadanos:  deponed  vuestros  rece- 
los; vuestros  verdaderos  intereses  son  el  objeto  de  los  des- 


DESCAKGOS  Y  JUSTIFICACIONES  235 

velos  de  vuestro  Ayuntamiento,  y  para  afianzarlos  procede 
de  acuerdo  con  el  jefe  oriental;  la  rectitud  de  intenciones 
del  invicto  <^eneral  es  tan  notoria  y  la  ha  acreditado  de  un 
modo  tan  plausible,  que  no  podéis  dudar  de  ella  sin  agra- 
viar su  decoro.  Olvidad  las  atroces  imposturas  con  que  hasta 
aquí  os  lo  ha  representado  odioso  la  tiranía;  destruid  ese 
fermento  de  rivalidad  que  diestramente  mantenía  el  despo- 
tismo á  costa  de  calumnias  que  dilaceraban  la  conducta  de 
aquel  jefe  para  haceros  gemir  bajo  sus  cadenas  y  alarmaros 
contra  el  bienhechor  generoso  que  se  apresuraba  á  que- 
brantarlas en  vuestro  favor. :-> 

Algo  más  hizo  el  Cabildo  de  Buenos  Aires,  según  lo 
acredita  la  siguiente  resolución  («Gaceta  de  Buenos  Aires», 
de  27  de  mayo  de  1815),  que  lleva  á  su  pie  las  firmas  de 
Escalada,  Belgrano,  Oliden,  Correa,  Cueto,  Vidal,  Rufino, 
Barros,  Zamudio,  Bustamante: 

«El  Cabildo  de  esta  capital,  deseando  dar  á  los  pueblos 
un  testimonio  irrefragable  del  aprecio  que  le  ha  merecido  la 
conducta  del  jefe  de  los  orientales  don  José  Artigas,  como 
también  la  más  pública  y  solemne  satisfacción  de  la  violen- 
cia con  que  fué  estrechado  por  las  fuerzas  y  amenazas  del 
tirano  á  suscribir  la  inicua  proclama  del  o  del  próximo 
pasado,  ultrajante  del  distinguido  mérito  de  aquel  jefe  y  de 
la  pureza  y  sanidad  de  sus  intenciones;  no  satisfecho  con  la 
solemne  protesta  que  contra  tan  atroz  declaración  hizo  en 
el  manifiesto  del  30  del  mismo,  ha  acordado  que  los  ejem- 
plares que  existen  y  conserva  en  su  archivo  sean  quemados 
públicamente  por  mano  del  verdugo  en  medio  de  la  plaza 
de  la  Victoriíi,  en  testimonio  de  la  repugnancia  que  mostró 
á  un  paso  tan  injusto  y  ejecutado  contra  la  rectitud  y  no- 
bleza de  sus  sentimientos:  que  este  acto  que  presenciará  en 
la  galería  del  Cabildo  el  Excelentísimo  Director  reunido  con 
esta  corporación,  se  ejecute  con  auxilio  de  tropa,  asistencia 
del  alguacil,  mayor  y  escribano  de  este  Ayuntamiento». 

Hemos  hecho  repetidas  referencias  á  los  archivos  ofi- 
ciales de  la  Ai'gentina,  por  los  documentos  públicos  con 
que  contribuyen  á   la  rehabilitación   del  jefe  de   los  orien- 


236  JOSÉ    ARTIGAS 

tales.  Y  podemos  agregar,  que  hasta  las  mismas  notas  ín- 
timas del  gobierno  de  Buenos  Aires  se  abstienen  del  co- 
mentario bravo,  que  al  amparo  de  la  reserva  se  habría 
prodigado  si  el  personaje  hubiera  ofrecido  blanco  para  ello. 
Dígalo  el  siguiente  oficio  reservado  al  general  Rondeau,  de 
24  de  octubre  de  1811,  en  que  se  planea  la  anulación  de 
Artigas  á  raíz  de  la  celebración  del  tratado  que  puso  tér- 
mino al  primer  sitio  de  Montevideo  (Archivo  General  de 
la  Nación  Argentina): 

«Consecuente  este  Superior  Gobierno  á  las  miras  políti- 
cas con  que  dispuso  la  comisión  del  general  Artigas  y  sar- 
gento mayor  Soler,  y  con  motivo  de  no  haberse  recibido 
en  tiempo  por  el  señor  diputado  don  Julián  Pérez  la  pre- 
vención que  contiene  el  adjunto  oficio,  por  estrechez  del 
tiempo,  me  ordena  á  prevenir  á  V.  S.  que  creyendo  conve- 
niente la  separación  de  Artigas  de  la  comisaría  de  armas, 
porque  con  ellas  no  sea  que  tratase  de  un  fin  distinto  al  que 
la  impulsó,  al  mismo  tiemj)0  que  por  este  medio  se  logra 
empeñar  más  al  sargento  mayor  Soler  y  distraerlo  de  po- 
der penetrar  su  verdadero  origen,  el  que  con  toda  sagacidad 
insinúe  al  mismo  don  José  Artigas  que  el  gobierno  en  justo 
aprecio  de  su  mérito,  conocimientos,  valor  y  demás  reco- 
mendables circunstancias,  lo  ha  elegido  para  una  tenencia 
de  gobierno  que  va  á  crearse  en  el  departamento  de  Yape- 
yú,  procurando  V.  S.  valerse  de  todos  los  medios  que  crea 
conducentes  á  aquietarlo.» 

La  Justicia  artiguista-  en  el  Ayuí. 

En  la  lista  de  cargos  y  acusaciones,  se  destacan  la  pro- 
tección á  los  autores  de  asesinatos  y  robos  en  el  campa- 
mento del  Ayuí  y  el  espíritu  sanguinario  revelado  en  todas 
las  épocas  por  el  jefe  de  los  orientales. 

Del  material  inagotable  que  existe  en  el  Arckivo  Gene- 
ral de  la  Nación  Argentina,  vamos  á  reproducir  dos  docu- 
mentos que  bastan  y  sobran  para  echar  por  tierra  esas 
acusaciones  que,  lanzadas  por  Cavia  en  su  libelo  infamato- 


DESCARGOS  Y  JÜSTIFTCAOIONES  237 

rio,  están  ahora  difundidas  en  casi  todas  las  obras  del  Río 
de  la  Plata. 

El  12  de  diciembre  de  1811,  comunica  Artigas  al  go- 
bierno de  las  Proviíicias  Unidas,  desde  su  cuartel  general 
del  Salto,  la  ejecución  de  «tres  desgraciados  confesos  y 
convencidos  de  haber  cometido  varios  robos  y  violencias»; 
y  agrega: 

«Mi  natural  aversión  contra  todos  los  crímenes,  parti- 
cularmente hacia  el  horroroso  del  hurto,  y  el  interés  que  he 
concebido  de  que  en  este  ejército  compuesto  generalmente 
de  ciudadanos  virtuosos,  no  se  mezclasen  los  vergonzosos 
desórdenes  que  acarrean  los  malevos,  me  han  movido  á  to- 
mar todas  las  providencias  convenientes  para  evitar  esta 
chíse  de  males;  pero  como  no  es  posible  infundir  sentimien- 
tos rectos  á  las  almas  habituadas  á  una  criminal  arbitra- 
riedad y  obsecadas  en  sus  errores,  y  por  desgracia  no  se 
consigue  reunir  una  multitud  de  hombres  donde  presida  la 
virtud,  nada  ha  sido  bastante  para  cortar  de  raíz  los  vicios 
antes  de  satisfacer  á  la  justicia  por  medio  de  un  castigo 
tan  doloroso  en  su  ejecución  como  útil  en  sus  consecuen- 
cias » . 

Con  motivo  de  estas  ejecuciones,  dirigió  Artigas  un  ban- 
do al  ejército,  del  que  reproducimos  el  siguiente  párrafo: 

«Si  aún  queda  alguno  mezclado  entre  vosotros  que  no 
abrigue  sentimientos  de  honor,  patriotismo  y  humanidad, 
que  huya  lejos  del  ejército  que  deshonra  y  en  el  que  será 
de  hoy  más  escrupulosamente  perseguido:  que  tiemblen, 
pues,  los  malevos,  y  que  estén  todos  persuadidos  que  la  in- 
flexible vara  de  la  justicia,  puesta  en  mi  mano,  castigará 
los  excesos  en  la  persona  que  se  encuentre;  nadie  será  ex- 
ceptuado, y  en  cualquiera  sin  distinción  alguna  se  repetirá 
la  triste  escena  que  se  va  á  presentar  al  público,  para  temi- 
ble escarmiento  y  vergüenza  de  los  malevos,  satisfacción  de 
la  justicia  y  seguridad  de  los  buenos  militares  y  beneméri- 
tos ciudadanos». 

El  segundo  documento,  es  también  un  oficio  de  Artigas 
al  gobierno  de  las  Provincias   Unidas,  datado  en  el  Salto 


238  JOSÉ    ARTIGAS 

Chico,  costa  occidental,  el  24  de  enero  de  1812,  relativo  á 
la  ejecución  de  dos  delincuentes. 

«En  odio  al  crimen  (dice),  determiné  y  firmé  la  sentencia 

de  muerte  que  incluyo  con  el  sumario Vi  el  sentimiento 

de  la  humanidad,  pero  respeté  el  grito  de  la  justicia». 

Establece  la  sentencia  que  obra  al  pie  del  sumario  ad- 
juntado por  Artigas,  que  <-< confrontando  los  cargos  y  con- 
testaciones de  ambos  (los  reos)  en  que  resultan  plenamente 
convencidos  del  asesinato  perpetrado  por  ellos  de  don  An- 
tonio Rivero,  con  robo  y  alevosía,  según  consta  de  decla- 
ración de  ambos  reos,  les  condeno  á  que  sufran  la  pena 
capital,  y  respecto  de  no  haber  proporción  para  que  sean 
ahorcados,  según  previenen  las  ordenanzas,  mando  sean  pa- 
sados por  las  armas  en  la  forma  prevenida  á  la  alevosía  del 
hecho». 

La  vida  de  los  prisioneros  era  sagrada  para  Artig^as. 

Un  tercer  documento  vamos  á  reproducir  del  Archivo  de 
la  Nación  Argentina.  Es  un  oficio  de  Artigas  á  don  Blas 
Pico,  comandante  de  la  división  entrerriana  fidicta  al  go- 
bierno de  Buenos  Aires.  Es  del  5  de  noviembre  de  1814  y 
corresponde,  en  consecuencia,  al  momento  más  grave  de  la 
guerra  civil: 

•? Declarada  la  guerra  contra  estos  pueblos  inocentes  por 
el  gobierno  de  Buenos  Aires,  me  he  visto  en  la  dura  pre- 
cisión de  defenderme  y  hostilizarlo.  Mi  justicia  ha  triunfado 
poderosamente  y  tengo  la  satisfacción  de  asegurar  á  usted 
que  me  sobran  prisioneros  de  las  tropas  de  Buenos  Aires 
para  rescatar  los  que  usted  ha  tomado  de  los  míos.  En  esta 
virtud  propongo  á  usted  un  canje  de  grado  á  grado,  oficial 
por  oficial,  subalterno  por  subalterno  y  soldado  por  solda- 
do. Doy  este  paso  de  humanidad  para  que  estos  y  aquellos 
infelices  gocen  de  tranquilidad  en  el  seno  de  sus  familias  y 
demos  una  lección  al  extranjero  de  que  los  americanos  son 
dignos  de  mejor  suerte.  De  lo  contrario,  haré  entender  á 
usted  y  todos  mis  enemigos  que  no  soy  insensible,  y  en 


DESCARGOS  Y  JüSTlFlCACrONES  239 

justa  represalia  haré  experimentar  á  sus  compañeros  de 
armas  todo  el  rigor  que  usted  ha  hecho  á  los  míos». 

No  era  uu  lenguaje  nuevo  ciertamente.  Era  el  mismo  que 
al  día  siguiente  de  la  batalla  de  las  Piedrag,  había  hecho 
posible  por  primera  vez  en  los  anales  de  la  independencia 
el  canje  de  heridos;  y  el  mismo  con  que  años  después  devol- 
vía Artigas  su  libertad  á  los  prisioneros  de  guerra  remitidos 
al  cuartel  de  Purificación,  entre  los  que  se  destacan  por  su 
elevada  jerarquía  militar,  el  general  Viamonte  y  su  nume- 
j'oso  estado  mayor  de  jefes  y  oficiales,  el  coronel  Olemberg 
y  su  estado  mayor,  y  los  siete  jefes  engrillados  con  que  el 
gobierno  argentino  pretendió  halagar  su  espíritu  de  ven- 
ganza, á  mediados  de  1815. 

Al  contundente  testimonio  que  obra  en  el  Archivo  de  la 
Nación  Argentina,  agregaremos  el  que  reproduce  Bauza 
(«Historia  de  la  Dominación  Española»)  al  ocuparse  del 
derrumbe  de  Alvear.  Artigas,  dice  el  referido  historiador,  en 
un  oficio  ;í  los  sublev^ados  de  Fontezuelas.  hablaba  del  pro- 
yecto que  ellos  tenían  de  sorprenderla  división  de  don  Fran- 
cisco Javier  deViana  y  de  enviar  ese  jefe  en  calidad  de  pri- 
sionero á  Córdoba;  disentía  en  cuanto  á  la  influencia  que 
Viana  podía  ejercer  sobre  esa  ciudad  recién  convertida  al 
federalismo;  y  terminaba  así:  «Yo  me  daría  por  más  satis- 
fecho en  que  ustedes  me  lo  remitieran;  pero  si  este  acto 
arguye  en  mí  alguna  venganza,  yo  soy  más  generoso  y  con 
que  ustedes  lo  pongan  en  seguridad  para  que  responda  de 
sus  operaciones  en  tiempo  oportuno,  quedo  gustosísimo». 

Tuvo  en  su  tiempo  un  éxito  enorme  la  siguiente  frase 
que  Sarmiento  atribuj'^e  al  Macabeo  de  la  insurrección,  co- 
mo llama  al  jefe  de  los  orientales:  «Fusile  usted»,  le  escribía 
á  un  subalterno,  «dos  españoles  por  semana;  si  no  hubiere 
españoles  europeos,  fusile  dos  porteños;  y  si  no  hubiere, 
cualesquiera  otros  en  su  lugar,  á  fin  de  conservar  la  moral». 
Como  Sarmiento  agregara  que  la  orden  escrita  había  sido 
entregada  por  Barreiro  á  un  inglés  llamado  Bugglen,  quien 
la  había  pasado  á  manos  de  su  compatriota  el  señor  Tom- 
kiuson,  Carlos  María  Ramírez  hizo  una  investigación  entre 


240  JOSÉ    ARTIGAR 

los  miembros  de  las  familias  de  Biigglen  y  Tomkinson 
para  probar  como  [)ro})ó  (« Artigas ^^)  que  nunca  había 
existido  semejante  cai'ta. 

Pues  bien,  en  su  historia  de  los  gobernadores  del  Para- 
guay, termina  así  Zinny  su  proceso  contra  el  dictador 
Francia: 

«Para  no  cansar  al  lector,  diremos  que  el  dictador  se 
ocupó  en  azotar  y  seguir  causas  criminales  desde  fines  de 
septiembre  de  1821  hasta  fines  de  diciembre  de  1824. 
Marchaba  con  lentitud  tomando  esas  cosas  como  por  en- 
treteiiimiento,  ó  como  decía  Otorgues  á  su  segundo:  dego- 
llará usted  todas  las  semanas  dos  españoles,  ó  á  falta  de 
éstos  dos  porteños,  y  á  falta  de  éstos  dos  aporteñados,  para 
conservar  la  moral». 

Con  la  misma  facilidad,  uno  pone  en  boca  de  Artigas,  lo 
que  otro  atribuye  á  Otorgues.  Y  se  explica  el  hecho,  tra- 
tándose de  especies  inventadas  y  lanzadas  con  el  propósito 
de  denigrar  al  jefe  de  los  orientales  y  á  todos  los  que  le 
seguían. 

El  elogio  <le  la  preiií^tn  «le  la  época. 

La  muerte  del  dictador  Francia,  ocurrida  á  fines  de  1840, 
arrancó  al  Paraguay  de  su  aislamiento,  y  Artigas  recibió  en 
el  acto  los  homenajes  de  la  prensa  de  su  país. 

En  «El  Nacional»  de  22  de  septiembre  de  1841,  se  inició 
la  campaña  de  repatriación,  con  el  remitido  suscrito  por 
«Un  soldado,»  que  vamos  á  extractar. 

«El  general  don  José  Artigas  á  quien  ella  (la  patria)  de- 
bió su  primer  pensamiento  de  libertad,  como  su  primer  can- 
to de  victoria,  resistiendo  á  todos  los  tormentos  de  una  lar- 
ga cautividad,  existe  todavía  en  donde  la  adversidad  lo  con- 
dujo cuando  sucumbimos  ante  la  poderosa  invasión  portu- 
guesa. El  solo  entre  nuestros  viejos  guerreros  no  ha  podido 
gozarse  en  la  obra;  compañero  de  nuestros  infortunios,  ne- 
góle el  destino  el  placer  de  mirar  nuestros  días  felices.  La 
tumba   de  Francia    encerró,  es  verdad,   los  hierros  que  lo 


DESCARGOS  Y  JllSTlFICACTONES  241 

ngobiaban;  pero  la  patria  aun  no  lia  abierto  sus  puertas  al 
liéroe  que  nos  ocupa,  porque  para  él  no  [)uede  bastar  la 
medida  genei-al  que  permite  á  todos  los  orientales  detenidos  en 
el  Paraguay,  el  regresar  á  este  suelo.  En  su  situación  espe- 
cial, un  llamamiento  especial  es  indispensable  para  nos- 
otros, porque  debemos  una  demostración  de  gratitud  y  apre- 
cio á  quien  tanto  hizo  por  este  pueblo;  para  él,  porque  sin 
testimonio  de  esta  clase,  tal  vez  crea  que  su  patria  lia  aco- 
gido todas  las  acusaciones  que  el  odio  de  los  unos,  que  la 
irreflexión  délos  otros,  ha  lanzado  sobre  el  nombre  de  Ar- 
tigas. ¡Oh!  Calculemos  la  dolorosa  ansiedad  con  que  el  noble 
anciano  espera  esa  prueba  de  justicia  por  parte  de  sus 
compatriotas,  y  apresurémonos  á  llevar  paz  y  consuelo  á 
una  vida  tan  llena  de  dolores  como  es  sublime  en   gloria. 

«La  magnanimidad  de  un  puíiblo  quiere  que  él  no  olvide 
jamás  los  servicios  que  se  le  prestaron.  ¿Y  habrá  quién  ponga 
en  duda  lo  que  el  oriental  debe  al  general  Artigas?  Cuan- 
do era  preciso  voltear  la  tiranía  de  España,  fué  su  brazo  el 
primero  que  la  hirió.  Cuando  era  necesario  resistir  á  las 
injustas  pretensiones  de  Buenos  Aires,  fué  su  voz  la  primera 
que  clamó  contra  ellas.  Cuando  era  preciso  combatir  la  in- 
vasión portuguesa,  fué  su  lanza  la  que  brilló  ú  vanguardia 
de  nuestras  hileras.  Suyo  fué  el  pensamiento  de  la  naciona- 
lidad oriental;  no  suyas  las  desgracias  que  antes  de  reali- 
zarlo hemos  sufrido,  no  suyos  los  males  y  excesos  que  mar- 
caron el  azaroso  tiempo  de  su  protectorado. 

«El  gobierno,  intérprete  de  Vd  voluntad  y  gratitud  na- 
cional, debe  llamar  al  general  Artigas  al  seno  de  la  patria, 
y  debe  llamarlo  con  toda  la  munificencia  que  á  él  corres- 
ponde. Grato  será  sin  duda  al  viejo  soldado  el  escuchar  es- 
te llamamiento  de  la  boca  de  aquel  á  quien  en  los  momen- 
tos de  conflicto  juzgó  el  más  digno  de  reemplazarlo,  de  aquel 
á  quien  él  delegó  su  autoridad  en  la  República  cuando  la 
guerra  lo  llamaba  fuera  de  su  territorio;  y  el  general  Rivera 
llenará  uno  de  los  más  nobles  actos  de  su  vida  política 
cuando  tienda  la  mano  á  su  antiguo  jefe  y  lo  traiga  á  re- 
posar á  la  sombra  del  árbol  de  la  libertad  por  él  plantado. 

JOSÉ   ARTIGAS— 16.  T.  I. 


242  .TOSE    ARTIGAS 

La  Providencia  que  ha  hecho  sobrevivir  al  general  Artigas 
á  tantos  compañeros  suyos  como  ha  batido  el  tiempo  ó  de- 
vorado la  guerra,  que  ha  salvado  su  cabeza  de  la  cuchilla 
sangrienta  del  dictador,  que  le  ha  concedido  llegar  á  una 
edad  tan  avanzada  haciéndolo  testigo  de  la  asombrosa  revo- 
lución que  le  abre  el  camino  de  su  patria,  quiere  visible- 
mente que  goce  en  ella  en  serenidad  y  paz  los  últimos  días 
que  restan  á  la  vejez. 

«El  Pueblo  Oriental  quiere  también  saludar  al  glorioso 
vencedor  de  las  Piedras;  él,  pues,  debe  venir  por  un  decre- 
to solemne,  su  viaje  debe  costearse  por  el  tesoro  de  la 
República,  y  todos  los  honores  debidos  á  su  rango  y  ante- 
cedentes deben  rodearlo,  Quien  conozca  al  guerrero  que  hoy 
})reside  la  República,  sabrá  cuánto  están  en  su  corazón  estos 
votos;  quien  conozca  nuestra  historia  avalorará  toda  la  jus- 
ticia que  las  apoya.  Honremos  á  nuestros  viejos  campeo- 
nes y  nos  honrará  el  mundo.  El  acto  que  más  nos  recomen- 
dará á  la  consideración  de  la  hoy  libre  Re[)ública  del  Para- 
guay, será  el  que  nos  ocupamos  de  su  infortunado  huésped, 
(le  nuestro  primer  soldado  con  la  solemnidad  de  honor  que 
la  patria  reconocida  dedica  á  los  grandes  hombres  de  su 
historia. 

«Quiera  usted,  señor  editor,  publicar  estas  observaciones 
que  me  han  sido  sugeridas,  no  porque  crea  que  nada  se  ha 
hecho  respecto  del  general  Artigas,  (me  consta  que  S.  E.  el 
Presidente  de  laRepública  ha  despachado  un  oficial  para  ofre- 
cerle en  nombre  de  la  República  todos  los  recursos  que 
pueda  necesitar),  sino  porque  desearía  que  esta  oferta  se 
hiciese  con  toda  la  solemnidad  de  que  es  digno  el  general 
Artigas.» 

Constituía  entonces  «El  Nacional»  de  Montevideo  la 
tribuna  más  alta  del  patriciado  porteño  perseguido  por  la 
dictadura  de  Rosas.  Y  la  columna  editoi'ial  de  ese  diario, 
reservada  á  la  brillante  pléyade  del  partido  unitario  que 
más  recios  golpes  había  descargado  contra  Artigas  y  sus 
principios  políticos,  fué  llenada  ese  mismo  día  por  un  ar- 
tículo de  la  dirección,  á  cargo  á  la  sazón  de  Rivera  Indarte, 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  24B 

que  apoyaba  en  esta  forma  la  iniciativa  de  repatriar  al  glo- 
rioso jefe  de  los  orientales: 

«¿Será  posible  que  cuando  todos  los  cautivos  del  tirano 
Francia  respiran  libre  el  aire  del  suelo  natal,  sólo  el  anti- 
guo y  anciano  veterano  Artigas  estuviese  condenado  á  mo- 
rir lejos  de  la  patria,  sin  los  consuelos  de  los  suyos,  en  des- 
amparo y  orfandad?  ¿No  fué  de  sus  primeros  patriotas  y 
el  más  osado  de  sus  libertadores? 

«El  general  Artigas  volverá  muy  pronto  á  su  país.  El 
ilustre  presidente  brigadier  general  don  Fructuoso  Rivera 
aprecia  mucho  las  glorias  de  su  país,  respeta  demasiado  la 
memoria  de  su  antiguo  jefe,  para  que  no  le  abra  las  puer- 
tas de  la  patria  y  sea  él  el  primero  que  lo  estreche  en  sus 
brazos.  No  dudemos,  pues,  que  habrá  hecho  ya  todo 
lo  que  corresponde  hacer  á  la  República.  El  general  Arti- 
gas tan  amante  de  su  país,  se  complacería  en  verlo  próspero, 
rico,  temido,  ilustrado,  llamando  la  atención  del  mundo  y 
presidido  por  el  principal  autor  de  tanta  prosperidad  y  glo- 
ria, por  uno  de  los  salientes  oficiales  á  quien  él  mostró  con 
la  punta  de  la  espada  la  senda  de  la  virtud  y  de  la  gloria.  El 
general  Artigas  no  puede  terminar  su  vida  desterrado. 
¿Quién  tiene  derecho  para  condenarlo  á  tan  doloroso  cas- 
tigo? ¿Quién  lo  ha  juzgado?  ¿Quién  podría  ser  su  acusador? 
El  plantó  la  semilla  del  árbol  de  la  libertad  y  tiene  derecho 
á  reposar  bajo  su  sombra.  El  fué  el  primer  caudillo  de 
los  orientales,  y  la  justicia  le  marca  un  lugar  distinguido 
enti-e  sus  notabilidades  militares.  El  fué  el  primero  que 
gritó  Patria,  y  cuando  este  sublime  voto  está  cumplido, 
¿qué  buen  oriental  querría  privarlo  de  la  patria,  prohibirle 
que  vuelva  á  su  hogar,  negarle  un  sepulcro  en  la  tierra  que 
ilustró  con  sus  hazañas,  que  regó  con  su  sangre? 

«Si  no  hay  sentencia  ni  juez  que  condene  al  general  Ar- 
tigas á  morir  en  el  destierro,  la  República  debe  llamarlo  á 
su  seno,  con  toda  la  numificencia  que  á  ella  corresponde, 
con  toda  la  pompa  á  que  es  acreedor  el  grande  nombre  de 
Artigas.  Cuando  uno  de  sus  hijos  benemérito  por  sus  servi- 
cios, ilustre  por  su  alta  inteligencia,  ó  por   la  heroicidad  de 


244  JOSÉ    ARTIGAR 

SUS  hechos,  lia  sido  prisionero  de  la  tiranía  y  esta  sucumbe 
y  la  República  no  le  extiende  la  mano,  no  lo  llama  á  sí;  le 
advierte  que  no  venga  á  su  suelo,  que  es  peligroso  que  en  él 
estampe  su  planta.  ¿Y  podrá  ser  peligroso  el  venerable  ge- 
neral Artigas  á  la  República  Oi'iental?  ¡No!  El  realzará  su 
esplendor,  bendecirá  el  joven  pabellón  que  no  conoce  y  que 
hoy  flamea  como  símbolo  de  la  existencia  independiente  de 
la  Nación  Oriental. 

«No  acusemos  ni  justifiquemos  la  vida  revolucionaria 
del  general  Artigas.  Nuestros  nietos  serán  más  imparciales 
jueces  que  nosotros.  Dejeiiios  á  la  época,  á  las  circunstan- 
cias, á  la  tendencia  irresistible  de  la  Revolución,  lo  que  es 
suyo;  y  acojamos  con  honor  al  glorioso  vencedor  de  las 
Piedras. 

«El  general  Artigas  debe  volver,  pues,  á  su  patria  por 
un  decreto  solemne,  costeado  por  el  tesoro  de  la  Repúbli- 
ca y  con  los  honores  debidos  á  su  rango  y  antecedentes.  Nos 
adherimos,  pues,  á  las  opiniones  de  nuestro  elocuente  co- 
rresponsal que  bajo  la  firma  de  «Un  soldado»  habla  tan 
dignamente  del  viejo  veterano  general  Artigas». 

Eu  «El  Constitucional»  de  28  de  septiembre  de  1841 
fueron  apoyadas  con  entusiasmo  las  indicaciones  de  «El 
Nacional»,  y  se  agregaba  que  José  María  Artigas  saldría  pa- 
ra el  Paraguay  en  busca  de  su  padre.  Ya  anteriormente 
«El  Constitucional»  en  su  número  de  2  de  julio  del  mismo 
año,  había  hablado  editorialmente  de  Artigas  y  de  su  repa- 
triación en  estos  términos: 

«No  llevaremos  nuestra  pasión  hasta  colocarlo  en  la  lí- 
nea de  los  Bonaparte  ni  Washington;  pero  no  es  posible 
dejar  de  reconocer  en  él  al  primer  jefe  que  tuvo  nuestra 
magnífica  revolución  de  18  Ll  y  al  que  echó  en  esta  tierra 
los  cimientos  de  la  libertad  sobre  los  cuales  se  elevó  des- 
pués ese  suntuoso  edificio  que  hoy  preconizamos.  Hacer 
por  restituir  al  general  Artigas  á  su  patria;  hacer  por  arran- 
carlo á  su  penoso  y  dilatado  destierro,  es  una  obligación  de 
nuestra  parte  y  un  homenaje  debido  á  sus  eminentes  ser- 
vicios». 


DESCARGOS  Y  JUKTJFIC  ACIÓN  ES  245 

Poco  tiempo  antes,  en  la  sección  «Correspondencia»  de 
«El  Nacional»,  de  5  de  mayo  de  1841,  se  había  publicado 
una  solicitadu,  sobre  los  guerrei'os  de  la  independencia,  en 
la  que  se  deprimía  fuertemente  á  Artigas,  según  se  verá 
por  la  siguiente  transcripción: 

«Don  José  Artigas  en  la  Banda  Oriental,  aunque  actor 
de  un  pequeño  teatro  y  en  una  esfera  subalterna,  merece 
también  nuestra  atención  como  uno  de  los  primeros  caudi- 
llos después  de  la  Revolución.  Capitán  de  granaderos  en 
tiempo  del  rey  de  España,  se  pasó  á  los  americanos  en  ven- 
ganza de  haberlo  reprendido  piiblicamente  el  general  Mue- 
sas  en  la  Colonia  por  los  desórdenes  que  permitía  y  autori- 
zaba en  sus  soldados.  Incorporado  al  ejército  patriota  sitia- 
dor, pronto  encontró  también  motivo  de  disgusto,  y  sepa- 
rándose violentamente  de  la  gente  que  le  seguía,  se  decla- 
ró á  la  vez  enemigo  de  los  españoles,  de  los  argentinos  y 
aún  de  su  propio  país,  á  quien  hostilizaba  de  todos  modos, 
ya  hostigando  y  persiguiendo  á  los  naturales  que  no  que- 
rían seguirlo,  ya  talando  la  campaña  y  exterminando  los 
inmensos  ganados  de  todas  clases  de  que  abundaba  y  fo- 
mentaba su  riqueza;  ya  hostilizando  de  cuantos  modos  po- 
día al  ejército  libertador  que  sitiaba  la  plaza,  que  tenía  que 
combatir  á  un  mismo  tiempo  con  la  guarnición  de  la  plaza 
y  con  las  tropas  de  Artigas  por  la  retaguardia,  que  por  la 
posición  eran  más  perjudiciales  que  las  primeras,  pues  es- 
tando en  posesión  de  la  campaña  privaban  al  ejército  pa- 
triota de  ganado  para  el  abasto  y  de  caballos  para  sus  ope- 
raciones; y  aún  mantuvo  relaciones  con  la  plaza  y  su  go- 
bernador Vigodet  para  atacar  en  unión  al  ejército  liberta- 
dor, lo  que  no  se  verificó  por  no  haberse  convenido.  Don 
Luis  de  la  Robla  al  servicio  de  España,  en  contra  de  la  in- 
dependencia de  la  América,  era  el  comisionado  en  esta  ne- 
gociación. Después  de  varias  vicisitudes  y  aventuras,  cuya 
relación  no  es  ahora  del  caso,  viéndose  en  circunstancias 
apuradas  se  refugió  en  el  Paraguay». 

Tal  andanada,  dio  lugar  á  una  réplica  de  «El  Constitu- 
cional» (O  de  mayo  de  1841). 


246  JOSÉ    ARTIGAS 

«Sería  preciso»,  dice  su  editorial  de  esa  fecha,  «renunciar 
al  sentimiento  de  orientales  y  mirar  con  negra  ingratitud 
los  servicios  de  aquel  caudillo  de  la  Revolución  americana, 
para  no  sentirnos  profundamente  heridos...  Lejos  de  nos- 
otros la  idea  de  hacer  la  apología  de  la  época  en  que  gober- 
nó en  este  país  el  viejo  general  Artigas:  somos  los  prime- 
ros en  reconocer  y  lamentar  los  defectos  de  que  adoleció, 
como  consecuencia  forzosa  de  un  estado  nuevo  de  cosas,  de 
una  revolución  apenas  nacida,  incompleta,  sin  un  sistema 
fijo  y  á  la  inexperiencia  de  nuestros  hombres.  Pero  no  cod- 
sentiremos  que  se  lastime  así  no  más,  que  se  infame  su 
memoria  y  se  denigre  la  época  de  nuestra  regeneración  po- 
lítica. El  autor  del  artículo,  si  es  oriental,  es  ingrato  con  el 
hombre  primero  que  nos  abrió  el  sendero  de  la  libertad,  de 
esa  libertad  tras  la  cual  corre  en  vano  la  América  tantos 
años.  El  general  Artigas,  preciso  es  confesarlo,  fué  el  pri- 
mero que  dio  en  este  país  ese  grito  sagrado  que  infhmió  los 
corazones  todos  y  aterrorizó  á  los  enemigos  de  nuestra  in- 
dependencia» ...  Es  cierto  que  Buenos  Aires  mandó  sus 
huestes  ú  este  país  . . .  «¿Pero  cuándo  lo  hizo?  Después  que 
en  la  villa  de  Mercedes  se  había  dado  el  grito  de  libertad; 
después  que  Artigas  había  despreciado  noblemente  las  in- 
signias, los  honores,  los  grados  y  condecoraciones  con  que 
pretendían  ganarlo  y  conservarlo  á  su  devoción  los  opreso- 
res de  la  patria,  para  vestir  el  modesto  uniforme  de  un  sol- 
dado de  la  independencia.  Después,  en  fin,  que  un  puñado 
de  orientales  estaban  en  campaña  decididos  á  morir  como 
libres  ó  libertar  su  patria  de  tiranos.  Olvidar  estos  antece- 
dentes gloriosos  y  recomendables,  para  verter  la  hiél  sobre 
el  nombre  de  un  antiguo  patriota,  del  primer  hombre  de 
este  país,  es  querer  pagar  con  la  ingratitud  y  el  olvido  los 
servicios  más  eminentes  aunque  infortunados  de  aquellos 
héroes  que  no  debemos  recordar  jamás  sino  para  venerar- 
los... No  es  exacto  el  autor  del  artículo  cuando  dice  que 
Artigas  tomó  la  resolución  de  pasarse  á  los  americanos  en 
venganza,  cU'  una  reprensión  recibida  en  la  Colonia,  del  ge- 
neral español    Muesis,  por  los   desórdenes  que  permitía    y 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  247 

autorizaba  en  sus  soldados.  El  general  Artigas  nunca  había 
dejado  de  pertenecer  á  los  americanos,  porque  todos  ellos 
como  él  estaban  sometidos  á  la  España,  y  ninguno  en 
Oriente  antes  que  él  había  levantado  la  enseña  gloriosa,  á 
cuya  sombra  debieran  alistarse  los  que  llevan  este  nombre. 
El  general  Artigas  no  revolucionó  contra  la  España  por  la 
miserable  venganza  de  un  hombre  contja  otro  hombre  que 
le  agraviara;  sino  porque  era  llegado  el  tiempo  que  los 
orientales  á  su  vez  segundasen  el  magnífico  paso  que  los 
argentinos  habían  dado  en  Mayo...  Se  dice  que  se  separó 
después  violentamente  con  su  gente  del  ejército  patriota  si- 
tiador, declarándose  á  la  vez  enemigo  de  los  españoles,  de 
los  argentinos  y  de  su  propio  país  que  hostilizaba  de  todos 
modos.  Pero  no  se  pone  en  cuenta  ni  la  duda  de  si  ese 
ejército  quería  conquistar  este  país  para  Buenos  Aires  ó 
para  nosotros;  ni  las  humillaciones  por  que  se  le  quería  ha- 
cer pasar  en  ese  ejército  sitiador;  ni  la  obediencia  ciega  á 
que  se  pretendía  condenar;  ni  los  dictados  de  montoneros  y 
canarios  con  que  se  hería  el  amor  propio  de  los  orientales; 
ni  que  Artigas  y  los  suyos  estaban  en  su  país  y  que  ese 
ejército  sitiador  por  más  generoso  y  desinteresado  que  fuera 
era  al  fin  extranjero  también  entre  los  orientales,  sin  ne- 
garle el  título  recomendable  de  americano.  Partiendo  de 
estos  principios,  cualquiera  en  lugar  del  general  Artigas  se 
habría  separado  de  él;  cualquiera  le  habría  dicho  con  él: 
nuestra  patria  es  esta:  tenemos  ambición  de  libertarla  para 
sus  hijos:  dejadnos  que  llenemos  nuestra  misión,  ó  al  me- 
nos no  queráis  sujetarnos  á  condiciones  vergonzosas,  porque 
entonces  no  hemos  ganado  más  que  cambiar  de  amos». 

Quiere  decir,  pues,  que  cuando  «Un  soldado»  dirigió  á 
<nEI  Nacional»  la  carta  que  hemos  transcripto  y  la  diracción 
de  ese  diario  adhirió  con  entusiasmo  á  sus  gestiones,  se  ha- 
bía producido  ya  una  tentativa  anónima  para  deprimir  al 
jefe  de  los  orientales,  que  fué  ahogada  naturalmente  por  la 
actitud  de  la  prensa  nacional  y  extranjera  de  esa  época. 

Otra  autorizada  tribuna  del  periodismo  unitario,  «El  Co- 
mercio del  Plata»,   ocupándose  varios  años   después  de  la 


248  JOSÉ    ARTIGAS 

ceremonia  de  la  traslación  de  los  restos  de  Artigas  al  Ce- 
menterio Central,  empleaba  términos  no  menos  honrosos. 
«Bella  y  espléndida  ceremonia  fúnebre»,  decía  en  su  nú- 
mero del  2J  de  noviembre  de  1856  ...  «.A  la  llegada  del 
cortejo  fúnebre  á  la  iglesia,  los  generales  Medina,  Freiré  y 
Antonio  Díaz,  en  gran  uniforme,  colocaron  la  urna  que  con- 
tenía los  restos  del  ¡lustre  campeón  sobre  el  catafalco  que 
se  le  había  destinado ...  La  bandera,  símbolo  de  las  hazañas 
del  liérce  oriental,  con  la  cual  tantas  victorias  alcanzó,  cu- 
bría las  insignes  cenizas  del  general  Artigas...  En  el  ce- 
menterio, el  señor  ministro  de  gobierno  tomó  la  palabra 
para  tributar  un  justo  y  sincero  homenaje  al  padre  de  la 
nacionalidad  oriental...  El  señor  Aguiar  leyó  un  resumen 
de  la  vida  y  hechos  del  invicto  campeón,  padre  de  la  inde- 
pendencia uruguaya  >> . 

Artigas  juzgado    por  don    Juan    Francisco  Seguí 

Diez  años  después  de  muerto  el  jefe  de  los  orientales,  el 
señor  Juan  Francisco  Seguí,  distinguido  estadista  de  En- 
tre Ríos,  publicó  en  <sEl  Nacional  Argentino»,  del  Para- 
ná, el  importante  artículo  que  copiamos  en  seguida  (14  de 
marzo  de  1800): 

«Hay  hombres  grandes  que  lo  son  porque  lo  fué  la  épo- 
ca en  que  la  Providencia  ó  la  Fortuna  los  colocó  al  frente 
de  los  grandes  acontecimientos.  Hay  otros  que  en  medio 
de  las  pequeneces  y  miserias  de  sus  contemporáneos,  ascen- 
dieron al  rango  de  los  grandes  varones  sin  más  auxilio  que  su 
propio  genio,  sin  otro  apoyo  que  el  vigor  de  su  brazo,  sin 
otro  móvil  que  la  independencia  de  la  patria,  sin  buscarla 
victoria  sino  con  el  valor  de  su  alma  y  jugando  día  por  día 
su  gloria  con  la  muerte.  A  estos  últimos  pertenece  el  héroe 
oriental  don  José  Gervasio  Artigas  que  acabó  su  existen- 
cia en  su  ostracismo  voluntario  en  el  Paraguay  y  cuya  me- 
moria ha  honrado  dignamente  el  gobierno  oriental,  ordenan- 
do ponq)()sos  funerales  á  los  manes  del  héroe  y  ordenando 
la  traslación  de  sus  restos  ú  la  tierra  patria,  donde  desean- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  249 

sau  hoy  con  la  sencilla  y  gloriosa  inscripción  siguiente: 
Artigas,  Fundador  de  la  nacionalidad  oriental. 

«El  general  Artigas  es  el  Bolívar  del  Uruguay.  Co- 
mo el  insigne  caudillo  de  Colombia,  se  lanzó  en  la  gigante 
lucha  de  la  independencia,  sin  más  recurso  que  su  causa 
y  el  nombre  de  valiente  que  lo  distinguía  entre  sus  coetá- 
neos. La  República  Oriental  reconoce  como  héroes  á  los 
Treinta  y  Tres  denodados  expedicionarios  que  encabeza- 
ron la  gloriosa  insurrección  de  las  masas  contra  el  usurpa- 
dor que  dominaba  el  suelo  patrio  en  nombre  de  la  corona 
portuguesa.  Artigas,  con  el  solo  grado  de  teniente  coronel 
que  la  Junta  gubernativa  de  Buenos  Aires  confirió  al  hom- 
bre de  genio  que  le  prometía  el  triunfo  de  la  patria  contra 
las  fuerzas  reales  que  mandaba  el  virrey  Elío,  se  lanzó  al 
territorio  oriental  y  encabezó  allí  el  heroico  levantamiento 
popular  contra  la  monarquía.  Lasóla  acogida  generosa  que 
la  Junta  hizo  del  expatriado  oriental  don  José  Artigas,  ca- 
pitán entonces,  y  el  grado  de  teniente  coronel  que  le  confi- 
rió en  recompensa  de  sus  méritos  y  honorables  anteceden- 
tes, motivó  la  declaración  de  guerra  que  el  virrey  firmó  en 
12  de  febrero  de  1812  contra  la  Junta.  Esta  es  una  prue- 
ba de  lo  que  valía  ya  el  distinguido  capitán  Artigas  y  de 
la  importancia  que  le  daba  el  mismo  gobierno  español  en  el 
Río  de  la  Plata.  La  memorable  acción  de  las  Piedras  fué  el 
primer  testimonio  de  la  acertada  protección  que  la  Junta 
de  Buenos  Aires  acordó  al  ilustre  proscripto,  y  el  grado  de 
coronel  con  una  espada  de  honor  que  Artigas  recibió  del 
gobierno  argentino,  son  la  más  elocuente  prueba  del  mérito 
del  hombre  que  iniciaba  así  su  gran  misión  de  libertador 
de  su  patria. 

«Pero  muy  luego  el  gobierno  de  Buenos  Aires  olvidan- 
do los  servicios  del  ilustre  oriental  y  que  á  su  prestigio  se 
debían  en  gran  parte  las  victorias  de  San  José,  Piedras  y 
Colonia,  cometió  la  injusticia  de  postergarlo,  sustituyendo 
en  su  lugar  al  coronel  de  Di'agones  tle  la  Patria  don  José 
Rondeau,  que  aunque  lleno  de  méritos  no  podía  arrebatar 
al  coronel  Artigas   la   gloria  de  haber   contribuido  al  sitio 


'250  JOSÉ    ARTIGAS 

de  Montevideo  con  los  esfuerzos  extraordinarios  de  su  ge- 
nio y  el  prestigio  de  su  nombre.  A  este  error,  coino  á  mu- 
chos que  los  gobiernos  de  Buenos  Aires  cometieron  enton- 
ces, se  debió  el  noble  resentimiento  del  ilustre  caudillo,  y  á 
él  debe  la  República  del  Uruguay  su  nacionalidad,  como 
la  Argentina  su  faccionamiento.  Desde  ese  día  la  lucha  en- 
tre los  dos  principios,  federación  y  Cíjntralismo,  fué  el  alma 
de  aquella  época.  El  general  don  José  Artigas  representó 
las  tendencias  norteamericanas  ó  la  independencia  local,  y 
los  gobiernos  de  Buenos  Aires  el  centralismo  unitario,  que 
comenzó  por  la  lucha  para  absorber,  continuó  en  las  asam- 
bleas deliberantes  y  cayó  después  bajo  la  reacción  horrible 
de  la  dictadura  que  concibió  y  realizó  Rosas  impunemente 
en  veinte  años  en  que  oprimió  y  desmoralizó  al  país.  He 
aquí  la  terrible  consecuencia  de  un  error  fundamental!  Don 
José  Artigas,  simple  capitán  que  emigraba  á  Buenos  Aires 
por  no  soportar  el  despotismo  del  brigadier  don  José  Ma- 
ría Muesas,  gobernador  de  In  Colonia,  ¿cómo  había  de  su- 
frir que  el  gobierno  de  Buenos  Aires  dispusiere  á  su  auto- 
jo  de  las  autoridades  de  su  patria,  cuando  el  prestigio  de  su 
nombre  lo  había  ya  levantado  al  alto  rol  de  primera  nota- 
bilidad oriental!  La  imprudencia,  pues,  de  las  autoridades 
porteñas  provocó  el  justo  resentimiento  de  Artigas  y  ese  in- 
cidente que  parece  tan  subalterno  á  primera  vista,  fué  el 
origen  de  toda  esa  historia  de  guerra,  de  desunión,  de  odios 
locales  y  recíproca  desconfianza  que  por  lautos  años  han 
reinado  en  arabas  riberas  del  Plata. 

«Los  sentimientos  que  entonces  dominaban  el  corazón 
de  Artigas,  se  revelaban  perfectamente  en  la  siguiente  car- 
ta, cuyo  original  conservamos.  Con  fecha  5  de  febrero  de 
181Ü  el  general  Artigas  escribía  al  señor  don  Martín 
Güemes,  de  Salta: 

«Mi  estimado  |)aisano:  El  orden  de  los  sucesos  tiene  más 
que  calificado  mi  carácter  y  mi  decisión  por  el  sistema  que 
está  cimentado  en  hechos  incontrastables.  No  es  extraño 
parta  de  este  principio  para  dirigir  á  usted  mis  insinuacio- 
nes, cuando  á  la  distancia  se  desfiguran  los  sentimientos  y 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  251 

la  malicia  no  ha  dormitado  siquiera  para  hacer  vituperables 
los  míos.  Pero  el  tiempo  es  el  mejor  testigo  y  él  admirará 
ciertamente  la  conducta  del  jefe  de  los  orientales.  Yo  me  to- 
mo esta  licencia  ansioso  de  uniformar  nuestro  sistema  y 
hacer  cada  día  más  vigorosos  los  esfuerzos  de  la  América. 
Ella  ciertamente  marcha  á  su  ruina  dirigida  por  el  impulso 
de  Buenos  Aires.  Sería  molesto  en  hacer  esta  narración 
fastidiosa,  que  forma  la  cadena  de  nuestras  desgracias  y  de 
que  todos  los  sensatos  se  hallan  convencidos.  Bu  preponde- 
rancia  sobre  los  pueblos  le  híice  mirarlos  con  desprecio  y 
su  engrandecimiento  le  sería  más  pesaroso  que  su  extermi- 
nio. Las  consecuencias  de  este  principio  son  palpables  en 
los  resultados;  y  abatido  el  espíritu  j)ííblico  nada  es  tan  po- 
sible como  nuestro  anonadamiento.  Por  fortuna  los  pueblos 
se  hallan  hoy  penetrados  de  sus  deberes  y  su  entusiasmo  los 
hace  superioi'es  á  los  peligros.  Dar  actividad  á  esta  idea  se- 
ría formar  el  genio  de  la  Revolución  y  asegurar  nuestro  des- 
tino. Estoy  informado  de  su  carácter  y  decisión  y  ella  me 
empeña  á  dirigir  á  usted  mis  esfuerzos  por  este  deber.  Con- 
tener al  enemigo  después  de  la  desgracia  de  Sipi  Sipi,  debe 
ser  nuestro  principal  objeto.  Por  acá  no  hacemos  menores 
esfuerzos  por  contener  las  miras  de  Portugal.  Este  gobier- 
no, rodeado  de  intrigantes,  dirige  sus  tentativas,  pero  halla 
en  nuestros  pechos  la  barrera  insuperable.  La  fría  indife- 
rencia de  Buenos  Aires  y  sus  agentes  en  aquella  corte,  me 
confirman  su  debilidad.  Nada  tenemos  que  esperar,  sino  de 
nosotros  mismos.  Por  lo  tanto,  es  forzoso  que  nuestros  es- 
fuerzos sean  vigorosos  y  que  reconcentrado  el  Oriente  obre 
con  sólo  sus  recursos.  Gracias  al  cielo,  que  protege  la  justi- 
cia. Nuestro  estado  es  brillante  y  los  sucesos  dirán  si  se  ha- 
ce i'espetar  de  todos  sus  enemigos.  Por  ahora  todo  nuestro 
afán  es  contener  al  extranjero.  Pero  si  el  año  1816  sopla 
favorable,  ya  desembalijados  de  estos  peligros,  podremos 
ocurrir  á  los  del  interior  que  nos  son  igualmente  desventa- 
josos. Entonces  de  un  solo  gol})e  será  fácil  reunir  los  inte- 
reses y  sentimientos  de  todos  los  pueblos  y  salvarlos  con 
su  propia  energía.  Entretanto   es   preciso  tomar  todas  las 


252  JOSÉ  ARTIGAS 

medidas  análogas  á  este  fin.  Yo  por  mi  parte  ofrezco  todos 
mis  esfuerzos,  cuando  tengo  el  honor  de  dirigirme  á  usted 
y  dedicarle  mis  más  cordiales  afectos.  Con  este  motivo  ten- 
go especial  gusto  en  saludar  á  usted  y  ofertarme  por  su 
muy  afecto  S.  y  apasionado.— «/osf'  Artigas. 

«Este  documento»,  concluye  el  señor  Seguí,  «  evoca  re- 
cuerdos ingratos,  pero  tiene  todo  el  sello  de  la  verdad  his- 
tórica y  pone  de  manifiesto  el  patriotismo  excelso  del  vete- 
rano oriental,  que  luchó  con  heroica  constancia  contra  la 
dominación  extranjera,  fundó  la  independencia  de  su  pa- 
tria y  enseñó  con  su  ejemplo  á  defender  la  soberanía  pro- 
pia y  á  no  aceptar  la  supremacía  arbitraria  de  los  hermanos 
con  el  pomposo  título  de  protección  política». 

Procesión  cívica  en  lionor  de  Artij^as. 

El  19  de  junio  de  1894  fué  solemnizado  con  una  gran 
procesión  cívica  en  honor  del  jefe  de  los  orientales.  La  di- 
rección de  -El  Siglo»  solicitó  la  colaboración  de  nuestros 
primeros  publicistas,  y  contestaron  algunos  de  ellos  en  la 
forma  que  extractamos  á  continuación: 

José  Pedro  Ramírez: 

«Sólo  él  entre  los  grandes  hombres  de  su  época  fué 
inaccesible  á  las  seducciones  de  la  dominación  extranjera 

actuando  sobre  un  pueblo  anarquizado  y  empobrecido 

Después  de  eso,  acumúlense  las  sombras  que  se  quiera,  so- 
bre ese  lampo  de  luz  y  de  gloria,  y  dígase  si  no  se  abren  á 
justo  título  las  puertas  del  templo  de  la  inmortalidad  para 
ese  varón  indomable,  y  si  no  es  obligada  y  merecida  la  ve- 
neración que  rinden  ya  á  su  memoria  las  presentes  genera- 
ciones y  que  le  rendirán  por  los  siglos  de  los  siglos  las  ge- 
neraciones futuras  » . 

Juan  Carlos  Blanco: 

«Los  horrores  ponderados  del  Hervidero,  las  escenas  de 
Torgués  y  de  Blasito  guardan  relación  con  el  conjunto,  son 
del  mismo  metal  que  hervía  en  toda  la  extensión  del  vi- 
rreinato; pero  las  Instrucciones  de  1813  para  asegurar  la 


DESCARGOS  Y  JUSTlPrCACrONES  253 

paz,  la  libertad,  la  soberanía  de  las  Provincias  Unidas  bajo 
la  forma  republicana  federal,  son  algo  como  un  sedimento 
de  un  terreno  supei'ior,  encontrado  en  otro  inferior,  que  des- 
lumbra  y  trastorna  las  bases  del  criterio  histórico.  Hay  en 
ese  documento  visión  profética  de  nacionalidades  á  consti- 
tuirse, foi'mas  de  lenguaje  que  pugnan  con  su  época,  ade- 
lantándose á  tiempos  venideros,  y  hay  por  último,  ideas  y 
principios  que  parecen  sorprendidos  en  los  gérmenes  de  una 
nueva  sociedad  que  surge  á  la  vida  y  no  en  el  pensamien- 
to limitado  de  un  hombre». 
Domingo  Aramhurú: 

«Los  fallos  de  la  historia  no  son  irrevocables,  jamás  ha- 
cen cosa  juzgada.  El  proceso  está  siempre  abierto  y  no  po- 
cos hombres  llevados  al  cielo  de  la  gloria  por  la  mentira, 
han  rodado  al  infierno  del  deshonor  empujados  por  la  mano 
implacable  de  la  verdad.  Tocóle  á  Artigas,  el  caudillo  indo- 
mable é  irreconciliable  con  el  centralismo  patricio  de  la 
comuna  porteña  -  el  primero  que  formulara  la  aspiración 
federalista  de  la  provincia  argentina,  ser  lanzado  á  las  Ge- 
monias  de  la  In'storia  por  la  tradición  metropolitana  de 
Buenos  Aires.  Y  como  el  patriciado  porteño  tenía  y  tiene 
tantos  y  tan  ilustres  títulos  al  aprecio  y  admiración  de  la 
América,  y  se  ignoraba  su  complicidad  con  la  invasión  por- 
tuguesa en  181 G, — su  gran  falta  política  que  nos  separó 
de  la  comunidad  argentina,  —  e.ia  tradición  ha  pesado  lar- 
gos años  sobre  la  fama  de  Artigas  como  siniestro  sudario. 
Pero  el  tiempo  ha  hecho  su  obra  lenta  é  inevitable.  Y  el 
resultado  que  ya  puede  juzgarse  definitivo,  ha  sido  la  com- 
pleta rehabilitación  del  primer  jefe  de  los  orientales,  del 
glorioso  vencedor  de  las  Piedras,  del  que  si  no  fué,  como  no 
fué  realmente,  el  fundador  de  la  nacionalidad  uruguaya,  me- 
rece á  justo  título  el  nombre  de  precursor.  Ante  la  historia 
«testigo  de  los  tiempos,  luz  de  la  verdad,  maestra  de  la  vida»- 
como  la  llamó  Cicerón,  surge  la  figura  severa  de  Artigas, 
si  no  con  los  contornos  clásicos  de  un  Washington,  que  es 
único  en  la  historia,  con  los  rasgos  viriles,  imponentes  de 
aquel  generoso  galo,   Vercingetorix,   que  defendía  con  he- 


254  JOSÉ    ARtlGAS 

roísmo  insuperable  la  libertad,  la  independencia  de  su  pa- 
tria. De  suerte  que  en  un  momento  histórico  terrible  y 
desesperado,  el  momento  en  que  un  país  cae  bajo  la  domi- 
nación extranjera,  Artigas  es  la  representación  de  la  Patria. 
Y  los  millares  de  orientales  que  quedaron  tendidos  en  In- 
dia Muerta  y  otras  terribles  y  desiguales  batallas,  dejaron 
á  salvo  la  altivez,  el  honor  uruguayo.  Artigas,  y  eso  basta 
para  su  gloria,  representa  la  resistencia  indomable,  eterna, 
contra  la  opresión  extranjera;  que  no  pacta,  ni  transige  ja- 
más y  que  prefiere  á  ella  la  muerte  violenta  de  las  batallas 
y  la  proscripción  eterna,  esa  muerte  lenta  y  más  amarga 
aún  que  la  primera.  Y  si  la  República  Oriental  ha  de  per- 
durar en  los  tiejiipos  como  entidad  soberana,  como  pueblo 
independiente,  cuando  llegue  el  momento  de  los  supremos 
sacrificios,  esa  gran  voz  anónima,  esa  voz  de  la  conciencia 
nacional  que  avasalla  todas  las  otras,  ha  de  señalar  como 
ejemplos  de  gloria  á  imitar,  el  de  Artigas  en  los  albores  de 
nuestra  emancipación  política,  el  de  Leandro  Gómez  en  la 
época  contemporánea!» 

Del  discurso  de  Francisco  Bauza,  en  la  ceremonia 
cívica  del  mismo  día: 

«La  generación  de  Artigas  se  educó  en  medio  de  la  lu- 
cha de  los  cabildos  con  los  gobernadores,  la  recrudescencia 
de  las  guerras  con  Portugal,  las  invasiones  inglesas,  la  crea- 
ción de  la  Junta  revolucionaria  de  Montevideo  y  la  organi- 
zación del  partido  criollo.  Todo  eso  representa  una  gran 
experiencia  política. ...  La  reivindicación  de  la  personali- 
dad de  Artigas,  para  colocarla  sobre  el  pedestal  que  le  co- 
rresponde no  es  un  simple  acto  de  justicia  postuma,  sino 
un  tributo  que  el  criterio  de  los  tiempos  actuales  paga  á 
los  tiempos  legendarios  de  nuestra  emancipación  política. 
Ehminada  la  personalidad  del  jefe  de  los  orientales  de 
entre  los  hombres  de  primera  fila,  resulta  empequeñecida  la 
revolución  sudamericana,  descendiendo  de  su  encumbrada 
grandeza  en  procura  de  la  libertad  de  un  continente  á  la 
reyerta  de  dos  bandos  rivales  disputándose  un  cambio  de 
tutores.  Todo  lo  que  hay  de  noble  y  generoso  en  la  inicia- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  255 

tiva  popular  que  prestigia  y  alienta  la  revolución  —el  des- 
interés del  pueblo  campesino,  la  ardiente  emulación    de  la 
juventud  de  las  ciudades,    la  heroicidad  de  los  ejércitos  de 
voluntarios — todo  eso  que  personifica  en  un  momento  dado 
la  resistencia  de  Artigas  contra    ios  que  deseaban    sacudir 
el  dominio  monárquico  de   España   á  la    sombra  de    otro 
dominio  igualmente  monárquico  v  por  añadidura    extran- 
jero: todo  eso   desaparecería    envuelto  en   el   anatema   que 
corresponde  á  la  anarquía,  si  en  vez  de  haber  sido  como  lo 
fué,  el  movimiento  ascendente  de  las  fuerzas  populares  á  la 
conquista  del  sistema  republicano,  hubiera  sido  una  rivali- 
dad estéril  de  prepotencias  personales  y  locales,  como  quie- 
ren pintarlo  en  odio  á  un  hombre  los  que  no  saben  darse 
cuenta  que  los   hombres   nada  valen  en  la    suerte   de  las 
naciones,  si  tras  de  ellos   no  están  los  pueblos  para    inspi- 
rarlos y  sostenerlos.  La  gloria  de  Artigas  consiste  no  sola- 
mente en  haber  encabezado  el  movimiento    que    echó    las 
bases  de  una  nacionalidad  sobre  el  terreno    convulsionado 
y  movedizo,  sino  en   haber  franqueado   la  frontera   de  los 
pueblos  vecinos,  derramándose  entre  ellos  con  sus  huestes 
para  proclamar    el   gobierno   republicano.    De  esa  actitud 
nació  la  aspiración  incontrastable  á  la  libertad  política  en 
el  doble  sentido  de  la  independencia  territorial  y  las  insti- 
tuciones cívicas,  quedando  aplastada  en  su  origen  la  reac- 
ción sigilosa  que  dejándonos  monárquicos  pretendía  susti- 
tuir el  cetro  de  Fernando  V  y  Carlos  I  por  la  rueca  de  Do-  ' 
ña  Carlota  de  Borbón  ó  el  espadín  del    Príncipe  de  Luca. 
El  esfuerzo  requerido   poi*  aspiraciones  tan  grandes,  pedía 
el  auxilio  de  las  armas,  y  Artigas  se   lo  dio    salvando    el 
prestigio  militar  de  la  Revolución  en  la  jornada  de  las  Pie- 
dras, y  esterilizando  la  acción  perturbadora  de  Portugal  so- 
bre el  continente,  con  las  resistencias  que  opuso  á  sus  ejér- 
citos. Y  aunque  vencido  al  fin  y  expatriado   á  las   soleda- 
des del  Paraguay,  donde  nuestra  ingratitud  lo  dejó   morir 
mendigante,  pudo  consolarse  antes  de  entrar  á  la  eternidad 
con  el  triunfo  visible  de    sus  ideas,  que  contribuyendo    á 
alejar  para  siempre  todo  dominio  europeo  de  entre  nosotros. 


256  JOSÉ    ARTIGAS 

liabínn  hecho  de  su  pnís  una  nación  y  de  los  argentinos 
una  repúbUca —  Artigas  tuvo  una  visión  más  clara  de  los 
dominios  de  la  Améiica  del  Sur  que  la  que  tuvieron  sus 
i'i vales  y  una  concepción  mental  adecuada  á  buscar  donde 
únicamente  podían  encontrarse — que  era  entre  las  masas 
populares  —los  elementos  capaces  de  realizar  el  grande  ideal 

de  la  independencia   y    de  la    república» Termina    el 

orador  su  discurso  indicando  la  idea  de  que  sobre  la  esta- 
tua de  Artigas  se  inscriba  <  aquella  gran  frase  con  que  sin- 
tetizó en  el  primer  escudo  de  la  patria  su  actitud  y  nuestro 
derecho:  con  libertad,  ni  temo  ni  ofendo». 

Los  orientales  residentes  en  la  ciudad  de  I^a  Plata,  en- 
cabezados por  Eduardo  Acevedo  Dííiz  enviaron  un  telegra- 
ma de  adhesión,  en  el  que  después  de  glorificar  á  Artigas 
como  precursor  de  la  nacionalidad  oriental,  dicen: 

«Artigas  echó  el  germen  robusto  de  nuestra  emancipa- 
ción; fué  el  engendro  legítimo  de  su  época  y  no  fué  su 
época  su  engendro,  como  de  un  modo  paradojal  sostienen 
sus  detractores;  y  los  orientales  no  pueden  renegar  á  su 
primer  antepasado  ni  condenar  sus  actos,  cuando  otros  pue- 
blos por  excelencia  cultos,  se  enorgullecen  de  proceres  que 
la  tradición  y  la  leyenda  rodean  de  intensas  claridades  y 
que  acaso  llevaron  la  violencia  en  la  acción  y  el  desagravio 
á  extremos  que  no  alcanzó  Artigas.  Principal  factor  de  una 
revolución  fatal  dentro  de  la  anarquía  latente  en  la  vieja 
colonia,  si  fué  instrumento  de  fuerza,  fué  porque  su  tiempo 
era  de  lucha,  porque  eran  ciclópeos  los  muros  á  demoler  y 
porque  la  tierra  casi  virgen  y  por  todos  disputada  sólo  per- 
tenecía á  los  más  valientes.  No  fué  entonces  el  caudillo  el 
que  foimó  y  amoldó  á  su  hechura  propia  la  sociabilidad 
dispersa  de  ese  tiempo  de  transición  y  de  transformación 
étnica;  fué  esa  sociabilidad  extraña,  conjunto  de  instintos 
y  propensiones  irreductibles  hacia  el  cambio,  rebelada  contra 
el  imperio  de  la  costumbre  colonial,  la  que  incubó  y  dio 
prepotencia  al  caudillo.  Fruto  maduro  del  sistema  que  con- 
virtió las  ciudades  en  fortalezas  y  las  campiñas  en  desier- 
tos, llegó  á  ser  el  arquetipo  formidable   del  sentimieuto  de 


DESCARGOS  Y  JÜSTlFlCACrONES  257 

la  independencia  individual,  y  estimulado  por  las  mismas 
energías  del  médium  cercenó  del  viejo  armazón  la  mejor 
de  sus  piezas. » 

Los  subalternos  «le  Artigas. 

Hemos  dado  ya  algunos  datos  acerca  del  singular  crite- 
rio con  que  proceden  los  detractores  del  jefe  de  los  orien- 
tales. Puesto  que  Artigas,  valga  el  evangelio  de  Cavia,  era 
un  bandido,  sólo  de  bandidos  podía  estar  constituido  su 
personal  administrativo  y  militar.  Admitida  la  premisa,  el 
doctor  Berra  estampa  en  su  «Bosquejo  Histórico»,  que  la 
Junta  de  Vigilancia  del  gobierno  de  Otorgues  se  componía 
de  crimínales,  sin  parar  mientes  en  la  alta  respetabilidad 
délos  ciudadanos  contra  quienes  descarga  el  golpe  de  ma- 
za: Juan  María  Pérez,  Gerónimo  Pío  Bianchi,  Lorenzo  Jus- 
tiniano  Pérez  y  Lucas  José  Obes.  Y  el  doctor  López  afir- 
ma en  su  «Historia  de  la  Revolución  Argentina»,  y;or  Aa- 
berlo  visto  él  personalmente,  que  el  secretario  Monterroso 
«un  fraile  franciscano  corrompido  y  perdulario  que  se 
había  alzado  y  evadido  de  un  convento  y  que  recorría  los 
campos  entre  los  bandoleros,  vivía  en  1842  en  el  valle  de 
Elqui,  al  sur  de  Chile,  donde  se  había  constituido  una  fa- 
milia», no  obstante  que  la  partida  de  defunción  publicada 
por  Carlos  María  Ramírez  en  su  obra  «Artigas»,  prueba 
que  el  calumniado  secretario  de  Artigas  estaba  enterrado 
en  el  cementerio  de  Montevideo  desde  el  año  1838. 

¿Qué  puede  esperarse,  en  consecuencia,  que  digan  los 
historiadores  argentinos  acerca  de  los  subalternos  milita- 
res de  Artigas? 

Otorgues. 

Don  Fernando  Otorgues  figura  entre  los  primeros  fac- 
tores de  la  insurrección  oriental.  Inmediatamente  de  cono- 
cido el  pronunciamiento  de  Asencio,  sublevó  el  distrito 
del  Pantanoso,  de    donde   era   oriundo,   organizando   una 

JOSÉ   ARTIGAS.  — 17  T.  1. 


258  JOSÉ    ARTIGAS 

columna  de  800  hombres,  con  la  que  se  incorporó  al 
ejército  de  Artigas.  El  gobierno  de  Buenos  Aires  le  ex- 
pidió los  despachos  de  teniente  coronel  (Bauza,  «Historia 
de  la  dominación  española»). 

El  más  concienzudo  y  equilibrado  de  los  historiadores 
argentinos,  el  general  Mitre,  habla  en  su  «Histori.i  de  Bel- 
grano»  «del  siniestramente  famoso  don  Fernando  Otor- 
gues»; «una  especie  de  bestia  feroz»,  para  el  cual  la  cali- 
dad de  esi^íiñol,  porteño  ó  portugués  era  un  crimen  digno 
de  ser  castigado  con  la  muerte;  que  castró  una  partida  de 
argentinos  en  venganza  de  que  le  hubieran  quitado  una 
concubina;  que  apagaba  las  luces  en  los  bailes  para  apode- 
rarse de  las  mujeres;  que  tenía  un  mulato  Gay,  cuya  di- 
versión consistía  en  montar  con  espuelas  á  los  españoles  y 
cabalgar  así  por  las  calles  de  la  ciudad;  que  tomaba  caña 
en  su  despacho;  y  que  no  comprendía  lo  que  firmaba  mien- 
tras desempeñó  la  gobernación  de  Montevideo. 

Y  todo  ello  lo  funda  el  historiador  argentino  en  la  tra- 
dición comunicada  por  Lucas  Obes,  Lapido  y  Santiago 
Vázquez.  Respecto  de  don  Santiago  Vázquez,  se  encarga 
de  decir  el  propio  general  Mitre  en  su  «Historia  de  San 
Martín»  que  «era  amigo,  partidario  y  confidente  de  AI- 
vear».  Agrega  el  señor  Pelliza  («Dorrego»),  que  la  redac- 
ción de  «El  América >:fc,  periódico  adicto  al  gobierno  de 
Pueyrredón,  se  componía  de  los  señores  Feliciano  Cavia  y 
Sil ntiago  Vázquez.  ¿Qué  imparcialidad  podía  aguardarse 
de  un  testigo  vinculado  personal  y  políticamente  á  los  dos 
directorios  argentinos  que  decretaron  el  exterminio  de  Ar- 
tigas? En  cuanto  al  doctor  Obes,  bastará  recordar  que  fué 
una  de  las  columnas  de  la  administración  de  Lecor  en 
Montevideo  y  que  actuó  en  Río  Janeiro  como  diputado 
de  la  Cisplatina,  para  comprender  que  sólo  podía  declarar 
á  favor  de  su  cambio  de  orientación  en  1816,  cargándole 
la  mano  al  artiguismo  para  justificar  sus  vinculaciones 
con  la  monarquía  portuguesa. 

En  contra  de  esa  tradición  de  los  grandes  adversarios  po- 
líticos de  Artigas,  puede  invocar  la  historia  el  testimonio  de 


DESCARGOS  Y  JÜSTlFÍCACroNES  259 

(Ion  Dámaso  Larrañagay  don  José  R.  Guerra,  dos  hombres 
distinguidos  que  también  se  plegaron  á  la  conquista  por- 
tuguesa de  1816,  y  que  si  en  algún  sentido  podían  incli- 
narse era  á  favor  de  todo  lo  que  importara  una  justifica- 
ción de  su  conducta.  Veamos,  pues,  la  declaración  de  am- 
bos testigos,  tal  como  consta  en  los  «Apuntes  Históricos» 
publicados  en  La  Se7nana  de  1857. 

Dan  cuenta  de  la  desocupación  de  la  plaza  de  Montevi- 
deo por  el  ejército  de  Buenos  Aires  en  febrero  de  1815; 
de  la  entrada  de  los  orientales  el  27  del  mismo  mes;  de 
un  bando  del  2  de  marzo  que  imponía  pena  de  la  vida  á 
los  que  hablasen  contra  las  providencias  del  gobierno  ó  se 
encontrasen  en  corrillos  sospechosos;  y  agregan: 

«Elegido  el  nuevo  Cabildo  presidido  por  el  alcalde  de 
primer  voto  don  Tomás  García  de  Zúñiga,  se  desarrolló 
una  política  de  tolerancia,  que  no  perseguía  á  los  españo- 
les por  ser  españoles.  Esa  conducta  tan  liberal  ocasionó 
disensiones.  Los  descontentos  rodearon  á  Otorgues,  y  ellos 
«á  pretexto  de  servirlo  y  desempeñarlo  diseminaron  en 
esta  ciudad  el  terror  y  el  espanto.  La  tropa  que  hasta 
aquel  momento  había  mantenido  una  comportación  ejem- 
plar, se  entregó  á  la  licencia.  Algunos  oficiales  se  señala- 
ron con  la  conducta  más  temeraria  y  depresiva.  Renacie- 
ron las  violentas  exacciones.  Y  para  colmo  de  males,  fué 
suspendida  la  seguridad  individual,  dejándola  á  discreción 
y  arbitrio  de  un  tribunal  erigido  bajo  el  título  de  Vigi- 
lancia. La  referida  facción  era  privadamente  adicta  al 
sistema  de  dependencia  de  Buenos  Aires,  que  repugnaba 
á  Artigas  y  Otorgues,  pero  éste  sin  caer  en  ello,  estuvo  á 
dos  dedos  de  distancia  de  romper  con  Artigas:  lo  que  hu- 
biera producido  una  doble  guerra  civil  y  un  cúmulo  de 
desgracias  cuya  sola  imaginación  horroriza,  (^uiso  Dios 
que  los  dos  jefes  se  explicasen  y  se  entendiesen  por  cartas, 
con  lo  cual  se  disipó  tan   fatal  nublado» 

«Otorgues,  por  más  que  no  faltará  quien  lo  describa  con 
otros  coloridos,  era  hombre  sencillo  é  inclinado  al  bien, 
dócil,  generoso   y  buen    amigo.    Nació   de  padres   pobres, 


260  JOSÉ    ARTIGAS 

aunque  honrados,  y  por  eso  no  consiguió  una  cultura  co- 
rrespondiente á  sus  talentos  nada  comunes,  porque  tiene 
•previsión  y  con  facilidad  se  impone  de  cualquier  negocio. 
Su  natural  candor  le  hace  susceptible  de  dejarse  guiar  por 
personas  peligrosas,  pero  si  consiguiese  á  su  lado  algíín 
bien  intencionado  director,  procederá  siempre  con  rectitud 
en  todos  respectos». 

''Sin  embargo,  el  general  Artigas  determinó  quitarle  de 
la  ocasión,  y  en  consecuencia  despachó  á  don  Fructuoso  Ri- 
vera con  tropa  de  su  mando  para  ocupar  la  comandancia  mi- 
litar de  la  plaza  y  á  don  Miguel  Barreiro  en  calidad  de  de- 
legado del  poder  ejecutivo,  dando  orden  á  Otorgues  de  to- 
mar posesión  con  su  gente  en  la  campaña  . . .  Desde  que  sa- 
lió la  gente  de  Otorgues  y  entró  la  de  Rivera,  desapareció 
de  esta  ciudad  la  congoja  y  volvieron  los  ánimos  á  tomar 
aliento  y  confianza.  Ninguna  tropa  en  el  mundo  se  ha 
mostrado  más  subordinada  y  atenta,  en  medio  de  la  suma 
desnudez  en  que  se  hallaba.  Todos  á  porfía  deseaban  hacer 
bien  á  los  soldados  y  pudo  desde  luego  cualquier  persona 
andar  á  deshoras  de  la  noche  por  la  ciudad  con  toda  con- 
fianza». 

Todo  lo  que  resulta,  pues,  es  que  una  facción,  en  la  que 
se  destacaba  el  doctor  Lucas  José  Obes,  rodeó  á  Otorgues, 
con  el  pretexto  de  ayudarle  y  con  el  fin  positivo  de  alar- 
mar al  vecindario  y  provocar  un  rompimiento  en  favor  del 
predominio  de  Buenos  Aires.  Una  intriga  para  voltear  á 
Artigas,  se  torna  así  en  cabeza  de  proceso  contra  el  mismo 
Artigas! 

En  su  «Galería  Histórica»  repite  el  señor  Antonio  Díaz 
(hijo),  uno  de  los  cargos  contenidos  en  la  obra  de  Mitre, 
aunque  sin  apoyarse  en  testimonio  alguno.  Dice  que  en  los 
comienzos  de  la  invasión  portuguesa,  la  población  de  cam- 
paña huía  de  «Otorgues  que  aterrorizaba  á  los  mismos 
partidarios  de  Artigas,  como  ya  lo  habían  hecho  sus  secua- 
ces Iglesias  e  Isidoro  Caballero  ensillando  y  jineteando  con 
espuela  á  los  gallegos  en  la  esquiíia  del  Tigre  y  otros  pa- 
rajes de  Montevideo». 


DESCARGOS  Y  JUSTIFrCACIONES  2G  ! 

Si  Otorgues  hubiera  cometido  en  1815  los  ciínieiies  y 
barrabasadas  que  la  tradición  antiartiguista  le  atribuye,  ¡qué 
ai'gumento  inmenso  habría  suministrado  su  gobierno  al 
libelista  Cavia,  que  escribió  tres  años  después,  sin  des- 
perdiciar un  átomo  de  lo  que  se  había  inventado  contra  el 
jefe  de  los  orientales  y  sus  subalternos!  El  silencio  absolu- 
to del  gran  difamador  y  de  los  escritores  extranjeros  que 
repitieron  y  aumentaron  sus  diatribas,  como  Rengger  y 
Longchamp  y  Miller,  constituye  la  mejor  demostración 
de  que  el  juicio  de  Larrañaga  y  Guerra  es  el  juicio  exacto 
é  incontrovertible  de  ía  época  á  que  corresponde. 

Otro  testimonio  se  invoca  corrientemente  contra  el  co- 
ronel Otorgues  y  que  por  su  origen  adquiere  importancia 
considerable  para  los  historiadores  orientales. 

Nos  referimos  á  ia  Memoria  atribuida  al  general  Rivera. 
Figura  en  la  colección  Lamas  bajo  el  siguiente  título:  «Me- 
moria de  los  sucesos  de  armas  que  tuvieron  lugar  en  la 
guerra  de  la  independenciíi  de  los  orientales  con  los  espa- 
ñoles y  portugueses,  en  la  guerra  civil  de  la  Provincia  de 
Montevideo  con  las  tropas  de  Buenos  Aires  desde  el  año 
1811  hasta  el  de  1810.  Escrita  en  1830  por  Un  oricntah. 
Don  Andrés  Lamas  la  encabeza  con  estas  líneas:  «La  me- 
moria que  va  á  leerse  nos  parece  indisputablemente  escrita 
por  un  testigo,  si   no  actor  en  los  sucesos  que  narra». 

Don  Isidoro  De- María  («Compendio  de  la  Historia:-), 
al  ocuparse  de  la  campaña  contra  los  portugueses  dice  que 
sus  datos  proceden  de  una  «memoria  escrita  de  puño  y  le- 
tra del  general  Rivera».  Agrega  que  el  original  le  fué  en- 
tregado por  doña  Bernardina  Fragoso  de  Rivera,  en  1842, 
y  que  de  ese  original  pi'oporcionó  una  copia  á  don  Ensebio 
Cabral,  quien  la  entregó  á  don  Andrés  Lamas  con  destino 
á  la  biblioteca  de  «El  Comercio  del  Plata»  y  que  allí  apa- 
reció suscrita  [)0i'  «  LTn  oriental  ». 

Ma eso  («Artigas  y  su  época»),  al  hablar  de  los  prime- 
ros hechos  de  armas  de  la  campaña  de  181G  contra  los 
portugueses,  asegura  también  que  tuvo  á  la  vista  el  origi- 
nal de  la  Memoria  «escrita  de  puño  ^y  letra  del  general 
Rivera». 


2G2  JOSÉ  ARTIGAS 

Bauza,  en  cambio  («Historia  de  la  dominaciÓQ  españo- 
la»), aludiendo  á  la  memoria  de  la  colección  Lamas,  la- 
menta que  sobre  el  testimonio  de  un  «documento  anóni- 
mo» se  haya  pretendido  arrancar  al  general  Rufino  Bauza 
la  gloria  de  la  victoria  de  Guayabos. 

Dos  observaciones  concluyentes  cabe  hacer  sobre  la  au- 
tenticidad de  la  Memoria. 

En  primer  lugar,  no  es  creíble  que  don  Andrés  Lamas 
mantuviera  el  anónimo,  en  vez  de  prestigiar  el  documento 
con  el  nombre  del  autor,  si  ese  nombre  hubiera  sido  cono- 
cido. 

En  segundo  lugar,  un  actor  en  los  sucesos,  y  un  actor 
tan  principal  como  Rivera,  no  ha  podido  incurrir  en  erro- 
res garrafales  de  fechas  al  relacionar  sucesos  de  armas  que 
él  tenía  que  conservar  frescos  en  su  cabeza.  Según  la  Me- 
moria, Artigas  llegó  el  1 1  de  septiembre  de  1811  á  San 
José;  el  1 9  ocupó  las  puntas  del  Canelón  Chico;  y  luego 
dio  la  batalla  de  las  Piedras.  No  se  trata  de  un  error  aisla- 
do de  fechas,  puesto  que  la  narración  arranca  del  28  de  ju- 
lio de  1811,  en  que  se  produce  el  combate  del  Colla;  refiere 
las  acciones  del  8  y  del  6  de  septiembre  respectivamente 
en  el  Paso  del  Rey  y  San  José;  y  continuando  el  encade- 
namiento de  los  sucesos,  establece  que  Artigas  llegó  el  11 
á  San  José  y  el  19  á  Canelón  Chico.  Nada  se  fija  tan  ní- 
tidamente en  la  memoria  de  nuestros  hombres  de  guerra 
como  las  peripecias  de  sus  campañas  y  las  fechas  délos 
sucesos  de  armas  en  que  han  intervenido.  ¿Podía  Rivera 
cometer  tantos  errores  á  la  vez,  pues  no  hay  una  sola  fecha 
exacta,  empezando  por  la  de  la  batalla  de  Las  Piedras  que 
relega  al  19  de  septiembre,  siendo  así  que  tuvo  lugar  el 
18  de  mayo? 

No  sería  imposible  que  sobre  la  base  de  conversaciones 
de  Rivera,  bien  ó  mal  comprendidas  y  retenidas,  cualquier 
tercero  se  hubiei'a  encargado  de  redactar  esa  Memoria,  en 
la  que  por  otra  parte  a(]uel  militar  jamás  surge  como  autor, 
sino  como  uno  de  tantos  personajes  que  se  mueven  en  el 
cuadro  de  la  campaña. 


IjESCAlíGO^    Y  JUSTIFICACIONES  263 

Después  de  este  preámbulo,  volvamos  á  uuestro  tema. 

Hablando  de  Otorgues,  dice  la  Memoria  que  abrió  un 
puerto  en  Los  Cerrillos,  en  donde  se  cometieron  toda  cla- 
se de  hostilidades;  (|ue  el  corond  Bauza,  jefe  del  batallón 
de  libertos  y  sus  oficiales,  cansados  del  desorden  y  sin  es- 
peranza de  suceso,  se  entendieron  con  el  general  Lecor 
para  dirigirse,  como  se  dirigieron,  á  Buenos  Aires;  que 
Otorgues  se  quedó  sin  gente  y  tuvo  que  escaparse  para 
que  no  lo  asesinara  el  oficial  Mieres,  en  castigo  del  fusila- 
miento de  un  hermano. 

Si  en  la  redacción  de  la  Memoria  anónima,  hubiera  te- 
nido alguna  participación  el  general  Rivera,  por  ese  solo 
hecho  habría  que  poner  en  cuarentena  todo  lo  que  ella 
dice  del  coronel  Otorgues,  dada  la  magnitud  de  los  conflic- 
tos ocurridos  entre  ambos  jefes  durante  el  curso  de  la  in- 
vasión portuguesa. 

En  su  «Compendio  de  la  Historia»,  reproduce  De-Ma- 
ría dos  oficios  de  Rivera,  que  son  decisivos  á  ese  respecto. 
En  el  primero,  de  6  de  agosto  de  1817,  transmitido  á 
Otorgues  por  intermedio  del  alcalde  de  primer  voto  de 
Maldonado,  hace  constar  Rivera:  que  la  división  de  Otor- 
gues ha  desobedecido  las  decisiones  de  Artigas  y  que  ade- 
más ha  interceptado  los  útiles  de  guerra  y  provisiones  des- 
tinadas á  sus  fuerzas;  y  en  el  segundo,  dirigido  á  don  Fran- 
cisco Agudar  el  9  de  agosto  de  1817,  habla  Rivera  del 
levantamiento  del  campamento  como  medio  de  «alejar  paia 
siempre  la  guerra  civil  que  ya  se  deja  traslucir  en  el  país». 

Al  ocuparnos  del  gobierno  de  1815,  tendremos  oportu- 
nidad de  conocer  y  apreciar  otros  testimonios  relacionados 
con  la  actuación  de  Otorgues. 

Culta. 

Es  tan  formidable  !a  leyenda,  que  hasta  los  mismos  pa- 
negiristas del  jefe  de  los  orientales  no  pueden  á  veces  des- 
prenderse de  ella. 

Habla  Bíiuzá  («Historia  de  la  dominación  española»), 
de  los  sucesos  de  1812: 


264  JOSÉ    ARTIGAS 

La  campaña  oriental  se  había  convertido  en  un  desierto 
inhabitable.  Vigodet  había  aterrorizado  á  los  que  no  habían 
ido  en  la  peregrinación  de  Artigas,  con  noticias  de  saqueos 
por  los  indios,  para  reconcentrar  en  Montevideo  todos  los 
elementos  que  podían  ser  útiles  al  movimiento  indepen- 
diente. Un  cabecilla  indígena,  de  nombre  Sandíí,  se  desta- 
có por  su  cuenta  del  ejército  de  Artigas  y  saqueó  el  pueblo 
de  la  Florida.  En  el  acto  lo  alcanzó  una  partida  patriota 
y  sin  más  trámite  lo  fusiló.  Pero  la  noticia  del  saqueo,  sin 
su  complemento  del  castigo,  fué  grandemente  explotada  por 
Vigodet,  que  obtuvo  así  que  se  refugiaran  en  Montevideo 
de  3,500  á  4,000  individuos.  Dentro  de  ese  desierto,  era 
natural  que  el  matreraje  hiciera  de  las  suyas.  En  su  ma- 
yoría se  componía  de  desertores,  que  la  revolución  se  en- 
cargó de  dignificar.  Uno  de  esos  desertores,  José  Culta, 
cabo  del  regimiento  de  blandengues,  resolvió  atacar  al 
frente  de  una  partida  de  bandoleros  la  estancia  de  don  To- 
más García  de  Zúñiga,  que  no  había  seguido  á  Artigas  al 
Ayuí.  Pero  advertido  Zííñiga,  dio  una  sorpresa  á  Culta  y 
convenció  á  éste  de  que  debía  transformarse  de  bandolero 
en  soldado  de  la  patria,  como  en  efecto  lo  hizo,  sitiando  á 
Montevideo  y  recibiendo  honores  militares  del  gobierno  de 
Buenos  Aires.  El  mulato  Encarnación  era  también  un  ma- 
trero temido  por  sus  fechorías.  Su  fama  extendida  por  todo 
el  país  le  granjeó  la  admiración  de  los  facinerosos,  que  se 
le  juntaban  con  gusto,  encantados  de  tener  un  jefe  que  les 
superase.  También  floreció  Gay,  otro  forajido.  De  algunos 
como  Casavalle,  Gari,  Pedro  Amigo,  apenas  si  ha  quedado 
el  recuerdo  de  sus  nombres,  sabiéndose  de  Amigo  que  pe- 
reció en  el  patíbulo. 

Oigamos  ahora  á  los  contemporáneos. 

En  su  «  Diario  histórico  del  sitio  de  Montevideo  »,  don 
Francisco  Acuña  de  Figueroa,  que  era  un  realista  decidido, 
segíin  él  mismo  lo  declara,  se  ocupa  repetidas  veces  del  ofi- 
cial Culta. 

Dice  en  el  exoidio,  que  por  el  Miguelete  y  Peñarol  «es- 
parcía el  terror  Culta  >.  Ese  caudillo,  agrega,  se  presentó  á 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  265 

fines  de  septiembre  y  avanzó  liasta  el  Cerrito  el  1 .°  de  octu- 
bre de  1812.  En  una  nota,  amplía  así  su  referencia  el  autor: 

«José  Enrique  Culta,  primer  caudillo  que  con  fuerza  ar- 
mada de  orientídes  se  presentó  á  la  vista  de  Montevideo, 
antes  de  llegar  el  general  Rondeau.  Era  un  hombre  vulgar, 
pero  de  grande  valor  y  opinión  éntrelos  campesinos.  El  se 
alzó  en  la  campaña  á  hacer  la  guerra  por  su  cuenta,  á  la 
voz  de  libertad  que  á  la  distancia  proclamaba  don  José 
Artigas,  instalado  general  y  como  patriarca  de  los  orienta- 
les. Culta,  con  un  grupo  de  paisanos  mal  armados,  empezó 
á  hacer  correrías  en    la  campaña  y  algunos  desórdenes  y 
violencias.  Poco  después,  don  Tomás  García  de  Ziiñiga  que 
se  hallaba  á  su  cabeza,  lo  llamó,  lo  aconsejó  bien  y  le  pro- 
porcionó ropa  y  armamento;  lo  mismo  hizo  el  compatriota 
don  Pedro  J.  Sienra^  quien  con  grandes  riesgos  y  loables 
astucias  logró   proporcionarle  armamento  y  dinero,  con  lo 
cual  Culta  empezó  ya  ú  hacer  la  guen-a  de  un  modo  regu- 
lar y  con  cierta  disciplina,  aumentando  su  crédito  y  el  nú- 
mero de  su  gente;  de  manera  que  en  28  de  septiembre  de 
1812,  según  consta  de  oficio,  ya  tenía  350  hombres,  etc. 
Tomó  prisioneras  varias  guarniciones  realistas  en  los  pue- 
blos, y  caballadas  y  armamentos;  y  así,  acosando  y  persi- 
guiendo á  cuantas  partidas  se  le  oponían,  se  presentó  en  el 
Cerrito  el  1.°  de  octubre  de    181  2,  pudiendo  decirse  con 
exactitud  que  él   con  sus  orientales  plantó  el  sitio  de    la 
plaza  veinte  días  antes  de  llegar  el  ejército  argentino    con 
el  general  Rondeau». 

De  la  narración  poética  correspondiente  al  1.°  de  octu- 
bre, entresacamos  estas  referencias:  «el  intrépido  Culta, 
aquel  terrible  artiguista,  que  difundiendo  el  espanto,  el  cam- 
po en  torno  domina;  de  quien  huyendo  azoradas  guarni- 
ciones y  familias,  con  hipérboles  ponderan  la  fiereza  y  la 

osadía »   Por   [)rimera   vez   Culta  levanta    «la   insignia 

blanca  y  celeste...  •»  «A  este  caudillo  y  su  gente  el  vulgo 
absorto  designa  cual  fantasma  asoladora  que  forja  la  fan- 
tasía. Mucho  el  terror  exagera,  no  poco  inventa  la  intriga, 
mas  el  que  imparcial  escribe,  vulgaridades  omite». 


266  JOSÉ    ARTIGAS 

En  el  curso  del  mismo  día  salió  una  fuerza  de  la  plaza  y 
después  de  algunas  guerrillas,  tuvo  que  retirarse  con  dos 
heridos.  Otras  fuerzas  capturaron  á  un  paisano  que  con- 
ducía correspondencia  con  destino  á  Culta,  y  que  para  no 
comprometer  á  nadie  se  comió  «el  pliego  á  bocados».  Al 
día  siguiente  el  mismo  correo  se  entregó  como  un  héroe  al 
sacrificio,  previa  sentencia  del  Consejo  de  Guerra,  sin  dela- 
tar á  nadie,  aún  cuando  el  perdón  le  ofrecían.  Fué  conde- 
nado á  300  palos  y  «entre  los  ayes  que  el  dolor  le  arranca, 
dijo  ¡quiero  morir,  mas  no  decirlo!» 

Más  adelante,  aparecen  Culta  y  sus  soldados,  daíido 
pruebas  de  gran  valor.  Una  noche  (no  había  llegado 
aún  Rondeau),  hubo  una  gran  conmoción  en  la  plaza, 
á  causa  de  haber  divisado  el  centinela  tres  bultos  em- 
bozados, sobre  los  cuales  disparó  un  tiro.  Al  grito  ¡á  las 
armas!  ge  pusieron  de  pie  todas  las  fuerzas  de  la  plaza,  pro- 
duciéndose una  gran  confusión  de  clamores  y  tiros.  Gri- 
tábase por  unos  traición  y  por  otros  asalto,  y  hubo  muer- 
tos y  heridos. 

«Diariamente  de  la  plaza  al  campamento  enemigo  —la 
deserción  numerosa  — es  de  seducción  indicio.  Pero  ¿qué 
más  seducción  que  ese  aparente  prestigio  de  libertad  que 
alucina— aún  á  aquel  que  no  es  cautivo?» 

El  20  de  octubre  de  1812  apareció  Rondeau  en  el  Ce- 
rrito. 

Tres  meses  después  los  lanchones  del  ejército  si- 
tiador daban  un  asalto  en  plena  bahía  á  la  escua- 
drilla española.  La  expedición  que  se  componía  de  60 
hombres  iba  á  cargo  de  Caparros,  Urasma  y  Culta.  El  22 
volvía  al  puerto  un  bergantín  español  apresado  por  los  ex- 
pedicionarios y  reconquistado  por  los  realistas.  Entre  los 
prisioneros  estaban  Culta,  Caparros  y  46  más,  que  fueron 
alojados  en  la  Cindadela. 

Tales  son  los  datos  que  suministra  la  relación  de  un  tes- 
tigo de  gran  autoridad.  Se  trata,  como  se  ve,  de  una  es- 
pléndida foja  de  servicios:  veinte  días  antes  de  la  llegada 
del  ejército  de  Rondeau,  el  heroico  oficial  iniciaba  el  sitio 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  267 

de  Montevideo  á  la  sombra  de  la  insignia  blanca  y  celeste 
que  había  de  simbolizar  más  tarde  los  colores  de  la  patria, 
y  en  una  serie  de  grandes  proezas,  acomete  la  aventura  de 
apoderarse  de  la  escuadra  española  y  cae  prisionero  de  los 
realistas  que  en  el  acto  lo  encierran  en  los  calabozos  de  la 
fortaleza  de  Montevideo. 

También  actuó  Culta  gloriosamente  en  la  batalla  del 
Cerrito,  y  entre  los  jefes  principales,  según  resulta  del 
parte  de  Rondeau  al  capitán  general  don  Manuel  de  Sarra- 
tea  y  diario  militar  del  ejército  del  Norte  (Zinny,  <^ Biblio- 
grafía hist(5rica  de  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la 
Plata»): 

«Los  jefes  principales  que  en  él  figuran  son:  el  teniente 
coronel  don  Ventura  Vázquez,  el  comandante  de  escuadrón 
don  Rafael  Hortiguera,  el  teniente  coronel  don  Miguel 
Estanislao  Soler,  el  comandante  Culta,  el  teniente  coronel 
don  Blas  Pico,  el  sargento  mayor  don  Hilarión  de  la  Quin- 
tana y  el  comandante  don  Baltasar  Bargas ^>. 

Pedro  Amigo. 

Sigamos  haciendo  desfilar  á   los  subalternos  de  Artigas. 

Del  fin  de  otros  de  los  sanguinarios  capitanejos  de  Arti- 
gas, dice  el  señor  Antonio  Díaz  (hijo)  («Galería  contem- 
poránea»), instruye  un  bando  de  don  Ildefonso  Champagne, 
alcalde  de  segundo  voto,  haciendo  saber  que  ante  su  Juzga- 
do y  en  virtud  de  órdenes  de  la  Cámara  de  Apelaciones 
del  Estado  Cisplatino  se  ha  seguido  causa  «de  oficio  con- 
tra Pedro  Amigo,  José  Mariano  Mendoza,  Ildefonso  Ba- 
sualdo,  Manuel  Casavalle,  Agustín  Velázquez,  Celedonio 
Rojas,  Manuel  Freiré,  un  portugués  llamado  Pintos,  Ma- 
nuel Araujo  y  Pantaleón  Artigas,  por  haber  robado  y  ase- 
sinado á  sangre  fría  en  abril  de  este  año,  en  el  arroyo  Ma- 
lo, á  siete  negociantes,  hombres  honrados  y  pacíficos  que 
allí  transitaban,  siendo  condenados  á  muerte  por  reos  la- 
drones y  asesin(>s,  Amigo,  Freiré,  Pintos,  Araujo  y  Artigas». 

Un    oficio   al   Barón   de    la    Laguna,   que    reproduce 


268  JOSÉ  ARTIGAS 

el  mitor,  datado  en  la  villa  de  Guadalupe  el  1 2  de  no- 
viembre de  1823,  pidiendo  el  envío  del  reo  Mendoza, 
«en  la  causa  seguida  por  este  Juzgado  contra  Pedro  Ami- 
go y  sus  cómplices,  sobre  los  robos  y  asesinatos  que  han 
cometido»,  demuestra  que  el  bando  de  Champagne  corres- 
ponde al  propio  año  1823  y  á  la  magistratura  de  Guada- 
lupe. 

Agrega  el  mismo  historiador,  que  Blas  Basualdo  (a) 
<'Blasito»,  fué  asesinado  por  un  muchacho  en  una  pulpería 
de  Entre  Ríos  en  1828;  y  que  Andrés  Artigas  (a)  «Andre- 
sito»  «murió  en  la  cárcel  del  Janeiro  por  un  presunto  ase- 
sinato en  1823». 

Así  se  escribe  la  historia  antiartiguista.  Andrés  Arti- 
gas preso  en  una  cárcel  de  Río  Janeiro  por  un  asesinato 
ocurrido  en  1823!  Y  sin  embargo,  es  notoria  la  causa  de 
la  prisión  del  heroico  y  humano  caudillo  de  las  poblacio- 
nes indígenas  en  las  guerras  de  la  independencia  Atacado 
y  vencido  por  los  portugueses  en  Itacururú  en  junio  de 
1819,  no  pudo  escapar  á  las  garras  de  sus  peí  seguidores 
y  fué  enviado  á  Río  Janeiro  y  encerrado  en  un  calabozo, 
donde  murió  á  los  pocos  meses.  (Bauza,  «Historia  de  la 
dominación  española»).  Agrega  Maeso  («Artigas  y  su  épo- 
ca-)) que  murió  envenenado  el  año  1820  en  una  fortaleza 
del  Brasil.  Prescindamos  de  la  causa  del  fallecimiento.  Lo 
que  debe  asombrar  verdaderamente,  es  que  un  jefe  que  cae 
prisionero  á  raíz  de  una  batalla^,  sea  presentado  ante  la  his- 
toria como  uucriminal  á  quien  se  enjuicia  por  delitos  co- 
munes. 

Algo  ha  quedado  también  de  Pedro  Amigo,  para  des- 
autorizar á  sus  detractores. 

Dice  don  Juan  Manuel  de  la  Sota  («Cuadros  históri- 
cos»), hablando  de  la  lucha  que  se  produjo  en  Montevi- 
deo entre  las  fuerzas  brasileñas  y  portuguesas  á  cargo  de 
los  generales  Lecor  y  da  Costa,  que  el  primero  interceptó 
correspondencia  del  Cabildo  de  Montevideo  á  Maiuiel  Duran 
y  á  Pedro  Amigo  «para  que  trabajaran  incesantemente  é 
incendiaran  la  campaña  á  toda  costa,  nombrando  al  efecto 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  í}()9 

á  Duran  de  comandante  interino  hasta  la  llegada  de  Lava- 
lleja».  El  señor  de  la  Sota,  que  es  un  furibundo  antiarti- 
guista,  agrega  que  Pedro  Amigo  en  los  últimos  quince  días 
de  abril  había  asesinado  ú.  veintidós  individuos,  que  juz- 
gaba contrarios  á  sus  ideas;  que  las  fuerzas  de  Rivera,  á  la 
sazón  al  servicio  de  Lecor,  lo  aprisionaron;  y  que  entre- 
gado á  la  justicia,  fue  condenado  á  muerte,  habiendo  actua- 
do en  la  causa  como  defensor  suyo  don  Joaquín  Suárez. 
Quiere  decir,  pues,  que  cuando  Pedro  Amigo  fué  apre- 
hendido por  las  fuerzas  de  Rivera,  andaba  en  misión  del 
Cabildo  de  Montevideo  prepai-ando  la  insurrección  de  la 
campaña  contra  la  dominación  brasileña  que  pugnaba  por 
sustituirse  á  la  dominación  portuguesa  ya  próxima  á 
terminar  con  el  regreso  á  Europa  de  la  División  de 
Voluntarios  del  Rey  que  guarnecía  á  Montevideo.  El 
general  da  Costa,  jefe  de  las  referidas  fuerzas,  esta- 
ba en  esos  momentos  de  acuerdo  con  algunos  patriotas 
orientales  para  precipitar  el  desalojo  de  las  fuerzas  brasi- 
leñas acaudilladas  por  Lecor.  Era,  por  lo  tanto,  el  capitán 
Amigo  un  revolucionario,  un  preso  político,  y  de  acuerdo 
con  la  lógica  imperante  había  que  bautizarlo  como  bandido 
famoso,  y  así  lo  han  bautizado  los  historiadores  antiarti- 
guistas. 

MONTERROSO. 

Acerca  de  los  demás  subalternos  de  Artigas,  nada  pode- 
mos decir.  Faltan  testimonios  de  la  época  para  rebatir  las 
tradiciones  de  los  historiadores  argentinos. 

Puede  agregarse,  que  al  surgir  nuestros  dos  grandes  par- 
tidos trac^.icionales,  la  propia  atmósfera  patria  quedó  envene- 
nada para  algunos  de  los  actores  gloriosos  de  las  luchas  por 
la  independencia.  Es  el  caso  del  fraile  Monterroso,  que 
cuando  desembarcó  en  Montevideo,  después  de  catorce 
años  de  ostracismo  voluntario,  fué  expulsado  á  título  de 
vinculaciones  con  uno  de  los  bandos  en  lucha,  lo  que  no 
impidió  que  el  doctor  López  atribuyera  la  actitud  de  lasau- 


270  JOSÉ    ARTIGAS 

toridatles  al  sentimiento  de  lioi'ror  que  la  presencia  del 
fraile  bandolero  provocaba  en  los  habitantes  de  su  ciudad 
natal! 

De  los  testigos  de  la  época,  sólo  el  coronel  Cáceres  se 
ocupa  de  Monterroso,  y  su  testimonio  está  seguramente  vi- 
ciado por  rivalidades  6  antagonismos  de  campamento,  úni- 
cos á  que  puede  atribuirse  el  relato  del  episodio  á  bordo 
del  bergantín  «Belén,»  que  vamos  á  reproducir,  del  todo 
inconciliable  con  el  carácter  entei'O  é  independiente  del  se- 
cretario de  Artioas. 

En  el  interrogatorio  que  absolvió  en  1856,  á  pedido  del 
general  Mitre  (Archivo  Mitre),  expresa  el  coronel  Cáceres 
que  en  su  presencia  habló  así  Monterroso: 

«Desengáñense  ustedes,  en  esta  época  se  encuentra  más 
virtud  en  la  ignorancia  que  en  la  ilustración;  echen  uste- 
des una  ojeada  á  los  pueblos  de  Misiones  y  verán  aunque 
son  los  más  ignorantes  son  los  que  tienen  verdadero  amor 
al  sistema,  que  han  ido  á  Corrientes,  al  Entre  Ríos  é  irán 
donde  quiera  les  llame  la  necesidad  de  aalvar  la  patria;  pe- 
ro los  entrerrianos  que  se  consideran  más  ilustrados,  con 
pretexto  de  ciertos  montaraces  no  nos  quieren  ayudar,  y 
don  Frutos  que  se  ha  metido  apolítico  se  nos  quiere  levantar 
con  el  santo  y  la  limosna;  por  esta  razón,  en  mi  opinión, 
la  fuerza  debe  confiarse  á  un  hombre  ignorante,  que  es  el 
que  obedece  ciegamente  las  disposiciones  de  su  jefe.» 

Monterroso,  agrega  el  coronel  Cáceres,  había  sido  rector 
de  filosofía  en  Córdoba  v  maestro  de  don  José  Benito  La- 
mas.  Después  de  la  derrota  de  Artigas,  cayó  prisionero  de 
Ramírez,  quien  le  obligó  á  subir  á  la  cofa  del  bergantín 
«Belén»  y  predicar  desde  allí  contra  Artiga.  Posteriormen- 
te, tuvoá  su  cargo  la  secretaría  del  general  Ramírez,  termi- 
na el  manuscrito  que  extractamos. 

Para  llenar  en  parte  el  enorme  vacío  de  las  informacio- 
nes históricas,  vamos  á  reproducir  una  carta  de  Monterroso. 
En  ella  aparece  el  secretario  de  Artigas  con  todos  sus  carac- 
teres personales,  haciendo  el  proceso  del  espíritu  porteño 
que  más  tarde  había  de  flagelarlo  á  él  á  la  sombra  de  pre- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICA CrOIÍES  27  I 

tendidas  tradiciones  de  la  época.  Está  datada  en  Marsella, 
adonde  tuvo  que  dirigirse  el  autor,  como  consecuencia  del 
destierro  que  le  impuso  el  gobierno  de  Rivera  en  1834. 
Obraba  original  esa  carta  en  el  archivo  del  doctor  F.  A. 
Berra  y  de  ella  obtuvo  el  doctor  Carlos  María  de  Pena  la 
copia  que  enseguida  reproducimos: 

«Señor  Cura  don  F.  Gadea — Marsella,  25  de  febrero  de 
35. —  Mi  estimado  pariente:  si  los  lazos  de  la  sociedad  son 
fuertes,  nunca  más  firmes,  que  cuando  son  entrelazados 
con  los  vínculos  de  familia,  de  paisanaje,  de  opinión,  etc., 
He  sabido  en  Montevideo  que  usted  despliega  ingenio  y 
energía.  Siempre  la  Banda  Oriental  daría  hijos  herederos 
de  su  engrandecimiento:  su  clima,  su  posición  le  dan  esta 
ventaja.  Con  la  Revolución  se  ha  desplegado  su  genio:  los 
continuos  combates  le  han  dado  gloria:  su  historia  abunda 
de  cosas  grandes:  negarle  esta  prerrogativa,  es  negar  los  he- 
chos. Ella  marcha  á  su  término;  ó  es  preciso  borrarla  de  la 
situación  que  ocupa  en  el  Mapa  Mundi.  Por  exageradas 
que  aparezcan  estas  ideas,  envuelven  en  su  fondo  un  ger- 
men que  es  más  digno  de  admirarse,  que  de  explicarse. 
Aun  antes  de  la  revolución  se  notaron  estos  síntomas.  La 
reconquista  de  Buenos  Aires  es  la  obra  de  sus  manos.  La 
Junta  representativa  de  Montevideo  en  1808  indica  sus 
ideas.  En  la  revolución,  ¿qué  podría  decirse?  ¿que  no  siguió 
el  rol  común?  Su  causa  justificada  por  los  mismos  que  la 
combatieron.  Los  tratados  de  Buenos  Aires  y  Brasil  con- 
firman el  hecho;  y  la  declaración  de  la  República  Oriental 
del  Uruguay  no  fué  más  que  la  reivindicación  de  su  justi- 
cia. La  garantía  del  Gabinete  de  Saint-James,  la  confirma- 
ción de  las  intrigas  que  la  precedieron.  Aquí  de  un  adagio 
español  «se  enojaron  los  compadres,  se  descubrieron  las  ver- 
dades». Y  después  de  un  resultado  tan  glorioso  ¿podrá  negar- 
se el  genio  á  los  orientales?  ¡Personificarlo!  Es  pobreza:  es 
táctica  de  la  política  no  del  convencimiento.  La  oposición 
en  1811  al  tratado  de  paz  entre  Buenos  Aires  y  Elío  reco- 
nociendo á  éste  por  capitán  general  hasta  el  Paraná,  no  fué 
el  voto  de  un  hombre  sino  de  un  pueblo.  La  oposición  á  la 


272  JOSÉ    ARTIGAS 

entrada  del  general  Sonsa  con  70  hombres  en  esa  raisraa 
época,  inviste  el  mismo  carácter.  Este  es  el  punto  jefe  don- 
de debe  partirse  para  convencerse  si  era  ó  no  el  genio  el 
que  decidía.  Sin  recursos,  sin  táctica,  tal  vez  sin  moral  públi- 
ca, su  entusiasmo  lo  prepara  todo,  todo  se  facilita.  Se  pelea 
y  se  vence.  Si  se  miden  exactamente  las  proporciones,  no 
fueron  los  griegos  más  gloriosos  en  Maratón,  ni  los  espa- 
ñoles resistiendo  á  los  franceses.  Li  historia  desarrollará 
estas  ideas  y  dará  al  tiempo  lo  que  es  del  tiempo.  En  tanto 
mi  cálculo  es,  que  el  genio  que  ha  de  desarrollar  la  gran- 
deza del  pueblo  oriental,  ha  nacido  ya:  por  aventurero  que 
se  suponga,  es  fundado  en  hechos,  no  en  teorías. 

«Mientras  usted  medita,  pasaré  á  otra  cosa  para  darle 
materia  en  que  ocupar  el  tiempo  con  agrado  y  tal  vez  pro- 
vecho. Escribo  á  usted  desde  Marsella.  Por  este  solo  rasgo 
advertirá  el  objeto  de  mi  carta.  No  pienso  hablar  á  usted 
como  amigo  en  tono  de  lamentaciones.  Esto  es  muy  triste; 
y  para  tristes  el  Perú.  Hablaré  á  usted  como  Diputado  ins- 
tituido por  la  ley  para  velar  sobre  su  cumplimiento.  A  los 
14  años  después  de  mi  ostracismo  voluntario,  veo  mi  país 
constituido  y  me  presento  en  Montevideo.  Me  creía  seguro 
bajo  la  égida  de  la  ley,  porque  al  fin  no  había  sido  un 
ladrón  ni  un  traidor;  y  sin  embargo,  al  presentarme  en  po- 
licía, hospita  insalutato, — está  usted  preso.  Hasta  aquí  la 
formalidad  es  de  estilo.  Vamos  á  lo  grande.  Soy  expatriado 
sin  formación  de  causa.  Este  pecada zo  político  se  dora 
con  el  título  de  la  gran  religiosidad;  y  sin  más  ni  más  me 
tiene  usted  en  Marsella  y  á  mis  expensas,  que  es  otro  It 
más;  y  sin  querer  darme  mi  Pasaporte,  que  es  la  última 
bribonada.  Observaciones:  sobre  un  huevo  pone  la  gallina; 
y  el  despotismo  avanza  con  esta  razón.  Si  el  pueblo  calla, 
el  gobierno  se  avanza:  si  se  le  resiste  y  se  le  señala  el  ca- 
mino, cede;  porque  conoce  que  su  autoridad  tiene  por  ob- 
jeto marchar  en  línea  recta.  Si  hay  leyes,  deben  cumplirse: 
tenerlas  y  no  cumplirlas,  es  el  peor  de  los  males  en  sentir 
de  los  Políticos.  El  que  vaya  al  África  sufi'irá  el  despotismo 
por  conocimiento.  El  que  corra  un  país  libre  mirará  el  des- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  273 

potismo  con  seutimieuto.  El  resultado  es  el  mismo  que  las 
impresiones  diferentes.  El  ministro  será  el  depositario  de 
la  ley;  no  su  superior.  Si  lo  primero,  ¿por  qué  se  le  permite 
tanta  arbitrariedad?  ¿Para  qué  son  las  Cámaras  de  Senado- 
res y  de  Diputados.  A  éstos  es  mi  reclamo,  no  al  ministro. 
El  hará  bien  obrando  como  quiere:  las  autoridades  obrarán 
mal  no  llevando  la  ley  por  regla.  Si  lo  segundo,  la  prácti- 
ca lo  condena:  es  superior  sobreponiéndose  á  las  institu- 
ciones. ¡Bravo!...  ¡Bravísimo!  Lo  entiendo,  lo  entiendo. 

«Acerquémonos  más  á  lo  inmediato  de  mi  persona.  Ex- 
patriado por  irreligioso:  ¿y  Agüero  paseándose  en  Montevi- 
deo? ¿No  forma  un  contraste  ante  la  ley?  Busque  usted  los 
principios  y  en  los  resultados  no  hallará  más  diferencia, 
que  lo  oriental  y  lo  porteño.  Rivadavia  y  Artigas:  Agüe- 
ro y  yo.  Aquéllos  laudados  hasta  en  el  Almanaque.  Nos- 
otros condenados  de  hecho  y  de  derecho.  ¡Qué  importa!  Si 
ellos  instituyeron,  nosotros  les  enseñamos  el  camino.  El 
artículo  134  de  la  Constitución  es  la  guía.  Después  de  él 
juzgarme  por  irreligioso  es  convencer  de  prevención,  no  de 
título  legal.  No  habiendo  sido  juzgado,  tengo  derecho  al 
reclamo;  ninguno  es  indigno  sino  convencido.  Mas  yo  desea- 
ba ser  juzgado.  Entonces  se  hubieran  desarrollado  las  ideas. 
Temieron;  y  me  expatriaron.  Nunca  soy  más  justificado.  El 
crimen  es  más  odioso  cuando  más  de  manifiesto.  Yo  fui 
expatriado  entre  gallos  y  media  noche;  es  la  prueba  de  mi 
justificación,  porque  si  soy  indigno:  testímoníum  perhibe 
de  malo;  sí  non  cur  me  codís-. 

Esta  carta  que  está  suscrita  por  José  Roso,  y  no  José 
Monterroso,  por  temores  ó  prevenciones  del  momento,  pero 
que  por  el  relato  del  incidente  personal  ocurrido  en  Mon- 
tevideo, es  inequívocamente  del  secretario  de  Artigas,  cons- 
tituye una  verdadera  joya  política  de  la  época  de  la  Inde- 
pendencia, en  cuanto  exhibe  el  criterio  general  con  que  se 
habían  apreciado  siempre  las  cosas  por  el  artiguismo.  Ante 
todo,  una  fe  inmensa  en  el  engrandecimiento  de  la  patria. 
Ella  marcha  a  su  término  ó  será  preciso  borrarla  de  la  si- 
tuación privilegiada  que  ocupa  en  Sud  América;  el  genio 

JOSK  ARTIGAS.— 18  r.  I. 


274  JOSÉ    ARTIGAS 

de  sus  hombres  está  ya  ampliamente  traducido  en  la  recon- 
quista de  Buenos  Aires,  en  la  creación  de  la  Junta  Guber- 
nativa de  1808  y  en  la  gigantesca  lucha  contra  la  inva- 
sión portuguesa  que  inicia  en  1811  un  grupo  de  setenta 
ciudadanos  contra  el  ejército  de  Souza  y  que  se  agiganta 
luego  en  términos  no  excedidos  por  los  griegos  en  Mara- 
tón, ni  por  los  españoles  en  su  lucha  contra  los  franceses. 
La  historia,  desarrollará  estas  ideas  y  dará  al  tiempo  lo 
que  es  del  tiempo,  dice  Mouterroso,  cerrando  esta  primera 
parte  de  su  carta  que  revela  á  su  vez  la  función  importan- 
tísima desempeñada  por  la  Provincia  Oriental  en  la  Revolu- 
ción y  antes  de  ella,  y  la  causa  de  los  antagonismos  exis- 
tentes con  Buenos  Aires.  En  la  segunda  parte,  Mon terroso 
se  encara  con  el  diputado  Gadea,  le  señala  una  arbitrarie- 
dad cometida  por  el  Poder  Ejecutivo,  demuestra  la  necesi- 
dad de  que  cada  uno  de  los  Poderes  del  Estado  cumpla  sus 
deberes  de  fiscalización  y  le  da  una  lección  práctica  de  dere- 
cho constitucional  á  la  que  hoy  mismo  no  negarían  su 
firma  los  catedráticos  de  esa  ciencia  en  la  Universidad.  La 
violación  de  la  ley,  es  el  peor  de  todos  los  males,  y  la  vio- 
lación no  combatida  degenera  en  ley  á  su  turno,  concluye 
el  ardoroso  secretario,  inspirado  en  las  ideas  y  sentimien- 
tos del  ambiente  artiguista  en  que  había  vivido. 

En  resumen. 

Haciendo  el  examen  de  las  acusaciones  formuladas- 
contra  Artigas,  hemos  demostrado  que  el  eje  del  proceso  es 
un  libelo  despreciable  en  todo  sentido,  cuyo  autor  tuvo  que 
ampararse  del  anónimo,  porque  era  enemigo  personal  del 
jefe  de  los  orientales  y  porque  escribía  con  pluma  asala- 
riada de  oficial  mayor  del  Directorio  de  Puej^rredón.  Ese  li- 
belo, por  otra  parte,  sólo  invoca  el  testimonio  de  otro  docu- 
mento anónimo  atribuido  á  «Varios  orientales  curiosos», 
como  prueba  de  sus  estupendos  cargos.  Hemos  demostrado 
también  que  Rengger  y  Longchamp  y  el  general  Miller,  se 
vieron  precisados  á  repetir  á  Cavia,  porque  la  índole  de  sus- 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  275 

tareas  y  el  mismo  itinerario  de  sus  viajes  los  alejaban  en 
absoluto  de  todo  contacto  con  el  personaje  á  quien  depri- 
mían. Si  atacaron  á  Artigas,  fué  porque  tenían  á  la  mano 
una  publicación  oficial  que,  como  extranjeros  ajenos  á  las 
miserias  internas,  creyeron  que  debían  aceptar  y  aceptaron 
sin  el  más  remoto  conocimiento  de  causa. 

Eliminados  Cavia,  Rengger  y  Longchamp,  el  general 
Miller,  y  los  gobernantes  argentinos  que  en  lucha  con  Ar- 
tigas pusieron  á  precio  su  cabeza,  para  endiosarlo  después, 
ningún  otro  contemporáneo  figura  en  la  lista  de  los  acusa- 
dores. ¿Dónde  está,  pues,  la  tradición  antiartiguista  de  que 
pretenden  echar  mano  los  grandes  historiadores  argentinos 
pai'a  flagelar  al  jefe  de  los  orientales? 

Forman  legión  en  cambio, y  brillantísima  legión,  los  con- 
temporáneos que  han  dejado  constancia  en  páginas  memo- 
rables de  las  virtudes  cívicas  y  privadas  y  de  las  condicio- 
nes sobresalientes  del  personaje,  confundiéndose  en  el  elogio 
los  admiradores  de  Artigas  y  sus  adversarios  furibundos» 
como  acabamos  de  verlo. 

Los  archivos  oficiales  de  Montevideo,  prueban  que  Ar- 
tigas, en  el  ejercicio  de  sus  funciones  de  oficial  de  blanden- 
gues, aprehendía  bandidos  y  los  remitía  á  sus  jueces  natu- 
rales, llegando  su  corrección  de  procederes  hasta  el  extremo 
de  abstenerse  de  atacar  á  viva  fuerza  á  un  soldado  crimi- 
nal, á  la  espera  de  autorización  expresa  para  proceder  en 
esa  forma.  Y  los  archivos  oficiales  de  Buenos  Aires  con- 
firman ese  mismo  respeto  por  la  justicia,  á  cuyas  deci- 
siones eran  entregados  los  delincuentes  del  Ayuí,  sin  el 
desprecio  á  las  formas  que  en  esa  época  y  en  todo  el  teatro 
de  la  Revolución  americana  era  de  orden  y  se  producía  á. 
cada  instante  sin  suscitar  censura  alguna. 

Algo  más  demuestra  la  documentación  oficial:  el  heroís- 
mo de  Artigas  en  la  reconquista  de  Buenos  Aires  y  en  la 
defensa  de  Montevideo  contra  los  ingleses,  en  los  propios 
momentos  en  que  según  afirman  los  detractores  furibundos, 
estaba  entregado  á  la  vida  de  bandido  y  de  contrabandista 
en  las  fronteras  portuguesas. 


276  JOSÉ    ARTIGAS 

Uu  militar  de  esta  escuela,  podía  figurar  al  lado  de  hom- 
bres eminentes,  y  Azara  que  sabía  buscar  á  sus  subalter- 
nos, lo  escogió  para  la  obra  colonizadora  que  había  proyec- 
tado j  que  empezó  á  realizar  á  título  de  dique  contra  la 
invasión  portuguesa  que  avanzaba  siempre,  tragándose  el 
territorio  español  que  se  le  presentaba  por  delante. 

Al  estallar  el  movimiento  revolucionario  de  181  O,  no 
era  Artigas  un  desconocido:  los  hacendados  lo  elogiaban 
por  su  acción  moralizadora  en  la  campaña  y  los  políticos  y 
los  militares  lo  tenían  en  el  más  alto  concepto. 

Don  Rafael  Zufriateguy,  diputado  por  Montevideo  al 
Congreso  de  Cádiz,  reconoce  en  1811  que  Artigas  en  todo 
tiempo  se  había  merecido  la  mejor  confianza  y  estimación 
de  todo  el  pueblo  y  jefes  en  genera!  por  su  exactísimo  des- 
empeño en  toda  clase  de  servicios. 

El  mariscal  Laguna,  declara  al  rey  de  España  en  1818, 
que  la  adquisición  de  Artigas  es  uno  de  los  puntos  más 
esenciales  para  la  reconquista,  en  razón  de  que  domina 
toda  la  indiada  y  es  dueño  de  sus  corazones  y  en  600  le- 
guas de  circunferencia  no  hay  más  voz  que  la  suyd. 

El  general  Nicolás  de  Vedia,  expresa  que  al  tiempo  de 
estallar  la  Revolución  gozaba  ya  de  opinión  por  servicios 
considerables  que  había  prestado  en  persecución  de  contra- 
bandistas y  Jiialhechores,  y  en  las  guerras  contra  los  por- 
tugueses en  1802  y  contra  los  ingleses  en  1807.  Y  agrega 
que  después  de  producida  la  insurrección  de  la  campaña 
oriental,  llegó  á  ser  el  ídolo  de  su  tierra. 

Para  el  doctor  Mariano  Moreno,  era  Artigas  uno  de  los 
elementos  que  la  Junta  Gubernativa  necesitaba  atraerse  de 
cualquier  modo  por  sus  conocimientos  en  la  campaña,  como 
por  sus  talentos,  opinión,  concepto  y  respeto. 

Don  Joaquín  Suárez,  lo  declara  el  primer  patriota  orien- 
tal y  agrega  que  siempre  obró  como  hombre  honrado;  que 
jamás  faltó  á  su  palabra;  que  lejos  de  ser  sanguinario,  era 
muy  sensible  con  los  desgraciados. 

Larrañaga  formula  su  elogio  considerable  como  gober- 
Dante,  diciendo  que  escaseaba  aun  lo  necesario  en  su  propia 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  277 

persona  para  tener  que  expender  con  profusión  en  la  Bi- 
blioteca de  Montevideo;  como  político,  estableciendo  que 
llegó  á  manejarse  con  tanta  sagacidad  y  destreza  que  pudo 
contrabalancear  más  de  una  vez  el  poder  de  Buenos  Aires, 
«por  cuya  razón  se  lian  escrito  contra  Artigas  cosas  (jue 
horrorizan»;  como  caudillo,  declarando  que  conocía  mu- 
cho el  corazón  humaiio,  que  nadie  lo  igualaba  en  el  arte  de 
manejar  á  nuestros  paisanos,  por  cuya  razón  todos  le  se- 
guían con  amor,  no  obstante  vivir  desnudos  y  llenos  de 
miseria  á  su  lado;  como  hombre  de  cultura,  reconociendo 
que  era  un  espíritu  extraordinario  y  original  en  todo  senti- 
do y  haciendo  el  elogio  de  su  conversación,  de  su  expe- 
riencia y  de  su  tino. 

Para  el  coronel  Cáceres,  Artigas  era  un  hombre  de  bien, 
patriota,  desinteresado,  muy  humano  y  de  un  prestigio 
tan  enorme  que  cuando  ya  iba  á  asilarse  al  Paraguay,  de- 
rrotado en  todas  partes,  todavía  salían  los  indios  á  pe- 
dirle la  bendición  y  abandonando  sus  hogares  seguían 
con  sus  familias  en  procesión  detrás  de  él. 

El  brigadier  general  don  Antonio  Díaz  confirma  los  sen- 
timientos humanitarios  de  Artigas  y  declara  que  los  go- 
biernos de  Buenos  Aires  fueron  causa  de  sus  desaciertos, 
cuando  pudieron  constituirlo  en  uno  de  los  más  varoniles 
y  poderosos  defensores  de  la  política  americana. 

El  historiador  español  don  Mariano  Torrente  declara 
que  '<  Artigas  era  un  oficial  de  valor  y  de  prestigio»,  y  hace 
el  elogio  de  su  valor  indomable  y  de  su  decisión  en  la  bata- 
lla de  las  Piedras. 

En  concepto  de  Juan  Bautista  Alberdi  «hay  dos  Artigas: 
el  de  la  leyenda,  creado  por  el  odio  á  Buenos  Aires;  y  el 
de  la  verdad  histórica,  que  es  un  héroe  >. 

Don  Santiago  Vázquez  reconoce  que  la  emigración  que 
se  produjo  á  raíz  del  levantamiento  del  primer  sitio,  fué  la 
obra  del  prestigio  de  Artigas  que  preparó  un  asilo  y  una 
esperanza  á  todos  los  que  estaban  en  aptitud  para  marchar 
fuera  de  la  provincia. 

Los  hermanos  Robertson,  lo  exhiben  atendiendo  recia- 


278  JOSÉ    ARTIGAS 

mos  con  admirable  corrección,  desplegando  en  el  manejo 
de  los  negocios  públicos  nna  inteligencia  verdaderamente 
extraordinaria  y  de  múltiples  facetas,  dictando  él  mismo 
su  complicadísima  correspondencia  y  revelando  en  su  tra- 
to modales  de  hombre  distinguido  y  bien  educado. 

De  los  comisionados  norteamericanos  de  1818,  Bland 
á  la  vez  que  fulmina  el  servilismo  de  la  prensa  de  Buenos 
Aires,  exhibe  á  Artigas  en  la  tarea  de  implantar  el  régi- 
men federal  sobre  la  base  de  su  funcionamiento  en  los 
Estados  Unidos,  frente  á  la  oligarquía  porteña,  empeñada  en 
recoger  la  herencia  de  los  antiguos  virreyes;  y  Rodney  ex- 
presa que  era  considerado  por  personas  dignas  de  crédito 
como  un  amigo  firme  de  la  independencia  de  su  país  y 
que  incuestionablemente  era  hombre  de  talentos  excepcio- 
nales. 

En  las  sesiones  del  Congreso  Norteamericano  de  la  época, 
surge  Artigas  como  un  verdadero  republicano,  en  lucha 
contra  la  dictadura  intolerable  de  Pueyrredón. 

Don  Carlos  Anaya  habla  del  inmortal  Artigas,  sacrifi- 
cado por  la  ambición  del  gobierno  de  Buenos  Aires;  el  co- 
ronel Aguiar  declara  que  los  servicios  de  Artigas  formarán 
algún  día  la  leyenda  más  grande  y  edificante  de  entusiasmo 
y  nacionalismo  en  la  relación  histórica  de  la  revolución  de 
esta  parte  de  la  América  del  Sur;  el  historiador  don  Juan 
Manuel  de  la  Sota  y  el  doctor  José  Valentín  Gómez  decla- 
ran que  Artigas  figuraba  entre  los  hombres  más  distingui- 
dos de  la  Banda  Oriental,  al  producirse  la  insurrección  de 
1811. 

Los  señores  Francisco  Solano  Antuña,  Ramón  Ma- 
sini  y  Domingo  Antonino  Costa,  lo  reconocen  como  el  pri- 
mero de  los  orientales  y  niegan  los  crímenes  que  se  le  im- 
putan, contrarios  según  ellos  al  carácter  franco  y  huma- 
no de  Artigas. 

Don  Nicolás  Rodríguez  Peña,  le  escribe  en  1815  que 
siempre  ha  mirado  con  afección  su  peróona  y  que  reconoce 
que  sus  esfuerzos  tienden  á  establecer  la  felicidad  de  su 
país.  El   Cabildo  de  Buenos  Aires  le  colma  de  elogios  en 


DESCARGOS  Y  JUSTIFICACIONES  279 

el  mismo  ano:  héroe,  iluRtre,  benemérito,  recto,  víctima  de 
la  impostura  de  sus  enemigos. 

La  prensa  de  la  época,  dirigida  por  los  prohombres  del 
mismo  partido  unitario  que  había  empleado  contra  Arti- 
gas todos  los  recursos  imaginables,  hasta  la  invasión  por- 
tuguesa! se  encarga  á  raíz  de  la  reapertura  del  Paraguay 
al  comercio  del  mundo,  de  hacer  el  elogio  de  Artigas  y  de 
pedir  al  gobierno  la  repatriación  en  forma  solemne  del  ilus- 
tre proscripto. 

En  presencia  de  esta  decisiva  acumulación  de  testimo- 
nios, cabe  preguntar  una  vez  más,  ¿de  qué  lado  está  la  tra- 
dición? ¿Del  lado  de  los  detractores  de  Artigas,  ó  del  la- 
do de  sus  panegiristas? 

Es  ya  imposible  la  controversia.  O  más  bien  dicho,  la 
controversia  queda  terminada,  mientras  los  acusadores  no 
presenten  nuevos  testimonios.  Y  después  de  la  extensa  bi- 
bliografía que  hemos  hecho,  complementada  por  el  examen 
de  los  archivos  públicos  de  ambas  márgenes  del  Plata,  tene- 
mos la  seguridad  más  absoluta  de  que  los  nuevos  testimo- 
nios jamás  se  encontrarán,  sencillamente  porque  sólo  han 
existido  en  la  cabeza  de  los  que  inventaron  la  leyenda  de 
sangre  por  odio  al  personaje  y  á  sus  grandes  principios  po- 
líticos. 

¿Cuál  era,  entretanto,  el  medio  ambiente  del  período  re- 
volucionario en  que  se  agitaba  Artigas? 

Es  lo  que  vamos  á  averiguar  en  el  próximo  capítulo,  pa- 
ra que  se  destaque  el  personaje  en  medio  de  los  charcos 
■de  sangre  que  todos  los  demás  factores  de  la  Revolución 
fomaban  á  su  alrededor. 


capí  TIL  o  IV 


X,A  BDAD  DE  PIEDRA 

EN  El/  MOVIMIENTO  REVOI/UCIONARIO 


CÓMO  SE   DERRAMABA   LA  SAXGRK  EN'  EL  RIO  DE  LA  PLATA 


Sumario: — Un  dictamen  de  Mariano  Moreno  á  la  Junta  de  Mayo^ 
sobre  los  medios  de  consolidar  la  independencia  y  la  libertad. 
Hay  que  cortar  cabezas  y  hay  que  formar  arroyos  de  sangre!  La 
autoridad  debe  ser  sanguinaria  y  muy  cruel.  A  los  verdaderos 
patriotas,  es  menester  perdonarles  sus  crímenes.  Pero  deben  ser 
decapitados  todos  los  enemigos,  especialmente  si  son  de  talento  ó 
tienen  alguna  influencia.  Medios  de  insurreccionar  la  campaña 
oriental,  según  el  doctor  Moreno.  Plan  contra  el  Brasil,  sobre  la 
base  de  una  alianza  con  Inglaterra,  á  cuya  potencia  se  donaría 
la  isla  de  Martín  García.  El  programa  de  la  Revolución  y  sus  ta- 
blas de  sangre.  La  primera  jornada.  Ejecución  de  Liniers  y  de 
sus  compañeros.  Sentencia  de  muerte  y  manifiestos  lanzados  por 
la  Junta  de  Mayo.  Según  los  historiadores,  eran  cosas  de  la  épo- 
ca. La  segunda  jornada.  Ejecuciones  en  el  Alto  Perú.  Instruc- 
ciones dadas  por  la  Junta  de  Mayo  al  doctor  Castelli.  Los  pro- 
ceres de  Mayo  eran  hombres  dv3  su  tiempo  y  por  eso  decapitaban^ 
según  los  historiadores.  La  glorificación  del  crimen  por  Muntea- 
gudo.  Completándolos  cuadros  de  sangre  de  la  Revolución.  Re- 
lación de  las  ejecuciones  y  bandos  sangrientos  más  notables.  Una 
ejecución  de  Alvear.  Belgrano  ejecutando  prisioneros  de  guerra. 
San  Martín  y  sus  procedimientos  de  engaño.  La  política  de  la 
mentira  era  la  política  de  la  época.  Estado  de  la  campana  orien- 


282  JOSÉ    ARTIGAS 

tal  al  tiempo  de  producirse  la  insurrección.  Medidas  adoptadas 
por  Elío.  El  vencedor  dueño  del  vencido,  según  la  teoría  ingle- 
sa. El  criterio  de  la  época  y  Artigas 

Un  dictamen  «le  Mariano  Moreno. 

Tocios  los  historiadores  argentinos  están  contestes  en 
declarar  que  el  doctor  Mariano  Moreno  es  el  numen  de  la 
Revolución  de  Mayo  de  1810.  Y  á  la  verdad,  le  correspon- 
de el  homenaje  pleno  de  la  posteridad,  por  su  talento  ro- 
busto, su  empuje  para  abrirle  cauce  al  torrente  revolucio- 
nario y  el  temple  de  su  carácter.  Tuvo  una  actuación  brevísi- 
ma en  el  escenario  político.  Vencido  desde  los  comienzos  de 
la  lucha,  por  los  que  reivindicaban  la  herencia  de  facul- 
tades y  privilegios  de  los  antiguos  virreyes,  Moreno  salió 
proscripto  de  Buenos  Aires,  aunque  con  las  credenciales 
de  agente  diplomático  en  Europa.  La  muerte  le  sorprendió 
á  la  mitad  del  viaje,  y  su  cadáver  fué  arrojado  al  fondo 
del  Océano  juntamente  con  el  genio  de  su  política,  según  lo 
dice  Ayarragaray  («La  anarquía  argentina->).  «Sonum 
insufer  inmergentes  audíri.  En  la  extremidad  de  nuestro 
hemisferio,  escribe  Tácito,  se  oye  el  ruido  que  produce  el 
Sol  al  sumergirse». 

«Tanta  agua  era  necesaria  para  apagar  tanto  fuego*,  dijo 
don  Cornelio  Saavedra,  su  rival  triunfante,  cuando  supo  el 
triste  fin  del  secretario  de  la  Junta  Revolucionaria. 

Bien,  pues,  ¿qué  opinaba  el  numen  de  la  Revolución 
acerca  del  derramamiento  de  sangre? 

El  18  de  julio  de  1810,  la  Junta  Gubernativa  comisio- 
nó á  su  ilustre  secretario  para  formular  el  plan  de  opera- 
ciones que  el  gobierno  provisional  de  las  Provincias  Uni- 
das del  Río  de  la  Plata  debía  poner  en  práctica  para 
consolidar  la  libertad  y  la  independencia.  El  doctor  Moreno 
produjo  su  informe  el  30  de  agosto  del  mismo  año.  Du- 
rante largo  tiempo,  las  conclusiones  de  ese  informe,  que 
tuvieron  plena  ejecución,  permanecieron  ignoradas  del  pu- 
blico,   seguramente  porque  alguno  de  los   miembros  de  la 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  283 

Junta  hizo  desaparecer  el  original,  ante  la  posibilidad  de 
recriminaciones  y  hasta  de  procesos  graves  en  medio  de  las 
ardorosas  peripecias  de  la  Revolución.  Pero  en  el  Archivo 
General  de  Sevilla  fué  encontrada  una  copia  auténtica  y 
•de  ella  se  sacó  testimonio  por  gestión  del  ministro  argen- 
tino doctor  Amancio  Alcorta.  La  Biblioteca  del  Ateneo  de 
Buenos  Aires  se  cncai'gó  de  publicar  más  tarde  ese  testi- 
monio en  el  volumen  titulado  «Escritos  de  Mariano  Mo- 
reno», juntamente  con  los  documentos  de  la  Junta  Guber- 
nativa relativos  á  la  tarea  confiada  á  su  omnipotente  se- 
cretario. 

Vamos  á  extractar  el  informe  del  doctor  Moreno: 

¡Hay  que  cortar  cabezas  y  verter  sangre! 

«Las  historias  antiguas  y  modernas  de  las  revoluciones 
nos  instruyen  muy  completamente  de  sus  hechos  y  debe- 
mos seguirlas  para  consolidar  nuestro  sistema,  pues  yo  me 
pasmo  al  ver  lo  que  llevamos  hecho  hasta  aquí,  pero  temo 
á  la  verdad  que  si  no  dirigimos  el  orden  de  los  sucesos 
<'on  la  energía  que  es  propia  (y  que  tantas  veces  he  habla- 
do de  ella)  se  nos  desplome  el  edificio;  pues  el  hombre 
en  ciertos  casos  es  hijo  del  rigor,  y  nada  hemos  de  conse- 
guir con  la  benevolencia  y  la  moderación:  éstas  son  bue- 
nas, pero  no  para  cimentar  los  principios  de  nuestra  obra; 
conozco  al  hombre,  le  observo  sus  pasiones  y  combinando 
sus  circunstancias,  sus  talentos,  sus  principios  y  su  cli- 
ma, deduzco  por  sus  antecedentes  que  no  conviene  sino 
Atemorizarle  y  obscurecerle  aquellas  luces  que  en  otro 
tiempo  sería  lícito  iluminarle;  mi  discurso  sería  muy  vasto 
sobre  esta  materia,  y  no  crej^éndolo  necesario,  no  trato  de 
extenderlo,  pero  deduciendo  la  consecuencia  tendamos  la 
vista  á  nuestros  tiempos  pasados  y  veremos  que  tres  millo- 
nes de  habitantes  que  la  América  del  Sud  abriga  en  sus 
entrañas,  han  sido  manejados  y  subyugados  sin  más  fuerza 
que  la  del  rigor  y  capricho  de  unos  pocos  hombres:  véase 
pueblo  por  pueblo  de  nuestro  vasto  continente  y  se  notará 


284  JOSÉ    ARTIGAS 

que  nnn  mern  orden,  un  moro  mandato  de  los  antiguos 
mandones,  ha  sido  suficiente  para  manejar  miles  de  hom- 
bres, como  una  máquina  que  compuesta  de  inmensas  par- 
tes, con  el  toque  de  un  resorte,  tiene  á  todas  en  un  conti- 
nuo movimiento,  haciendo  ejercer  á  cada  una  sus  funciones 
para  que  fué  destinada.» 

«La  moderación  fuera  de  tiempo  no  es  cordura,  ni  es 
una  verdad;  al  contrario  es  una  debilidad  cuando  se  adopta 
un  sistema  que  sus  circunstancias  no  la  requieren:  jamás 
en  ningún  tiempo  de  Revolución  se  vio  adoptada  por  los 
gobernantes  la  moderación  ni  la  tolerancia;  el  menor  pen- 
samiento de  un  hombi'e  que  sea  contrario  á  un  nuevo  sis- 
tema es  un  delito  por  la  influencia  y  por  el  estrago  que 
puede  causar  con  su  ejemplo,  y  su  castigo  es  irremediable. 
Los  cimientos  de  una  nueva  República  nunca  se  han  ci- 
mentado sino  con  el  rigor  y  el  castigo,  mezclado  con  la 
sangre  derramada  de  todos  aquellos  miembros  que  pudie- 
ran impedir  sus  progresos:  pudiera  citar  los  principios  de 
la  política  y  el  resultado  que  consiguieron  los  principales 
maestros  de  la  Revolución,  que  omito  el  hacerlo  por  ser 
tan  notorias  sus  historias  y  por  no  diferir  algunas  reflexio- 
nes que  se  me  ofrecen  acerca  de  la  justicia  de  nuestra  cau- 
sa, de  la  confianza  que  debemos  tener  en  realizar  nuestra 
obra,  de  la  conducta  que  nos  es  más  propio  observar,  como 
igualmente  de  las  demás  máximas  que  podrán  garantizar 
nuestros  enq^rendimientos.» 

«Hay  hombres  de  bien  (si  cabe  en  los  ambiciosos  el  ser- 
lo) que  detestan  verdaderamente  todas  las  ideas  de  los  go- 
biernos monárquicos,  cuyo  carácter  se  les  hace  terrible,  y 
que  quisieran  sin  derramamiento  de  sangre  sancionar  las- 
verdaderas  libertades  de  la  patria;  no  profesan  los  princi- 
pios abominables  de  los  turbulentos,  pero  como  tienen  ta- 
lento, algunas  virtudes  políticas  y  buen  crédito,  son  otro 
tanto  más  de  temer;  y  á  éstos  sin  agobiarlos  (porque  algiíu 
día  serán  útiles),  debe  separárseles;  porque  unos  por  me- 
drar, otros  por  mantenerse,  cuales  por  inclinación  á  las 
tramas,  cuales  por  la  ambición  de  los  honores,  y  el  menor 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  285 

número  por  el  deseo  de  la  gloria,  ó  para  hablar  con  más 
propiedad,  por  la  vanidad  de  la  nombradía,  no  son  propios 
por  su  carácter  para  realizar  la  grande  obra  de  la  libertad 
americana,  en  los  primeros  pasos  de  su  infancia. -> 

«Desembarácese  el  suelo  de  los  escombros,  quiero  de- 
cir, concluyamos  con  nuestros  enemigos,  reformemos  los 
abusos  corrompidos  y  póngase  en  circulación  la  sangre  del 
cuerpo  social  extenuado  por  los  antiguos  déspotas,  y  de 
este  modo  se  establecerá  la  santa  libertad  de  la  patria.  Y 
en  consecuencia  creería  no  haber  cumplido,  tanto  con  la 
comisión  con  que  se  me  ha  honrado,  como  con  la  gratitud 
que  debo  á  la  patria,  si  no  manifestase  mis  ideas  según  y 
cómo  las  siente  el  corazón  más  propias,  y  los  conocimien- 
tos que  mellan  franqueado  veinticinco  años  de  un  estudio 
constante  sobre  el  corazón  humano,  en  cuyo,  sin  que  me 
domine  la  vanidad,  creo  tener  algún  voto  en  sus  funciones 
intelectuales:  y  por  lo  contrario,  si  moderando  mis  reflexio- 
nes no  mostrase  los  pasos  verdaderos  de  la  felicidad,  sería 
un  reo  digno  de  la  mayor  execración;  y  así  no  debe  escan- 
dalizar el  sentido  de  mis  voces,  de  cortar  cabezas,  verter 
sangre  y  sacrificar  d  toda  costa,  aún  cuando  tengan  se- 
mejanza con  las  costumbres  de  los  antropófagos  y  caribes. 
Y  si  no,  ¿por  qué  nos  pintan  á  la  libertad  ciega  y  armada 
de  un  puñal?  Porque  ningún  estado  envejecido  ó  provin- 
cias, pueden  regenerarse,  ni  cortar  sus  corrompidos  abusos, 
sin  verter  arroyos  de  sangre. ^> 

«Últimamente,  demos  un  carácter  más  solemne  á  nues- 
tro nuevo  edificio,  miremos  sólo  á  la  patria,  y  cuando  la 
constitución  del  Estado  afiance  á  todos  el  goce  legítimo  de 
los  derechos  de  la  verdadera  libeitad,  en  práctica  y  quieta 
posesión,  sin  consentir  abusos,  entonces  resolverá  el  estado 
americano  el  verdadero  y  grande  problema  del  contrato 
social;  pues  establecer  leyes  cuando  han  de  desmoronarse 
al  menor  ímpetu  de  un  blando  céfiro,  depositándolas  den- 
tro de  un  edificio  cuyos  cimientos  tan  pocos  sólidos  no  pre- 
sentan aún  más  que  vanas  y  quiméricas  esperanzas,  expo- 
niendo la  libertad  de  la  patria,  la  opinión  de  los  magistra- 


286  JOSÉ    ARTIGAS 

dos  y  de  los  pueblos  á  la  mayor  impotencia,  que  quizá  al 
meuor  impulso  de  nuestros  enemigos,  envolviéndonos  en 
arroyos  de  sangre,  tremolen  otra  vez  sobre  nuestras  ruinas 
el  estandarte  antiguo  de  la  tiranía  y  despotismo;  y  por  la  de- 
bilidad de  un  gobierno  se  malograrían  entonces  las  circuns- 
tancias presentes  y  más  favorables  á  una  atrevida  empresa 
que  se  inmortalizaría  en  los  anales  de  la  América,  y  desvaa- 
uecidas  nuestras  esperanzas  seríamos  victimáis  del  furor  y 
de  la  rabia». 

Después  de  este  preámbulo,  entra  el  doctor  Moreno  á 
ocuparse  de  los  distintos  temas  ó  puntos  sometidos  á  su 
dictamen  por  la  Junta  Gubernativa. 

La  autoridad  debe  ser  .sanguinaria  y  muy  cruel. 

El  primero  de  los  temas  del  informe  es  relativo  «á  la 
conducta  gubernativa  más  conveniente  á  la  opinión  públi- 
ca y  conducente  á  las  operaciones  de  la  dignidad  de  este 
gobierno».  El  doctor  Moreno  resume  su  p3n3amiento  en 
diversas  cláusulas,  no  menos  concluyentes  que  las  anterio- 
res: 

<^En  toda  revolución  hay  tres  clases  de  individuos:^ 
la  primera,  los  adictos  al  sistema  que  se  defiende;  la  segun- 
da, los  enemigos  declarados  y  conocidos;  la  tercera,  los  si- 
lenciosos espectadores,  que  manteniendo  una  neutralidad,, 
son  realmente  los  verdaderos  egoístas:  bajo  esta  suposición, 
la  conducta  del  gobierno  en  todas  las  relacionen  interiores 
y  exteriores  con  los  puertos  extranjeros  y  sus  agentes  ó- 
enviados  públicos  y  secretos,  y  de  las  e-^tratagem is,  propo- 
siciones, sacrificios,  regalos,  intrlgcH,  franquicias  y  demás 
medios  que  sea  menester  poner  en  práctica,  deba  ser  silen- 
ciosa y  reservada  con  el  públio,  sin  que  nuestros  enemi- 
gos, ni  aún  la  parte  sana  del  pueblo,  lleguen  á  comprender 
nada  de  sus  operaciones;  la  razón  es  lo  primero,  porque  nues- 
tros enemigos  interiores  ó  exteriores  podrían  rebatirnos  las 
más  veces  nuestras  diligencias;  lo  segundo,  porque  además  de 
comprometer  á  muchos   de  aquellos  instramantos  de  quie- 


LA   EDAD  DE  PIEDRA  287 

nes  fuese  preciso  valemos  ocasionaudoles  su  ruina,  tam- 
bién perderíamos  la  protección  de  tales  resortes  para  en  lo 
sucesivo,  y  lo  que  es  más,  la  opinión  pública;  y  lo  tercero, 
porque  mostrando  sólo  los  buenos  efectos  de  los  resultados 
de  nuestras  especulaciones  y  tramas,  sin  que  los  pueblos  pe- 
netren los  medios  ni  resortes  de  que  nos  hemos  valido,  atri- 
buyendo éstos  sus  buenos  efectos  á  nuestras  sabias  dispo- 
siciones, afianzaremos  más  el  concepto  público  y  su  adhe- 
sión á  la  causa,  haciendo  que  tributen  cada  día  mayor  res- 
peto y  holocausto  á  sus  representantes;  y  así  obviaremos 
quizá  las  diferentes  mutaciones  á  que  está  expuesto  el  go- 
bierno». 

«A  todos  los  verdaderos  patriotas,  cuya  conducta  sea 
satisfactoria  y  tengan  dado  de  ella  pruebas  relevantes,  si 
en  algo  delinquiesen  que  no  sea  concerniente  al  sistema, 
débese  siempre  tener  con  éstos  una  consideración,  extre- 
mada bondad;  en  una  palabra,  en  tiempo  de  revolución, 
ningún  otro  delito  debe  castigarse,  sino  el  de  infidencia  y 
rebelión  contra  la  causa  que  se  establece;  y  todo  lo  demás 
debe  disimularse.» 

Respecto  de  los  enemigos  declarados  y  conocidos  «debe 
observar  el  gobierno  una  conducta  muy  distinta,  y  es  la 
más  cruel  y  sanguinaria;  la  menor  especie  debe  ser  casti- 
gada»... «la  menor  semiplena  prueba  de  hechos,  palabras, 
etc.,  contra  la  causa  debe  castigarse  con  pena  capital,  prin- 
cipalmente cuando  concurran  las  circunstancias  de  recaer 
en  sujetos  de  talento,  riqueza,  carácter  y  de  alguna  opi- 
nión»... Como  «su  adhesión  contraria  á  nuestra  causa  es 
radicalmente  conocida,  sin  embargo,  el  gobierno  debe,  tan- 
to en  la  capital  como  en  todos  los  pueblos,  conservar  unos 
espías,  no  de  los  de  primer,  ni  segundo  orden  en  talentos 
y  circunstancias,  pero  de  una  adhesión  conocida  á  la  cau- 
sa, á  quienes  indistintamente  se  les  instruya  bajo  de  secre- 
to, comisionándolos  para  que  introduciéndose  con  aquellas 
personas  de  más  sospecha,  entablando  comunicaciones  y 
manifestándose  siempre  de  un  modo  contrario  de  pensar  á 
la  causa  que  se  defiende,   traten  de  descubrir  por  este  me- 


288  JOSÉ    ARTIGAR 

dio  los  pensamientos  de  nuestros  enemigos  y  cualesquiera 
trama  que  se  pudiera  intentar;  y  á  éstos  débese  agraciar- 
los con  un  corto  sueldo  mensual,  instituyéndolos  como  he 
referido  bajo  de  ciertas  restricciones  que  se  les  debe  impo- 
ner; éstos  no  han  de  obtener  ningún  empleo  6  cargo  alguno, 
ni  aún  el  de  soldado,  pues  este  solo  carácter  sería  suficiente 
para  frustrar  los  intentos  de  este  fin.» 

«Consiguientemente,  cuantos  caigan  en  poder  de  la  pa- 
tria de  estos  segundos  exteriores  é  interiores,  como  gober- 
nadores, capitanes  generales,  mariscales  de  campo,  corone- 
les, brigadieres  y  cualesquiera  otros  de  los  sujetos  que  ob- 
tienen los  primeros  empleos  de  los  pueblos  que  aun  no  nos 
han  obedecido  y  cualquiera  otra  clase  de  personas  de  ta- 
lento, riqueza,  opinión  y  concepto,  principalmente  los  que 
tienen  un  conocimiento  completo  del  país,  sus  situaciones, 
caracteres  de  los  habitantes,  noticias  exactas  de  los  princi- 
pios de  la  Revolución  y  demás  circunstancias  de  esta  Amé- 
rica, debe  decapitárseles;  lo  primero,  porque  son  unos  ante- 
murales que  rompemos  de  los  principales  que  se  opondrían 
á  nuestro  sistema  por  todos  caminos;  lo  segundo,  porque 
el  ejemplo  de  estos  castigos  es  una  valla  para  nuestra  de- 
fensa, y  además  nos  atraemos  el  concepto  público;  y  lo 
tercero,  porque  la  patria  es  digna  de  que  se  le  sacrifiquen 
estas  víctimas  como  triunfo  de  la  mayor  consideración  é 
importancia  para  su  libertad,  no  sólo  por  lo  mucho  que 
pueden  influir  en  alguna  parte  de  los  pueblos,  sino  que  de- 
jándolos escapar  podría  la  uniformidad  de  informes,  per- 
judicarnos mucho  en  las  miras  de  las  relaciones  que  debe- 
mos entablar.  ^> 

«Últimamente,  la  más  mera  sospecha  denunciada  por 
un  patriota  contra  cualquier  individuo  de  los  que  presen- 
tan un  carácter  enemigo,  debe  ser  oída  y  aún  debe  dársele 
alguna  satisfacción  suponiendo  que  sea  totalmente  infun- 
dada, por  solo  un  celo  patriótico  mal  entendido,  ya  deste- 
rrándolo por  algún  tiempo  más  ó  menos  del  pueblo  donde 
resida,  ó  aplicándole  otra  pena,  según  la  entidad  del  caso, 
por  un  sin  número  de  razones  que  omito,  pero  una  de  ellas 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  289 

<es  para  que  el  denunciante  no  enerve  el  celo  de  su  co- 
misión, vea  que  se  tiene  confianza  y  se  forme  concepto  de 
su  persona». 

En  cuanto  á  los  silenciosos  espectadores  que  mantenien- 
do una  neutralidad,  son  realmente  unos  verdaderos  egoís- 
tas, previene  el  informe  que  «también  será  de  la  obligación 
del  gobierno  hacer  celar  su  conducta,  y  los  que  se  conozcan 
de  talento  y  más  circunstancias,  llamarlos,  ofrecerles,  pro- 
ponerles y  franquearles  la  protección  que  tenga  á  bien  el 
gobierno  dispensai'les  » . 

«Asimismo  la  doctrina  del  gobierno  debe  ser  con  rela- 
ción á  los  papeles  públicos  muy  halagüeña,  lisonjera  y  atrac- 
tiva, reservando  en  la  parte  posible  todos  aquellos  pasos 
adversos  y  desastrados,  porque  aun  cuando  alguna  parte 
lo  sepa  y  comprenda,  á  lo  menos  la  mayor  no  los  conozca 
y  los  ignore,  pintando  esto  con  aquel  colorido  y  disimulo  más 
aparente»...  «Además,  cuando  también  la  situación  topo- 
gráfica de  nuestro  continente  nos  asegura  que  la  introduc- 
ción de  papeles  perjudiciales  debe  ser  muy  difícil,  en  aten- 
ción á  que  por  todos  caminos,  con  las  disposiciones  del  go- 
bierno debe  privarse  su  introducción». 

«Los  bandos  y  mandatos  públicos  deben  ser  muy  sangui- 
narios y  sus  castigos  al  que  infringiese  sus  deliberaciones 
muy  ejecutivos,  cuando  sean  sobre  asuntos  en  que  se  com- 
prometen los  adelantamientos  de  la  patria,  para  ejemplo  de 
los  demás». 

Insurrección  de  la  caiupaiia  oriental. 

El  segundo  punto  del  dictamen,  es  relativo  al  medio  más 
adecuado  para  obtener  la  sublevación  de  la  Banda  Orien- 
tal y  rendición  de  Montevideo.  Habla  el  doctor  Moreno  de 
la  necesidad  de  ejercer  propaganda  en  la  campaña  oriental 
y  recibir  datos  respecto  de  las  personas  más  capaces. 

«Deben  de  hacerse  fijar  edictos  en  todos  los  pueblos  y 
su  campaña,  para  que  cualquier  delincuente,  de  cualquier 
<ílase   ó   condición    que  haya  sido  su  delito  y  que  tuvieren 

JOSÉ    AUriGAS  — L9.  T.  I. 


290  JOSÉ    ARTIGAS 

causas  abiertas  eu  los  respectivos  tribuuales,  presentándose 
y  empleándose  en  servicio  del  rey,  quedarán  exentos  de 
culpa,  pena  y  nota,  entregándoseles  las  mismas  causas  para 
que  no  quede  indicio  alguno,  bajo  el  concepto  de  queá  cnda 
uno  se  le  empleará  conforme  á  sus  talentos  y  circunstancias;. 
y  en  este  caso,  se  previene  á  los  alcaldes  y  demás  jueces,  re- 
mitan una  información  del  concepto  que  entre  la  gente  va- 
ga y  ociosa  tiene  cada  individuo  de  éstos,  igualmente  de  su 
valor,  influencia  que  tienen,  talento  y  conocimientos  cam- 
pestres, para  distinguirlos  en  los  puestos  de  oficiales  y  otros 
encargos;  que  á  estos  y  otros  muchos  de  quienes  es  preciso 
valemos,  luego  que  el  Estado  se  consolide  se  apartan  como 
miembros  corrompidos  que  lian  merecido  aceptación  por  la 
necesidad». 

Indica  la  conveniencia  de  mandar  agentes  á  cada  pueblo, 
recomendados  á  las  principales  casas,  «para  sembrar  la  be- 
nevolencia y  buena  disposición  del  nuevo  gobierno,  lo  justo 
de  él,  su  actividad  en  los  negocios,  los  fines  santos  de  con- 
servar á  nuestro  soberano  el  precioso  destino  de  la  Améiúca 
del  Sur».. .  «pero  al  mismo  tiempo  pintándoles  la  lucha  de 
nuestra  España,  el  gran  poder  de  Napoleón,  las  pocas  dis- 
jíosiciones  y  recursos  y  la  ninguna  esperanza  que  le  que- 
da á  la  infeliz  España,  de  cuyos  resultados  será  indispen- 
sable su  total  exterminio». 

Aconseja  al  gobierno  que  contrate  seis  (i  ocho  sujetos  con 
el  cometido  de  escribir  «cartas  anónimas,  ya  fingiendo  ó  su- 
plantando nombres  y  firmas  supuestas»...  «de  padres  á  hi- 
jos, de  tíosá  sobrinos,  de  mujeres  á  maridos»...  «con  encar- 
go reservado  de  manifestarlas  y  hacerlas  interceptar  por  los 
gobernadores,  satélites  y  demás  justicias  de  Montevideo».. . 
«por  cuya  combinación  indisponemos  de  esta  forma  los  áni- 
mos del  populacho  con  los  de  aquellos  sujetos  de  más  carác- 
ter y  caudales,  á  quienes  se  haya  enviado  algunas  de  aque- 
llas cartas,  que  podrían  servir  y  ayudarles  en  su  empresa 
y  con  sus  talentos  y  bienes,  los  que  viéndose  vilipendiados 
y  calumniados,  no  harán  una  mitad  de  1©  que  podían  hacer 
en  favor  de  aquéllos,  y  tal  vez  algunos,  enconados  sus  espí- 


EA  EDAD  DE  PIEDRA  291 

ritus,  abandonando  ó  trayéndose  consigo  la  parte  de  bie- 
nes que  puedan  salvar,  en  las  ocasiones  que  haya  proporción, 
tomen  el  partido  de  salirse  afuera  de  las  casas  y  venirse  á 
nuestro  territorio»...  «quizás  causemos  disensiones  y  con- 
vulsiones populares,  de  que  podremos  sacar  mucho  fruto, 
sembrando  entre  ellos  mismos  la  semilla  de  la  discordia  y 
de  la  desconfianza». 

De  las  otras  cláusulas  relativas  á  la  insurrección  de  la 
Banda  Oriental,  nos  hemos  ocupado  en  el  capítulo  anterior» 

Termina  esta  parte  del  informe  con  una  nota  de  pros- 
cripción general:  «Serán  desterrados  todos  los  españoles  y 
patricios  y  demás  individuos  que  no  hayan  dado  alguna 
prueba  de  adhesión  á  la  causa  con  antelación,  y  los  extran- 
jeros si  estando  avecindados  no  justificasen  haberse  man- 
tenido neutrales  y  serán  conducidos  á  los  destierros  de 
Malvinas,  Patagones  y  demás  destinos  que  se  hallase  por 
conveniente. 

Relaciones  con  las  potencias. 

El  tercer  punto  del  dictamen  es  relativo  al  «método  de 
las  relaciones  que  las  Provincias  Unidas  deben  entablar 
secretamente  en  la  España  para  el  régimen  de  nuestra  in- 
teligencia y  gobierno». 

Empieza  por  establecer  el  doctor  Moreno  que  «deben 
recogerse  por  la  Excelentísima  Juntn,  tanto  del  Cabildo  de 
esta  capital,  como  de  todos  los  de  la  Banda  Oriental  y 
demás  interiores  del  virreinato,  actas  ó  representaciones 
que  los  dichos  pueblos  hagan  á  la  autoridad  que  actual- 
mente manda  á  los  restos  de  la  España,  en  cuyas  deben 
expresar  las  resoluciones  y  firmeza  con  que  poniendo  to- 
dos los  medios  posibles,  se  desvelan  para  conservar  los  do- 
minios de  esta  América  [)ara  el  señor  don  Fernando  VII 
y  sus  sucesores,  á  quienes  reconocen  y  reconocerán  verda- 
deramente en  vista  de  la  peligrosa  lucha  y  que  sus  inten- 
ciones y  fines  legítimos  no  son  ni  serán  otros».. . .  «Que  la 
América  nunca  se  halló  en  tanta  decadencia   como    en    el 


292  JOSÉ    ARTIGAS 

presente  por  la  poca  energía  y  mal  gobierno -> «Que  el  ha- 
ber desarmado  las  autoridades  de  la  capital  el  ano  antece- 
dente los  cuerpos  ó  tercios  que  se  hallaban  sobre  las  ar- 
mas de  los  europeos,  bajo  de  otros  pretextos  que  entonces 
se  fingieron,  y  retirado  la  mayor  parte  de  las  milicias  que 
igualmente  se  hallaban  en  servicio,  ha  sido  descubierta  esta 
trama,  que  no  fue  sino  con  concepto  hacia  las  miras  cap- 
ciosas que  la  autoridad  reservaba  de  entregar  estos  países 
á  la  Francia,  según  la  correspondencia  que  se  ha  descubier- 
to con  ésta» «Que  desde  el  gobierno  del  último  Virrej^ 

se  han  arruinado  y  destruido  todos  los  canales  de  la  feli- 
cidad pública,  por  la  concesión  de  las  franquicias  del  co- 
mercio libre  con  los  ingleses,  el  que  ha  ocasionado  mu- 
chos quebrantos  y  perjuicios-). 

Señala  la  necesidad  de  exhibir  las  vinculaciones  de  Li- 
iiiers  con  Napoleón  como  medio  de  «entretener  y  dividir 
la  opinión  en  la  misma  P^spaña  y  haciendo  titubear  y  apa- 
rentar por  algún  tiempo  hasta  que  nuestras  dispo.'^iciones 
nos  vayan  poniendo  á  cubierto». . ..  Los  Cabildos  en  sus 
exposiciones  deben  hacer  presente  el  estado  próspero  de  las 
provincias,  el  ejercito  de  veinte  a  veinticinco  mil  hombres 
que  levantarán  para  rechazar  cualquier  tentativa  de  Na- 
poleón, el  fomento  de  las  minas  de  oro  y  plat;i,  los  soco- 
rros que  se  mandarán  á  España  para  ayuda  de  la  lucha 
contra  el  tirano  de  Europa. . . .  «Estas  y  otras  clases  de  ex- 
posiciones por  diferentes  estilos,  de  los  varios  aconteci- 
mientos y  casos  que  favorezcan  nuestras  ideas,  deben  ser 
pintados  y  expuestos  con  viveza  y  energía,  dorados  al 
mismo  tiempo  con  el  sublime  don  de  la  elocuencia,  acom- 
pañados con  algunos  datos  y  documentos  positivos  que 
reunidos  con  la  unión  de  notas  é  informes  de  unas  tan 
vastas  provincias  ¿qué  carácter  no  deben  imprimir  y  qué 
fuerza  no  deben  de  hacer  un  cúmulo  de  combinaciones 
con  todas  las  formalidades  de  deix'cho? 

«En  la  misma  forma  y  dirigidas  al  mismo  fin,  en  igua- 
les términos,  deben  acompañarse  expedientes  de  cada  pue- 
blo, informados  por  treinta,  cincuenta  ó  cien  de  los  sujetos 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  298 

más  conocidos  y  condecorados,  ya  por  sus  negocios,  rique- 
zas ú  otras  circunstancias,  á  que  ninguno  será  capaz  de 
negarse,  cuando  no  hay  un  principio  conocido  y  radical 
de  nuestro  fin,  cuando  además  el  terror  les  obligará  á  es- 
tas declaraciones,  y  reunidas  todas  estas  circunstancias  en 
la  forma  expresada,  deben  mandarse  por  una  comisión  se- 
creta de  tres  hasta  cinco  individuos  que  sean  de  talentos, 
que  atesoren  eí  don  de  la  palabra  y  últimamente  que  sean 
adornados  de  todas  las  cualidades  necesarias  para  que 
presentados  á  la  autoridad  suprema  que  en  la  actualidad 
gobierna,  representen  con  el  mayor  sigilo  los  fines  de 
su  comisión  y  documentos  que  acompañen,  y  sorprendién- 
dola de  esta  suerte  conseguiremos  que  nuestros  enemigos 
no  antepongan  sus  influjos  y  gestiones  hasta  que  á  lo 
menos  hayamos  sido  oídos,  entreteniendo  asimismo  algu- 
na parte  del  tiempo  con  la  diversidad  de  opiniones  y  con- 
ceptos que   forma  rán  » . 

Aconseja  finalmente  el  envío  de  diputaciones  análogas 
á  los  gabinetes  de  Inglaterra  y  de  Portugal  para  que 
«vean  que  llevamos  por  delante  el  nombre  de  Fernando 
y  el  odio  á  Napoleón» 

El  cuarto  punto  del  dictamen  es  relativo  á  la  conducta 
que  debe  mantener  el  gobierno  con  Portugal  ó  Inglaterra. 
Opina  que  es  necesario  concederles  facilidades  de  todo  gé- 
nero; «que  debemos  ganarnos  las  voluntades  con  dádivas, 
ofertas  y  promesas  de  los  primeros  resortes  inmediatos  al 
gobierno  de  Montevideo,  porque  como  legos  que  son  bus 
gobernadores  y  que  en  nada  proceden  ni  deliberan  sin  ase- 
sores, secretarios  y  consultores,  éstos  con  su  influjo,  pa- 
receres y  consejos,  empleando  toda  su  fuerza  con  una  po- 
lítica refinada,  le  harán  concebir  al  gobierno  con  las 
instrucciones  que  reservadamente  les  enviamos,  luego  de 
asegurar  su  influjo:  que  Portugal  procede  de  mala  fe». . . . 
«y  últimamente  el  fin  es  que  nuestros  influjos,  exposicio- 
nes y  dineros  proporcionen  enredar  al  gobierno  de  Mon- 
tevideo con  el  gabinete  de  Portugal,  por  medio  de  sus  mis- 
mos allegados,  indisponiendo  los  ánimos  de  ambos  con  las 
tramas  é  intrigas,  que  éstas  aquí  no  pueden  figurarse». 


294  JOSÉ    ARTIGAS 

Refiriéudose  á  las  tropas  portuguesas  al  inaiido  del  ca- 
pitáu  general  de  Río  Gmude  dou  Diego  de  Souza,  expre- 
sa que  este  jefe  es  un  hombre  lleno  de  vicios  y  que  «por 
el  oro  y  otras  consideraciones  que  se  tengan  con  él,  cuando 
no  en  el  todo  de  nuestras  intenciones,  lo  podemos  atraer  á 
lo  menos  en  alguna  parte  que  nos  sea  ventajosa». 

Prestigia  también  la  idea,  como  medio  de  atraerse  el 
concurso  del  gobierno  inglés,  de  hacerle  «Señor  déla  Isla 
de  Martín  García,  cuyo  plano  debe  mandarse  sacar  con 
todas  las  circunstancias  de  su  magnitud  interior,  extensio- 
nes, aguas,  frutos  y  calidad  de  su  temperamento  y  puerto; 
para  que  poblándola  como  una  pequeña  colonia  y  puerto 
franco  á  su  comercio,  disfrute  de  ella  como  reconocimiento 
de  gratitud  á  la  alianza  y  protección  que  nos  hubiese  dis- 
pensado en  los  apuros  de  nuestras  necesidades  y  con- 
flictos». 

El  resto  del  informe  se  contrae  principalmente  al  estudio 
de  los  medios  susceptibles  de  producir  un  rompimiento  en- 
tre Portugal  é  Inglaterra  «con  i-elación  á  conquistar  la 
América  del  Brasil  6  la  parte  de  ella  que  más  nos  con- 
venga, luego  de  combinar  nuestros  planes,  que  para  el  efecto 
trabajaremos  con  antelación,  por  medio  de  la  introducción 
de  la  rebelión  y  guerras  civiles;  combinando  al  mismo 
tiempo  con  Inglaterra  los  terrenos  ó  provincias  que  unos  y 
otros  debemos  ocupar». 

Entre  los  procedimientos  preparatorios  de  esa  conquista, 
hidica  la  mayor  contemporización  con  los  portugueses  «apa- 
drinando y  protegiendo  á  todo  facineroso  que  se  pase  á 
nuestro  terreno,  y  aún  cuando  algunas  requisitorias  los  soli- 
citen y  si  fuesen  hombres  que  se  conozca  en  ellos  algún 
talento  y  disposición,  además  de  ocultarlos,  proporcionarles 
acomodo  conducente  á  las  circunstancias,  porque  éstos  han 
de  servir  de  mucho  á  su  debido  tiempo».  Be  formará  un 
ejército  de  quince  á  veinte  mil  hombres,  después  de  ren- 
dido Montevideo,  para  invadir  el  Río  Grande,  promover 
la  insurrección  general  contra  la  corona  portuguesa  y  em- 
prender «el  plan  de  conquista  de  los  pueblos  más  princi- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  295 

pales  de  la  América  del  Brasil  hasta  que  los  acasos  pro- 
porcionen ocasiones  y  motivos  para  declararse  á  Inglaterra 
igualmente  aliada  con  nosotros  y  enemiga  de  las  provin- 
cias del  Brasil,  pactándose  entonces  entre  ambos  gabinetes 
los  puestos  y  puntos  que  unos  y  otros  deben  ocupar  pres- 
tándose mutuamente  toda  clase  de  socorros». 

«Por  lo  que  corresponde  á  la  campaña  del  Río  Grande, 
parece  que  la  naturaleza  la  formó  allí  como  para  hacer  una 
unión  con  la  Banda  Oriental  de  Montevideo,  pues  hallán- 
dose su  barra  fortificada  con  alguna  marina  y  en  estado 
de  fortificación,  é  igualmente  los  únicos  pasos  que  tienen 
para  lo  interior  y  el  continente,  nos  es  muy  conveniente 
esta  empresa  ó  conquista,  ante  todo  principio,  bajo  el  as- 
pecto de  los  fines  que  llevamos  expresados». 

El  programa  «le  la  Revolución. 

Tal  es  el  contenido  de  este  pavoroso  documento  del 
numen  de  la  Revolución  de  Mayo. 

El  hombre  es  hijo  del  rigor  y  nada  hemos  de  conseguir 
con  la  moderación  y  la  benevolencia...  Los  tres  millones 
de  americanos  del  coloniaje,  fueron  manejados  por  unos 
pocos  mandones,  mediante  la  fuerza...  Jamás  se  han  echa- 
do los  cimientos  de  una  nueva  república,  de  otro  modo 
que  por  el  rigor,  el  castigo  y  la  sangre  de  todos  aquellos 
miembros  que  pudierani  mpedir  su  progreso...  Hay  que  des- 
embarazar el  suelo  de  los  escombros,  quiero  decir  conclu- 
yamos con  nuestros  enemigos...  No  debe  escandalizar  el 
sentido  de  mis  voces  de  cortar  cabezas,  de  verter  sangre  y 
sacrificar  á  toda  costa,  aún  cuando  tengan  semejanza  con 
las  costumbres  de  los  antropófagos  y  caribes...  Si  nos  pin- 
tan á  la  Libertad  ciega  y  armada  de  un  puñal,  es  porque 
ningún  estado  envejecido  ó  provincias  pueden  regenerarse 
sin  verter  arroyos  de  sangre. . .  Todos  los  enemigos  que 
caigan  en  poder  de  la  patria  y  que  sean  de  importancia 
por  su  jerarquía  administrativa  ó  militar,  por  su  riqueza, 
por  su  influjo  ó  por  su  talento,  deben  ser  decapitados... 


296  JOSÉ    ARTIGAS 

A  los  patriotas  que  delinquen,  hay  que  tratarlos  con  cou- 
sideración  y  extremada  bondad;  pero  en  cambio  la  con- 
ducta del  gobierno  debe  ser  cruel  y  sanguinaria  con  los 
enemigos,  especialmente  si  son  de  talento,  pues  entonces  hay 
que  matarlos...  Las  denuncias  de  los  particulares  contra  los 
enemigos,  aún  cuando  sean  totalmente  infundadas,  deben 
ser  satisfechas  por  el  gobierno  con  la  aplicación  de  penas, 
á  fin  de  no  enervar  á  los  denunciantes...  Los  bandos  y  man- 
datos públicos  deben  ser  muy  sanguinarios  y  muy  ejecuti- 
vos. 

Pero,  ¡basta!  Es  imposible  imaginar  un  plan  más 
sangriento  y  más  corruptor,  que  el  del  numen  de  la 
Revolución  de  Mayo.  El  historiador  Torrente  que  leyó  el 
informe  en  el  archivo  de  Sevilla  y  que  lo  extracta  en  su 
«Historia  de  la  Revolución  Hispano-Americana»  cada  vez 
que  se  ocupa  del  autor,  dice  «el  atroz  Moreno>>  «el  Robes- 
pierre  americano»,  etc. 

¿Era  el  doctor  Moreno  un  sembrador  de  ideas  de  ex- 
terminio y  corrupción,  ó  las  ideas  que  él  estampaba  en  su 
célebre  informe,  pertenecían  al  medio  ambiente  del  período 
revolucionario?. 

Nos  inclinamos  decididamente  á  lo  último,  en  presencia 
de  la  increíble  rapidez  con  que  quedó  iniciado  el  movi- 
miento de  sangre,  apenas  estallada  la  Revolución  en  el  RíO' 
de  la  Plata  y  en  el  resto  de  la  América  española. 

La  primera  jornada. 

En  circular  de  27  de  junio  de  1810  («Gaceta  de  Buenos^ 
Aires»),  la  Junta  Gubernativa  comunicaba  á  todos  los  ca- 
bildos su  plan  de  exterminio  de  los  factores  del  movimien- 
to realista  que  tenía  su  asiento  en  Córdoba: 

«La  Junta  cuenta  con  recursos  efectivos  para  hacer 
entrar  en  sus  deberes  á  los  díscolos  que  pretendan  la  divi- 
sión de  estos  pueblos  que  es  hoy  día  tan  peligrosa:  los  per- 
seguirá y  hará  un  ejemplar  castigo  que  escarmiente  y  ate- 
rre á  los  malvados;  pero  debiendo  recaer  todo  el  peso  de  las 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  207 

costas  y  males  consiguientes  á  esta  revolución  en  los  que 
la  causaren,  ha  creído  conveniente  dirigir  este  ultimo  ofi- 
cio, esperando  del  celo  de  V.  S.  por  los  derechos  del  rey  y 
bien  del  estado,  lo  hará  circular  en  el  distrito  de  su  mando 
para  que  nadie  alegue  ignorancia». 

Cuando  ya  se  consideraba  inminente  la  aprehensión  de 
los  factores  de  ese  movimiento  realista  de  Córdoba,  la  Jun- 
ta Gubernativa  de  Buenos  Aires  anticipó  la  sentencia  de 
muerte  en  oficio  de  28  de  julio  dirigido  á  la  Junta  de  la 
expedición  militar  (Adolfo  P.  Carranza,  «Archivo  General 
de  la  República  Argentina»),  que  dice  así: 

«Los  sagrados  derechos  del  rey  y  de  la  patria  han  arma- 
do el  brazo  de  la  Justicia,  y  esta  Junta  ha  fulminado  senten- 
cia contra  los  conjurados  de  Córdoba  acusados  por  la  noto- 
riedad de  sus  delitos  y  condenados  por  el  voto  general  de 
todos  los  buenos.  La  Junta  manda  que  sean  arcabuceados 
don  Santiago  Liniers,  don  Juan  Gutiérrez  de  la  Concha,  el 
obispo  de  Córdoba,  don  Victoriano  Rodríguez,  el  coronel 
Allende  y  el  oficial  real  don  Jorge  Moreno.  En  el  momen- 
to en  que  todos  ó  cada  uno  de  ellos  pillados,  sean  cuales 
fueren  las  circunstancias,  se  efectuará  esta  resolución  sin 
dar  lugar  á  momentos  que  proporcionaran  ruegos  y  relacio- 
nes capaces  de  comprometer  el  cumplimiento  de  esta  orden 
y  el  honor  de  V.  E.  Este  escarmiento  debe  ser  la  base  de  la, 
estabilidad  del  nuevo  sistema  y  una  lección  para  los  jefes 
del  Perú  que  se  avanzan  ámil  excesos  por  la  esperanza  de  la 
impunidad,  y  es  al  mismo  tiempo  la  prueba  de  la  utilidad  y 
energía  con  que  llena  esa  expedición  los  importantes  obje- 
tos áque  se  destina. — Buenos  Aires,  28  de  julio  de  1810. 
—  Cornelio  Saavedra — Doctor  Juan  José  Castelli — 
3Ianuel  Belgrano — Manuel  de  Azcuénaga — Domingo 
Matlieu  —  Juan  Larrea — Juan  José  Passo,  Secretario 
— Mariano  Moreno,  Secretario.» 

Consumada  la  terrible  sentencia,  la  Junta  Gubernativa 
dirigió  un  manifiesto  al  país  el  9  de  septiembre  de  1810 
(<- Gaceta  de   Buenos  Aires»): 

«Desde  que   la  alevosa   conducta  del  Emperador  de  los 


298  JOSÉ    ARTIGAS 

franceses  arraueó  de  España  al  más  amado  de  sus  monar- 
cas, el  reino  quedó  acéfalo  y  disipado  el  principio  donde 
únicamente  podían  concentrarse  los  verdaderos  derechos  de 
la  soberanía.  Con  la  falta  de  nuestro  monarca  pereció  el 
apoyo  de  que  los  magistrados  derivaban  sus  poderes;  per- 
dieron los  pueblos  el  padre  que  debía  velar  en  su  conser- 
vación; y  el  Estado  abandonado  así  mismo  empezó  á  sentir 
las  convulsiones  consiguientes  á  la  oposición  de  intereses 
que  mantenía  antes  unidos  la  mano  del  rey  por  medio  de 
la  riendas  del  gobierno,  que  había  dejado  escapar  incauta- 
mente. Es  verdad  que  jurábamos  y  reconocíamos  un  prín- 
cipe; pero  ni  podía  éste  ejercer  los  actos  pro[)ios  de  la  sobe- 
ranía, ni  sus  vasallos  encontraban  expeditas  otras  relaciones 
que  las  conducentes  al  sincero  y  eficaz  empeño  en  que  se 
habían  constituido,  de  restituirlo  al  trono  de  sus  mayores  y 
volverlo  al  goce  de  los  augustos  derechos  de  que  lo  veían 
privado.  Fernando  VII  tenía  un  reino,  pero  no  podía  gober- 
narlo; la  monarquía  española  tenía  un  rey,  pero  no  podía  ser 
gobernada  por  él;  y  en  este  conflicto,  la  nación  debía  recurrir 
á  sí  misma,  para  gobernarse,  defenderse,  salvarse  y  recupe- 
rar á  su  monarca.  Los  pueblos  de  quienes  los  reyes  derivan 
todo  el  poder  con  que  gobiernan,  no  reasumieron  íntegra- 
mente el  que  habían  depositado  en  nuestro  monarca:  su 
existencia  impedía  aquella  reasunción;  pero  su  cautividad 
les  transmitía  toda  la  autoridad  necesaria  para  establecer  un 
gobierno  provisorio,  sin  el  que  correrían  el  riesgo  de  la  di- 
visión y  anarquía.  Desde  ese  momento  las  autoridades  de- 
pendientes de  la  soberanía  tuvieron  un  ser  precario;  y  su- 
bordinada la  misma  voluntad  pública  al  órgano  del  prín- 
cipe, por  donde  antes  se  explicaba,  debieron  esperar  de  ella 
la  continuación  de  sus  empleos  ó  su  separación,  según  me- 
recían su  confianza». 

«La  tierra  peligra  y  la  existencia  de  estos  hombres  in- 
quietos era  arriesgada  en  todo  punto  del  suelo.  La  impuni- 
dad de  crímenes  tan  detestables  podría  ser  de  un  ejemplo 
fatalísimo,  y  si  algún  día  la  causa  que  protegemos  contra 
los  insurgentes  en  las  provincias  sufriese  un  contraste,  que 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  299 

comprometiese  los  sagrados  derechos  del  Estado  y  de  los 
l)ueblos  de  que  estamos  encargados,  seríamos  responsables 
del  cúmulo  de  males  é  infortunios  que  habría  ocasionado 
nuestra  imprudente  condescendencia.  No  hay  arbitrio.  Es 
preciso  llenar  dignamente  ese  importante  deber.  Aunque 
la  sensibilidad  se  resista,  la  raz(5n  suma  ejecuta,  la  patria 
imperiosamente  lo  manda.  A  la  presencia  de  estas  podero- 
sas consideraciones,  exaltado  el  furor  de  la  justicia,  hemos 
decretado  el  sacrificio  de  estas  víctimas  á  la  salud  de  tan- 
tos millares  de  inocentes.  Sólo  el  terror  del  suplicio  puede 
servir  de  escarmiento  á  sus  cómplices.  Las  recomendables 
cualidades,  empleos  y  servicios,  que  no  han  debido  autori- 
zar sus  malignos  proyectos,  tampoco  han  podido  darles  un 
título  de  impunidad  que  haría  á  los  otros  más  insolentes. 
lili  terror  seguirá  á  los  que  se  obstinaren  en  sostener  el  plan 
acordado  con  éstos,  y  acompañados  siempre  del  horror  de 
sus  crímenes  y  del  pavor  de  que  se  poseen  los  criminales, 
abandonarán  el  temerario  designio  en  que  se  complotaron. 
Los  grandes  malvados  exigen  por  dobles  títulos  todo  el  ri- 
gor del  castigo;  nuestra  tierra  no  debería  alimentar  hom- 
bres que  intentaron  inundarla  con  nuestra  sangre;  sus  mis- 
mos cómplices  nos  cerraron  las  puertas  por  donde  pudiéra- 
mos haberlos  arrojado  y  sus, personas  eran  en  todas  partes 
de  un  sumo  peligro,  pues  á  la  guerra  de  las  armas  habrían 
subrogado  la  de  la  intriga,  que  más  de  una  vez  ha  lo- 
grado triunfos  que  aquéllas  no  alcanzaron.  Reposamos  en 
el  testimonio  de  nuestras  conciencias,  que  instruidas  de  los 
datos  secretos  que  nos  asisten,  cada  día  se  afirman  en  la 
justicia  de  este  pronunciamiento», 

Co!$as  de  la  época. 

¿Qué  juicio  han  inspirado  estos  fusilamientos  atroces  á 
los  detractores  de  Artigas? 

El  doctor  López  («Historia  de  la  República  Argentina») 
dice  que  apenas  instalada  la  Junta  revolucionaria,  Liniers 
y  el  gobernador  Concha  se  pusieron  á  la  cabeza  de  la  reac- 


300  JOSÉ    ARTIGAS 

í'ión  en  Córdolja  y  proenraron  oi'güüizar  elementos  paní  la 
defensa  del  virrey  depuesto.  No  dieron  resultado  tales  es- 
fuerzos: habían  pedido  concurso  á  Santa  Fe,  Mendoza,  San 
Juan,  Tucumán  y  Salta,  y  esas  provincias  en  vez  de  obe- 
decer al  gobernador  español  de  Córdoba,  depusieron  á  sus 
propios  tenientes  gobernadores  y  proclair.aron  su  adhesión 
á  la  Revolución  de  Mayo.  La  Junta  de  Buenos  Aires  or- 
ganizó entretanto  un  ejército  de  1,300  plazas  al  mando  del 
coronel  Ortiz  de  Ocampo,  en  el  que  iban  el  coronel  Gonzá- 
lez Balcarce  en  calidad  de  segundo  y  como  jefes  de  cuerpo 
Marlín  Rodríguez,  Juan  José  A^ia monte,  Díaz  Vélez  y  otros 
jóvenes  de  las  primeras  familias  de  Buenos  Aires.  Iba  tam- 
bién con  instrucciones  de  la  Junta  revolucionaria  don  Hi- 
pólito Vieytes.  vocal  de  la  misma  Junta,  y  como  secretario 
el  doctor  Vicente  López.  Al  saberse  la  aproximación  del 
ejército,  las  fuerzas  que  Liuiers  y  Concha  habían  reunido 
en  Córdoba  se  dispersaron  totalmente  y  sus  jefes  se  oculta- 
ron. Pero  fueron  encontrados  por  partidas  volantes  distri- 
buidas en  su  busca,  juntamente  con  otros  personajes  de  la 
reacción  española.  El  comisario  de  la  Junta  expresó  enton- 
ces que  las  instrucciones  recibidas  de  esa  corporación,  im- 
ponían el  fusilamiento  inmediato  de  los  prisioneros.  Inter- 
cedieron valiosas  influencias.  Toda  la  población  de  Córdoba 
trabajó  en  ese  sentido.  Y  se  obtuvo  que  los  prisioneros 
marcharan  á  la  capital.  La  Junta  Gubernativa,  dominada 
por  el  genio  excesivo  é  intransigente  del  doctor  Mariano 
Moreno,  recibió  con  profunda  indignación  la  noticia  de  que 
el  general  de  la  expedición  y  su  secretario  se  habían  resis- 
tido á  ejecutar  á  Liniers,  á  Concha,  al  obispo  Orellaua  y  á 
sus  tres  compañeros  de  desgracia.  La  primera  idea  fué  ha- 
cerlos regresará  Córdoba  y  ordenar  que  se  cumplieran  allí 
las  órdenes  como  se  habían  dado.  Pero  era  tan  evidente  el 
horror  que  había  manifestado  el  vecindario  y  la  disposi- 
ción compasiva  del  ejército,  que  se  consideró  más  prudente 
evitar  las  consecuencias  de  tan  espantoso  espectáculo  y  se 
prefirió  un  lugar  desierto  para  llenar  esa  medida  que  se 
creía  indispensable.  La  Junta  resolvió  á  la  vez   sustituir  al 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  301 

jefe  de  la  expedición  don  Francisco  Ortiz  de  Oeampo  con 
el  general  Balcarce  «ofendida  por  la  poca  energía»  que  ha- 
bía revelado  en  el  trágico  incidente  de  Liniers.  «El  doctor 
Vieytes,  que  no  era  tampoco  el  hombre  adecuado  para  reali- 
zar la  terrible  política  revolucionaria  con  que  la  Junta  se 
proponía  anonadar  á  los  realistas  del  Perú»,  fué  sustituí- 
do  con   el  doctor  Castelli. 

El  propio  doctor  López  en  su  «Manual  de  la  Historia 
Argentina»  cierra  el  proceso  con  esta  absolución  fundada 
en  el  extravío  de  los  tiempos,  que  escatima  á  Artigas 
por  los  crímenes  imaginarios  que  le  atribuye  la  leyenda: 

«La  razón  verdadera  era  el  temor  de  que  ambos  jefes 
(Liniers  y  Concha)  pudieran  ponerse  en  libertad  y  asilarse 
en  el  Perú,  donde  á  la  cabeza  de  elementos  más  poderosos 
eran  evidentemente  un  peligro  considerable  para  la  causa 
de  Buenos  Aires.  Además  el  doctor  Moreno  hizo  publicar 
que  el  fusilamiento  se  había  ejecutado  para  que  el  terror 
del  suplicio  sirviese  de  escarmiento.  Así  se  pensaba  en  aquel 
tiempo;  y  podría  decirse  lo  que  el  poeta  Quintana  dijo  dis- 
culpando las  atrocidades  de  la  conquista:  «Crímenes  fue- 
ron esos  del  tiempo  y  no  de  España». 

Habla  Pelliza  en  su  «Historia  Argentina»: 

«Los  presos  habían  salido  de  Córdoba  y  se  dirigían  á  la 
capital  bajo  segura  custodia.  Era  urgente  evitar  su  llegada, 
porque  entonces  sería  indispensable  juzgarlos,  y  esto  no 
entraba  en  los  propósitos  del  gobierno.  Se  aceleró  la  partida 
de  Castelli  y  pudo  encontrarlos  en  la  raya  de  las  dos  pro- 
vincias, cerca  de  la  posta  de  Lobaton,  en  el  paraje  denomi- 
nado Cabeza  del  Tigre,  donde  aquel  enei'gico  ciudadano  dio 
cumplimiento  al  teri'ible  acuerdo  que  ahogando  en  sangre 
la  reacción  española,  dejó  ver  al  mundo  que  la  guerra  ini- 
ciada entre  los  americanos  y  sus  doniinadores  era  de  liber- 
tad y  que  no  tendría  más  solución  que  la  independencia 
absoluta  ó  la  esclavitud  vergonzosa,  á  cuyo  estado  era  pre- 
ferible la  muerte». 

Con  las  iniciales  de  las  seis  víctimas  (Concha,  Liniers, 
Allende,  Moreno,  Orella no,  Rodríguez)  se  formó  la  palabra 


302  JOSÉ    ARTIGAS 

Clamor  en  na  cartel,  que  pocos  días  después  del  sacrificio 
apareció  colgado  en  aquellas  soledades,  concluye  el  mismo 
historiador. 

La  seg^niKla  Jornada. 

Tal  fué  la  primera  jornada  de  la  expedición  militar 
mandada  por  la  Junta  Gubernativa  á  las  provincias  del 
interior.  La  segunda,  se  realizó  bajo  la  dirección  del  doctor 
Castelli,  en  calidad  de  delegado  ó  representante  de  la  Junta 
en  el  ejército  expedicionario. 

Al  doctor  Castelli  le  fueron  expedidos  dos  pliegos  de 
instrucciones,  el  12  de  septiembre  y  el  3  de  diciembre  de 
1810  (Adolfo  R  Carranza,  «Archivo  General  de  la  Repú- 
blica Argentina»). 

De  uno  de  esos  pliegos,  entresacamos  los  siguientes 
artículos: 

«().  Jamas  aventurará  combate  sino  con  ventajas  de  una 
superioridad  conocida;  procurará  disponer  al  soldado  para 
ataques  principales,  y  en  la  primera  victoria  que  libre  dejará 
que  los  soldados  hagan  estragos  en  los  vencidos  para  infun- 
dir el  terror  en  los  enemigos 9.  Procurará  entablar  re- 
laciones ocultas  y  mandar  emisarios  á  los  pueblos;  estable- 
cerá relaciones  secretas  con  Goyeneche  y  otros  oficiales 
enemigos,  alimentándolos  de  esperanzas,  pero  sin  creer  ja- 
más sus  promesas  y  sin  fiar  sino  de  la  fuerza El  pre- 
sidente Nieto,  el  gobernador  Sanz,  el  obispo  de  La  Paz  y 
Goyeneche  deben  ser  arcabuceados  en  cualquier  lugar  don- 
de sean  habidos,  y  á  todo  hombre  que  haya  sido  principal 
director  déla  expedición. -o 

De  otro,  reproducimos  este  párrafo: 

«La  Junta  manda  que  publique  V.  E.  un  perdón  gene- 
ral á  todos  los  oficiales  y  soldados  del  ejército  enemigo  que 
depongan  las  armas  y  se  reconozcan  sujetos  á  la  capital  y 
á  su  gobierno.  Pero  á  pesar  de  este  indulto,  manda  la  Junta 
estrechamente  que  todos  los  que  hayan  sido  oficiales  en  el 
ejército  de   Cotagaita,    Potosí,  Charcas    y    La    Paz,  sean 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  düd 

depuestos  y  jamás  pued;m  continuar  en  la  carrera  militar, 
sin  excepción  de  uno  solo,  pues  la  Junta  no  deja  faculta- 
des para  ello.  Todos  los  que  hayan  sido  oficiales  ó  soldados 
en  dicho  ejército  y  sean  europeos,  bien  se  hayan  aprehen- 
dido, prisioneros  en  acción  de  guerra  ó  bien  por  noticias  que 
se  hayan  adquirido,  deben  remitirse  á  disposición  del  go- 
bierno de  Córdoba.  La  Junta  recojnienda  encarecidamente  a 
V.  E,  el  cumplimiento  de  esta  providencia,  debiendo  V.  E. 
estar  convencido  que  el  verdadero  espíritu  de  la  Junta  es 
que  no  quede  en  el  país  ningún  europeo  militar  ó  paisano 
que  haya  tomado  las  armas  contra  la  capital». 

El  doctor  Juan  José  Castelli,  dictó  un  bando  desde  su 
Cuartel  General  de  Li  Plata  el  5  de  enero  de  1811,  con 
el  siguiente  encabezamiento:  «La  Junta  Provisional  Guber- 
nativa de  las  Provincias  del  Río  de  la  Plata  por  el  señor 
don  Fernando  VII  y  á  nombre  de  ella  su  representante  en 
el  ejército  auxiliador».  («Gaceta  de  Buenos  xlires»). 

Impone  la  obligación  de  presentar  todas  las  armas  blan- 
cas ó  de  chispa  que  existan  bajo  «pena  de  destierro,  perdi- 
miento de  bienes,  con  aplicación  de  la  tercera  parte  al  de- 
nunciador comprobante  del  hecho  y  aun  con  la  pena  capital, 
militarmente  juzgando,  si  las  circunstancias  hicieren  dema- 
siado malicioso  el  iiecho  de  la  ocultación v.  Declara  que 
«toda  inteligencia  interior  ó  exterior  contra  el  gobierno  y 
en  perjuicio  de  la  seguridad  y  tranquilidad  pública,  es  cri- 
men del  primer  orden.  Por  lo  mismo  sus  autores,  agentes  y 
cómplices  serán  juzgados  y  castigados  militarmente  hasta 
con  la  pena  capital  y  perdimiento  de  bienes.  Todo  ciudadano 
es  interesado  en  el  descubrimiento  de  un  crimen  que  ataque 
el  orden  social.  El  que  lo  revele,  aunque  sea  cómplice,  será 
premiado  con  la  participación  de  bienes  y  el  indulto,  ade- 
más de  guardarle  secreto  religioso».  «Toda  conversación 
dirigida  á  fomentar  la  odiosidad  en  general  de  europeos  y 
patricios  americanos,  con  trascendencia  á  fomentar  la  riva- 
lidad de  unos  y  otros  y  la  división  de  unos  sujetos  entre 
quienes  hay  hombres  de  honrados  sentimientos  y  del  más 
acendrado  patriotismo,  se  mirará  como  ocasión  de  sedición  y 


304  JOSÉ    ARTIGAS 

será  castigado  el  aator  con  las  penas  que  las  leyes  estable- 
cen para  los  sediciosos  >.  Menciona  finalmente  el  bando  á 
«don  Francisco  de  Paula  Sauz,  don  Vicente  Nieto,  don 
José  de  Córdoba  y  Roxas,  don  José  Gómez  de  Prado,  don 
Pedro  Vicente  Cañete,  don  Indalecio  González  de  Socasa, 
el  conde  de  Casa  Real  de  Moneda,  don  José  Hernández 
Cermeño  y  otros  varios  cómplices  presuntos  que  á  su  tiem- 
po se  irán  publicando»;  expresa  que  han  perdido  sus  bie- 
nes, empleos,  grados  y  honores  «con  inhabilitación  civil  de 
adquirirlos,  quedando  al  real  fisco  la  sucesión  en  los  libres 
y  á  sus  legítimos  herederos  los  vinculados  y  amayorazga- 
dos, á  que  no  pueden  entenderse  alcanzados  los  efectos  de 
su  criminalidad,  si  no  son  cómplices,  en  un  gobierno  que  só- 
lo mira  los  delitos  y  no  las  personas  y  hace  aprecio  al  ino- 
cente y  honrado  hijo  del  criminal  que  detesta.  Todo  el  que 
sepa  de  los  bienes  de  los  expresados  individuos,  los  dela- 
tará so  pena  de  subrogar  con  los  del  ocultante  y  recepta- 
dor los  cargos  del  fisco  y  de  particulares». 

¡Eran  hombres  de  su  iieiupo! 

¿Qué  dicen  los  implacables  enemigos  de  Artigas  en  pre- 
sencia de  la  nuevas  escenas  de  sangre  decretadas  por  la 
Junta  Gubernativa  de  Buenos  Aires? 

Para  el  doctor  López,  la  cosa  es  bien  sencilla. 

El  general  Balcarce,  dice  en  su  «Historia  de  la  República 
Argentina»,  ganó  la  batalla  de  Suipacha,  al  mismo  tiempo 
que  el  territorio  del  Alto  Perú  se  plegaba  por  todos  lados  á 
la  causa  de  la  Revolución.  El  general  Nieto,  el  general  Cór- 
d(jba  y  el  gobernador  intendente  Paula  Sanz  fueron  apre- 
hendidos y  en  el  acto  pasados  por  las  armas,  por  orden  del 
comisionado  de  la  Junta,  doctor  Castelli.  La  Junta  revo- 
lucionaria sostenía  que  las  autoridades  del  virreinato  ha- 
bían caducado  por  la  destrucción  del  gobierno  metropolita- 
no. Sostenía  que  los  rebeldes  eran  los  que  desconocían  el 
gobierno  sobernno  que  en  esas  circunstancias  había  erigido 
el  país  para  sí  propio.  Y  concluía  que  rebelarse  contra  las 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  305 

-autoridades  aclamadas,  era  incurrir  en  delito  de  alta  trai- 
ción según  las  leyes  vigentes.  «Las  ejecuciones  de  los  jefes 
y  gobernadores  realistas  tenían,  pues,  un  principio  mucho 
más  serio  y  fundamental  que  la  ferocidad  de  los  caracte- 
res ó  que  el  brutal  rencor  de  los  odios  á  que  los  adversa- 
rios han  pretendido  reducirlas»....  «No  hay  duda  que  el 
•doctor  Castelli  había  entrado  en  la  Revolución  animado  de 
un  espíritu  inclemente >^ «Pero  no  era  tanto  por  su  pro- 
pia índole,  cuanto  que  por  la  convicción  de  que  su  país  y 
sus  compatriotas  habían  abierto  una  lucha  tremenda,  en  la 
que  el  terror  debía  imponerse  como  la  arma  más  formida- 
ble para  someter  y  anonadar  las  rebeldes  resistencias  de 
Jos  realistas  contra  la  soberanía  nacional» «Era  hom- 
bre de  su  tiempo». 

No  comparte  naturalmente  este  juicio  el  historiador  To- 
rrente. 

«Castelli»,  dice  en  su  «Historia  de  la  Revolución  Hispa- 
no-Americana»,  «cuya  vida  fué  conservada  más  tiempo  pa- 
ra que  fueran  más  conocidos  sus  delitos,  llegó  á  perderla  de 
un  modo  tan  trágico  y  lamentable  que  debió  aterrar  á  to- 
•dos  los  que  se  habían  dejado  llevar  de  la  perversidad  de  sus 
ideas.  Aquella  misma  lengua  que  tantas  blasfemias  había 
pronunciado  y  que  tantos  daños  había  causado  á  la  ver- 
dadera creencia,  fué  la  que  acarreó  la  disolución  de  su  cuer- 
po: quemada  levemente  su  punta  por  la  extremidad  de  un 
cigarro  que  aplicó  inadvertidamente  á  la  boca  por  la  parte 
encendida,  empezó  á  gangrenarse  presentando  los  síntomas 
más  alarmantes.  Deseosos  los  amigos  de  aquel  monstruo  de 
salvarle  la  vida  á  todo  trance,  se  determinaron  á  hacerle  la 
^amputación  como  único  y  extremado  remedio;  pero  había 
de  cumplirse  el  decreto  divino:  aquel  desesperado  experi- 
mento tan  sólo  sirvió  para  agravar  los  dolores  y  agonías 
del  paciente,  quien  expiró  con  todas  las  muestras  de  un 
hombre  poseído  por  las  furias  infernales». 

Cedemos  la  palabra  al  general  Mitre  («Historia  de  Bel- 
.grano»): 

«Conforme  á  la  teoría  que  declaraba  rebeldes  á  los  que 

JOSÉ  ARTIGAS.— 20  I.  I. 


306  JOSÉ    ARTIGAS 

hicieran  resistencia  á  la  nueva  autoridad  nacional  dentro  de 
los  límites  jurisdiccionales  trazados  por  el  rey  de  España, 
en  cuyo  nombre  gobernaba,  Liniers  y  las  cabezas  de  esta 
reacción  fueron  ejecutados  como  tales».  Mediante  el  triun- 
fo de  Suipacha  la  insurrección  se  hizo  general  en  el  Alto 
Perú.  «Al  frente  de  este  movimiento  púsose  el  doctor  Juan 
José  Castelli,  como  representante  político  y  militar  de  la 
Junta  de  Buenos  Aires,  á  ejemplo  de  los  delegados  de  la 
Revolución  francesa,  de  cuyas  máximas  terroristas  estaba 
imbuido  y  que  acababa  de  presidir  en  ese  carácter  la  trá- 
gica ejecución  de  Liniers  y  sus  compañeros  de  infortunio.. 
Aplicando  en  cumplimiento  de  sus  terribles  instrucciones 
la  doctrina  revolucionaria  que  declaraba  reos  de  alta  trai- 
ción á  los  que  levantaran  armas  dent  ro  de  su  territorio  con- 
tra la  nueva  autoridad,  hizo  ejecutar  en  la  plaza  de  Potosí 
á  Nieto,  Banz  y  Córdoba.  La  guerra  á  muerte  quedó  así 
declarada  entre  la  Revolución  argentina  y  la  reacción  espa- 
ñola». 

Fué  después  vencido  el  ejército  revolucionario  por  las 
arm^s  realistas  del  Alto  Perú,  y  en  el  acto  los  vencedores 
ensayaron  el  rigor.  «Los  suplicios  se  levantaron  en  todo  el 
territorio  dominado  por  las  armas  del  rey,  clavándose  cabe- 
zas de  insurgentes  á  lo  largo  de  los  caminos;  los  bienes  de 
los  emigrados  fueron  confiscados  y  vendidos  en  pública  su- 
basta; las  poblaciones  fueron  saqueadas;  se  crearon  comisio- 
nes militares  que  bajo  el  título  de  tribunales  de  Purifica- 
ción, eran  agentes  de  venganzas,  y  hasta  se  vendieron  como 
esclavos  á  los  dueños  de  viñas  y  cañaverales  de  las  costas 
del  Perú,  los  prisioneros  de  guerra  de  las  últimas  jornadas». 

Durante  la  permanencia  del  general  Belgrano  en  el  Alto 
Perú  (continúa  el  general  Mitre),  cayó  prisionero  el  coronel 
español  Antonio  Landívar,  á  quien  inmediatamente  íu\\w\ 
general  mandó  instruir  un  sumario.  Reconocidos  los  sitios 
en  que  se  cometieron  los  excesos  y  levantaron  los  cadalsos 
por  orden  de  Landívar,  se  comprobó  la  ejecución  de  5  i 
prisioneros  de  guerra,  cuyas  cabezas  y  brazos  habían  siílo 
cortados  y  clavados  en  las  columnas  miliarias  de  los  cami- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  307 

nos.  El  acusado  declaró  que  sólo  había  ajusticiado  33  indi- 
viduos, alegando  en  sus  descargos  haber  procedido  así  por 
órdenes  de  Goyeneche  que  «exhibió  originales»,  entre  las 
que  figuran  éstas:  «Potosí,  diciembre  26  de  1812. — Tomará 
las  nociones  al  intento  de  saber  los  generales  caudillos  y 
los  que  les  han  seguido  de  pura  voluntad,  aplicando  la  pe- 
na de  muerte  á  verdad  sabida  sin  otra  figura  de  juicio.  De- 
fiero á  usted  todos  los  medios  de  purgar  ese  partido  de  los 
restos  de  la  insurrección,  que  si  es  posible  no  quede  ningu- 
no».—  Diciembre  11  de  1813:  «Apruebo  á  usted  la  energía 
y  fortaleza  con  que  ha  aplicado  la  pena  ordinaria  á  unos  y 
la  de  azotes  á  otros,  y  le  prevengo  que  á  cada  cuantos 
aprehenda  con  las  armas  en  la  mano,  que  hayan  hecho  opo- 
sición de  cualquier  modo  á  los  que  mandan,  convocado  y 
acaudillado  gente  pai-a  la  Revolución,  sin  más  figura  de  jui- 
cio que  sabida  la  verdad  de  sus  hechos  y  convictos  de  ellos, 
los  pase  por  las  armas».  El  general  San  Martín,  puso  el 
cúmplase  á  la  sentencia  de  muerte  contra  Landívar  en  1  5 
de  enero  de  1813,  sin  previa  consulta  al  gobierno,  y  al  jus- 
tificar la  urgencia  de  ese  proceder,  dijo  en  su  oficio:  «Los 
enemigos  se  creen  autorizados  para  exterminar  hasta  la 
raza  de  los  revolucionarios,  sin  otro  crimen  que  reclamar 
éstos  los  derechos  que  les  tienen  usurpados.  Nos  hacen  la 
guerra  sin  respetar  en  nosotros  el  sagrado  derecho  de  las 
gentes  y  no  se  embarazan  en  derramar  á  torrentes  la  san- 
gre de  los  infelices  americanos». 

Olorifieación  del  ci'iiucn. 

Tal  es  el  cuadro  de  sangre  que  traza  la  Junta  de  Mayo 
por  medio  de  la  pluma  de  su  ilustre  secretario  y  por  medio 
del  plomo  y  del  cuchillo  de  sus  soldados.  Los  grandes  his- 
toriadores argentinos,  echan  sobre  esa  sangre  una  piadosa 
palada  de  tierra,  invocando  por  todo  atenuante,  los  rigores 
de  la  época.  Pero,  si  á  los  que  estaban  en  la  cumbre  del 
pensamiento  argentino,  se  les  tolera  hasta  el  asesinato  de 
Liniers,  el  héroe  de  la  reconquista  de  Buenos  Aires,  ¿cómo 


308  JOSÉ    ARTIGAS 

-ensañarse  con  los  que  combatían  oscuramente  en  la  campa- 
na desierta  de  las  provincias,  fijos  los  ojos  en  la  capital, 
aun  suponiendo  exactos  los  crímenes  fantásticos  que  la  le- 
yenda les  atribuye? 

Hasta  de  la  glorificación  de  esos  crímenes  se  encarga- 
ban los  oradores  de  la  época! 

El  15  de  diciembre  de  1810  (dice  Fregeiro  en  su  obra 
«Bernardo  Monteagudo»),  fueron  ejecutados  en  la  ciudad 
de  Potosí  el  mariscal  Nieto,  presidente  de  Charcas,  Sanz, 
gobernador  intendente  de  Potosí,  y  el  coronel  Córdoba. 
Monteagudo  que  presenció  la  ejecución,  escribía  lo  siguien- 
te el  25  de  m?yo  de  1812  en  el  periódico  «Mártir  ó  Li- 
bre»: 

«Yo  los  he  visto  expiar  sus  crímenes  y  rae  he  acercado 
con  placer  á  los  patíbulos  de  Sanz,  Nieto  y  Córdoba,  para 
observar  los  efectos  de  la  ira  de  la  patria  y  bendecirla  por 
su  triunfo..  .  Por  encima  de  sus  cadáveres  pasaron  nues- 
tras legiones  y  con  la  pahna  en  una  mano  y  el  fusil  en  la 
otra,  corrieron  á  buscar  la  victoria  en  las  orillas  del  Titi- 
caca y  reunidos  el  25  de  mayo  de  1811  sobre  las  magní- 
ficas y  suntuosas  ruinas  de  Tiahuanaco  ensayaron  su  cora- 
je en  este  día,  jurando  á  presencia  de  la  patria  empaparlos 
en  la  sangre  del  ptM-fido  Goyeneche  y  levantar  sobre  sus 
cenizas  un  augusto  monumento  á  los  mártires  de  la  li- 
bertad». 

Léanse  estos  párrafos  de  un  discurso  de  Monteagudo  en 
el  seno  de  la  Sociedad  Patriótica,  formulando  acusación 
contra  el  triunvirato: 

«Cuando  yo  leo  «La  Gaceta»  de  Montevideo  y  conside- 
ro la  insurrección  del  22  de  abril  verificada  en  el  estable- 
cimiento de  la  costa  patagónica,  encuentro  cifrada  en  com- 
pendio toda  la  historia  de  nuestra  Revolución  con  unos 
rasgos  tan  degradantes  como  análogos  á  la  conducta  que 
hemos  observado  en  ella.  Tres  hombres  despreciables  por 
su  origen,  reos  de  muerte  por  sus  anteriores  crímencb  y 
dignos  del  suplicio  más  atroz  que  han  inventado  los  tira- 
nos, en  una  palabra,  Domingo  Torres,  Joaquín  Gómez  de 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  300 

Liaño,  Faustino  Aiisay,  autores  de  una  conspiración  fra- 
guada en  Mendoza  contra  la  causa  de  la  patria,  é  indulta- 
dos escandalosamente  por  el  gobierno  de  la  pena  que  me- 
recían, fueron  confinados  á  aquel  destino  por  los  empeños 
que  siempre  alcanzan  los  malvados  en  todo  gobierno  dé- 
bil.. .  Más  de  cuatro  meses  ha  que  un  europeo  enviado  de 
Goyeneche  permanece  en  prisión  después  de  comprobado 
su  delito,  y  aun  vive  y  vivirá,  porque  así  conviene  al  siste- 
ma de  tolerancia  que  seguimos.  Pregunto  ahora:  ¿y  cuántas 
son  las  ventajas  que  saca  el  gobierno  de  su  decantada  leni- 
dad? . . .  Últimamente,  ciudadanos,  sabed  que  ninguno  llega 
al  templo  de  la  Libertad,  si  no  camina  sóbrelas  ruinas  de 
la  opresión  y  destruye  á  los  que  la  sostienen.  Si  esto  es  así, 
diré  cuál  es  mi  opinión  particular  con  la  intrepidez  que 
acostumbro,  y  sea  lo  que  fuere  del  concepto  del  gobierno 
el  tiempo  justificará  lo  que  digo.  Sangre  y  fuego  contra  los 
enemigos  de  la  patria,  y  si  por  nuestra  eterna  desgracia  es- 
tamos condenados  á  ser  víctimas  de  la  opresión,  perezcan, 
ellos  en  la  víspera  de  la  nuestra». 

Completaiulo  los  cuadros  de  sangre. 

No  quedaron  reducidos  á  los  comienzos  de  la  Revolu- 
ción los  bandos  terribles  y  las  ejecuciones  á  granel.  He  aquí 
algunos  ejemplos  que  lo  demuestran: 

Contra  los  que  retengan  armas: 

I.  Un  bando  de  16  de  enero  de  1812,  firmado  por  Chi- 
clana,  Sarratea  y  Pazo  (Carranza  «Archivo  General  de  la 
República  Argentina»),  intima  la  presentación  «de  toda 
arma  de  chispa  ó  blanca  del  Estado  ó  propiedad  particu- 
lar —  Los  que  no  manifestasen  dentro  de  tercero  día  ha- 
llándose en  esta  ciudad  y  sus  arrabales  y  después  se  les 
descubrieren,  sufrirán  irremisiblemente  cien  azotes  por  las 
calles  públicas  y  quinientos  pesos  de  multa  por  primera 
vez;  se  agregará  ésta  á  la  de  mil  pesos  y  cuatro  años  de 
presidio  por  la  segunda;  pena  de  muerte,  en  la  tercera». 


310  josé  artigas 

Contra  los  marinos  españoles: 

2.  Un  bando  de  3  de  abril  de  1812,  firmado  por  Sarratea, 
Cliiclana  y  Rivadavia  («Gaceta  de  Montevideo»),  invoca  ac- 
tos de  piratería  realizados  por  los  marinos  de  Montevideo 
y  dispone:  «Que  todo  corsario  armado  que  se  aprehenda 
haciendo  el  robo  sobre  nuestras  costas,  sea  tratado  como 
pirata,  y  que  los  individuos  de  las  tripulaciones  de  los  bu- 
ques apresados  que  se  hallen  á  bordo  y  los  que  de  las 
mismas  ó  de  cualquier  otro  barco  armado  se  encuentren 
robando  en  tierra  ó  hayan  saltado  con  armas  al  propio 
objeto,  sin  otra  justificación  que  el  hecho  de  ser  aprehen- 
didos, sean  fusilados  dentro  de  dos  horas  perentorias  por 
las  justicias  ó  comandantes  más  inmediatos  al  lugar  de  la 
aprehensión,  quedando  solamente  excluidos  de  la  referida 
pena  los  que  se  desembarquen  con  el  fin  de  pasarse  á  nos- 
otros». 

Una  conjuración  realista: 

3-  El  4  de  julio  de  1812,  se  publicó  una  proclama  sus- 
crita por  Chiclana,  Pueyrredón  y  Rivadavia,  con  motivo 
de  la  conjuración  de  algunos  españoles  en  Buenos  Aires, 
para  sorprender  los  cuarteles.  Tres  de  los  conjurados  fue- 
ron ejecutados  y  los  demás  culpables  quedaron  destinados 
á  sufrir  la  misma  pena.  Un  bando  del  18  del  mismo  mes, 
ordena  á  los  españoles  europeos  la  entrega  en  el  término 
de  dos  días  de  todas  las  armas  de  chispa  y  blancas  largas, 
bajo  pena  de  horca  que  habría  de  ejecutarse  dentro  de  las 
48  horas  de  la  aprehensión.  Y  una  proclama  de  igual  fe- 
cha, prohibe  la  compra  de  armas  y  prendas  de  uniforme, 
bajo  pena  de  muerte,  dentro  de  las  24  horas  de  la  apre- 
hensión tratándose  de  españoles  europeos  y  de  otras  penas 
tratándose  de  patricios  (Zinny,  «Bibliografía  histórica»). 

Sobre  reuniones  de  españoles: 

4-  Al  finalizar  el  año  1812,  el  «'obierno  compuesto  de 
los  señores  Passo,  Rodríguez  Peña  y  Alvarez  Fonte,  «dig- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  311 

nos  de  mandar  á  ios  demás  por  sus  notables  calidades ^> 
según  la  frase  del  general  Mitre  («Historia  de  Belgrano»), 
dictó  otro  terrible  bando  por  el  cual  se  prohibía  toda 
reunión  de  más  de  tres  españoles  europeos,  debiendo  los 
contraventores  ser  sorteados  y  fusilados;  se  establecía  que 
en  caso  de  celebrar  reuniones  personas  sospechosas  á  la 
causa  de  la  Revolución  ó  en  parajes  excusados  ó  durante 
la  noche,  todos  los  concurrentes  serían  sentenciados  á 
muerte;  se  prohibía  montar  á  caballo  á  los  españoles;  y  se 
imponía  la  pena  de  muerte  á  los  que  fueran  sorprendidos 
en  dirección  á  Montevideo. 

La  conspiración  de  Alzaga: 

5  Las  autoridades  que  así  procedían,  no  se  quedaban 
cortas  en  materia  de  derramamiento  de  sangre.  En  la  sola 
conspiración  de  Alzaga,  38  españoles  fueron  ejecutados  á 
mérito  de  sentencias  pronunciadas  por  cuatro  ciudadanos 
(Pelliza,  «Historia  Argentina»),  que  fallaban  cada  uno  por 
su  cuenta  y  con  independencia  sus  respectivos  procesos. 

Exterminio  de  artiguistas: 

6  Da  idea  de  la  ferocidad  imperante  al  finalizar  el  año 
1814,  la  comunicación  del  general  Soler  al  coronel  Borre- 
go, del  28  de  diciembre,  interceptada  por  Artigas.  Trans- 
cribe <'para  su  conocimiento  y  puntúa)  observancia»  un 
oficio  del  23  del  mismo  mes  del  Supremo  Director  del 
Estado,  que  recomienda  actividad  en  la  campaña  contra 
Otorgues,  y  agrega: 

«Tampoco  puede  V.  S.  perder  de  vista  que  todas  las 
ventajas  que  se  logren  sobre  el  enemigo  serán  infructuosas 
si  el  escarmiento  no  lo  contiene  en  los  límites  de  la  subor- 
dinación y  del  deber.  Ellos  deben  ser  tratados  como  asesi- 
nos é  incendiarios,  supuesto  que  sus  incursiones  no  respe- 
tan ni  los  derechos  de  la  guerra  ni  la  humanidad.  Todos 
los  oficiales,  sargentos,  cabos  y  jefes  de  partida  que  se 
íiprehendan  con  las  armas  en  la  mano,  serán  fusilados  y 
los  demás  remitidos  con  seguridad  á  esta  banda  occidental 


312  JOSÉ   AETIGAS 

del  Paraná  para  que  sean  útiles  á  la  patria  en  otros 
destinos,  observando  el  mismo  sistema  con  los  vagos  y 
sospechosos  para  que  el  terrorismo  produzca  los  efectos 
que  no  pueda  la  razón  y  el  interés  de  la  sociedad.  V.  S. 
con  presencia  de  estas  observaciones  y  sin  olvidar  que  la 
destrucción  de  los  caudillos  Artigas  y  Otorgues  es  el  úni- 
co medio  de  terminar  la  guerra  civil  en  esta  provincia  y  en 
la  de  Entre  Ríos,  formará  sus  combinaciones». 

Al  transmitir  dicho  oficio,  previene  Soler  á  Dorrego  que 
debe  remitir  á  su  cuartel  general  «todos  los  individuos  que 
fueran  aprehendidos  por  las  tropas  de  su  mando  y  que  según 
el  espíritu  de  la  suprema  resolución  de  S.  E.  deben  diri- 
girse á  la  capital  (Bauza,  <' Historia  de  la  dominación  es- 
pañola»). Zinny,  que  también  registra  el  documento  en  su 
«Historia  de  la  prensa  periódica  de  la  República  Orien- 
tal», expresa  que  fué  publicado  en  «El  Semanario  Mercan- 
til» de  1826. 

Una  ejecución  de  Alvear: 

7  Después  de  la  renuncia  de  Posadas,  en  enero  de  18  J  5,. 
(dice  Pelliza  en  su  «Historia  Argentina»),  su  reemplazan- 
te Alvear  resolvió  remontar  el  ejército  para  rodearse  de 
bayonetas  y  atemorizar  la  oposición  con  bandos  formida- 
bles. El  decreto  de  13  de  marzo  de  1815  establecía  entre 
otras  cosas  que:  «los  españoles  sin  excepción  alguna  que  de 
palabra  ó  por  escrito,  directa  ó  indirectamente,  ataquen  al 
sistema  de  libertad  é  independencia  que  han  adoptado  estas- 
provincias,  serán  pasados  por  las  armas  dentro  de  24  ho- 
ras, y  si  algún  americano,  lo  que  no  es  de  esperar,  incu- 
rriese en  semejante  delito,  sufrirá  la  misma  pena».  Y  de 
acuerdo  con  su  bando,  el  director  hizo  fusilar  á  un  oficial 
español,  Ubeda.  Otro  oficial,  Trejo,  escapó  milagrosamente- 
del  suplicio. 

Sigue  la  sangre: 

8.  Derrocado  Alvear,  no  quiso  ser  menos  el  nuevo  go- 
bierno. En  cumplimiento  de  uno  de  los  fallos  de   las  comi-^ 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  óló 

siones  enjuiciadoras  constituidas  entonces,  fué  ejecutado  el 
coronel  Enrique  Paillardel.  La  protesta  que  provocaron 
las  medidas  de  sangre,  en  el  seno  del  pueblo,  determinó  el 
envío  al  cuartel  de  Purificación  de  siete  candidatos  al  su- 
plicio, que  Artigas  rechazó.  - 

Carnicería  después  de  una  victoria: 

9-  Emana  el  siguiente  extracto  de  una  relación  del  doc- 
tor López  («Historia  de  la  República  Argentina»)  acerca 
de  la  ocupación  de  Santa  Fe  por  el  ejército  del  general 
Viamonte  en  agosto  de  1815  y  de  las  medidas  gubernati- 
vas tendientes  á  reforzar  los  ejércitos  de  San  Martín  y  de 
Rondeau.  Pinta  á  la  vez  que  la  indisciplina  militar,  la 
afición  á  la  sangre  que  reinaba  entonces: 

El  ejército  de  Rondeau  se  había  puesto  en  marcha  para 
el  Alto  Perú.  Refiere  el  general  Paz,  que  como  oficial  su- 
balterno iba  en  el  referido  ejército,  que  el  Regimiento  N."  1 
tenía  una  gruesa  tropa  de  reses  y  los  demás  no  tenían  nin- 
guna. Una  vez,  al  pasar  por  delante  el  Regimiento  N.°  1  2, 
los  soldados  enlazaron  una  de  la  vacas.  El  jefe  del  1.°,  co- 
ronel Forest,  hizo  formar  la  tropa  y  cargar  las  armas  y 
hasta  él  mismo  tomó  un  fusil,  y  el  combate  se  habría  pro- 
ducido sin  la  prudencia  de  los  jefes  y  oficiales  del  cuerpo 
N.°  12. 

El  mayor  general  Cruz  era  uno  de  los  mejores  jefes  del 
ejército  de  Rondeau.  Había  desempeñado  el  mismo  cargo 
de  mayor  general  en  los  ejércitos  de  San  Martín  y  de  Bel- 
grano.  Al  llegar  al  Puesto  del  Marqués,  tomó  la  dirección 
de  la  vanguardia  y  sorprendió  totalmente  una  división 
realista.  «Más  de  mil  hombres  de  caballería,  son  pala- 
bras del  general  Paz,  golpeándose  la  boca  y  dando  te- 
rribles alaridos,  se  lanzaron  sobre  trescientos  y  tantos 
enemigos  sorprendidos  y  apenas  despiertos:  la  victoria  no 
era  difícil,  pero  la  carnicería  fué  bárbara  y  horrorosa.  Nun- 
ca he  visto  ni  espero  ver  un  cuadro  más  chocante  ni  una 
borrachera  más  completa  que  la  que  siguió  al  triunfo.  Los 
soldados  desconocían  y  amenazaban  á  sus  mismos  jefes  sin, 
que  éstos  se  atrevieran  á  darse  por  entendidos». 


314  JOSÉ    ARTIGAS 

Fué  entonces  que  el  comandante  Martín  Güemes  des- 
apareció del  ejército,  volviéndose  á  Salta  con  la  división  de 
esa  provincia  que  mandaba.  «Apenas  llegó  á  Jujuy  se  qui- 
tó la  máscara  y  se  declaró  independiente.  El  primer  acto 
que  cometió  fué  echarse  sobre  el  parque  de  reserva  del  ejér- 
cito y  apoderarse  de  500  fusiles».  Y  como  el  general  Paz 
agregara  que  al  cometer  ese  asalto,  ningún  pretexto  tenía, 
dice  el  doctor  López:  «Tan  lejos  de  creer,  pues,  con  el  ge- 
neral Paz,  que  Salta  nada  tuviera  que  temer  de  los  realis- 
tas, lo  que  se  ve  es  que  Güemes  supo  prevenir  á  tiempo 
el  conflicto  que  iba  á  desarrollarse  sobre  su  provincia;  y  á 
fe  que  los  sucesos  no  tardaron  en  darle  la  razón,  levan- 
tando su  nombre,  precisamente  por  esa  previsión,  á  la 
primera  línea  entre  los  guerreros  argentinos,  al  mismo 
tiempo  que  el  de  Rondeau  ca^a  anulado  y  responsable  de 
los  males  que  había  provocado  ¿. 

Los  resultados  de  tanta  desorganización  é  indisciplina, 
no  podían  ser  dudosos.  Cuando  el  ejército  de  Rondeau 
tuvo  que  dar  batalla,  el  desastre  fué  completo.  En  la  de 
Sipe-Sipe,  que  cerró  en  noviembre  de  1815  las  puertas 
del  Alto  Perú  á  los  argentinos,  era  tal  la  desmorahzación 
que  el  ejército  realista  sólo  tuvo  que  lamentar  como  precio 
de  su  espléndida  victoria  dos  oficiales  y  cien  hombres.  La 
retirada  de  Rondeau  no  fué  más  feliz.  En  Jujuy  encontró 
una  división  de  reserva  que  iba  en  su  auxilio.  Pero  estaba 
Güemes  sublevado  en  Salta,  y  Güemes  estaba  decidido  no 
sólo  á  cerrarle  el  paso  sino  también  á  impedirle  que  ejer- 
ciera acto  alguno  de  autoridad  en  aquella  provincia  y  re- 
suelto también  á  exigir  su  destitución,  exactamente  como 
él  lo  había  hecho  con  Viana  y  con  Sarratea  y  como  aca- 
baba de  hacerlo  con  Alvear.  «Y  así  se  hizo  afortunada- 
mente, concluye  el  doctor  López,  para  la  gloriosa  defensa 
del  suelo  de  la  patria  que  llevó  á  cabo  el  popular  caudillo 
<le  Salta.» 

Una  degollación  en  grande  escala: 

10.  Demos  un  salto  hasta  el  año  1819,  para  ocuparnos 
de  la  conspiración  de  los  prisioneros  españoles  confinados 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  315 

€11  San  Luis.  Los  jefes  y  oficiales  que  allí  estaban  secues- 
trados, resolvieron  evadirse  en  los  primeros  días  de  febrero 
y  fueron  degollados,  los  unos  durante  la  tentativa  de  eva- 
sión, y  los  otros  después  de  dominada  esa  tentativa. 

En  oficio  del  teniente  gobernador  de  San  Luis,  don  Vi- 
cente Dupuy,  al  supremo  director,  establécese  que  «está 
plenamente  probado  que  el  plan  de  los  conjurados  era  irse 
á  unir  con  la  montonera,  en  virtud  de  comunicaciones  que 
decían  haber  recibido  de  don  Miguel  Carrera  y  don  Carlos 
Alvear:  éstas  no  se  han  encontrado  y  aun  no  hay  razones 
bastantes  para  darlas  por  ciertas;  pero  es  indudable  que  su 
proyecto  era  irse  á  unir  con  los  montoneros  >^. 

De  una  carta  del  teniente  gobernador  de  San  Luis,  re- 
producimos este  párrafo: 

«Por  el  parte  que  conduce  Escalada  al  supremo  director 
te  impondrás  de  la  pelotera  que  hemos  tenido  aquí  con  el 
godaje  y  oficiales  prisioneros  de  guerra:  mas  la  han  pagado 
bien.  ¡Que  picaros  habían  sido  el  Carretero,  Primo  y  Bur- 
quillos!  los  destinados  á  asesinarme.  Ellos  al  fin  han  sido 
degollados  y  por  mi  mano  el  bribón  de  Morgado.  Hoy  hace 
ocho  días  del  suceso  y  ya  está  concluido  el  proceso,  descu- 
bierto plenamente  el  proyecto  y  fusilados  todos  los  cómpli- 
ces». 

Léase  la  proclama  del  teniente  gobernador  á  los  habi- 
tantes: 

«El  rayo  de  la  Justicia  acaba  de  exterminar  á  los  mal- 
vados que  se  salvaron  de  vuestra  indignación  en  la  hora 
que  conspiraron  contra  el  orden...  Basta  de  generosidad 
con  los  españoles:  ellos  deshonran  la  especie  humana  y  no 
son  más  dignos  de  consideración  que  las  fieras  que  habitan 
en  los  bosques —  ¡Padres  de  familia!  id  á  vuestras  casas 
desde  aquí,  reunid  vuestras  familias  y  exortadles  á  que  de- 
testen el  nombre  español:  dejad  todos  en  herencia  á  vuestra 
posteridad  la  abominación  de  esos  monstruos.  De  este  modo 
consolidaremos  nuestra  independencia  y  todos  gozaréis  sin 
zozobra  de  vuestras  fortunas,  de  vuestras  esposas,  de  vues- 
tros tiernos  hijos  y  de  las  dulces  relaciones  que  unen  á  los 
individuos  y  á  todas  las  familias  entre  si». 


316  JOSÉ    ARTIGAS 

Estáu  publicados  dichos  docuinentos  en  el  «Archivo 
Geiiend  de  h  nación,  partes  oficiales  y  documentos  rela- 
tivos á  la  Independencia  i\rgentina».  Obra  en  la  misma 
publicación,  el  parte  del  teniente  gobernador  Dupuy  al  go- 
bernador de  la  provincia,  describiendo  la  matanza  del  día 
y  agregando  que  Monteagudo,  que  era  una  de  las  víctimas 
escogidas  por  los  sublevados,  había  sido  encargado  de  ins- 
truir el  sumario  y  que  de  acuerdo  con  su  dictamen  se  había 
procedido  enseguida  al  fusilamiento  de  los  culpables. 

El  parte  de  Dupuy  al  intendente  Luzuriaga,  después  de 
referir  los  detalles  de  la  entrada  de  los  conjurados  á  la  pieza 
en  que  estaba  el  teniente  gobernador,  y  el  fracaso  del  asal- 
to per  haberse  levantado  el  pueblo  en  armas  en  defensa  de 
la  autoridad,  dice  textualmente  así  (Calvo,  «Anales  His- 
tóricos de  la  Revolución»;  Fregeiro,  «Monteagudo»): 

«Entonces,  sobrecogidos  del  terror,  empezaron  á  pedir- 
me que  les  asegurase  las  vidas  y  con  el  pretexto  de  aquie- 
tar al  pueblo  que  se  hallaba  á  la  puerta,  salí  de  mi  habita- 
ción, y  cargaron  rápidamente  sobre  ellos  habiendo  hecho  la 
resistencia  que  pudieron  y  herido  mortalmeute  Burquillo 
á  mi  secretario  el  capitán  don  José  Riveros.  Este  fué  el 
instante  en  que  los  deberes  de  mi  autoridad  se  pusieron  de 
acuerdo  con  la  justa  indignación  del  pueblo.  Yo  los  mandé 
degollar  y  expiaron  su  crimen  en  mi  presencia  y  á  la  vista 
de  un  pueblo  inocente  y  generoso  donde  no  han  recibido 
sino  hospitalidad  y  beneficios:  el  coronel  Morgado  murió 
á  mis  manos». 

Dos  cargos  gravísimos  resultan  de  esta  documentación 
oficial:  que  el  degüello  de  los  prisioneros,  iniciado  por  el 
propio  teniente  gobernador  Dupuy,  fué  consumado  cuando 
los  asaltantes  se  entregaban  inermes  á  la  justicia;  y  que  los 
sobrevivientes  fueron  abandonados  á  la  saña  de  un  juez 
comisionado,  que  según  el  parte  oficial  debía  ser  víctima 
de  la  sublevación  y  cu^^o  juicio  ya  empañado  por  la  nube 
de  sangre  que  revela  su  descripción  de  la  matanza  de  1810, 
reproducida  en  uno  de  los  parágrafos  anterioreá,  estaba  en 
esos  momentos  obsesionado  por  un  sentimiento  de  vengan- 
za personal. 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  317 

Hemos  mencionado  6  Calvo  entre  las  fuentes.  Y  debe- 
mos agregar  para  que  se  destaque  una  vez  más  la  asom- 
brosa inquina  de  los  historiadores  argentinos  contra  el  jefe 
de  los  orientales,  que  al  dar  cuenta  de  la  sublevación  de 
San  Luis,  afirma  que  ella  se  produjo  sobre  la  base  de  una 
alianza  con  Artigas  y  Carrera,  siendo  así  que  el  parte  oficial 
habla  de  Alvear  y  de  Carrera,  que  eran  en  realidad  los  úni- 
cos que  marchaban  juntos,  hasta  en  su  odio  implacable  al 
jefe  de  los  orientales. 

El  historiador  Torrente,  dice  que  parece  indudable  que 
los  prisioneros  tenían  el  plan  de  recobrar  su  libertad  y  de 
incorporarse  á  las  fuerzas  de  Carrera  y  de  Artigas,  bajo  la 
promesa  de  seguir  al  Brasil  los  que  no  quisieran  continuar  sir- 
viendo. Agrega  que  el  movimiento  fué  instantáneamente 
sofocado,  siendo  muertos  en  el  acto  ó  después  del  suceso:  un 
brigadier,  tres  coroneles,  dos  tenientes  coroneles,  nueve  ca- 
pitanes, cinco  tenientes,  siete  alféreces,  un  intendente,  un 
empleado  civil,  un  sargento,  un  soldado  y  diez  paisanos. 

Zinny  en  su  «Bibliografía  Histórica»,  resume  así  la  lista 
de  los  oficiales  prisioneros  degollados  durante  la  sublevación 
en  la  capital  de  San  Luis:  1  brigadier,  3  coroneles,  2  te- 
nientes coroneles,  6  capitanes,  (3  tenientes,  7  subtenientes, 
2  oficiales  de  intendencia.  Total  27». 

¿Merecieron  alguna  sanción  estas  matanzas? 

El  supremo  director  Pueyrredón  en  carta  al  general  San 
Martín  de  1."  de  marzo  de  1819  (Mitre,  «Historia  de  San 
Martina),  que  en  seguida  reproducimos,  llama  á  la  he- 
catombe v; fandango  que  bailaron  los  maturrangos  de  San 
Luis»  y  para  premiar  al  organizador  de  ese  baile  macabro, 
anuncia  el  regalo  de  los  despachos  de  coronel! 

«Ya  habrá  visto  el  fandango  que  bailaron  los  maturran- 
gos de  San  Luis.  ¡Qué  tales  niños  el  Ordóñez,  Morleta,  etc.! 
Vale  que  le  pegaron  bien.  He  mandado  el  grado  de  coro- 
nel á  Dupuy  por  su  buen  desempeño.  También  estaban 
preparados  los  prisioneros  de  las  Bruscas,  pei'o  fueron  de- 
nunciados por  dos  oficiales  menos  malos  y  quedan  presos 
varios  de  ellos.  Ha  caminado  una  comisión  á  formalizar  un 


818  JOSÉ    ARTIGAS 

sumario  y  con  orden  de  fusilar  á  cuantos  resulten  cul- 
pados». 

San  Martín  en  carta  á  Guido,  datada  en  Mendoza  el  2.*^ 
de  febrero  de  1819  («Vindicación  Histórica»,  por  Carlos 
Guido  Spano)  le  llama  «rebujena»: 

«No  ha  venido  el  detalle  sobre  el  suceso  de  San  Luis, 
pero  debo  decir  á  usted  que  pasan  de  40  los  muertos  que 
hubo  en  la  rebujena:  hasta  ahora  lo  que  sabemos  es  que  su 
objeto  era  unirse  á  la  montonera,  y  que  Ordóñez,  Alvear  y 
Carreras  estaban  en  comunicación  íntima». 

¿Serán  acaso  más  severos  los  grandes  historiadores  ar- 
gentinos? 

En  la  ciudad  de  San  Taús,  dice  el  general  Mitre  (c  Histo- 
ria de  San  Martín»)  estaban  los  jefes  y  oficiales  españoles 
prisioneros  de  Chacabuco  y  Maipü.  Ante  el  anuncio  de  que 
iban  á  ser  separados  y  trasladados  á  diferentes  puntos,  pro- 
yectaron su  fuga.  El  número  de  los  conjurados  no  pasaba 
de  cuarenta.  Vencida  la  conjuración,  se  instruyó  el  proceso 
por  Monteagudo.  Durante  la  refriega  habían  muei'to  veinti- 
cuatro y  de  los  diez  y  seis  restantes,  siete  fueron  fusilados. 
«La  matanza  de  San  Luis,  bien  que  justificada  por  las  du- 
ras leyes  de  la  guerra»,  levantó  un  grito  de  ira  y  de  ven- 
ganza en  las  filas  españolas,  se  contenta  con  decir  el  gene- 
ral Mitre. 

El  2o  de  febrero  de  1819  tuvo  lugar  la  apertura  de 
las  sesiones  del  soberano  congreso,  en  cuyo  acto  el  di- 
rector Pueyrredón  pronunció  un  discurso  que  dio  lugar 
á  la  siguiente  felicitación  del  presidente  de  la  Asamblea 
(Calvo,  «Anales  Históricos  déla  Revolución»): 

«Tiene  igualmente  la  satisfacción  de  felicitar  á  V.  E. 
por  el  venturoso  triunfo  que  acaba  de  conseguir  la  patria 
sobre  las  sangrientas  maquinaciones  con  que  los  prisio- 
neros españoles  conspiraban  contra  su  libertad». 

Para  facilitar  las  ejecuciones: 

II.  La  frecuencia  con  que  corría  la  sangre  en  la  época 
de  la  Revolución,  determinó  más  de  una  vez  á  los  Congrc- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  .S  1  9 

SOS  argentinos  á  poner  en  manos  del  primer  magistrado 
la  vida  de  todos  los  ciudadanos,  de  la  que  sea  dicho  en 
honor  de  la  verdad,  ellos  supieron  disponer  libremente  y 
sin  reatos  en  el  silencio   de  sus  Asambleas. 

En  la  sesión  de  la  Asamblea  General  del  3  de  marzo 
de  1819,  se  autorizó  al  Director  del  Estado  (Uladislao  S. 
Frías,  «Trabajos  Legislativos  de  las  primeras  Asambleas 
Argentinas»)  «para  la  creación  de  una  Comisión  militar 
por  el  término  de  seis  meses,  que  conozca  privativamente 
en  las  causas  de  conspiración  y  traición».  De  acuerdo  con  el 
respectivo  decreto,  la  Comisión  debía  componerse  de  cinco 
individuos  designados  por  el  Poder  Ejecutivo,  exigiéndo- 
se tres  votos  conformes  para  el  pronunciamiento  de  las 
penas  de  muerte   y  expatriación  perpetua. 

El  7  de  octubre  de  1820,  dice  el  doctor  Martín  Ruiz 
Moreno  («Estudio  sobre  la  vida  pública  del  general  Ra- 
mírez»), la  Junta  de  Representantes  de  Buenos  Aij-es,  que 
ya  había  dado  facultades  extraordinarias  al  gobernador 
don  Martín  Rodríguez,  le  expresaba:  «que  debía  proceder 
al  juicio  de  los  reos  y  íí  la  imposición  de  las  penas  por 
los  hechos  que  bastaren  á  cerciorarse  del  delito  y  del  de- 
lincuente, sin  detenerse  en  la  lentitud  y  traba  de  las  for- 
mas ordinarias,  por  exigirlo  así  la  suprema  ley  de  la  salud 
publica  de  esta  benemérita  ciudad  y  provincia».  Con  esa 
misma  doctrina,  agrega,  se  fundó  la  Mazorca,  y  en  esa  mis- 
ma escuela  política  se  educó  el  propio  Rosas,  que  era  su- 
balterno del  gobernador  Rodríguez.  El  doctor  López,  tan 
cruel  con  los  caudillos  del  litoral,  concluye  el  mismo  autor, 
refiere,  sin  una  palabra  de  condenación,  que  el  gobernador 
Rodríguez  en  uso  de  esas  facultades  fusiló  en  la  plaza  25 
de  Mayo  al  comandüiite  Salomón  y  otros  complicados  en 
el  motín  del  l.Vle  octubre  de  1820. 

La  muerte  de  Dorrego: 

12.  En  1828,  aparecen  los  grandes  unitarios,  los  hom- 
bres de  principios,  instigando  á  los  caudillos  al  derrama- 
miento de  sangre  de  hermanos.  Véase  en  qué  términos 
(Ayarragaray,  «La  anarquía  argentina»): 


1320  JOSÉ  ARTIGAS 

El  12  de  octubre  escribía  el  doctor  del  Carril  al  gene- 
ral I/a valle:  «Es  usted  un  hombre  de  genio  y  entonces  no 
puedo  figurármelo  sin  la  firmeza  necesaria  para  prescin- 
dir de  los  sentimientos  y  considerar  obrando  en  política 
todos  los  actos  de  cualquier  naturaleza  que  sean,  como  me- 
dios que  conducen  ó  desvían   de  un    fin. . . .    Ahora  bien, 

general:  prescindamos    del    corazón   en    este    caso No 

puedo  figurármelo  sin  la  firmeza  para  prescindir  de  los 
sentimientos —  Así  considere  usted  la  muerte  de  Dorre- 
go Eíi  tal  caso  la  ley  es  que  una  revolución  es  un  jue- 
go de  azar,  en  el  que  se  gana  hasta  la  vida  de  los  ven- 
cidos >^. 

Juan  Cruz  Várela,  escribe  en  la  misma  fecha  á  Lava- 
lle:  «Después  de  la  sangre  que  ha  derramado  en  Navarro, 
el  proceso  del  que  la  ha  hecho  correr  está  formado. ...  En 
fin,  piense  usted  que  200  ó  más  muertos  y  500  heridos 
deben  hacer  entender  á  usted  cuál  es  su  deber —  Cartas 
como  esta  se  rompen.» 

Once  años  después,  surge  en  el  partido  opuesto,  un  de- 
<íreto  del  general  Echagüe,  datado  en  su  cuartel  general 
á  la  vista  del  Salto,  el  30  de  agosto  de  1839,  cuyas  espe- 
luznantes cláusulas  pueden  resumirse  así  (Zinny,  <s Histo- 
ria de  la  prensa  periódica  de  la  República  Oriental»): 
serán  pasados  por  las  armas  ó  degollados  todos  los  em- 
pleados civiles  y  militares  que  se  tomen  pertenecientes  al 
ejército  de  Rivera  y  todos  los  adictos  á  su  causa;  sus  hi- 
jos de  más  de  siete  años  serán  muertos  para  que  no  ten- 
gan vengadores;  sus  madres  y  mujeres  serán  destinadas 
al  servicio  del  ejército;  sus  bienes  confiscados  en  provecho 
del  mismo  ejército;  y  las  poblaciones    incendiadas. 

BELGRAfíO  EJECUTANDO  PRISIONEROS: 

13  Pero  en  vez  de  dirigir  la  vista  á  épocas  postei'iores, 
que  pudieran  decirse  envenenadas  por  la  guerra  civil,  re- 
trocedamos al  teatro  de  la  independencia,  que  es  inagota- 
ble en  sucesos  de  sangi-e. 

No  alcanzaron  á  librarse  del  sangriento  empuje  ni  los 
más  puros  factores  de  la  Revolución. 


LA   EDAD  DE  PIEDRA  321 

Léase  el  siguiente  extracto  de  la  relación  que  hace  Mi- 
tre («Historia  de  Belgrano»),  acerca  de  la  campaña  del 
Paraguay: 

El  general  Belgrano  marchó  en  el  mismo  año  1810  al 
Paraguay,  al  frente  de  un  ejército  destinado  á  voltear  la 
dominación  española.  La  población  que  en  otra  época 
había  sostenido  sus  fueros  contra  el  poder  real  y  contra  el 
poder  teocrático,  y  que  hasta  contaba  con  sus  comuneros 
mártires,  carecía  ya  de  toda  vitalidad.  La  sangre  indígena 
predominaba  sobre  la  europea  y  la  disciplina  teocrática  ha- 
bía acabado  de  domar  los  instintos  de  libertad. 

Belgrano  previno  á  los  paraguayos  «que  el  europeo  que 
tomase  con  las  armas  en  la  mano  ó  fuera  de  sus  hoga- 
res, sería  inmediatamente  arcabuceado,  como  lo  sería  igual- 
mente el  natural  del  Paraguay  ó  de  cualquier  otro  país 
que  hiciese  fuego  contra  las  tropas  de   su  mando». 

En  el  pasaje  del  Paraná,  Belgrano  ordenó  al  mayor  ge- 
neral Maehain  que  forzase  la  posición,  pero  antes  de  que 
€ste  jefe  hubiese  podido  reunir  27  hombres,  el  impetuoso 
joven  don  Manuel  Artigas,  ayudante  del  general  en  jefe, 
seguido  de  don  Manuel  Espíndola,  de  don  Gerónimo  Hel- 
guera  y  de  7  hombres  que  le  acompañaban,  avanzó  deno- 
dadamente sobre  los  cañones  enemigos,  sufriendo  siete 
disparos,  y  poniendo  en  fuga  á  54  hombres  que  los  soste- 
nían, los  ametralló  por  la  espalda  con  su  propia  artillería  y 
se  apoderó  de  una  bandera  sin  perder  un  solo  hombre. 

En  el  curso  de  su  marcha,  hicieron  los  patricios  dos  pri- 
sioneros. 

«De  estos  prisioneros,  uno  era  español,  y  por  la  cir- 
-cunstancia  de  encontrársele  armado  de  sable  y  pistolas,  fué 
pasado  en  el  acto  por  las  armas,  según  las  órdenes  de  la 
Junta  intimadas  por  Belgrano.  Esta  ejecución  bárbara,  es 
la  única  mancha  de  su  campaña  al  Paraguay  y  la  explica, 
ya  que  no  la  disculpa,  el  odio  contra  los  españoles,  que  la 
Hevolución  había  hecho  estallar^. 

En  una  nota  á  la  Junta  Gubernativa,  dice  Belgrano: 

«Desde  que  atravesé  el  Tebicuary  no  se  me    ha  presen- 

JOSK   ARTIGAS— 21.  T.  I. 


322  JOSÉ    ARTIGAS 

tado  ni  uu  paraguayo,  dí  menos  los  he  hallado  en  sus  casas; 
esto  unido  al  ningún  movimiento  hecho  hasta  ahora  á 
nuestro  favor,  y  antes  por  el  contrario  presentarse  en  tanto- 
número  para  oponérsenos,  le  obliga  al  ejército  de  mi  man- 
do á  decir  que  su  título  no  debe   ser  de  auxiliador >. 

La  batalla  de  Paraguary  dio  término  al  avance  del  ejér- 
cito argentino.  Producida  la  derrota  tuvo  que  retroce- 
der, dejando  en  el  campo  de  batalla  120  prisioneros  y  10 
muertos.  «Mi  ánimo,  decía  Belgrano  al  dar  cuenta  de  la 
batalla,  es  tomar  un  punto  fuerte  en  la  provincia  en  donde 
pueda  fortificarme  hasta  mejor  tiempo  y  hasta  observar  el 
resultado  de  las  medidas  que  medito,  para  que  se  ilustren 
estos  habitantes  acerca  de  la  causa  de  la  libertad,  que  hoy" 
miran  como  un  veneno  mortífero  todas  las  clases  y  todos 
los  estados  de  la  sociedad  paraguaya». 

Del  ejército  de  Belgrano  sólo  quedaban  235  soldados 
cuando  se  dio  el  combate  de  Tacuarí.  Las  tropas  paragua- 
yas, que  eran  inmensamente  superiores,  se  guarecieron  en 
un  bosque,  abandonando  los  cañones,  y  de  esa  actitud  sa- 
có partido  Belgrano  para  enviar  un  parlamentario  encarga- 
do de  expresar  que  él  no  había  ido  á  conquistar  el  Para- 
guay, sino  á  darle  auxilio  de  libertad,  pero  puesto  que  se  le 
rechazaba  estaba  resuelto  á  repasar  el  Paraná,  siempre  que 
se  le  concediere  una  cesación  de  hostilidades.  Fué  acepta- 
da la  propuesta  por  el  jefe  paraguayo,  y  entonces  Belgra- 
no pro[)uso  varias  cláusulas  de  pacificación  sobre  la  ba- 
se de  la  libertad  de  comercio.  En  el  Paraguay  estaba  es- 
tancado el  tabaco  y  á  consecuencia  de  ello  la  factoría- 
establecida  en  la  Asunción  pagaba  dos  pesos  por  cada 
arroba  de  tabaco  elegido  que  ella  revendía  á  nueve  pesos.. 
También  suministró  noticias  sobre  el  estado  calamitoso  de 
España,  de  la  feliz  insurrección  de  la  Banda  Oriental  y  de 
la  organización  de  ini  gobierno  propio.  Cuando  se  puso  en 
marcha,  vencido  en  el  campo  de  batalla,  dejaba  la  semilla 
de  la  revolución    colocada   en  buen  terreno. 

Tal  fué  el  resultado,  concluj'^e  Mitre,  del  armisticio  de 
Tacuarí,  durante  el  cual  ambas  fuerzas  confraternizaron  y 
cambiaron  impresiones  fecundas. 


la  edad  de  piedra  323 

Nuevas  ejecuciones  de  Belgrano: 

14-  Porque  el  prisionero  español  estaba  armado,  fué  fu- 
silado! Es  la  única  mancha  de  la  campaña  del  Paraguay» 
dice  el  general  Mitre.  ¿Pero  es  la  única  de  que  la  historia 
acusa  al  glorioso  triunfador  de  Salta  y  Tucuraán? 

He  aquí  un  nuevo  extracto  de  la  ->- Historia  de  Belgra- 
no». relativo  á  sucesos  posteriores  á  la  batalla  de  Vilca- 
pugio: 

Sin  desalentarse  por  esta  considerable  derrota,  Belgrano 
rehizo  su  ejército  y  volvió  algún  tiempo  después  á  presen- 
tar batalla  con  igual  resultado  negativo,  pues  sufrió  la  de- 
rrota de  Ayohuma,  en  que  su  ejército  volvió  á  quedar  des- 
pedazado por  el  cañoneo  que  barría  sus  filas,  que  se  man- 
tenían sin  embargo  <vCon  tanta  firmeza  como  si  hubieran 
creado  raíces  en  el  lugar  que  ocupaban»,  valga  la  frase  del 
general  español  Pezuela. 

En  ese  ejército  había  oficiales  como  La  Madrid,  á  quien 
Belgrano  dijo  un  día:  «Escoja  usted  cuatro  hombres  de  su 
compañía  y  marche  á  traerme  noticias  exactas  de  la  van- 
guardia enemiga».  Al  poco  rato  volvió  La  Madrid  con  sus 
cuatro  voluntarios  y  le  dijo:  <'^ya  estoy  pronto,  y  sólo  falta 
que  V.  E.  me  dé  un  pasaporte  para  que  se  me  permita 
entrar  al  campo  enemigo  y  podt;rle  traer  las  noticias  con 
la  exactitud  que  desea >..  El  general  Belgrano  contestó 
sonriéndose:  «Usted  sabrá  proporcionarse  el  pasapor- 
te». La  Madrid  llegó  hasta  cuatro  cuadras  del  campamento 
eneuiigo  y  con  sus  cuatro  soldados  tomó  prisioneros  á  cinco 
realistas  que  habían  salido  á  recorrer  el  campamento. 

Dos  de  ellos  eran  de  los  prisioneros  juramentados  en 
Salta  y  fueron  mandados  al  general  en  jefe  para  que  le 
suministraran  los  datos  pedidos.  Belgrano  los  mandó  fusilar 
por  la  espalda,  les  hizo  cortar  las  cabezíis,  y  después  de 
ponerles  un  rótulo  en  la  frente  en  que  se  leía  «Por  perju- 
ros», mandó  esas  cabezas  á  La  Madrid  para  que  las  coloca- 
se á  inmediaciones  del  enemigo.  Le  enviaba  á  la  vez  un 
refuerzo  de  ocho  dragones. 


324  JOSÉ    ARTIGAS 

Hallándose  La  Madrid  al  frente  de  doce  hombres,  dice 
más  adelante  el  general  Mitre,  resolvió  atacar  una  compa- 
ñía de  50  cazadores  montados  que  iba  á  cortarle  la  retira- 
da. Tres  de  sus  valerosos  soldados  marchaban  á  vanguar- 
dia y  llegaron  al  corral  de  Tambo  Nuevo  en  que  estaba  la 
compañía  realista.  El  cuerpo  de  guardia  se  componía  de  un 
centinela  que  descansaba  inclinado  sobre  su  fusil  y  once 
soldados  que  dormían  alrededor  de  una  mesa.  Los  tres 
patriotas  desarmaron  y  atacaron  á  los  doce  soldados  realis- 
tas y  los  condujeron  hasta  el  paraje  en  que  se  encontraba 
La  Madrid  con  sus  nueve  hombres  restantes.  Uno  de  los 
prisioneros  se  escapó  y  dio  la  voz  de  alarma  á  la  compa- 
ñía, que  en  seguida  se  trabó  en  tiroteo  con  los  patriotas, 
replegándose  luego  al  corral  de  piedra  en  la  creencia  de 
que  el  ataque  era  llevado  por  fuerzas  superiores  y  al  grito 
de  viva  la  patria  en  señal  de  rendición.  Al  amanecer  vieron 
los  del  corral  que  los  pati-iotas  eran  muy  pocos  y  volvieron 
á  hacer  fuego,  pero  sin  abandonar  sus  posiciones.  Cuando 
regresaron  al  cuartel,  Belgrano  dio  á  los  tres  batidores  el 
glorioso  título  de  Sargentos  de  Tambo  Nuevo,  con  el  que 
han  pasado  á  la  historia.  Uno  de  ellos,  el  tucumano  Maria- 
no Gómez,  en  desempeño  de  otra  peligrosa  comisión  cayó 
prisionero  de  los  realistas,  en  cuyas  filas  había  antes  mili- 
tado. El  jefe  realista  le  ofreció  la  vida  si  le  prometía  ser- 
virle con  fidelidad,  pero  contestó  que  no  y  fué  puesto  en 
capilla.  Al  tiempo  de  sentársele  en  el  banquillo,  se  le  rei- 
teró el  ofrecimiento  y  entonces  contestó:  «Dígale  usted 
al  coronel  que  si  quiere  saber  quién  es  Gómez,  me  mande 
quitar  las  prisiones  y  entregándome  mi  sable  me  haga  lar- 
gar dentro  de  este  cuadro.  ¿Qué  puede  hacerles  un  hombre 
solo?  Pues  que  hagan  la  prueba  y  verán  que  Gómez  no 
puede  servir  contra  su  patria».  Pocos  segundos  después 
sonó  la  descarga  y  Gómez  cayó  bañado  en  sangre. 

El  general  Paz,  refiriéndose  en  sus  «Memorias  postu- 
mas» á  la  presa  hecha  por  los  sargentos  de  Tambo  Nuevo, 
dice  que:  «cuando  fueron  llevadas  las  cabezas,  después  de 
halladas   por  los    realistas,  al  campo  enemigo,  la  irritación 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  325 

délos  españoles  subió  de  punto  y  estuvo  á  pique  de  que 
nuestros  prisioneros  fueran  pasados  á  cuchillo.  Por  lo  de- 
más no  dio  resultado  alguno  esta  severa  medida». 

El  propio  doctor  López  no  ha  podido  rehuir  la  censu- 
ra. Cuando  el  general  Belgrano,  dice,  (<>- Historia  de  la  Re- 
pública Argentina>-)  después  de  sus  derrotas,  regresaba  á 
las  provincias  argentinas,  haciendo  rezar  noche  y  día  el 
rosario  á  sus  tropas,  sus  partidas  le  trajeron  dos  prisione- 
ros de  los  que  habían  prestado  juramento  en  la  batalla  de 
Salta  de  no  tomar  más  las  armas.  «Oirlo  y  mandar  que 
fuesen  ejecutados  en  el  acto  y  puestos  sus  miembros  sobre 
picas,  para  escarmiento,  fué  todo  uno».  Pero  la  medida, 
agrega  el  doctor  López,  era  cruel  é  injusta,  desde  que  los 
soldados,  habían  sido  compelidos  á  tomar  las  armas  y  que 
no  eran  ellos  los  culpables,  sino  sus  superiores  del  Perú. 

Continúan  las  ejecuciones  de  Belgrano: 

i5«  Procede  la  siguiente  relación  de  las  «Memorias  pos- 
tumas» del  general  Paz: 

«En  Santiago  del  Estero  el  teniente  coronel  Juan  Fran- 
cisco Borges  levantó  el  estandarte  de  la  rebelión,  deponien- 
do al  teniente  gobernador  y  saliendo  á  campaña  para  reu- 
nir las  milicias  y  hacer  frente  á  las  tropas  que  se  destaca- 
sen del  ejército.  No  era  esta  una  deserción  de  la  causa  de 
la  independencia:  su  objeto  era  sólo  substraerse  á  la  obe- 
diencia del  gobierno  general  y  ser  en  su  provincia  lo  que 
Güemes  en  Salta  y  Artigas  en  la  Banda  Oriental;  pero  to- 
mó tan  mal  sus  medidas  que  antes  de  treinta  días  todo  es- 
taba terminado.  Borges,  á  quien  todos  suponían  una  auda- 
cia no  común  y  que  gozaba  gran  prestigio  entre  sus  com- 
provincianos, manifestó  llegado  el  caso  una  impericia  y  una 
imbecilidad  suma,  al  mismo  tiempo  que  pasaba  el  Rubicón 
no  quedándole  más  puerto  de  salvación  que  la  victoria,  hi- 
zo alarde  de  una  delicadeza  ajena  de  sus  circunstancias  espe- 
ciales. Cuando  reunía  el  paisanaje  que  debía  oponer  á  las 
tropas  que  ya  marchaban  contra  él,  dejó  pasar  intactos 
unos  caudales  que  iban  de  tránsito  para  Buenos    Aires,    y 


326  JOSÉ    ARTIGAS 

lo  que  es  más  no  permitió  sacnr  un  sable,  ni  una  tercerola 
que  necesitaba  en  sumo  grado,  de  una  tropa  de  carretas  que 
á  esa  sazón  llevaba  un  buen  cargamento  de  armas  para  el 
ejército.  Todo  esto  lo  hizo  en  precaución  de  que  no  se  cre- 
yese que  un  deseo  desordenado  de  rapiña  lo  había  impulsa- 
do en  su  movimiento  y  de  que  hostilizaba  privándolas  de 
sus  armas  alas  tropas  destinadas  á  combatir  por  la  inde- 
pendencia. Si  este  modo  de  opinar  hace  honor  á  sus  senti- 
mientos, es  una  prueba  clásica  de  su  incapacidad  como  cau- 
dillo y  de  que  se  metió  en  un  atolladero  sin  calcular  cómo 
había  de  salir  de  él». 

Desbaratadas  las  fuerzas  de  Borges,  por  el  comandante 
La  Madrid  y  por  el  comandante  Bustos,  sus  mismos  paisa- 
nos lo  entregaron  cuando  huía.  Fué  sentenciado  á  muerte. 
«La  sentencia  emanaba  directamente  del  general  Belgra- 
no:  había  sido  remitida  á  Bustos  y  éste  comisionó  á  La  Ma- 
drid para  ejecutarla».  Agrega  el  general  Paz  que  no  hubo 
juicio  alguno,  aún  cuando  á  él  lo  comisionaron  para  tomar 
una  declaración  al  reo,  que  no  tomó  porque  «ya  era  inútil 
todo  esclarecimiento  de  un  hecho  que  estaba  juzgado». 

Los  SUBALTERNOS  DE   BeLGRANO  Y   SUS  EJECUCIONES: 

í6.  Y  los  subalternos  del  general  Belgrano,  ¿cómo  se  por- 
taban? 

He  aquí  lo  que  dice  el  general  Paz  en  sus  «Memorias 
postumas»,  describiendo  la  batalla  de  Tucumán  y  rela- 
cionando sucesos  que  él  presenció  al  recorrer  el  campo  en 
busca  del  general  Belgrano,  que  había  sido  alejado  por  el 
oleaje  de  sus  propios  soldados  y  que  ni  la  menor  noticia 
tenía  de  la  espléndida  victoria  que  acababa  de  alcanzar  so- 
bre el  ejército  realista: 

«A  la  noticia  de  la  aparición  del  general,  empezaron  á 
reunirse  muchos  de  los  innumerables  dispersos  de  caballe- 
ría que  cubrían  el  campo,  saqueando  los  ricos  equipajes 
•del  enemigo  y  ultimando  d  los  heridos  ó  dispersos  que 
e^icontrahan». 

Dos  horas  antes  el  general  Paz  «había  reñido  con  el  ca- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  327 

pitan  Samvia,  por  defender  unos  prisioneros  que  éste  que- 
ría hacer  matar». 

La  capitulación  de    Salta. 

A  raíz  de  la  batalla  de  Salta,  Belgrano  otorgó  a  los  es- 
pañoles una  capitulación  honrosa.  ¿Qué  se  proponía  al  pro- 
•ceder  así  con  los  vencidos?  El  historiador  Torrente  explica 
e\  hecho  muy  razonablemente  en  estos  términos: 

«El  objeto  de  un  acto  de  generosidad  tan  decantado,  tu- 
vo el  resultado  que  se  prometía  el  general  insurgente.  Si 
bien  algunos  de  aquellos  militares  se  incorporaron  de  nue- 
vo á  las  filas  realistas  sin  que  se  resintiera  su  delicadeza  en 
faltar  á  algunos  empeños  que  no  eran  de  modo  alguno  obli- 
¿•atorios  por  haber  sido  contraídos  con  subditos  rebeldes, 
otros  sin  embargo  se  dedicaron  á  pervertir  el  espíritu  pu- 
blico, proclamando  el  brío  y  entusiasmo  de  las  tropas  de 
Buenos  Aires  y  pintando  con  los  colores  más  halagüeños 
la  causa  que  ellas  defendían.  Fueron  por  lo  tanto  enviados 
á  sus  casas  con  decorosos  pretextos,  logrando  el  objeto  que 
los  demás  soldados  quedasen  libres  de  los  venenosos  tiros 
de  la  seducción,  mas  no  los  pueblos  cuya  opinión  acabaron 
•de  extraviar  los  citados  individuos». 

Pues  bien:  esa  actitud  del  general  victorioso  debió  ser 
materia  de  las  más  sangrientas  censuras,  según  resulta  de 
mm  carta  del  propio  Belgrano  al  doctor  Feliciano  Antonio 
Ohiclana,  datada  en  Jujuy  el  18  de  abril  de  1813  (Calvo, 
«Anales  históricos  de  la  Revolución»).  Habla  Belgrano  del 
•esfuerzo  que  tiene  que  hacer  para  proceder  con  reflexión 
j  no  cometer  disparates,  como  tendría  que  cometerlos,  si 
oyera  á  los  que  le  «llenan  la  cabeza  de  especies»  y  «lo  aca- 
loran». Y  agrega:  «¡Quién  pensará!  ¡quién  creerá!,  me  escri- 
be otro  por  la  capitulación,  y  porque  no  hice  degollar  á 
todos,  cuando  estoy  viendo  palpablemente  los  buenos  efec- 
tos de  ella:  rectitud,  justicia,  mi  amigo,  con  el  patriota  y 
^ntipatriota,  y  una  voz  de  usted  será  respetada». 


328  JOSÉ  ARTIGAS 

Fusilamiento  «le  prisioneros  en  el  ejército  de  Paz. 

Dice  el  general  Paz  en  sus  «Memorias»,  al  ocuparse  de 
las  campañas  contra  Quiroga,  que  uno  de  sus  propios  su- 
balternos, el  coronel  Deza,  hizo  fusilar  dos  oficiales  prisio- 
neros y  luego  á  otros  cinco  prisioneros  que  estaban  acusa- 
dos de  asesinatos,  con  la  particularidad  de  que  ambos  he- 
chos ocurrieron  casi  en  presencia  del  autor  délas  «Memo- 
rias» y  á  despecho  de  las  órdenes  terminantes  que  él  había 
dado. 

Esa  declaración  de  un  militar  de  las  altas  condiciones 
del  general  Paz,  da  idea  acabada  del  teatro  de  la  Revolu- 
ción y  de  la  estupenda  injusticia  de  Cavia  y  de  sus  conti- 
nuadores al  arrojar  sobre  Artigas  la  responsabilidad  de  los 
pocos  actos  de  sangre  que  en  el  lapso  de  ocho  años  se  pro- 
dujeron ó  no  se  produjeron,  porque  ni  de  eso  hay  pruebas^ 
dentro  de  la  amplísima  zona  territorial  que  abarcaban  las 
provincias  sometidas  al  mando  y  al  protectorado  del  jefe 
de  los  orientales. 

Oos  cartas  «le  Belgrano. 

Según  el  general  Mitre  («Historia  de  Belgrano»),  los 
dos  hombres  más  grandes  de  la  historia  argentina  son  Bel- 
grano y  San  Martín. 

Veamos  cómo  se  expresaba  Belgrano  en  carta  á  San  Mar- 
tín desde  su  cuartel  general  en  Jujuy  el  25  de  diciembre 
de  1815  (Mitre  «Historia  de  San  Martín»): 

«Mi  pensamiento  actual,  porque  no  puedo  más,  es  figu- 
rar que  voy  á  hacer  la  defensa  de  este  punto  y  atraer  por 
este  medio  las  gentes,  obhgar  á  que  no  desmayen  estos  pue- 
blos, ganar  tiempo  para  echar  abajo  cuanto  pueda  y  dete- 
ner al  enemigo  y  que  sus  marchas  no  sean  tan  acelera- 
das  Así  es  que  estov  haciendo  mi  papel  con  un  puñado 

de  fusiles  y  tengo  mi  avanzada  de  cerca  de  doscientos 
hombres  en  Humahuaca,  treinta  leguas  de  aquí  y  voy  á 
poner  una  partida  de  25  facinerosos  con  un  sargento  des- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  329 

aforado  que  se  les  vayu  hasta  las  inmediaciones  y  les  haga 
la  guerra  por  cuantos  medios  le  ocurran,  para  que  no  crea 
el  enemigo  que  abandonamos  todo». 

La  expulsión  de  españoles,  tan  fustigada  de  este  lado  del 
Plata,  era  una  de  las  medidas  más  justas  para  Belgrano. 
En  carta  al  diputado  Guido  datada  en  Tucumán  el  2G  de 
enero  de  1818,  relativa  á  la  expedición  española  que  se 
anunciaba  en  dirección  á  Chile,  para  adormecer  á  las  Pro- 
vincias Unidas,  dice  el  general  Belgrano  (Guido  y  Spano, 
«Vindicación  histórica»): 

«Cosa  santa  la  de  haber  limpiado  de  godos  á  la  capital;  de 
este  lado  de  la  cordillera  su  influjo  es  nulo  y  no  dejarán 
de  traer  money  que  vivificará  aunque  no  quieran  los  luga- 
res en  que  se  fijeu». 

San  ]^Iartín  y  la  política  del   encaño. 

De  las  ejecuciones  de  prisioneros,  que  sombrean  la  bri- 
llante foja  de  servicios  de  Belgrano,  está  libre  San  Martín. 

Después  de  Chacabuco,  dice  su  biógrafo  el  general  Mi- 
tre, «sólo  un  escarmiento  se  hizo.  El  feroz  Sun  Bruno, 
manchado  con  los  asesinatos  alevosos  de  los  prisioneros  en 
la  cárcel  de  Santiago,  y  que  había  oprimido  bárbaramente 
á  la  población,  fué  tomado  prisionero  en  Chacabuco,  some- 
tido á  juicio,  condenado  á  muerte  y  ejecutado  en  la  plaza 
pública.  Fué  justicia.» 

Pero  no  está  libre  de  otra  acusación  que  es  bueno  recor- 
dar como  sintomática  de  los  vicios  de  la  época. 

Describe  el  general  Mitre  («Historia  de  San  Martín»)  el 
sistema  de  espionaje  organizado  en  Mendoza  mientras  se 
hacían  los  preparativos  para  escalar  los  Andes;  y  se  expre- 
sa enl  os  términos  que  extractamos  á  continuación: 

Osorio  raandó  á  Mendoza  con  comunicaciones  á  un  frai- 
le franciscano  que  fué  aprehendido  por  San  Martín  y  sen- 
tenciado á  muerte.  No  se  cumplió  la  sentencia,  pero  me- 
diante ella  el  fraile  descosió  del  forro  de  su  capilla  las  cartas 
de  que  era  conductor.  Los  españoles  á  quienes  eran  dirigí- 


330  JOSÉ    ARTIC4AS 

<las  fueron  arrestados,  y  bajo  la  amenaza  de  sufrir  la  pena 
de  muerte,  se  vieron  obligados  á  suscribir  cartas  que  el 
mismo  San  Martín  redactaba  y  enviaba  á  Chile  con  emisa- 
rios que  volvían  trayendo  las  contestaciones  de  Osorio. 
Otros  espías  de  Osorio  fueron  aprehendidos  también  y  uti- 
lizados en  idéntica  forma.  El  propio  San  Martín  obtuvo 
que  un  vecino  respetable  de  Mendoza  se  declarase  godo  acé- 
rrimo y  sufriese  prisiones,  grillos,  contribuciones,  hasta 
hacerse  notable  por  su  fervor  por  la  causa  del  rey.  De  tal 
manera  el  farsante  mantenía  su  papel,  que  hasta  se  abstuvo 
de  revelar  el  secreto  á  su  misma  esposa,  una  patriota  deci- 
dida, que  llegó  á  amenazarle  con  el  divorcio.  Cuando  el  fal- 
so godo  estuvo  preparado,  fué  utilizado  para  estrechar  rela- 
ciones con  godos  verdaderos,  surgiendo  de  ahí  una  corres- 
pondencia activa,  que  permitía  á  San  Martín  tener  firmas 
auténticas  de  los  españoles  de  más  crédito.  San  Martín  re- 
cortaba esas  firmas,  escribía  cartas  dirigidas  á  las  autorida- 
des de  Chile  y  daba  al  emisario  «firmas  volantes^>  para 
atestiguar  que  las  cartas  pertenecían  á  los  autores  de  esas 
firmas,  quienes  procedían  así  para  sustraerse  á  los  peligros 
de  una   interceptación. 

Este  sistema  de  engaño  que  nos  traza  el  general  Mitre,  era 
puesto  en  práctica  por  los  mismos  directorios  argentinos, 
sin  escrúpulos  de  ninguna  especie.  Vamos  á  extraer  en 
prueba  de  ello,  de  la  obra  de  Carlos  Guido  y  Spano  «Vin- 
dicación histórica»,  dos  documentos  decisivos. 

El  primero,  es  una  nota  de  Pueyrredón  de  16  de  no- 
viembre de  1817,  al  virrey  de  Lima,  autorizando  al  teniente 
coronel  Guido  para  proponer  un  armisticio  «como  prelimi- 
nar de  un  tratado  estable  que  ponga  término  á  la  devas- 
tación de  estos  países».  Expresa  al  virrey  que  «no  dejará 
de  presentir  las  ventajas  que  debe  prometerles  la  celebración 
de  una  paz  duradera,  que  conservando  las  vidas  y  propie- 
dades de  nuestros  hermanos,  consolidará  los  vínculos  de 
amistad  y  confianza  entre  hijos  de  un  mismo  suelo,  comu- 
nicará nuevos  grados  de  vigor  á  ambos  gobiernos  y  asegu- 
rará al  señor  don  Fernando  VII  la  dominación  de  ese  rico 


EA  EDAD  DE  PIEDRA  331 

territono».  El  segundo,  es  una  nota  de  Pueyrredón  al  dipu- 
tado Guido,  diciéndole  con  motivo  de  observaciones  for- 
muladas por  el  último  al  pensamiento  del  armisticio:  «Co- 
mo el  armisticio  propuesto  al  virrey  de  Lima  era  una  me- 
ra farsa,  para  mejor  disfrazar  el  verdadero  intento  de  la  ida 
de  usted,  excuso  fijarme  en  las  juiciosas  reflexiones  que 
me  hace:  destruido  el  viaje,  lo  queda  igualmente  mi  comi- 
;sión.» 

Son  dignas  de  consoltarse  también  como  indicati- 
vas de  los  vicios  de  la  época,  las  instrucciones  que  expi- 
dió el  director  Pueyrredón  al  general  San  Martín  para  la 
reconquista  de  Chile,  el  21  de  diciembre  de  18 16.  Tienen 
las  firmas  del  director  y  de  sus  ministros  don  Vicente  Ló- 
pez y  don  Domingo  Trillo.  He  aquí  una  de  sus  cláusulas 
(Mitre,  «Historia  de  San  Martín»):  «22.  Queda  absoluta- 
mente prohibido  al  general  en  jefe  consentir  por  capitula- 
ción en  que  las  tropas  españolas  se  retiren  á  Lima  con  ar- 
mas ó  sin  ellas,  y  si  las  circunstancias  del  ejército  recla- 
masen asentir  a  esta  proposición,  se  hará  de  un  modo  vago 
y  sujeto  á  una  decente  interpretación  para  no  darle  cum- 
plimiento». 

Por  su  parte,  el  doctor  López,  («Historia  de  la  República 
Argentina»)  reproduce  una  nota  reserv^ada  del  secretario  de 
Estado  don  Nicolás  Herrera  al  plenipotenciario  en  Chile 
don  Juan  José  Passo,  de  21  de  agosto  de  1814,  diciéndole 
que  el  gobierno  había  despachado  un  diputado  para  preve- 
nir al  general  Pezuela  que  habiendo  vuelto  al  trono  Fer- 
nando VII  habían  cesado  los  motivos  de  la  guerra,  «todo 
■esto  con  el  objeto  de  retardar  sus  operaciones,  paralizar  sus 
movimientos  y  adelantar  nosotros  las  medidas  que  toma- 
mos para  despedirlos  con  la  fuerza  de  nuestro  territorio». 

El  mismo  doctor  López,  recoge  y  rechaza  en  su  «His- 
toria déla  República  Argentina»  dos  versiones  que  atri- 
buían al  héroe  de  los  Andes  connivencias  en  sucesos  san- 
grientos. A  raíz,  dice,  de  la  victoria  de  Maipú,  fué  activado 
el  proceso  que  en  Mendoza  se  seguía  á  los  hermanos  Juan 
José  y  Luis  Carrera  por  tentativa  de  rebelión  contra  Chi- 


332  JOSÉ  ARTIGAS 

le.  Auibos  Iieniianos  fiiei-on  fusilados,  segán  unos  por  tra- 
bajos de  Monteagudo  para  propiciarse  la  buena  voluntad 
deO'Higgins;  según  otros  con  la  connivencia  del  general 
San  Martín.  Más  tarde  fué  asesinado  Mannel  Rodríguez, 
el  jefe  del  regimiento  «Húsares  de  la  Muerte»,  organizada 
en  Santiago  con  elementos  desafectos  á  San  Martín  y 
O'Higgins.  Y  las  mismas  acusaciones  se  produjeron,  atri- 
buyéndose ese  crimen  en  el  que  también  actuó  Montea- 
gudo, á  O'Higgins  y  á  San  Martín. 

Y  á  propósito  de  los  Carrera,  he  aquí  un  documento  in- 
teresante que  reproduce  el  doctor  López  en  su  <^ Historia 
de  la  República  Argentina»,  que  revela  que  la  pasión  de 
la  sangre  infectaba  á  los  mismos  factores  judiciales  de  la 
época: 

Mientras  José  Miguel  Carrera  trabajaba  sin  éxito  á  Le- 
cor  y  á  Artigas,  sus  dos  hermanos  Luis  y  Juan  José  mar- 
chaban á  Mendoza  en  tránsito  para  Chile.  Fueron  aprehen- 
didos por  las  auto  ridades  argentinas,  y  desde  la  cárcel  tra- 
taron de  insurreccionarse,  para  reanudar  su  plan  contra 
Chile.  Actuaba  como  juez  instructor  el  licenciado  Juan  de 
la  Cruz  Vargas,  y  éste  al  dar  cuenta  al  general  San  Martín 
de  la  tentativa  de  evasión,  decía  refiriéndose  á  la  actitud 
de  Luzuriaga,  gobernador  de  Cuyo:  «No  ha  sabido  jugar  el 
lance.  El  debió  dejarlos  salir  y  tener  apostados  doce  hom- 
bres por  allí  cerca  y  haberlos  baleado  á  ellos  y  á  la  guar- 
dia ganada  que  escapaba  con  ellos.  Tiene  usted  una  justi- 
cia pronta,  bien  merecida  en  el  mismo  hecho  de  la  delin- 
cuencia, y  nos  librábamos  de  este  modo  de  estos  diablos  y 
de  las  consideraciones  que  no  atino  por  qué  fundamenta 
les  dispensan  los  gobiernos,  máxime  el  de  nuestro  Estado». 

Una  última  nota  para  cerrar  este  parágrafo. 

San  Martín  no  tenía  empacho  en  codearse  con  los  ban- 
didos y  en  felicitarlos,  valga  este  párrafo  de  su  biógrafo  el 
general  Mitre,  relativo  á  las  peripecias  de  la  campaña  del 
otro  lado  de  los  Andes: 

«•'El  salteador  Neyra  cuya  presencia  en  las  filas  de  las 
montoneras   patriotas   tan   severamente  había   reprochada 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  333 

San  Martín  á  Rodríguez,  realizaba  por  su  parte  proezas 
que  lo  elevaron  al  rango  de  caudillo,  y  el  general  de  los 
Andes  poco  escrupuloso  tratándose  de  hostilidades  al  ene- 
migo, reconcilióse  con  él  y  le  envió  sus  felicitaciones.» 

La  peua  de  muei'te  por  noticias  falsas. 

Es  increible  la  facilidad  con  que  se  dictaba  la  peua  de 
muerte  por  los  militares  españoles.  Lo  demuestra  el  bando 
que  el  general  Belgrano  promulgó  el  15  de  enero  de  1813 
(Calvo,  «Anales  Históricos»)  reproduciendo  un  oficio  del 
general  Tristán  al  marqués  del  Valle  de  Tojo,  gobernador 
de  Salta,  de  28  de  septiembre  de  1812,  sobre  noticias  de 
supuestas  derrotas  del  ejército  realista  transmitidas  por  al- 
gunos soldados  dispersos.  Le  previene  el  general  Tristán 
que  esas  noticias  son  falsas  y  agrega:  «sin  pérdida  de  mo- 
mento haga  circular  sus  órdenes,  haciendo  saber  á  todos 
sus  subditos  que  cualquiera  sin  distinción  de  clase,  que  vier- 
ta expresiones  seductivas,  dé  noticias  falsas  ó  infiera  el  más 
leve  agravio  á  los  individuos  de  mi  ejército  que  pudieran 
andar  dispersos,  ó  que  sabiendo  dónde  están  no  den  parte 
de  ellos,  sin  más  proceso  y  justificado  que  sea,  serán  ahor- 
cados irremisiblemente,  procurando  vuestra  señoría  celar 
sobre  estos  puntos  con  el  mayor  rigor  y  avisándome  de 
cuanto  ocurra». 

Elío  preparándose  á  la  lucha. 

Al  iniciarse  el  movimiento  insurreccional  en  la  campa- 
ña oriental,  el  virrey  Elío  pasó  un  oficio  al  Cabildo  de 
Montevideo  (Bauza,  «Historia  de  la  dominación  española»), 
que  revela  que  de  este  lado  del  Plata  la  sangre  tampoco 
i nspiraba  repugnancia. 

Es  del  2  de  abril  de  1811.  Habla  el  virrey  de  correos 
interceptados  por  fuerzas  de  Manuel  Artigas  y  de  comuni- 
caciones mantenidas  por  éste  con  personas  de  la  ciudad,  y 
previene  que  está  tomando  «providencias  para  alejar  y  des- 


334  JOSÉ    ARTIGAS 

baratar  esta  caualla».  «cPero  estoy  convencido»,  agrega,  «que 
sin  adoptar  el  sistema  de  rigor  militar  cada  vez  nos  hallaremos 
más  incomodados.  A  fin,  pues,  de  usar  rápidamente  del  casti- 
go merecido,  procederá  V.  E.  á  hacer  colocar  á  la  mayor 
brevedad  la  horca  en  la  plaza,  que  á  mi  pesar  deberá  servir 
para  que  en  ella  expíen  con  prontitud  sus  crímenes  los  trai- 
dores á  su  rey  y  á  su  patria.» 

Formalizado  ya  el  movimiento  insurreccional  por  Arti- 
gas, el  virrey  Elío  expidió  y  firmó  un  pliego  de  instruccio- 
nes el  19  de  abril  de  1811,  al  cuerpo  destinado  á  la  vigi- 
lancia de  la  campaña  oriental.  Dicho  pliego  fué  secuestrada 
á  los  comandantes  Bustamante,  Sampiere  y  Herrera  que 
habían  marchado  en  auxilio  de  la  guarnición  española  de 
San  José.  Léanse  algunas  de  las  instrucciones  del  virrey 
Elío  á  sus  subalternos  («Gaceta  de  Buenos  Aires»): 

Regresará  «por  la  banda  del  Chamiso  donde  anda 
una  partida  de  insurgentes,  que  procurará  aprehender  y 
destruir  enteramente...  Reunirá  sus  fuerzas  cuando  lo  con- 
sidere oportuno  para  atacar  á  algún  crecido  número  de  trai- 
dores que  pueden  reunirse:  en  este  caso  obrará  según  las  cir- 
cunstancias y  conforme  á  su  celo  y  honor,  para  extinguir  se- 
mejante clase  de  malévolos. . .  Se  proveerá  de  caballos  extra- 
yendo todos  cuantos  tengan  en  sus  estancias  los  insurgentes 
de  los  cuales  tomará  y  me  dirigirá  r.na  puntual  razón  para  el 
castigo  que  será  consiguiente  por  su  traición  al  rev... 
Siempre  que  se  pueda  aprehender  á  cualquiera  de  los  que 
llevan  armas  en  contra  de  las  de  nuestro  monarca,  se  le  ase- 
gurará y  será  conducido  á  esta  plaza;  y  si  se  le  pillase  en  el 
acto  de  hacer  fuego  contra  las  nuestras,  con  una  justifica- 
ción ante  los  oficiales  y  dándole  una  hora  de  término  será 
ahorcado  y  colgado  en  el  sitio  donde  cometió  el  crimen. . .. 
Todo  ganado  ó  hacienda  perteneciente  á  sujeto  que  esté  en 
armas  con  los  levantados,  será  arreada  y  hecha  conducir  á 
esta  plaza,  para  que  vendida  de  ella  sea  un  tercio  para  los 
aprehensores  al  instante  y  los  dos  tercios  para  la  real  ha- 
cienda... El  que  aprehendiese  á  cualquiera  de  los  que  man- 
dan partidas  de  levantados  tendrá  cien  pesos  de  gratifica- 
ción y  el  que  lo  ejecutase  en  soldados  de  ellos  veinte». 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  385 

Dice  De-María  («Compendio  de  la  Historia»)  que  en 
1812  la  campaña  oriental  estaba  entregada  á  la  acción  de 
los  bandoleros.  Vigodet  destinó  una  comisión  de  30  sol- 
dados con  la  denominación  de  <s Partida  Tranquilizadora», 
que  aprehendió  y  ejecutó  á  varios  individuos.  Cuando  se 
aproximó  el  ejército  patriota,  el  jefe  de  la  Partida  recibió 
instrucciones  que  entre  otras  cosas  decían:  «Si  se  encon- 
trase alguna  gavilla  de  rebeldes  con  Icis  armas  en  la  mano, 
se  les  tratará  como  á  reos  de  Estado,  y  si  las  urgencias  y 
escasez  de  gente  no  le  permiten  enviarlos  á  Montevideo  ó 
puerto  más  inmediato  de  donde  con  seguridad  puedan  re- 
mitirlos á  dicha  ciudad,  les  formará  el  más  sumario  y  con- 
vencido de  tal  hecho,  los  hará  pasar  por  las  armas  dejando 
la  cabeza  de  los  tales  colgadas  en  los  lugares  más  visibles  y 
transitables»  (diario  del  comandantedela  Partida  Tranqui- 
lizadora). Otra  orden  de  la  misma  Partida  Tranquilizadora 
establecía  que  los  vecinos  debían  entregar  las  armas  dentro 
de  veinticuatro  horas  bajo  pena  de  la  vida. 

Hasta  las  mujeres,  continúa  el  mismo  historiador,  eran 
perseguidas.  Lo  prueba  la  circular  de  20  de  junio  á  los 
jueces  comisionados  de  San  Kamón,  Santa  Lucía  y  otros 
puntos,  diciéndoles  que  el  gobierno  tenía  noticias  de  que 
algunas  atrevidas  mujeres  se  expresaban  con  libertad,  fiadas 
en  su  sexo,  y  qr.e  de  orden  del  capitán  general,  en  caso  de 
reincidencia,  se  proceda  «á  su  inmediata  aprehensión  tra- 
tándolas como  á  reos  de  Estado  y  haciéndolas  conducir  ba- 
jo se^^ura  custodia  á  la  capitanía  general  para  que  el  jefe 
disponga  lo  que  sea  de  su  superior  agrado».  Tales  precau- 
ciones y  violencias  y  el  anuncio  de  la  vuelta  de  Artigas 
decidieron  á  Culta  á  emprender  hostilidades  contra  los  espa- 
ñoles. 

La  ;<Gaceta  de  Montevideo»  de  16  de  junio  de  1812, 
habla  de  los  atentados  que  se  cometen  en  campaña  por  las 
partidas  de  ladrones  y  asesinos,  y  agrega  que  una  de  las 
fuerzas  salidas  de  la  plaza  al  mando  del  capitán  Luis  de  la 
Robla,  sorprendió  en  las  sierras  del  Olimar  Chico  á  once 
de  esos  bandoleros   y   fusiló  á  cuatro  de  ellos.  «Sus  cabe- 


336  JOSÉ    ARTIGAS 

zas,  termina  el  referido  diario,  se  han  colocado  en  los  lu- 
gares donde  habían  hecho  mayores  estragos:  una  en  la  cu- 
cliilla  Grande,  camino  de  Cerro  Largo,  otra  en  el  paso  de 
Illescas,  la  tercera  en  el  paso  del  Durazno,  camino  de  Ce- 
rro Largo,  y  la  cuarta  en  la  capilla  de  San  Ramón». 

Torrente  al  hablar  de  la  batalla  del  Cerrito  («Historia 
de  la  Revolución  Hispano-Americana»),  atribuye  á  los  sol- 
dados victoriosos  de  Rondeau  un  hecho  que  no  hemos  vis- 
to ratificado  por  ningún  otro  testimonio,  pero  que  también 
denuncia  la  idea  que  se  tenía  del  salvajismo  de  la  época: 
«El  benemérito  Muesas  que  había  tenido  la  fatalidad  de 
caer  prisionero  en  esta  infausta  batalla,  fué  inmolado  atroz- 
mente á  la  barbarie  de  aquellas  tropas,  las  que  cometieron 
los  más  repugnantes  escándalos  contra  su  yerto  cuerpo, 
extrayéndole  el  graso  para  untar  sus  botas.  La  humanidad 
se  horroriza  y  tiembla  la  mano  al  trazar  el  cuadro  de  tama- 
ños ultrajes». 

Vale  la  pena  de  observar  que  en  la  relación  de  la  ba- 
talla de  las  Piedras,  no  menciona  Torrente  un  solo  acto  de 
barbarie  ni  de  violencia. 


£1  vencedor  dueño  del  vencido. 

Las  invasiones  inglesas  nos  dejaron  un  singular  documen- 
to cuyas  conclusiones  son  perfectamente  armónicas  con  las 
de  las  piezas  criollas  que  hemos  revistado.  Es  una  procla- 
ma del  coronel  Dionisio  Pack,  datada  en  la  Colonia  el  5 
de  abril  de  1807  (Fregeiro,  «Documentos  justificativos»). 
Sus  términos  revelan  claramente  que  en  concepto  de  los 
jefes  ingleses,  la  victoria  daba  derecho  sobre  la  vida  y  so- 
bre la  propiedad  de  las  poblaciones  vencidas,  y  que  si  no 
derramaban  sangre,  ni  confiscaban  bienes,  era  simplemente 
por  efecto  de  la  generosa  renuncia  de  un  derecho  indiscu- 
tible. 

«Los  jefes  británicos,  dice  la  proclama,  os  han  dado  tes- 
timonio no  equívoco  de  la  generosidad  que  acompaña  sus 
iU'mas.  Dueños  de  la  vida   y  de  los  bienes  de   la  ciudad  de 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  337 

Montevideo,  han  renunciado  en  beneficio  de  ésta  al  derecho 
•que  les  daba  la  victoria.  Las  propiedades  han  sido  conser- 
vadas, la  religión,  las  leyes  y  las  personas  respetadas.  La 
tranquilidad  sucedió  al  terror,  la  abundancia  á  la  miseria, 
su  comercio  florece,  sus  haciendas  prosperan,  sus  campos 
son  defendidos  y  bendicen  el  día  que  les  ha  libertado  de  las 
calamidades  de  la  guerra  y  déla  anarquía..  .  Los  ingleses 
os  traen  el  comercio,  la  paz  y  la  abundancia:  el  estruendo 
de  las  armas  jamás  se  oirá  en  vuestras  campañas  ». 

Concluía  la  proclama  con  varias  prevenciones:  cualquier 
población  que  deba  ser  sometida  por  la  fuerza,  pagará  una 
contribución;  á  los  que  se  levanten  en  armas,  se  les  confis- 
■carán  los  bienes;  los  estancieros  que  no  se  encuentren  en 
sus  habitaciones  al  tiempo  del  pasaje  de  las  tropas,  serán 
considerados  como  enemigos,  y   sus  bienes  secuestrados. 

El  criterio  «le  la  época. 

En  resumen,  pues,  la  teoría  y  la  práctica  de  los  proceres 
de  mayo  pedían  y  producían  á  la  vez  torrentes  de  sangre. 
El  numen  de  la  Revolución  había  dicho  que  para  consoli- 
dar la  independencia  era  necesario  cortar  cabezas;  y  los 
brazos  ejecutores  se  encargaron  de  la  tarea  con  una  saña 
feroz  y  con  un  encarnizamiento  terrible,  según  lo  demues- 
tran las  tablas  de  sangre  que  acabamos  de  recorrer. 

En  presencia  de  esos  hechos  oficialmente  comprobados, 
¿qué  hacen  los  grandes  historiadores  argentinos?  ¿Condenan 
acaso  á  los  promotores  de  tantos  crímenes? 

No.  Todo  lo  contrario.  O  se  abstienen  absolutamente  del 
comentario,  como  en  el  caso  del  célebre  informe  del  doctor 
Moreno,  ó  proclaman  lisa  y  llanamente  que  los  tiempos 
eran  duros  y  que  los  proceres  de  mayo  eran  hombres  de 
su  tiempo  cuando  cortaban  cabezas  de  prisioneros  y  derra- 
maban á  torrentes  la  sangre  de  sus  enemigos. 

¿Ocurre  igual  cosa  con  Artigas,  en  cuanto  á  los  crímenes 
que  se  le  imputan  y  en  cuanto  al  criterio  histórico  para  juz- 
gar esos  mismos  crímenes? 

JOSÉ  ARTIGAS.— 22  ^  S.  I. 


338  JOSÉ    ARTIGAS 

Hemos  reproducido  literalaiente  los  cargos.  Fuera  del  fusi- 
lamiento de  Perugorria,  aquel  oficial  que  fué  al  campamen- 
to artiguista  en  demanda  de  fuerzas  y  de  influencias  para 
marcliar  á  Corrientes,  y  que  llegado  á  su  destino  se  plegó 
á  la  causa  de  Buenos  Aires  y  promovió  un  movimiento 
contra  el  jefe  a  quien  acababa  de  engañar  tan  miserable- 
mente,— ni  la  historia,  ni  la  tradición  de  la  época  atribuyen 
á  Artigas  afición  á  la  sangre,  y  en  cambio  registran  á  favor 
del  personaje,  envidiables  ejemplos  de  civilización  y  de  hu- 
manidad. Mientras  que  los  proceres  de  mayo  mataban  á  los 
realistas  que  caían  en  su  manos,  Artigas  amparaba  la  vida 
de  los  prisioneros  y  daba  un  hermoso  ejemplo  que  el  gobier- 
no de  Buenos  Aires  se  apresuraba  á  invocar  como  prueba 
de  la  humanidad  de  la  Revolución. 

Pero,  aun  dentro  de  la  leyenda  de  Cavia  y  de  Miller, 
¿por  qué  los  historiadores  argentinos  rechazan  el  criterio 
de  que  los  tiempos  eran  duros? 

Sencillamente,  porque  la  piadosa  palada  de  tierra  que 
echan  sobre  Moieuo,  Belgrano,  Rivadavia  y  todas  las  ca- 
bezas culminantes  de  la  Revolución,  habrían  tenido  con  la 
misma  lógica  que  extenderla  á  Artigas.  Y  entretanto,  era 
necesario  que  la  memoria  del  jefe  de  los  orientales  fuera 
execrada,  porque  sólo  así  podía  afirmarse  sin  empacho  que 
de  aquel  famoso  bandido  no  pudieron  surgir  los  ideales  de 
ciudadano  que  consagró  más  tarde  el  movimiento  institu- 
cional de  la  República  Argentina,  y  que  durante  todo  el 
período  revolucionario  mantuvieron  en  jaque  á  los  proceres 
de  mayo,  volteando  dos  veces  su  andamiaje  político,  en 
1815  y  1820,  y  obligándolos,  para  salvarse  del  desastre,  á 
provocar  el  crimen  de  la  conquista  portuguesa. 

Pero,  sigamos  nuestra  revista. 

La  vida  de  los  prisioneros  pertenece  al  vencedor,  habían 
dicho  los  ingleses  por  boca  del  coronel  Pack,  y  lo  había 
repetido  el  ilustre  partido  unitario,  por  boca  del  doctor  del 
Cari'il,  al  provocar  el  fusilamiento  de  Dorrego. 

¡Ya  puede  imaginarse  el  derroche  que  se  haiía  de  ese- 
derecho  en  el  resto  del  continente  americano! 


CAPÍTULO  V 


lyA  BDAD  DE  PIEDRA 

:en  ^x,  movimiento  revoi^ucionario. 


COMO  SE  DERRAMABA   LA  SANGRE  EN  EL  RESTO  DE  AMERICA 


Sumario: — Ecos  de  la  vida  oolonia!.  La  lucha  de  la  independencia  en 
el  Alto  Perú.  Comienzan  las  ejecuciones  por  el  general  Goyene- 
che.  Las  montoneras  ó  republiquetas  de  Bolivia.  Carnicerías  á  que 
dan  origen.  Campaña  de  Chile.  La  iniciativa  del  derramamiento 
de  sangre  partió  de  la  Revolución  de  Mayo.  Represalias  españo- 
las. Violación  de  las  capitulaciones  de  guerra.  El  protectorado 
de  San  Martín  en  el  Perú  y  sus  actos  de  violencia.  El  régimen 
del  terror  en  el  Paraguay.  En  las  demás  colonias  españolas.  Las 
primeras  ejecuciones  en  Venezuela.  Un  trofeo  de  orejas.  Dego- 
llaciones á  granel.  Decreto  de  exterminio  de  la  raza  española. 
Proclama  de  Bolívar,  decretando  la  pena  de  muerte  contra  todos 
los  españoles  aún  siendo  indiferentes,  y  la  salvación  de  los  a:ne- 
ricanos  aún  siendo  culpables.  El  bando  de  guerra  á  muerte.  Las 
grandes  carnicerías  realizadas  por  los  españoles  y  por  los  patrio- 
tas. Ejecución  de  centenares  y  de  millares  de  prisioneros  de  gue- 
rra y  de  simples  arrestados  en  las  cárceles.  Cartas  escritas  con 
sangre.  El  exterminio  decretado  por  el  rey  de  España.  El  his- 
toriador Torrente  confirma  la  exactitud  de  las  tablas  de  sangre 
de  las  campañas  de  Venezuela  y  Colombia.  Un  incidente  de  la 
Revolución  brasileña,  Prisioneros  que  mueren  asfixiados. El  he- 
roísmo de  la  mujer  en  la  guerra  de  la  independencia.  El  cuadra 
de  sangre  de  la  Revolución  y  Artigas. 


340  JOSÉ    ARTIGAS 


£co»  fie  la  vida  ooloiijal. 

Antes  de  recorrer  el  teatro  de  la  guerra  durante  el  perío- 
do de  la  emancipación,  vamos  á  reproducir  la  parte  dispo- 
sitiva de  la  sentencia  dictada  contra  Tupac  Amarú,  en  la 
ciudad  del  Cuzco  el  15  de  mayo  de  1781,  por  el  visitador 
José  Antonio  Areclie.  Suministra  la  prueba  irrecusable  de 
que  en  materia  de  crueldades,  nada  se  modificaba  por  los 
actores  de  la  Revoluci(5n  y  que  la  vieja  tradición  de  sangre 
continuaba  triunfante,  á  despecho  de  los  cambios  y  sacu- 
didas que  sufría  el  escenario. 

«Debo  condenar  y  condeno  á  José  Gabriel  Tupac  Ama- 
rú, á  que  sea  sacado  á  la  plaza  principal  y  pública  de  esta 
ciudad,  arrastrado  hasta  el  lugar  del  suplicio  donde  presen- 
cie la  ejecución  de  las  sentencias  que  se  dieren  á  su  mujer 
Micaela  Bastidas,  sus  dos  hijos  Hi[)ólito  y  Fernando  Tu- 
pac Amarú,  á  su  cuñado  Antonio  Bastidas  y  algunos  de 
los  otros  principales  capitanes  y  auxiliadores  de  su  inicua 
y  pervei'sa  intención  ó  proyectos,  los  cuales  han  de  morir 
en  el  propio  día,  y  concluidas  estas  sentencias  se  le  corta- 
rá por  el  verdugo  la  lengua,  y  después  amarrado  ó  atado 
por  cada  uno  de  los  brazos  y  pies  con  cuerdas  fuertes,  y  de 
modo  que  cada  una  de  éstas  se  pueda  atar  ó  prender  con 
facilidad  á  otras  que  pendan  de  las  cinchas  de  cuatro  caba- 
llos, para  que  puesto  de  este  modo  ó  de  suerte  que  cada 
uno  de  éstos  tire  de  su  lado  mirando  á  otras  cuatro  regio- 
nes ó  puntas  de  la  plaza,  marchen,  partan  ó  arranquen  á 
una  voz  los  caballos,  de  forma  que  quede  dividido  su  cuer- 
po en  otras  tantas  partes,  llevándose  éste,  luego  que  sea 
hora,  al  ceno  de  Piccho,  á  donde  tuvo  el  atrevimiento  de 
venir  á  intimidar,  sitiar  y  pedir  que  se  le  rindiese  esta  ciu- 
dad, para  que  allí  se  queme  en  una  hoguera  que  estará 
preparada,  echando  sus  cenizas  al  aire,  y  en  cuyo  lugar  se 
pondrá  una  lápida  de  punta  que  exprese  sus  princii)ales  de- 
litos y  muerte  para  solo  memoria  y  escarmiento  de  su  exe- 
crable acción:  su  cabeza  se  remitirá  al  [)ueblo  de  Tinta  pa- 


LA  EDAD  DE   PIEDRA  341 

ra  que  estando  tres  días  en  la  liorca,  se  ponga  después  en 
un  palo  á  la  entrada  más  pública  de  él;  uno  de  los  brazos 
al  de  Tungasuca  en  donde  fué  cacique  para  lo  mismo,  y  el 
otro  para  que  se  ponga  y  ejecute  lo  mismo  en  la  capital  de 
la  provincia  de  Caravaya,  euviándose  igualmente  y  para 
que  se  observe  la  referida  demostración  una  pierna  al  pue- 
blo de  Livitaca  en  la  de  Chumbivileas  y  la  restante  al  de 
Santa  Rosa». 

Comieuznii  las  ejecueioiies  en  el  Alto  Perú. 

Coincidieron  con  la  llegada  del  virrey  Cisneros,  dice  el 
general  Mitre  («Historia  de  Belgrano  »),  varias  revolucio- 
nes con  tendencias  visibles  hacia  la  emancipación.  La  ciu- 
dad de  Charcas  ó  de  Chuquisaca  dio  la  señal  de  insurrec- 
ción el  25  de  mayo  de  1809.  Tuvo  su  origen  el  movimiento 
en  una  desinteligencia  entre  el  arzobispo  y  el  clero,  parti- 
cipando el  gobernador  á  favor  del  primero  y  la  Audiencia  á 
favor  del  segundo.  La  Audiencia  conquistó  el  apoyo  popu- 
lar y  el  gobernador  fué  aprehendido  y  encerrado  en  un  ca- 
labozo, constituyéndose  un  gobierno  presidido  por  la  Au- 
diencia, que  se  declaraba  independiente  del  virrey  de  Bue- 
nos Aires,  pero  adicto  al  monarca  español.  El  movimiento 
de  Chuquisaca  fué  seguido  de  una  revolución  en  la  ciu- 
dad de  La  Paz,  bajo  vivas  a  Fernando  VII  y  mueras  á  los 
españoles,  organizándose  una  Junta  compuesta  de  crio- 
llos, que  se  dio  una  nueva  constitución  y  publicó  una  pro- 
clama el  1(3  de  julio  de  1809,  en  la  que  decía:  «Hasta 
aquí  hemos  tolerado  una  especie  de  destierro  en  el  seno  de 
nuestra  misma  patria:  hemos  visto  con  indiferencia  por  más 
de  tres  siglos  sometida  nuestra  primitiva  libertad  al  despo- 
tismo y  tiranía  de  un  usurpador  injusto,  que  degradándo- 
nos de  la  especie  humana,  nos  ha  reputado  por  salvajes  y 

mirado  como  esclavos Ya  es  tiempo  de  organizar  un 

sistema  nuevo  de  gobierno,  fundado  en  los  intereses  de  nues- 
tra patria Ya  es  tiempo,  en  fin,  de  levantar  el  estandar- 
te de  la  libertad  en  estas  desgraciadas  colonias,  adquiridas 


342  JOSÉ    ARTIGAS 

sin  el  menor  título  y  conservadas  con  la  mayor  injusticia  y 
tiranía».  Casi  en  los  mismos  momentos  estallaba  en  Quito 
otra  revolución  con  iguales  tendencias,  que  también  jura- 
ba á  Fernando  VII  al  deponer  á  las  autoridades  españolas. 

El  general  Go3'eneche,  prosigue  el  mismo  historiador,  de- 
rrotó completamente  á  los  revolucionarios  de  La  Paz.  Caye- 
ron prisioneros  los  principales  caudillos,  algunos  de  los  cua- 
les fueron  degollados  en  el  campo  de  batalla,  adorníndose 
<;on  sus  cabezas  las  horcas  en  que  debían  perecer  sus  com- 
pañeros de  causa.  Nueve  de  los  sobrevivientes  fueron 
ahorcados  sin  previo  juzgamiento  en  forma,  y  sus  miembros 
ensangrentados  clavados  en  las  columnas  miharias  que  en 
aquel  país  sirven  de  guía  al  caminante.  Entre  los  ahorca- 
dos, figuraban  el  presidente  de  la  Junta  Revolucionaria, 
don  Pedro  Domingo  Murillo.  Al  tiempo  de  ejecutar  al  úl- 
timo del  grupo,  rompiéronse  los  cordeles  de  la  horca,  y  para 
abreviar  la  operación,  el  verdugo  se  encargó  de  degollarlo. 
Consultado  el  virre}^  Cisneros  por  Goyeneche  sobre  la 
suerte  de  los  que  habían  quedado  prisioneros  en  La  Paz, 
envió  en  vez  de  un  asesor  letrado  que  se  le  pedía  para  sus- 
tanciar la  causa,  autorización  para  sentenciar  a  aquellos 
cuya  muerte  se  había  suspendido  y  para  juzgar  militar- 
mente á  los  demás. 

He  aquí  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia  dictada  por 
Goyeneche  el  28  de  febrero  de  1810  (López,  «Historia  de 
la  República  Argentina»): 

«Fallo,  atento  á  los  autos  y  méritos  de  la  causa  y  á  lo 
<][ue  de  ellos  resulta,  que  debo  declarar  y  declaro  á  don  Pe- 
dro Domingo  Murillo,  titulado  coronel  presidente,  á  Gre- 
gorio García  Lanza,  á  Basilio  Catacora  y  Buenaventura 
Bueno,  representantes  del  pueblo,  al  presbítero  José  Anto- 
nio Medina,  al  subteniente  Juan  B.  Sagarnaga,  Melchor 
Oiménez,  Mariano  Graneros,  Juan  Antonio  Figueroa  y 
Apolinario  Yens,  por  reos  de  alta  traición,  infames,  aleves 
y  subversores  del  orden  público,  y  en  su  consecuencia  les 
condeno  á  la  pena  ordinaria  de  horca,  á  la  que  serán  con- 
ducidos arrastrados  á  la  cola  de  una  bestia  albardada  y  sus- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  343 

pendidos  por  mano  de  verdugo  hasta  que  naturalmente  ha- 
yan perdido  hi  vida,  precedichi  que  sea  la  degradación  mi- 
litar del  subteniente  Sagarnaga  con  arreglo  á  las  ordenan- 
zas de  S.  M.  Después  de  seis  horas  de  la  ejecución  se 
les  cortarán  las  cabezas  á  Murillo  y  Yens  y  se  colocarán 
en  sus  respectivos  escar[)íoá,  construidos  á  este  fin,  la  pri- 
mera en  la  entrada  del  Alto  Potosí  y  la  segunda  en  el  pue- 
blo de  Croico,  para  que  sirvan  de  satisfacción  á  la  majestad 
ofendida,  á  la  vindicta  pública  del  reino  y  de  escarmiento 
á  su  memoria». 

Las  montoneras  de  Bolivia. 

Una  de  las  víctimas  de  Goyeneche  gritó  al  subir  á  la 
horca:  «El  fuego    que  he  encendido  no  se  apagará  jamás». 

Poco  después,  efectivamente,  todo  el  Alto  Perú  era  teatro 
de  la  gloriosa  insm-receión  popular  que  se  conoce  en  la 
historia  con  el  nombre  de  guñvra  de  las  republiquetas. 
Paz  en  sus  «Memorias»  las  asimila  á  las  montoneras  del 
Río  de  la  Plata. 

El  general  Mitre,  que  también  reconoce  la  semejanza, 
refiere  esa  heroica  guerra  («Historia  de  Belgrano»)  que  duró 
quince  años,  sin  que  durante  un  solo  día  se  dejara  de  morir 
y  de  matar. 

Actuaron,  dice,  102  caudillos,  y  de  ellos  sólo  sobrevivie- 
ron Luieve.  Los  demás  perecieron  en  los  campos  de  batalla  ó 
en  los  patíbulos.  Ninguno  capituló.  Gracias  al  estado  de  in- 
surrección permanente  que  ellos  mantuvieron,  el  ejército 
español  no  pudo  invadir  las  Provincias  Unidas  del  Río  de 
la  Plata  y  se  pudo  llevar  la  guerra  á  Chile.  Cada  valle,  ca- 
•da  montaña,  cada  aldea  era  una  republiqueta,  que  tenía  su 
jefe  independiente,  pero  cuyos  esfuerzos  convergían  á  un 
resultado  general.  Las  multitudes  insurreccionadas  perte- 
neeíaD  casi  en  su  totalidad  á  la  raza  indígena  ó  mestiza. 
Iban  armadas  de  palos  y  de  piedras  que  resultaban  formi- 
dables en  ciertas  circunstanciíis,  como  por  ejemplo,  cuando 
ios  españoles  cruzaban  las  faldas  de  uu  despeñadero,  pues 


344  JOSÉ    ARTIGAS 

entonces  las  enormes  piedras  lanzadas  desde  lo  alto  causa  - 
ban  tanto  efecto  como  la  metralla. 

En  una  de  esas  republiqíietas  encontró  teatro  el  famoso 
guerrillero  La  Madrid  para  sus  proezas  legendarias.  Una 
vez  cargó  al  frente  de  diez  hombres,  sobre  la  infantería  es- 
pañola que  hincó  la  rodilla  en  tierra  calando  la  bayoneta, 
y  La  Madrid  con  tres  soldados  rompió  la  línea  y  á  reta- 
guardia de  ella  levantó  una  pequeña  bandera  argentina  y 
reunió  á  sus  dispersos.  Rehecho  el  escuadrón,  dio  otra  car- 
ga en  la  que  murió  su  caballo,  y  á  pie  sobre  la  línea  enemi- 
ga siguió  espada  en  mano,  mientras  los  españoles  asombra- 
dos gritaban:  «;no  lo  maten!»  «¡alto  el  fuego! ~>,  salvándolo 
al  fin  sus  tres  valerosos  soldados  en  ancas  de  sus  caballos. 

La  republiqueta  de  Cintí,  solo  cayó  después  de  degollado 
su  caudillo  Caraargo  por  el  jefe  realista  Centeno  y  de  sacri- 
ficadas más  de  novecientas  víctimas  en  el  campo  de  batalla 
y  en  los  cadalsos. 

Padilla,  era  el  jefe  de  otra  de  las  grandes  republiquetas. 
El  y  su  esposa  doña  Juana  Azurduy,  habían  hecho  proezas 
militares  de  todo  genero,  cuando  fueron  sorprendidos  por  el 
coronel  Aguilera.  Estaba  á  punto  de  caer  prisionera  la  he- 
roína, cuando  Padilla  retrocedió  para  salvarla.  En  ese  mo- 
mento llegó  Aguilera  y  derribó  á  Padilla  de  un  pistoletazo 
y  lo  degolló  con  sus  propias  manos,  consumando  luego 
una  carnicería  de  700  hombres. 

Una  de  las  republiquetas  de  más  resonancia,  estaba  á 
cargo  de  Warues.  La  batalla  decisiva  en  que  murió  el  cau- 
dillo costó  al  ejército  español  400  hombres,  ó  sea  la  mitad 
de  sus  fuerzas.  El  coronel  Aguilera,  jefe  de  los  vencedores, 
hizo  clavar  la  cabeza  de  Warnes  sobre  una  picota  y  en  el 
espacio  de  cuatro  meses  fusiló  á  914  personas. 

En  su  «Historia de  San  Martín»  señala  el  general  Mi- 
tre dos  nuevas  carnicerías  de  los  realistas: 

El  general  Ricafort,  en  la  acción  del  2  de  diciembre  de 
1820  mató  1,000  indios,  sin  experimentar  la  pérdida  de 
un  solo  hombre.  En  seguida,  el  pueblo  de  Cangallo  fué  sa- 
queado y  eutiegadoá  las  llamas.  El  29  de  diciembre,  el  ge- 


LA   EDAD  DE  PIEDRA  ?>45 

iieral  Ricafort  apniípeió  en  la  [)arapa  de  Huancazo,  disper- 
só la  indiada  que  sólo  estaba  armada  de  hondas  y  macanas 
y  pasó  á  cucbillo  más  de  500  hombres  indefensos.  En  la 
«Gaceta  del  Gobierno  de  Lima»  del  4  de  enero  de  1821 
se  registra  una  correspondencia  relativa  á  la  acción  de 
Cangallo,  en  la  que  se  dice  del  general  Ricafort:  «Este  ve- 
nerando jefe  llegó  á  ésta  después  de  haber  derrotado  com- 
pletamente á  los  morochucos,  con  muerte  de  800  de  ellos 
y   ninguno  de  los  nuestros». 

El  coronel  Loriga,  en  la  acción  del  7  de  diciembre  de 
1821  atacó  una  división  de  indios  armados  de  palos  y  les 
mató  700  hombres,  á  cambio  de  un  muerto  y  nueve  he- 
ridos de  sus  fuerzas.  El  pueblo  de  Cangallo  se  insurreccionó 
por  tercera  vez  en  el  transcurso  del  mismo  raes  de  diciembre. 
El  jefe  Carra  tala  fué  encargado  de  la  represión  y  señaló 
su  trayecto  con  ejecuciones  bárbaras  y  con  incendios.  Can- 
gallo, según  las  palabras  de  Carratalá,  «quedó  reducido  á 
cenizas  y  borrado  para  siempre  del  catálogo  de  los  pueblos >:^, 
en  enero  de  1822.  El  virrey  La  Serna  aprobó  esta  sen- 
tencia y  mandó  que  nadie  edificara  en  el  terreno  que  ocu- 
paba la  población  destruida. 

Después  déla  victoria  de  Sipi  Sipi,  dice  el  doctor  López 
(«Historia  déla  República  Argentina»),  el  ejército  realista 
se  propuso  recoger  los  frutos  extendiendo  su  dominación  á 
todas  las  provincias  del  Alto  Perú  y  avanzando  sobre  el 
territoro  de  las  Provincias  Unidas.  Pero  las  montoneras 
del  Alto  Perú  lo  retuvieron  durante  un  año  en  una  lucha 
tenaz  y  sin  cuartel.  El  mayor  general  Tacón  «había  decla- 
rado que  los  realistas  tenían  derecho  de  hacer  la  guerra  á 
muerte  contra  los  insurgentes,  y  lo  iba  á  cumplir  con  sus 
tropas  al  pie  de  la  letra.  Estaban  en  su  derecho.  Las  gue- 
rrillas patriotas  levantaron  también  la  bandera  de  las  re- 
presalias y  no  se  daba  ni  se  recibía  cuartel  entre  los  de 
uno  y  otro  bando  ^. 

Cuando  Pinedo  y  Muñecas  entraron  triunfantes  á  la 
ciudad  de  La  Paz^  escribe  el  deán  Funes  («Ensayo  de  la 
Historia  Civil»),    los  españoles  envenenaron   las  aguas  del 


346  JOSÉ    ARTIGAS 

consumo  y  construyeron  dos  minas  cuya  voladura  ocasionó 
la  muerte  de  150  personas  y  dio  lugar  á  represalias  popu- 
lares, siendo  pasados  á  cuchillo  todos  los  españoles. 

Acerca  del  combate  de  Santa  Helena  en  el  Perú,  ocurrido 
el  5  de  abril  de  1825,  se  expresa  así  el  parte  oficial  publi- 
cado por  la  «-Gaceta  de  Madrid»  (Zinny,  «La Gaceta  Mer- 
cantil de  Buenos  Aires»): 

«Puedo  asegurar  á  V.  S.  que  jamás  he  visto  una 
rabia,  una  energía  igual  ala  de  nuestros  enemigos.  Se  echa- 
ban sobre  nuestros  fusiles,  como  si  nada  tuvieran  que  te- 
mer de  ellos;  se  agarraban  cuerpo  á  cuerpo  y  trataban  de 
arrancarse  las  armas;  una  lluvia  de  piedras  caía  sobre  nos- 
otros; fué  menester  batirse  á  la  bayoneta.  El  miserable 
Camargo  ha  muerto  con  mi  mano:  no  he  cesado  de  darle 
sablazos,  hasta  hacerle  soltar  la  espada.  Se  la  remito  con 
su  cabeza.  Más  de  GOO  hombres  fuei-on  muertos  á  bayo- 
netazos ó  fusilados  por  nuestros  soldados.  Me  propongo 
hacer  decapitar  en  paraje  píiblieo  al  célebre  Pedro  Nolasco 
Vizlarubia,  que  va  á  ser  conducido  á  Pisit,  con  dos  sargen- 
tos desertores  del  regimiento  de  Lima,  que  serán  también 
fusilados  como  todos  los    demás  prisioneros». 

Las  matanzas  del  Alto  Perú  tuvieron  resonancia  en  el 
Congreso  Argentino.  En  la  sesión  del  o  de  enero  de  1817 
(Uladislao  Frías,  «Trabajos  legislativos  de  las  primeras 
Asambleas  argentinas >:>),  fueron  sancionadas  dos  mociones: 
una  de  ellas  para  que  se  ordenara  al  general  Belgrano  que 
hiciera  saber  á  las  autoridades  españolas  del  Perú  que  si 
continuaban  cometiéndose  excesos  tan  inhumanos  como 
los  de  Charcas  y  su  jurisdicción,  en  que  habían  sido  deca- 
pitados 1,000  vecinos  y  habían  sido  encarcelados,  deste- 
rrados y  confinados  muchos  más,  entre  ellos  una  multitud 
de  señoras,  y  no  fueran  restituidos  á  sus  casas  los  vecinos 
pacíficos,  «se  observará  igual  conducta  con  los  enemigos 
de  la  independencia  de  América  que  habitan  los  países  li- 
bres»; y  la  otra,  formulada  por  el  propio  presidente  del 
Congreso,  para  que  se  hiciera  público  «que  los  generales 
de  los  ejércitos  de    las  Provincias  Unida's   observarán  con 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  347 

los  prisioneros  y  enemigos  que  en  ellos  residen,  la  misma 
conducta  que  observen  los  del  rey  con  los  habitantes  del 
interior». 

En  hi  publicación  titulada  «Archivo  General  de  la  Na- 
ción: partes  oficiales  y  documentos  relntivos  á  la  guerra 
de  la  independencia  argentina»,  se  registran  estos  cuatro 
documentos  que  también  denuncian  el  espíritu  de  la  época: 

I-  Un  extracto  de  los  partes  dirigidos  por  el  coronel 
Arenales,  gobernador  intendente  de  la  provincia  de  Co- 
chabamba,  al  general  en  jefe  del  ejército  del  Perú,  redac- 
tado por  el  secretario  Bustamante,  del  que  resultan  los  si- 
guientes hechos:  que  el  comandante  realista  José  Joaquín 
Blanco,  del  que  se  apoderaron  las  fuerzas  patriotas,  «fué 
sacrificado  en  la  acción»;  que  en  otra  oportunidad  fueron 
tomados  varios  prisionei'os  á  los  realistas,  «entre  ellos  cinco 
oficiales  y  el  subdelegado  de  Mirque  Bareybary;  que  á  estos 
seis  últimos  los  pasaron  por  las  armas  usando  del  derecho 
de  represalias». 

Fué  pasado  el  extracto  con  nota  de   Arenales  al  jefe  del 
ejército  auxiliar  el  25  de  junio  de  1814. 

2.  Manifiesto  del  general  de  vanguardia  de  las  tropas 
auxiliares  de  Cuzco,  don  Juan  Manuel  Pinelo  y  Torres, 
datado  en  La  Paz  el  26  de  septiembre  de  1814.  Da  cuen- 
ta de  las  explosiones  producidas  por  el  enemigo  en  la  ciu- 
dad, algunas  de  ellas  con  pérdidas  de  muchas  vidas,  y 
agrega  que  «siguió  luego  el  furor  de  la  venganza  de  la 
plebe:  como  torrentes  se  agolparon  á  la  plaza  los  cholos 
que  la  componían  y  culpando  como  criminal  mi  toleran- 
cia y  equidad,  sacaron  á  todos  los  europeos  y  desnatura- 
lizados criollos  reclusos  y  les  dieron  muerte  ignominiosa». 
3-  Carta  del  general  Pezuela  al  comandante  general  don 
Jerónimo  Marrón  de  Lombera,  datada  en  Jujuy  el  2  de 
agosto  de  1814.  (Documento  interceptado).  Habla  entre 
otras  cosas  de  una  partida  que  ha  salido  al  mando  de  Jáu- 
regui  para  aquietar  y  castigar  indios  alzados;  manifiesta  el 
temor  de  que  por  defectos  de  carácter  no  imponga  casti- 
gos dicho  oficial;  y  agrega:    «hasta    la    iglesia  si   la  tiene 


348  JOSÉ    ARTIGAS 

debe  ser  qi^^niiidu  y  ari'asuda,  sacando  á  nuestro  amo  an- 
tes en  las  alas  de  nuestro  respeto  y  humildad.  Deben  las 
mujeres  del  pueblo,  los  viejos  y  hasta  los  niños  morir  de- 
gollados, pues  además  de  ser  de  la  vil  especie  que  los  ac- 
tores, tendrán  en  ellos  su  castigo  los  que  hayan  huido  á 
los  montes». 

4-  Oficio  de  don  Ignacio  Warnes  al  general  en  jefe  del 
ejército  auxiliar  datado  en  San  Rafael  el  14  de  octubre 
de  1815. 

«Si  las  acciones  del  Tucumán  y  Salta,  dice,  dieron 
días  de  gloria  á  la  nación  y  honor  á  las  armas  de  la  pa- 
tria, no  será  menos  la  que  el  día  7  del  presente  mes  se  ha 
dado  contra  los  enemigos  que  ocupaban  esta  vasta  pro- 
vincia, en  la  (Quebrada  de  Santa  Bárbara». 

«Los  enemigos  circunvalados  por  todas  partes  fueron 
víctimas  desde  el  jefe  y  caudillo  Juan  Bautista  Altóla- 
guirre  que  hacía  de  gobernador  de  esta  provincia,  hasta  el 
último  soldado,  sin  que  arbitrio  alguno  pudiese  contener 
á  los  patriotas  en  su  persecución  y  asolación Se  reco- 
gieron en  aquel  día  y  siguientes  más  de  ^]00  cadáveres,  y 
viendo  que  era  imposible  juntarlos  todos,  tuve  por  conve- 
niente á  la  caballería  toda  ponerla  en  movimiento  para 
que  condujese  al  campo  los  que  estaban  dispersos  por  los 
montes  de  uno  y  otro  lado  del  camino;  me  propuse  con- 
tarlos para  dar  una  noticia  exacta  de  los  muertos,  y  á  pe- 
sar de  haber  comisionado  á  seis  oficiales  los  contaran,  no 
pudo  conseguirse  por  tantos  como  conducía  la  caballería, 
los  más  de  ellos  corrompidos.  El  campo  temía  se  me  in- 
festase, y  poniendo  en  movimiento  toda  la  división,  orde- 
né se  hicieran  treinta  hogueras  para  que  se  echasen  diez 
en  cada  una:  aun  esto  tampoco  pudo  verificarse,  porque 
estando  en  la  operación,  llegaron  con  tantos  cadáveres  que 
fué  preciso  echarlos  conforme  iban  viniendo  y  á  cada  una 
los  cuerpos  de  á  veinte  ó  más». 

«Por  nuestra  parte,  no  ha  habido  más  desgracia  que  tres 
muertos  y  veinticinco  heridos,  trece  de  bala  y  doce  de 
flecha». 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  349 


Campañas  <lc  Chile. 

Salió  ele  la  Junta  Gubernativa  de  Buenos  Aires  el  im- 
pulso inicial  del  derramamiento  de  sangre. 

El  1.°  de  abril  de  1811,  dice  Mitre  («Historia  de  Bel- 
grano»),  día  designado  en  la  ciudad  de  Santiago  para  la 
elección  de  diputados,  una  parte  de  la  guarnición  se  amo- 
tinó bajo  la  dirección  del  coronel  Figueroa  y  proclamó  la 
restauración  realista.  El  doctor  Rozas,  argentino,  era  uno 
de  los  miembros  de  la  Junta  Gubernativa  de  Chile  y  fué 
el  único  que  conservó  su  serenidad  y  tomó  la  dirección 
de  la  defensa,  consiguiendo  el  sometimiento  de  los  suble- 
vados. Mandó  levantar  la  horca  en  la  plaza  y  en  ella  fue- 
ron suspendidos  los  cadáveres  de  cinco  amotinados  y  en 
seguida  fué  fusilado  el  coronel  Figueroa.  Horas  después 
se  publicaba  un  bando  declarando  que  todos  los  que  cons- 
pirasen contra  el  Estado  serían  castigados  del  mismo  mo- 
do. «Esta  ejecución  y  esta  doctrina  terrorista,  respondía  á 
las  ejecuciones  ordenadas  por  la  Junta  de  Buenos  Aires 
en  virtud  de  la  doctrina  revolucionaria  que  condenaba 
como  reos  de  rebelión,  sin  remisión  alguna,  á  los  que  en- 
cabezasen resistencias  contra  sus  armas». 

Véase  en  qué  términos  se  ocupó  «La  Gaceta  de  Bue- 
nos Aires»  de  20  de  abril  de  1811,  de  los  sucesos  ocurri- 
dos en  Santiago  de  Chile: 

«La  generosidad  y  moderación  con  que  por  una  fuerza 
irresistible  de  nuestro  carácter  suave  y  compasivo,  se  es- 
tán tratando  por  lo  general  en  todo  el  continente  los  más 
acérrimos  y  declarados  enemigos  de  nuestra  libertad  y  del 
justo  empeño  que  hemos  abrazado  de  defenderla,  los  au- 
toriza sin  duda  y  excita  diariamente  á  nuevos  y  extraordi- 
narios insultos  que  comprometen  nuesh'a  natural  sensibi- 
lidad en  los  inevitables  castigos  que  se  atraen  ellos  mis- 
mos y  quisiéramos  nosotros  evitar.  Lo  peor  es  que  nos 
provocan  á  que  los  castiguemos,  para  representarnos  des- 
pués por  sanguinarios,  y  es  de  temer  seguramente    que    si 


350  JOSÉ    ARTIGAS 

se  apura  el  sufrimiento,  acaso  no  basten  alguna  vez  ni  la 
vigilancia  del  gobierno  ni  los  buenos  sentimientos  que  nos 
animan  pai-a  contener  un  desastre  que  realice  todas  esas 
abultadas  fábulas  con  que  se  acrimina  nuestra  conducta».. 

Refiere  en  seguida  que  «fueron  colgados  en  la  horca 
doce  de  los  sublevados,  que  murieron  en  la  acción»;  y  agre- 
ga acerca  del  enjuiciamiento  del  coronel  Figueroa: 

<  A  las  dos  de  la  mañana  del  día  siguiente,  concluida 
su  causa,  se  le  intimó  el  último  terrible  fallo  de  su  muer- 
te, del  que  aún  tuvo  la  osadía  de  pedir  traslado:  y  á  las 
dos  horas  después,  obligado  á  confesarse,  se  le  trasladó  su 
miserable  alma  á  las  regiones  eternas  á  impulso  de  cuatro 
balazos,  dentro  del  mismo  calabozo;  y  su  cuerpo  se  puso  á 
la  espectación  pública  en  una  silla  de  brazos». 

En  este  mismo  número  de  «La  Gaceta»,  se  registra  un 
oficio  de  la  Junta  de  Chile  á  la  Junta  de  Buenos  Aires  acerca 
del  sangriento  desenlace  del  movimiento,  del  que  resulta 
que  después  de  la  ejecución  de  Figueroa  fué  «expuesto  su 
inmundo  cadáver  á  la  espectación  y  venganza  del  público  >. 

No  hay  para  qué  agregar  que  cuando  llegó  el  turno  á 
los  españoles,  la  revancha  fué  tomada  con  creces,  según  lo 
demuestra  la  relación  que  hace  Calvo  («Anales  históricos 
de  la   Revolución»). 

El  general  realista  Mariano  Osorio  dirigió  desde  su 
cuartel  general  de  Chillan  el  L'O  de  agosto  de  1814,  «á 
los  que  mandan  en  Chile»,  una  perentoria  intimación  que 
concluía  así: 

«Yo,  los  oficiales  y  tropa  que  hemos  llegado  á  este 
reino,  venimos  ó  con  la  oliva  en  la  mano,  proponiendo  la 
paz,  ó  con  la  espada  y  el  fuego  á  no  dejar  piedra  sobre 
piedra  en  los  pueblos  que  sordos  á  mi  voz  quieran  seguir 
su  propia  ciega  voluntad.  Abran,  pues,  todos  los  ojos,  vean 
la  razón,  la  justicia  y  la  equidad  de  mis  sentimientos,  y 
vean  al  mismo  tiempo  si  les  conviene  y  prefieren  á  su 
bienestar  el  exterminio  y  desolación  que  les  espera  si  no 
abrazan  inmediatamente  el  primero  de  los  dos  partidos». 
.    Después  de  la  batalla  de  Rancagua,  se  produjo  una  fuer- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  351 

te  emigración.  «Seiscientos  hombres  atravesaron  los  Ancles 
con  Carrera;  y  O'Higgins  emigró  con  cerca  de  mil  cuatro- 
cientas personas,  muchas  de  ellas  señoras  de  distinción, 
que  pasaron  á  pie  las  nevadas  cordilleras  de  los  Andes. 
Todos  fueron  recibidos  en  Mendoza  con  generosa  hos- 
pitalidad por  el  general  San  Martín  y  muy  pocas  volvieron 
á  sus  casas  hasta  después  de  la  batalla  de  Chacabuco  en  el 
año  1817»...  «En  menos  de  un  mes  después  de  los  desastres 
de  Rancagua,  los  ciudadanos  principales  de  la  capital  fueron 
arrestados,  y  las  confiscaciones,  persecuciones  y  encarcela- 
mientos parecían  ser  la  orden  del  día;  pero  temeroso  el 
capitán  general  de  exasperar  demasiado  al  pueblo,  que  su- 
fría el  yugo  con  extrema  impaciencia,  no  se  resolvió  á 
derramar  la  sangre  de  sus  víctimas.  Cuarenta  y  seis  padres 
de  familia  fueron  puestos  en  una  corbeta  de  guerra  espa- 
ñola y  transportados  á  la  isla  de  Juan  Fernández.  A  su 
arribo  á  la  isla  los  desembarcaron  en  la  costa,  sin  más 
auxilio  que  la  ración  del  soldado,  y  se  les  privó  de  toda  co- 
municación hasta  con  sus  familias.  La  cárcel  de  Santiago 
se  llenó  de  personas  de  carácter,  por  sospechas  de  infiden- 
cia ó  adhesión  á  la  causa  de  su  independencia,  y  muchas  de 
ellas  fueron  víctimus  de  un  complot,  que  parece  no  tuvo 
otro  objeto  que  el  placer  que  tenían  de  derramar  sangre 
algunos  indignos  españoles». 

En  una  Real  Cédula  de  indulto,  agrega  Calvo,  con  que  el 
rey  Fernando  VII  pretendía  atraerse  las  simpatías  de  los 
colonos,  hablándose  délas  medidas  de  represión  tomadas  por 
el  capitán  general  Osorio.  se  decía  que  varias  personas  ha- 
bían sido  confinadas  y  sus  bienes  embargados  mientras 
se  concluían  las  causas.  Pero  el  historiador  fray  José  Javier 
Guzmán  comentando  ese  párrafo  de  la  cédula,  observaba: 
«Así  es  cómo  se  escribe  al  rey  en  el  día.  A  nadie  se  ha  em- 
bargado por  un  secuestro  provisorio,  sino  percibiendo  y  apro- 
piándose el  fisco  todos  los  productos  de  los  bienes  y  subas- 
tando en  hasta  pilblica  los  arrendamientos  como  consta  en 
las  gacetas.  Y  sobre  todo,  se  le  oculta  la  gran  parte  que  se 
ba  vendido  de  estos  bienes,  incluyendo  hasta  las  horquillas 


352  JOSÉ    ARTIGAS 

de  costura  de  las  hijas  y  mujeres,  sin  sustanciar  causas  ni 
íilgnua  formalidad». 

La  restauración  realista  en  Chile,  dice  por  su  parte 
el  general  Mitre  («Historia  de  San  Martín»),  como  conse- 
cuencia de  la  derrota  de  Rancagua,  fué  acompañada  de  los 
mayores  actos  de  violencia  por  Osorio.  Los  empréstitos 
forzosos  cobrados  con  crueldad,  las  contribuciones  arbitra- 
rias sobre  los  nativos,  las  exacciones  de  la  tropa  en  toda  la 
extensión  del  territorio,  fueron  las  íinic.is  rentas  con  que 
contó  Osorio  para  el  sostén  de  su  administración.  Los  bie- 
nes de  los  americanos  que  habían  tomado  parte  en  la 
Revolución  ó  que  estaban  ausentes  fueron  confiscados.  Las 
persecuciones  sistemáticas,  los  encarcelamientos  en  masa,  la 
confinación  de  los  más  señalados  patriotas  á  la  isla  de  Juan 
Fernández,  la  creación  de  un  tribunjil  de  purificación  ó  de 
infidencia  que  redujo  á  todos  los  criollos  á  la  condición  de 
.sospechosos,  y  las  bárbaras  matanzas  que  por  manos  de  la 
fuerza  militar  se  cometieron  en  las  prisiones  públicas,  com- 
j^letaron  sus  medidas.  El  general  Marcó  del  Pont,  sucesor 
de  Osorio  en  el  mando  de  la  Capitanía  General  de  Chile, 
dictó  las  ordenanzas  más  bárbaras:  las  ciudades  eran  cár- 
celes y  las  casas  eran  calabozos;  nadie  podía  moverse  de 
ellas;  las  menores  contravenciones  tenííin  pena  de  azotes  y 
los  jefes  de  partidas  sueltas  estaban  autorizados  para  fusi- 
lar á  los  transgresores,  sin  más  trámite  que  la  formación 
de  un  sumario  y  dar  cuenta;  era  crimen  reunirse  dos  per- 
ír'onas;  un  ti'ibunal  de  vigilancia  y  seguridad  con  facultades 
€xtraord¡narias  y  formas  inquisitoriales,  funcionaba  en 
permanencia,  acogiendo  en  secreto  todas  las  delaciones  que 
se  le  dirigían  y  verbal  mente  pronunciaba  sus  sentencias, 
con  la  sola  limitación  de  consultar  al  presidente  las  pe- 
nas de  expatriación,  perdimiento  de  miembros  ó  muerte. 

£1  valor  (le  las  rapilulacioues. 

En  estas  campañas  hasta  las  capitulaciones  eran  letra 
muerta.  Dígalo  la  siguiente  página  del  historiador  Torrente, 


LA   EDAD  DE  PIEDRA  358 

relatando  hechos  de  armas  ocuri'idos  en  Chile  durante  el 
año  1821: 

Una  división  realista  al  mando  de  Benavides  ganó  la 
batalla  de  Tarpellanca  contra  las  fuerzas  independientes  al 
mando  del  general  Alcázar.  Las  fuerzas  de  Alcázar  «pidie- 
lon  una  honrosa  capitulación,  y  ajustada  ésta,  en  el  acto 
rindieron  las  armas  juntamente  con  cuatro  piezas  de  cam- 
paña, GOO  hombres  del  batallón  de  infantería  de  Coquimbo 
y  400  de  caballería;  pero  habiendo  pedido  á  una  voz  todos 
los  soldados  del  re}''  que  se  hicieran  algunos  sacrificios  en 
desagravio  de  los  ultrajados  manes  de  los  prisioneros  de  la 
punta  de  San  Luis,  fue  preciso  acceder  á  este  ruego  que  se 
presentaba  con  algún  carácter  de  disculpa,  si  bien  fué  ilegal 
y  reprensible  en  su  esencia  y  que  lo  exigía  asimismo  la  ne- 
cesidad de  contentar  á  unas  tropas  que  no  siendo  pagadas 
ni  alimentadas  generalmente  por  el  Estado,  tenían  más  de- 
recho á  ser  atendidas,  y  aun  á  veces  con  detrimento  de  la 
misma  disciplina.  Fueron  en  consecuencia  pasados  por 
las  armas  el  general  Alcázar  y  veinticinco  oficiales;  y 
todos  los  demás  prisioneros  fueron  incorporados  á  las  filas 
reidistas,  á  solicitud  de  ellos  mismos,  acompañado  de  los 
más  solemnes  juramentos  de  amor  y  fidelidad  al  soberano 
español». 

El  protectorado  de  San  Martín  en  el  Perú. 

He  aquí  cómo  se  expresa  el  general  Mitre  («Historia 
de  San  Martín»),  hablando  de  un  bando  del  héroe  de  los 
Andes  datado  el  4  de  agosto  de  IB"^!: 

«Pero  en  este  decreto  había  algo  más  que  excesiva  se- 
veridad é  intemperancia  de  lenguaje:  era  una  medida  de 
terrorismo  que  respondía  á  un  plan  financiero.  La  guerra 
es  la  guerra,  y  la  de  la  independencia  sudamericana  ha- 
bíase sostenido  en  gran  parte  pesando  sobre  la  fortuna  de 
los  españoles,  por  medio  de  empréstitos  forzosos  y  confis- 
caciones. Iniciado  este  sistema  de  expoliación  bélica  en  las 
provincias  del  Río  de  la  Plata  y  practicado  por  San  Martín 

JOSK    ARTIGAS— 23.  T.  I. 


354  JOSÉ    ARTIGAS 

en  Cuyo,  de  donde  lo  trasplantó  á  Chile,  el  Perú  no  podía 
escapar  al  código  draconiano  que  se  escribe  con  la  sangre 
mezclada  al  sudor  de  los  vencidos.  En  el  fondo  del  fulmi- 
nante bando  del  Protector,  estaba  la  confiscación  de  las 
propiedades  de  los  españoles  enemigos  de  la  independencia, 
como  medida  y  recurso  de  guerra,  revestido  de  las  formas 
del  terrorismo  de  la  Revolución  francesa  contra  los  sospe- 
chosos de  que  estaba  imbuido  Monteagudo». 

Según  Cochrane,  San  Martín  había  dicho  que  su  in- 
tención era  dejar  á  los  españoles  sin  camisa  con  qué  mu- 
darse. 

«Cierta  ó  no  la  especie,  estaba  en  el  temperamento  y 
en  el  sistema  del  general  de  los  Andes  y  lo  cumplió  al  pie 
de  la  letra,  como  lo  había  hecho  en  Mendoza  y  aconsejado 
en  Chile.  No  son  los  hombres  sentimentales  los  que  hacen 
triunfar  las  grandes  causas  en  las  luchas  por  la  vida;  pero 
aun  cuando  bajo  el  punto  de  vista  de  la  necesidad  ó  de  la 
conveniencia,  tuviese  su  razón  de  ser,  debió  armonizarse 
con  los  términos  de  la  palabra  empeñada,  y  en  todo  caso, 
no  j>roceder  al  secuestro  de  los  bienes  de  los  españoles,  sin 
que  éstos  hubiesen  cometido  un  delito  posterior  violando 
una  regla  fija  establecida,  como  se  lo  aconsejó  Cochrane 
bien  inspirado  en  esta  ocasión». 

Por  decreto  de  31  de  diciembre  de  1821,  ordenó  el 
Protector  la  expulsión  de  los  españoles  no  naturalizados. 
Por  decretos  de  20  de  enero  y  l/de  febrero  de  1822,  dis- 
puso que  los  expulsados  dejasen  á  beneficio  del  Estado  la 
mitad  de  sus  bienes  y  que  los  españoles  no  pudiesen  ejercer 
el  comercio  ni  aun  por  menor;  por  decreto  de  23  ue  febrero 
de  1823  fueron  condenados  los  infractores  de  estos  manda- 
tos al  destierro  y  secuestro  de  bienes.  Los  españoles  tenían 
prohibición  de  salir  á  la  calle  con  capa,  so  pena  de  destie- 
rro; toda  reunión  de  dos  ó  más  españoles  era  castigada  con 
destierro  y  confiscación  de  bienes;  todo  español  que  saliera 
de  su  casa  después  de  las  oraciones  incurría  en  la  pena  de 
muerte;  y  al  que  se  encontrase  un  arma  que  no  fuese  cu- 
chillo de  mesa,  confiscación  y  muerte,  todo  ello  según  decre- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  355 

to  de  20  de  abril  de  1822.  También  se  estableció  una  co- 
misión de  vigilancia  que  conocía  breve  y  sumariamente  en 
las  causas  formadas  con  arreglo  á  este  código  draconiano, 
«debiendo  pronunciarse  y  confirmarse  las  sentencias  en  un 
mismo  día» 

Monteagudo,  que  en  opinión  del  general  Mitre  era  el 
arbitro  del  protectorado  de  San  Martín,  se  jacta  en  sus 
Memorias  de  las  ventajas  de  ese  plan  de  persecuciones. 
«Cuando  el  ejército  libertador,  dice,  llegó  á  las  costas  del 
Perú,  existían  en  Lima  más  de  diez  mil  españoles:  poco 
antes  de  mi  separación  no  llegaban  á  seiscientos.  Esto  era 
hacer  revolución». 

En  1821,  dice  Fregeiro  en  su  estudio  sobre  Monteagudo, 
tuvo  lugar  en  Lima  un  hecho  que  dio  lugar  á  acerbas  crí- 
ticas contra  el  gobierno  de  San  Martín,  y  del  que  se  respon- 
sabilizaba al  ministro  Monteagudo:  la  ejecución  del  norte- 
americano Pablo  Geremías,  fusilado  en  la  plazuela  de  Sunta 
Ana,  sin  haberse  conocido  jamás  las  causas  del  fusila- 
miento. Había  prestado  la  víctima  valiosos  servicios  como 
emisario  secreto  de  San  Martín. 

Habla  Torrente  («Historia  de  la  Revolución  Hispano- 
Americana»). 

«El  atroz  Monteagudo,  primeramente  secretario  del  san- 
guinario Castelli  y  sucesivamente  del  llamado  protector  del 
Perú,  San  Martín,  en  la  expedición  que  hizo  desde  Buenos 
Aires  al  Alto  Perú  con  el  indicado  Castelli,  llegó  á  proferir 
ante  un  concurso  de  gente  distinguida  la  feroz  expresión 
«de  que  era  preciso  degollar  á  todos  los  que  hubiesen  naci- 
do en  España,  y  que  si  supiera  que  para  llevar  á  efecto  tal 
medida  podía  servir  de  obstáculo  la  circunstancia  de  ha- 
llarse su  padre  comprendido  en  la  citada  clase,  él  mismo  se 
constituiría  en  su  verdugo».  Una  señora  tan  respetable  por 
sus  canas  corno  por  sus  virtudes,  despreciando  los  peligros 
á  que  se  exponía  contrariando  los  planes  y  afeando  la  con- 
ducta é  ideas  de  aquel  terrorista,  no  pudo  contener  su  jus- 
ta indignación  sin  exclamar:  «¡cuánto  más  habría  valido 
que  su  padre  de  usted  hubiera  engendrado  en  una  fiera, 
[)uique  á  Iv)  menos  no  tendría  usted  la  forma  humana!». 


356  JOSÉ    ARTIGAS 

Una  noche,  agrega  el  mismo  historiador,  refiriéndose  a 
las  campañas  de  1822  en  el  Perú,  fueron  arrancados  de 
sus  casas  infinidad  de  españoles  residentes  en  Lima  y  tras- 
ladados al  Callao.  Los  más  pudientes  compraron  su  liber- 
tad, bajo  forma  de  deportación  á  Chile.  Fueron  embarca- 
dos, sin  embargo,  en  un  buque  que  debía  conducirlos  á  Río 
Janeiro.  Los  pasajeros  se  sublevaron  al  llegar  á  la  altura  de 
Quilea  y  obligaron  al  capitán  á  que  les  permitiera  des- 
embarcar en  dicho  puerto.  Pero  llegó  otro  barco  y  la  su- 
blevación quedó  dominada  y  los  deportados  fueron  arroja- 
dos en  dos  lanchas  en  pleno  Océano.  Apenas  sobrevivían 
tres,  cuando  las  embarcaciones  llegaron  á  la  orilla,  concluye 
Torrente,  invocando  el  testimonio  directo  de  uno  de  los  sal- 
vados. 

La  crueldad  era  la  rej£;Ia. 

De  la  inaudita  crueldad  con  que  procedían  los  españo- 
les, da  idea  acabada  esta  otra  página  de  Torrente,  relativa 
á  la  batalla  de  la  Lava  (campañas  de  1824  en  el  Perú), 
en  que  el  general  realista  Valdez  venció  á  los  patriotas  y 
tomó  un  buen  número  de  prisioneros,  entre  los  cuales  figu- 
raba el  jefe  Barberucho.  Habla  el  historiador  español  de 
«la  lucha  en  que  el  referido  Valdez  se  vio  envuelto  consigo 
mismo  sobre  el  uso  que  debía  hacer  de  su  ilustre  triunfo»; 
y  agrega  estas  palabras  denunciadoras  de  la  sangre  que  de 
ordinario  se  derramaba: 

«Resuelto  finalmente  á  sofocarlos  sentimientos  del  ri- 
gor y  déla  venganza  con  el  objeto  de  que  transmitido  á  la 
posteridad  este  sublime  rasgo  de  generosidad  adquiriese  su 
memoria  un  nuevo  título  de  gratitud  y  aprecio,  mandó  que 
fuesen  curados  los  heridos  y  enfermos  del  bando  opuesto 
con  el  mismo  esmero  como  si  fueran  sus  propios  soldados, 
á  pesar  de  que  Las  órdenes  que  le  habían  sido  comunicadas 
prescribían,  la  pronta  imposición  de  la  pena  capital  sobre 
cuantos  rebeldes  cayesen  en  sus  manos.  Aunque  lo  brillante 
de  estos  hechos    desaparece    en  la  funesta  clase  de  guerra 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  357 

que  dio  lugar  ú  ellos,  no  deben  sin  embargo  pasarse  por  al- 
to para  que  pueda  juzgarse  con  acierto  del  carácter  de  los 
sujetos  que  tuvieron  parte  en  ellos.» 

Por  negros  que  sean  los  cargos  que  el  historiador  To- 
rrente dirige á  los  patriotas,  forzoso  es  convenir  que  resultan 
tolerables  cuando  se  les  compara  con  los  queel  doccor  Vélez 
Sarsfield  atribuía  á  los  realistas  en  1862,  ante  la  Cámara 
de  Diputados  déla  República  Argentina,  destacando  la  foja 
de  servicios  de  Buenos  Aires  en  la  Revolución  («Colección 
de  datos  y  documentos  referentes  á  Misiones,  como  parte 
integrante  del  territorio  de  la  provincia  de  ('Orrientes>>): 
«En  los  calabozos  de  Casas  Matas  entraron  1,L'00  oficiales 
prisioneros,  fuera  de  innumerables  que  murieron  en  bi 
guerra  de  la  independencia,  tres  cuartas  partes  de  ellos 
nacionales  de  Buenos  Aires;  todos  murieron  allí,  con  la 
sola  excepción  de  120  que  existían  cuando  sucedió  el  con- 
venio de  Mil-aflores». 

En  el  Paraguay. 

Pudo  el  Paraguay  permanecer  aislado  de  las  demás  pro- 
vincias del  virreinato  del  Río  de  la  Plata,  y  eso  lo  salvó 
de  las  complicaciones  inherentes  á  las  luchas  de  la  época. 
Pero  la  barbarie  interna,  llenó  ampliamente  el  largo  parén- 
tesis de  tranquilidad  conquistado  por  la  dictadura  del  doc- 
tor Francia.  De  la  magnitud  de  esa  barbarie,  da  idea  el 
siguiente  extracto  del  opúsculo  de  Rengger  y  Longchamp, 
«Ensayo  histórico  sobre  la  revolución  del  Paraguay».  Sean 
cuales  fueren  las  inexactitudes  en  que  incurren  los  autores 
cuando  fantasean  sobre  cosas  anteriores  á  su  llegada  al  Río 
de  la  Plata  ó  que  no  pudieron  presenciar,  sus  declaracio- 
nes acerca  de  hechos  de  que  fueron  testigos  oculares  en  la 
Asunción,  pueden  ser  apreciadas  siquiera  como  datos  de- 
nunciadores de  un  estado  anormal  de  cosas. 

«La  tropa,  compuesta  por  lo  general  de  lo  peor  que  ha- 
bía en  el  país,  se  creía  autorizada  para  insultar  á  los  ciuda- 
danos y  para  darles  de  golpes,  por  ejemplo,  cuando  no  sa- 
caban el  sombrero  á  un  soldado». 


358  JOSÉ    ARTIGAS 

En  cuanto  al  clero,  «el  cura  Mola,  entre  otros,  sostuvo 
en  el  palpito  que  matar  un  español  era  apenas  un  pecado 
venial,  y  pocos  días  después  reveló  dos  confesiones  >.  Ver- 
dades que  Francia  no  dispensaba  á  los  sacerdotes  grandes 
cotisideraciones.  En  su  conversación  con  Rengger  y  Long- 
champ,  los  tachó  de  depravados,  intrigantes  y  rebeldes  á  la 
autoridad  del  gobierno.  «Si  el  Papa  viniese  al  Paraguay, 
les  decía,  yo  no  lo  baiía  más  que  mi  capellán».  Francia 
tenía  una  carta  geográfica  del  Paraguay,  levantada  por  don 
Féh"x  de  Azara,  y  un  globo  celeste,  que  le  permitían  co- 
nocer todo  el  país  y  las  constelaciones,  lo  que  daba  mérito 
al  pueblo  para  decir  que  el  dictador  leía  en  las  estrellas. 

Cuando  había  una  ejecución,  sólo  mandaba  tres  solda- 
dos, y  más  de  una  vez  hubo  que  ultimar  las  víctimas  á 
bayonetazos.  El  dictador  tenía  las  municiones  y  las  repar- 
tía con  desconfianza  y  avaricia. 

Para  estimular  el  adelanto  industrial  del  Paraguay,  re- 
curría al  terror.  Cierto  día  levantó  una  horca  y  amenazó 
con  ella  á  un  zapatero  por  no  haber  sabido  hacer  unas  for- 
nituras. Otra  vez  condenó  á  trabajos  públicos  á  un  he- 
rrero, por  haber  hecho  mal  un  tornillo  de  cañón. 

El  director  Pueyrredón  envió  al  Paraguay  un  emisario, 
el  coronel  Balta  Bargas,  para  fomentar  una  revolución  á 
favor  de  Buenos  Aires.  Pero  uno  de  los  conjurados  re- 
veló á  su  confesor  el  movimiento,  y  el  fraile  impuso  á 
su  penitente  la  obligación  de  comunicar  el  hecho  á  Fran- 
cia, como  lo  hizo,  dando  eso  lugar  á  numerosas  prisio- 
nes y  al  arrasamiento  de  la  casa  donde  se  habían  reunido 
los  conjurados.  Más  tarde,  el  general  Ramírez  trató  de  po- 
nerse en  buenos  términos  con  Francia,  pero  habiendo  sido 
aprisionados  sus  emisarios,  resolvió  el  caudillo  entreri'iano 
llevarle  la  guerra  sobre  la  base  de  una  cooperación  interna 
que  fué  descubierta  y  que  dio  lugar  á  numerosas  ejecucio- 
nes, precedidas  de  tormentos  a|)l¡cados  en  la  «Sala  de  la 
Verdad»,  donde  se  azotaba  al  declarante  hasta  obtener  lo 
que  quería  Francia.  Las  ejecuciones  se  consumaban  por 
grupos  de  a  ocho  y  los  cadáveres  quedaban  tendidos  de- 
lante de  la  casa  del  dictador,  a  disposición  de  los  buitres. 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  359 

El  terror  era  tan  grande,  que  nadie  quería  ser  deposita- 
rio del  secreto  de  otro  por  temor  de  hacerse  ccSiiiplice.  Las 
personas  se  saludaban,  sin  hablarse.  Cuando  un  hombre 
había  tenido  la  desgracia  de  ser  encerrado  en  un  calabozo, 
parecía  que  hubiera  caído  un  anatema  sobre  toda  su  fami- 
lia: nadie  podía  visitarla,  sin  hacerse  sospechoso.  Todo  el 
que  procuraba  hablar  con  uíi  reo  de  Estado,  era  encarcelado 
inmediatamente. 

Con  pretexto  de  que  un  español  hacía  de  mala  gana  una 
obra  de  albañilería  que  se  le  había  encomendado,  Francia 
lo  mandó  fusilar.  Dos  días  después,  pul)licó  un  bando  que 
obligaba,  so  pena  de  la  vida,  á  todos  los  españoles  de  la 
ciudad  y  de  una  legua  de  circunferencia,  á  reunirse  en  la 
plaza  dentro  de  las  tres  horas  precisas.  Una  vez  reunidos, 
fueron  conducidos  á  la  cárcel  en  número  de  trescientos  y 
encerrados  en  unas  piezas  pequeñas.  Algunos  recobraron 
la  libertad  al  poco  tiempo  y  otros  á  los  diez  y  nueve  me- 
ses, mediante  ruinosísimas  contribuciones.  El  pretexto  era 
que  los  españoles  trababan  la  marcha  del  gobierno. 

Los  demás  exti'anjeros  no  eran  perseguidos  en  el  Pa- 
raguay. Entre  ingleses,  franceses,  italianos  y  portugueses, 
habría  cuarenta.  En  1821  fué  aprisionado,  sin  embargo, 
Bompland.  Explicando  el  dictador  el  hecho  al  doctor  Reng- 
ger,  díjole  que  Bompland  había  formado  un  estableci- 
miento para  beneficiar  la  yerba  mate,  con  los  indios  de 
Artigas  que  habían  ido  á  las  Misiones  de  Entre  Ríos;  que 
él  no  podía  tolerar  el  ejercicio  de  una  industria  perjudicial 
al  comercio  paraguayo;  que  por  eso,  había  mandado  400 
hombres  con  orden  de  destruir  el  establecimiento  y  de 
aprehender  á  Bompland  y  á  sus  acompañantes.  El  dicta- 
dor afirmó,  además,  que  según  correspondencia  de  Ramí- 
rez y  Bompland,  el  establecimiento  respondía  sin  duda 
alguna  á  un  plan  de  invasión  del  Paraguay.  Los  soldados 
de  Francia  hicieron  una  matanza  de  indios  en  el  ataque 
al  establecimiento.  Bompland  recibió  un  sablazo  en  la  ca- 
beza y  permaneció  engrillado  hasta  que  Francia  le  señaló 
para  su  residencia  el  pueblo  de  Santa   María.  Y  allí  vivía 


860  JOSÉ    ARTIGAS 

entregado  á  la  agricultura,  que  apenas  le  daba  lo  preciso 
para  vivir,  cuando  los  autores  salieron  del  Paraguay, 

El  Paraguay  estaba  absolutamente  aislado  del  resto 
del  mundo.  Los  extranjeros  no  podían  salir  sin  expo- 
nerse á  caer  en  poder  de  las  guardias  y  sufrir  luego  el 
tormento  y  la  muerte,  ó  perecer  por  hambre,  incendio  ó 
mordeduras  de  víboras,  al  cruzar  bosques,  pantanos  y  de- 
siertos enormes.  Nadie  podía  circular  en  el  país  sin  per- 
miso escrito  del  dictador.  Las  licencias  de  viaje  quedaron 
suprimidas  desde  las  amenazas  de  guerra  con  Ramírez.  El 
dictador  se  propuso  más  tarde  conciliar  ese  aislamiento  con 
una  pequeña  corriente  comercial  que  se  hacía  en  un  punto 
dado  del  territorio,  donde  los  extranjeros  llevaban  sus 
mercaderías  y  adquirían  las  nacionales,  en  la  misma  forma 
en  que  lo  habían  hecho  los  jesuítas  de  las  Misiones. 

En  el  apéndice  del  opúsculo  de  Rengger  y  Longchamp, 
figura  una  carta  de  don  Carlos  Loizaga  á  don  Gregorio 
Machain  con  otros  datos  reveladores  del  estado  del  Para- 
guay en  la  misma  época.  A  un  preso  le  fué  colocada  una 
barra  de  grillos;  á  los  siete  años  le  pusieron  otra  barra;  y 
á  los  catorce  años  lo  condujeron  al  suplicio.  Un  nonage- 
nario que  había  sufrido  veinte  años  de  prisión,  marchó 
al  patíbulo  riéndose,  sin  darse  cuenta  de  lo  que  le  pa- 
saba. Francia  formó  un  pueblo  pobre  hasta  la  miseria  é  ig- 
norante hasta  la  brutalidad.  El  factor  capital  de  su  obra, 
residía  en  la  propia  situación  geográfica  del  Paraguay.  Si 
las  aguas  del  Plata,  termina  la  carta,  hubieran  bañado  las 
costas  paraguayas,  habría  faltado  al  tirano  su  base  de  ope- 
raciones, es  decir  el  aislamiento. 

En  las  «lemas  colonias. 

En  su  «Historia  de  San  Martín»,  describe  el  general 
Mitre  una  serie  de  terribles  matanzas  decretadas  y  realiza- 
das por  los  españoles  y  patriotas  en  Venezuela,  Méjico  y 
demás  colonias  españolas,  sobre  la  base  de  la  relación  do- 
cumentada de  los  historiadores  de  esos   países.  Es  necesa- 


LA  EDAD   DE  PIEDRA  36  1 

rio  extractar  esa  relación  de  sangre,  para  dar  idea  de  cómo 
se  disponía  de  la  vida  durante  el  período  revolucionario 
por  todos  los  hombres  culminantes  que  actuaban  en  la 
lucha. 

Los  PRELIMINARES  DE  LA  LUCHA. 

A  los  pocos  días  de  declarada  la  independencia  de  Ve- 
nezuela, en  18Í  i,  se  produjo  un  movimiento  revoluciona- 
rio que  fué  sofocado.  Diez  de  los  conspiradores  fueron 
sentenciados  á  muerte  y  sus  cabezas  colo.cadas  en  perchas 
á  la  entrada  de  la  ciudad  de  Caracas,  abriéndose  con  ello 
una  serie  de  escenas  de  sangre. 

En  abril  de  1812,  las  fuerzas  realistas  á  cargo  del  ca- 
pitán Monte  verde,  á  raíz  de  un  triunfo,  pasaron  á  cuchi- 
llo á  todos  los  prisioneros  y  entregaron  el  pueblo  de  San 
Carlos  al  saqueo  y  á  las  llamas.  Las  fuerzas  realistas  del 
coronel  Antoñanzas  atacaron  sucesivamente  la  villa  de  Ca- 
labozo, matando  á  todos  sus  defensores,  y  la  de  San  Juan 
de  ios  Morros,  donde  fueron  pasados  á  cuchillo  la  guarni- 
ción y  hasta  los  ancianos,  las  mujeres  y  los  niños. 

Después  de  consumada  la  reacción  española,  el  general 
Miranda  fué  traicionado  por  sus  propios  amigos  que  lo 
acusaban  de  haberse  vendido  á  los  realistas  y  que  lo  re- 
dujeron á  prisión  y  lo  entregaron  al  jefe  español.  Bolívar 
se  encargó  de  prenderlo  y  lo  prendió.  Miranda  fué  trans- 
portado á  Cádiz  donde  pasó  tres  años  de  doloroso  cautive- 
rio y  murió  en  la  más  triste  miseria  el  14  de  julio  de  1816 
en  las  mazmorras  de  las  Cuatro  Torres.  Hasta  sus  últi- 
mos momentos  sostuvo  Bolívar  que  su  plan  era  fusilar  á 
Miranda  y  no  entregarlo  á  los  enemigos. 

Trofeos  de  orejas. 

Uno  de  los  subalternos  de  Monteverde,  en  Venezuela, 
el  coronel  Cerveros,  en  carta  dirigida  á  su  jefe  y  que  fué 
eiiconti'ada  entre  los  [)a peles  de  éste  y  publicada  por  «La 
Gaceta»  de  Caracas,  de  1813,  se  expresa  así: 

«El  primer  paso  que  debe  darse  es  dispersar  la  Audien- 


362  JOSÉ    ARTIGAS 

cia  que  tanto  raal  ha  hecho,  creyendo  que  aquí  puede  es- 
tablecerse la  constitución.  No  hay  más  que  un  gobierno 
militar  y  no  dejar  con  vida  ú  ninguno  de  estos  infames 
criollos  que  fomentan  estas  disensiones,  y  pasar  por  las 
armas  a  todos  estos  picaros;  yo  le  aseguro  que  ninguno  de 
los  que  caigan  en  mis  manos  se  escapará». 

En  las  fuerzas  de  Cerveros  figuraba  el  vizcaíno  Zuazola, 
quien  venció  á  los  patriotas  en  varios  encuentros  y  envió 
á  sus  jefes,  como  trofeo  de  la  victoria,  varios  cajones  de 
orejas  que  los  realistas  colocaban  en  las  puertas  y  en  los 
sombreros  á  manera  de  escarapelas.  Terminadas  las  ma- 
tanzas, el  vencedor  publicó  bandos  ofreciendo  garantías  á 
los  que  se  habían  asilado  en  los  bosques.  Se  trataba  de 
una  celada  simplemente.  A  los  que  se  presentaron  al  lla- 
mado, hombres,  mujeres  y  niños,  los  hizo  asesinar  y  ator- 
mentar: á  unos  los  degollaban  vivos,  les  cortaban  las  ore- 
jas y  la  nariz,  les  desollaban  las  plantas  de  los  pies  ó  los 
desgarretaban;  y  á  otros  los  cosían  de  dos  en  dos  con  ti- 
ras de  cuero,  espalda  con  espalda,  y  los  arrojaban  á  una  la- 
guna putrefacta  por  la  descomposición  de  los  cadáveres.  Un 
niño  de  doce  años  se  presentó  ofreciendo  su  vida  para  sal- 
var la  del  padre,  y  por  toda  contestación,  Zuazola  hizo  de- 
gollar al  padre  y  al  hijo. 

Son  numerosos  los  comprobantes  de  estos  martirios.  El 
historiador  alemán  Gervinus  («Histoire  du  XIX  siécle»), 
dice:  «No  se  creería  barbarie  tan  refinada,  si  tantos  extran- 
jeros que  han  viajado  más  tarde  por  el  país,  no  se  hubie- 
ran encontrado  con  las  pobres  víctimas  de  estos  horribles 
hechos.  Había  gentes  mutiladas  á  quienes  se  había  cortado 
la  nariz,  una  mejilla  y  las  orejas,  á  quienes  se  había  cosido 
acoplados  por  las  espaldas,  ó  cortado  los  jarretes,  ó  desolla- 
do los  talones  para  hacerles  pisar  por  encima  de  los  vi- 
drios». Montenegro  invocando  su  título  de  Presidente  de  la 
Audiencia  Real  de  Caracas,  da  testimonio  de  estas  atroci- 
dades. Baralt,  el  más  sano  de  los  historiadores  venezolanos, 
las  confirma.  El  comisionado  de  la  Regencia  de  Cádiz,  Ur- 
quinioua,  en  su  relación  documentada,  dirigida  al  rey,  ex- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  363 

tracta  de  un  expediente  de  oficio  formado  por  los  españo- 
les en  1818.  la  declaración  de  cinco  testigos  presenciales, 
soldados  de  Zuazola  en  que  consta:  «que  Antoñanzas,  co- 
mo gobernador  de  Cumaná  ofreció  á  los  soldados  de  la  ex- 
pedición de  Zuazola,  que  regalaría  un  peso  por  cada  oreja 
de  insurgentes  que  le  presentaran;  y  que  Zuazola  les  dio 
oi'den  de  cortarlas  y  que  no  dejaran  viviente  alguno,  sobre 
todo  en  Aragna,  donde  fueron  degollados  los  rendidos  y  los 
escondidos  en  las  chozas,  conviniendo  en  las  mutilaciones». 

Extinción  de  la  raza  española. 

Una  de  las  manifestaciones  más  tei'ribles  de  esta  guerra 
fué  el  plan  de  exterminio  que  formaron  Briceño  y  varios 
venezolanos  «con  el  fin  de  destruir  en  Venezuela  la  raza 
maldita  de  los  españoles  europeos  y  de  los  isleños  canarios, 
de  manera  que  no  quedase  uno  solo  vivo»,  y  adjudicarse 
la  mitad  de  sus  bienes,  ofreciendo  grados  y  premios  á  los 
que  presentasen  de  veinte  cabezas  de  españoles  para  arriba. 
Bolívar  prestó  su  aprobación  á  este  plan  con  la  única  sal- 
vedad de  «matar  por  el  momento  á  los  que  se  tomasen  con 
las  armas  en  la  mano»  y  someter  tí  la  aprobación  del  go- 
bierno de  la  Unión  lo  relativo  á  la  distribución  de  cauda- 
les y  cabezas  cortadas.  Provisto  de  esta  credencial  de  san- 
gre, abrió  Briceño  la  campaña  con  140  juramentados.  Po- 
cos días  después,  recibía  Bolívar  una  carta  suya  cuyas  pri- 
meras líneas  estaban  escritas  con  sangre,  y  las  cabezas  de 
dos  españoles  á  título  de  primeros  trofeos  de  guerra.  Bolívar 
rechazó  el  presente. 

Contad  con  la  muerte  aun  siendo  inocentes! 

De  una  proclama  de  Bolívar,  datada  en  su  cuartel  gene- 
ral de  Trujillo  el  1.5  de  junio  de  1813: 

«Todo  español  que  no  conspire  contra  la  tiranía  en  fa  - 
vor  de  la  justa  causa,  por  los  medios  más  activos  y  eficaces, 
será  tenido  por  enemigo,  castigatlo  como  traidor  á  la  pa- 
tria, y  en  consecuencia  será  irremisiblemente  pasado  por 
las  armas. 


364  JOSÉ    ARTIGAS 

«Españoles  y  canarios  contad  con  la  muerte,  aun  siendo 
indiferentes,  si  no  obráis  activamente  en  favor  de  la  liber- 
tad de  Venezuela.  Americanos,  contad  con  la  vida,  aun 
cuando  seáis  culpables». 

Desde  entonces,  abrió  Bolívar,  para  fechar  sus  bandos 
dictatoriales,  una  nueva  era  en  los  anales  americanos:  «Año 
III  de  la  Independencia  y  primei'O  déla  guerra  á  muerte^. 

Las  matanzas  de  Bolívar  y  el  criterio  histórico. 

La  guerra  á  muerte  fué  hecha  al  pie  de  la  letra,  y  de 
ella  se  ocupa  el  general  Mitre  en  términos  que  varaos  á  re- 
producir, como  ejemplo  del  criterio  liistórico  de  infinita 
bondad  con  que  se  juzgan  los  más  grandes  crímenes  de  la 
Revolución: 

«Preconizada  como  acto  de  fortaleza,  explicada  por  la 
necesidad  como  cálculo  de  fría  prudencia,  justificada  como 
medio  de  hostilidad,  excusada  por  las  perturbaciones  mo- 
rales de  la  época,  nadie,  con  excepción  de  los  españoles,  la 
ha  condenado  en  absoluto  como  acto  de  ferocidad  perso- 
nal, que  no  estaba  en  la  naturaleza  elevada  y  magnánima 
aunque  soberbia  del  dictador —  Es  que  la  guerra  á  muer- 
te estaba  en  el  corazón  de  los  combatientes  enconados  por 
la  lucha,  y  el  dictador  impregnado  de  las  pasiones  de  su 
tiempo  y  de  su  medio  y  con  sus  instintos  de  criollo  ame- 
ricano, no  fué  sino  su  vehículo...  ,  Sólo  dos  hombres  la 
han  condenado  en  absoluto:  el  mismo  Bolívar  en  sus  últi- 
mos años,  y  uno  de  sus  admiradores  más  grandes,  un  es- 
critor venezolano. 

«La  guerra  á  muerte  no  fué  inventada  por  Bolívar.  Des- 
de los  primeros  días  de  la  Revolución,  las  provincias  del 
Río  de  la  Plata  proclamaron  la  doctrina  terrorista  de  que 
eran  reos  de  rebelión,  sin  remisión,  los  que  encabezaran  re- 
sistencias contra  sus  armas  y  en  noml)re  de  ella  perecie- 
ron en  un  patíbulo  el  ex  virrey  Liniers  y  sus  compañeros 
civiles  y  militares,  del  mismo  modo  que  los  generales  y 
funcionarios  españoles  del  Alto  Perú  que  cayeron  prisione- 
ros. Chile  siguió  el  ejemplo  proclamando  la  misma  doctri- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  365 

na  revolucionaria  y  la  ejecutó  en  el  coronel  Figueroa.  Los 
españoles  á  su  vez  hicieron  la  guerra  á  muerte  en  Méjico, 
en  el  Alto  y  Bajo  Perú,  tratando  como  rebeldes,  según  sus 
leyes,  á  los  que  levantaran  armas  contra  el  rey». 

En  Venezuela,  la  iniciativa  de  la  guerra  á  muerte  co- 
rresponde ¿í  los  patriotas.  Hista  1812  no  habían  cometi- 
do los  realistas  ningún  exceso,  y  los  actos  de  sangre  y  de 
violencia  cometidos  después  por  subordinados,  fueron  re- 
probados por  los  superiores,  quienes  en  general  se  limita- 
ban á  vejámenes,  prisiones,  secuestros  y  asesinatos  aislados. 
Cuando  Bolívar  declaró  la  guerra  á  muerte,  no  había  co- 
rrido más  sangre  que  la  de  los  combates;  y  la  guerra  á 
muerte  empezó  á  efectuarse  con  el  fusilamiento  de  pri- 
sioneros, concluj^e  el  general  Mitre. 

Fusilamientos  de  prisioneros. 

El  comandante  José  Félix  Rivas,  del  ejército  de  Bolí- 
var, atacó  y  venció  al  coronel  realista  Martí,  en  Naquitao 
el  1."  de  julio  de  1813.  El  vencerlor  tomó  400  prisione- 
ros y  todos  fueron  fusilados  sobre  el  campo,  conforme  al 
decreto  de  guerra  á  muerte.  El  mismo  Rivas  ganó  la  ba- 
talla de  los  Horcones  el  22  de  julio  de  1813  y  fusiló  á 
sus  prisioneros. 

La  muerte  por   simples   sospechas. 

Bolívar  previno  en  su  proclama  de  6  de  septiembre  de 
1818  que  los  traidores  á  la  patria  serían  juzgados  y  con- 
denados por  simples  sospechas,  é  igualó  de  ese  punto  de 
vista  á  españoles  y  americanos. 

Un  mes  después,  el  gobernador  de  Caracas  constituyó 
una  asamblea  compuesta  de  la  municipalidad  y  de  veinte 
empleados,  que  invistió  á  Bolívar  del  carácter  de  capitán 
general,  y  le  confinó  á  perpetuidad  «el  sobrenombre», 
dice  el  acta,  de  Libertador,  que  Bolívar  ya  se  había  dado 
en  varios  manifiestos. 


366  josé  artigas 

Las  grandes  carnicerías. 

Ya  había  corrido  mucha  sangre,  pero  hís  grandes  carni- 
cerías todavía  no  habían  em[)ezado.  Vamos  á  enumerar- 
las, porque  es  larga  la  serie  que  reproduce  Mitre: 

1.  El  decreto  de  guerra  a  muerte,  agravado  después  por 
Bolívar,  dio  base  á  dos  realistas  llamados  á  adquirir  cele- 
bridad, Boves  y  Morales,  para  levantar  las  poblaciones 
rurales  con  amenazas  de  muerte  y  conducirlas  a  la  pelea. 
La  campaña  fué  iniciada  por  Boves  en  una  importante 
sorpresa  realizada  el  20  de  septiembre  de  1813,  cerca  de 
Calabozo,  en  el  hato  de  Santr.  Catalina,  donde  fueron  pa- 
sados á  cuchillo   los  prisioneros. 

En  esos  momentos,  surgió  á  la  escena  en  favor  de  la 
Revolución,  un  español  llamado  Vicente  Campo  Elias,  que 
profesaba  un  odio  mortal  ú  sus  compatriotas.  «Después 
que  matara  á  todos  los  españoles,  decía,  me  degollaría  yo 
mismo  y  así  no  quedaría  ninguno».  La  lucha  se  empeñó 
entre  Elias  y  Boves,  dándose  la  batalla  de  Mosquetero,  el 
mismo  día  en  que  Bolívar  se  hacía  dar  el  título  de  liber- 
tador en  Caracas.  Venció  Elias,  y  cayó  rendida  la  infan- 
tería «que  fué  degollada  en  su  totalidad  sin  misericordia». 
Los  vencedores  rescataron  el  pueblo  de  Calabozo,  y  sus 
vecinos  indefensos,  todos  ellos  americanos,  fueron  fusila- 
dos como  traidores,  por  haber  auxiliado  á  los  españoles. 
Esta  conducta  sanguinaria  de  Campo  Elias,  ajustada  al 
segundo  decreto  de  guerra  á  muerte  dado  por  Bolívar, 
decidió  á  los  americanos  de  los  llanos  á  rodear  á  Boves 
como  á  su   vengador. 

2.  En  la  batalla  de  Araure,  ganada  personalmente  por 
Bolívar  contra  el  coronel  realista  Ceballos,  á  fines  de 
1813,  los  vencedores  tomaron  300  prisioneros  y  todos 
fueron  pasados  por  las  armas. 

3-  Al  finalizar  el  mismo  año  1813,  Boves  pasó  á  cu- 
chillo una  división  patriota  y  en  seguida  ocupó  á  Cala- 
bozo, matando  sin  perdonar  á  nadie,  y  distribuyendo  los 
bienes  de  la  población  entre  sus  soldados. 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  367 

4-  En  el  combate  de  Ospino,  ganado  por  los  patriotas 
al  mando  de  Urda  neta  contra  los  realistas  al  mando  de 
Yañes,  en  febrero  de  1814,  cayó  muerto  el  jefe  realista,  y 
su  cadáv^er  filé  dividido  en  trozos  y  distribuido  en  varias 
localidades. 

5-  Boves  desprendió  en  el  mismo  mes  de  febrero  una 
columna  al  mando  de  Francisco  Rósete,  que  ocupó  á  Ocu- 
mare,  al  oeste  de  Caracas,  y  ú  pesar  de  no  liaber  encontra- 
do sino  una  débil  resistencia,  pasó  á  cuchillo  á  los  hom- 
bres, á  las  mujeres  y  á  los  niños,  sin  que  se  libraran  de 
su  saña  los  que  se  habían  refugiado  en  el  templo.  En  las 
calles  quedaron  300  cadáveres  de  hombres,  mujeres  y 
niños,  según  consta  del  parte  del  jefe  patriota  Rivas, 
que  llegó  al  pueblo  después  del  degüello,  y  de  una 
nota  del  vicario  general,  que  ratifica  enteramente  el  he- 
dió. Sobre  esos  cadáveres,  juró  Rivas  el  exterminio  de  la 
raza  española,  y  repitió  su  juramento  el  caudillo  Aris- 
mendi,  que  estaba  al  frente  de  las  fuerzas  patriotas  de 
Caracas. 

6  En  la  primera  batalla  de  La  Puerta  dada  el  3  de 
febrero,  Boves  batió  á  Campo  Elias  y  pasó  á  cuchido  toda 
su  infantería. 

7-  Después  de  la  derrota  de  La  Puerta,  ordenó  Bolí- 
var una  reconcentración  de  tropas  y  en  tales  circunstan- 
cias recibió  una  consulta  del  comandante  de  la  Guayra: 

«Qué  hago  en  estos  momentos  de  peligro  con  la  multi- 
tud de  españoles  que  existen  en  las  prisiones  de  esta  plaza: 
ellos  son  numerosos  y  la  guarnición  muy  poca>->. 

Bolívar  escribió  sin  vacilar: 

«Que  inmediatamente  se  pasen  por  las  armas  todos  los 
españoles  presos  en  las  Bóvedas  (de  la  Guayra)  y  en  el 
hospital,  sin  excepción  alguna». 

Arismeudi  fué  encargado  de  la  ejecución.  En  las  ins- 
trucciones de  Bolívar,  se  decía:  «con  excepción  de  los  es- 
pañoles que  tomen  carta  de  naturalización».  Pero  el  cau- 
dillo exclamó  al  leerla:  este  secretario  del  libertador  es  un 
burro:  ha  escrito  con  excepción,  en  vez  de  poner  con  inclu- 
sión » . 


868  JOSÉ    ARTIGAS 

Existían  1,000  españoles  presos,  que  no  eran  prisioneros 
de  guerra,  sino  vecinos  de  la  capital,  que  al  tiempo  de  la 
ocu])a('¡ón  por  los  patriotas  habían  sido  encarcelados  en  las 
})r¡,s¡()iies  de  la  Guayra. 

«Arismendi  mandó  formar  con  los  condenados  una  gran 
pira  en  que  debían  consumirse  sus  cadáveres  y  á  que  ellos 
pusieron  fuego  con  sus  propias  manos.  En  seguida,  empezó 
la  ipatanza  en  Caracas  y  en  la  Guayra  simultáneamente. 
Las  víctimas  eran  extraídas  en  grupos  de  los  calabozos,  co- 
mo reses  destinadas  al  matadero.  Al  toque  de  degüello  de 
una  corneta,  los  soldados  caían  sobre  ellos,  y  á  bayoneta, 
hacha,  sable,  lanza,  machete  ó  puñal,  eran  saci-ificados,  y 
muertos  ó  moribundos  arrojados  á  la  hoguera.  Poca  pólvora 
se  gastó  en  las  ejecuciones.  Durante  ocho  días  consecutivos 
se  mató  sin  misericordia  en  Caracas  y  en  la  Guayra,  pere- 
ciendo así  ochocientos  sesenta  y  seis  españoles  y  canarios, 
entre  ellos,  según  los  mismos  historiadores  nacionales,  mu- 
chos hombres  buenos,  que  habían  amparado  á  los  patriotas 
contra  la  crueldad  délos  realistas», 

«Esta  hecatombe,  una  de  las  más  sangrientas  que  re- 
cuerda la  historia,  ordenada  en  virtud  de  una  ley  bárbara 
de  exterminio,  puede  ser  explicada  por  la  seguridad  y  la 
disculparía  la  necesidad  de  vencer  á  todo  trance,  pero  la 
conciencia  la  condena  como  dei'echo  y  como  hecho,  y  con 
razón  se  ha  dicho  que  es  una  mancha  de  lodo  y  sangre  en 
territorio  de  Venezuela  ».  Eso  dice  Mitre,  agregando  en 
obsequio  de  Bolívar  que  «manifestación  de  una  alma  fuerte, 
no  fué  acto  de  ferocidad  emanado  de  la  naturaleza  de  su 
ordenador,  y  esto  le  absuelve  ante  la  moral  de  la  historia» 
y  debe  repetirle  lo  que  en  su  descargo  ha  dicho  un  histo- 
riador imparcial  (Gervinus,  «Hist.  du  XIX  siecle»):  «Poco 
tiempo  antes,  iguales  monstruosidades  habíanse  cometido  en 
medio  de  la  misma  Europa,  con  su  refinada  civilización, 
entre  los  pueblos  del  mediodía,  en  España  y  el  reino  de 
Ñapóles.  Los  españoles  habían  engendrado  en  el  seno  de 
su  obscurantismo  esta  fuerza  que  se  desencadenaba  contra 
ellos.  Según  el  código  natural   de  todos  los  pueblos  grose- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  3í)í) 

ros,  los  criollos  les  aplicaban  la  ley  que  ellos  les  enseñaron 
como  maestros,  buscando  su  salvación  ei]  el  mal,  ya  que 
no  la  encontraban  en  el  bien.  El  mismo  Bolívar  sintió  la 
necesidad  de  justificar  este  terrible  acto  de  represalias, 
mientras  los  españoles  ni  siquiera  pensaron  en  disculpar 
sus  atrocidades». 

8.  A  principios  de  marzo,  cbocaron  las  fuerzas  de  Aris- 
mendi  y  de  Rósete.  Arismendi,  que  iba  al  frente  de  la  flor 
de  la  juventud  de  la  ciudad  de  San  Mateo,  quedó  derrota- 
do, y  todos  sus  soldados  fueron  degollados. 

9-  En  la  batalla  de  Carabobo  dada  el  26  de  mayo,  Bo- 
lívar venció  al  ejército  realista  al  mando  de  Cajigal.  Los 
realistas  dejaron  en  el  campo  300  cadáveres,  mientras  que 
los  republicanos  sólo  tuvieron  12  muertos  y  40  heridos. 

10.  El  14  de  junio  se  dio  la  segunda  batalla  de  La  Puer- 
ta, entre  el  ejército  de  Bolívar  y  el  de  Boves.  Venció  Bo- 
ves  y  fueron  pasados  á  cuchillo  hasta  los  que  rendían  las 
armas  sin  pelear.  Pocos  se  escaparon.  Según  Boves,  que- 
daron en  el  campo  dos  mil  seiscientos  cadáveres  de  republi- 
canos. Los  oficiales  prisioneros  fueron  ahorcados  y  mutila- 
dos. Los  vencedores  atacaron  luego  á  los  patriotas  que  de- 
fendían la  Estrechura  de  Cabrera,  en  número  de  250,  y 
todos  fueron  pasados  á  cuchillo  «desde  Fernández  (su  jefe) 
hasta  el  ultimo  tambor»,  dice  Torrente.  Después  de  una 
valerosa  resistencia,  capituló  Valencia  y  á  pesar  de  la  capi- 
tulación, todos  sus  pobladores,  en  número  de  450  indivi- 
duos, fueron  degollados. 

11.  En  la  batalla  de  Aragua  dada  el  18  de  agosto,  que- 
dó derrotado  Bolívar  por  el  ejército  de  Morales.  Fué  es- 
pantosa la  carnicería  que  hicieron  los  españoles.  A  nadie  se 
dio  cuartel.  Todos  los  rendidos  fueron  pasados  á  cuchillo, 
extendiéndose  el  degüello  á  más  de  8,000  personas. 

12.  Boves  derrotó  una  columna  del  ejército  de  Rivas, 
que  iba  al  mando  de  Piar,  en  septiembre  de  1814.  Todos 
los  soldados  patriotas  fueron  degollados  y  Boves  entró  á 
Cumaná,  matando  á  cuantos  hombres  encontraba  en  la 
calle,  en  las  casas  y  en  las  iglesias.  Hubo  más  de  rail  vícti- 

JOSÍ;   ARTIGAS.  — 2]:  ,1.  I. 


370  JOSÉ    ARTIGAS 

mas.  El  virrey  Monta Ivo,  que  gobernaba  á  la  sazón  en  Nue- 
va Granada  y  Venezuela  á  nombre  del  rey,  en  un  informe 
de  31  de  octubre  de  1814  dirigido  á  la  secretaría  de  guerra 
de  España,  se  expresa  así:  «Don  José  Tomás  Boves  y  los 
que  se  le  parecen  no  distinguen  entre  delincuentes  é  ino- 
centes; todos  mueren  por  el  delito  á  sus  ojos  de  haber  na- 
cido en  América». 

13-  Los  patriotas  fueron  derrotados  el  1  5  de  diciembre 
por  Boves.  Los  vencedores  a  nadie  dieron  cuartel.  En  reem- 
plazo de  Boves,  muerto  en  la  pelea,  fué  nombrado  Morales, 
quien  se  dirigió  a  la  plaza  de  Maturín,  pasando  á  cuchillo 
á  toda  la  población,  hombres,  mujeres  y  niñoí.  El  caudillo 
republicano  José  Félix  Rivas,  cayó  prisionero  y  fué  muerto 
en  el  acto.  Su  cabeza,  cubierta  con  un  gorro  frigio  fué  co- 
locada en  una  jaula  en  el  camino  de  la  Guayra  á  Caracas. 
Según  las  memorias  contemporáneas,  pasaron  de  tres  mil 
las  víctimas  sacrificadas  por  Morales. 

14-  En  abril  de  1815  llegó  á  Costa  Firme  la  expedición 
á  cargo  del  general  Morillo,  fuerte  de  10,600  hombres.  Era 
la  misma  expedición  que  se  había  organizado  contra  el  Río 
de  la  Plata  y  que  varió  de  rumbo  al  producirse  la  rendi- 
ción de  Montevideo. 

Cuando  Morillo  llegó  á  Caracas,  su  primer  acto  fué  la 
imposición  de  un  empréstito  forzoso.  Además  decretó  el 
secuestro  de  las  propiedades  de  todos  los  que  habían  toma- 
do parte  en  la  Revolución,  y  délos  ausentes  y  sospechosos. 
La  medida,  que  fué  ejecutada  con  todo  rigor,  dio  por  resul- 
tado la  ruina  de  los  últimos  restos  de  la  fortuna  particular 
de  los  venezolanos. 

Cartagena  era  la  gran  plaza  fuerte  de  Ainérica.  El  ge- 
neral Morillo  la  sitió  por  tierra  y  por  mar.  La  plaza  sólo 
tenía  víveres  para  40  días,  y  su  guarnición,  que  no  pasaba 
de  mil  soldados,  prolongó  el  sitio  durante  108  días.  Los 
centinelas,  al  tiempo  de  ser  relevados,  eran  encontrados 
muertos  en  sus  puestos.  Pero  nadie  hablaba  de  rendirse. 
Al  final,  la  extenuada  guarnición  se  embarcó  en  lanchas  y 
ronqjió  la  línea  de  la    escuadra  sitiadora.  En    vez  de  una 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  371 

eindad,  Morillo  ocupó  entonces  iin  hospital  de  moribun- 
dos y  un  cementerio  con  montones  de  cadáveres  hacinados 
en  las  calles.  Se  calcula  en  seis  mil  el  númei'o  de  muertos 
en  la  plaza,  bajo  la  sola  presión  del  hambre  y  de  las  enfer- 
medades, sin  contar  las  bajas  en  los  combates.  El  ejér- 
cito sitiador  perdió  á    su  turno  3,500  hombres. 

Ocupada  la  ciudad,  Morales  dio  una  proclama  ofrecien- 
do amnistía  á  los  que  se  presentasen.  Confiados  en  su  pro- 
mesa, presentáronse  400  personas,  entre  ancianos,  mujeres 
y  niños  y  algunos  pescadores  que  habían  permanecido 
ocultos  en  los  bosques.  Todos  fueron  mandados  degollar 
por  dicho  jefe.  Morillo,  á  su  turno, hizo  condenar  á  muerte 
y  suspender  de  la  horca  al  jefe  de  la  defensa,  general  Cas- 
tillo, que  había  quedado  oculto  en  la  ciudad,  y  á  seis  ciu- 
dadanos  notables  que   habían  confiado   en  su  clemencia. 

15-  En  oficios  de  7  y  27  de  marzo  de  1  316,  interceptados 
por  un  corsario  argentino  y  pubücados  en  «La  Gaceta  de 
Buenos  Aires»,  decía  Morillo  á  su  gobierno,  refiriendo  las 
peripecias  de  la  lucha,  que  no  había  más  remedio  que  esta- 
blecer un  gobierno  militar  «despótico,  tirano  y  destructor» 
y  domar  la  Revolución  «por  las  mismas  medidas  que  al 
principio  de  la  conquista».  Reiterando  su  renuncia  por  lo 
quebrantado  de  su  salud,  agregaba  al  gobierno  español:  «no 
hay  remedio;  es  preciso  que  la  Corte  se  desengañe,  pues  no 
cortando  la  cabeza  á  todos  los  que  han  sido  revoluciona- 
rios, siempre  darán  qué  hacer,  así  que  no  debe  haber  cle- 
mencia con  estos  picaros». 

Un  bando  terrible  dictó  Morillo  el  30  de  mayo  de 
1816.  «Serán  indultados,  decía,  los  que  estén  libres  de 
los  crímenes  de  sedición,  asesinos  é  incendiarios;  que  no 
hayan  oprimido  los  pueblos  con  exacciones  ni  violencias, 
alterando  la  opinión  con  escritos  ó  conversaciones  subver- 
sivas; ni  aquellos  que  tenazmente  han  proclamado  y  sos- 
tenido la  independencia.» 

Para  facilitar  la  tarea,  estableció  luego  un  tribunal  de 
sangre  con  el  nombre  de  Consejo  Permanente  de  Guerra, 
presidido  por  el  gobernador  militar  de  la  plaza,  con  inter- 


372  JOSÉ    ARTIGAS 

vención  de  un  defensor  de  oficio  que  según  un  historiador, 
no  era  muchas  veces  otra  cosa  que  un  acusador.  Y  el  patí- 
bulo empezó  á  funcionar. 

Entre  las  víctimas  ilustres  figura  Francisco  José  Caldas, 
el  famoso  geómetra,  físico,  astrónomo,  naturalista,  gloria  de 
América  y  honor  del  mundo  sabio,  que  fué  sacrificado  por 
haber  servido  como  ingeniero  en  los  ejércitos  republicanos. 
Se  le  pidió  <1  Morillo  el  perdón  ó  por  lo  menos  que  dejara 
al  natm-alista  concluir  los  trabajos  de  su  última  expedición 
botánica.  «¡La  España  no  necesita  de  sabios! >^  fué  su  ré- 
plica. En  la  misma  forma  fueron  sacrificadas  ciento  veinti- 
cinco víctimas  de  la  sociedad  granadina.  Aludiendo  al 
carácter  de  muchas  de  esas  víctimas,  decía  Morillo  en  un 
oficio  al  Rey  Fernando  VII:  «He  expurgado  el  virreinato 
de  Nueva  Granada  de  doctores,  que  siempre  son  los  pro- 
motores de  rebeliones».  En  lugar  de  ellos,  pedía  «teólogos 
y  abogados  de  España»,  aunque  según  sus  propias  pala- 
bras «la  obra  de  subyugación  y  pacificación  debía  consu- 
marse por  las  mismas  medidas  que  al  principio  de  la  con- 
quista». 

Para  completar  su  plan,  instituyó  Morillo  una  junta  de 
secuestros,  que  embargó  los  bienes  de  los  presos,  confiscó 
los  bienes  de  los  muertos  y  redujo  á  la  miseria  á  todas  las 
familias  del  país. 

Uno  de  sus  subalternos,  el  coronel  Francisco  Varleta, 
publicó  un  bando  estableciendo  que  «toda  persona  sin  ex- 
cepción de  sexo  ni  calidad,  que  pasado  el  término  de  cuatro 
días  no  se  reuniese  á  su  respectiva  población,  será  fusilada 
en  cualquier  punto  del  campo  ó  montaña  donde  se  halle, 
por  los  destacamentos  y  tropas  que  haré  circular». 

En  su  proclama  de  despedida  á  los  granadinos,  de  15 
de  noviembre  de  1816  decía  Morillo:  «La  sangre  vertida 
por  la  espada  de  la  justicia  era  impura  y  dispuesta  á 
corromper  la  vuestra.  Escarmentad  con  lo  acaecido,  si 
aún  queda  alguno  que  suspire  por  el  orden  de  las  cosas 
pasadas». 

i5    El  general  Sámano  fué  el   sucesor  de  Morillo  en  Bo- 


LA  EDAD  di:   PIEDRA  H73 

gota.  Su  primer  acto  fué  mandar  levantar  la  li orea  en  ]a 
plaza  mayor,  frente  á  las  ventanas  de  su  palacio,  y  phuuar 
cuatro  banquillos.  Las  cárceles  volvieron  á  llenarse  y  la 
sangre  volvió  acorrer.  Una  de  las  primeras  víctimas  fué 
una  señoi'ita  de  Bogotá  que  indujo  á  su  novio  á  una  conspi- 
ración por  lá  patria.  Los  dos  fueron  conducidos  juntos  al 
patíbulo.  «Tengo  sed,  exclamó  ella».  Uno  de  los  soldados  le 
alcanzó  un  vaso  de  agua.  cNi  agua  quiero  délos  enemigos 
de  mi  patria»,  fué  la  contestación  de  esa  lieroína  llamada 
Policarpa  Salvarrieta. 

17-  En  la  batalla  de  San  Félix,  dada  el  1  1  de  abril  de 
1817  entre  el  ejército  realista  al  mando  de  La  Torre  y  el 
republicano  al  mando  de  Piar,  triunfó  este  último,  y  todos 
los  españoles  fueron  pasados  á  cuchillo.  Sólo  escaparon 
diez  y  siete  hombres,  entre  ellos  La  Torre.  El  vencedor 
hizo  matar  trescientos  prisioneros.  En  octubre  del  mismo 
año.  Piar  fué  sometido  por  orden  de  Bolívar  á  un  consejo 
de  guerra  que  lo  condenó  á  muerte,  pidiendo  el  reo  como 
única  gracia  que  lo  dejasen  mandar  su  propia  ejecución. 
«Su  muerte,  establece  Mitre,  afirmó  la  autoridad  vacilante 
de  Bolívar.  Si  no  fué  un  acto  justo,  fué  quizá  un  acto  ne- 
cesario, que  sofocó  la  guerra  civil  en  germen,  que  traía 
aparejada  la  disolución  del  ejército». 

i8.  En  julio  de  1817,  Morillo  atacó  á  la  guarnición  que 
defendía  la  isla  de  Margarita.  Ofreció  á  los  defensores  el 
perdón  si  deponían  las  armas,  anunciando  que  en  caso  con- 
trario «no  quedarían  cenizas,  ni  aun  la  memoria  de  los  re- 
beldes empeñados  en  su  exterminio».'  Conseguido  el  triun- 
fo, los  dispersos  de  uno  de  los  fuertes  se  refugiaron  en  una 
laguna,  y  no  habiéndose  rendido  fueron  todos  pasados  á  cu- 
chillo. El  propio  Morillo  atravesó  diez  y  ocho  hombres  con 
su  espada.  Ese  sitio  fué  bautizado  con  el  nombre  de  «La- 
guna de  los  mártires  marga  rítenos»,  que  todavía  conserva. 

19-  La  Revolución  estaba  en  todo  su  apogeo  á  fines  de 
1819,  cuando  se  produjo  una  nueva  hecatombe.  El  vice- 
presidente Santander,  en  ausencia  de  Bolívar,  hizo  fusilar 
á  treinta  y  ocho  oficiales   que  habían  caído  prisioneros  en 


374  JOSÉ  ARTIGAS 


líi  Última  batalla,  y  á  uu  paisano  que  se  permitió  protestar 
contra  el  sacrificio.  Santander,  que  era  un  hombre  culto, 
alegaba  el  pretexto  de  la  falta  de  fuerzas  para  custodiar 
.prisioneros  y  resumía  su  doctrina  en  estas  feroces  palabras: 
«Si  ellos  nos  degüellan  cuando  caemos  en  sus  garras,  ¿por 
qué  no  los  podremos  degollar  nosotros,  si  caen  en  nuestras 
manos?» 

En  honor  de  los  grandes  bombreí^i. 

Hay  que  cerrar  la  serie.  Previene  el  general  Mitre  que 
en  su  relación  ha  seguido  á  los  historiadores  clásicos  de 
Venezuela,  lo  que  aleja  toda  duda  de  parcialidad  en  cuanto 
se  refiere  á  las  carnicerías  ordenadas  por  Bolívar.  Y  esas 
carnicerías,  no  debían  alterar  el  criterio  de  la  época  de  la 
Revolución,  sino  en  un  sentido  favorable.  Dígalo  el  famoso 
brindis  de  Bolívar  en  el  banquete  con  que  se  dio  por  ter- 
minada la  entrevista  de  Guayaquil,  el  27  de  julio  de  1822: 
«Por  los  dos  hombres  más  grandes  de  la  América  del  Sur: 
el  general  San  Martín  y  yo.» 

Escribiendo  con  sangre. 

De  la  obra  de  Larrazábal,  «Vida  y  correspondencia  del 
libertador  Bolívar»,  reproducimos  estos  datos  que  confir- 
man y  amplían  las  informaciones  que  preceden: 

Antonio  Nicolás  Briceño,  el  autor  del  «Bando  de  guerra 
á  muerte»,  era  un  abogado  de  Caracas,  miembro  del  Con- 
greso Constituyente  de  Venezuela,  y  muy  instruido.  Al 
mismo  tiempo  que  publicaba  su  Bando,  ofrecía  la  libertad 
á  los  esclavos  que  matasen  á  sus  amos  españoles  ó  canarios, 
y  para  dar  el  ejemplo  quitó  la  vida  á  dos  isleños  pacíficos 
de  la  villa  de  San  Cristóbal  y  remitió  las  cabezas,  una  á 
Bolívar  y  otra  á  Castillo,  con  una  carta  cuya  primera  lí- 
nea estaba  escrita  con  sangre  de  las  víctimas.  (Abril  de  181 3). 
Poco  después  cayó  Briceño  prisionero  y  fué  fusilado  por 
los  españoles. 


LA  EDAD  di:   PIEDRA  375 

En  su  proclama  de  junio  8  de  181,3,  hace  Bolívar  una 
enumeración  de  las  carnicerías  y  violencias  de  ios  españo- 
les, y  dice: 

«Mas  estas  víctimas  sei'án  vengadas;  esos  verdugos  se- 
rán exterminados.  Nuestra  bondad  se  agotó  ya,  y  puesto 
que  nuestros  opresores  nos  fuerzan  á  una  guerra  mortal, 
ellos  desaparecerán  de  la  America  y  nuesti'a  tierra  será 
jDurgada  de  los  monstruos  que  la  infestan.  Nuestro  odio 
será  implacable  y  la  guerra  será  á  muerte». 

Morillo  lanzó  una  proclama  el  15  de  noviembre  de  181(3, 
aconsejando  á  los  pueblos  de  América  la  sumisión  al  rey. 
«De  lo  contrario»,  les  decía,  «lo  más  común  una  vez  des- 
envainada la  espada,  es  quemar  los  pueblos,  degollar  sus 
habitantes,  destruir  el  país,  no  respetar  sexo  ni  edad,  y  en 
fin  ocupar  el  puesto  del  pacífico  labrador  y  hallar  en  vez 
de  sus  dulces  costumbres,  un  feroz  guerrero,  ministro  de 
la  venganza  de  un  rey  irritado». 

«La  Gaceta»  de  Caracas  de  11  de  octubre  de  1821, 
publicó  una  carta  del  brigadier  don  Manuel  Fierro,  datada 
en  Puerto  Cabello  el  29  de  diciembre  de  1814,  en  que  ese 
militar  hablaba  así  á  un  compatriota  suyo: 

«Gracias  á  Dios  que  hemos  concluido  con  el  resto  de 
esta  gavilla  de  bribones  que  se  habían  refugiado  en  el  inex- 
pugnable Maturín:  aun  quedan  algunos  vagando  por  los 
montes,  y  á  decir  verdad  para  extinguir  á  esta  canalla  ame- 
ricana, era  necesario  no  dejar  uno  vivo;  y  así  es  que  en  las 
últimas  acciones  habrán  perecido  de  una  y  otra  parte  más 
de  doce  mil  hombres;  afortunadamente  los  más  son  criollos 
y  muy  raro  español.  Si  fuera  posible  arrasar  con  todo  ame- 
ricano sería  lo  mejor;  pues  usted  desengáñese,  estamos  en 
el  caso  de  extinguir  la  generación  presente,  porque  todos  son 
nuestros  enemigos  y  el  que  no  se  ha  sublevado,  es  porque 
no  ha  podido,  observándose  con  admiración  que  los  hijos 
de  ios  españoles  son  los  más  exaltados.  En  fin,  mi  amigo, 
nosotros  debemos  sembrar  la  guerra  intestina  á  los  criollos, 
para  que  se  acaben  unos  á  otros,  y  que  tengamos  menos 
enemigos.  Si  en    las  demás  partes    de  la   América,  se   en- 


376  JOSÉ  ARTIGAS 

coDtraran  muchos  Boves,  jo  le  aseguro  á  usted  que  se  lo- 
grarían nuestros  deseos,  pues  lo  que  es  en  Venezuela  poco 
ha  faltado  para  verlo  realizado,  pues  hemos  concluido  con 
cuantos  se  nos  han  presentado». 

El  exterminio  decretado  por  el  rey. 

Cuando  fué  apresada  la  fragata-transporte  «Nuestra  Se- 
ñora de  los  Dolores»,  se  encontró  entre  los  papeles  de  a 
bordo  una  Real  Orden  fechada  en  Madrid  el  28  de  julio 
de  1817,  cuyo  contenido  extractamos  á  continuación  (Cal- 
vo, «Anales  Históricos  de  la  Revolución»): 

Reconquistada  la  plaza  de  Cartagena  el  7  de  febrero  de 
1810  por  las  fuerzas  de  los  generales  Morillo  y  Montalvo, 
fueron  arrestados  varios  revolucionarios  y  ejecutados  en  la 
horca  nueve  de  ellos.  Hubo  disidencias  acerca  del  tribunal 
encargado  del  juzgamiento  y  con  tal  motivo  se  resolvió  re- 
cabar de   la  Corona  reglas  generales  de  procedimiento. 

Enterado  el  rey  de  la  disidencia  se  sirvió  aprobar  « las 
disposiciones  del  virrey  del  nuevo  reino  de  Granada  res- 
pecto á  los  nueve  ejecutados  y  mandar  á  su  Supremo  Con- 
sejo de  Guerra  que  le  consultara  lo  que  se  le  ofreciera  acer- 
ca de  las  reglas  que  debieran  adoptarse  para  proceder  con 
los  acusados  de  los  crímenes  enunciados,  lo  que  verificó  el 
Consejo  en  pleno  tenido  el  14  de  mayo  último,  exponiendo 
á  S.  M.  lo  que  estimó  conveniente;  y  el  rey  conformándose 
con  el  parecer  de  dicho  tribunal  se  ha  dignado  resolver  que 
los  factores,  cabezas,  promovedores  y  sostenedoi'es  de  la  re- 
volución é  insurreción  de  América,  y  los  que  aunque  delin- 
cuentes y  comprendidos  en  ella  por  su  menor  criminalidad 
no  deben  ser  contados  entre  los  anteriores,  se  clasifiquen 
en  las  ocho  clases  que  siguen  y  sean  juzgados  en  la  forma  y 
por  las  autoridades  que  á  continuación  se  expresan. -> 

Sigue  la  enumeración,  correspondiendo  á  la  primera  to- 
dos los  que  disfrutan  grados  ó  empleos  militares;  á  la  se- 
gunda, los  espías;  á  la  tercera,  los  que  exciten  á  la  rebelión; 
á  la  cuarta,  los  desertores  del  ejército  realista  que  se  pasen 


LA   EDAD  DE  PIEDKA  Ú( 


al  movimiento  revolucionario;  á  la  quinta,  los  que  abando- 
nen los  destinos  del  gobierno  legítimo  y  ocupen  otro  de 
la  Revolución;  á  la  sexta,  los  que  se  dediquen  á  encender  el 
fuego  de  la  Revolución;  á  la  séptima,  los  que  asesinen,  per- 
sigan, denuncien  ó  saqueen  á  realistas;  á  la  octava,  los  que 
continúen  en  empleos  del  gobierno  legítimo  y  reconozcan 
al  gobierno  revolucionario.  Los  comprendidos  en  las  cuatro 
primeras  clases  y  en  la  octava,  concluye  la  Real  Orden,  se- 
rán juzgados  en  el  Consejo  de  Guerra  ordinario  ó  de  los 
oficiales  generales,  militarmente;  y  por  lo  que  respecta  á 
las  cuatro  clases  restantes,  serán  juzgados  por  las  autorida- 
des civiles  con  arreglo  á  las  leyes. 

Tales  eran  las  disposiciones  que  dictaba  Fernando  VII, 
«corazón  de  tigre  y  cabeza  de  mulo»,  según  los  rasgos  tra- 
zados por  su  propia  madre  la  reina  María  Luisa,  que  llegó 
á  pedirle  á  Napoleón  el  último  suplicio  para  su  hijo,  en  Ba- 
yona. 

El  general  San  Martín  creyó  necesario  protestar  contra 
ese  bárbaro  documento.  En  oficio  al  Director  de  las  Pro- 
vincias Unidas  datado  en  Mendoza  el  16  de  agosto  de 
1818,  decía: 

«Los  horrores  cometidos  por  los  jefes  de  S.  M.  C.  exi- 
gen una  rigurosa  represalia  que  haciendo  temer  al  enemigo, 
minore  los  desastres  de  una  guerra  tan  devastadora. . .  Des- 
de que  tengo  el  honor  de  mandar  soldados  de  la  patria, 
no  he  podido  resistir  la  liberalidad  de  mis  sentimientos:  los 
prisioneros  de  San  Lorenzo  eran  unos  verdaderos  piratas 
dignos  por  esta  sola  calidad  del  último  suplicio  á  que  los 
colocaba  una  orden  expresa  de  V.  E.  que  sin  embargo 
conseguí  se  suspendiese  ásu  favor.  Desde  la  acción  de  Cha- 
cabuco  hasta  la  de  Maipo,  han  tomado  los  ejércitos  de  mi 
mando  más  de  siete  mil  prisioneros,  incluso  cuatrocientos 
oficiales...  Pero  yo  sería  responsable  á  esa  superioridad  y  á 
los  bravos  que  tengo  el  honor  de  mandar,  si  no  interpelase  de 
la  autoridad  suprema  de  V.  E.  por  la  necesidad  de  una 
justa  retaliación  sobre  los  prisioneros  de  guerra  y  cómplices 
en  las  hostilidades  y  persecuciones  contra  los  defensores  de 


378  J08É  ARTIGAS 

la  causa  de  América  en  la  forma  que   parezca  al  recto   dis- 
cernimienio  de  V.  E.» 

Dos  casoü)  que  revelan  el  criterio  de  la  época. 

lias  Memorias  de  Miller,  registran  dos  casos  que  basta- 
rían á  denunciar  la  barbarie  de  esta  guerra. 

El  comandante  Bustamante,  en  su  parte  al  virrey  de 
Méjico,  datado  en  Zitaguaro  el  23  de  octubre  de  1811, 
recomienda  al  aragonés  Mariano  Oclioa  <^que  persiguiendo  á 
los  insurgentes  halló  un  hermano  sujo  entre  ellos,  el  cual  se 
le  hincó  de  rodillas  pidiéndole  la  vida,  pero  él  se  la  quitó 
con  sus  propias  manos». 

Don  Ignacio  García  Revollo,  en  un  parte  al  virrey  da- 
tado en  Querétaro  el  23  de  noviembre  de  1811,  recomien- 
da al  sargento  Francisco  Montes  ■-como  digno  del  empleo  de 
oficial,  porque  entre  otras  bizarras  acciones  mató  ú  uno  de 
sus  propios  sobrinos,  el  cual  habiéndoselo  hecho  conocer, 
en  el  acto  recibió  por  contestación  que  no  reconocía  sobri- 
nos entre  los  insurgentes». 

La  confesión  española. 

Para  destruir  toda  duda  acerca  de  posibles  sospechas 
de  parcialidad  contra  los  españoles,  vauíos  á  cerrar  esta 
revista  de  sangre,  con  las  propias  palabras  que  emplea 
Torrente  en  su  «Historia  de  la  Revolución  Hispano-Ame- 
ricana»,  formulada  á  base  de  documentos  extraídos  délos 
archivos  españoles  y  otras  fuentes  de  información  igual- 
mente irrecusables. 

I-  Acerca  de  la  insurrección  del  Perú  en  1811  y  plan 
de  campaña  del  general  Goyeneche: 

El  coronel  Benavente,  ^dleno  de  irritación  al  ver  el  nin- 
gún escarmiento  de  los  rebeldes,  quienes  á  la  sombra  c'e 
la  excesiva  clemencia  del  vencedor  maquinaban  los  pla- 
nes de  infidencia,  creyó  era  llegado  el  momento  de  desple- 
gar un  carácter  de  dureza  y  severidad  que  dejare  impresio- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  379 

nes  permanentes  de  la  suerte  que  debía  prometerse  todo  el 
que  despreciando  las  lecciones  dictadas  por  la  dulzura  y  el 
exhorto,  provocara  los  medios  del  rigor  para  ser  conte- 
nido •>>. 

«Por  más  tercos  y  obstinados  que  estuvieran  aquellos 
pueblos,  no  podemos  aprobar  el  sacrificio  de  más  de  tres 
mil  víctimas  ejecutadas  en  diversas  ocasiones  por  este  jefe 
realista,  aunque  todas  ellas  mereciesen  aquel  castigo  por  su 
rebeldía  y  criminalidad». 

3.  Hace  referencia  á  la  insurrección  de  Méjico  en  1811 
y  á  una  emboscada  realizada  por  el  jefe  español  Elizondo, 
mediante  la  cual: 

«Consiguieron  las  armas  del  rey  el  más  ilustre  de 
sus  triunfos,  cuyos  trofeos  fueron  el  arresto  de  1,500  hom- 
bres, 60  oficiales  de  plana  mayor,  entre  ellos  el  cura  Hi- 
dalgo, los  generales  Allende,  Giménez,  Aldama,  Camargo, 
Lanzagorta,  Zapata,  Santa  Marín,  Abapolo  y  Carrasco,  ade- 
más de  otros  brigadieres  y  coroneles,  seis  clérigos  y  tres  frai- 
les que  fueron  fusihidos  sucesivamente ->. 

3-  De  una  descripción  de  la  batalla  de  Zitácuaro  en  Mé- 
jico ganada  el  año  1812  por  el  general  Calleja  que  manda- 
ba el  ejército  español: 

«Embestido  el  enemigo  en  todas  las  direcciones  por  va- 
rias columnas  en  que  había  sido  dividido  el  ejército  realis- 
ta y  que  obraban  en  una  perfecta  combinación:  forzadas 
sus  líneas  y  desmontadas  sus  baterías  que  dirigió  con  el 
mayor  acierto  el  entonces  comandante  de  aquella  arma  don 
Román  Díaz  de  Ortega,  empezó  á  remolinarse  y  á  presen- 
tar todos  los  síntomas  del  desorden  y  de  la  confusión:  es- 
trechado ya  más  de  cerca  por  los  rápidos  movimientos  de 
las  valientes  tropas  de  Calleja,  perdió  su  formación  y  se 
desbandó,  fiando  las  defensas  de  sus  vidas  á  la  celeridad 
de  sus  pies.  Todos  corrían  á  tropel  arrojándose  por  fosos 
y  despeñaderos  y  precipitándose  unos  sobre  otros  para  evi- 
tar el  alcance  de  los  soldados  victoriosos.  A  las  dos  de  la 
tarde  ya  no  había  en  aquel  recinto  un  solo  enemigo  vivo, 
excepto  el  corregidor  y  diez  y  ocho  personas  más,  que  fue- 


380  .TOSÍ:  AirriGAS 

ron  pasadas  por  las  armas.  Los  cabecillas  Rayón,  Liceaga 
y  Verdusco  se  sustrajeron  también  con  la  fuga  al  gran 
furor  de  los  realistas.  Esta  insigne  victoria  que  costó  á  los 
insurgentes  de  3  á  4  rail  muertos.. .  no  produjo  en  el  ejér- 
cito del  rey  más  pérdida  que  5  muertos,  7  heridos  y  4 
contusos.  Increíble  parece  que  un  triunfo  tan  glorioso  para 
las  armas  españolas  fuera  comprado  con  tan  poca  sangre  >. 

4-  Otra  matanza  en  la  misma  campaña  de  Méjico,  du- 
rante el  año  1812: 

«El  atroz  cuadrillero  Albino  García  y  su  hermano  Pa- 
chito,  que  habían  sido  perseguidos  con  tanto  empeño  co- 
mo inutilidad,  y  cuyo  exterminio  era  de  la  mayor  impor- 
tancia á  costa  de  cualquier  sacrificio,  fueron  sorprendidos 
á  las  dos  de  la  mañana  por  el  esforzado  Iturbide,  en  cuyo 
poder  cayeron  otra  gran  porción  de  cabecillas,  armas,  mu- 
niciones y  efectos,  habiéndose  contado  entre  los  muertos 
unos  300  facciosos  y  150  entre  los  prisioneros  que  fueron 
muy  pronto  pasados  por  las  armas,  quedando  así  libre  el 
Bajío  del  desorden  y  confusión  en  que  tenían  envuelto 
aquel  país  los  citados  caudillos.  Los  elogios  tributados  al 
capitán  Iturbide  por  el  jefe  de  aquella  división,  brigadier 
don  Diego  García  Conde,  se  repitieron.» 

5-  De  una  descripción  de  la  campaña  de  Caracas  en 
18LS: 

«A  principios  de  diciembre  hab'a  reuíiido  ya  el  coman- 
dante Boves  un  ejército  de  4,000  llaneros  montados  y  el 
13  del  mismo  recibió  los  refuerzos  que  había  sacado  de  La 
Guayaua  el  general  Morales,  que  consistían  en  5  oficiales, 
100  infantes,  300  fusiles,  un  cañón  y  un  gran  número  de 
municiones.  Deseoso  Boves  de  arrancar  de  las  manos  del 
enemigo  los  triunfos  conseguidos  en  la  batalla  de  Araure, 
se  encaminó  al  día  siguiente  al  sitio  de  San  Marcos,  donde 
se  hallaba  el  desleal  español  don  Pedro  Aldao  con  un 
cuerpo  de  2,300  hombres,  compuesto  en  gran  parte  de 
las  mismas  tropas  que  habían  decidido  con  su  ai'rojo  la  re- 
ferida batalla.  Ver  al  enemigo,  arrojarse  sobre  él,  degollar- 
le do&  mil  hombres,  al  mismo  comandante  y  casi  todos  los 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  B81 

oficiales,  y  apoderarse  de  todo  el  armamento  y  equipajes 
fué  obra  de  pocos  instantes.» 

6-  Un  episodio  de  las  campañas  de  Quito  eu  1814: 

En  la  batalla  de  Calibio  fué  muerto  el  mayor  general 
Ignacio  Asiu,  jefe  de  una  división  realista.  El  comandante 
Ramírez,  jefe  de  los  independientes  <^que  consideró  aquella 
víctima  como  el  triunfo  más  ilustre  de  la  batalla,  se  entre- 
gó á  una  alegría  tan  extravagante  y  feroz  que  le  mandó 
cortar  la  cabeza  y  disfrutó  del  bárbaro  pasatiempo  de  ju- 
gar con  ella  á  la  pelota,  acción  execrable  que  si  bien  fué 
reprendida  amargamente  por  el  jefe  principal  Nariño  y  por 
ella  despedido  del  servicio  aquel  genio  infernal,  no  por  eso 
quedó  borrada  tan  horrible  mancha,  que  ofreció  al  mundo 
un  argumento  de  la  fiereza  é  inhumanidad  que  presidía  á 
las  acciones  de  una  gran  parte  de  los  insurgentes  de  Amé- 
rica». 

7-  Relación  de  la  batalla  de  La  Puerta  ganada  en  julio 
de  1814  por  el  ejército  español  al  mando  de  Boves,  contra 
el  ejército  de  Bolívar: 

«  Apenas  había  empezado  la  batalla,  cuando  ya  Bolívar 
estaba  de  retirada  para  Caracas  con  sólo  dos  ordenanzas. 
En  menos  de  tres  horas  quedó  todo  el  ejército  enemigo 
tendido  en  aquel  campo,  sin  que  se  hubieran  sustraído  al 
brazo  del  vencedor  sino  cien  hombres  que  pudieron  ocul- 
tarse eu  los  bosques.  No  se  ha  visto  en  América  una  batc7- 
lla  tan  sangrienta  como  esta:  4,200  hombres  mordían  el 
polvo,  los  realistas  quedaron  rendidos  con  tan  horrible  car- 
nicería. Todo  pereció  en  aquel  día  de  sangre  y  horror;  los 
secretarios  de  Estado,  los  edecanes  de  Bolívar,  todos  sus 
generales  se  hallaron  en  el  número  de  los  muertos;  sólo  el 
de  artillería  don  l>iego  Jalón,  europeo,  cayó  vivo  en  ma- 
nos de  Morales,  para  ser  fusilado  el  día  siguiente  en  la 
villa  de  Cura». 

Hay  que  prevenir  que  de  la  misma  relación  consta  que 
el  ejército  de  Boves  tenía  3,500  hombres  y  el  de  Bolívar 
4,300,  ó  sea  justamente  cien  hombres  más  que  el  número 
de  los  muertos. 


382  JOSÉ    ARTIGAS 

8.  Refiriendo  la  batalla  de  Araguá  entre  el  ejército  de 
Bolívaí',  fuerte  de  sein  uiil  hombres  y  el  de  Morales  de 
oclio  mil,  en  1814: 

«Ambos  ejércitos  pelearon  con  el  más  terco  y  desespe- 
rado valor...  Un  batallón  de  800  plazas,  compuesto  de  lo 
principal  de  la  juventud  de  Cai-acas,  y  mandado  por  don 
Pedro  Salías,  quedó  tendido  en  el  campo,  desde  su  jefe 
hasta  el  último  soldado.  Todo  pereció  en  aquel  día  de  san- 
gre y  horror:  reconocido  el  campo  de  batalla,  las  calles,  las 
casas  y  aún  las  iglesias,  se  hallaron  todas  ellas  empapadas 
en  sangre:  3,500  insurgentes  muertos  y  730  heridos,  todos 
sus  fusiles,  equipajes  y  municiones,  con  dos  piezas  de  arti- 
llería fueron  los  trofeos  con  que  ilustró  su  triunfo  el  va- 
liente Morales,  si  bien  fueron  adquiridos  con  la  pérdida  de 
1,840  hombres  entre  ellos  1,000  muertos». 

Hace  Torrente  el  elogio  del  jefe  realista  Boves,  muerto 
en  el  campo  de  batalla,  y  dice: 

«Si  dio  facultad  á  sus  tropas  para  degollar  á  todo  trai- 
dor ó  enemigo  del  rey,  y  esta  en  nuestro  concepto  debe  con- 
siderarse como  la  providencia  más  terrible  que  haya  salido 
de  sus  manos,  fué  porque  se  penetró  que  sólo  el  terror  po- 
día salvarle  de  su  amenazada  ruina  y  obrar  algún  cambio 
en  la  opinión.  La  apurada  situación  en  que  se  halló  dicho 
jefe,  la  obcecación  y  temerida<l  del  enemigo,  sus  mismos 
extravíos  y  persecuciones  fueron  finalmente  las  causas  que 
pudieron  hacer  excusable  un  procedimiento  tan  violento, 
que  sería  mirado  con  indignación  por  pueblos  que  hacen 
la  guerra  por  reglas  humanas  y  benéficas  sin  separarse  ja- 
más de  lo  que  prescriben  el  honor  militar  y  el  derecho  de 
gentes;  mas  estas  teorías  eran  desconocidas  en  la  provincia 
de  Venezuela,  en  la  que  se  habían  enconado  de  tal  modo 
los  ánimos  de  los  combatientes,  que  sólo  respiraban  odio, 
venganza,  destrucción  y  sangro. 

9  Morales  una  vez  al  frente  del  ejército,  por  la  muerte 
de  Boves,  se  dirigió  al  pueblo  de  Maturín,  donde  se  habían 
refugiado  los  restos  del  ejército  independiente. 

«Viéndose  los  enemigos  atacados  de  repente  por  el  pun- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  -^83 

to  por  donde  menos  lo  esperaban,  se  apodera  de  ellos  un 
pánico  terror,  abandonan  las  baterías,  se  desmayan  y  dan 
por  irremeJiable  su  ruina;  penetra  el  general  Morales  por 
el  centro  del  pueblo;  sus  enfurecidos  soldados  desoyen  la 
voz  de  sus  jefes  y  se  ceban  en  la  sangre  de  los  sitiados. 
Todo  sucumbe  al  hierro  y  al  fuego;  todas  las  familias 
principales  de  Caracas  i"efugiadas  en  este  sitio  perecen  con 
sus  esclavos;  nadie  sale  con  vida  de  tan  mortífera  batalla». 

lo.  Se  ocupa  de  las  campañas  de  Santa  Fe  y  Caracas 
en  1816  y  de  las  ejecuciones  decretadas  por  el  general 
Morillo,  con  violación  de  una  capitulación: 

«Si  el  castigo  tan  necesario  para  desagraviar  la  vindicta 
pública  se  hubiera  limitado  á  los  rebeldes  aprehendidos 
con  las  armas  en  la  mano,  se  habrían  embotado  los  tiros 
de  la  maledicencia  en  la  justicia  y  necesidad  de  hacer  un 
escarmiento  sobre  los  protervos;  pero  hubo  entre  los  sen- 
tenciados al  último  suplicio  algunos  individuos  que  si  bien 
eran  más  criminales  que  los  que  sostuvieron  la  insuri'ec- 
ción  hasta  los  últimos  momentos,  se  hallaban  bajo  la  sal- 
vaguardia ofrecida  por  el  coronel  Latorre,  según  llevamos 
indicado». 

".  Describe  la  batalla  ganada  por  el  general  realista 
Aldama  en  1817,  en  el  curso  de  las  campañas  de  Caracas 
y  Santa  Fe: 

«Llenos  entonces  los  facciosos  de  terror  y  confusión 
abandonan  sus  últimos  parapetos  y  se  precipitan  hacia  el 
campo  donde  fueron  pasados  á  cuchillo  por  las  tropas  que 
estaban  allí  situadas  con  a(|uel  designio.  Sobre  1,000  ca- 
dáveres quedaron  tendidos  en  este  campo  de  muerte;  todos 
fueron  pasados  á  cuchillo  menos  el  comandante  Pedro  Ma- 
ría Freitas,  el  intendente  Francisco  Esteban  Rivasy  algu- 
nos pocos  heridos:  los  dos  primeros  fueron  conducidos  á 
Caracas  á  sufrir  en  aquella  ciudad  su  bien  merecido  cas- 
tigo.» 

12  En  el  curso  de  las  mismas  campañas  de  Caracas  y 
Santa  Fe,  tuvo  lugar  dos  años  después,  en  1819,  la  bata- 
lla del  Pantano  de  Vargas  entre  el  ejército  realista  al  man- 


884  JOSÉ    ARTIGAS 

do  del  coronel  José  Barreiro  y  las  fuerzas  de  Bolívar.  El 
triunfo  filé  de  los  indepemlientes.  Cayeron  prisioneros  Ba- 
rreiro y  39  oficiales. 

Dos  meses  después,  termina  Torrente,  fueron  fusilados 
«en  la  plaza  de  Santa  Fe  al  sonido  de  dos  orquestas¿>. 

Un  iiieideiite  de  la  rciolución  brasileña. 

Aunque  sólo  nos  proponemos  revistar  los  hechos  ocu- 
rridos dentro  de  las  fronteras  de  las  colonias  españolas 
mencionaremos  por  excepción  un  episodio  de  la  guerra 
entre  brasileños  y  portugueses,  que  tuvo  honda  resonancia 
en  su  tiempo  y  que  prueba  una  vez  más  que  la  vida  de  los 
enemigos  era  en  la  época  revolucionaria  una  cosa  perfecta- 
mente despreciable,  de  la  que  podía  usarse  y  abusarse  con 
toda  impunidad. 

Ocupándose  Pereyra  da  Silva  ( <.<  Historia  da  Fundagao 
do  Imperio  Brazileiro  >)  del  abandono  de  la  plaza  de  Bahía 
por  las  tropas  portuguesas  3'^  de  la  ocupación  de  Maranhao 
por  el  almirante  Oochrane,  dice  que  éstese  apoderó  de  todas 
las  mercaderías  portuguesas  que  encontró  en  la  Aduana; 
que  no  cabiendo  dichas  mercaderías  en  los  buques,  cedió  el 
excedente  á  los  comerciantes  por  los  dos  tercios  de  su 
avalúo,  haciendo  lo  mismo  con  numerosas  embarcaciones 
ancladas  en  el  puerto;  que  exigió  á  todas  las  autoridades 
locales  la  entrega  de  las  sumas  que  tenían  en  sus  cajas  y 
los  depósitos  de  pertrechos  militares,  por  estar  compren- 
didos en  el  decreto  imperial  de  11  de  diciembre  de  1822 
que  había  tratado  de  halagar  con  promesas  y  seguridades 
de  presas  á  la  gente  extranjera  de  mar;  que  por  la  propia 
confesión  de  Cochrane,  se  supo  que  lo  que  él  llamaba  pre- 
sa de  Maranhao,  subía  á  varios  millones  de  pesos  fuertes. 
Y  agrega: 

En  el  Para  hubo  agitaciones  populares.  Pedíase  que 
fuesen  embarcados  á  Europa  todos  los  portugueses,  pro- 
duciéndose con  tal  motivo  saqueos,  asesinatos  y  otros 
excesos,  que  obligaron  á   la  Junta   Gubernativa  á  recabar 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  385 

el  auxilio  del  capitán  Greenfell,  que  estaba  al  mando  de  un 
buque  de  guerra.  Greenfell  bajó  á  tierra,  organizó  fuerzas 
y  dominó  la  situación,  previo  fusilamiento  en  la  plaza  de 
5  prisioneros  indicados  como  promotores  del  tumulto.  Al 
día  siguiente,  recibió  orden  de  la  Junta  de  preparar  una 
embarcación  con  capacidad  para  200  presos  que  no  cabían 
en  las  cárceles  de  tierra.  Escogió  el  navio  «Diligente»,  de 
000  toneladas,  y  lo  puso  á  disposición  de  la  Junta,  situán- 
dolo en  medio  de  las  embarcaciones  de  guerra  que  babía 
preparado.  Fueron  en  seguida  remitidos  por  ella  doscientos 
cincuenta  y  seis  presos,  los  cuales  quedaron  colocados  en  la 
bodega,  por  el  temor  que  á  su  comandante,  el  teniente 
Joaquín  Lucio  de  Araujo,  inspiraba  la  permanencia  de 
los  prisioneros  en  la  cubierta.  Levantaron  los  presos  una 
enorme  gritería,  y  se  dirigieron  en  tropel  á  las  escaleras, 
aumentándose  con  ello  los  temores  del  comandante,  quien 
colocó  centinelas  con  armas  cargadas  en  la  bajada  de  la 
bodega.  Hacinados  en  un  espacio  tan  estrecho  que  no  te- 
nía más  de  treinta  palmos  de  extensión,  agobiados  por  el 
calor  y  la  falta  de  aire,  pretendieron  los  presos  subir  las 
escaleras  y  pasar  á  la  cubierta.  Pero,  ordenó  el  comandan- 
te que  se  corrieran  las  escotillas,  después  de  disparar  algu- 
nos tiros  para  contener  y  amedrentar  á  los  presos,  y  éstos 
entonces  bajo  la  presión  de  verdaderos  accesos  de  locura 
y  en  medio  de  las  agonías  del  calor  y  de  la  asfixia,  se  tra- 
baron en  lucha  hasta  despedazarse  los  unos  á  los  otros.  No 
se  atrevía  el  comandante  á  mandar  abrir,  temeroso  de  que 
pudieran  escaparse,  y  sin  la  más  remota  idea  de  las  graví- 
simas escenas  que  debían  necesariamente  resultar  de  la 
situación  desesperante  de  los  presos.  Transcurrida  la  noche 
y  habiendo  terminado  el  barullo  en  la  bodega,  ordenó  el 
comandante  que  se  levantaran  las  escotillas,  para  suminis- 
trar agua  y  alimentos  álos  presos.  Un  horrible  espectáculo 
acongojó  á  todos  entonces.  Extendíanse  unos  sobre  otros 
montones  de  cadáveres  desfigurados  por  los  diversos  gé- 
neros de  muerte  que  habían  sufrido,  heridos,  despedazados, 
mutilados,    como  si  hubieran  perdido   la  vida  en  la  lucha 

JOSÉ   ARTIGAS— 25.  T.  I. 


386  JOSÉ    ARTIGAS 

más  sangrienta  y  desesperada.  De  los  doscientos  cincuenta 
y  seis  desgraciados,  quedaban  apenas  cuatro  respirando 
todavía,  víctimas  de  indecibles  sufrimientos  y  escondidos 
detrás  de  unas  barricas  que  les  servían  de  amparo. 

¡Basta  de  sangre! 

Podríamos  llenar  todavía  muchas  páginas  con  el  relato 
documentado  de  los  terribles  cuadros  de  la  Revolución 
americana.  Pero,  bastan  los  que  hemos  presentado,  para 
probar  que  las  teorías  de  Mariano  Moreno  y  las  prácticas 
de  los  proceres  de  mayo,  eran  las  mismas  teorías  y  las 
mismas  prácticas  que  corrían  triunfantes  de  uno  á  otro  ex- 
tremo del  continente,  provocando  en  todas  partes  la  heca- 
tombe de  los  prisioneros  y  de  una  manera  general  el  ex- 
terminio de  los  enemigos. 

En  esa  lucha  desesperada,  no  se  respetaban  sexos,  ni 
edades.  Las  mismas  mujeres  tenían  cjue  marchai*  con  los 
ejércitos  y  concurrir  á  la  salvación  común,  para  librarse 
de  las  garras  de  los  que  las  degollaban  sin  piedad  al  sor- 
prenderlas en  el  desempeño  de  sus  tareas  de  madres  ó  de 
encargadas  de  los  hogares  abandonados  por  los   hombres. 

Y  ha  dejado  huella  memorable  en  los  combates  del  Al- 
to Perú,  la  mujer-soldado.  Refiere  el  deán  Funes  en  su 
♦:Ensayo  de  la  historia  civ¡l>,  que  el  comportamiento  de 
las  mujeres  de  Cochabamba  en  uno  de  los  encuentros  con 
el  ejército  realista  «fué  tan  heroico,  que  para  su  eterna  me- 
moria y  encender  la  llama  del  patriotismo,  un  ayudante  en 
cada  cuerpo  del  ejército  del  Perú,  á  la  lista  de  la  tarde,  lla- 
maba: ^<las  mujeres  de  Cochabamba»,  como  si  estuvieran 
presentes,  á  lo  que  contestaba  un  sargento:  «-murieron  en  el 
campo  del  honor». 

Dice  el  doctor  López  («Historia  de  la  República  Ar- 
gentina»), que  cuando  San  Martín  iba  efectuando  el  pasaje 
de  los  Andes,  sirvió  de  guía  al  ejército  una  mujer  loca.  Per- 
tenecía á  una  familia  de  Rancagua,  y  había  perdido  la  ra- 
zón á  consecuencia  de  los  horrores  de  la  guerra.  Desde  en- 


LA  EDAD  DE  PIEDRA  387 

tonces  vivía  en  las  breñas  de  la  cordillera.  En  la  noche  de 
la  batalla  de  Cbacabiico,  fué  encontrada  según  la  leyenda 
en  momentos  en  que  iba  poniendo  cara  arriba  todos  los  ca- 
dáveres, para  ver  si  descubría  entre  ellos  al  feroz  capitán 
Zambruno,  del  regimiento  de  Talaveras,  autor  de  las  fe- 
chorías lealizadas  en  Rancagua.  Ese  Zambruno  y  sus  cóm- 
plices, agrega  el  doctor  López,  fueron  fusilados  y  colgados 
en  una  horca  después  de  la  batalla. 

La  loca  de  Chacabuco,  es  la  'exteriorización  del  senti- 
miento de  espanto  que  de  un  extremo  á  otro  del  continente 
en  armas  producían  el  derramamiento  de  sangre  y  el  exce- 
so de  crueldades  en  que  rivalizaban  patriotas  y  realistas, 
estimulados  por  los  hombres  de  pensamiento,  por  las  cabe- 
zas directrices,  por  los  que  daban  impulso  y  orientación  al 
movimiento. 

¿Hay  algo  parecido  á  esas  carnicerías,  en  el  campamento 
de  Purificación,  donde  los  españoles  sospechosos  no  sufrían 
otras  torturas  que  las  del  trabajo  de  labranza  para  ganarse 
el  sustento,  mientras  los  criollos  morían  en  defensa  de  su 
libertad? 

El  libelista  Cavia,  que  al  ocuparse  de  la  juventud  de  Ar- 
tigas acumuló  toda  suerte  de  crímenes  fantásticos  para 
hacer  odioso  al  personaje,  no  se  atrevió  á  extender  la  le- 
yenda al  campamento  del  Hervidero  y  encontró  más  pru- 
dente formar  sus  tablas  de  sangre  con  la  crónica  de  un 
centenar  de  asesinatos  comunes  cometidos  en  el  espacio  de 
ocho  años,  en  todo  el  extenso  teatro  de  las  provincias  so- 
metidas á  la  bandera  federal.  ¿Por  qué  no  transportó  el  in- 
fiei-no  á  Purificación?  Porque  la  mentira  habría  resultado 
demasiado  burda  y  era  imposible  estamparla  frente  á  fren- 
te de  los  numerosos  jefes,  oficiales  y  soldados  que  arrastra- 
dos allí  á  raíz  de  las  victorias  artiguistas,  habían  obtenido 
su  inmediata  libertad,  sin  experimentar  vejámenes  de  nin- 
guna especie. 

¡Triste  suerte  la  de  Artigas!  Mientras  él  defendía  la 
vida  de  los  prisioneros,  con  más  ahinco  que  la  suya  pro- 
pia, casi  todos  los  prohombres  de  la  guerra  de  la  indepen- 


388  JOSÉ    ARTIGAS 

íleucia  mataban  sin  piedad  ú  los  rendidos  y  algunos  de 
ellos  mataban  hasta  bartarse,  como  Bolívar.  Y  sin  embargo, 
los  mismos  historiadores  que  procuran  olvidar  piadosa- 
mente los  crímenes  verdaderos  y  declaran  con  justicia  que 
sus  autores  son  grandes  servidores  de  la  patria,  se  empe- 
ñan en  mantener  una  leyenda  desmentida  por  la  tradición, 
para  exhibir  al  jefe  de  los  orientales  como  un  monstruo. 

LTn  monstruo,  sí.  Pero,  no  por  sus  crímenes,  sino  por 
las  ideas  políticas  y  la  conducta  humanitaria  con  que  se 
alzaba  por  arriba  de  los  más  altos  niveles  de  su  época! 

Pero,  no  anticipemos  juicios  que  vendrán  á  su  debido 
tiempo. 

Tenemos  que  terminar  el  estudio  del  medio  ambiente 
en  que  se  desenvolvió  Artigas.  Y  para  hacerlo,  necesita- 
mos complementar  los  cuadros  de  sangre,  con  los  cuadros 
de  los  saqueos,  confiscaciones  y  contrabandos  que  ofrece  el 
movimiento  revolucionario  en  el  Río  de  la  Plata  y  que  dan 
idea  del  estado  de  su  sociabilidad  y  de  las  prácticas  admi- 
nistrativas corrientes. 


CAPITULO  VI 


SAQUEOS  Y  CONFISCACIONES 


Sumario: — La  desorganización  social  de  la  madre  patria  en  la  vís- 
pera de  la  Revolución.  Ataques  á  la  propiedad  en  las  Provin- 
cias Unidas.  Para  combatirlos,  es  necesario  recurrir  constante- 
mente á  la  pena  de  muerte.  Saqueos  en  pleno  Bueno